Descarga de responsabilidad: Yuri! on Ice no es de la propiedad del autor, y esta historia tiene como único propósito el entretener sin ningún fin de lucro.

Advertencia: Yaoi. Depresión. Familia. No beteado.

Dedicatoria: A Roos, a GabiiSesshYue, a Yukipab, a Kykyo-chan, a RosseValderrey, a PauNeko, a IshidaRio, a fanitcg, a Bonnie, a Aiko Musume, a JessicaCaraya, a Mo Brown, a Aly-sama, a Blacklara, a guest 1, a guest 2, a guest 3, a Sofitkm, a Hanekochan, a Rebeca, a Nina Keehl, a Mourisan, a BrokenKilljoyHeart, a todos todos todos todos los que estuvieron conmigo, la lista es enorme, de verdad y mis ojos solo quieren llorar de felicidad.

Les debo los cronopios para mañana, aún no pongo el punto final.

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El punto de peligro máximo.

Por. St. Yukiona

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10.- Te amará por siempre inclusive cuando el por siempre ya no exista.

Capítulo final

—¿Se encuentra mejor después del accidente de hace un año? —pregunta audazmente uno de los reporteros y Viktor se tensa a su lado, puede sentirlo, el modo en que recompuso toda la postura y su rostro siempre amable tuvo de pronto un guiñazo que trató de recomponer casi de inmediato, casi porque él sí se percató de ello.

—Sí… a partir de ese accidente sobrevinieron demasiadas cosas que se habían estado guardando —responde Yuuri con calma, un sorbo, la verdad ante los medios se podía emular igual al tomar un sake cargado, la gracia era en no apresurarse demasiado, pero los reporteros presionan y sus ojos son los que le taladran, después de años de observar a Vitya sabe que lo mejor es solo ladear el rostro y sonreír, lucir un poco nervioso para hacerlos pensar que tienen el poder pero por dentro pensar fríamente—. Gracias al apoyo de mi familia —engloba la palabra para no dar pie a preguntas sobre su relación personal con su esposo, el morbo puede ser el peor de los enemigos en estos tiempos—, pude sobrellevar la situación, el daño hecho quedo solo como una cicatriz y una anécdota impactante para las amistades —comenta con calma—. No planeo volver a competir después de esta temporada, al menos no de forma regular —aclara pues es un ser nieve y escarcha y sería una mentira que se mantendría lejos, se dedicaría a trabajo de oficina y a subir las tallas del pantalón—, sin embargo, le debo mucho a esa familia que no conozco y me ha estado apoyando desde las gradas y quiero que se queden con un pensamiento positivo y de agradecimiento de mi parte, por tal motivo decidí ganar el Grand Prix… un último tributo a las personas que me han amado —sonríe antes de hacer una leve reverencia y sus ojos se desvían a Viktor que se ha puesto los lentes de sol.

Lo conoce, y por eso apenas espera a que las puertas del elevador se cierren para acorralarlo contra una de las paredes revestidas con terciopelo rojo y estampado color oro, cubrir su boca con la propia y sus manos enterradas contra los hombros del más alto. Una es la que sube hasta el rostro para quitarle los costosos lentes y hacerlos rebotar en el suelo, sosteniéndole del mentón para recorrer con la cresta de su lengua el surco que ha dejado el llanto contenido y que de pronto se desborda.

Llanto de felicidad.

Lagrimas de tristeza.

No le gusta ninguna de las dos modalidades en ese rostro que ha alabado por tanto tiempo y solo sabe consolarlo empujando sentimientos que hasta Viktor no había sentido por nadie. Nikiforov es injusto al saber las reacciones que ocasiona en su esposo, y lo que vendrá a continuación. Al día siguiente va a competir y se supone no deberían pero Yuuri siente la necesidad y DEBEN de.

Sólo es necesario un beso que clave cada aguja en el lugar preciso para que Yuuri desmejore su rostro y lo convierta en uno lleno de lujuria. Es extraño, pero Viktor sabe la dosis perfecta de dominación y devoción que debe invertir en ese cuerpo, la medida de voz exacta para estancar en los oídos del menor su existencia y que jamás lo deje fuera de él.

—Viktor —el tono es cascado y el ruso enloquece cual pendenciero a los pies de la catedral esperando por limosna. La fría boca del ruso se embriaga más de lo que ya se encuentra dejando una estela transparente con sabor a cerveza y sake, porque es ruso pero prefiere la degustación extranjera. ¿Qué no ha quedado claro? Sólo hace falta ver el japonés que se retuerce en sus brazos, ese que entierra sus dedos entre las finas sábanas blancas y las gotas de sudor perlan la almohada, la voz se contorsiona al igual que el cuerpo y las embestidas suben de intensidad. Son una maraña de pasión y amor, festejo y osadía. Mañana debe de competir pero los dos son irresponsables y responden al llamado de la juventud que nunca se les muere.

Por un instante de lucidez Yuri se da cuenta que la depresión no solo le iba arrebatar la vida, sino la vida junto a ese hombre que ama. Gime alto.

Juega al trapecista y va de un lado a otro, los cabellos se adhieren a su piel como la piel de Viktor se adhiere a la propia, y de pronto todos estamos adheridos a esa escena que arranca el aliento. Los ángeles callan sus coros y los demonios hacen silenciar a las doncellas que han robado mientras dormían, todos se mantienen a la expectativa mientras la intensidad del calor sube no solo en esa habitación.

Yuri gime alto.

Y vuelve a gemir mientras Viktor presiona su espalda, ahora no contra una cama sino contra la colchoneta con la que hace la elongación. En menos de diez minutos estará compitiendo y él solo puede pensar en cómo Viktor pasaba sus dedos enterrándolos en su piel.

La espalda le arde a ambos.

El trasero le duele a Yuri.

A Viktor se le adivina una sonrisa en el rostro.

Son complices de una travesura y a Yuri no le importa perder, a estas alturas de la vida solo le importa seguir volando.

—¿Estás listo?

—Hubiera estado bien que eso lo preguntarás anoche.

Ambos se vuelven a reír y la cámara capta la dulce escena que enternece al mundo terrenal. El más allá y el más arriba no se tragan la dulce escena pues han visto la lujuria de ambos plasmada en pasión y carne.

Caminan hombro con hombro hacia el destello blanco. La escarcha y el aliento se vuelven visibles y Yuri contiene el aliento como siempre antes de cada competencia. Logra ver los últimos momentos de la ejecución de Leo de la Iglesia, ha mejorado, pero Viktor lo lamenta porque su esposo es mucho mejor. Este año el americano tampoco podrá subir al pódium. Ambos esperan con paciencia a que las últimas notas de la selección musical del castaño terminen para sentir la ovación del público que truena en sus oídos. Yuri no se siente intimidado, le intimidaba más el despertar y bajar de la cama y eso no hacía ruido como para sentirse mal de escuchar cómo la gente dice amar al americano. Viktor le coge la mano y sus dedos se entrelazan antes de que Yuri salude a Leo y enseguida entre al hielo.

Sus sables recorren apenas cinco metros lejos del barandal y regresa, aún lleva puesta la casaca del equipo japonés la cual se saca cuando Viktor le ofrece la mano para recogerla. Yuuri la desliza por sus brazos con calma y cuidado para no tirar de la pedrería que recubre los hombros y parte del pecho brillantes pequeños que dan una ilusión de nieve sobre una tela color piel, de lejos pareciera que es el torso completo el que está desnudo y que es sobre la carne del propio Yuuri la que se encuentra escarchada pero en realidad todo es ilusión, en su cadera se pierde el color carne pues hay una falda que simula la parte inferior de un kimono color azul con llamativos trazos, el vuelo de es suficiente como para que el patinador tuviera libertad en sus movimientos, y abajo en sus piernas un pantalón negro de licra que se ajusta a las piernas bien trabajadas, los patines van a tono del color oscuro y los sables brillan recién lijados. La idea del vestuario salió de la representación del shinigami en el libro Ehon Hyaku Monogatari, donde se ve a una entidad con el torso desnudo y con una especie de taparrabo azul. Lo encontraron llamativo y como una "señal profética" dado que el color azul siempre había sido parte dentro de los diseños que usara el patinador, o en la mayoría de sus programas desde su infancia. Era el color que le recordaba al hielo, que le recordaba a los preciosos ojos de Viktor.

Si la gente reaccionó con el final de Leo, enloquecen cuando las cámaras señalan a Yuri y éste sonríe en el monitor general del foro. Viktor lo motiva para que salude al público y lo hace tímidamente. Enfocan a Viktor y el ruso hace sus conocidos ademanes.

—No podrás dejar de verme.

—Seguro que no —responde, responden, respondieron y todo el foro se hunde en un éxtasis cuando la voz del presentador anuncia a Yuuri Katsuki, que con brazos abiertos puede recibir a la muerte en ese momento, sin arrepentimientos; que en con brazos abiertos está recibiendo a la vida en ese momento, sin arrepentimientos.

Hungarian dance No. 5 – Johannes Brahms

La vida es agua y espuma que se desborda cada vez que se agitan un poco dentro de un mar, tempestad y tormenta que azota, a veces temblando entre olas alegres otras entre violentos aguaceros, la vida es agua y espuma y encuentra su quietud solo en la muerte, pero incluso en ella se adivina una exquisita simpleza que poca gente entiende, ni siquiera una vida bastaría para un lograr a comprender el tortuoso y delicado proceso que es la muerte. Un delicioso rictus que a veces dura un segundo para después prolongar el descanso una eternidad. Simple y perfecto, todas las muertes son igual, no existe error en ella; Yuri, los depresivos y los marginados entienden de ello. Pero también entienden de la vida.

Toda su existencia fue simplicidad a detalle. Nada extravagante, nada llamativo. Fue Viktor el que hizo un carnaval a tratamiento su padecimiento, sino hubiera sido por Viktor, Yuri quizás habría tenido un modesto suicidio seguido de un humilde funeral, pero ahora… ahora celebraba su recuperación con pompa y trombón.

Lo más simple siempre es dejado de lado, es sobrevalorado porque es obvio que se puede obtener, pero Viktor ha caído en cuenta que no es lo mismo con las personas. Mucho tiempo se preguntó porqué Yuuri había permanecido solo en todo ese tiempo, en un principio había creído mediante un pensamiento ególatra y vanidoso que se debía a él: al amor inconmensurable que le había tenido durante años, sin embargo, se da cuenta que Yuuri es simple y la gente no sabe lidiar con eso. La gente rehúye de eso y en el proceso Yuuri había aprendido que era mejor alejarse y mantenerse al margen para no tener que soportar el perder a las personas, vertiendo su amor en una figura que parecía inalcanzable pero que en realidad solo era contenedor a sus sentimientos. Emulando cada uno de los aspectos hasta que se volvió en un genio con una fragilidad humana.

Todos dicen que Viktor es un genio, qué equivocados, el genio es Yuuri.

Pues con sus movimientos simples logra llenar de fascinación y elegancia a algo tan austero y obsceno como es la muerte, la llenan de alegría junto con las notas que te hacen pensar que es una muerte demasiada viva. De pronto ya no renace, solo está, y donde todos quieren encontrar misterios, Yuuri logra explicar el proceso de modo sencillo: Solo basta cerrar los ojos y aguardar. Se desliza cerca del borde de contención de la pista y tiene a la gente a la expectativa pero apenas es su sombra la que roza aquella cerca pues conoce demasiado bien su territorio que aún con los ojos cerrados sabe sus límites, los límites físicos, porque los límites mentales ya los superó hace mucho. Ahora solo es él siendo un animal que se alimenta del frío y es moribundo en su propia estadía en la existencia. Es uno con la música y siente al shinigami debajo de su piel, ese que se encargó de llevarlo al borde. Pero allá, con ojos estáticos y expectantes ve la luz. La sonrisa aborda sus labios y sus manos se mueven cuales corrientes de aires hacia Viktor que tiene sus propios dedos presionando contra sus labios, una forma estúpida por aguardar el llanto que ha empezado a escurrir por sus mejillas y todos están extasiados.

Todos dicen que Viktor es el genio.

Yuuri se entrega y la música eleva a todos, los deja flotando con el rigor de la expectativa que muere casi al mismo tiempo en que las últimas notas obligan al hombre ahí caer al hielo con una rodilla rozando y las manos despeinando desesperado su cabello para después solo abrazarse y desde esa posición, desde los infiernos, desde los avernos de su locura, elevar en un axel doble, un loop sencillo y el cielo enloquece, el mundo enmudece y Viktor solo pudo contener el aliento, un salchow cuádruple. Pierde apenas un desliz el equilibrio pero es una nada al punto que los comentaristas alrededor del mundo que siguen el programa del japonés le han puesto de una la medalla de oro sobre el cuello al tanto él colapsa en un éxtasis que apenas cree mientras que todo a su alrededor decae con él. Una sonrisa se dibuja en su rostro al tanto se relame los labios, las manos han quedado sobre su pecho y un patín delante del otro, la mirada clavada en la luminaria que le alumbra desde arriba. Ve pequeños destellos verdes, amarillos, azules, todos los colores y parpadea dándose cuenta que habían pasado años desde la última vez que se sintió de esa manera. Aspira un momento la gloria para enseguida erguirse con mano que recoge los aplausos, haciendo agradecimientos humildes, inclinaciones y reverencias repetitivas al tanto las flores le llueven.

La pista blanca se vuelve roja, y la ilusión que le daba la idea de la muerte se siente real. Se palpa el rostro está húmedo y no por llanto, sino por sudor y esfuerzo.

Todo ha valido la pena.

Se desliza lentamente tratando de recordar cómo se llama, qué hace ahí y por qué siente que la realidad flota con purpurina y magia a su alrededor y alrededor del hombre que lo espera en el muro con una sonrisa que evoca todo lo bueno y lo malo, todo lo mortal, todo lo que el cosmos esconde detrás de su estrella más bonita. Es la mano de Viktor la que se alza de inmediato apenas Yuri llega, seca el sudor, besa con presura los labios de su marido y se dejan ir. Sus frentes chocan y los alientos acelerados, robados y sinuosos se descomponen juntos.

—¿Recuerdas que te dije que cuando ganarás te iba a preguntar algo? —azuzó contra esa boca.

—Aún no he ganado.

—Claro que lo has hecho —y ambos se sonríen uno sobre el otro.

—¿Qué es eso tan importante?

—¿No crees que ya es tiempo de despertar, Yuuri?

De una bocanada el hielo debajo de sus sables se agrieta, se abre, se parte y el frío le consume hacia la oscuridad que hay en el fondo, ni siquiera el shinigami en él logra sacarlo porque él solo sabe caer, y lo empuja más hacia abajo. La sensación de la densidad de su cuerpo haciendo juego con la gravedad y el aire que se volvía menos ligero, desde la baranda de protección Viktor se recarga para regalarle una última mirada y Yuuri abre de golpe los ojos.

Yuko se acerca hasta él acercándole un balde de metal donde el moreno se precipita para devolver el estómago, y la boca se le llena de un sabor nauseabundo –leche expuesta al sol, queso fermentado sin conservadores, fruta podrida y alma rota-, hace rebosar el trastos y Yuko espera que se detenga rápido o tendrá que llamar al doctor, las arcadas siguen y Yuuri tiembla. El llanto se precipita efervescente en sus ojos y la falta de Viktor le llena las entrañas. Todo en él es un manojo roto que sigue vomitando, y alienta a querer morirse de una puta vez. El mundo le colisiona y Yuko solo le acaricia la espalda. La intravenosa directo a su vena tiembla por los movimientos erráticos en su cuerpo y todo colisiona, un mundo contra otro, las estrellas se desinflaman y el polvo estelar que hay en su cuerpo de a poco se disipa gracias a las ventiscas que la desesperación provoca en revuelo dentro de él.

—Calma, Yuuri.

—Viktor… —gime desconsolado apartando la charola metalica queriéndose incorporar sin lograrlo, está demasiado débil y el rostro se le deforma. Ya está demasiado cansado como para seguir encubriendo la miseria que ese momento asalta su cuerpo. Cae exhausto y Yuko solo le acaricia la cabeza para tratar de consolarlo.

Apenas y sirve para que los espasmos producidos por el llanto cedan de a podo al tanto sus labios los empieza a relamer, su mirada se pierde en el azul del cielo y sus muñecas pican. La mano que no tiene puesta el suelo seca sus lagrimas que caen, de a poco se va volviendo consciente de que todo había sido un sueño, uno inducido posiblemente por algún medicamento y si gira un poco la mirada se da cuenta que está en un hospital. Hay un montón de flores, todas azules, y sobre el buró a lado de la cama, además de ese desagradable traste con su vomito hay un pedazo a medio comer de pastel de melocotón sonríe por un momento, y vuelve a secar las lagrimas que quedaron rezagadas para entonces sentir el frío anillo raspar ligeramente, los ojos avellana se clavan en esa pequeña joya, y la magia se produce nuevamente.

La felicidad no es un estado perpetuo.

Solo son pequeños fragmentos de vida.

Quizás la depresión jamás se iría, pero siempre habría pequeñas pistas que harían la existencia más llevadera.

No hay marcas, no hay sangre derramada.

Solo la vaga sensación de que al menos algo bueno pasó en su vida.

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—¡Papi! ¡Papá no se quiso comer el helado que Yuki le dio! ¡Papá es un grosero! —entra corriendo un niño al que le cuesta trabajo caminar debido a la cantidad de abrigos que lleva encima, va peleando con la bufanda mientras que avanza hasta la cama donde se detiene y observa con ojos dedicados al moreno que se encuentra ahí recostado.

Yuuri desde la cama le regresa la mirada pero agrega una sonrisa y extiende una mano, la que no tiene el suero y el meno entiende la indicación pues de inmediato parte a ese lugar, ese pequeño cobijo, impulsándose con las dos manos hacia la cama donde se sienta para sacarse como puede las botas para nieve y enseguida se acurruca debajo de las costillas del expatinador que sonríe ante la presión que su hijo hace contra su cuerpo.

—¿Entonces papá no quiso comer de tu helado? —pregunta acariciándole la cabeza oscura. Los ojos verdosos le miran desde su escondite y se remueve por completo, el japonés deduce que está negando y Yuko ríe aún acomodando las flores en las que se ha entretenido.

—¡Yuki! —llama Viktor que está entrando a la habitación, agitado y sonrojado por el frío abrazador de la estepa blanca que es Hasetsu en invierno, es menos densa y peligrosa que el frío ruso, pero su piel sigue reaccionando.

—Bienvenido —saluda Yuuri con una tímida sonrisa, misma que es devuelta por el ruso que lleva un ramo de flores.

—Venimos enseguida terminamos la practica —contesta antes siquiera de que le pregunte su marido sobre el porqué llegaron media hora tarde.

—Me lo imaginé, no se preocupen —su mano sigue acariciando el cabello sedoso del menor que ahora acurrucado contra él parece removerse más, siente ligeros rastro de humedad y sabe que la practica como siempre con Viktor tuvo que ser espartana, sin embargo, él mejor que nadie sabe que las decisiones que Viktor toma siempre son por un motivo mayor, aunque sean radicales y egoísta.

El ruso se sienta a su lado y lo ve animado mientras Yuko le informa que el médico ha dado la alta para el día de mañana. Menudo susto el que las pastillas para dormir metieron a todos cuando de pronto durante una de las practicas dos días atrás Yuri sencillamente se había desvanecido golpeándose en la cabeza y ocasionando una pequeña contusión, lo habían dejado internado debido a los mareos y el vomito todo tratándose de una reacción adversa de aquel fármaco. Los ojos de Yuuri se posaron en las manos de Viktor que se movían nerviosas, sin importar los años que hubieran pasado desde su alta por parte del departamento de psiquiatría con respecto a su evaluación sobre la depresión, Nikiforov parecía seguir poniéndose ansioso cuando la palabra "hospital" y "Yuuri" se encontraban en la misma oración, lo único que le quedaba al moreno era colocar su mano sobre la de su esposo y hacer una suave presión para hacerle saber que estaba ahí. Le sonríe con amor y Viktor se ve interrumpido por ese rastro de luz que cada tanto redescubre en su esposo, devolviéndole el gesto para enseguida retomar su conversación con la amiga de la infancia de su Yuuri.

—Sabes —comienza Yuuri mientras Yuki atrás se acomoda en su asiento, Viktor se abrocha el cinturón de seguridad—. Tuve ese sueño… el del último Grand Prix.

—¿Dónde te pregunté si querías ir a hacer correr los documentos para… —sus ojos se desviaron hacia el menor con el que él comparte apellido pues legalmente el matrimonio estaba registrado con el apellido de Viktor, todo por fines financieros de beneficio al conyugue y el ahora hijo adoptado dentro de los parámetros de la relación.

—Sí… pero en lugar de preguntarme sobre… —Yuuri mueve sus ojos y Viktor obvia la respuesta pero igual ríe fingiendo no entender ganándose un suave empujón por parte de su pareja—… me preguntabas si no quería despertar ya… era curioso… porque de pronto sentí como si Viktor se despidiera ¿sabes cómo?

—Hmp…—el ruso tuerce los labios dejando un dedo sobre estos. Sus ojos se desviaron hacia la manta blanca que es el panorama por el frente desde el interior del auto—. Sé a lo que te refieres… despertar con esa sensación de vacío pensando que no estás… —Yuuri afirma con un movimiento de cabeza—. Supongo que es tu culpa por querer dejarme solo.

—¡Viktor!

—No se te quita lo egoísta, me da gusto que por lo menos el "Vitya de los sueños de Yuuri" tenga el valor para dejar a Yuuri y darle su merecido —recalca encendiendo el auto—. Porque este Vitya no planea dejar jamás solo a Yuuri…

—¡Yo tampoco quiero dejar a papi!

—¡Exacto! Yuki y Vitya aman a papi —dice efusivo Nikiforov agregando una risa que a Katsuki le suena cómo música, sospecha que fue la misma música que motivo a Viktor a acercarse por vez primera hasta él. La risa de Viktor y la de Yuki hace eco todo dentro antes de que cierre sus ojos por un instante.

Porque claro estaba, Vitya estaba lejos de ser el dios que había mantenido en un pedestal durante gran parte de su vida –historia pasada ahora— y agradecía en sobre manera el japonés que no fuera de esa manera, porque de lo contrario no hubiera aprendido a amar un poco más a ese hombre de sonrisa esplendida y mirada coqueta, no hubiera aprendido a amar cada defecto de su impetuosa e intensa humanidad, porque de Vitya podía sacar una lista de mil razones para detestarlo pero de cada diez encontraría solo uno que fuera suficiente para quedarse con él hasta el final.

Hay diez razones para no casarte con él.

Pero uno solo que es válido únicamente para Katsuki.

—¿Cenaremos katsudon esta noche, verdad? —pregunta Viktor saliendo por fin del estacionamiento del hospital.

—¡Pero el katsudon es para festejar cuando ganamos! —replica el pequeño Yuki que cierra de golpe la revista que leía.

—Por eso mismo hay que festejar, Yuki, papi acaba de ganar.

Motivos por los cuales vivir.

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Quien los ha amado a lo largo de estos meses.

St. Yukiona.

"Gracias, por todo"