Disclaimer: Los personajes de Naruto y la historia Corazón Salvaje no me pertenecen sino al Mangaka japonés Masashi Kishimoto y a la escritora mexicana Caridad Bravo Adams. Este fic es hecho con fines recreativos no pretendo buscar ningún tipo de remuneración o reconocimiento, simplemente lo comparto con ustedes porque realmente me gusta la historia y los personajes de Naruto.


Hola meus amores, ¿Cómo me les va? Yo realmente no muy bien, saben que en una actualización que hice en el capítulo anterior les avisé que no publicaría capítulo la semana pasada por andar en diligencias, estaba de viaje en otra ciudad para esos trámites. Dios mediante pronto les comente algo de eso.

Aproveché mis noches en la habitación para terminar de escribir el capítulo y alejar mi cabeza del papeleo y esas cosas.

La verdad es que llegué el jueves de nuevo a mi ciudad después de una semana agotadora. Lamentablemente no todo fueron buenas noticias. Cuando llegué a casa me encontré con una terrible noticia, ese mismo día una amiga y tía de mis hermanos menores fue declarada con muerte cerebral luego de luchar por su vida en la UCI durante casi un mes. Fue desconectada el viernes…

Fue un golpe duro, porque era una muchacha joven, le tenía un sincero aprecio y además es familia de mis hermanitos, estos estaban devastados, en especial Ángel, de nueve años. Él era muy apegado a ella y gracias a él fuimos amigas, no las mejores, pero hubo un cariño mutuo.

Luego de eso, no he recibido novedades más alentadoras, pues el sábado, mismo día en el que sepultaban a Jessie, recibimos la triste noticia del fallecimiento de uno de mis primitos por inmersión, un angelito de cinco años que apenas comenzaba a ver el mundo.

Es muy duro, pero siento que tengo que contarles para que comprendan si me llego a ausentar por un tiempo. Mi tía en este momento está pasando por un proceso difícil, fue diagnosticada hace dos semanas con trastorno bipolar y está siendo medicada, por ende ahora, con este duro golpe va a necesitar mucho del apoyo familiar.

Ya sin más que decir. Espero que este capítulo sea de su agrado y tengan paciencia… dependiendo como vayan transcurriendo las cosas volveré a pasarme por aquí.

Nos leemos al final.


SEGUNDA PARTE

HINATA


CAPÍTULO 3

— ¡Samui! Con cuanto placer vuelvo a verla, y en qué momento tan oportuno llega...

Su Excelencia, Tobirama Senju, el Gobernador General del Remolino, ha ido al encuentro de la señora Uchiha y se inclina ceremoniosamente para besar la mano que ella extiende. Es en una de las amplias salas de la casa de Gobierno de Uzushiogakure, y por los balcones que dominan parte de la ciudad, y del puerto, se ven el mar y el cielo. Tras responder con sonrisa forzada al personaje, Samui mira inquieta hacia la puerta que comunica con la antesala, y el caballero que la observa parece adivinar su pensamiento:

— ¿Viene alguien con usted?

—Mebuki Haruno de Hyūga... Pero quisiera antes, si es posible, hablar yo a solas con usted.

—Como guste... Pero repito que las casualidades se encadenan. Me disponía a enviar un correo especial a Mangekyō encomendando a usted una carta para la señora Hyūga, de un doctor Mitokado, a quien creo recordar haber conocido en Bandō... Pero tome asiento y dígame primero la causa de su visita... Creo que llevaba usted veinte años sin venir a Uzushiogakure...

—Algunos menos... Vine para ver embarcar a mi Naruto hacia Konoha...

—En efecto... Fue en los días en que llegaba yo a Uzushiogakure a hacerme cargo del puesto que justamente dejaba un pariente de los Haruno. Él me recomendó en forma muy especial a su prima y hasta ahora no he tenido oportunidad de hacer nada por ella.

—Ahora la tendrá, Gobernador. No vengo por mí, sino por esa madre atribulada. Pero es tan personal, tan delicadamente reservado el asunto que la atormenta...

— ¿Es referente a su hija Hinata? Desgraciadamente, hasta mí llegaron rumores que tomé por habladurías, como es natural, y no hubiera creído en ellos sin la interesantísima carta del doctor Mitokado.

— ¿Cómo? ¿Es a propósito de...?

—El doctor Mitokado escribe a su madre, en nombre de Hinata. La muchacha está gravemente enferma... Según el médico me cuenta, se trataba de una fiebre maligna...

—¡Oh, no, no! —Se indigna Samui—. ¿Quién sabe lo que habrá hecho con ella ese salvaje, ese pirata...?

—El doctor Mitokado habla bien de él... Y perdóneme, Samui, pero me han asegurado que la boda fue en Mangekyō precisamente, y que el hijo de usted fue padrino de esa boda desigual...

—Es cierto. Mi hijo lo hizo por su esposa. ¿Qué otra cosa podía hacer? Pero nunca pensamos que ese hombre procediera de la manera que lo ha hecho... Mebuki de Hyūga está desesperada... En nombre de nuestra antigua amistad, es preciso que yo le ruegue que se hagan las cosas de manera que no se perjudique el nombre de mi hijo, que no sea traído y llevado a causa, del parentesco... Se lo ruego... Quiero salvar del escándalo a mi hijo, y también a Sakura. Ella es ya una Uchiha. ¿Usted comprende? No quiero que, por ningún motivo, por ninguna razón, los comentarios malintencionados puedan mezclarla en nada de esto... Mebuki de Hyūga va a pedirle que haga usted detener la goleta de Sasuke no Akuma. Sabe Dios a dónde llegará en su pena y en su desesperación de madre... sabe Dios a qué extremo llegue para lograr de usted lo que desea.

—Pero, Samui, en realidad no la comprendo. Viene usted a pedirme que ayude a Mebuki de Hyūga, y al mismo tiempo me ruega que desoiga sus súplicas...

—Todo parece un contrasentido, lo comprendo muy bien, pero yo también soy madre, y si nuestra amistad puede darme alguna validez, alguna fuerza, sirva ésta para detener el escándalo que mancharía a mi hijo sin remedio, a menos que ese hombre sea castigado por otros delitos... No creo que falten motivos para ello, aun omitiendo los de esta desdichada boda.

— ¿Es un delito haberse casado con la señorita de Hyūga? —comenta irónico Tobirama.

— ¡Por favor, entiéndame! Prométame...

—Sí, Samui, la entiendo, aunque lo que me pide usted es bastante complejo. Y antes de pedir que prometa nada, permítame que haga pasar a esa madre que espera.

Tobirama Senju se ha acercado a la puerta y ha invitado a pasar a Mebuki Haruno de Hyūga, ofreciéndole galante uno de los lujosos sillones, al tiempo que le explica:

—Señora Hyūga, tengo una misión que cumplir con usted. Se trata de una carta que me ha sido recomendada hacer llegar a su conocimiento. He aquí su contenido:

"Excelencia, me dirijo a usted, en vez de hacerlo directamente a la señora Mebuki de Hyūga, por ser un asunto delicado y grave en el que sentiría pecar de indiscreto. Junto con estas líneas va una carta que le ruego ponga en las manos de esa dama, cumpliendo la súplica de su hija Hinata, que llegó a estas costas en la goleta nombrada el Luzbel, enferma de verdadera gravedad..."

— ¡Dios mío... Dios mío...!

Mebuki ha bajado la frente, como abrumada por aquel dolor que las palabras escuchadas reavivan y encienden, y Tobirama detiene un instante la lectura para mirarla con sincera pena, alza luego la mirada inteligente, buscando el rostro de la señora Uchiha, pero Samui se ha apartado de ellos y parece mirar por el balcón abierto que domina la ciudad de Uzushiogakure. Por lo que el Gobernador prosigue la lectura:

"Extraordinaria me pareció la presencia en un barco como ése, de una dama como la joven señora Hyūga, cuya distinción y belleza formaban un rudo contraste con la pobreza del ambiente, con la incomodidad y al estrechez de la cabina de una goleta de cabotaje como es el Luzbel, y tentado estuve de dar parte a las autoridades inmediatamente. Pero el estado de la enferma era demasiado delicado para permitirme otra cosa que tratar de salvar su vida, y a ello me puse con el mayor empeño, aunque con muy pocas esperanzas.

"Al ir a buscarme, me habían dicho que se trataba de la esposa del patrón de la goleta, un mocetón rudo y descortés, a quien ofrecí en el acto trasladarla al buen hospital que tenemos en ésta. Él se negó rotundamente, ganando con ello mi inmediata antipatía; pero, después, debo confesar que su actitud modificó mis primeras ideas..."

— ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Qué dice? —indaga Mebuki.

—Siga usted escuchando —aconseja Tobirama—: "Se mostró con ella solícito, cariñoso y atento, no omitiendo gasto ni esfuerzo para proporcionarle comodidades, y no se separó un instante de su cabecera mientras la vida de su joven esposa estuvo realmente en peligro..."

— ¡Es increíble! ¿De veras dice eso?

—Por usted misma puede leerlo, doña Mebuki. Y dice algo más... "Cuando ella pudo hablar normalmente, en su plena razón, quiso hacerlo a solas conmigo, y él se alejó con absoluta discreción. Aproveché el momento para ofrecerle mi ayuda en cuanto necesitara de mí, pero ella me rogó tan sólo que escribiese a la señora de Hyūga tranquilizándola con respecto al estado de su salud y de su suerte."

"Con toda clase de reservas cumplo este encargo en la carta que le adjunto. Tranquilizo, o trato de tranquilizar, a la señora de Hyūga en la forma que ella me pidió que lo hiciera. A usted quiero decirle que algo muy extraño ocurre entre esa desigual pareja. Decidido a no abandonar a una compatriota en situación tan crítica, quise abusar de mi influencia pidiendo a su Excelencia el Gobernador de Kikai, casualmente de paso en Benisu, que usara de toda su autoridad para hacerles desembarcar y pasar unos días en tierra, pero alguien debió dar aviso al patrón del Luzbel..."

—Y se fueron, ¿verdad? —Interrumpe Mebuki en un arranque de ansiedad—. ¿Se fueron, o ese médico, a quien Dios bendiga, logró...?

—Un momento, escuche... "No sé si a causa de una conversación con él, en que acaso fui indiscreto, o por el aviso que supongo, la goleta levó anclas inmediatamente emprendiendo repentina fuga. En vano tratamos de detenerla, comunicándonos por cable con las islas vecinas. Sólo supimos que habían puesto proa al Noroeste, aprovechando el buen viento para desaparecer."

"Creí un deber poner esto en conocimiento de usted y de los familiares de esa joven, criatura exquisita a la que me unió vivísima simpatía desde el primer momento. No tengo autoridad ni medios de hacer nada más que lo que he hecho. Si algo quieren o pueden hacer por ella, estoy incondicionalmente a la disposición de ustedes. Doctor Homura Mitokado, Director General del Hospital de Bandō, en Benisu, Islas Konohenses".

— ¡Es preciso ir tras ellos! —Salta Mebuki con desesperación—. Es preciso detener ese barco... Es preciso salvar a mi hija... Usted puede hacerlo, Gobernador... Usted puede dar órdenes contra él, hacer que los detengan en el primer puerto...

—No sé hasta qué punto, señora Hyūga. En nada de lo que dice esta carta hay motivo para detener a nadie. Todos sabemos que su hija aceptó libremente a ese hombre por esposo... Digo, es lo que tengo entendido, la boda fue en Mangekyō y usted misma consintió en ella. Comprendo que para una madre debe ser un vivo sufrimiento una unión desigual, pero no existiendo un delito...

— ¿No podría usted hallarlo revolviendo los archivos del puerto? —Apunta Samui, abandonando la ventana y acercándose a Tobirama—. ¡No creo que le falten delitos a Sasuke no Akuma! Si puede hacerle detener sin mencionar para nada el asunto de esta boda...

—O mencionándolo, si es preciso. Es la vida de mi hija la que está en juego. ¡Haré cualquier cosa para Salvar a Hinata!

— ¿Por qué no piensa también en salvar a Sakura? Calle usted, Mebuki. Que la pena no la haga desvariar...

Dubitativamente ha mirado el Gobernador Senju a las dos damas; luego, oprime el botón de un timbre y va hacia la puerta franqueando la entrada a un ordenanza, al que recomienda:

—Haga buscar cuidadosamente todos los datos referentes a la goleta Luzbel y al patrón qué la manda, y vuelva en el acto a traérmelos...

— ¿Buscará usted otro delito? —Indaga vivamente Samui—. ¡Sasuke no Akuma no merece consideraciones de ninguna especie! Sobran delitos y testigos contra él.

— ¡Salve a mi hija como sea, Gobernador! —suplica Mebuki.

— ¡Como sea, no! —Rechaza Samui con decisión—. Mi hijo Naruto es víctima inocente de todo esto, y no debe seguirlo siendo... Haga usted lo que pueda, Gobernador, sin que una sola gota de fango salpique a mi hijo, porque me pondré contra todos con tal de defenderlo a él.

— ¡Listos para zarpar! ¡Cada uno a su puesto! Sobre la desnuda cubierta ya se mueven, a la voz de Sasuke, los tripulantes del Luzbel. Un airecillo fresco hincha blandamente las velas que poco a poco van subiendo el foque, la mayor, el trinquete... Ya el ancla está fuera; ya Juugo, con las dos manos en el timón, aguarda las órdenes del rumbo nuevo; pero Sasuke se detiene, vacila un momento y entra en la cabina empujando la entornada puerta.

— ¿No quieres despedir a La Pequeña Blanca desde la cubierta? ¡Ah, caramba...!

Hinata está frente al espejo. Ha atado a su cabeza uno de esos pañuelos de colorines que usan las mujeres del pueblo en el Remolino y Kikai, pero al ver a Sasuke se lo quita enrojeciendo. Sobre la mesa hay varias faldas, blusas, collares, un frasco de perfume, un espejo de mano... Venciendo el rubor, sonríe Hinata al hombre que se acerca, con una extraña sonrisa que está muy cerca de las lágrimas:

—Supongo que se volvió usted loco cuando mandó comprar todo esto...

— ¿Es de tu gusto? ¿Te queda bien? Sé que es la ropa que no te corresponde, pero es la única que pudimos encontrar hecha.

—No era preciso comprar nada. Es absurdo que me obligue a aceptar sus regalos de esa manera.

—Puesto que te acepté por esposa, es lo menos que puedo hacer. Con más razón no habiéndote dado tiempo para recoger tu equipaje.

—No debo aceptarlos, no puedo, no quiero... por... por... No halla la palabra que logre expresar sus sentimientos, porque apenas acierta a comprender ella misma lo que siente: es alegría y pena, emoción y vergüenza, rubor y gratitud. No puede ignorar que todo aquello representa la mayor parte de los ahorros del rudo capitán del Luzbel, y, sin embargo, él lo ofrece con una disculpa en los labios:

—Te ruego que los uses. No son dignos de una Hyūga, pero te sientan bien... mucho mejor que tu eterno traje negro. Y ahora, si quieres decirle adiós a La Pequeña Blanca, asómate inmediatamente porque ya casi no se ve.

— ¿Dejamos ya la tierra? ¿A dónde vamos ahora, Sasuke?

— ¡Rumbo al Sur!

Contra todo, contra todos, así parece navegar el Luzbel por las azules aguas marinas, henchidas las velas, ágiles los flancos, cortante la proa, todo él nervio, rapidez, tensión vibrante... Es como una flecha blanca cuyo arco templado es la rueda de aquel timón que ahora empuñan las manos de Sasuke, anchas y fuertes, y que le pregunta a Hinata, como bromeando:

— ¿Te atreverías a llevar el timón?

—Tanto como eso... Me parece lo más difícil...

—No lo creas. Acércate, ponte aquí... aquí, en mi puesto. Así... Ahora, toma el timón con las dos manos... es muy suave cuando el mar está bueno. Te bastará hacer girar esta rueda a un lado o a otro para que el barco cambie su rumbo. Perfectamente... muy bien... Claro que hay que mantener el rumbo indicado, recordar dónde están los bajos, los bancos, cualquier cosa en la que podamos chocar o encallar... ¡Cuidado, que nos harás dar vueltas en redondo! Te estás torciendo a estribor; mantén la rueda más derecha, así... ¿ves? También hay que mirar las velas pues dependemos del viento. Si él se niega a soplar, podemos pasar semanas enteras mirándonos los unos a los otros...

— ¿Por qué dejamos tan pronto la isla de La Pequeña Blanca?

—Sólo lo que hicimos había que hacer en ella. ¿Para qué quedamos más tiempo del necesario, exponiéndonos?

—Exponiéndonos, ¿a qué?

Sasuke no contesta. Sus anchas manos cálidas se han puesto sobre las de Hinata en el timón y van guiando, como a través de ellas, la fina embarcación cuyo rumbo se tuerce a estribor, y Hinata comenta:

—Ha torcido usted el rumbo a la izquierda...

—Sí, ahora he sido yo. Nosotros decimos a estribor...

— ¿A dónde llegaríamos si siguiéramos navegando hacia estribor?

—Llegaríamos a Boukyaku, una islita Kumogakurense no mucho mayor que La Pequeña Blanca. No hay allí ningún puerto que valga la pena, pero si continuáramos caeríamos en Senkan, y allí sí tenemos una ciudad de diez mil habitantes por lo menos: Gataro... Está también el Fuerte del mismo nombre, en fantásticas ruinas; la famosa colina del azufre, todo al pie del monte Maze, una elevación de cuatro mil y pico de pies. La isla se extiende luego en una larga franja de tierra, terminando en una península en cuyo centro hay una laguna, y, a menos de una milla, el islote conocido por La Coraza, que es como La Pequeña Blanca: un cono en medio de los mares.

—Conoce usted muy bien todo esto...

—Como estas manos conozco yo todas estas islas... Las ha abierto frente a ella: anchas, duras, recias y, sin embargo, llenas de calor y de vida. Hinata no recuerda haber visto nunca unas manos como aquéllas... Hablan de luchas, de trabajos, de energía y voluntad... Sobre la palma de la izquierda está la línea blanca y fina de una antigua cicatriz, lo bastante profunda para calcular que fue grande la herida que dejara esa huella, y, curiosa, Hinata pregunta:

— ¿El timón le hizo esto?

—No; ni el timón ni el remo. El filo de un cuchillo, Santa Hinata. Lo tomé por la hoja con todas mis fuerzas.

— ¡Es absurdo! ¿Por qué?

—Imagino que por instinto de conservación, por una ansia absolutamente insensata de prolongar la agonía que era entonces mi miserable existencia... Tendría yo diez años...

— ¡Es increíble! ¿Y te atacaron con un puñal? En la mano de un niño, esa herida debió ser... —Se atrevió a preguntar sin siquiera notar que empezaba a tutearle.

—Pudo dejarme inútil, pero la sangre que brotó de ella calmó por el momento el rencor de aquél para quien mi vida era una ofensa.

— ¿Te hirió un hombre?

—El que era esposo de mi madre. Viví junto a él lo que fue mi primera docena de años. Tengo entendido que mi madre murió al darme a luz, o muy poco tiempo después. Él, naturalmente, me odiaba... Muchas veces quiso acabar de una vez, matándome de repente. Esta fue una de ellas. Otras, se contentaba con verme agonizar de hambre o de miedo...

— ¿Y no había nadie que te amparase?

—No había nadie, y aunque lo hubiese habido, ¿a quién podía importarle aquello? No teníamos vecinos... era en la cabaña que aún se alza sobre el Kēpu Akuma, donde sólo entraba poco pan y mucho aguardiente. A veces, yo huía de aquel infierno, desaparecía durante semanas enteras, vivía entre los peñascos o entre los matorrales, alimentándome de raíces, de los moluscos que arrancaba a las rocas de la playa... qué sé yo...

— ¿Y no te acercaste a nadie a pedirle protección? —Preguntó.

— ¿Quién la ofrece a un muchacho callejero, salvaje, perverso, ladronzuelo, que no conoce más que las peores palabras y los peores sentimientos? Tras vagar un poco, volvía desnudo, extenuado, hambriento...

— ¿Y aquel hombre...?

—Danzō lo tomaba de distintas maneras...

— ¿Danzō...? —Se interesa Hinata—. No es la primera vez que escucho ese nombre. He oído comentarios acerca de él, lo recuerdo perfectamente. ¿Ese fue el hombre que envenenó su corazón?

—Sí —confirma Sasuke indiferente—. Uno de ellos, acaso el peor de todos, porque es el que se mezcla a mis primeros recuerdos. Me enseñó a odiar la compasión; sólo siendo como él, cruel y perverso, lograba que su furia se aplacase un tanto. Fue mi maestro en todas las artes de mala ley: me enseñó a beber, a jugar con ventaja, a arrebatar las cosas por la fuerza a los más débiles, a mentir, a robar, a vivir sobre aviso como una fiera acorralada, y me enseñó algo más: a maldecir el nombre de la mujer que me había llevado en su seno... Como la maldecía él...

— ¡Oh, no... Es monstruoso! No es posible que un ser humano llegue a ese extremo. ¿Cómo pudo ensañarse así?

—Yo era el recuerdo vivo, insultante, de la traición que había destrozado su existencia. Todo el odio feroz que le inspiraban los que me dieron el ser, caía sobre mí a todas horas, en todos los momentos... Y si voy a ser justo, no es a él a quien más debo aborrecer, sino al que me dejó en sus manos, al que mal y tarde quiso recogerme, sólo por el horror de que su sangre acabase en el cadalso: el padre de Naruto Uchiha, que fue el mío también...

— ¡Así fue la historia...! —exclama consternada Hinata.

—Sí. Ya la sabes entera, o, cuando menos, en su mayor parte. Y ahora que tu curiosidad está satisfecha, échala a un lado como yo la echo.

Ha soltado bruscamente su mano izquierda de las de Hinata que la aprisionaban, y afirma las dos sobre la rueda del timón, variando con rapidez el rumbo de la nave. El tumbo violento hace vacilar a Hinata en sus pies, y él la sujeta obligándola a volverse.

—Mira allá. Es Boukyaku... Pasaremos de largo frente a él, y mañana echaremos el ancla en Gataro. Ya verás, es una hermosa tierra. Te prometo un buen paseo en ella...

—Sasuke, quería decirte una sola cosa: Que empiezo a comprenderte... Creo que debería decir mejor: que te comprendo plenamente...

Sobre el cielo de un azul oscuro profundo, tachonado de estrellas, ven ya los ojos de Hinata la silueta gigante del Monte Maze... El aire es tibio y suave, el mar sereno, como si fuese una laguna sus inquietas aguas, una laguna sobre la que borda encajes de plata la luna nueva... Hinata ha dejado caer sobre los hombros el chal de seda que un instante cubriera su cabeza, y se estremece al sentir fija en ella la mirada de Sasuke, que le dice:

— ¡Qué blanca te ves bajo la luna! Blanca y brillante, como si tú también fueras una estrella... Y algo de eso tienes... Eres como una estrella reflejada en un charco... Parece que está cerca, pero sólo se ve el reflejo... En realidad, está muy lejana, a millones de millas...

— ¡Qué ocurrencia! —se ruboriza Hinata sintiéndose halagada—. ¿Por qué dices eso? No creo que sea una afirmación justa. Cuando esta tarde te aseguré que te comprendía...

—Quisiste decir que me compadecías. Lo entendí muy bien...

—No. Dije comprender, porque comprendí de pronto muchas cosas. Compadecer es distinto... Se compadece, a veces, hasta lo que no entendemos bien; se compadece a todos los que sufren pena... ¿Y quién no sufre en ese mundo? Todos sufren, todos sufrimos... Generalmente, cada uno se ve y siente en sus propios sufrimientos, pero es hermoso ese momento en que el corazón se nos rompe, se nos desborda hacia otro corazón que ha sufrido más, que por torturado tiene derecho a más ternura, a más amor del nuestro...

Ha tomado la mano izquierda de Sasuke con rápido movimiento, ha vuelto hacia arriba la palma dura y ancha, y como empujada por un impulso irresistible ha besado, con beso trémulo, la larga cicatriz que la cruza...

—Hinata... —se conmueve Sasuke profundamente—, ¿qué haces?

—Para tu dolor de niño, Sasuke, para esa pena que nadie supo compadecer, y que todavía te hiere...

Le ha mirado a los ojos, con un ansia nueva, repentina, de asomarse a su corazón, y él palidece, rehuyendo aquella mirada... Bajo su blanca piel como de raso, corre con nuevo ardor la roja sangre tropical. Por un instante, todo se ha borrado: el pasado, los sueños, el recuerdo quemante de otros ojos y de otros labios. En medio de su barco, Sasuke no Akuma se alza como si todo lo llenase, como si el mundo entero fuese sus cabellos desordenados, sus brazos robustos, sus labios sensuales, sus grandes ojos negros...

Tiembla Hinata cuando aquella mano ancha aprisiona las suyas, en una presión de caricia, cuando el brazo ciñe su frágil talle, se miran mutuamente, como si buscasen en el otro una respuesta a ese irrefrenable y desbocado latir en sus corazones.

Despacio, el rostro de Sasuke no Akuma se acerca al de la paralizada y expectante ex novicia. Su aliento choca, como una cálida caricia contra la mejilla de la confundida mujer, que muy en el fondo, más allá de sus pensamientos, anhela sentir el calor que desprende de él.

Sin previo aviso, con un roce suave, Sasuke presiona la calidez de sus labios sobre los de Hinata Hyūga, el que vendría siendo el beso primero de la joven mujer, mismo que unía a dos almas, dos corazones heridos que por azares y jugadas del destino terminaran cruzándose.

Ella de a poco respondió al beso con cierta timidez, Sasuke quiso ahondar y volverlo más apasionado, pero se contuvo, en otras circunstancias no lo hubiese hecho, mas no quería asustarla. La guio en esa suave caricia en la que se vieron tan compenetrados que por un instante no importó Naruto, por un instante no importó Sakura, ni Mangekyō… ni pasados, ni rencores… simplemente eran ellos, un hombre y una mujer que empezaban a sentir correr por sus venas el latir frenético de una nueva pasión…

Fue él quien separó el contacto de su beso, ella mantenía los ojos cerrados apreciando las sensaciones impregnadas en sus labios luego de esa inesperada unión. Era sumamente hermosa, sus mejillas se tiñeron de un ligero tono rosa y sus pestañas largas y oscuras se abrieron para dar paso a esa mirada gris, cristalina, casi transparente, que lo veía con algo nuevo que Sasuke no supo o quiso descifrar…

Sintiéndose un ladrón por robar las dulces mieles de los labios de la que en circunstancias penosas, se convirtiera en su esposa se alejó de ella por unos momentos.

Ninguno dijo nada… no hacía falta. El bullir de sus corazones lo hacía por ellos. En silencio, llevándola despacio hasta la puerta sólo entornada de la única cabina del Luzbel... Hinata se siente como penetrada de una fuerza desconocida, y, al mismo tiempo, débil, entregada... No sería capaz de resistir, de protestar... Es como la espuma de aquellas olas que el mar lleva y trae, como algo que pertenece a Sasuke no Akuma...

—Buenas noches, Hinata, que descanses... Duerme bien, pues mañana tendremos un día muy agitado... Hay mucho que ver en Senkan... Te gustará...

Se ha alejado sin ruido, con el paso silencioso y firme de sus pies descalzos, y ella queda inmóvil y estremecida, con el nombre de Sasuke anudado en la garganta, el calor de aquellas manos anchas ardiéndole en la piel de raso… y aquel beso… oh aquel beso la impulsaba a desear más de él... ¿Por qué la deja en este instante? ¿Por qué no se acerca a ella, como sin duda se acercara la primera noche? Sin él, es como si de pronto el mundo se hubiera vaciado; sin él, se siente sola, y tiene frío... y no puede llamarlo... lleva una de sus manos justo allí, al lugar donde hace instantes sus labios se posaran contra los de ella, una oleada de rubor le enciende las mejillas y se desborda por sus ojos en extrañas lágrimas... Piensa en tantas mujeres que sin duda estuvieron en sus brazos... En las perdidas del puerto, en las mujerzuelas de taberna que seguramente se lo disputaron... Piensa en Sakura, y una oleada candente, de indefinibles sentimientos, la embarga: ira, rencor, vergüenza, acaso celos... Bruscamente entra en la cabina, cerrando tras de sí las puertas, con rabia...

— ¡Anko, Anko! ¡Acaba de despertar, estúpida!

— ¡Ah, caramba! A todas horas me tiene que insultar...

—A todas horas tienes que desesperarme; a todas horas tienes que estar dormida... Sal a dar una vuelta por la casa. Anda a ver dónde están los demás y qué hacen...

— ¿Ahora? ¡Ay, mi ama, si son las tres de la madrugada! Sin verlo se lo puedo contar. Ni el ama Samui ni la señora Mebuki han vuelto de la capital. En cuanto al notario y al señor Naruto...

— ¿Ha seguido bebiendo Naruto?

—Como que ya no, mi ama. Anda como una sombra dando vueltas... A veces se tira en el sofá del despacho y se queda como adormilado. Luego se levanta, y otra vez a beber, otra vez a pasear... Pero desde ayer por la tarde no ha pedido nada...

— ¿Dónde dices que está?

—En el portal del frente de la casa, mira que te mira para el camino y para el desfiladero... Para mí que está desesperado porque vuelva la señora Samui y la señora Mebuki. Pero es lo que yo digo, ¿por qué no coge él un caballo y va a buscarlas?

— ¿Estás segura que ya no está borracho?

—Digo yo... Si desde ayer no bebió nada, seguro que se le pasó ya.

—Dame un chal...

— ¿Un chal? ¿Va a salir de aquí? La señora Samui le dijo bien claro que no se moviera de estos cuartos... Se va a meter usted misma en la boca del lobo... Acuérdese de cómo volvió la otra tarde, después que la mandó llamar y usted fue para allá...

—Tráeme el chal y quítate de en medio imbécil.

Sí, allí está Naruto de pie junto a la baranda, cruzados los brazos, los ojos encendidos de alcohol y de fiebre... Ha cambiado lo bastante para parecer otro hombre: revueltos los cabellos, crecida la barba, abierta la camisa que muestra el pecho blanco, la mirada sombría, amargo el pliegue de los labios... Se diría envejecido en diez años, y ahora, con ese gesto y esa traza que le hacen trágica sombra de sí mismo, extrañamente parecido a Fugaku Uchiha, indudable hermano de Sasuke no Akuma...

—Naruto, mi Naruto... ¿Quieres oírme? ¿Quieres que hablemos? —ruega Sakura en tono suplicante.

— ¿Hablar? ¿Hablar? —Duda Naruto con gran amargura—. ¿Ahora quieres hablar?

—Sí, Naruto, ahora quiero hablar, porque ahora me parece que no estás borracho... Perdóname, pero es la palabra exacta. Llevas muchos días bebiendo como un loco y comportándote como un salvaje... Ahora me parece que estás en tu juicio, y tengo la esperanza de que podamos hablar como dos seres civilizados...

— ¡Pues no la tengas! ¡Los Uchiha no somos civilizados! Ni lo fue mi padre, ni lo es... mi hermano, ni yo tampoco lo era en realidad, aunque llegara a aparentarlo... Tenemos en la sangre el fuego de esta tierra bárbara, los sentimientos crudos, las pasiones salvajes... ¡Somos primitivos en el rencor, en el amor y en el odio! No quiero que ignores esto... Quiero darte la última oportunidad de salvarte... Huye si eres culpable, Sakura, huye antes de que tenga yo la absoluta seguridad de que eres culpable, sálvate ahora, aprovecha este momento en que un resto del hombre que fui se me sube a los labios. ¡Después será demasiado tarde!

Sakura ha temblado, un escalofrío le recorre la espalda, pero hay también un espolazo de rabia, de amor propio, de ansia infinita de jugar y ganar, y, apoyándose en ella, clava los dedos trémulos en el brazo de Naruto:

— ¡No tengo por qué huir, ni de qué salvarme! ¡Óyeme si quieres saber la verdad... toda la verdad! ¡No tengo nada que reprocharme! Ser tu esposa era mi único y verdadero sueño...

— ¡Mira bien las palabras que estás pronunciando! Como juramento sagrado voy a tomarte cada una de ellas, y si volvieras a mentir sería de verdad tu última mentira, porque serían tus últimas palabras. ¡Habla!

—Tengo que tomar las cosas desde muy lejos... Ese hombre me cortejaba...

— ¿Sasuke no Akuma? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Eras ya mi novia! Eras ya mi novia cuando llegaste de Konoha... Y si eras ya mi novia, y me pertenecías espiritualmente, ¿cómo fue posible que...? ¡Habla de una vez!

—Antes, Naruto... Antes...

—Antes, ¿de qué? ¡Antes de volver a estas tierras no podías conocer a Sasuke!

—Para que puedas comprenderme, tengo que empezar desde antes... Yo era aún una niña; Hinata y tú adolescentes ya...

—Sólo dos años es Hinata mayor que tú. Dos años escasos...

—Sí, ya lo sé. Pero por su forma de ser, por su carácter... Tú estabas siempre con ella, apenas me hacías caso, y yo empezaba a quererte ya... Tú no comprendes lo que sufre el corazón de una niña que empieza a ser mujer... Yo te quería a ti, y tú parecías querer a Hinata... yo sufría mucho de celos y de rabia, y Hinata estaba segura de que tú te casarías con ella... Para ti se peinaba, para ti se arreglaba, para ti ponía flores en la mesa, por ti se pasaba las noches y los días estudiando, para poder hablar contigo de todo lo que tú quisieras hablar, mientras que yo era una pobre ignorante...

— ¿Qué estás diciendo? —se sobresalta Naruto, sorprendido e interesado a pesar suyo.

—Hinata estaba locamente enamorada de ti, Naruto, no pensaba más que en ti, no hablaba más que de ti... Tenía la absoluta seguridad de que un día habrías de casarte con ella... Las manos de Naruto se han aflojado, su rostro refleja ahora perplejidad, desconcierto, sorpresa profunda, y algo así como el dolor de haber causado involuntariamente un mal. Y reaccionando, inquiere:

— ¿Hinata, Hinata me amaba? Una vez me dijiste algo parecido... No reparé en ello, no quise fijarme, fueron disculpas tuyas, mentiras, engaños...

—No, Naruto, Hinata te amaba, estaba loca por ti, y por ti, al ver que al fin me preferías a mí, tomó los hábitos, quiso profesar, se fue al convento... ¿No recuerdas su extraña actitud, su cambio radical, sus medias palabras? Parecía odiarte... Tú llegaste a pensar que te aborrecía, y era porque te amaba. Estaba locamente enamorada de ti, y yo tenía celos, celos salvajes que me encendían la sangre...

— ¡Oh, no... Imposible...!

— ¡Te juro que es verdad! Te lo juro por lo más santo, por lo más sagrado... ¡Por la propia vida de mi madre! Hinata te adoraba, y me consideraba a mí muy alocada, muy infantil, muy ignorante, muy poca cosa para hacerte feliz... Ella siempre ha sido más inteligente que yo, siempre ha tenido más fuerza de carácter... Aprovechándose de todo eso, me obligó a jurarle...

— ¿El qué? —apremia Naruto al ver que Sakura se detiene dudando.

—Que mi vida a tu lado sería sólo de abnegación y sacrificio, que te adoraría como a un dios, que te obedecería como una esclava... Me exigía que, para agradarte, renunciara a todo: a mis más pequeños caprichos, a las más irrefrenables manifestaciones de mi carácter... Me reprochaba como un crimen la menor coquetería, la menor frivolidad... Era un guardián de todos mis actos, fiscalizaba hasta mis sonrisas y mis suspiros, creaba a mi alrededor una atmósfera densa de represión, de vigilancia, que me asfixiaba, y yo era un niña, una chiquilla, Naruto. A veces, por hacerla rabiar, sólo por hacerla rabiar, coqueteaba...

— ¿Cómo?

—Coqueteaba, pero sólo queriéndote a ti, pensando sólo en ti... Era una forma de vengarme de su tiranía insoportable... Ella quería que yo fallara, quería cogerme en falta, me amenazaba a todas horas con hacer que me aborrecieras, decía, que le bastaría una palabra para lograrlo... Me encendía el amor propio, me abrumaba con sus continuos regaños, hasta que un día, harta de todo eso...

—Harta de todo eso, ¿qué? Faltaste, me engañaste, ¿verdad?

— ¡No... No! No hice nada que tuviera importancia... Fueron niñerías, bobadas... y por culpa de ella...

Largo rato ha sollozado Sakura, cubierto el rostro con las manos, inclinada sobre la baranda de piedra, mientras Naruto la contempla sin que acudan a sus labios palabras, sin que pueda siquiera ordenar los pensamientos que en loco torbellino sacuden su alma... Luego, Sakura se incorpora muy despacio, y seca sus lágrimas...

— ¿Qué hiciste por culpa de ella? ¡Habla!

—Yo... pues... no hice nada grave, Naruto... Sasuke no Akuma empezó a rondar nuestra casa... Por eso te dije antes que me cortejaba...

— ¿A ti, o a ella?

—En realidad, a mí, Naruto. Comenzó a cortejarme a mí... Ella había venido del convento, vestía de hábito... Él, como comprenderás, se dirigió a mí. No sabía nada, absolutamente nada de nuestro noviazgo... Un día se fijó en Hinata, y yo le dije que todavía no había profesado, que podía dejar los hábitos, que era hermosa y que necesitaba un amor... Fue una ligereza, una niñería... Nunca pensé que él iba a tomarlo en serio, ni que ella iba a enojarse tanto. Pero él cambió de rumbo, y yo, por travesura, sin medir el alcance de lo que hacía, lo animaba, le daba a entender que Hinata iba a corresponderle, que sólo se estaba haciendo la esquiva para interesarlo más, y él...

—Y él, ¿qué? ¡Sigue... sigue...!

—Yo tuve la culpa de que él se engañara. Ese es mi pecado, Naruto, el pecado que no quería confesarte. Yo, en nombre de ella, le escribí una carta diciéndole que viniera a buscarla a Mangekyō. Jugué con los sentimientos de ambos, y cuando él vino y ella lo rechazó, se puso furioso, juró vengarse, y entonces fue inútil que yo quisiera alejarlo de aquí...

— ¿Quieres decir que Hinata no le había correspondido? ¿Que, en realidad, no le quiso jamás? ¿Que nunca se entregó a él ni fue su amante?

— ¡Eso, Naruto, eso...! Se enredaron las cosas... Yo le dije a Hinata que tú ibas a matarme, y ella aceptó el sacrificio. Por eso era mi angustia, mi desesperación cuando la obligaste a casarse, cuando él se la llevó tan lejos... Por ligereza fui mala, cruel y mala hermana... Esa es la verdad... Ese es mi único pecado... ¡Perdónamelo, Naruto! ¡Perdónamelo tú, ya que ella no podrá perdonarme jamás!

Casi sin fuerzas ya, perdida ella misma en la maraña de sus falsedades, enloquecida de angustia pero decidida a no cejar, llora Sakura tras aquellas palabras en que una vez más ha mentido... Ha mentido jugándose el todo por el todo, escudándose definitivamente en un nuevo engaño, acorralada por las circunstancias en las que mentir es su único camino, acumulando, una sobre otra, calumnias, falsedades, con la violenta audacia de quien va a una brutal lucha a vida o muerte... y al mismo tiempo llorando con lágrimas de espanto, asustada del nuevo abismo en que acaba de lanzarse, espiando con ansia infinita la expresión de aquel rostro demudado, también como el suyo pálido de espanto...

— ¡No puede ser! ¡Es imposible! ¡Si es verdad lo que dices, has condenado a tu hermana inocente! ¡La has entregado indefensa a un hombre brutal!

—Es horrible, ¿verdad? Tú te empeñaste...

—Pero, ¿por qué no me dijiste la verdad? —Se exaspera Naruto—. ¿Por qué no hablaste entonces, como hablas ahora? ¿Por qué calló ella, soportando una cosa semejante?

—Por salvarme. Juraste que me matarías... Y también por salvarte a ti. No olvides que te amaba... Tú la obligaste amenazándola con matar a Sasuke... ¡Y lo habrías hecho!

—Tal vez... Pero no hubiera cometido una horrenda injusticia. Si tú me hubieras dicho la verdad...

—Hubo un momento en que fui a decírtela, a confesártela jugándome el todo por el todo, pero me dijiste que ese hombre era tu hermano... ¿Cómo podía yo ponerlos frente a frente? ¿Convertirte en su asesino o en su víctima? ¡No, Naruto, no, porque tú eres mi amor y mi vida, y porque voy a darte un hijo...!

Naruto ha retrocedido sintiendo que enloquece, pero Sakura respira, se afirma, se afianza. Sabe que él la ha creído... está libre de la única mancha que sabe irremediable... Redoblando la audacia, corre a sus brazos:

— ¡Mi Naruto, eres el único hombre a quien he amado! Por ti soy y he sido capaz de todo... He sacrificado a mi hermana, he hundido en la desesperación a mi madre, he mentido, he calumniado, he sido egoísta, cruel, inhumana, pero fue sólo por conservar tu amor, por defender tu vida, porque no te manchases de sangre... ¡He querido salvarte aunque se hundiese el mundo!

—Salvarme... salvarme... —desprecia Naruto con infinita amargura.

—Tú no lo permitiste. Has seguido dudando, has creído de mí lo peor, has convertido nuestra vida en un infierno. Reniegas y maldices hasta del hijo tuyo que llevo en las entrañas, y por dura que sea la verdad he tenido que decírtela, que ponértela en las manos... Lo merezco todo, ya lo sé: el odio de mi hermana, la maldición de mi madre, el desprecio de las sociedades honradas... Merezco todo, menos que tú me rechaces, porque todo lo hice por ti, por defender tu amor...

Ha caído de rodillas, juntas las manos en las que hunde la frente, y queda inmóvil, aguardando, pendiente de las palabras que al brotar de labios de Naruto señalarán su camino para siempre. Pero Naruto no va hacia ella, no la levanta del suelo, no la estrecha en sus brazos, sino que mira a todas partes con los ojos de demente, y al fin grita a una sombra que pasa:

— ¡Ibiki... pronto, ensíllame un caballo!

—Naruto, ¿adónde vas? —se sobresalta Sakura.

— ¿Dónde he de ir sino a buscar a nuestras madres? Sé que están en Uzushiogakure, que han ido a ver al Gobernador para rogarle que detenga ese barco... Estoy seguro que están luchando con todas sus fuerzas para salvar a Hinata, que lo hacen a espaldas mías porque, como yo hasta hace un momento, la creen culpable, acaso porque creen que han de poner en una balanza su vida contra la tuya, acaso porque tienen escrúpulos, porque temen al escándalo, quizás porque temen a mi violencia. Pero todo va a cambiar. Ahora soy yo, yo, quien va a hacer detener ese barco. Yo, quien rescataré a Hinata, pase lo que pase...


—Esta es la colina del azufre... Hiru iō, como le dicen los Kumogakurenses. En este viejo Fuerte se libraron grandes batallas... Un poco más allá de Senkan hay otro Fuerte con ruinas tan importantes como éstas: Fuerte Gataro..., así se llama.

Sasuke ha extendido el brazo señalando a lo lejos, sobre la herrumbrosa muralla almenada en que rematan las altas terrazas del viejo Fuerte de la colina del azufre... Están sobre la tierra de Boukyaku, otra de aquellas islas volcánicas de altas montañas, de boscajes fértiles, acantilados imponentes y playas soleadas; un nuevo rincón de aquél múltiple paraíso de tierra y mar que los ojos de Hinata han ido poco a poco contemplando, primero con asombro, con trémula admiración más tarde, ahora casi casi como un éxtasis...

Apoyada en el brazo de Sasuke, llevada por él, oyendo su voz cálida, siente que las horas pasan tan blandamente como la brisa que ahora despeina sus negros cabellos, tan suavemente como el mar que extiende allá abajo, sobre la playa rubia, su pañuelo de espumas...

—Cuando tengas apetito, bajaremos a almorzar. Junto a aquellas palmeras nos está esperando un buen asado. Y la tripulación, vestida de gala, me ha pedido como un favor especial el gran honor de acompañarnos a la mesa. Ellos te adoran, te miran como a la estrella de la mañana. Quieren obsequiarte. Algunos fueron hasta Tawā no Kasai en busca de vinos, dulces y otras golosinas. Los harás muy felices aceptando sus obsequios.

—Ellos me hacen muy feliz a mí demostrándome un afecto que... que no hice nada por ganar...

—Tal vez no hiciste más de lo que piensas. Nuestra vida ha cambiado para hacerse infinitamente mejor.

— ¿También la tuya, Sasuke?

—La mía la primera, desde luego... Pero no hables, si es para recordarlo. Hoy no quiero volver atrás la cabeza, no quiero pensar en el pasado, ni en el más próximo ni en el más lejano. Veinticuatro horas en Senkan es el único acto de nuestro programa. ¿Te agrada?

Ha sonreído mirándola al fondo de los grandes ojos claros, y ella no halla respuesta, porque la voz no suena en su garganta... Es demasiado profundo lo que siente, es demasiado cálida la emoción que la embarga, creé vivir un sueño o soñar otra vida... Como si no pudiera retenerla más tiempo, la pregunta de Sasuke sube tímida y anhelante a sus labios:

—No te sientes mal, Hinata, ¿verdad?

—No sé cómo se llama lo que siento, Sasuke... Acaso... acaso estoy cerca de la felicidad.

Sasuke se ha erguido echando hacia atrás la cabeza. Apenas puede creer lo que ha escuchado. ¿Es realmente esa extraña palabra, que apenas tiene sentido en sus vidas turbulentas y atormentadas? Felicidad... Hinata ha dicho felicidad... Como si creyera soñar, mira hacia todas partes... Pero sí... Es ella la que habla, y él quien está frente a ella, bajo aquel cielo, ante aquel mar, que ahora parecen diferentes, como si una luz distinta y radiante los bañara...

La toma lentamente del talle y la estrecha entre sus brazos, Hinata tiembla al sentir el fuerte agarre de su brazo, Sasuke, que aún no da crédito a las palabras proferidas por su esposa acaricia la mejilla sonrosada y delinea el contorno de esos labios, que desde la primera vez que los probara, anhela devorar con un hambre que lo consume.

Ella lo mira expectante, no miente cuando dice sentirse feliz a su lado, es como si por primera vez de verdad comenzara a vivir. Lo ve acercarse a su rostro, como lo hiciera la noche anterior. Su corazón late frenético con su sola cercanía, ansía, anhela y clama porque Sasuke vuelva a…

Sin siquiera dejarla a terminar de pensar, Sasuke no Akuma ha vuelto a reclamar su boca, pero esta vez es distinta, ella no está sorprendida y responde con la misma pasión que él. Un instinto, hasta ahora nuevo para ella se apodera de su ser, en el que solo desea algo, entregarse sin reparo a lo sentía.

Un leve gemido escapó de sus labios, momento que Sasuke aprovechó para colarse en la calidez de su boca. Hinata se sorprendió ante esta nueva intrusión totalmente nueva para ella, a decir verdad, todo junto a él era nuevo y le gustaba, le gustaba demasiado. Con sus manos rodeó el fuerte cuello masculino para profundizar aún más el beso… no quería que se apartara de ella.

La falta de aire los obligó a separarse de forma abrupta. Jadeantes se observaban fijamente a los ojos, buscando un nombre a eso que los arrastraba por un vórtice de desenfreno y pasión. Ella no rechazaba sus besos, al contrario dio rienda suelta a su deseo en cuanto la sintió responder con la misma necesidad.

Sonrió al recordar sus manos aferradas a su cuello. No le era indiferente a Santa Hinata… Santa Hinata. ¿Quién iba a imaginar que detrás de aquella imagen inmaculada se escondía el corazón de una mujer apasionada? Ella ha vuelto a ruborizarse ante la atenta mirada de Sasuke, hasta ella misma se sorprende de su reacción.

Pero, contrario al bochorno que siente, no lo da a demostrar y en cambio se acerca a él y le planta otro tierno beso en los labios. Sin decir nada, con una sonrisa Sasuke no Akuma extiende su mano a modo de invitación, Hinata tímidamente extiende la suya hasta entrelazarlas con las rústicas manos del capitán del Luzbel.

Y así, sin una palabra, bajan juntos por la estrecha escalera mientras sus corazones laten con ritmo igual…

—Gracias por haberme recibido en el acto, Gobernador.

—Pase, mi joven amigo, pase y hágame el favor de sentarse.

—Gentil y llano, Tobirama Senju, el Gobernador del Remolino, ha extendido la mano señalando una silla próxima a su amplio escritorio. Son más de las diez de la noche y el aire del mar entra por las abiertas ventanas moviendo las cortinas de encaje—. Supongo que le trae a usted el mismo desdichado asunto que hizo a doña Samui honrarme con su presencia.

—Efectivamente, Gobernador. No tengo la absoluta seguridad, pero todo parece indicar que se trata del mismo asunto. Sé que mi madre tenía un empeño especial...

—Respecto a eso, no sé qué decirle, mi joven amigo. Doña Samui deseaba, y no deseaba al mismo tiempo, que fuese detenido el Luzbel. Creo que luchaba entre dos sentimientos encontrados. Deseaba que ayudásemos a su protegida, la señora de Hyūga... ésa sí desesperadamente empeñada en el rescate de su hija. Pero, por otra parte, creo que su mamá, juiciosamente, teme mucho al escándalo, Naruto.

— ¡Pues yo no temo al escándalo ni a nadie!

—Es una actitud que no sé si alabarle. Vivimos unos de los otros, el buen juicio de los demás puede ser definitivo, y un nombre como el de ustedes...

Ha callado, observando el rostro de Naruto, duro, tenso, contraído, en lucha feroz consigo mismo. ¡Qué extraordinariamente cambiado le halla desde aquella mañana de sus bodas! Parece envejecido en diez años. Su expresión es, a la vez, dolorosa y fiera, y hay algo en sus palabras, áspero, impaciente, casi cortante:

—Yo vengo a pedir algo que es de justicia, Gobernador.

—Debo empezar por decirle algo que ya dije a la señora de Hyūga. Hay justicia legal y justicia moral. No siempre puede hacerse la segunda en nombre de la primera. Legalmente, yo no tengo ningún motivo para detener a Sasuke no Akuma. Por eso, con todo el dolor de mi alma, rehusé a la petición de la señora de Hyūga. No debo, no puedo detener a ese Sasuke por haberse casado legalmente y llevarse a su esposa en un barco de su propiedad...

—Pero sí puede usted hacer volver a Uzushiogakure a un barco que ilegalmente dejó el puerto. Sí puede detener a un hombre cuya persona y propiedades están embargadas por una deuda denunciada y comprobada. Hay una montaña de papeles legales en los que se le acusa por riña tumultuaria, desacato a la autoridad y heridas a un hombre que aún no está completamente curado.

—Ese hombre recibió una indemnización en metálico. Alguien pagó por Sasuke no Akuma, saliendo después fiador para que quedase en libertad. Hice traer los archivos del puerto y ese alguien...

—Ese alguien soy yo, Gobernador, dígalo claro, no dé más vueltas... He venido para poner las cosas en su lugar. Yo fui su fiador, vengo a retirar la fianza, y exijo que el proceso detenido siga en marcha.

— ¿Para condenarle en ausencia, en rebeldía...? Es extraordinario, y me atrevo a decir más: es inhumano. Tendría usted que presentar una denuncia firmada, que hacerse totalmente responsable...

—Firmaré esa denuncia aceptando toda la responsabilidad. Puede usted pedir informes cablegráficos a las islas. Corre de mi cuenta toda la investigación que sea necesaria.

—Si está usted decidido a hacer las cosas de esa manera, le diré que, por casualidad, informes de esa clase no me faltan. El Luzbel ancló en la isla de La Pequeña Blanca. Fondeó también en Gataro, Senkan. Pasó por la Boukyaku, y siguió vía al Sur, ayer por la tarde. Por razones obvias, no es fácil que se detengan en Kikai ni en Benisu, pero podemos poner sobre aviso a las autoridades de O'uzu, Nanakuza y Mokuzu. No creo que puedan ir más allá sin reponer las provisiones. Y si usted insiste...

— ¡Hágalo, Gobernador, hágalo!

Proa al Sur, henchidas las velas, inclinado a estribor, cortando blandamente las aguas azules del océano, sigue el Luzbel su ruta soleada...

Sasuke no Akuma va ahora al timón, mientras cae la tarde. Las montañas de Kikai han quedado atrás, así como también el ancho canal de Benisu. Otra isla, recortada en el cielo, la línea altanera de sus montañas... otra isla sobre la que hondea la bandera del País del Agua...

—Hinata, mira allá. ¿Qué ves?

— ¡Tierra! ¡Otra isla...!

—La más bella de todas. ¿Quieres guiar hasta allá tú misma al Luzbel? Ven acá. Toma el timón. No pierdas de vista las velas. Mantén el rumbo. Media vuelta a estribor... Bien... Ya vamos enderezando. Mañana anclaremos en la Bahía del Príncipe Yagura, y tú misma mandarás echar el ancla...

Hinata ha entornado los párpados y tiemblan las manos blancas sobre la rueda del timón, mientras Sasuke sonríe de un modo extraño, cuando indaga:

¿Qué te pasa? ¿Piensas que dejé atrás a Kikai y Benisu para no volver a ver a tu doctor Mitokado?

—No pienso nada...

—Pues piénsalo si te da la gana. No quise volver a verlo... Me es profundamente antipático. Es natural que tú no compartas mis sentimientos...

—Creo que me salvó la vida. Por ingrata que sea, no puedo olvidarlo...

—Eres dueña de sentir por él toda la gratitud que quieras; pero yo, en tu lugar, no sentiría tanta... Al fin y al cabo, te hizo más mal que bien...

—En eso no creo que seas justo, Sasuke.

—Tal vez no sea justo en nada, pero me guío por el instinto... y ese doctor Mitokado... ese doctor Mitokado... Por culpa de él tomé una resolución definitiva... ¡No echaremos el ancla en ningún puerto Konohense! —Bruscamente ha expresado Sasuke su pensamiento, y, alejándose un poco, llama alzando la voz—: ¡Suigetsu... Suigetsu... Hazte cargo del barco...!

Se ha alejado con aire tan sombrío, que Hinata le sigue con ojos angustiados, soltando con viveza el timón que aún sostiene, cuando la juvenil figura de Suigetsu Hōzuki llega hasta ella con paso apresurado:

— ¿Se sintió mal, patrona? ¿Qué le pasa? Usted está triste, y estaba tan contenta en días pasados...

—Sí, Suigetsu, pero hay aires que sólo de acercarse a ellos, hacen daño...

Suigetsu ha mirado a todas partes, ha seguido después la figura alta y recia que se aleja a lo largo de la cubierta, para detenerse en la misma proa, contra un mástil, cruzados los brazos, y comenta como al azar:

—Sasuke tiene miedo de tocar tierra Konohenses, y es natural. Si yo estuviera en su lugar, también tendría miedo de perderla... Perdóneme... Quiero decir que tendría miedo de perderla, pero que no la retendría contra su voluntad... ¡Oh, dispénseme!

Se ha mordido los labios, ha esquivado la mirada de angustia con que Hinata pretende asomarse a su pensamiento, pero ella se aproxima más, encendidas ya sus ansias de saber:

—Suigetsu, ¿fue usted quien le dio el aviso que nos hizo huir de Benisu?

—Sí, fui yo. Lo siento si hice mal, pero como segundo del Luzbel...

—Cumplió con su deber, ya lo sé. Pero tanto usted como él se equivocaron... El doctor Mitokado no iba a hacer nada malo contra el Luzbel... Yo sólo le pedí que escribiese una carta a mi madre para darle tranquilidad sobre el estado de mi salud. ¿Comprende?

— ¿Sólo eso? ¿Y Sasuke lo sabe?

—Es difícil para mí hablar con Sasuke de ciertas cosas... No quiero disgustarlo...

— ¡Él ha cambiado! Es otro hombre desde que está usted en el barco, patrona... Pero sin disgustarlo, si usted todavía quiere mandarle una carta a su señora madre, cuente con Suigetsu Hōzuki para ponerla en el correo...

— ¿Serías capaz...?

—Pues, claro. Y no es por alabarme, pues cualquiera de los muchachos haría lo mismo. Damos la vida por Sasuke, pero tratándose de usted... —Se ha interrumpido para quedarse mirándola, como en breve lucha con su conciencia. Al fin, se inclina para hablarle muy bajo—: Él es desconfiado... Lo traicionaron todos desde que era niño, y ve traiciones hasta donde no las hay. Yo sé que usted es muy buena, patrona, que no va a hacerle ningún daño... Y si esta noche escribe una carta para su señora madre, mañana la pongo yo en el correo de la ciudad. ¿Quiere escribirla? ¿Quiere dármela?

—No sé todavía —duda Hinata; pero al fin parece reaccionar bruscamente—: Está bien. Suigetsu, confiaré en su promesa... Escribiré esa carta a mi madre...

Y dejando a Suigetsu con las manos sobre el timón, se dirige hacia la cabina del barco, donde, apenas traspuesto el umbral, divisa a Karin y le interpela cariñosamente:

— ¿Cómo, estabas aquí? ¿Qué haces?

—Esperarla, mi ama...

La pequeña pelirroja, a flor de labios la sonrisa blanca, responde a la pregunta de Hinata ladeando levemente la cabellera escarlata... Lleva mucho rato aguardando en el centro de aquella cabina, como si aguardase, cual un milagro, la dulce aparición de aquella a quien la devoción de todos envuelve como en una atmósfera brillante y cálida sin que ella ni siquiera haya llegado a advertirlo.

— ¿Va a quedarse aquí dentro, patrona?

—Sí, Karin, voy a quedarme, pero necesito quedarme sola, ¿entiendes? Debo estar sola, necesito hacer algo íntimo, personal... —Ha mirado a todas partes como buscando. No pensó antes en la dificultad material... no dispone de nada de lo necesario para escribir. Sin embargo, recuerda haber visto escribir alguna vez a Sasuke, y rápidamente toma en sus manos el libro de bitácora—. ¿Conoces este libro, Karin?

— ¡Cómo no, mi ama! Es el libro en el que el patrón escribe todo lo que pasa en el barco.

—Escribe... ¿Con qué escribe? ¿Lo sabes tú?

—Con pluma y tinta que están en ese armario. Ahí es donde guarda el amo todas las cosas que no quiere que se pierdan...

—Aquí hay pluma, un tintero, papel... ¡banderas! Hay banderas de varios países, así como pequeñas banderas de señales, y entre ella un pequeño envoltorio de paño negro que las manos de Hinata despliegan con impaciencia. Es el traje inútilmente buscado. Tiene desgarrado el corpiño, arrancados los broches... Es la triste tela que delata una lucha feroz, la que sin duda sostuvo aquella noche defendiendo su pudor contra Sasuke no Akuma...

Largo rato ha retenido el roto vestido entre sus manos. Luego, como si tomase una resolución repentina, lo arroja al fondo del armario, toma lo necesario para escribir y cierra bruscamente la puerta del rústico mueble, como si quisiera alzar una barrera, alejarse desesperadamente del dolor del pasado... Pero una lágrima rebelde rueda por su pálida mejilla, y, apenada e ingenua, indaga Karin:

— ¿Qué le pasa, patrona, está llorando?

—Sí, Karin, no he podido evitarlo... ¡He llorado mis últimas lágrimas por Hinata Hyūga!

Entreabiertos los labios de asombro, Akimichi se ha detenido en el umbral de aquella puerta que franquea una de tantas habitaciones del hotel. Ambiente frío, muebles escasos, una mesa central cubierta con un viejo tapete, y sobre ella, en una bandeja, una botella, una jarra de jugo de piña, varios vasos...

—Pase, Akimichi... adelante —invita Naruto al viejo notario—. Al fin se recibió una noticia concreta: el Luzbel está en, frente a La Isla Fronteriza, y ha aceptado carga para Taro y Kikai... Pero, supongo que viene usted a buscarme por encargo de mi madre, ¿no?

—Fue grande su angustia al no encontrarle a usted en Mangekyō, al saber que había salido de aquella manera, sin dar apenas tiempo a que le ensillaran un caballo... ¿Por qué hizo eso? ¿Piensa que su pobre madre no ha sufrido ya bastante?

—Pienso que todos hemos sufrido lo suficiente para reventar... Pero, ¿qué vamos a hacerle? Parece ser que esto es la vida. Siéntese y beba, o al menos acepte un cigarro. Yo, como usted ve, estoy aguardando...

Ha mirado una vez más el reloj de bolsillo, colocado sobre el tapete oscuro. Luego se aleja hasta llegar a la ventana que abre sobre la calle. Hay varios barcos mercantes anclados en la rada de Uzushiogakure, y los pasajeros, en escala obligada de su viaje desde Europa, invaden la rica y populosa capital del Remolino, saboreando en ella los mil detalles del mundo tropical... La brisa que viene desde el mar no alcanza a refrescar las ardientes calles y hay en el cielo un extrañó tono rojizo, como si gravitase sobre la ciudad el resplandor de un fuego misterioso, como si un presentimiento cósmico flotase sobre los jardines floridos y las lujosas moradas...

—Hablemos seriamente, Naruto. ¿Qué se ha propuesto? ¿Qué ha venido a hacer a Uzushiogakure? ¿Con qué relaciona la noticia de que el Luzbel está en la Fronteriza y haya tomado carga para un puerto o para otro?

—El Luzbel será detenido apenas fondee frente a Taro, y su patrón apresado en nombre de las leyes del País del Fuego. Puede volver a Mangekyō y decírselo a mi madre: voy a rescatar a Hinata cueste lo que cueste y pase lo que pase...

— ¿Rescatar a Hinata? Entonces, ¿es verdad lo que me han informado? Usted retiró su fianza a Sasuke y encabezó una acusación en forma contra él...

—No me quedó otro camino para que el Gobernador consintiera en pedirlo, por extradición, como fugitivo bajo proceso...

— ¡Pero lo traerán preso, se incautarán del barco...! Un momento... un momento, porque a veces me parece que yo también estoy trastornado... Cuando Sasuke llegó de su último viaje, traía suficiente dinero para pagarle a usted... es más, me aseguró que lo haría, y tengo entendido que, por lo menos, trató de hacerlo... Y hasta juraría haber visto una bolsa con monedas sobre la mesa de su despacho... Eso es... la recogí yo mismo... la guardé en la caja principal... ¡Sasuke cumplió fielmente sus compromisos!

—No puede probarlo —rechaza Naruto con dureza—. Y, además, no es su dinero lo que persigo...

—Ya lo sé, ya lo sé... Pero acusarlo de esa manera, hacerlo volver así, es, por dura que sea la palabra, una infamia... ¡Una infamia!

— ¡Peores ha cometido Sasuke no Akuma! —Se revuelve iracundo Naruto—. Cualquier camino es bueno cuando nos lleva a donde hay que llegar a toda costa. ¿No comprende, Akimichi? Hinata es inocente, no tiene nada que reprocharse... Yo tengo que detener ese barco, tengo que arrancarla de las manos del bárbaro a quien la entregué, loco de celos, ciego de desesperación y de rabia, sin más derecho que el que me daba mi cólera...

— ¿Y quién le dijo a usted...?

—Quien lo sabe mejor que nadie... ¡Las diez! Es la hora que esperaba... El Gobernador está aguardándome para combinar los últimos detalles... Tengo que dejarle, Akimichi, y me parece muy buena hora para que tome su coche si quiere regresar esta misma noche a Mangekyō... No se quede en Uzushiogakure... Serán inútiles sus esfuerzos por defender a Sasuke no Akuma...

— ¿Llegó la comprobación, Gobernador?

—Puede leer por sí mismo el cablegrama, amigo Uchiha. La goleta Luzbel tomó carga de ron, cacao y carne salada en La Fronteriza, parte para el puerto de Kikai, y otra para Taro, donde ya las autoridades están avisadas. Como primera formalidad debe llevar a la Capitanía del Puerto la matrícula del barco para poder desembarcar la carne, y en ese momento será detenido.

—Bien; sólo me resta aclarar un punto que quedó pendiente esta tarde: la suerte que correrá en todo esto Hinata Hyūga.

—Bueno, legalmente es la esposa del patrón apresado. De todos modos, confío en que las autoridades Umigakurenses de Taro no olviden la caballerosidad. Todo depende de la actitud que ella adopte...

—Su actitud sólo puede ser la de una prisionera rescatada.

—Tengo mis dudas, mientras más leo y releo la carta de ese doctor Mitokado...

—Muy respetable la opinión de Mitokado, y la suya propia, Gobernador, pero perdóneme que me atenga sólo a mis propias seguridades. ¿Cuándo saldrá el guardacostas?

—Dentro de veinte minutos exactos. Mi coche aguarda abajo. Tal como le prometí, le haré conducir a usted a los muelles con las facilidades de hablar con el capitán...

—No deseo sino una facilidad, Gobernador: iré yo en ese barco.

— ¿Usted? ¿Usted personalmente? —Se sorprende el Gobernador—. Ningún civil debe viajar en un barco de guerra...

—Se lo pido como un gran favor. Son circunstancias muy especiales...

—Por ellas me será preciso complacerle, plegándome a su voluntad en absoluto. Le extenderé un salvoconducto. Una vez más le recomiendo prudencia y sangre fría. Los últimos informes que me han dado de Sasuke no Akuma, le acreditan como hombre muy peligroso.

— ¡Una razón más para que no me detenga nada, Gobernador!

El Luzbel está anclado frente a la villa Kirigakurense de La Fronteriza, un semicírculo de pequeñas casas multicolores, extendidas a lo largo de la abierta bahía de Príncipe Yagura. Son las primeras horas de una noche estrellada, y, arrimadas al costado de la goleta, tres barcazas vierten su carga en el casco fino, fuerte y estrecho, de aquel barco bohemio y pirata que, por una vez, cumple la misión para la que ha sido matriculado.

— ¿Todo en orden, Suigetsu?

—Todo en orden, patrón. La carga está en la bodega, perfectamente resguardada...

Sasuke se ha alejado con firme paso, y Suigetsu lo observa curioso, viéndolo detenerse un instante frente a la cerrada puerta de la cabina. Ahí está ella, tras aquella débil barrera de tablas, indefensa, suya, puesta en sus manos por las leyes y la sociedad, dócil y blanda en aquella vida nueva y extraña. Piensa Sasuke que acaso Hinata Hyūga no le rechace ahora después de haberse acercado tanto, aunque no pasaran de simples besos, piensa que acaso en ella también todo ha cambiado... Pero es sólo un chispazo de luz entre las sombras, y muy despacio vuelve la espalda para quedarse mirando a aquellas estrellas que se reflejan en el agua, tan altas, tan puras, tan lejanas como aquélla con quien sin querer las compara, y musita:

—Ella ama a Naruto… ¡No... No es mía... no lo será jamás...!

—Soy suya... suya para siempre...

Estremecida, temblorosa, exaltada, Hinata ha dejado escapar estas palabras que ante su propia conciencia desnudan la verdad de su alma. Durante largo rato ha mirado también aquella débil puerta, con el temor y el ansia de que se abra, con la esperanza inconfesable de que tras ella aguarde Sasuke... En ella chocan los pensamientos; contra ella van a estrellarse, tras la búsqueda inútil de sus almas perdidas. Bastarían unos pasos, una palabra, un desnudarse el corazón sin rubor... Pero ninguno de los dos da aquellos pasos, ninguno de ellos pronuncia aquella palabra, y, como Sasuke, ella ha vuelto la espalda, ha apoyado la frente atormentada en el redondo cerco de las estrechas ventanillas marineras, ha mirado el temblor de las estrellas sobre el mar... Si él la mirase de otro modo, si llegase hasta su lecho tierno o apasionado como seguramente lo hiciera con Sakura, si pudiera pronunciar en su oído aquel nombre que inútilmente repiten sus labios:

—Sasuke... Sasuke... ¡Si tú me amaras...!

— ¿A buscar a Hinata? ¿Personalmente a buscar a Hinata? Pero; ¿está usted seguro, Akimichi?

—Con estos ojos lo vi abordar el barco. Él había rechazado mi compañía, ordenándome que regresara, sin ocuparme más de sus asuntos, cosa que, como usted comprenderá, no me fue posible hacer... Fui con él hasta la casa del Gobernador, le aguardé en la antesala, seguí después el coche que lo condujo hasta los muelles, lo vi embarcar en el guardacostas y me informé con plenitud de las diligencias hechas y de la absoluta cooperación del Gobernador. Naruto logró lo que a ustedes se les había negado, y aún más: la orden de extradición inmediata...

Samui Uchiha se ha pasado por las sienes el pañuelo de encajes y extiende la mano para tomar el frasco de sales que, silenciosa y diligente, acaba Kin de proporcionarle. Media ya la cálida mañana de mayo cuando, con aire consternado, hace su relato el viejo notario:

Dijo que su cuñada era totalmente inocente y que tenía que arrancarla, a costa de lo que fuese, de las manos de aquel bárbaro a quien en un momento de locura y de celos la había entregado...

— ¿Inocente? ¿Totalmente inocente? ¿Con quién habló mi hijo antes de tomar esa resolución? ¿Qué han podido decirle? ¿Y cómo, cuándo? ¿Quién? Kin, ¿con quién habló mi hijo ayer por la tarde? ¿Puedes decírmelo?

—Habló con la señora Sakura, doña Samui, durante largo rato... Hablaron mucho en el pasillo del frente. El señor Naruto miraba con impaciencia hacia el camino, sin duda esperando verla regresar a usted. Al final, la conversación pareció adquirir un tono violento...

— ¿Dónde está Sakura? No la encontré en estas habitaciones, no la vi al llegar... —se inquieta vivamente Samui—. ¿Qué fue de ella?

—Eso justamente iba a preguntar yo —apunta Akimichi—, porque su desaparición coincide...

—La señora Sakura no ha desaparecido —afirma Kin en tono despectivo—. Está en su departamento. Ordenó que lo limpiasen y lo arreglasen de un modo especial, y mandó a Anko que pusiera flores en los jarrones. Allí se hizo servir anoche la cena, y el desayuno esta mañana. Me permito decírselo al señor notario para que no piense en tragedias que no han sucedido... ni probablemente sucederán...

Samui Uchiha se ha puesto de pie, conteniéndose. Apretadas las manos sobre el fino pañuelo de encaje, un momento parece vacilar, y al fin va hacia la puerta, volviendo la cabeza desde el umbral para advertir:

—Tenga la bondad de esperarme en la biblioteca, Akimichi. Voy a hablar con mi nuera en el acto...

Con las velas henchidas, levemente ladeado a estribor, surcando las aguas al impulso fuerte y cálido de la brisa de mayo, llega ya el Luzbel a la vista de la capital de Taro... Apartándose del espejo, se acerca Hinata hasta la puerta que la mano nerviosa de Suigetsu Hōzuki acaba de golpear, pero no la franquea, repentinamente, contiene su primer impulso de abrirla, y vuelve la cabeza para contemplarse en el espejo que la retrata...

— ¿Qué pasa, Suigetsu?

—Estamos entrando a Kalo... El patrón me mandó que la llamara...

De pies a cabeza, Hinata ha vuelto a contemplarse y tiembla ante el reflejo de su imagen, como temblara aquella primera vez que Sasuke la obligó a mirarse en las aguas... Sí, es bella, es deseable... Mira con ansia de interrogación sus ojos profundos, sus trémulos y encendidos labios... Con una profunda satisfacción, hasta ahora desconocida, piensa que Sasuke va a encontrarla hermosa, asiente el anhelo intenso, irresistible, de mirarse en aquellos ojos oscuros y ardientes que son ya como una obsesión sobre su vida, goce y tormento de su alma...

— ¿Y dónde está Sasuke?

—Marcha en aquel bote...

— ¿Se fue sin esperarme?

—Fue a buscar el permiso para desembarcar la carga. Dijo que lo aguardara, que iba a volver con una sorpresa... ¡Que se pusiera su mejor traje!

Ha reprimido con esfuerzo el gesto de disgusto, la irrefrenable sensación de despecho que la invade. Se reprocha haber tardado tanto, haberse entretenido largas horas en aquel tocado que él no tiene ahora ocasión de ver. Apretando los labios se inclina sobre la borda y mira la barca que se aleja rápidamente al golpe de los remos. Junto a Sasuke se agita una figurilla pelirroja que alza las dos manos como si desde lejos la hubiera divisado.

— ¿Fue Karin con Sasuke?

—Sí, señora, consiguió que la llevara. Iba más contenta que unas pascuas. No sé cómo se las arregla la diabla de muchacha para salirse siempre con la suya.

—Sasuke la quiere más que a nadie...

—La quiere, es verdad; pero no creo que sea más que a nadie... Digo, a menos que esté loco... y venas de locura tiene...

— ¿Venas de locura?

—Sí, rachas... Anoche estaba como un tigre; no había quién se le arrimara. Horas y horas estuvo paseando cubierta arriba y abajo. De pronto cambió, fue a buscarme para que hiciéramos cuenta de la ganancia que iba a darle la carga. Más de veinte libras le quedan libres. Y entonces fue y me dijo: "¿Habrá en Kalo un anillo de novia? ¿Alcanzarán veinte libras para comprar un anillo de oro fino, con una piedra blanca que brille como el sol?" Y yo voy y le digo: "Claro que alcanza. Conozco a un joyero que vende brillantes bien baratos. ¡Como que se los traen del Konoha, de contrabando!" Y va y me pide las señas de ese joyero. Yo se las doy, como es natural, y entonces me pregunta, enseñándome su dedo chiquito: "¿Será así el dedo de Hinata?"

— ¿Qué es lo que está diciendo, Suigetsu? —se ruboriza Hinata gratamente emocionada.

—Palabra por palabra lo que me dijo el patrón esta madrugada. Creo que estoy hablando de más... pero ya sabe cuál es la sorpresa... Dice que se casaron ustedes demasiado de prisa, y que no pudo comprarle él mismo el anillo, pero que más vale hacerlo tarde que no hacerlo nunca. Y yo pienso igual...

Hinata calla. Es demasiado grande su emoción para que pueda pronunciar una sola palabra. Es demasiado íntimo el sentimiento que la embarga para mostrarlo así, frente a un extraño. Pero sus manos se aferran a la tosca baranda y sus ojos perciben, sobre la azul superficie de las aguas, la huella de aquel bote que se aleja raudo al golpe de los remos que impulsan las manos de Sasuke, aquel bote que arrima ya en el embarcadero de Kalo.

—Mira, Karin, ¿te gusta este anillo? Vale veintidós libras, pero no me importa. Lo dejaré apartado y pasaremos a recogerlo cuando tome la carga.

— ¡Qué lindo es... y qué piedra tan grande! ¿Es para el ama?

— ¡Claro que es para el ama! Cómo brilla, ¿verdad? Es igual que una estrella... y como una estrella temblará en su mano.

Fulgiéndole los ojos de entusiasmo, contempla Sasuke aquella sortija de brillantes a través del menguado cristal del pequeño escaparate que se abre sobre una de las estrechas callejas de Kalo, la capital de Taro. Ha querido pasar por allí antes de llegar a la Capitanía del Puerto, deseando cuanto antes ver convertido en realidad el anhelo de aquel deseo.

—Fíjate bien dónde es, Karin, porque hemos de volver aquí más tarde...

— ¿A buscar el anillo? Usted siempre le anda comprando cosas al ama, patrón. Pero el ama no se pone contenta, sino triste... Algunas veces hasta llora mirando las cosas que usted le trae...

— ¿Qué llora? No tiene por qué llorar. Una vez me dijo que era feliz, que sentía algo que podía llamarse felicidad. Me lo dijo a mí mismo, me lo dijo bien claro, y no hace muchos días...

—Sí, yo sé cuándo se lo dijo; pero después de eso, anteayer mismo, estuvo llorando. Yo la vi con éstos ojos... y le corrían las lágrimas. Primero con el vestido negro, ese todo roto que usted tiene guardado en el armario... Lo encontró, y estuvo mirándolo y llorando...

— ¿Lloró? ¿Lloró mirando ese horrible hábito, ese trapo negro que parece la ropa de un ajusticiado? ¡Siento mucho no haberlo arrojado al mar! ¿Por qué lloraba? ¿No te lo dijo, Karin?

—Habló alguna cosa... pero yo no le entendí muy bien. Dijo algo así como que lloraba por Hinata Hyūga... Y tiró otra vez el vestido roto al fondo del armario, y se puso a escribir... y mientras escribía, llora que te llora...

— ¿Escribía? ¿Escribió Hinata?

—Sí, mi amo, y es lo que iba a decirle. Si usted va a regalarle algo, ella seguro que quiere papel y sobre. Esa noche estuvo buscando y rebuscando, y al fin, para escribir la carta, le arrancó dos hojas de atrás al libro de bitácora...

— ¿Una carta? ¿Has dicho una carta?

—Bueno, digo yo que sería una carta, porque, ¿qué otra cosa iba a hacer, mi amo? Escribió las dos hojas por los dos lados, las dobló en cuatro y luego se las dio a Suigetsu y le pidió que le comprara sobre y sello para poder echarla en el correo. Por eso digo yo que sería una carta... ¡Ay, mi amo!

Karin ha esquivado la mano de Sasuke que se aprieta sobre su brazo con brutal movimiento instintivo. Luego, mira con espanto el rostro sombrío cuyas cejas se juntan con rabia, y suplica sobresaltada:

—No se ponga bravo, patrón, a lo mejor me hice un lío y no es verdad nada de lo que estoy contando...

— ¡Todo es verdad! —afirma Sasuke con ira concentrada—. Eres incapaz de mentir ni de inventar nada. Además, es perfectamente lógico. Hinata escribió una carta y Suigetsu se encargó de ponerla en el correo. ¿En qué isla? ¿En qué puerto?

—No me acuerdo... no sé nada... no se ponga bravo con el ama, patrón, ni vaya a decirle que yo le vine contando. Yo no sabía que le iba a dar rabia... Yo...

— ¡Cállate! En La Fronteriza, Suigetsu echó una carta. Me dijo que era para su hermana...

Ha mirado a todas partes, transfigurado el rostro de rabia, amarga la boca de desconfianza, y acaba de salvar la estrecha callejuela marchando con paso incierto de sonámbulo.

— ¡Mi amo... mi amo, no se ponga bravo! Yo no sé nada... de veras que yo no sé nada. Pregúntele a ella, patrón... seguro que le dice la verdad. El ama es más buena que el pan...

Bruscamente se ha detenido Sasuke... Otra vez aquel chispazo de vida y de esperanza se enciende en su imaginación exaltada. Sí... ella es buena, es sincera, es generosa, es leal... y acaso le ama. Recuerda su mirada, su sonrisa, las palabras en las que su voz ha temblado, el sabor de sus labios, su muda emoción ante la belleza del paisaje, el lento renacer a la vida... Poco a poco su amargura repentina se calma.

—Tal vez tengas razón. No puedo juzgar sin haberle preguntado. Le hablaré más tarde... Hemos de ir a la Capitanía General. Tengo que ocuparme de la carga, de veinte cosas más, que no son caprichos ni cartas de mujeres. ¡Anda, vamos!

Sasuke y Karin han llegado a la Capitanía y un oficial se les acerca, preguntando:

— ¿Es usted el patrón del Luzbel!

—Para servirle, oficial.

—Pase, pase al despacho. Precisamente lo estábamos esperando. Adelante...

Con gesto de extrañeza ha cruzado Sasuke el umbral de aquel despacho. Frente al ancho escritorio hay cuatro soldados guardando las puertas laterales, un escribiente, un edecán, y el oficial que, poniéndose tras él, le cierra el paso.

— ¿Qué ocurre? Aquí está la matrícula de mi barco. Tengo en orden todos mis papeles. Traigo carga de La Fronteriza y...

— ¡Queda usted detenido en nombre del Gobierno de Konoha!

Como el potente tigre de la selva que se revuelve al caer en las mallas de la trampa, como la fiera que lanza su rugido al caer atrapada, ha dado un salto Sasuke, enfrentándose al oficial que acaba de hablarle. Pero también éste se ha apartado de un salto, brilla un arma en su mano, y los cuatro soldados avanzan, amenazándolo con la negra boca de sus fusiles, al tiempo que el oficial ordena:

— ¡Quieto! ¡Quieto! ¡No se mueva! ¡Levante las manos, o disparo!

— ¡Al que me toque le cuesta la vida! —se revuelve Sasuke enfurecido; pero uno de los soldados, con un rápido movimiento, le ha asestado un golpe traidor que lo hace derrumbarse al suelo.

— ¡Amarradle! ¡Esposadle! —Ordena el oficial—. El parte dice bien claro que es hombre muy peligroso. ¡Pronto, la cuerda! ¡Codo con codo... las manos a la espalda... y que se las entiendan con él sus paisanos!


Temblándole el alma, como si no le fuese posible asimilar la horrible verdad, trémula y espantada como si escuchase el relato de una pesadilla, ha oído Hinata las palabras de la pequeña Karin, solas en la cubierta de la goleta abandonada...

— ¡No puede ser! ¡No puede ser! ¿Qué había hecho él? ¿Qué pasó antes?

—Nada, mi ama, nada. Iba con sus papeles para cobrar la carga y luego comprar una cosa que quería comprar... Pisó el portal y lo metieron adentro, y a mí me cerraron la puerta en la cara y me echaron a patadas, mi ama... Pero no me fui y oí gritar al amo: "Al que me toque le cuesta la vida". Casi seguro que le dieron un golpe en la cabeza, por detrás, porque ya no dijo nada más, y cuando lo sacaron por la otra puerta iba como desmayado. Yo quise ir corriendo, pero un soldado me dio aquí con el arma larga... Aquí, patrona, mire...

No, no es una pesadilla, no es un sueño... Karin le ha mostrado las huellas de un golpe brutal, unas manchas de sangre sobre su camisa blanca, y las pequeñas manos se juntan temblando, mientras parecen pedirle auxilio los grandes e ingenuos ojos espantados:

— ¡Hay que hacer algo, mi ama!

— ¡Naturalmente que hay que hacer algo! ¿Dónde están los demás? Suigetsu, Juugo, Kimimaro... ¿Dónde están? ¿Dónde estaban?

—En la taberna, mi ama. Todos tienen miedo de caer en chirona... Allí no le dan a los pobres sino calabozo y palos... Todos van a esconderse... Pero usted, usted y yo, que no tengo miedo de nada, aunque me maten...

— ¡Pues ven conmigo!

— ¡Adonde usted me mande! Al pie de la escala está el bote. Seguro que a usted la tienen que dejar entrar... Seguro que a usted tienen que decirle... ¡Ay patrona...!

— ¿Qué pasa?

Han corrido juntas a la borda. Cuatro botes, cargados de soldados, llegan, desparramándose como para rodear al Luzbel... El más grande se ha detenido bajo la misma escala. No lleva, como los otros, soldados coloniales Umigakurenses, sino marinos del guardacostas, y ondea en su popa la bandera del País del Fuego...

— ¡Pronto... arriba! —Ordena la voz autoritaria del oficial—. Aseguren el ancla. Tomen inmediatamente posesión de la goleta... ¡Echen mano a todos los tripulantes! ¡Que no escape nadie!

— ¡Un momento, señor oficial! —Hinata ha avanzado, encendida de una ira repentina, de una violenta indignación que le arde en la sangre—, ¿Qué significa esto?

— ¡Caramba! —exclama el oficial, contemplándola con mirada sorprendida, en la que arde una especie de franca admiración— ¿Es usted la mujer de Sasuke no Akuma?

— ¡Soy la esposa de Sasuke no Kami, patrón y dueño de esta goleta! Sé que le han detenido y apresado sin provocación ninguna de su parte, y ahora...

— ¡Pongan mano en todo con cuidado, muchachos! ¡Miren si no hay en la bodega explosivos o armas! —recomienda el oficial, soslayando la protesta de Hinata. Y dirigiéndose luego a ésta, le explica—: Son las precauciones de costumbre, señora. Soy responsable de la vida de mis soldados...

— ¿De quién viene la orden de apresar a Sasuke y apoderarse de su barco? —trata de saber Hinata—, ¿Qué ha hecho para...?

—Lo que ha hecho no lo sé ni me importa —la interrumpe altanero el oficial. Y dirigiéndose de nuevo a sus subalternos, ordena—: ¡Detengan a todo tripulante... amarren codo con codo al que se resista! Llévense a la muchacha ésa...

— ¡Dios libre a nadie de tocar a esta niña! —salta Hinata furiosa.

— ¡Basta ya! Todo el mundo va detenido, y usted también, señora no Kami, o no Akuma, que a mí no me interesa cómo se llame.

— ¡Tal vez debía interesarle por el honor de su uniforme! —rebate Hinata con la mayor dignidad.

— ¡Hinata! ¡Hinata... mi pobre Hinata...!

— ¡Naruto...! —exclama Hinata en el colmo de la sorpresa. Sí, es Naruto Uchiha el que acaba de aparecer, salvando de un salto la borda del Luzbel, corriendo hacia Hinata, estrechándola entre sus brazos, y por un instante apoya ella la cabeza en aquel pecho, aceptando la protección, el cálido halago de aquella amistad inesperada... A una imperiosa seña del joven oficial, un soldado arrastra a Karin, que muda de asombro no acierta a gritar, pero la actitud de Hinata sólo dura un instante. Rechazando los brazos de Naruto, se yergue desafiadora y decidida:

— ¿Qué es esto? ¿Qué significa este horror, este atropello?

—Te suplico que te calmes, Hinata. No está pasando nada, no va a pasar nada...

— ¿Cómo que no pasa nada? ¡Este asalto al barco...! Han detenido a Sasuke... Debe haber una equivocación horrible... ¿Quién ha hecho esto?

—Yo... —confiesa Naruto con serenidad.

— ¿Tú... tú? —Se sorprende Hinata llena de indignación—.¡No puede ser! ¡Tienes que estar loco! ¿Qué han hecho de Sasuke? ¿Dónde está Sasuke?

—Ven conmigo. Lo sabrás todo con tiempo y con calma. ¡Sasuke está donde debe estar!

—Patrón... Patrón... ¿Cómo se siente? ¿Cómo está? Poco a poco, volviendo con esfuerzo del profundo y doloroso letargo, abre Sasuke los ojos tratando de mirar en la oscuridad que le rodea. Es casi completa en aquella especie de cueva, apenas ventilada por un pequeño ojo de buey, redondo y alto. El suelo es húmedo y viscoso, de las paredes cuelgan cadenas herrumbrosas, mazos de cuerdas, y se amontonan en los rincones los desechos de la carga. El aire es fétido y espeso, cargado de salitre y de moho...

—Suigetsu, ¿eres tú?

—Sí, patrón. Nos pescaron a todos. A usted en la Capitanía General. A nosotros, allí mismo, en la taberna del Gascón, nos echaron el guante...

—Y ahora, ¿dónde estamos?

—En la cala del Kaima...

— ¿El Kaima! Pero, ¿por qué estamos en el Kaima?

—Parece que lo mandaron a buscarnos desde Uzushiogakure, y bien cargado de polizontes...

— ¿Dónde están los demás?

—En otra bodega, digo yo que estarán... A usted y a mí, como nos resistimos...

— ¡A mí no me dieron tiempo de nada: ni de resistirme! Pero si están todos aquí, ¿qué es del Luzbel! ¿Qué es de Hinata? ¡Ah, canallas!

—Por la señora Hinata no pase usted cuidado... A ella no va a pasarle nada...

— ¿Cómo? ¿Qué sabes, imbécil? ¡Buenos son éstos! ¡Tengo que gritar, que protestar, tengo que saber a dónde han llevado a Hinata! ¡Si creen que van a poder tratarla como a una mujer cualquiera...!

—En el Kaima ha llegado uno que ya les dirá cómo tienen que tratarla: don Naruto Uchiha y Uzumaki... Mientras nos traían, oí decir que ese señorón era su cuñado...

Sasuke se ha puesto de pie con esfuerzo gigante, a pesar de sus ligaduras. La cuerda que ataba su pies ha saltado, dejando en los tobillos su huella cárdena. Agitando la cabeza como un tigre, se yergue y balbucea fuera de sí:

— ¿Naruto? ¡Maldito! ¿Ha sido Naruto quien...?

—Yo no digo que fuera don Naruto... Digo que él llego en este guardacostas, y que iba para el Luzbel cuando nos echaron la zarpa...

— ¡Yo sí se! ¡Ha sido él... él...!

— ¡Llegan, patrón! —Advierte Suigetsu—. ¡Cuidado! En efecto, hay un rumor de pasos tras la puerta, que es abierta de pronto, y alguien empuja violentamente un pequeño cuerpo que Sasuke reconoce de inmediato y que le obliga a exclamar imperioso, una vez que la pesada puerta de hierro ha vuelto a cerrarse:

—Karin, ¿dónde está tu ama? ¿Dónde está?

—Quedó en el barco, patrón... Quedó con el señor Naruto...

— ¿Con el señor Naruto?

—Llegó cuando el ama estaba discutiendo con los soldados... Llegó corriendo y se abrazaron...

— ¡Se abrazaron! —repite Sasuke mordiendo las palabras.

—Sí, patrón. Él dijo: "Al fin, mi pobre Hinata", y ella se le abrazó llorando...

— ¡No! ¡No puede ser! —rechaza Sasuke como si le desgarrasen el alma.

—Ya le dije, patrón —comenta Suigetsu con amarga calma—. Por el ama no pase usted cuidado... A ella no van a maltratarla...

— ¿Quieres acabar de explicarme, Naruto, por qué has hecho esto? ¿Qué significa? ¿Dónde está Sasuke?

—Hinata querida, un momento... Te lo explicaré todo, pero cálmate...

— ¡No puedo más! Llevas horas sin acabar de hablarme claro. Cien veces te he pedido que me expliques. Dijiste que eras tú quien había hecho esto. ¿Por qué? ¡Quiero saber por qué lo has hecho! ¡Quiero saber por qué me has traído aquí! Y sobre todo, ¡quiero saber dónde está Sasuke! ¿Quieres acabar de explicármelo?

—Te lo explicaré todo, pero déjame hablar. No puedo responderte a diez preguntas al mismo tiempo. ¿Quieres sentarte y escucharme?

Hinata se ha mordido los labios, suspira, y un instante calla. Están en una amplia habitación de paredes encaladas, rejas; de labrada madera y brillantes pisos de ladrillo rojo... Es una casa aislada entre jardines, en las afueras de Kalo, maciza construcción que se empina, como tantas otras, en las estribaciones de la montaña, y desde cuyas ventanas abiertas se divisa el magnífico espectáculo del puerto, la bahía y el mar...

— ¿Te has propuesto enloquecerme, Naruto?

—Me he propuesto, enloquecido, remediar las consecuencias de mi pecado de incomprensión, de egoísmo, de ira, de crueldad... Es curioso y lamentable... Yo, que no me creía capaz de ser cruel, he sido despiadado, y lo he sido contigo, mi pobre Hinata...

—Si no me hablas más claro... —se impacienta Hinata.

—Lo que te estoy diciendo es diáfano. Ya sé que pretenderás no entenderme, que mentirás y fingirás heroicamente, como hasta ahora lo hiciste. Ya sé que sostendrás la farsa y que tomarás, a cuenta de ella, la defensa desesperada de Sasuke no Akuma. Ya sé que tienes madera de santa o de mártir...

—Te equivocas totalmente, Naruto. Yo... yo...

—Tú has sido la víctima inocente. Yo cometí el crimen de arrojarte en los brazos de Sasuke; pero yo, yo solo, contra ti misma si es preciso, te libraré de ese canalla...

Naruto ha hablado, temblando la pasión en su voz, aun cuando su mirada azul sea límpida y suave. Ha querido en un momento arrancarla de aquel ambiente para él horrible, empezar la obra de reparación de su mal; pero Hinata le rechaza, relampagueantes de ira los ojos:

— ¡Sasuke no es un canalla! ¡Ni tú ni nadie dirá de él una cosa semejante delante de mí! ¿Dónde está y qué le han hecho?

—No corre ningún riesgo ni se le ha hecho aún ningún mal. Por otra parte, quiero empezar por decirte que te excuso del esfuerzo de representar el papel de esposa preocupada...

— ¡No estoy representando ningún papel! ¡No tengo ninguna queja de Sasuke!

—Si pudiera creer que dices la verdad, creo que le daría las gracias a Dios por haberme escuchado. ¡No sabes cómo he rogado desde el fondo de mi alma, qué horas de angustia he vivido desde que supe la verdad! Sí, Hinata... Sakura me dijo al fin toda la verdad...

— ¡Jesús! ¡Pero tú... tú...! ¿Has tenido calma? —se sorprende Hinata, desplomándose anonadada en la cercana butaca.

—Mi dolor y mi desilusión han hallado la serenidad necesaria... Y no es mérito... Había sufrido tanto, había llegado a imaginar lo peor con tanta fuerza, con tan vivos colores creía tener entre las manos el horror de un engaño... De un engaño de otra índole, compréndeme. Sí, Hinata, he estado loco, ciego, desesperado... Sólo demente pude creer que tú, tan pura, tan altiva, habías sido capaz de entregarte así... Perdóname, Hinata, he sido un insensato... Si te acosé, si me revolví contra ti sin piedad, si me convertí en una fiera, fue porque creí que Sakura era la culpable... la única culpable...

—Pero, Naruto... —intenta protestar Hinata totalmente confusa.

—Y no culpable como es, en realidad, de un pecado de egoísmo, de ligereza imperdonable... No culpable como lo ha sido... como una niña demasiado mimada, capaz de arrojar sobre ti el fardo de todas las responsabilidades, sino culpable de otro, como una verdadera mujer adúltera y liviana... Sufría tanto yo mismo, que me era imposible medir el sufrimiento de los demás. Por eso te precipité al abismo, por eso te arrojé en brazos de ese salvaje...

— ¡Óyeme, Naruto! —trata de detener Hinata aquel torrente de explicaciones que todavía no alcanza a comprender en su verdadero sentido.

—Te oiré en seguida, pero déjame acabar. Fui más que injusto, llegué a ser inhumano. Y contigo... contigo, que es lo que me duele más hondo, que es lo que me reprocho más... Contigo, para quien sólo debiera yo tener gratitud, reverencia... ¡Oh!, no diré ninguna palabra que no debas escuchar; pero lo sé todo y no quiero ni debo ocultártelo. Lo sé todo, y me pondría de rodillas para pedirte que no te avergonzaras, porque el amor no puede avergonzar a nadie, y no ha habido sobre mi vida nada más hermoso que ese amor que tú supiste darme...

— ¡Calla, Naruto, calla...!

Se ha levantado, encendidas las mejillas, trémulos los labios, sintiendo que la tierra vacila bajo sus pies, que giran las paredes mientras golpea en sus sienes la sangre. Es una indescriptible mezcla de horror, de vergüenza, de angustia... un ansia de morir para luego resucitar sin aquel pasado, mientras él sonríe como si recogiese una flor:

—Gracias, Hinata... Gracias y perdón... Son las dos únicas palabras que frente a ti debo pronunciar...

— ¡Sakura... Sakura... Sakura te ha dicho...! —tartamudea Hinata como obsesionada.

—Me ha dicho toda la verdad, ya te lo dije antes...

— ¡Ella no es capaz de decir la verdad! —estalla Hinata sin poderse contener—. ¡Es una hipócrita, una embustera, una infame! ¡Es la más vil y más cobarde...!

—Es quizá todo eso, pero me ha dicho la verdad... la verdad que te limpia y te salva, mientras a ella la obliga a bajar la cabeza frente a ti y frente a mí mismo. Porque comprenderás que no puedo verla igual, que no puedo apreciarla igual, y ella lo sabe. Mi ilusión por ella ha muerto, mi fe en la diafanidad de su alma se ha roto en pedazos aunque va a darme un hijo...

Hinata se ha mordido la lengua, se ha mordido los labios, ha callado destrozándose, como si para callar tuviese que clavarse las uñas en la conciencia y en las entrañas... pero ha callado... Ha callado detenida por el impacto de aquella palabra... Ha callado, trémula ante aquella otra vida que se anuncia, y ha vuelto a caer cubriéndose el rostro con las manos. Quiere oír hasta el final lo que sabe Naruto, pues está bien segura de que Sakura sólo habló a medias. A fuerza de sufrir, ya casi no puede pensar, y oye, como a través de muchos velos, aquellas palabras de Naruto, que le suenan estúpidas, ingenuas, trágicamente ridículas, en la emoción de aquella alma otra vez engañada. Y al fin, apremia:

— ¡Habla, Naruto, habla! ¿Qué te ha dicho Sakura?

—No repetiré cosas que sabes, cosas que yo había olvidado... He sido torpe y ciego, pero quiero que sepas que durante las horas de este viaje, con la mirada fija en las estrellas, no pensé sino en ti, con el alma desgarrada por el dolor del mal que te había hecho... Que me perdone tu pudor de mujer honesta, de mujer dignísima, de mujer inmaculada... Tu hermana me lo contó todo: sus celos, su miedo, la forma infantil pero infame, inconsciente pero baja, con que urdió alrededor tuyo los supuestos amores de Sasuke no Akuma... Cómo ilusionó a esa pobre bestia...

— ¡No hables así de Sasuke! —Se enardece Hinata ante el procaz insulto—. ¡No sabes lo que dices! ¡Cállate!

—Tienes derecho a enfurecerte, a insultarme... Tienes hasta el deber de defenderlo, ya que por mi culpa, por mi enorme culpa, y por la culpa lamentable de Sakura, ese hombre es tu marido, es tu esposo ante Dios y ante los hombres, es tu dueño y compañero del alma... Para romper el lazo que te ata a Sasuke sería necesario que el matrimonio no se hubiera realizado...

— ¡Calla! ¡Calla!—se desespera Hinata.

—Perdóname, pero es indispensable que yo lo sepa... ¿Pudiste resistir? Para poder librarte de él...

— ¡No tienes que librarme! ¡No tienes que meterte en mi vida! ¡No tienes que hacer nada! ¡Devuélveme a Sasuke, Naruto, devuélveme a Sasuke!

Grito del corazón, estallido del alma, torrente salvaje de un sentimiento real, oculto aun para ella misma, son aquellas palabras que han brotado de los labios de Hinata, y un instante, Naruto Uchiha retrocede desconcertado, para serenarse casi en seguida creyendo comprender...

—Tal vez no tengo ya derecho a pedirte que confíes en mí, pero de todos modos, por tu propio bien, te pido que lo hagas. Todo cuanto he hecho es por ti, para ti, para librarte, para librarte, para rescatarte... Que no te ciegue el rencor en este momento...

—No es rencor, estás completamente equivocado... Pero Sasuke no es el hombre que imaginas. Además, es mi esposo y no hay nada más que averiguar...

— ¿Estás tratando de decirme que tienes por él el sentimiento normal de una esposa?

— ¡No estoy tratando de decirte sino que nos dejes en paz!

—Tendría gracia si fuese verdad —apostilla Naruto con cierta amargura; pero reaccionando de inmediato, rechaza—: No, Hinata, no puedes engañarme... Sakura me dijo la verdad... la verdad que tú no has negado: Sasuke no Akuma no era para ti más que un extraño. Ahora, tu herida es demasiado profunda, lo sé, y tú eres de madera heroica. De otro modo, no hubieras resistido ni por amor a tu hermana ni por amor a mí...

— ¡No hables más de eso! —repudia Hinata con ira.

—También comprendo que tu amor haya adquirido tintes de odio. Hemos sido inhumanos, pero, ¿por qué accediste a esa boda? ¡Ninguna mujer en el mundo hubiera soportado tanto! ¿Cómo es posible que llegaras...?

—Ibas a matar a Sasuke, a mi hermana... Tus razones eran a filo de cuchillo...

— ¡Yo no quería sino arrancar la verdad a quien la supiera! ¿Por qué no hablaste? Procedí como un loco, pero fue porque las circunstancias me enloquecieron. Cuando te vi aceptar a Sasuke, tuve que pensar que lo amabas, que lo habías amado o que habías cometido un pecado de amor, y, en ese caso, tal vez no era yo el que podía imponerte el castigo de ese matrimonio desigual, pero era justo... Al menos, comprende mi buena intención, no te revuelvas contra mí de esa manera...

—Bueno; pero, en realidad, no respondes jamás a mi pregunta: ¿dónde está Sasuke?

—Ven aquí, a esta ventana. Mira allá, en el puerto, en el mar, cerca del Fuerte... ¿Qué ves?

—Un guardacostas... Un guardacostas con la bandera de Konoha...

—El Kaima, primer centinela de las costas del Remolino para combatir el contrabando y otras actividades en las que Sasuke no tiene muy limpias las manos... Son pecados veniales, pero de ellos tuve que valerme... Ahí está Sasuke...

— ¿En el Kaima? ¿Detenido? ¿Preso?

—Reclamado por el Gobernador del Remolino para ir a Uzushiogakure a dar cuenta de varias acusaciones por las que se pidió su extradición al Gobierno Colonial Umigakurense de Taro...

— ¿Lo has denunciado tú... tú...? ¿Lo has acusado de...?

—De lo único que podía acusarlo. Hice lo posible y lo imposible por rescatarte cuando supe la verdad, agravada por la circunstancia de una enfermedad que, según cierto doctor Mitokado, estabas sufriendo...

—Naruto, ese barco se va... ¡Se va llevándose a Sasuke! —se angustia Hinata.

—Naturalmente. A Sasuke y a todos los tripulantes de su barco...

— ¡Pero eso no es posible! ¡A él le llevan allá, y yo... yo...!

—Nosotros saldremos mañana o pasado, en un barco que reúna para ti las comodidades necesarias.

— ¡Oh, no, no! ¿Sin verle? ¿Sin hablarle? ¡Haz que detengan ese barco! ¡Salgamos nosotros también inmediatamente!

—Inmediatamente no es posible. Te dije mañana o pasado, porque es cuando se espera aquí un barco de pasajeros y...

—El Luzbel está listo.

—Ya veo que eres implacable. En fin, si te empeñas regresaremos en el Luzbel tan pronto como consiga tripulación con qué hacerlo a la mar.

— ¿Dónde están los muchachos de Sasuke? Suigetsu puede guiarlo... y Karin... ¿Por qué me la arrancaron de las manos? ¿Por qué permitiste que esos hombres se la llevaran?

—No le han hecho nada. La tripulación entera del Luzbel ha sido apresada y viaja con su patrón en el guardacostas que viste alejarse. La niña figuraba como grumete del Luzbel, y a peores cosas estará acostumbrada. No vas a decirme que siendo sirvienta de Sasuke...

—Sasuke es bondadoso con esa niña, generoso y humano con cuantos dependen de él —defiende Hinata vivamente—. En el Luzbel no he presenciado una sola crueldad, mientras que en tus tierras de Mangekyō... Mejor es que me calle, Naruto, pero, en realidad, tú no sabes nada, no puedes comprender nada... Quién es Sasuke... cómo es Sasuke...

—Admirable, ¿verdad? —apunta Naruto con fina ironía.

—Sí. Aunque no puedas creerlo, aunque no quieras comprenderlo, has dicho la palabra justa: admirable...

—No te conocía como actriz, Hinata. Encuentro muy sutil y muy femenina tu forma de venganza. Tu apología de las virtudes de ese canalla, de ese salvaje...

— ¡Sasuke no es un canalla ni un salvaje! —Se encrespa Hinata francamente airada—, ¡Sasuke es el mejor hombre que he conocido!

—Hinata, ¿hasta dónde vas a llegar? Entiendo que debes estar loca, trastornada. Eres otra, sí... eres otra, de pies a cabeza has cambiado. Todo ha cambiado en ti, hasta ese traje de colorines, absurdo, impropio en una mujer de tu linaje, aun cuando con él te veas hermosa, como si con tu desdén y tu belleza quisieras castigarme. Hazlo, puedes hacerlo. ¡Lo merezco por no haber comprendido tu amor, por no haberte sabido, amar!

Naruto Uchiha se ha acercado a Hinata con ademán apasionado, pero ella retrocede, y la luz que un instante ardiera en los ojos de él, se diluye, como se apaga una ilusión fugaz... Y después de mirarla, mueve la cabeza, como frente a una verdad que le desconcertara:

—Hinata, ¿puedo preguntarte si amas a Sasuke?

— ¿Amarle...? No lo sé... pero es igual... Él no me quiere a mí, no me querrá jamás...

— ¿Qué estás diciendo? —Indaga Naruto sorprendido y confuso— Entonces, cuanto hizo... ¿por qué lo hizo? ¿Por qué lo hizo?

Hinata ha vuelto a apretar los labios, ha entornado de nuevo los párpados, y un instante su rostro recuerda al de aquella otra Hinata sufrida, resignada, encadenada a su obligación de callar. Pero es sólo un instante... La mujer nueva vuelve a aparecer y hay una mueca ambigua en sus frescos labios, al comentar:

— ¿Qué puede importarte lo que él y yo sintamos? La verdad es que no tengo ninguna queja contra Sasuke. Bien o mal, me lo diste, me lo impusiste como esposo. Por una u otra razón, le juré lealtad al pie del altar, y yo todavía les concedo valor a mis juramentos.

—Está bien. Todo lo que he hecho ha sido por reparar una falta, por sacarte del infierno en que creí haberte sepultado, y ahora resulta que tu infierno te agrada...

—Cuando me arrojaste a él, hubiera preferido la muerte cien veces a aquel sentirme arrebatada por los brazos de Sasuke—recuerda Hinata apasionada—. El peor de los suplicios, la más terrible de las agonías eran para mí más deseables que aquel hombre que me arrastraba, a través de los caminos y a través de los mares, como puede arrastrar su conquista un vándalo. Entre las cuatro paredes de la cabina del Luzbel, lloré y supliqué, desgarrándome el cuerpo y el alma, pidiéndole a Dios que me enviara la muerte repentina. Si entonces hubieras corrido detrás de mí, si un verdadero sentimiento de justicia y de piedad humana te hubiese hecho seguirnos, detenernos, habría besado las huellas de tus pasos. Pero todo tiene en este mundo su momento, su hora, su oportunidad...

— ¿Qué quieres decir? —se lamenta Naruto.

—Debemos pensar en el mal que hacemos, antes de hacerlo... Las reparaciones suelen llegar, como esta tuya, demasiado tarde y haciendo todavía más daño del que hizo el propio mal. ¿Comprendes ahora?

—Tengo que comprender. Has hablado muy claro —acepta Naruto dolido. Y en tono de fina ironía, observa—: Supongo que no te servirá de nada que te presente mis excusas, que te diga que siento con toda mi alma haber interrumpido tu idilio primitivo con Sasuke en esa mugre de barquichuelo...

—Muchas veces la mugre está en los palacios, y hay luz de sol hasta en las humildes tablas del Luzbel —reprueba Hinata con altivez—. Gracias a Dios, soy otra, Naruto. Soy la mujer de Sasuke no Akuma, o de Sasuke no Kami como yo lo llamo. Y como soy su esposa y sé que le has acusado con crueldad, de pecados veniales, cuando él podría acusar a otros de pecados más graves, y no lo hace... Como le supongo perseguido y maltratado injustamente una vez más, no tengo más que un anhelo: estar junto a él, volar a su lado, defenderle de las acusaciones que se le hagan, luchar a su lado por su vida y por su libertad... Si de veras quieres hacer algo por mí, contrata tripulantes y déjame ir inmediatamente a donde él está...

— ¡Serás complacida! —Accede Naruto con ofendida dignidad—. Voy a realizar esas diligencias que reclamas... Nos haremos a la mar en tu maravilloso barco, y procuraré que sea cuanto antes...

— ¿Es lo único que te agradeceré con toda mi alma! Desde la puerta, se ha vuelto Naruto, ha mirado de nuevo a Hinata, sintiendo que su repentina rabia se derrite en dolor, en angustia, en la sutil amargura del fracaso, y desborda en una breve flor de ironía:

—Gracias, por recordarme una vez más que fui inoportuno y torpe... ¡A tus pies, Hinata!

— ¡Cuidado, Karin! Ven al lado mío... quítate de en medio. Si te atrapa una de esas cajas, no vas a hacer el cuento...

— ¿Qué es esto, Sasuke? —pregunta Suigetsu consternado.

— ¿Qué quieres que sea más que una tormenta?

Barrido por el viento, sacudido por las gigantes olas de un mar espeso, envuelto en el violento azote de un repentino temporal, cruje el Kaima, estremecido desde la quilla hasta la punta del palo de mesana...

— ¡Pero qué clase de temporal! Claro que peores los hemos barajado, pero no en este viejo balde de hojalata.

Suigetsu habla mirando a Sasuke, aguardando con ansia mal disimulada su opinión, su respuesta, pero el patrón del Luzbel no parece tener intención de contestarle. Visiblemente inquieto. Suigetsu comenta:

¡Ya no oigo ni las máquinas de este maldito cubo! ¿Las oyes tú, Sasuke?

—No; hace rato que pararon. Parece que estamos al garete... y también que nos hubiéramos desviado, pues si hubiésemos ido en línea recta, ya estaríamos frente a Uzushiogakure.

— ¿Quiere decir que hemos perdido el rumbo? —En ese momento, un violento golpe de mar inclina el buque y, espantado, Suigetsu inquiere—: ¿Oíste? ¿Qué fue eso?

—La hélice fuera del agua... —explica Sasuke con impasible calma.

— ¡Estamos al garete! ¡Podemos hundirnos...! ¿No me oyes? ¡Podemos hundirnos!

— ¡Ojalá! Después de todo, sería un modo como otro cualquiera de acabar...

— ¡No! ¡No! —protesta Suigetsu espantado—. ¡Yo no soy un cobarde, sabes que no soy cobarde, Sasuke, pero no quiero morir aquí atrapado, enjaulado como una rata! ¡Si vamos a hundimos, que nos suelten al menos! ¡Abran! ¡Abran! ¡Sáquenos de esta ratonera! ¡No nos dejen morir aquí! ¡Abran!

Enloquecido por un pánico que es también desesperación y rabia, ha acudido Suigetsu a la puerta de la bodega empujándola, golpeándola con los pies, mientras, verde de espanto, Karin se abraza a Sasuke que, muda e inmóvil, contempla a su compañero con amargo gesto...

Dos hombres han aparecido en la puerta... El marinero que hace las veces de guardián y un joven oficial que mira duramente a los apresados, e interpela:

— ¿Quién grita aquí

— ¡Yo! ¡No queremos morir aplastados, encerrados en una ratonera!

—Perfectamente... Desátalo, llévalo arriba y ponlo a trabajar... ¿Y tú? —El oficial se ha encarado con Sasuke, y en el aire se cruzan, como dos aceros, las dos duras y oscuras miradas—. ¿Tú no gritas? ¿No protestas? ¿No tienes miedo de morir aquí como una rata?

—No tengo miedo de nada... ¡Déjeme, si quiere!

— ¡Puedo cruzarte la cara por insolente! Pero no, desátalo... Es una lástima que se pierdan esos brazos, cuando hacen tanta falta arriba. Hazlo trabajar hasta que reviente, y si se revira contra ti, dispárale y cuida tú mismo de vigilarlo, porque me respondes con tu vida de lo que él haga...

Han caído al fin las cuerdas que sujetan a Sasuke. Un instante se frota los brazos entumecidos, las muñecas amoratadas. De pronto, un violento golpe de mar entra por las escotillas, bañando las bodegas... El Kaima ha temblado como si fuese a partirse en dos, corren todos enloquecidos, resbalando por las estrechas escaleras de hierro, inundadas a cada golpe de mar... Llevando a Karin como un fardo, trepa Sasuke el último... Ha respirado a pleno pulmón; el agua enfurecida le azota el rostro, le envuelve, le baña... Agarrado a una escotilla, puede mirar al fin sobre la cubierta barrida por las olas... El mar se hincha en marejadas como montañas, sopla el viento con furia de huracán, negro está el cielo, y apenas se ve la luz de los faroles furiosamente bamboleados...

— ¡Otro hombre al agua! —Grita la voz patética de un marinero—. ¡Capitán... Capitán...!

— ¡El capitán está herido! —advierte el oficial. Y alzando la voz, llama—: ¡Timonel... Timonel...!

— ¡Timonel al agua! —avisa una voz lejana.

Sasuke ha avanzado arrastrándose entre la furia de los elementos, agarrándose a los salientes, a los cables, a las tablas, protegiendo a la muchacha que tiembla abrazada a él, resistiendo el azote de las olas que a cada instante amenazan con arrastrarle... Guiado por un instinto más fuerte que su voluntad, ha llegado hasta el puente de mando...Un hombre, con la cabeza rota, yace al pie del timón cuya rueda gira al garete... El oficial se inclina sobre el herido, y luego se alza mirando al hombre que acaba de llegar, para preguntarle:

— ¿Qué hace aquí?

—Y usted, ¿qué hace? Coja el timón... Hay rocas cerca... ¡Vamos a estrellamos! ¿No lo ve? ¡Vamos a zozobrar!

— ¡Ya lo sé, pero no soy piloto! —Se desespera el oficial—, ¡Tome usted el timón! ¡Haga algo...!

— ¡Qué echen a andarlas máquinas!

—No funcionan ya. ¡Hay agua en las calderas!

— ¿Y las velas?

—No soy marino, no sé nada... Los que podían saber, han caído. ¡Yo ni siquiera sé dónde estamos!

Las manos de Sasuke se han aferrado al timón, desviando el choque inminente. Sus ojos otean el horizonte oscuro, se alzan luego hasta la bitácora que sobre su cabeza se balancea, y se yergue como tomando una determinación instantánea:

— ¡Junte a los hombres que puedan trabajar! ¡Que cierren las escotillas, que achiquen el agua! —Y alzando la voz entre el estruendo de la tempestad, grita—: ¡Suigetsu... Juugo... Kimimaro...! ¿Dónde están? ¡Aquí... Pronto!

— ¡Aquí estamos, patrón! —responde Suigetsu, acercándose.

— ¡Levanten una vela pequeña a proa! ¡Sosténganla esquivando el aire! ¡Hay que tomar otro rumbo, aunque sea embistiendo la tempestad! Suigetsu, toma el mando de los que van a la vela. Juugo, a las bombas... ¡Haz achicar el agua!

Como un delfín, salta el Kaima sobre las olas; como un escualo, esquiva el golpe de los vientos, desviándose de las cercanas rocas amenazantes... El viento huracanado se arremolina sobre su única vela de proa, dándole fuerzas de gigante, y un relámpago rasga las nubes oscuras, iluminando al hombre que va al timón, con la luz cárdena del rayo...

—Lo siento en el alma, Hinata, pero el puerto está cerrado por la tempestad y no hay permiso de salida para ningún barco...

— ¡Oh! ¿Y el barco en que fue Sasuke? —indaga Hinata con visible ansiedad.

—Bueno... figúrate... Si han apurado la marcha, puede que se hayan librado del temporal...

— ¿Y si no han podido llegar al Remolino, si esa tormenta de que hablas les ha azotado en el mar?

—Sería lamentable, pero no creo que debas desesperarte hasta ese extremo. Supongo que Sasuke no tendrá miedo de un temporal.

— ¡Sasuke no tiene miedo de nada ni de nadie! —se exalta Hinata.

— ¡Está bien, exaltemos a Sasuke! —apostilla Naruto impaciente—. Una razón más para que te tranquilices. Al fin y al cabo, todo se reduce a un par de días de retraso.

—Que serán de cárcel para Sasuke, ¿verdad?

—Naturalmente que estará detenido, puesto que va sometido a un proceso, pero no te sofoques tanto... tampoco es la primera vez que Sasuke está en la cárcel. Yo mismo lo saqué de ella, y esos días de encierro que le ahorré en forma gratuita, sólo por buena voluntad, no es nada del otro mundo que ahora me los pague.

— ¿Lo sacaste tú de la cárcel?

—Sí. ¿Por qué te extraña tanto? Yo tuve un hermoso sentimiento hacia Sasuke... Lo quise desde niño, contra toda la voluntad de mi madre, contra todas las circunstancias adversas, y en aquel famoso viaje que hicimos juntos a Konoha, mientras apoyado en la barandilla de la borda contemplaba la tierra que me vio nacer, alejándose hasta perderse en la distancia, no tenía más que un pensamiento: Sasuke... No tenía más que un deseo: volver para buscar a Sasuke... No tenía más que una determinación inquebrantable: hallar a Sasuke al regreso para compartir con él cuanto tenía, para hacerlo realmente mi hermano...

— ¿Eso querías, Naruto?

—Lo quería y lo procuré con toda mi alma. Si recuerdas un poco los primeros días que pasó él en Mangekyō, hallarás la corroboración de mis palabras. ¡Con qué alegría, con qué ilusión, con qué puro sentimiento de justicia y de fraternidad quise entonces estrecharlo en mis brazos y darle cuanto la vida le había negado! Pero fue como darle calor a una serpiente, como acariciar con la mano desnuda a un alacrán, porque en él no había más que odio, rencor, veneno, y tuve que reconocer que tenía razón mi madre cuando tantas veces me dijo temblando por mí: "Guárdate de Sasuke, Naruto, de él han de venirte todos los males"...

— ¿Todos los males?

La palabra ha temblado en los labios de Hinata. Acaso, por un instante, comprende a Naruto, se acerca a su corazón atormentado, y quizás también buscar sorprendida, en el fondo de su propia alma, aquel sentimiento que durante años enteros la llenara, aquel sentimiento extrañamente desvanecido que es ahora un helado montón de cenizas: su amor, su loco amor por Naruto, en cuyos labios suenan ahora las palabras destilando la hiel de una amargura antes desconocida:

— ¿Piensas que Sasuke no me ha hecho bastante mal?

—No creo que te haya hecho ningún mal voluntario. No creo que te odie. Tú, en cambio...

—Me odió siempre, Hinata —corta tajante Naruto—. Me odió siempre, aunque yo no quisiera comprenderlo, aunque cerrara los ojos para no ver en sus pupilas el rencor, por un daño que en realidad yo no le había causado... ¡Me odia por rico, por dichoso, por mimado, por tener una madre amorosa y un hogar feliz! Me odia por bien nacido, y siempre me odiará, haga yo lo que haga. Esa es la amarga verdad de la que yo no quería enterarme...

— ¡Qué injusto eres con Sasuke! ¡Qué injusto y qué ciego! Con él, todos estábamos equivocados, Naruto. Es bueno, es noble, es generoso...

— ¡Calla! Tú sí que estás ciega. ¿Qué ha podido hacer para deslumbrarte, o por qué finges y mientes como lo haces? ¿Con qué sortilegio, con qué brebaje, con qué filtro ha podido robarte él alma?

— ¿Por qué no piensas que fue sólo con su bondad?

— ¿Bondad, Sasuke? No digas disparates. Si hubieras visto lo que yo he visto... ¿Cómo piensas que hice para acusarlo? Yo no inventé los cargos, los hallé con sólo buscar un poco, y hay de todo en su desdichada carrera: piratería, contrabando, riñas tumultuarias, hombres heridos o golpeados... Se le acusa de jugador, de pendenciero, de borracho... En Mokuzu secuestró a una niña...

— ¿Qué? —se alarma Hinata. Y como comprendiendo—: ¡Karin!

—Karin... Luego es verdad. ¡Es uno de los cargos que no había podido probarse! Por eso quedó libre, pero las acusaciones llegaron hasta el Remolino. Se llevó una muchacha de la cabaña de sus parientes, hiriendo y golpeando a cuantos quisieron impedir que se la llevara...

— ¡Sus verdugos! —salta Hinata sin poderse contener—. Si hubieras escuchado a Karin, si hubieras visto y oído de sus labios la historia desgarradora de su infancia, sabrías que Sasuke no hizo sino rescatarla, liberarla, y bien poco castigo dio a los miserables que la explotaban. Si son como esa todas sus infamias, si esos son todos los crímenes de que le acusan...

—Ya veo que no le faltará la mejor abogada, la que mira el mundo a través de sus ojos.

—Acaso dijiste más verdad de la que piensas, Naruto. Sasuke me enseñó a mirar el mundo con otros ojos.

—Y, en cambio, cerró los tuyos, los verdaderos, los ojos que me amaban. ¿Por qué se encienden tus mejillas como si el solo pensamiento te avergonzara? ¿Por qué? ¡Hinata, mi vida!

— ¡No me hables de ese modo, Naruto! ¡No me mires de esa manera!

—Ya sé lo que piensas: que soy el esposo de tu hermana...

—Aunque sólo eso pensara, sería lo bastante...

— ¿De veras? ¡Dichosa tú que, con una consideración, puedes borrar un sentimiento! —Venciendo su resistencia, Naruto ha tomado las manos de Hinata, la ha obligado a mirarle cara a cara, buscando con inútil anhelo un chispazo de amor en aquellos grandes ojos casi translúcidos—. Sé que nunca me mostrarás tus verdaderos sentimientos, sé que nunca dejarás hablar a tu corazón...

— ¡Sólo con el corazón te he estado hablando!

—No luches más, no te esfuerces... Digas lo que digas, no vas a convencerme. Frente a mi torpeza, callaste diez años... Y seguirás callando... —Con gesto de vencido, Naruto va hacia la ventana, mira a través de los cristales y se vuelve luego para mirar a Hinata, mientras deja caer, como en un trémolo de angustia, las palabras—: La tempestad está amainando... El ciclón ha debido desviarse...

— ¿Había un ciclón? ¡Un ciclón que sin duda azotó al guardacostas!

—Confío en que haya podido escapar. Voy a pasar un cable al Remolino preguntando. Si el tiempo sigue mejorando saldremos esta noche o mañana, y tendrás amplia ocasión de demostrarle a Sasuke que eres una esposa fiel y ejemplar.

— ¡Es lo menos que puedo hacer, después de haberlo jurado al pie del altar! —se yergue Hinata altiva. Luego, cambiando a un tono suplicante, murmura—: Naruto, ¿y si yo te suplicara, si yo te pidiera de rodillas que retirases esa acusación?

—Ya no está en mis manos retirarla, Hinata —explica Naruto con tristeza—. Pedí estricta justicia, apreté los tornillos, moví hasta el fondo la palanca de la ley, y la ley está en marcha. Pero no te preocupes, pues si Sasuke es como tú dices, saldrá bien librado. Por fortuna, no soy yo quien tiene qué juzgarlo, pero puedes estar segura de que estamos en paz. ¡Daño por daño! Ahora voy a complacerte, Hinata, voy a tratar de ultimar nuestro viaje.


N/A: Bueno, he aquí el capítulo, pude terminarlo en los días que estuve de viaje. Espero les haya gustado. En esta oportunidad no voy a responder a sus reviews, por motivos que expliqué al principio, no me hallo de mucho ánimo. Dos pérdidas tan pocos días.

Subí este capítulo, porque creo que tardé demasiado y no era justo dejarlos esperar otra semana más.

Los quiero, nos leemos en cuanto vuelva a actualizar...

Lis.