GOTAS DE LLUVIA SOBRE MI CABEZA


Autora: Clumsykitty

Fandom: Marvel

Género: AU -Sci-Fi/Omegaverse

Parejas: Stony, Cherik, Thorquill, Winterwidow como principales

Derechos: Los personajes pertenecen a Marvel, Stan Lee y los abogados. Yo solo soy un gusanito.

Advertencias: Pues esto no será agradable, hay mucho dolor, sangre, sufrimiento como lo propio de un Omegaverse. Gente mala haciendo cosas malas. Yo pensando mil locuras con eso. Inspirado en la serie "The Rain".

Gracias por leerme.


Lluvia.


"… Abrieron los ojos, sondearon sus almas, se miraron a la cara con la mano en el corazón, y comprendieron que estaban tan identificados que preferían la muerte a la separación."

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.


La creación de la muralla era todo un misterio que solamente quienes estuvieron involucrados pudieron decir, pero callaron, llevándose el secreto a la tumba. Antes no existía, solamente había un puente que se enlazaba a uno más pequeño de las ruinas en las tierras olvidadas. Tampoco estaba muy claro cómo se había logrado semejante construcción porque era un amasijo de metal aplastado hasta formar capas que se levantaban cientos de metros, posteriormente cubiertas por nieve, tierra, plantas que crecieron entre los recovecos. Nadie en ninguno de los dos territorios tenía semejante maquinaria para levantar algo así, sin llamar la atención, además. Las historias que Tony escuchara a lo largo de su vida contaban de un gigante que había tomado con sus enormes manos los restos que la lluvia y los ríos arrastraron, aplastándolos en aquel campo pasando el puente. Al ser tan enorme lo hizo en una sola noche.

El detalle era que Tony había mirado la muralla antes de que fuese completamente cubierta por la nieve, ocultando huellas o rastros de cómo había sido puesto ahí. Había visto los metales casi lisos uno sobre otro. Acero. ¿Qué máquina podía hacer eso? Su inquietud jamás se marcharía, porque cuando había buscado la nave de Happy en aquel territorio, cuando la halló en el puente, se había sangrado las manos al tratar de sacar el cuerpo del esposo de Pepper, pues el metal había sido aplastado de la misma forma que aquel que formaba la muralla. No le cupo duda alguna. La nave había sido presionada de la misma forma, los restos estaban igual, solo cubiertos de sangre, pero sin ningún gigante asomando por ningún lado. Su intuición de Aullador le decía que debía existir al menos un autor vivo de aquella muralla, y de alguna forma, había atacado la nave de Happy por una misteriosa razón que su mente no pudo jamás elaborar.

Quizá debido a la culpa, Tony siempre soñaba esas dos manos tomar la nave y aplastarla.

Despertó con un sobresalto, jadeando pesadamente. Un sudor empapaba su rostro, como solía suceder cada vez que tenía una pesadilla… pero ahora no era un sudor frío ni estaba temblando por la ansiedad. Era algo más. Su cuerpo se sintió demasiado caliente. Dolía. Jadeó con el corazón palpitándole en el pecho donde su tatuaje ya era completamente azul. Temió que hubiese sido contagiado por el virus, demasiada exposición, un descuido de su parte. El castaño trató de levantarse, sus brazos temblaron a punto de caer de nuevo sobre las mantas revueltas. Al mover sus piernas las sintió adoloridas, algo resbalosas. Había sido contagiado… había contagiado a Steve. Quiso arrastrarse entonces para alejarse lo más pronto posible, buscando una solución, pero a cada segundo su mente pareció irse por otro camino, una vocecita que comenzaba a ganar volumen en su interior con palabras aún borrosas para él.

—¡Tony…! No, ven, ven, tranquilo cariño —un brazo del rubio rodeó su cintura, jalándole a su pecho.

Stark se estremeció, su cuerpo dolió más. Necesitaba algo.

—E-Estoy… el virus…

—Sssshh, cariño no sucede nada —Steve murmuró en su oído, besando su hombro— Tony, no estás enfermo. Es tu Celo.

—¿Qué…? No, los Celos así no… yo no… ya no puedo.

—Los naturales sí, necesito que me prestes atención, Tony, trata de mantenerte concentrado. Voy a cuidarte, pero debes ayudarme, amor. Tu Celo ha aparecido con demasiada fuerza… Ssshhh, todo va a estar bien.

—N-No… entiendo… S-Steve… d-duele…

—Sssshh, estoy aquí, haré que deje de doler.

Tony gimió, aferrándose al brazo que le pegó a ese pecho desnudo. El aroma de su Alfa le hizo estremecerse de nuevo, casi gritando. Con besos en su cuello, el rubio serpenteó una mano por su cuerpo, acariciándolo como si le consolara, tomando su miembro que no se había percatado estaba duro, húmedo, como sus piernas donde Steve le acarició, subiendo hasta tocarle ahí haciéndole aullar al sentir unos dedos entrar, un aroma nuevo mezclándose con las feromonas de ambos.

—Ya… calma…

—Steve…

El Omega echó atrás su cabeza, recostándola contra el hombro del comandante cuando le penetró, lentamente hasta quedar completamente dentro. Su sangre se sintió como si en lugar de líquida fuese de fuego, moviendo sus caderas al instante, apretando la erección para que rozara en el punto que necesitaba. Algo le dijo su Alfa pero ya no pudo concentrarse, buscando sus labios para besarlo entre pesados jadeos y gemidos adoloridos con sus manos rasguñando el brazo que aún le sujetaba, impidiéndole clavarse el mismo contra ese miembro que le hizo sentir cosas nuevas una vez más.

—No, despacio… despacio, amor.

—Más...

Para su tortura, las embestidas fueron lentas, aunque le complacían. La fiebre cobró más fuerza a medida que su orgasmo llegó, demasiado rápido. Las manos de su Alfa le acariciaban, casi arrullándole pidiéndole una calma que no llegó hasta que un Nudo le hizo tener otro orgasmo, sus músculos prácticamente exprimiendo cada gota del semen que le inundó. Abrió sus ojos, mareado. Una mano de Steve cepillaba sus cabellos empapados de sudor, otra acercaba una botella cuyo aroma le dijo que era agua.

—Tienes que beber, Tony. Hazlo por mí. Vamos —casi le rogó como si fuese niño pequeño.

El agua refrescó su garganta que ardía, ronroneando a la sensación placentera de tener a su Alfa unido a él de esa manera. Volvió a quedarse dormido, satisfecho por unos momentos antes de volver a despertar, la fiebre de nuevo atacando. Sus manos buscaron al rubio, empujándolo boca arriba para montarlo, gruñéndole cuando le sujetó sus caderas.

—Despacio… no te lastimes.

No le importaba, o sus instintos tomando el control así lo dictaron, subiendo y bajando rápidamente de aquel pene hasta volver a tener su Nudo. El resto fueron breves vistazos de coherencia, los dedos de Steve casi forzándolo a comer algo, llenándole de besos y mimos como un niño caprichoso que se rehúsa a comer. O murmurándole en su oído que debía beber agua que a veces terminó manoteando lejos de él, gateando a su Alfa, buscando ese miembro que probar. Al encontrar demasiado apetitoso el sabor de aquel semen, comenzó a buscarlo con más insistencia. El Nudo o su semen, cualquiera de las dos cosas. A veces sus dedos le dolieron de haber rasguñado una pared cuando lo hicieron en pie, otras veces en las mantas, Tony boca abajo al ya no tener fuerzas en sus brazos para sostenerse, pero sin dejar ir ese miembro. Otras en una de las largas bancas, cuando Steve trataba de alimentarle o que bebiera agua.

Jamás en su vida había experimentado semejante deseo sexual, esa desesperación por su Alfa si no estaba pegado a él, ya fuese besándole o probando de él. Sus manos explorando todo su cuerpo, impregnando su aroma. O esos gruñidos extasiados que obtenía al chuparle con voracidad. Stark perdió la cuenta del tiempo, hasta quedar agotado, durmiendo entre los brazos del rubio como un bebé una vez que la fiebre al fin desapareció. Cuando despertó de vuelta a la normalidad, estaba más cansado que si hubiera tenido todas las misiones de su vida en una sola noche. Extrañamente complacido, satisfecho, abrió sus ojos, notando que era mediodía por la luz colándose en los agujeros en los techos del museo. Recostado de lado, bien envuelto en una manta limpia con la esencia de su Alfa impregnada en la tela.

—¿Steve? —llamó con voz ronca, casi muda, no recordaba cómo la había gastado tanto.

—Bienvenido al mundo consciente, Tony.

Steve le sonrió, preparando lo que olfateó era comida. El Omega dio un bostezo, sacando sus brazos debajo de la manta. Abrió de par en par sus ojos al notar la marca de unos dedos en sus muñecas, mordidas en sus antebrazos. Todo su cuerpo estaba cubierto por los dientes y colmillos del rubio al que escuchó reír discretamente.

—Pero ¿qué carajo…? ¡Ah! —se quejó al mover sus piernas que temblaron, sentía como si sus caderas estuvieran fracturadas y al mismo tiempo no. El dolor en su espalda baja era punzante.

—Fue un Celo súbito y poderoso.

—¿Cuánto tiempo…?

—Un día completo. Por ser el primero ha sido corto, regularmente suelen durar tres días.

—¡Tres días así!

—Es un tiempo que disfrutan los Omegas —Steve le miró— Tú lo disfrutaste mucho.

—Quiero mi arma.

—Vamos, cariño.

—Tú no tienes un pene, es un jodido tercer brazo.

—Me complace que admires así mi anatomía, habla muy bien de mi Omega.

Una botella vacía se estrelló en la cabeza del comandante, que rió, sobándose el golpe y llevando un plato con carne cocida al fuego de la fogata, algunas frutas con otra botella de agua.

—Debes comer.

—Qué remedio, si el virus no me mató, si este Celo no lo hizo, supongo que comida salvaje tampoco lo hará.

—Tengo al más rudo de todos los Omegas.

—No soy tuyo.

—Es agradable tenerte de vuelta con ese carisma que te hace único, Tony. Aunque siempre tendré en mi memoria a mi Omega enojándose porque no le dejo beber mi semen… ¡hey!

Tony casi le enterró el tenedor en la mano, gruñendo al sentarse de lado para comer, estaba hambriento, cansado, confundido, alegre. La carne de ave sabía increíblemente bien o fue su estómago agradeciendo el alimento, no pudo decirlo.

—¿Las trampas?

—No se han activado.

—Tienen que vernos, no poseen olfato.

—En cuanto puedas caminar, lo haremos.

—Deberías cargarme ya que me has dejado inservible por tu maldita anatomía Alfa.

—Anda, amor mío, se enfría.

Se quedó dormido otro par de horas para su deshonra. La movilidad de sus piernas estuvo de regreso, teniendo que apoyarse en Steve porque de vez en cuando le fallaban. Ambos limpios y vestidos, fueron al edificio que les servía de mirador. No había señal de los infectados, así que permanecieron ahí a la vista, esperando llamar su atención. Steve le preparó de nuevo ese café al que el Omega estaba haciéndose adicto, además servía para el frío.

—¿Mejor?

—Voy a modificar una de mis armas para hacerla de balas que no te maten, pero te hagan sufrir por largo tiempo.

El rubio negó. —No tiene nada de malo, Tony. Es algo natural.

—Los Alfas deberían sufrirlo.

—De hecho, también tenemos nuestros propios Celos. Son mucho más intensos y nos ponemos muy agresivos. Contigo pude tener períodos de descanso mientras dormías conmigo dentro de ti, en un Celo de Alfa el sueño no existe.

—Mentiroso.

—Espero tener la oportunidad de demostrártelo.

—No quiero tu pene en mí jamás en la vida.

—Ya lo veremos —Steve rió, mirando alrededor, el sol estaba ocultándose tras nubes— ¿Así que has recorrido todo el territorio?

—Sí.

—¿También allá? ¿El bosque pantanoso?

—¿Latveria? —el castaño negó, dando un sorbo a su termo— Es un suicidio, el virus contaminó todo. Cinco minutos dentro del bosque y estás muerto. Todo está podrido y envenenado ahí.

—¿Qué tanto te adentraste?

—Poco, lo suficiente para saber que no valía la pena. ¿Por qué lo preguntas?

—Quería contemplarlo como un posible camino para rodear el Colmenar.

—Imposible. Nada sobrevive ahí. Aun con trajes corres peligro porque el aire húmedo corroe la protección. Puedes considerar una nave para sobrevolar si es contra tormentas eléctricas.

—Tal vez es una buena idea. ¿Qué hay tras Latveria?

—El mar —Tony suspiró— Un amplio e infinito mar.

—¿Has visto el mar, cariño?

—No, geografía o demasiado riesgo de lluvia siempre nos han mantenido lejos de las playas. Lo más cercano que he estado fue cuando tuve la misión de bordear Latveria en busca de infiltrados. El mar detrás del bosque no es como los que rodean este territorio, es tranquilo.

—Realmente quieres verlo.

—Es una de las tantas cosas por las que ya no espero, Steve —el castaño se puso de pie al terminar el café— Tenemos visitas.

Jadeos y siseos se escucharon a lo lejos por el grupo nutrido de infectados que buscaban pasar como animales desesperados. Tony disparó a uno que otro, más como provocación que intención por detenerlos. Su Alfa le acompañó en el pequeño juego por unos minutos, retirándose después con calma, Steve ayudando en la caminata al Mercader quien al sentir una punzada de vez en cuando en su espalda le gruñía maldiciéndolo. Fueron de vuelta al museo. El Omega frunció su nariz al percibir todavía el aroma del sexo en la sala, sacudiendo su cabeza para descansar tumbado a lo largo de la banca, un brazo sobre sus ojos. Esperó por la explosión de las bombas, pero nada se escuchó para su decepción. Todavía no cruzaban y necesitaban que lo hicieran para continuar por la ruta de escape. Un relámpago, las luces del museo se apagaron. Las explosiones comenzaron, haciendo que ambos se pusieran de pie, intercambiando una mirada.

—Hora de irnos —anunció Tony, buscando sus cosas.

Cualquier molestia pasó a segundo plano al salir del museo a oscuras, con un atardecer demasiado oscuro por las nubes cubriendo lo que restaba de sol. El castaño se detuvo en una de las salas, haciendo que Steve se volviera sus pasos al verle entrar ahí, tomando de entre escombros aquel dibujo del hombre con alas que metió debajo de su abrigo bajo una mirada amenazadora que le prohibió hacer comentario alguno. Rogers solamente se echó a reír, trotando a la salida. Pronto alcanzaron la autopista que salía de la ciudad hacia campo abierto, lleno de autos abandonados. Las explosiones siguientes fueron su despedida de aquel lugar, dejando la autopista para adentrarse en el bosque con el Omega buscando la ruta hacia uno de los búnkeres. Debían pasar por un corto puente por encima de un río profundo de aguas rápidas que ahora tenía trozos de hielo que crujían al chocar y despedazarse entre sí. El puente estaba derribado.

—Maldita sea. Debemos rodear.

Tony comenzó a desesperar, la lluvia amenazaba con caer y no tenían un refugio seguro. La vuelta al río era pesada y tuvo que detenerse unos minutos, apoyándose en un árbol.

—Tony…

—Debemos seguir.

—Tony, mírame.

—No falta mucho.

Steve fue a él, ladeando su rostro. —No tenemos que ir tan aprisa, aún estás agotado.

—Si vamos hacia el sur, podremos llegar…

—Tony —esta vez el rubio habló con voz de mando, haciendo gruñir al otro— Podemos seguir bajo la lluvia.

—Has perdido la razón.

—No va a suceder nada.

—Estás loco —un relámpago hizo que el castaño mirara al cielo— ¡Debemos seguir!

El Omega quiso caminar, pero las manos del comandante le detuvieron, sujetándole por los codos.

—Está bien, Tony. Confía en mí.

—¡Steve, suéltame!

—La lluvia no puede lastimarte.

—¡Deja de hablar idioteces! ¡Suéltame!

—Te doy mi palabra de que no va a pasarte nada.

Un nuevo relámpago trajo la lluvia. Tony abrió sus ojos de par en par, buscando cubrirse, pero Steve no se lo permitió, ambos forcejeando. El castaño no tenía tanta fuerza, jadeando al sentir las primeras gotas sobre su rostro, casi gritando histérico. Su Alfa le miró unos segundos, abrazándole por su cintura, arrullándole.

—La lluvia no puede lastimarte.

Pronto sus cabellos y rostros estaban empapados. Stark jadeando aterrado, esperando por ese momento fatal que nunca llegó. Las manos del rubio acariciando sus mejillas hicieron que levantara su muy confundida mirada hacia él.

—Te lo dije.

—¿Qué…? —se quitó un guante, dejando que la lluvia empapara su mano. Estaba fría pero no hubo quemaduras ni llagas, solo la sensación de las gotas picando su piel— Esto… no… imposible…

—Hace mucho tiempo que el agua dejó de llevar consigo el virus, Tony. Los han engañado. No solo a ti. A todos. Los han engañado con esto y otros temas más, ahora ves que la lluvia no puede lastimarte, jamás lo hizo, ni lo hará —Steve le sonrió con cariño— Como Richards, ya no volverá a hacerte daño. Voy a detenerlo. No más prisiones ni miedos fabricados. Eres libre, amor mío.

El castaño frunció su ceño, sin saber qué decir. Quería llorar, quería golpear a alguien, quería seguir sintiendo la lluvia en sus cabellos, la sensación de libertad que estaba naciendo en su interior. Se abrazó al comandante, riendo desganado.

—Estoy cansado.

—Déjame llevarte.

Steve le tomó en brazos, besando su frente y caminando bajo la lluvia por el sendero que su Omega le fue dictando hasta bordear el río y llegar a otro paso natural. Encontraron el búnker al cual entraron, tomando una misma cama para descansar. Tony observó su mano, su rostro como si aún no creyera lo que acababa de pasar. No había intentado acercarse al mar ni averiguar por un paso por Latveria para admirar más cerca esa puesta de sol por el miedo aprendido desde pequeño al agua, las lluvias que impedían caminar lejos. Mentiras. Cubierto por los brazos de su Alfa que le envolvieron por la espalda, terminó bien dormido hasta el día siguiente en que el rubio le despertó para el desayuno, sorprendiéndose de que fuese Rogers y no él quien se levantara primero.

—No puedo entregarte al Consejo —declaró el Mercader cuando terminaron de desayunar.

—Tony… -una mano del comandante alcanzó la suya— Tienes que hacerlo.

—No puedo.

—Debes confiar en mí con esto, ¿de acuerdo?

—Van a matarte.

—Pensé que deseabas eso.

—Steve, estoy hablando en serio.

—Tranquilo, no voy a morir, pero necesito ver a Richards.

—Van a matarte —negó el castaño, apretando esa mano fuerte— Van a matarte. Y luego a mí.

—Sobre mi cadáver.

—Por eso mismo.

El rubio torció una sonrisa, tomando la mano de su Omega para besarla por el dorso, acariciándola con ambas manos en un gesto reconfortante.

—No me pasará nada, te doy mi promesa.

—Va a pasar porque lo has dicho y prometido. Es una regla.

—Amor, ya basta.

—No puedo —musitó Tony, sintiendo sus ojos rozarse.

—Estamos a nada, solo un poco más y se habrá acabado todo.

—Tú no conoces a Richards, va a…

—No lo hará, ahora —Steve tiró de él, para sentarlo en su regazo— Quiero que te relajes, estás demasiado estresado, cariño. ¿Cuánto tiempo le tomará a Rhodey alcanzarnos?

—Debe estar ya en camino… Steve, no hay…

—Ah, ah —éste puso un dedo en sus labios- No, Tony. Puedes hacerlo, lo harás. Todo va a estar bien.

—¿Y si no?

—Lo estará.

Respirando hondo, el castaño dejó caer su frente contra la mandíbula de su Alfa.

—Una vez que salgamos del búnker y tomemos el camino al Consejo, ellos nos detectarán, no habrá vuelta atrás. No hay modo ni escondite que pueda burlarlos.

—No es mi intención esconderme. ¿Qué te parece si descansamos un poco más antes de emprender de nuevo la marcha?

—Ya me siento bien.

—Pero quiero tomar una siesta contigo.

Tony le miró, Steve le sonrió con un beso a sus labios. —Vamos.

Lo cierto fue que el viaje los había agotado lo suficiente para caer dormidos de nuevo, o al menos el castaño que se perdió en un reposo cálido, interrumpido únicamente por una sacudida, escuchando la voz lejana de su Alfa. No podía abrir sus ojos, pero todo estaba rojo, pasando muy rápido frente a él. El frío de la nieve sumado al oxígeno que estaba haciéndole falta le hizo volver en sí entre arqueadas por la asfixia que habían sufrido dentro del búnker. Tony miró hacia la entrada, notando las luces rojas de emergencia cuando había un fallo, el comandante a su lado de pie, pero con sus manos sobre sus rodillas, jadeando pesadamente. ¿Por qué había fallado el sistema de ventilación del búnker? Su respuesta vino con unos siseos y gruñidos lastimeros que los rodearon. El Omega sintió un escalofrío en la espalda, seguido de la inconfundible orden de Steve de volver dentro a través de sus feromonas en la reacción de territorialidad y protección que sus instintos de Alfa gritaron al ver a los infectados rodearles como lobos a punto de atacar su presa.

Dos infectados cayeron sobre el rubio, los demás se abalanzaron detrás. Tony no tenía arma consigo, levantándose para ser tirado al suelo de nuevo por una mano que tiró de la capucha de su sudadera y que fue rota por el comandante igual que la cabeza del insolente tratando de tocar a su Omega. El castaño jadeó, viendo a Steve pelear con furia, alejándolos solamente para ver la marea de cuerpos pudriéndose volver contra ellos. Un tanto saltó del techo del búnker hacia el Alfa que trataban de morder. Jamás los había visto tan coordinados ni decididos. Los ojos del Mercader vieron no lejos a una mujer con algunos cabellos que alguna vez fueron rubios mantenerse quieta, olfateando con una nariz que prácticamente solo era el hueso. Frunció su ceño ante su actitud, algo no estaba bien. Los ojos desorbitados de esa infectada se posaron en él, abriendo y cerrando su mandíbula para castañear sus dientes sin labios.

—¡Tony! —Steve le sujetó por la cintura, pegándolo a su costado.

—Está… llamando… no… está dirigiéndolos… imposible…

La turba cambió su ofensiva, amontonándose alrededor, impidiéndoles volver al búnker. Tony no despegó su mirada de aquella esquelética mujer que no dejaba de mirarle, rechinando sus dientes. El nuevo ataque tuvo un tinte diferente. Ya no trataron de morder a Steve, todo esfuerzo estuvo concentrado en separarlo de su Omega, consiguiéndolo por el número que creció de golpe al llegar todos al lugar. Stark luchó, con un temor creciente al ver que los infectados a él no le hacían nada, si llegaba a romperles el cuello o arrancarles la cabeza con sus manos, lo permitían, formando un muro de ellos cada vez más alto e impenetrable entre su Alfa y él.

—¡STEVE!

—¡TONY!

Igual que insectos coordinándose para atacar a un enemigo más poderoso, todos ellos fueron envolviendo al rubio, empujándolo cada vez más lejos de Tony, quien corrió para sacarlo de todo ese montón de cuerpos podridos, de nuevo siendo obstaculizado por una nueva muralla viviente que siseaba y dejaba ser lastimada por los ataques del Omega cada vez más desesperado al no lograr ningún cambio en ellos. Necesitaba su arma pero aquello era una total locura, no podía ir por ella, perder de vista al rubio era la peor estrategia y su instinto le decía que algo más se traían entre manos todos esos cuerpos podridos.

—¡STEVE!

Tomó una rama gruesa a modo de palo que usar de arma, pero por cada infectado que derribaba, tres más le sustituían. Un golpe seco en la nieve lo hizo girarse, mirando a ese cuerpo en avanzada descomposición que pertenecía a la mujer líder, quien le miró castañeando con fuerza sus dientes. Estos no eran enfermos naturales. Nunca los había visto así. Escuchó el rugido de su Alfa, su frustración por alcanzarle, no pudiendo despegar su mirada de esa mujer. Las pupilas de ella estaban dilatadas por completo, un rasgo imposible por el tipo de infección del virus. Tony jadeó, preparando su palo para atacarla. La mujer saltó, evadiéndolo como si fuese un insecto brincoteando de espalda huesuda en espalda, dejando trozos de piel por ahí. No cedió, peleando o tratando de destruirla con la muralla rodeándolos sin intervenir. Eso tampoco era normal. Uno de los infectados se dejó caer justo detrás de él, haciéndolo tropezar y caer boca arriba en la nieve. La mujer le saltó con sus huesos rechinando al moverlos como si fuesen patas de araña.

—¡TONY! ¡TOO…!

No se pudo mover con aquel rostro putrefacto encima del suyo, que luego fue bajando hasta quedar a la altura de su vientre. Vino de nuevo el castañeo de dientes y fue alzado en vilo por una multitud de brazos. El castaño peleó desesperado, perdiendo de vista a Steve. Por más que forcejeó, pateó, arrancó o rompió hueso no hizo diferencia, estaban llevándoselo. Y el cansancio vino a ser su peor enemigo, haciendo que sus fuerzas le abandonaran en el peor momento. Llamó a su Alfa, en un último intento antes de que docenas de manos tiraran de él, perdiéndose entre árboles pasando muy rápido, brazos cargándole formando una malla. Le pareció ver una araña de metal blanco bajando del grueso tronco de un pino, abriendo su estómago de vidrio. No estuvo seguro, girando su rostro para buscar entre aquella marea de rostros desfigurados los cabellos rubios de Steve, pero solo vio la nieve, demasiados árboles y todos esos siseos y chillidos rodeándole mientras la enorme araña de metal blanco quedaba sobre él.