¡Holaaaa a todos! ;nnnnnnn;

Ay, Dios mío, DE VERDAD QUE SIENTO MUCHO ACTUALIZAR TAN TARDE DE LO QUE PROMETÍ /3. En serio, ¡lo siento, lo siento, lo siento, lo sieeeeeeeeeeeentoooo!
No lo hice porque no quisiera o no tuviera listo el capítulo, sino es porque estoy sin internet, joder T^T, misma razón por la que no he podido subir el longfic que les prometí también :'c. Me siento una mala fanficker por esto :'v, pero de alguna manera se los compensaré, eso seguro.
Siempre encuentro una forma de hacerlo, pls.

¡Muchas gracias por todos sus comentarios, cosas hermosas! *A*

En fin, espero disfruten la lectura y disculpen si tengo algún error ortográfico o incoherencia narrativa.


La luz matinal de la mañana del viernes se coló por la ventana abierta del departamento—de tan pequeño que era, parecía más bien una habitación con baño y ya— de Aomine, causando que este despertara. Y cuando lo hizo, se dio cuenta que su brazo seguía extendido justo como el del pelirrojo, formándose un ligero agarre de manos o mejor dicho sus dedos, que parecían fuertemente entrelazados.
Todavía soñoliento, no le dio importancia a eso, simplemente fijó sus ojos en el rostro calmado de Kagami, que aún dormía; se veía débil. Su cuerpo había sufrido bastante daño, porque incluso tenía moretones en su torso, además de algunos parches que el moreno le puso, sobre todo en la zona donde fue mordido.

Un suspiro salió de los labios de Taiga y fue entonces que Daiki reaccionó, soltándose de aquel agarre y sentándose en el sofá, frunciendo el ceño. ¡¿En qué demonios estoy pensando?! ¡¿Dormir agarrado de ese humano?! ¡No me jodan!, pensó con una sonrisa sarcástica y amarga.
De igual forma, se incorporó y acomodó el brazo ajeno en la cama/sofá. Chasqueó la lengua y se dirigió al baño y se quedó estupefacto al ver su reflejo en el espejo.
En su expresión todavía estaba ese ligero y permanente ceño fruncido formado por sus finas cejas azules, que formaban un rastro altanero en su frente al mismo tiempo que cierta seriedad insensible y sus ojos azules fríos como el hielo; eso seguía igual, pero notaba algo diferente. ¿Era que ya no tenía las comisuras de su boca hacía abajo en una mueca amarga, como siempre, sino que ahora la tenía neutral? ¿O era su imaginación? Seguramente todavía tenía sueño y para empezar, ¿desde cuándo se fijaba tanto en su cara como para notar sus expresiones de siempre? Porque si bien era un cabrón altanero y mamón, no era vanidoso, al menos no en el aspecto que lo sería una mujer que siempre se arregla y se fija en su cara y ese tipo de ridiculeces.

Aomine cerró los ojos y suspiró incomodó. Pero en su mente pasó el recuerdo de cuando succionó del cuello del pelirrojo y ese sabor de su carne y sangre le regresó a la boca, acelerando su flujo sanguíneo. No como cuando se aceleraba al momento de estar asechando a su presa para cenar, no, esto era algo diferente.
Gruñó por ese hecho y se echó agua a la cara más de una vez para borrar esa inevitable sensación, ¿quién se creía ese humano para querer ponerlo de esa manera?

Pero de todos modos, no importaba que tan atrayente llegara a ser Kagami, eso no era suficiente para cambiar un corazón encerrado y frío, o al menos, eso se dijo así mismo Aomine para ignorar por completo cosas que para muchos serían obvias.
Porque además, barreras que se formaron y estuvieron intactas durante un siglo, añadido el hecho de ese incondicional amor del pasado que se vio oscurecido y reprimido, no eran cosas que se curaban por terceros cuando ni siquiera el portador supo cómo hacerlo en todas estas décadas.

Sin embargo, lo que Aomine estaba ignorando también, es que no pudo hacer eso por él mismo, porque no quiso, a pesar de todo y de que su corazón se rompió, no quiso hacerlo. Al menos de forma consciente, porque su subconsciente ya había dado el primero paso a escondidas de lo que él de verdad quería, sobre todo por la intervención de cierta vampiresa rubia y tal vez no tardaría en ver los resultados.


Una hermosa joven de cabellos escarlata de quizá quince años, corría por las calles de la ciudad de Japón, tratando de escapar de algo desde hace más de cinco minutos. Quería gritar y llamar a sus tías por ayuda, pero si lo hacía sería descubierta con más facilidad; ella no era débil, para nada, tenía la destreza misma de aquel vampiro que le seguía y tenía la ferocidad necesaria también, porque ella no era humana, pero tampoco era algo que se pudiera explicar.

Escondiéndose en la sombra de la noche, se escabulló por los techados de las casas lo mejor que podía, si tan solo no se hubiera escapado de casa y hubiera obedecido lo que sus tías le dijeron, ahora no estaría en este lío. Pero ella tenía confianza en su fuerza, pese a que siempre le decían no debía mostrarla nunca y ya harta de correr, decidió hacerle frente a aquel vampiro.
Se tiró desde lo alto de aquella casa y cayó en sus dos pies al callejón sin salida.

Ella podía ser muy fuerte, mas no tenía experiencia en pelear, además de que no sabía. Por ello, aunque esquivó los ataques del vampiro, no pudo regresarlos como quisiera y como una pelea no se gana solo con esquivar o fuerza, finalmente los golpes le llegaron a la pelirroja, lastimándola. Y sobre todo, tenía que ver el hecho con que se estaba enfrentando con un neófito, cosa que lo hacía más peligroso, porque la muchacha desconocía la fuerza de estos, porque eran motivados solo por su deseo de sangre.

Eres una estúpida por pensar que una cosa como tú podría ganarme —se burló aquel vampiro, con los ojos rojos—. No sé qué demonios seas, pero tu sangre me servirá —se relamió los labios, dejando ver como sus colmillos crecían, justo lo necesario para ser capaces de perforar y succionar aquel líquido caliente de la chica.

Los ojos de la muchacha, de un color más oscuro que su cabello se abrieron de golpe. ¿Moriría aquí? O eso pensó cuando aquel vampiro la acorraló y no tenía como huir, su inexperiencia era su desventaja en esos momentos. De todas maneras, no mostró miedo y su expresión era fiera; se preparó para sentir los colmillos de su atacante cuando este se lanzó, pero en lugar de eso, lo que llegó fue un aullido salvaje.
Y sus ojos se abrieron como platos cuando divisó la figura de un enorme hombre lobo delante de ella, de un hermoso pelaje azul que destrozaba con ganas el cuerpo de ese neófito a mordiscos y zarpazos. Ella se sintió fascinada, más que sentir miedo, eso fue lo que sintió.

Se quedó inmóvil en el momento que sus ojos se encontraron con los ojos azules de aquel licántropo, que solo rugió amenazante así como arrogante y saltó para irse de ahí, tan rápido como llegó, dejando a la pelirroja sin aire e impresionada. Al fin pudo reaccionar en sí y saltó justo sobre esa casa, para ver de lejos como ese lycan corría tan velozmente que de no ser por su vista mucho más fuerte que la de un humano, no hubiera podido verle; sonrió, porque ese hombre lobo se veía tan glorioso que hechizaba con esa aura poderosa y orgullosa que destilaba crueldad.

Kagami jadeó entre sueños, despertándose confundido. De sus labios salió un sonidito de queja y a penas y notó que su hombro, así como su brazo y mano izquierdos estaban inmóviles, porque eran justos los que se hirió… ese día, que no podía recordar, porque tampoco parecía consciente de que día era hoy. Eso, porque su cuerpo estaba ardiendo en fiebre.
Esta era la consecuencia por haber sobre esforzado su cuerpo de esa forma, por haber abusado de aquel golpe de adrenalina, porque eso era lo había sido, ¿o no? Y de todos modos, el pelirrojo estaba bastante desorientado como para ponerse a analizar las cosas, a duras penas y recordaba lo que había soñado, mismo que fue totalmente algo desconcertante, ya que conocía a ese licántropo de su sueño, pero no a la chica. A esa chica que…

— ¿Kagami? —la voz de Aomine interrumpió cualquier cosa que iba a pensar el pelirrojo, salía del baño y terminó de vestirse al ponerse una camiseta roja— Al fin despiertas… —pero no completó la frase al notar que el otro chico respiraba con dificultad, de modo que se acercó para palparle la frente con algo de brusquedad— Mierda, estás ardiendo.

—Si tanto se te dificulta esto, puedes llevarme a otro lugar, seguro yo me cuido solo —repuso Kagami con el ceño fruncido y respirando un poco agitado al notar el descontento del peliazul.

—Claro, seguro justo como lo hiciste al pelear contra esos chupasangres, ¿no? —se mofó Aomine con sarcasmo y desdén.

—Pude matar a varios antes de que llegaras —replicó Kagami con molestia y cerró los ojos para inhalar profundamente, como refrescándose con el oxígeno su cuerpo con fiebre.

—Cállate de una vez, que así no disminuirás tu fiebre —espetó Aomine con brusquedad y le puso un parche húmedo en la frente al pelirrojo sin tacto alguno. Era cierto, él mismo lo había visto pelear justo cuando llegó y aunque no lo aceptara, había quedado fascinado, probablemente hubiera ganado, de no ser por el altibajo que su cuerpo sufrió y porque le superaban en número.

—No sirves de enfermera, Ahomine —gruñó Kagami, porque su cabeza le dolió por la forma tan bruta que el otro le puso el famoso parche y no es que fuera una persona delicada o no resistente, pero su cuerpo seguía completamente débil todavía.

— ¿Ah, no? ¿Y entonces quién crees que te cuidó para que no murieras, imbécil? —inquirió Aomine con un gesto de irritación.

—… —Kagami le miró en silencio un largo rato, que el moreno tomó como un desafió y de igual le miró con frio desinterés— No pensé que lo hicieras —admitió al fin.

— ¡…! —Aomine se quedó sin saber qué decir y cómo no, ¿ni modo de decir es que no podía dejarte morir porque mi instinto me lo decía? O algo como, ¿es porque te debía el favor cuando salvaste mi vida?, fuera cual fuera, nada de eso serían palabras que él mismo diría— Deja de parlotear y duérmete, así te curas más rápido y más rápido te vas —ordenó con aburrición.

Taiga iba a protestar, cuando su estómago habló por él.

—Vaya, el niño tiene hambre —se burló Aomine con ganas, viéndolo con superioridad y una sonrisita toca cojones.

— ¡Cállate, idiota! —exclamó Kagami, avergonzado— ¿Qué clase de persona eres que no tienes comida aquí?

—Yo no como lo mismo que los humanos, Bakagami, y además, ¿cómo mierda sabes que no tengo comida? —Aomine se cruzó de brazos y se sentó en el sofá donde durmió anteriormente.

—Porque no la huelo —contestó Kagami como si fuera obvio, arrugando la nariz y refunfuñó cuando su estómago hizo otro gruñido, pidiendo comida.

—… Los humanos no pueden oler la comida desde la distancia en que estás tú de la cocina —observó Aomine, viendo fijamente al pelirrojo y es que, su departamento era chico, pero aun así desde la cocina y la sala había un buen tramo como para que alguien normal oliera la comida.

—Pues yo sí puedo —repitió Kagami, restándole importancia, haciendo un gesto de dolor, porque intentó encogerse de hombros.

—Idiota, ¿qué eres?, ¿una clase de perro? —se mofó Aomine.

—No, Ahomine, ese eres tú —contraatacó Kagami con sorna, sonriéndole.

El moreno arrugó el ceño con advertencia, con una sonrisa sádica.

—Yo soy un licántropo, no compares mi raza con simples animales caninos, idiota.

—De acuerdo, pero necesito comer también.

—Pues comete los cojines del sillón.

Kagami le fulminó con la mirada, pero el moreno no hizo más que ignorarlo y se acostó en el sofá.

— ¿Qué solo te la vives durmiendo?

—Sí, ¿no soy genial? —respondió Aomine jocoso y cerró los ojos tras pasarse los brazos detrás de su cabeza.

Y no tardó para quedarse dormido, pese a los ligeros gruñidos del estómago del pelirrojo.

—Tsk, como sea, yo no me moriré de hambre —refunfuñó Kagami, decidido. Después de todo, tenía las tarjetas de crédito que siempre cargaba en su billetera, la cual seguía en el mismo lugar donde la guardó antes de pasar el portal para llegar a Japón.


Ese par de ojos rojizos como el rubí, rondando en su mente como su único sueño, hizo que Aomine se despertara con humor de perros. Era ya de noche, lo cual era genial porque podría salir a pasarse el rato con alguna mujer y luego buscar su cena con esta misma o en otro lugar.
Sin embargo, su alerta mental y el recuerdo del mismo sueño, hicieron que recordara de golpe que no estaba solo en su departamento, pero fue extraño porque en ese cuarto oscuro solo estaba él sin ninguna otra alma.

— ¿Kagami? —llamó Aomine y buscó con la mirada al pelirrojo, sin necesidad de encender la luz, pero no estaba. Chasqueó la lengua y se incorporó de donde estaba acostado— ¡Bakagami, joder! —le llamó nuevamente y abrió la puerta del baño sin pena, mas tampoco estaba ahí. ¿A dónde mierda se fue ese idiota?, pensó, acercándose al picaporte de la puerta. Pero, ¿qué estoy haciendo? Es mejor para mí sí ese estúpido humano se va, no tengo porque salir a buscarlo, se dijo a sí mismo y se alejó de la puerta, pero todavía seguía viéndola. Ya hice mucho con curarle las heridas, volvió a auto convencerse a sí mismo— Agh, y una mierda, volveré a dormir mejor.


En aquella gran habitación, cierto vampiro pelinegro se mostraba inquieto, mientras ayudaba a su amiga rubia a administrar el tratamiento del día tres para aquel par de licántropos, mientras escuchaba al ansioso Hyuuga en la sala del piso de arriba, impaciente.

—Tatsuya, ya te dije que Taiga estará bien —dijo Alex por enésima vez en ese día, viendo de reojo al chico.

—Ya lo sé, yo confío en él, pero, Alex, ni siquiera sé con quién lo dejaste, ¿por qué no me lo quieres decir? —inquirió Himuro con el ceño fruncido, inconforme.

—Porque esa persona cuidará bien de Taiga, aunque sea un mocoso altanero —contestó Alex y luego sonrió—. Confía en mí, no hace falta que lo sepas ahora.

Por supuesto que no podía decirle que ella fue la primera en mostrarse en desacuerdo al darse cuenta que tenía que dejar al pelirrojo, que era como su hijo, al cuidado de aquel orgulloso licántropo peliazul, quien fue el mismo que hirió a Taiga hace varias semanas atrás. Esperaba, gracias a sus visiones, que a Daiki se le quitara lo malagradecido, porque después de todo, no importaban las barreras que este pusiera, al final no podría ignorar lo inevitable, ya que el pelirrojo como un fuego imparable bien podría derretir las paredes que fueran necesarias.
Después de todo, el ambiente que rodeaba a esos dos era como un magnetismo que no aceptaba peros.

Himuro suspiró con resignación.


Perfecto, si antes Aomine estaba molesto e incómodo, ahora estaba furioso porque ni pudo pegar un ojo en toda la maldita noche y todo porque sentía la necesidad de salir a buscar al pelirrojo, quien seguía sin regresar.

—Ah, maldita sea —farfulló, pasándose una mano por la cara mientras fruncía el ceño—. ¿A dónde mierda te fuiste, Bakagami?

Y como un rayo de luz, recordó el rugir del estómago del pelirrojo, haciendo bufar a Aomine y poner los ojos en blanco; todo indicaba que sí, era el culpable porque el otro se saliera a buscar comida en ese estado tan malo que su cuerpo estaba.
No debería importarle, no debería importarle porque él solo curó sus heridas, no estaba para cumplir las necesidades humanas del chico, pues no era su niñera y ya mucho le ayudó.

No me importa, no me importa lo que a ese humano le pase, no me importa, no me importa… ¡Agh! ¡No me importa lo que le pase a Kagami, maldita sea!.. … … Pero podría morirse en estado y fuera de una casa…

— ¡Y un carajo con esto! —rugió Aomine con molestia y salió del departamento.

Serían alrededor de las seis de la tarde y el sol estaba acompañado con las nubes del cielo, casi por ocultarse, dando algo de frío al ambiente; eran raras las veces en que salía tan temprano por simple gusto o para irse a perder en las montañas o simplemente mirar y criticar el mundo humano.
Ya fuera, inhaló profundamente, no era difícil para él identificar a Kagami, porque ya tenía de memoria el olor del chico, como era de esperarse—¿o quizá no y solo lo hacía porque se trataba de él?— y frunció el ceño con desconfianza cuando ese olor lo llevó directamente hasta ese escondite de ratas donde cierto grupo pandillero se vivía ahí, los conocía porque esos tipejos más de una vez lo retaron y obviamente lo lamentaron después.
Por eso se acercó con confianza a ese lugar, con su aura amenazante y no le pasó desapercibida la mirada que compartieron los cuatro chicos que estaban sentados frente a la puerta, como cuidando.

— ¿Se te ofrece algo, Aomine? —preguntó uno de los chicos, de un cabello negro y de corte militar, con los brazos cruzados y el rostro inexpresivo.

— ¿O tal vez se te perdió algo? —inquirió otro chico, de cabello castaño y un poco largo, con una sonrisa desdeñosa.

Aomine sonrió amenazante y les miró con superioridad.

—No provoquen lo que no pueden manejar, mocosos, y dejen de hacerse los idiotas.

—Vaya, ¿ese pelirrojo es tan importante para ti, entonces? —inquirió un tercer muchacho, con un cabello gris largo en rastas.

—Eso no es de su incumbencia —zanjó Aomine y les miró de tal manera, que los chicos se estremecieron, recordando lo aterrador que podía ser el peliazul—. Y más les vale no haberle hecho nada —siseó con rudeza.

—Heh, Aomine-san, no es nuestra culpa que lo hayas descuidado —susurró en respuesta el primer chico con un deje burlesco, pero se quedó de piedra cuando el moreno le miró con tal odio.

Daiki no hizo nada más, porque no les temía y solo eran simples humanos. Además, hace tiempo ya les había enseñado quién mandaba ahí, por ello entró todo tranquilito a esa casa; de todos modos, sus sentidos estaban alerta y podía escuchar cuchichear a los otros ahí dentro, pasos y la voz de Kagami que sonaba furiosa.

—Aunque nos mates, nosotros te dejaremos una pequeña venganza —dijo la voz de alguno de esos mocosos y el sonido de un arma activarse alarmó al peliazul.

¡Mierda!, pensó Aomine y haciendo uso de su velocidad de licántropo, corrió hasta llegar al piso de abajo. Cuando sus ojos ubicaron el cuerpo del pelirrojo que estaba siendo pisado por el líder de aquella pandilla, simplemente se lanzó contra aquel sujetó, haciendo competencia con la velocidad de la bala y la suya de lycan; por supuesto que llegó a tiempo, pero cuando aventó al sujeto y puso su cuerpo para proteger inconscientemente a Taiga, la bala le pegó en su brazo.
Y lo que le preocupó no es que le doliera eso, sino que justamente se acababa de dar cuenta que aunque la fase de la luna le favorecía, no podía transformarse por obvias razones, así como el lugar era muy estrecho para que se moviera con la agilidad de siempre y su velocidad no era la misma, no estaba débil, pese al balazo.

— ¡Aomine! —exclamó Kagami, completamente asombrado de ver que precisamente ese licántropo egoísta había ido por segunda a vez a salvarlo. Y no es que él no se hubiera podido cuidar solo al salir de la tienda donde se fue a atascar de más de quince hamburguesas; de hecho, dio buena pelea, pero por su hombro lastimado es que no pudo salir victorioso.

—Hah, tú, idiota, no debiste salir del departamento —gruñó Aomine y se incorporó, cargando al pelirrojo entre sus brazos, como un bebé y notó que el calor que este emanaba no era normal, es decir, que tenía fiebre todavía.

— ¡¿Qué estás…?! ¡Bájame! —renegó Kagami, ruborizándose ligeramente y removiéndose como un gusano.

— ¡Cállate y deja de moverte! —rugió Aomine, demandante y viendo serio al otro chico, esquivando los disparos que volvieron a llegar contra ellos. Mierda, no puedo pelear si tengo a Kagami así y corre el riesgo de salir lastimado, pensó frunciendo el ceño y haciendo gala de su velocidad en sus piernas, corriendo hacía la salida.

— ¡No sé queden ahí y dispárenle todos, joder! —ordenó el líder de aquella pandilla, que hace dos días vio llegar al peliazul con el pelirrojo, dando por sentado que eran algo más, dada el aura que destilaban los dos. Y como tenía deseos grandes de vengarse, no desaprovechó el momento en que se encontró al chico de cabellos de fuego pasando por el callejón luego de salir de aquella tienda.

— ¡Puedo correr por mí mismo, Ahomine! —insistió Kagami, frunciendo el ceño con irritación.

— ¿Del mismo modo en que querías escapar de estos imbéciles? —inquirió Aomine con el gesto grave, parecía bastante concentrado mientras corría velozmente, esquivando perfectamente las balas.

El pelirrojo apretó los labios y jadeó, sosteniéndose de la ropa ajena con su mano sana por el vértigo de la carrera, porque sí que iban rápido.
Bastó solo cinco parpadeos más para que los dos salieran de esa casa por la puerta de atrás, donde Aomine se lució dándoles unas buenas patadas a otros tres chicos que se encontró e intentaron impedir que saliera, disparándole.

El peliazul no bajó a Kagami en todo el trayecto que estuvo corriendo, pese a las protestas que este siguió dando con el eco de los disparos, porque la noche ya había llegado por lo que no era impedimento para que esos vándalos les siguieran. Además de que ese barrio era de mala muerte y nadie se metería para ayudarlos por simple miedo, que no es que Daiki necesitara ayuda, pero la verdad era que pelear mientras cuidaba a alguien no era cómodo ni su estilo.
Estuvo serio en todo el camino, hasta que cuando estuvo en campo abierto es que desató por completo su velocidad y corrió, dejando atrás los disparos y a esos tipos; ya después se encargaría de aquellos sujetos.

Aomine pateó la puerta del departamento y bajó un brazo sin cuidado para hacer que el pelirrojo se pusiera de pie de sopetón, pero le mantuvo sujeto de la cintura.

— ¡No tenías por qué ir por mí! —exclamó Kagami, separándose del moreno.

—De nada —respondió Aomine con sarcasmo y una sonrisa agridulce—. ¿Por qué demonios tenías que salir del departamento? ¿Qué acaso no habías notado el lugar que es este?

— ¡Por qué no me iba a morir de hambre, idiota! Fuiste tú quien se negó a darme algo de comer y yo no dependo de ti —contestó Kagami, fulminándolo con la mirada.

—Pues si no hubiera sido por mí, tendrías un balazo en la cabeza, idiota —bufó Aomine con altanería—. No pensé que fuera tan fácil tenerte de rehén, ¿de verdad eras tú el mismo que destruyó a tantos vampiros y ganó tanta popularidad en el submundo? —añadió con una sonrisa socarrona.

Kagami le miró con enfado e iba a replicar algo, pero los mareos que estaban atacándole desde el día de ayer por la fiebre que en ningún momento bajó y que ahora parecía querer aumentar. Por ello se tambaleó y chocó contra la pared. Hizo un gesto de dolor porque se golpeó el hombro y jadeó.

— ¡…! —Aomine reaccionó lo más rápido que pudo y se acercó para sostenerlo. Bien, ahí tenía la respuesta del porqué fue una presa fácil: el pelirrojo todavía estaba muy débil, además de su hombro y muñeca lastimados, y la fiebre.
Perfecto, porque eso le hizo sentirse culpable.

Apretó los dientes y levantó a Taiga otra vez entre sus brazos para llevarlo a la cama/sofá, donde lo acostó.

—Sí tanto querías salir a comer, debiste decírmelo… —susurró Aomine.

— ¿Y para qué? De todos modos, tú no habrías venido —replicó Kagami, incomodo por la fiebre en su cuerpo, ya sin quejarse porque le cargaran—. Solo eres un arrogante licántropo qué…

—Eso es lo que me hace fantástico, ¿no lo sabías? —interrumpió Aomine con una sonrisa jocosa y un tono algo ácido.

—… qué finge que no le importa nada, cuando en realidad eres un perfeccionista del orden —terminó la frase Kagami, viéndole atentamente.

—… —Aomine le correspondió la mirada y su sonrisa se convirtió en una amarga— No hables como si me conocieras, idiota.

—Tal vez no te conozca, pero… sé que después de todo, no eres el chico cabrón que quieres demostrar que eres —musitó Kagami, sin desviar la mirada, con un gesto solemne.

— ¡Cierra tu boca ya y duérmete! —siseó Aomine, irritándose.

Con esa barrera tan firme, es tan obvio que guardas muchas cosas en ti, pensó Kagami, viendo como el moreno se alejó, destilando amargura y enojo. Que no es que él fuera alguien realmente observador, de hecho, era alguien despistado, pero simplemente eso sentía cuando estaba al lado del peliazul. No era algo que supiera, no era algo que fuera notorio, era algo que sencillamente sentía, del mismo modo en que sentía el aire para respirar o la tierra para caminar.

No dijo nada más y cerró sus ojos para descansar, sintiendo de nueva cuenta el tacto del parche húmedo en su frente.


El reloj marcaba las dos de la mañana del domingo, justo cuando Aomine terminó de sacarse la bala en su brazo dentro del baño. Su cuerpo era flexible, por lo que no tuvo problema en acomodarse para usar el cuchillo caliente en esa parte de su anatomía y aunque le doliera solo un poco—su sensibilidad al dolor no era la misma que la de un humano—, no emitió sonido alguno. Si no fuera porque su cuerpo se tardaba bastante en sanar cuando de heridas con metales se debía, no hubiera sino necesario que hiciera esto, pero no era tan paciente para esperar que su cuerpo por si solo hubiera expulsado la bala y cicatrizado sin tanto escándalo. Pero ahora eso no era tan fácil, necesitaba darle al menos una ayuda a su cuerpo para que cerrara la herida ya por sí solo.
Suspiró y se vendó el antebrazo, luego lavó lo que utilizó y salió del baño.
Se acercó al cuerpo de Kagami para cambiarle el parche húmedo por otro, ya no tenía tanta fiebre, pero todavía seguía caliente. Y gracias a su tacto sin delicadeza, el chico terminó despertándose un poco, atrapando los ojos azules ajenos en una mirada.

— ¿Quieres agua? —preguntó Aomine, luego de un rato en que se miraron en silencio.

Kagami simplemente asintió. Entonces, el peliazul agarró la botella que estaba a los pies del sofá; la destapó y le puso el popote que traía pegado y así de cuclillas en el suelo, se la acercó al otro chico, quien se inclinó para beber de ahí por casi treinta segundos.

—Te lastimaste… —masculló Kagami, cuando en su soñolienta visión notó el antebrazo ajeno vendado y frunció el ceño.

—No es nada, solo se curará —dijo Aomine, restándole importancia y el rostro serio, sin relajar el ceño.

Tal parecía que la fiebre de Kagami le bajó un poco el orgullo, porque con su mano sana tocó ligeramente el vendaje, como si quisiera curarlo y suspiró.

—Creo que… después de todo no eres alguien egoísta —admitió con un gesto y mirada tan concentradas en el peliazul, que a este lo tomaron por sorpresa—. Gracias por haberme… salvado —añadió, frunciendo el ceño con cierta pena y tras unos segundos, le sonrió.

Eso causó que Aomine se quedara como en shock, pues incluso su ceño se relajó y miró admirado al pelirrojo por unos segundos, en los que pensó lo hermosa que era esa sonrisa, agradeciendo su perfecta visión en la oscuridad que le permitió ver esas expresiones.

—De verdad que la fiebre te hace delirar —resopló Aomine, huraño y se incorporó, desviando la mirada.

Ahí estaba otra vez esa sensación de estar dentro de un campo magnético, donde era imposible huir de la atracción, sin importar los muros de tierra que se formaran.

Kagami simplemente rió entre dientes y ese sonido hizo vibrar el corazón del peliazul en una desbordante calidez, como si fuera lava, que tocó y empezó a agrietar la dureza de su interior.


Tal parece que Aomine está agarrando hobbie el salvar a Kagami, ¿no? :'v.
No se desesperen porque no vean mucha interacción entre estos niños, vamos lento pero seguro, así como también paciencia, porque los misterios aún no se resolverán xD.

¡FELIZ MES AOKAGA PARA TODOS! lml

No sé cuándo volveré a actualizar, dado que sigo sin internet, pero aquí les dejo el Spoiler:


Pese a la oscuridad del departamento, divisó fácilmente a Kagami, quien dormía serenamente, con el cuerpo reclinado en el costado izquierdo con el brazo colgando del sofá. Parecía como un niño dormido así, pero a la vez un adulto, mismo hecho le hizo sonreír y luego de que se puso unos jeans y una camiseta que tenía metidos en un caja en el rincón del lugar—el departamento era tan pequeño que la sala era el cuarto, por lo que no había clóset ni nada y el otro cuarto era el baño—, le acomodó el brazo al pelirrojo para que no se terminara cayendo.
Por simple precaución, el peliazul palpó la frente de Taiga, sintiéndola a temperatura normal, lo que indicaba que la fiebre ya estaba esfumada por completo y se sintió aliviado. Pero cuando quiso apartar su mano, le fue imposible porque el pelirrojo suspiró e inclinó el rostro, como buscando más el contacto de su mano.

—… —Aomine relajó la expresión ante eso, era sencillamente inevitable esto. Por ende, deslizó su mano para acariciar aquella mejilla con algo similar al cariño, incluso aunque estaba plenamente consciente de lo que hacía, no se alejó.