Feliz año nuevo 2015!

Espero que tengan un buen inicio de año, y qué mejor manera de iniciarlo que con una actualización de mi fic consentido... ojala les guste, demás que festejo de cinco años como escritora.

De nuevo digo eso sobre los saltos en el tiempo: cursiva es pasado, script es presente o actual.

NOTA: TENGO ALGO MUY SERIO QUE HABLAR CON TOOOOODOS LOS FANS DE ESTE FIC AL FINAL, ASÍ QUE NO SE SORDEEN Y LEAN LO QUE TENGO QUE DECIR, PORQUE DEPENDEN DE ESTO LAS ACTUALIZACIONES.

.

.

Capítulo 10: Siempre hay una esperanza. (Primera parte)

"Y ahora que sus ojos de rubí se fijan en el oro, no pueden ver a sus lágrimas,

Porque parece que están riendo en lugar de llorar.

Es un recordatorio constante que me dan, de la capacidad humana de crear algo bello,

incluso cuando las cosas están en oscuridad ".

Cómo robar la espada de un dragón.Cressida Cowell

.

.

Su estadía en berserker se había prolongado más de lo esperado.

Ya eran casi dos meses desde que arribó. Ya se había predispuesto a esa aburrida y tediosa rutina.

Lo más interesante que había vivido habían sido las cenas a las que Dagur la "invitaba", sólo teniendo la oportunidad de hacer breves recorridos por la fortaleza.

Pero ahora tenía la oportunidad de verse con el amor de su vida.

-¿Segura que dará resultado? –preguntó Sotma.

-Desde luego. –afirmó Karena. –Es un buen plan.

Astrid la miró detenidamente, esa chica, aunque lo reprimiera, tenía madera de líder.

-Durante la cena, yo le daré a Hipo un recado, y se verán en la colina del Sur, a esa parte no van los guardias porque es muy difícil subir.

-Pero tengo entendido que Hipo no tiene una pierna ¿Cómo subirá? –preguntó la mucama.

-Con la ayuda de un dragón. –contestó Astrid, sonriendo, esperanzada de que llegara esa noche.

-Así es. –dijo Karena. -Mientras tú vas a ver a tu esposo y… se portan mal. –jugó un poco, haciendo que la hooligan le diera un golpecillo, provocando que Sotma se riera un poco también. –Yo vigilaré que Dagur no se acerque a la recamara, con darle su té de hongos estará más que ocupado.

La rubia se sintió confiada, pero un detalle regresó a su mente.

-¿Y si llega a venir?

-Descuida, eso lo tenemos contemplado. –dijo Sotma, descubriendo la tela sobre su cabello, demostrando una trenza igual a la de Astrid.

-Sotma estará en la habitación, fingiendo estar dormida. –comentó. –Mientras que tú te haces pasar por ella, de esa manera podrás salir sin que se te cuestione. –indicó, mientras le daba una muda de ropa parecida a la de la mucama.

Astrid miró esas pertenencias, sonriendo. La idea le convencía.

Por otra parte, Karena estaba feliz de ser la cómplice de un amor. Ella hubiera dado lo que fuera porque alguien la hubiese apoyado de esa forma.

.

.

.

Por insistencia de Dagur, él se quedó dentro en la habitación mientras la comadrona inspeccionaba a la rubia.

La mujer dejó indicaciones, dándoselas a Sotma, le habló en secreto al oído y se marchó.

-¿Y bien? –preguntó Dagur cruzado de brazos. La mucama no quiso decir nada. –Tu jefe te ha hablado, responde.

Astrid había despertado, tenía ligeras lágrimas secas en sus mejillas, y un rostro inexpresivo.

-Astrid… -comenzó pausadamente.

-Lady Camicazi para ti. –corrigió impaciente y fastidiado de que no le hablaran de la manera en que en realidad se llamaba

Sotma se aclaró la garganta, hiperventilándose. –Lady Camicazi está… enferma…

No había escapatoria, no podía ocultarlo más, se iba a desatar una guerra de poderes, pero no podía callar más, Sotma iba a decir algo más pero Astrid se adelantó, demostrando su valor.

-Estoy embarazada.

Por fin se habían dicho esas palabras, rompiendo la incertidumbre, abriendo paso a una peor.

Dagur volteó a ver a la fémina que estaba sentada en la cama.

Brutilda abrió la boca a manera de sorpresa e incredulidad.

Karena comenzó a sudar frío.

Sotma cerró los ojos, preocupada.

-¿Desde cuándo lo sabes? –preguntó furioso, acercándose con el arma en mano.

-Hace un par de días. –habló sinceramente, manteniéndose firme en su carácter.

Dagur miró a las mujeres, golpeó a Sotma. – ¡Te ordené claramente decirme todo lo que ocurría con mi esposa!

Karena se alarmó con las bofetadas que veía le daban a su amiga.

-Deja de hacerle daño. –amenazó Astrid, poniéndose de pie, interponiéndose para sujetar fuertemente su mano, impidiendo que continuara. Dagur la miró con locura, sus ojos estaban por salir de sus órbitas, al grado de que por primera vez, la rubia sintió verdadero pánico de él

Se zafó de su agarre abruptamente.

-Sálganse de la habitación. Hablaré con… ésta.

Las tres chicas se miraron entre ellas.

-¡Ahora!

Astrid se tocó su vientre, tratando de proteger a su bebé, pidiéndole fuerzas y control para no matar a Dagur en ese momento.

Las mujeres dirigieron su mirada a la lady, esperando que ella les asintiera para salir del cuarto.

-¿Cuánto tienes con ese bebé?

Astrid tragó duro.

-No lo sé.

-Dime la verdad. –demandó en un grito.

-Te digo la verdad, no lo sé. –repitió, comenzando a ponerse nerviosa.

Dagur comenzó a andar, apuntándola con el hacha doble que portaba, poco a poco se acercó, al grado de señalarle por completo en el vientre.

-Si quieres que esa cosa viva, más te vale que sea mío.

Astrid empañó su mirada… ese bebé no podía ser de Dagur. No.

-Puede que sea mío, ¿verdad? –dijo con voz calmada, bajando el arma, razonando sus palabras.

La rubia estaba por desmentir esa aberración, pero Dagur no le permitió hablar.

-Porque si es del muerto ése, de una vez te digo que te daré dos opciones. –ofreció, indicando con sus dedos el número dos. –O te golpeo tan fuerte hasta que pierdas a ese bastardo y la oportunidad de tener más hijos, o espero a que nazca, y yo mismo le doblaré la cabeza, la cortaré, la pondré en una estaca afuera del castillo principal de Berserk para que la veas todos los días de tu vida y le daré los restos a los jabalíes de las montañas para que devoren la basura que es ese engendro.

Con cada palabra, Dagur apretaba más el hacha y la presionaba más sobre el vientre de la embarazada, dejándole una marca aún por encima de la ropa.

-No… -alcanzó a susurrar, tratando de alejarse del filo.

-¿Cuánto tiempo tienes de preñada? –preguntó por última vez.

Hofferson quería golpearlo completamente. No podía aguantarlo un segundo más, pero ya no podía pensar en ella ni en su hastío por Dagur, debía pensar en su hijo, su bebé, en el fruto del amor de ella e Hipo. Se arrepentía de haber impedido que Heather y Cizalladura lo hubiesen matado tres años atrás.

Tomó aire, sintió su garganta entrecortarse más, pero Dagur, demostró no ser tan idiota.

-No me lo digas… no quiero una mentira.

Después de decir eso, bajó el arma, y salió de la habitación. Afuera estaban Karena y las otras dos rubias, quienes cayeron al ver que Dagur salía de allí por estar recargadas en la puerta tratando de escuchar.

-Mujeres chismosas. –ahuyentó el jefe, caminado de prisa.

-¿A dónde vas? –detuvo Karena, pero su hermano se zafó.

-A salir de dudas, quiero saber ahora mismo si ese hijo es mío o no. –dijo con furia caminando de prisa.

Había un guardia cerca de allí, por lo que le tiró un golpe. –Ve por una comadrona, rápido; la mejor que exista en todo berserker.

El vikingo asintió, acatando la indicación.

-Mientras tanto, tú y las dos esclavas se quedan en esa habitación conmigo, no dejaré que alertes a nadie. Nadie me puede mentir en esto. Si ese nonato es de Hipo, dile a Camicazi que se vaya mentalizando que no vivirá ni siquiera para dar su primer respiro.

La castaña asintió, preocupada por su amiga, entrando a la habitación como Dagur le había ordenado.

El corazón de Astrid latía fuertemente, bombardeaba una y otra vez cual aleteo de las alas de un Gronckle.

Había sido demasiado para ella, quería caer rendida y dejarse morir… pero un ligero movimiento, como si sintiese pequeños intentos de burbujas en su interior le hicieron sonreír levemente. No estaba sola, ya no lo estaría.

Se acarició el vientre, a sabiendas que había una esperanza dentro de ella.

-La esperanza de Berk. –murmuró entre dientes, con orgullo.

.

.

Los desperfectos que habían resultado de la batalla se habían contabilizado. En los días anteriores, Hipo había iniciado la restauración de las casas y barcos quedamos, además de la fundición del metal de las armas berserker; de momento.

-¿Cómo va todo, Mi lady? –preguntó el jefe situándose al lado de la rubia en ese escritorio.

La rubia se sobresaltó debido a que empezaba a cabecear por el sueño.

-Bien, sólo falta saber si algunas catapultas resultaron dañadas. –informó, volteando a verlo.

-No son tantos daños como creí.

-Así es.

Ambos se quedaron viendo los datos que había allí, hasta que Hipo sacó un papel que estaba por debajo de otros empalmes.

-¿Y esto? –preguntó, observando.

-Son los planos para arreglar la estatua en honor a tu padre. –informó la rubia, feliz. –Son los mismos que hiciste a la primera, sólo que con ayuda de Bocón le agregué los…

No pudo continuar con la conversación porque su esposo se levantó.

-No sé si sea buena idea continuar con la estatua, es un blanco fácil para apuntar.

-¿Qué dices? –preguntó Astrid. –Desde que la pusimos, todo Berk se siente inspirado.

Hipo se sintió mal por pensar en eso, pero realmente le dolió ver que la estatua de su padre destruida Dagur.

-Hay que repararla, después de todo es sólo piedra. Es más, yo me encargaré de repararla, y cada vez que alguien ose destruirla o dañarla, yo misma la repararé. –dijo decidida, poniéndose de pie, al lado de él.

Hipo sonrió, por eso y más es que la amaba demasiada.

.

.

Su esposo acababa de irse, y ella justo terminaba de levantar la estadística de las reparaciones a realizar en Berk, cuando alguien tocó a la puerta. Sólo estaban ella y Tormenta en la casa.

Así que abrió la puerta y sonrió al ver que se trataba de su tía.

-Adelante, pasa. –indicó mientras colocaba una silla.

Gylda puso en la mesa un morral que su Terrible terror portaba.

-Sé que has estado muy ocupada, y que desde lo de la boda y el ataque, pues… no habías tenido oportunidad de pasar por él, así que te lo traje yo. –dijo, pero corrigió cuando el dragoncito azul respingó. –Bueno, que Leif y yo trajimos.

Astrid agradeció.

-Sí, lo sé, perdona por dejarte mis cosas en tu casa, pero…

-Pero la vida de casada te ha mantenido ocupada. –terminó su frase, dándole un sorbo a esa bebida que Astrid le ofrecía.

Siguieron hablando de un par de cosas más, hasta que la mujer se atrevió a preguntar algo más.

-Hipo fue muy valiente al defenderte de Dagur, ¿no crees?

La recién casada sonrió con orgullo. –Sí. Él me tenía casi contra el piso.

-¿Y por qué?

La rubia se incomodó al recordar eso.

-Me preguntó que si el medallón que traía era de mi mamá. –murmuró, Gylda se puso alerta. -¿Crees que sepa algo de mí, o mi pasado?

La mujer rubia negó.

-No creo, él debía tener a lo mucho cuatro o cinco años cuando tú naciste, así que no te preocupes, además, no hay manera de comprobar que él y tú estuvieron comprometidos. –dijo despreocupadamente, cosa que tranquilizó a la muchacha. –A propósito, ¿Hipo y tú han hablado sobre tener hijos? –preguntó entusiasmada.

La chica se ruborizó un poco.

-Tía. –reclamó por andar de entrometida. –Ya bastante hacías presionando al pobre cada vez que nos veías, diciéndole que cuándo nos íbamos a casar, y ahora a dos semanas de la boda vienes a preguntar sobre bebés.

-Lo siento, pero es algo que todo Berk y yo queremos ver, un heredero, una esperanza.

La rubia miró a otro lado, claramente incómoda de que husmearan en su vida privada, ya suficiente bochorno había sido cuando les mostraron a los jefes de los clanes las sábanas manchadas de sangre después de la consumación de su matrimonio en mañana después de la batalla con Dagur. Ni ella ni Hipo habían hablado sobre tener hijos, era claro que iba a pasar, en realidad quería que pasara, y pensando en las palabras de su tía, no sería una mala idea, total, la mayoría de las parejas tenían hijos justo a los nueve meses de casados.

-Aunque pensándolo bien, quizá tengas razón. Tal vez sea bueno esperar un poco.

Ese nuevo comentario volvió a internar a la chica en los pensamientos de su tía.

-¿A qué te refieres?

-Pues, no es que me meta en sus vidas, pero pensando en Hipo y todo lo que ha pasado, un hijo le caería de sorpresa además, aun no se acostumbra a las responsabilidades de jefe, hace frente a las batallas y además viaja a menudo hacia la firma de tratados.

-Un hijo sería una preocupación más. –susurró Astrid, no queriendo que su tía la escuchara.

Hoffeson, al ver que su sobrina se tomaba a pecho ese comentario, trató de solucionar un poco.

-No creas todo lo que digo, hija. Es una decisión que tú y él deben tomar. Tú tío Finn y yo decidimos esperar un poco, y final… no pudimos tener hijos. –confesó, recordando con dolor algunas cosas

-La verdad no me siento muy segura al respecto. –sinceró. –No me veo con un bebé, pero… supongo que será lo que los dioses digan.

La mujer negó.

-No siempre.

-¿Qué quieres decir? –preguntó curiosa.

-Hay maneras en las que puedes evitar embarazos si no deseas uno de momento, muchos matrimonios los llevan a cabo ¿Recuerdas la plática que Valka y las demás mujeres te dimos la mañana de tu boda? –preguntó.

La fémina asintió.

-Hay muchos, creo que debí hablar contigo antes de que te casaras. Por algo soy curandera. Lo más recomendable son las hierbas, se toman en un té una vez a la semana. –dijo, entregándole una bolsita de tela con el contenido.

-¿Qué es esto?

-Las hierbas que te dije, le pones una pizca, las pones a hervir, agregas miel, y te olvidas de un bebé, de momento… porque yo quiero sobrinos. –amenazó al final, guiñándole un ojo, poniéndose en pie.

-Ah… no estoy segura sobre esto. –confesó algo ruborizada.

-Me alegra, mejor háblalo con Hipo, así no tendrán problemas. –sonrió, poniendo a Leif en su hombro, preparándose para salir.

Cuando su tía salió, se quedó observando esa bolsita que le había dado… ¿sería bueno que evitara embarazos?

Tormenta la vio indecisa y preocupada, así que le trato de empujarla con su cabeza.

-¿Qué dices chica? ¿Crees que estamos listos para tener un…?

Ni siquiera pudo terminar la frase porque entró su esposo todo mojado y agitado.

-¿Qué sucedió? –preguntó al ver que cojeaba un poco.

-Nada, no te apures, no creí que estarías aquí. –dijo sentándose en la silla. –Estábamos reparando el muelle, pero los gemelos…

-Con eso me dijiste todo. –interrumpió, pasándole una tela para que absorbiera la humedad, ayudándole un poco. -¿Cómo pasó?

-El muelle estaba casi listo, pero ellos están enseñando a los novatos a montar los Cremallerus y en una de esas, le aventaron una chispa a la madera y…

-Explotó. –terminó.

-Así es, varios caímos al agua, pero todos salimos afortunadamente… -resopló, sacudiendo la cabeza para que el agua escurriera de su cabello. –Justo cuando pensé que había un pendiente menos. No podría con otra presión más. –dijo, recargando su cabeza en la mesa.

"No podría con otra presión más"

Esas palabras le dieron a Astrid las armas que necesitaba para tomar la decisión de postergar ese embarazo al menos hasta que ella e Hipo hablaran.

-Iré a cambiarme y secarme bien. –dijo, al ponerse en pie y andar por las escaleras hasta subir a su cuarto.

-Adelante, ve. Mientras te prepararé la cena.

Hipo solo le dio una mirada amorosa y un beso en la mejilla.

-Gracias.

El castaño se marchó y la rubia quedó pensando nuevamente.

Un bebé alteraría a Hipo y su labor en Berk, además de ser un factor que le quitaría tiempo a él y ella, sin mencionar que ella quería seguir montando a Tormenta y entrenando, además de usar hachas y dagas cuando hiciera falta.

Observó nuevamente esa bolsita, tomando la decisión de decirle a su cuerpo que no se embarazara.

.

.

.

-¿Cuándo fue la última vez que sangró, Lady? –preguntó la comadrona, curiosamente la abuela de Sotma, tocándole el vientre.

Astrid se mordió el labio, incómoda.

-Hace dos lunas.

-¿Nauseas? –preguntó, tocando ahora sus hombros.

-Sí, sólo en las mañanas.

-¿Mareos? –continuó suspicaz.

-También.

-¿Insomnio?

-Desde que puse un pie en esta isla. –finalizó tajantemente, observando furiosa a Dagur.

La anciana le indicó que se recostara, mientras que le pasaba las manos por los costados, a la altura de su pecho, inspeccionado su torso, notando que su busto también había crecido un poco, al igual que las caderas se habían enchanchado.

-Es todo, lady Camicazi. Puede sentarse. –dijo con respeto.

Cuando la comadrona se alejó un poco para lavase las manos, el jefe se mostró impaciente.

-¿Y bien? –preguntó.

-Está embarazada. –reafirmó, secándose con una tela –Desde hace días que la vi lo supe, ella irradia luz y esperanza en medio de la miseria en la que vive. –comentó con total naturalidad digna de una mujer mayor.

-No te contraté para me dijeras algo que otra de las tuyas me dijo antes. –comentó fastidiado. -Lo que quiero saber es cuánto tiene preñada.

-Las hembras de los animales se preñan, ella está embarazada. –corrigió con diplomacia, algo raro en una esclava.

-¿Cuánto tiene? –exasperó finalmente, apuntándole con la espada.

-Si ella no lo sabe, ¿Cómo he de saberlo yo?

-No juegues con tu jefe, anciana. –amenazó. -¿Cuántos meses tiene mi esposa de embarazo?

-El vientre no está abultado para precisarlo, y por la anchura de las caderas me atrevo a decir que…

Astrid empezó a sentir su corazón mucho más fuerte en el latir, en cuanto al resto de las chicas se pusieron nerviosas también, incluyendo a Brutilda que no tenía idea de nada.

La comadrona vio a las mujeres de reojo, en especial a Sotma y sonrió. -…que Lady Camicazi no tiene más de un mes con la criatura dentro de ella. –dijo con neutralidad.

Dagur soltó la espada, sonriendo triunfante y victorioso. Ya nada le haría sentir mal, había vencido, sólo le faltaba una cosa: matar al Furia Nocturna.

Las mujeres ni suspiraron por miedo a ser descubiertas, pero en sus adentros dieron las gracias y brincaron de felicidad.

-Si no hay más por el momento, me retiraré. –comentó la comadrona, a la que Astrid le debía la vida y la de su bebé.

Dagur se acercó a su esposa, le tomó las manos y con libertad autoproclamada le tocó el vientre, provocando un asco en la rubia.

-Mi heredero. –susurró emocionado, incluso Astrid sintió remordimiento por mentirle, pero desechó esa idea bondadosa de inmediato. Quería desmentir esa aberración que había dado la mujer, pero tras las miradas de Karena y Sotma entendió que era bueno que creyeran que el bebé que crecía dentro de ella, era un berserker, al menos hasta que encontrara la manera de escapar.

-Lo único que diré es que esta mujer debe descansar. Tomar aire fresco le hará sentir bien, y debido a los cambios en su vida que ha tenido, se recomienda abstinencia durante el embarazo, es de mala suerte. –encomendó mientras salía de la habitación.

El jefe le besó las manos a la rubia.

-Tú, plebeya, toma nota de todas las indicaciones que esa señora te dé, quiero que Camicazi esté sin ningún problema mientras mi heredero se desarrolla, ¿verdad, Lady mía? –se dirigió a la rubia para darle un, beso, pero ésta volteó el rostro, depositándolo en su mejilla.

La melliza de Brutacio asintió. El jefe tuvo una idea, para demostrar que estaba en lo correcto.

-Tú, ven acá. –dijo

Dagur resistió sus locas ideas, entendiendo ligeramente que su esposa pasaba por un momento difícil, lo cual… obviamente disfrutó.

-¿Ves? Ese bebé es mío… y no del cojo muerto. –provocó.

Tras escuchar esas palabras, empañó su mirada de nueva cuenta.

-Seis años con él y nada…. Y yo, a la primera, te preñé. –sonrió, poniéndose de pie. –Cómo has cumplido como mujer, esposa y jefa, puedes salir de tu habitación, pero claramente jamás abandonaras Berserker, de lo contrario, mato a estas tres mujeres que están aquí. –amenazó, señalándolas. –Aunque a decir verdad, ya no tienes nada a qué escapar, porque tu querido Berk ya no existe. Es más, mandaré que te traslades a mi recamara.

Karena se asustó un poco.

-Recuerda lo que dijo la comadrona, Astrid ni tú pueden… intimar. –dijo con respeto y reserva.

Dagur chasqueó con su boca, a fin de cuentas, ella tenía razón.

-Aprovecha que haré algunos viajes en las próximas semanas, porque regresando, no permitiré que sigas de chiflada, es hora de que seas mía en todo sentido, especialmente ahora que me darás un hijo, y por tu bien, más vale que sea un varón, después de todo, la última mujer berserker que nació de la casa, fue una decepción. –dijo, mirando a Karena. –Y de la otra yo me encargué.

Dicho lo anterior, por fin, dejó la habitación, permitiendo que las féminas respiraran, pero la más ajena a todo, fue la primera en preguntar.

-¿Te acostaste con Dagur? –preguntó Brutilda asqueada.

Astrid se levantó de la cama, para dirigirse frente a su amiga.

-Dime que Hipo no está muerto. Dime que es una mentira. –rogó, entrecortándose la garganta.

-Astrid…

-¡Por favor dímelo! –pidió, comenzando a llorar.

En todo ese tiempo, que tenía de conocer a la vikinga, nunca la había visto llorar así, ni siquiera de niña cuando sus padres murieron, vio un par de lágrimas seis años atrás cuando Hipo estuvo a punto de morir por la Muerte Roja, e incluso en el funeral de Estoico, pero no así, no así de asustada como su estuviera indefensa. Thorson volteó a ver las pertenencias que Dagur le había obligado a darle a la rubia.

-Dime que es parte de un plan o una idea loca de él… por piedad.

-Astrid… -Brutilda le sonrió tristemente, tomándole las manos. –Lo siento tanto… Hipo murió… lo que Dagur te contó es la verdad.

La rubia se llevó las manos a la boca.

-No es posible… ¿cómo fue?

Brutilda oscureció su mirada.

-Drago… y en parte una traición.

Esa información fue nueva para Astrid.

-¿Quién fue el traidor? –preguntó furiosa.

La gemela sonrió irónicamente. –La traidora… Heather.

Respondió, comenzando el relato del fin del Berk que en su momento fue conocido.

.

.

.

Eret y Patán comandaban las defensas de Berk. Daban instrucciones claras de donde debían ubicarse vikingos y dragones.

Hipo se colocó al frente de la armada berkiana, lucía decidido y mentalizado a librar esa batalla. Respiró fuertemente, analizó el derredor y notó claramente que faltaba un lugar por cubrir.

-Ve al extremo oeste y diles que se preparen con las catapultas, primero ya sabes cuáles, y después de las de contraataque. –ordenó sin la necesidad de voltear a hablar con la persona, sabía que le leía el pensamiento.

-Ah… ah… claro, pero no sé cuáles catapultas van primero. –comentó nerviosa.

Hipo se irritó, pues pensó que era una broma, no estaba de humor para jueguitos en ese momento. Se volteó y entendió que no era broma ni juego, era la verdad, una dolorosa verdad que aún se negaba a aceptar.

-Heather… -la extranjera estaba sobrevolando a su lado, acompañada de Patapez.

-¿Cuál es la indicación de las catapultas?

Ni escuchó bien la pregunta porque vino a su mente algo tristeza. Por un momento pensó que Astrid estaba a su lado. Pobre iluso soñador.

-Primero con fuego y después solas. Empieza con las rocas ligeras y después con las pesadas, para así dar inicio con el contraataque. –estableció.

Heather sonrió, obedeciendo la indicación del jefe.

-De acuerdo.

Hipo sólo volteo a ver a su gente, lista para la batalla. Enfocó su vista hacia el horizonte, viendo la gran masa de flotas que había. Cada estandarte tenía una señal diferente, demostrando las diferentes tribus aliadas de Drago.

-Hizo mal en regresar. –comentó Patán, decidido a hacerlo pagar por el maltrato a los dragones.

De repente, una gran masa de humo apareció desde las nubes, llegando a Berk.

-¡Extinguehumo! –gritó una voz.

Obviamente las armas, ascos y demás pertenencias metálicas empezaron a desaparecer por los aires.

-¿Qué sucede? –preguntó Eret.

-Más vale que no traigas nada de metal. –advirtió Hipo, poniendo una cubierta de madera sobre su pierna.

.

.

-¿Fue todo? –preguntó Astrid.

La hooligan suspiró.

-Fue una parte. –se relamió los labios. –Quedamos indefensos y desarmados, fue cuando Drago apareció encima de un… de un Skrill.

-¿Un Skrill?

-Sí, era enorme, no tanto como los escupehielo, pero sí muy grande, más que Chimuelo. Lo retó y… lo derrotó. Inmediatamente los dragones que estaban del lado de él se resistieron y, fueron atacados.

-¿Nuestros dragones? –preguntó la embarazada.

-Sí… Tormenta fue la primera en hacer frente, y la más fuerte después de Chimuelo, pero la primera en caer.

-¿La mataron? –preguntó horrorizada por su bello Nadder.

Brutilda tomó la espina que había allí.

-La verdad no sé, porque mientras se defendían, yo ayudaba a los niños y mujeres a esconderse en las cavernas, cuando volví… muchos dragones habían muerto y otros más estaban apresados y…

-¿Qué pasó con Hipo?

La melliza volteo a ver a Astrid con pena.

-Drago lo acorraló, un derrumbe lo aplastó. –narró con un escalofrío recorriendo su espalda por recordar todo.

-Los Magmalos.

-¿Y cómo es eso de que Heather traicionó? –preguntó furiosa.

.

.

.

-Ríndete gran amo de dragones. –dijo Drago desde el Skrill. –Tu isla está sitiada, y tu Furia Nocturna ya no es el Alfa.

La mayoría de los hooligans estaban amarrados por los hombres del manco, y empezaban a ser subidos a los galeones de ellos.

-Jamás, te vencí una vez y volveré a hacerlo. –dijo, a pesar de estar adolorido por una flecha que le llegó a su hombro.

Bludvist vio eso como un reto, así que bajó de reptil y desenvainó su espada.

-Tú no me has vencido, ha sido tu dragón, así que prueba ser un jefe y vénceme. Si me matas, mi gente se va y no vuelve a aparecer por estos lados, pero si lo hago yo… tu gente serán mis esclavos.

-No los metas en esto. –pidió con furia.

-Si tienes miedo, puedes rendirte y no te pasará nada, sólo nos llevamos a sus dragones que quedan y unas cuantas mujeres… verás, mis hombres necesitan compañía. –dijo sonriendo maliciosamente.

"Un jefe protege a los suyos"

El jefe Haddock desenvainó su espada de fuego.

Una batalla entre dos mundos dio inicio.

.

.

.

-Hipo peleó como nunca, Astrid. Fue tan fuerte, tan valiente… te aseguro que cada hooligan estuvo orgulloso de tenerlo a él como jefe. –dijo con la voz entrecortada. –Pero no fue suficiente, Drago le enterró su arpón en un costado y… después lo arrojó al contra una pared de roca que se derrumbó sobre él.

Por más firmeza que ella mostrara, Thorson se veía afectada por recordar todo eso, pero no más que Astrid que se sujetaba fuertemente el vientre cada vez que su amiga hablaba.

En cuanto a Sotma y a Karena, también estaban afectadas por conocer la historia.

.

.

.

Todos los hombres, y algunas mujeres que quedaban estaban asombrados por la resistencia que su jefe había mostrado.

Valka quiso correr, hacia su hijo y socorrerlo, pero no lo logró porque Bocón la detuvo.

-¡Eso es lo que les pasa a los hombres que creen en los dragones! –gritó Drago. -¡Eso les pasa a quienes osan retarme!

Todos los berkianos empezaron a alertarse, porque no sólo vieron a su jefe contra la pared, sangrando, y lo peor no se hizo esperar, porque un derrumbe de las rocas que estaban sueltas, que no se sabe de dónde o por qué cayeron, aplastaron al indefenso hombre compañero de Chimuelo.

-¡No! –gritó Valka, ahora sí corriendo hacia él, pero Drago la detuvo.

-Alguien digno del jefe debe ir a sacar al probrecito… -observó a quiénes estaban allí. –Tú. –señaló a la castaña, Heather. –Ve a desenterrar el cuerpo del gran jefe de Berk. –dijo con sorna.

La ojiverde se dirigió al lugar donde el manco indicó.

Intentó hacer algunas maniobras para sacar a Hipo desde ese lugar, pero demoraba demasiado.

-¿Qué esperas?

-¡Está muy atorado! –gritó Heather moviendo las piedras. –No puedo.

Drago rodó los ojos. –Vayan a ayudar a la mujerzuela esa.

No faltó decir más porque de inmediato Patán y el resto de los jinetes de Berk fueron a auxiliar a la chica. Con algo de esfuerzo, levantaron los pedruscos y sacaron a Hipo, con la cara completamente destrozada y llena de sangre, además de un fragmento menos de su pierna izquierda, que había sido cortada por el filo de una piedra.

-¡Qué horror! –exclamó Brutacio, viendo la escena.

Rápidamente, Patapez tomó el pulso, pero no encontró nada. Tocó lo que quedaba de su nariz y no percibió calor de la respiración.

-Está muerto. –informó con un nudo en la garganta.

El resto del pueblo exclamó su dolor con silenciosas lágrimas.

Drago sonrió victorioso.

-Suban el cuerpo del niño ése a los barcos. –ordenó a sus hombres. –Los demás, apresen a cada vikingo de esta islucha y amárrenlos para que no intenten nada. Igual los dragones… los que quedan.

.

.

Astrid estaba seria, se mantenía fuerte sólo por la esperanza que crecía en ella.

-Después de eso nos subieron a los barcos, Drago se marchó, se llevó a los dragones, pero no a Chimuelo, prefirió venderlo porque no vuela por su propia cuenta.

-No puedo creer lo que dices. ¿Segura que Dagur no tuvo nada que ver en esto? –preguntó Karena.

Brutilda negó con la cabeza, acomodándose mejor en la cama.

-Al menos no en él ataque.

-¿Segura que era Hipo? –preguntó Astrid de nuevo, insistente.

Thorson afirmó pesadamente.

-Los chicos lo sacaron de allí, le faltaba la pierna, era castaño, y traía su ropa, amiga, bueno, la que le quedaba después del derrumbe. Todos queremos creer que no, pero… así fue.

Las cuatro se quedaron en silencio.

-¿Y Heather qué tuvo que ver en esto? –preguntó Astrid.

Brutilda se enfureció, se levantó de la cama y le dijo.

-Traicionó su memoria. Cuando llegamos a la isla de los magmalos allí estaba Dagur…

.

.

.

-¿Entonces el amo de dragones murió? –preguntó con burla. –Esto es tan bueno que no lo puedo creer.

Los hooligans que seguían allí ni quisieron repelar.

-Sigue vivo dentro de nuestros corazones. –habló un anciano, defensor de la casa de Estoico.

Dagur rodó los ojos y se dirigió a donde estaban los jinetes, después de ver el cuerpo de Hipo.

-Le pagaré mil runas a aquel o aquella que quiera cortarle la cabeza a lo que queda del jefe.

Todos seis jinetes, más Bocón y Valka se horrorizaron.

-Tú. –señaló a Brutilda. –corta su cabeza.

La rubia dijo que no.

-Tú no eres un jefe, al menos no él mío. –escupió indignada.

Dagur se llevó el hacha a su barbilla.

-Tienes razón, pero eso puede arreglarse. –dijo mientras aventaba una bolsa con veinte moneditas de oro. –Quiero a esa mujer como esclava.

Tras dar esa instrucción, uno de los carceleros jaló las cadenas que amarraban a la melliza.

-Ahora me perteneces, gasté mucho más de lo que vales, así que obedece y corta la cabeza, quiero llevarla y darle este regalo a Lady mía, ya quiero ver la cara que pone cuando sepa esto.

-¿Astrid no lo sabe aún? –preguntó Valka, con sus ojos rojos de tanto llorar en silencio, pues ya habían pasado tres días.

-No, ni yo sabía la buena noticia. –exclamó feliz. –Ahora, no te hagas la loca y corta la cabeza, o cortaré la tuya. –amenazó.

-¡No te atrevas a tocarla, Dagur! –azuzó Patán, casi rompiendo las cadenas que lo mantenían inmóvil, pero Dagur no permitió esa insolencia, por lo que con su hacha, lo rasguño fuertemente, al grado de que todos pensaron que había perdido el ojo o parte de la nariz.

En sus 21 años de vida, nunca nadie la había defendido al grado de poner su integridad propia en peligro, y ver que él había resultado tan herido, le hizo experimentar una emoción que no conocía, o que tal vez no había reconocido.

Por suerte, Patán se había echado hacia atrás en el último segundo, haciendo que no le perjudicase tanto, provocándole un rasguño que le dejaría cicatriz en medio de la cara.

-Te dije que le cortaras la cabeza. –repitió alocadamente.

-No le quitaré nada al cuerpo de mi amigo, de mi jefe, del hombre que transformó las vidas de tantos vikingos. –defendió lealmente, mientras a lo lejos se escuchó el vitoreo de los berkianos que seguían allí, reconociendo su valor.

Obviamente, ese acto, enfureció al berserker.

-¡Hazlo!

-No.

Un duelo de miradas se observó entre ellos. –Te pagaré si lo haces. –chantajeó.

-Mi lealtad no tiene precio. –respondió por última vez, recibiendo una bofeteada que la mandó al piso.

-La mía sí. –se escuchó una voz detrás de los jinetes: Heather.

-Hermana, ¿qué estás haciendo? –preguntó Eret.

-No me digas hermana, que para ti siempre fui la recogida de tu padres. –comentó con fastidio, saliendo de entre las cadenas. -Ni siquiera soy de Berk, no tengo porque sufrir. –dijo apáticamente.

Daur sonrió.

-Veo que te decidiste finalmente, hermanita. –dijo el desquiciado mientras le quitaba las cadenas que llevaba en sus muñecas y pies.

-Nunca lo dudé. –comentó la castaña, tomando el hacha. –Es sólo que veía cuál bando era mejor.

A la vista de todos, cortó parte del cabello del cuerpo, las recogió y entregó a Dagur.

-Sólo dos victorias. –mofó, haciendo alusión a lo que significan las trenzas en algunas culturas: cada trenza era una victoria conseguida.

Después, de tajo, cortó la cabeza y quitó algunas cosas que llevaba, como un botón manchado de sangre. En su mano quitó el casco y de la otra pierna, la espada de fuego única en el mundo.

Abrió un pedazo de tela que fue puesto allí, en donde se encontraba la prótesis de la pierna.

-Esto es lo último queda de él. ¿Cómo quieres la cabeza?

Dagur rio maniáticamente.

-En serio al sangre berserker corre por tus venas, desquiciada.

La tomó por el cabello y la encajó en la estaca que había allí.

-La dejaré en este lugar para que vengan los carroñeros y se coman esto, las pertenencias, ya sé a quién se las daré. –dijo, mientras que con la mirada le decía a Brutilda que las tomara, ella, aceptó a regañadientes.

-¿Acabas de vender tu lealtad? –preguntó Eret, sin creerse lo que había visto.

La castaña se enfadó.

-¿Qué más da? Ya estaba muerto, no lo asesiné ni nada de eso. –defendió indiferente, contando las runas.

-Mataste lo que sentía por ti. –exclamó Patapez, llorando de furia, creando en Heather una sensación de culpa y arrepentimiento.

-Ay, no empiecen con sus monólogos de valores y esas cosas cursis que me aburren. Mi hermana tuvo la opción de decidir desde poco antes que fuera a Berk por mi esposa. Ella había decidido irse con su moribundo dragón, en lugar de venir conmigo como la princesa que es, pero ahora ella decidió ver por sí misma, bien hecho berserker, muy bien hecho. Tarde, pero elegiste tu camino,

Los oyentes estaban incrédulos, en especial Patapez.

-Todo fue una trampa. –murmuró dolido.

Dagur comenzó a alejarse de allí. –Tienes la opción de venir, hermana. Me hace falta alguien como yo. –ofreció un anillo berserker.

-No te creas tan importante, hermanito. Volveré a Berserk, pero no en este momento.

Dagur se congio de hombros, iba a hablar, pero su nula atción se desvió a otra parte. -¡La cabeza de un Nadder! –chilló de emoción. –Se la llevaré a Cami.

Cuando se marchó, dejó una incertidumbre en los chicos.

-¿Estabas aliada a él? –preguntó Bocón, ofendido.

-Cuando fuimos con Hipo, Dagur me dio la oportunidad de darle información y regresar a Berserk, a fin de cuentas también son la heredera. –dijo como si nada.

-¿Y qué fue lo que le dijiste? –preguntó Brutacio recordando que ella se había quedado.

-De hecho nada, que lo pensaría, y ya que lo pensé, después de sacar el cuerpo de Hipo de entre las rocas, entendí que no había esperanza, así que lo mejor fue que él me diera esa libertad.

-Eres una traidora. –masculló Valka.

-Tal vez. –retó. –Pero no una esclava.

Todos la vieron con furia.

-Ay tienes suerte de que esté amarrado y no le pegue a mujeres a excepción de mi hermana. –dijo Brutacio con su toque de drámatico.

-¡Qué lástima! –mofó la castaña, contando de nuevo las monedas que Dagur le había dado por obedecerlo.

-No, bonita, qué lástima que yo no sea hombre. –agregó Brutilda, después de aventar las pertenecías de Hipo, agarrar una pequeña daga que aún llevaba amarrada a su pierna.

En presencia de todos le dio una bofeteada, arañando su mejilla, para después jalarle el cabello y cortarle de tajo la trenza que llevaba coquetamente por encima de su hombro izquierdo.

-¡Eres una bestia! –gritó al ver su cabello en el piso.

-Tal vez. –retó ella también, amenazándole con la daga. –Pero no soy una traidora de amistades ni de Berk.

.

.

.

-Vaya, Tilda. –exclamó Astrid, sonriendo ligeramente por la ocurrencias de su amiga.

-Fue algo que me vino la mente. –simplificó. –Ya sabes que la inspiración me llega de repete. Después de eso la traidora compró tres esclavos, a Patapez, a Eret y a Valka, no sé para qué, pero lo hizo.

Las cuatro chicas suspiraron por el relato.

-Gracias por poner a Heather en su lugar. –dijo Astrid, tomándole de la mano. –Y gracias por decirme lo que ocurrió, ahora necesito que me digas si… Hipo recibió una carta del mercader Johan, o una carta que le mandé con un Terrible Terror.

La chica hizo memoria.

-No lo sé. –se rascó la cabeza. –Aunque ahora que lo mencionas, Heather es quien se encargaba de la mensajería que trajo el mercader, es probable que ella se la hubiese dado.

-O quizá no se la dio. –infirió Sotma, interrumpiendo. –Karena, no es por hablar mal de tu hermana. –la mencionada hizo un gesto, restándole importancia. -Pero si me dices que traicionó a Hipo, o al menos a su cuerpo, es probable que no le diera a Hipo las cartas que enviaste.

Astrid bajó la mirada.

-Entonces no lo supo. –finalizó Astrid, derrotada.

-¿Qué decía la carta? –se atrevió a preguntar.

La jefa sonrió, acarició su vientre de nuevo y habló.

-Que estoy esperando un hijo de él.

Brutilda se descolocó un poco.

-¿Qué no es de Dagur? –preguntó, su cabeza le empezaba a doler.

La rubia negó con orgullo.

-Dagur jamás me ha tocado.

-¿Entones por qué está tan seguro?

-Porque cree que él violó a Astrid hace un mes. –finalizó Karena, hablando en voz baja.

-Pero no lo hizo. –agregó Sotma, recordando lo que ella tuvo que pasar.

Thorson se perdió entre la información, pero sonrió al ver la protección que Astrid demostraba con el bebé que crecía dentro de ella.

-Ahora cuéntame tu historia.

.

.

.

.

.

(Continuará)

.

.

Notas de la autora:

Este capi es más largo, pero en vista de las muchas amenazas de muerte que recibí, decidí dividirlo en dos, o incluso tres, aun no sé.

Con lo que diré a continuación, no quiero que me aplaudan, sino que me entiendan:

Les quería decir todo lo que soy: maestra en un horario de 7:30 am a 4:00pm en una primaria, estudio una maestría en las noches y sábados, estudio otra carrera en música, la cual retomaré este semestre, practico tres instrumentos musicales, hago tareas, hago planeaciones y materiales para mis alumnos, cuido a una tía que está en cama, soy maestra los domingos en la iglesia, estoy recién salida de una cirugía y en recuperación, entre otras cosas, además de salir con amigos y vivir de esos casi momentos sociales inexistentes… por lo que ven, vivo bajo mucho estrés, porque al final de toda esta lista… soy Amai do, escribo para olvidarme de las malas jugadas de la vida, y para distraerme y para explorar un mundo distinto, por cual me da mucha lástima que crean que es lo único que hago y me manden amenazas de muerte por no publicar cuando algunos de ustedes tienen ganas de ofender.

Las vacaciones las usé para descansar de la vida que llevaba, además que era el aniversario de la muerte de un tío, lo cual me afectó bastante.

Este capi estaba casi listo desde hace tres semanas, pero por cada review feo que recibí, atrasé un día, así que por favor, si me vas a deja review, porfa, que sea bonito y de ayuda para la historia.

No te obligo a que leas ni a que me comentes, me hace inmensamente feliz, porque es la única paga que recibo de ustedes y es el medio por el cual puedo ver que mis ideas les gustan, pero porfis, de veras, no sean desconsiderados, eliminé muchos reviews, en serio, pero ya no lo haré, porque me di cuenta que a aquellos que lo hacían, lo seguían haciendo. Esos reviews se quedarán allí para que la gente que los lea vea la clase de lectores que algunos son.

Lo siento por las personas que soy bien lindas y que me dejan mensajes de ánimo.

Amo sus comentarios, pero siempre y cuando me ayuden a mejorar, no por llamar la atención (ya sé que el público que lee esta historia es muy joven, espero que sea eso)

Sin más por el momento, espero que la primera parte del capi les haya gustado.

Bonito inicio de año

Gracias por leer

Dios los bendiga

**Amai do**

-Escribe con el corazón-

Publicado: 7 de enero de 2015