CAPITULO IX
El abrasador Sol quemaba la arena del Desierto Rojo, sus rayos bañaban los rojos gránulos de sedimentos que se acumulaban sobre el suelo no hacían más que girar sobre sí mismos, acumulándose en dunas que se movían, el desierto nunca descansaba, nunca dejaba de moverse, borrando toda huella existente. Este desierto era conocido por albergar una casi totalidad de muerte allá donde pisaras. Si por algún motivo debías de cruzar su extensión, jamás llegarías a la otra punta. Jamás saldrías de allí, no si no es con los pies por delante.
Los animales huían en las horas altas de calor y la noche era demasiado fría para que cualquier persona se adentrara en ella, así que la tarde era el momento indicado, el mismo instante cuando las criaturas hostiles que vivían bajo el manto arenoso de aquel lugar. Armado con una capa roja, pesada como un yunque y que cubría todo su cuerpo, envolvía sus facciones curtidas e incluso dañadas por el paso del tiempo, mas el resultado también pudiera haber sido su estilo de vida, de su mala vida. Su cuerpo pesado avanzaba a trompicones por culpa de la arena, quien engullía sus pies hasta casi sumirlos en aquel camino lento y pesado por el que se dirigía. Las horas de calor habían pasado, ahora llegaba el momento más mágico del desierto, una utopía, un momento donde ni hay frío ni calor, pero aun así, seguía sudando.
Su cuerpo llevaba en funcionamiento demasiado tiempo, estaba exhausto, cansado, sediento y hambriento, aunque de todas las cosas, la sed solía serle más ajena. –De no ser porque me he quedado sin alcohol. –escupió con rapidez antes de seguir caminando. –Déjale tu montura a una mujer y a sus hijos, ayúdales y quédate tú tirado en mitad de un desierto, seguro que eso será buena idea. –se recriminó con cargado sarcasmo. –Tengo hambre…y –miró hacia al frente observando la nada, la eterna nada, solo insípida y volátil arena por donde fuera que mirara, mas adelante el terreno se deprimía mucho pero probablemente solo habrían mas dunas, o con suerte un precipicio donde tirarse. –no creo que el Desierto Rojo quisiera servirme un bistec, o quizás un jabalí. Mataría por un jabalí.
Se detuvo durante unos segundos y buscó por debajo de tantos ropajes, encontró un recipiente cuadrado y estrecho brillante y desenroscó su tapón, antes de verter el contenido de este sobre su boca, pero simplemente cayeron un par de gotas. –Y encima no tengo nada que beber…–se colocó el pañuelo negro que portaba bajo su cuello sobre la boca y suspiró pesadamente. –Asco de desierto. –concluyó siguiendo su camino, hacia ninguna parte en mitad de ningún lugar.
En aquella depresión observó cómo el terreno se combinaba con una formación rocosa, con piedras pulidas por la constante erosión de los granos de arena las había alisado. Debían de medir unos ochenta metros, con diversas cuevas, fue entonces cuando por fin emanó de su boca alguna palabra que no fuera algo más que una queja tras otra. –Si encuentro un animal, haré un templo a Mithraa'l. –aseguró lamiéndose los dientes resecos antes de sacar una daga de treinta centímetros, cuya hoja afilada tenía formas contiguas de medialunas y dio un salto hasta tocar aquellas piedras con sus pies.
Aunque usualmente no era un hombre hablador, la soledad acababa causándole factura, una gran factura y para evitar la locura usualmente hablaba para si mismo. Pues al final casi consideraba que lo único interesante en este mundo podía ser su propia mente, la cual aun guardaba demasiado secretos para sí y para el resto de personas. Exploró con lentitud aquella formación rocosa, donde la arena apenas la bañaba con suavidad mostrando unas rocas imponentes que se aún querían sobresalir del reino que ahora pertenecía a la arena. Mientras exploraba, descendiendo y buscando algún tipo de vida en aquellas cuevas donde su cuerpo parecía encajar sin problema alguno.
Entonces un sonido tamborileante se unió al silencio murmurante del viento, un ruido que se repitió de nuevo, entonces él se detuvo, deslizó su mirada entorno a la cueva que tenia frente a él, muy grande, tanto que debía de medir unos cuatro metros de altura, y la roca poseía arañazos, marcas por doquier que indicaban que no era una formación demasiado natural, algo o alguien la había. Cogió una roca del suelo y la tiró con fuerza hacia el interior de la misma. Esta, rebotó un par de veces y emitió un sonido seco que se repitió por tres veces antes de chocar contra algo diferente, algo duro pero menos que una roca. Entonces se escuchó un movimiento más grande, que se repitió cuatro veces y se pudo apreciar en la oscuridad dos brillantes y alargados ojos.
Aquel ser emitió un sonido arañante y alargado, de tal forma que amenazantemente se movió, despertando de su letargo. –Mira a quien hemos levantado. –sonrió remangándose los brazos y dejándolos libres de prenda alguna, estos se vieron imbuidos en un brillo rojizo que pronto se transmutó en un fuego que danzaba entorno a sus brazos. –Si te portas bien, no te dolerá. –le habló a aquella criatura que, con la luz que desprendía de sus brazos, comprobó que se trataba de un phalin, un insecto de unos tres metros y medio de longitud, una variante extremadamente grande y agresiva de los escorpiones.
Se agitó y mostró sus afiladas pinzas mientras su aguijón se mostraba tras su figura negra y brillante como un diamante de la noche. Abrió su boca para lanzar un intento de atemorizar a aquel humano que tan imprudentemente había osado meterse en su hogar. Cargó contra él y lanzó su aguijón para clavárselo en alguna parte de su cuerpo, sería indiferente porque un aguijón de treinta centímetros de grosor sería mortal de necesidad allá donde golpeara. Pero él no se movió demasiado, dio un sutil paso hacia la izquierda y sintió como aquel aguijón acariciaba el aire entorno a su figura y el sonido intenso de la roca resquebrajándose al sentir aquel impacto con brutal fuerza.
-Entonces será la otra opción.
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Las estrellas refulgían sobre el cielo, pero él no las veía, el exterior era frío, demasiado para salir si podías estar recubierto por una capa de roca que al menos contenía el calor del fuego que había preparado. Acompañado por otra persona, que vestía ropas más ligeras y escasas que las que él llevaba, observaba sentado frente al fuego como él comía sin casi tiempo para respirar. Con el cuchillo iba separando la carne de aquella armadura natural que se interponía pesadamente entre su comida y su estomago.
-Sigues comiendo como un cerdo. –masculló el anciano observando el movimiento del fuego antes de observar como el hombre comía.
-Si tienes cubiertos, por favor, dámelos. –pidió con cierta sorna. –Y aunque los tuvieras, tampoco podrías dármelos. –recordó. –Así que si me disculpas, seguiré comiendo como un cerdo, un animal muy noble, por cierto. –añadió.
-No hay suficiente realeza que exima el vivir en lo que uno defeca. –finalizó suspirando. –Sombra Nocturna ya llegó a su destino. –dijo alzando la mirada al techo de la cueva, que aunque iluminado con toques naranjas, seguía siendo simple piedra. –Estará aquí al alba, calculo.
El pelinegro sonrió con suavidad y siguió vigilando aquella carne que había dejado sobre el fuego, observando cómo su color casi translucido iba tornándose poco a poco más blanco con toques dorados. Luego miró a su acompañante. -¿Ioven, porqué estas aquí? Creí que todo había quedado bastante claro la última vez que hablamos.
-Así es, Buldw... –confirmó asintiendo con la cabeza antes de ser cortado.
-Booker. –interrumpió mirándole seriamente a los ojos. –Te dije, que me llamaras, Booker. –hizo excesivas pausas para denotar la seriedad del asunto en cuestión. El anciano agachó la cabeza reconociendo su error. –Suéltalo ya. Sin rodeos. –pidió esto último en un tono más amistoso.
-Las cosas…están mal, Booker. –desvió sus ojos verdes a los de su compañero.
-Siempre lo han estado.
-No… -interrumpió. –Está peor que nunca. –aquel la confesión salía del interior de su cuerpo, de su alma. –Te siguen buscando. –le recordó. –Están impacientes por atraparte, y creo que ya viste que te harían si eso pasa.
-Ya no estoy en su reino, lo que haga aquí no les importa. Si quisieran matarme…bueno, ya lo hicieron, no tiene sentido que lo repitan, tendrían que bajar aquí. Y ellos detestan este mundo.
El exterior permanecía oscuro, y solo podían apreciarse de refilón unos puntos luminosos pequeños arrastrarse por el cielo, a un paso tan lento y calmado que simplemente se dedicaba a observar, a permanecer en ninguna parte y en todas al mismo tiempo.
-Creo que no entiendes a donde quiero ir. Los humanos, siguen peleándose, siguen luchando y derramando sangre. Hace mucho que ellos no reciben su pago. Y están empezando a cansarse de esperar. –se abrazó a su capa suavemente en lo que su compañero asimilaba aquella información. –No solo te buscan a ti, y es lo que quería decirte. Ya no eres el único que está aquí.
El silencio que había rodeado a Booker desde que Ioven habló se rompió al escuchar aquello, sus ojos se abrieron de par en par, sorprendido. -¿Ya están aquí? –su acompañante asintió de nuevo.
-Te avisé de que llegarían. Que tu no podrías estar solo tanto tiempo, y al final se ha cumplido. Por eso sientes que te persiguen, por eso sientes que te observan, por eso te sientes tan vigilado. Porque ya no estás solo.
Booker suspiró molesto, no le hacía demasiada gracia lo que escuchaba, porque eso no hacía más que exponerle a él y ese era un lujo que no podía permitirse. -¿Y piensas que les ayudaré?
-Esa es mi tarea, convencerte de que lo hagas. Si decides quedarte en un desierto, en una cueva, esperando a que la nada llegue y algo se haga nada, puedes hacerlo. Pero si yo te puedo encontrar, ellos pueden hacerlo también. –se levantó agitándose el polvo que su ropa no tenía, porque en realidad nada de lo que hubiera allí le afectaba, ni era mínima tangible. –Es cierto, yo puedo hacer desaparecer tu rastro, ¿pero como los alejaré de otras dos partes? O les ayudas o probablemente mueras con ellos.
-¿Cómo pretendes que los encuentre? ¿Me pongo a lanzar pájaros de papel al aire o me muestras tú el camino?
-No…yo no sé donde yacen. Pero el tiempo sí. Él será tu guía y reza porque te deje en tu destino lo más rápido posible, o incluso será demasiado tarde.
–Siempre me gustó de ti tu excesiva precisión en las cuestiones más importantes. –masculló mientras sus orbes observaban como aquel anciano se desintegraba como el polvo del invierno al acercarse a una hoguera encendida. –Y ahora me pasas a mi el muerto. –miró a la hoguera con atención, como el fuego se movía y danzaba como hojas secas en el viento de otoño.
