*Mirando el cielo* Bien, los planetas se han alineado. Ya puedo publicar un nuevo capítulo.

¡Hola a todos! Por culpa de un feo bloqueo no pude subir nada con anterioridad. Mi cabeza estaba nula y tenía cero motivación. Pero ya volví a enfocarme y trataré de actualizar con más regularidad.


Capítulo 19: Luchar por libertad.

Los ojos de todo el mundo estaban puestos sobre ella. Escuchaba la palabra repetirse una y otra vez escapando de la boca de los atemorizados ciudadanos. Bruja la llamaban, como a una bruja le temían y como una era tratada por la guardia real.

- "¿Por qué me llaman así?" – Ami estaba tirada en el suelo y su cabello era mecido libremente por la brisa. Todos la reconocieron, ya era muy tarde para cuestionar su mal apodo.

- ¡Apártate de acá! – Makoto corrió al guardia del lado de su compañera y se puso defensiva frente a ella. - ¿Estás bien? –

- Sí. – Respondió la otra poniéndose de pie.

- Comerciante, esa no es forma de tratar a un guardia real. – Dijo la capitana. – Debes mostrar respeto. –

- Ami, quédate tranquila. Por favor, no hables ni te muevas, yo solucionaré todo esto. – Makoto volteó a ver a la peliazul y le sonrió de manera segura. La otra joven asintió, confiaba en ella plenamente.

- ¿En serio crees que vamos a resolver esto sencillamente? Hablar conmigo no servirá de nada. – Advirtió Haruka. – Ir por allí, cuidando de la bruja, es algo muy grave. ¡Tu falta no se resolverá con una charla amistosa! –

La risotada de la castaña molestó a la gran capitana. ¿De qué se reía? Estaban atrapadas. A no ser que fuera una loca, Haruka no encontraba chiste alguno a la situación en la cual estaban.

- ¿Y quién dijo que íbamos a charlar? – Mirada aguerrida se enfrentó a la mirada de la capitana. Makoto estaba decidida, era hora de luchar. Su mano derecha se escabulló bajo su gruesa y larga ropa. Con movimiento limpio sacó de su escondite una espada corta y la apuntó directamente contra la rubia. – No pensaba usarla tan pronto, pero te aseguro estar preparada para un enfrentamiento. –

Y entonces fue la capitana de la guardia real la que encontró toda la situación muy divertida. No pudo aguantarse la risa, terminando por enfurecer completamente a Makoto.

- ¿En serio? – Preguntó sin poder creerlo. – ¿Planeas enfrentarme con esa pequeña espada? –

- ¡El tamaño no interesa! – Gritó la castaña.

- Tienes razón, no interesa. – Haruka levantó su propia arma y la posicionó frente a su rostro. Brillante contra la luz del sol, su espada también era corta. – No importa qué uses para luchar contra mí, yo siempre voy a salir victoriosa. – Todo aquel que una vez enfrentó a la capitana podía corroborar eso. - ¡Porque mi espada es milagrosa y puede atravesar el arma de mi contrincante! –

Y manténganse alejadas de la mujer que porta la espada milagrosa. -

- ¡Y eso a mí qué me importa! – Sin ser intimidada por la fama que ostentaba el arma de su contrincante, Makoto avanzó a toda velocidad en contra de Haruka. Levantó su espada sobre su cabeza, dispuesta a darle un corte certero a la rubia.

- ¡Te lo advertí! – Se movió como el viento, incapaz de ser seguida o detenida. Su reluciente espada cortó a través del arma de la castaña, mandando a volar una de las mitades. Después conectó una patada potente en el estómago de la joven y también la lanzó lejos, derrotándola fácilmente.

- ¡Makoto! – Ami corrió en seguida a socorrer a su compañera.

- Tienes agallas, comerciante. – Haruka sonreía. – Es una pena que tu camino se haya cruzado con el de la bruja. –

- Maldición… - Makoto no podía creer que esa mujer fuera tan poderosa.

- Ustedes, tomen presa a la bruja. – Ordenó la capitana a dos de sus hombres. – Yo me encargo de la comerciante. –

El par de guardias reales avanzó en busca de Ami y la rubia volvió a elevar su espada, dispuesta a castigar a Makoto por su traición.

- "No podemos terminar así." - La peliazul se mantenía junto a su compañera, quien aún seguía en el suelo. – "Debe haber algo que podamos hacer." – Se estaba poniendo nerviosa. – "No, relájate. No puedes descontrolarte, recuerda lo que puede pasar." – Esas púas de hielo no podían aparecer en aquel momento. – "Respira, cálmate." – Por instinto, Ami tomó su collar con una de sus manos. Frío, muy frío. Tomarlo siempre la hacía ponerse tranquila. – "Si tan solo pudieras ayudarme una sola vez, Lágrima Azul. No matar, no quiero las púas. Yo no quiero ser la bruja que todos piensan que soy." - Ami comenzó a sentirse más segura. – "Concéntrate, busca la forma de usar tus poderes sin herir a los demás…" - Y la Lágrima Azul comenzó a brillar.

- ¡Deténganse! – Ordenó Haruka a sus hombres al ver esta reacción.

- ¡Ya déjenos en paz! – Ami levantó su mano derecha y del suelo nació hielo macizo, duro como si fuera roca. Pero no eran púas, eran brazos que fueron atrapando uno a uno a los guardias reales. Sin aplastarlos, solo reteniéndolos. También Haruka fue atrapada, siendo sorprendida por el ataque de la joven. – ¡Bien! -

La castaña quedó muda después de presenciar el poderío de su compañera. Incluso ella misma terminó algo escarchada.

- ¡Vámonos de acá! – Gritó Ami, ayudando a Makoto a ponerse de pie. - ¡Debemos escapar ahora! –

- ¡Sí! – Sin saber qué decir, hizo caso a la otra.

Corrieron perdiéndose entre la gente del mercado, dejando atrás al grupo de la guardia real que trató de capturarlas, pero que falló miserablemente.

- "Maldita bruja." - Haruka apretaba los dientes tratando de contener su furia. - "¡Juro que te voy a atrapar!" – Con su espada cortó el hielo que la mantenía presa y cayó al suelo. Su mirada cazadora viendo en la dirección que partieron las prófugas. – Acaban de ganarse una enemiga de temer. -


Capítulo 20: Fugitivas.

Delante del hombre de negocios habían posicionados dos retratos. El tipo observaba uno, luego el otro. Eran dos jóvenes las retratadas en ellos, pero para mala suerte de los guardias, no reconocía a ninguna.

- No, nunca las he visto. – Dijo finalmente el viejo. – Pero están muy bonitas. –

- Señor, ellas son fugitivas que están siendo buscadas por el reino de Lebiatis. – Seriedad mostraban en esos momentos los servidores reales. – Son muy peligrosas. -

- Bonitas y peligrosas. – Corrigió el hombre. – En serio, si quieren encontrarlas, deberían seguir preguntando a otras personas. –

- No se preocupe, sabemos hacer nuestro trabajo. – Los guardias agradecieron la ayuda y partieron al próximo hostal que había en ese sector del oasis.

- Idiotas. – El hombre dejó a cargo a su hijo y partió escaleras arriba por el edificio. Subió tres o cuatro pisos, realmente no los contó. Miró el número que llevaba anotado en la muñeca y buscó la habitación que lo tuviera. – Aquí. – Paró frente a una puerta y golpeó despacio. – ¡Ya se fueron! – Avisó a quienes estaban adentro.

La puerta se abrió lentamente, solo un poco, y un par de ojos temerosos se asomaron por la pequeña separación.

- ¿En serio hizo que se fueran? – Preguntaron desde dentro.

- Yo cumplo lo que digo, niña. –

Fue entonces que la puerta se abrió completamente y Makoto salió fuera.

- Muchas gracias. – Fueron las escasas palabras de la castaña. – Usted nos salvó. –

- Lo hice por el dinero que me prometiste. – El tipo estiró una mano frente a la joven.

- Sí, dinero. – Makoto tenía que aprender que no todo el mundo actuaba de corazón. – Aquí tiene. – Entregó al hombre los últimos ahorros que tenía. – Gracias de todas maneras. –

- Bueno, no creo que estés tan agradecida de mí luego de lo que te voy a decir. –

- ¿De qué habla? –

- Tenerlas acá puede resultar peligroso para mi familia y para las personas que me rentan una habitación. – El hombre observó hacia el interior y encontró a la bruja sentada en un rincón. Sin pudor la apuntó, Makoto siguió su dedo y observó a su pobre compañera. – Todos están buscándola, todos quieren atraparla. Ella está maldita y no quiero que mi hostal quede maldito también. –

- Ella no está maldita. – Dijo la castaña defendiendo a la otra joven. – Simplemente no la conocen. –

- Como sea, me puede costar caro tenerla acá. – Así que el viejo había tomado una decisión. – Deben tomar sus cosas e irse hoy mismo. –

- ¡¿Qué?! – Tenía que estar bromeando. - ¡Nos salva de los guardias reales para luego tirarnos a la calle! –

- Son ustedes o todos nosotros. –

Makoto no pudo objetar contra esa frase. No encontró palabras, ya que la impotencia terminó por ganar su voz. Entró en la habitación y buscó un saco pequeño donde poner un par de mantas. No era necesario partir con todas sus pertenencias, solo iban a molestar.

- Ya vámonos, Ami. – Con el saco sobre su hombro tomó una de las manos de la peliazul, obligándola a levantarse de su asiento.

Las dos chicas abandonaron la habitación, pero el viejo tenía algo más que decirles.

- Tenemos una puerta que da con los callejones que hay detrás del hostal. Salgan por allí, así les darán trabajo a los guardias para encontrarlas. –

Makoto y Ami no tenían nada que perder. Andar por los oscuros callejones era mejor cuando uno trataba de escapar, así que decidieron abandonar el lugar por la parte de atrás.

- ¡Genial, simplemente genial! - La joven comerciante estaba sumamente molesta por lo ocurrido con el dueño del hostal. - Ahora no tenemos lugar donde dormir. - Notó que su compañera iba muy silenciosa. Bueno, más de usual. - Siempre que te quedas callada es porque algo anda mal contigo. – Comentó Makoto mientras avanzaban por los callejones de Lebiatis en medio de la noche.

- Me conoces tan bien. – Ami iba a su lado caminando. – Pero no es nada. –

Llegaron al final del callejón y la luz de la calle parecía amenazar su seguridad. Se quedaron en la parte de las sombras por unos momentos.

- ¿Una carrera hasta el próximo callejón? – Preguntó la castaña, sonriendo a su compañera.

Ami soltó una pequeña risita.

- No queda de otra. – La peliazul tomó ventaja partiendo primera. – ¡La que se queda atrás es la reina de Lebiatis! –

- ¡Tramposa! - Partió corriendo detrás de la otra chica. - ¡Yo no quiero ser una reina malvada! –

Aquella noche la bruja andaba libre por las calles del oasis.


Creo que eso es todo por ahora.

¡Gracias por leer!