Creo que necesito estudiar Psicología más profundamente para hacer este tipo de capítulos. Eso, o simplemente soy una pésima escritora y debo mejorar en el campo de la literatura.

No sé quiénes me leen desde Chile (lectores ninjas), pero de todas formas agradezco que siempre hayan visitantes chilenos por aquí. Oh, me sentía tan sola... Registrarse aquí y hacer un poco el ridículo escribiendo malas historias es difícil. Ahora entiendo algo mejor a mis amigos pseudo-artistas.

Oh, y también agradezco a quienes me leen desde España, México y Argentina; muchas pero muchas muchas muchas gracias :D (También a algunos colados de otros continentes, como Israel e Italia, pero seguro pasaron por aquí sólo por mera curiosidad y no leerán más. Hay que ser franca, ¿no?)


Capítulo 10: El regreso

Comida. Agua. Sueño... Sueño... ¿Dónde estaban los asentamientos humanos cuando los necesitaba? No exigía mucho, tan sólo un lugar discreto en el pasto o sobre un montón de... Ah, al fin, un montón de paja. Dejaría descansar a su caballo y de paso él podría dormir un poco, oculto entre el heno.

No había pegado un ojo en veinticuatro horas. ¿Cómo hacerlo? Por lo que vio no le estaban siguiendo, o tal vez ya les había sacado alguna ventaja a Robert de Sablé y sus hombres, pero aun así no debía bajar la guardia: lo más probable era que De Sablé estuviera reuniendo un batallón para dirigirlo contra Masyaf, o bien enviando hombres para que le interceptaran en el camino y le quitaran el Tesoro.

Como fuere, eso no era lo que le impedía dormir. Era Kadar. Kadar y su último aliento.

¿Cuándo fue la última vez que lloró por una muerte? Hace doce años, cuando su madre falleció. Pero en ese entonces las cosas eran muy distintas: tenía dolor en su corazón, pero era compartido con su hermano, y además su padre aún estaba vivo. Luego se había jurado vivir por Kadar y protegerlo con su vida. Cuando el muchacho creció y se independizó, Malik seguía manteniendo su juramento.

Ahora… ¿Ahora qué? ¿Qué le quedaba? ¿Un grado de Maestro Asesino? ¿Un Tesoro Templario? ¿Por qué seguía empeñándose en acarrear el Arca bajo su brazo y seguir el camino hacia Masyaf, si había perdido lo más importante?

La respuesta la encontró en Kadar. Porque en este Tesoro vive el último acto de mi hermano. Porque él habría seguido el Credo y no habría comprometido a la Hermandad.

Y también por algo más. Porque así el desgraciado de Altaïr tendrá una muerte en su conciencia, la muerte de un hermano, y le matarán por desobediencia y traición.

Ah, Altaïr era el culpable de toda su desgracia, y el destino no le negaría una revancha legítima. Le haría sufrir, dándole donde más le dolía: su orgullo. Haría que lo expulsaran de la Orden y que Al Mualim le humillara delante de toda la Hermandad; después, él se daría el lujo de matarlo. Cuando le preguntaran, diría que murió de fiebre, o que se confió demasiado y un sarraceno o un cruzado se aprovechó y le mató. ¿Quién se iba a preocupar?

Cuando Al Mualim viera que Altaïr era un traidor, lo ascendería a él, Malik, para ser su mano derecha; él aceptaría. Estaría un tiempo al lado del viejo, quizás. Y entonces, cuando le enviaran de misión a cualquier parte, iría a una fosa común, donde descansan los muertos de nadie en cada ciudad, y se quitaría la vida.

Tuvo un escalofrío. Se tendió sobre el heno a un costado del camino y procuró dormir, o al menos a intentarlo.


Kadar sólo mantenía su rictus de dolor al tiempo que el Templario lo apuñalaba una y otra vez, y Malik, que estaba ahí, a pesar de correr con toda la fuerza de sus piernas, no podía alcanzarlo.

De pronto se despertó, con el rostro perlado de sudor. Respiró agitadamente, intentando calmar su corazón. Tomó una gran bocanada de aire, mirando el oscuro cielo de la noche, y cuando estuvo más calmado se puso de pie y decidió continuar su viaje.

El dolor de su brazo no le daba tregua: le ardía como nunca, y también le picaba, probablemente porque la piel estaba intentando cicatrizar. Le costaba moverlo… Intentó apretar la mano izquierda, pero los dedos apenas se movían. Obviamente no era un buen augurio, pero por ahora no le importaba: tenía que llegar a Masyaf cuanto antes, informar a Al Mualim sobre la misión y advertir a la Hermandad de que probablemente los Templarios les atacarían.

Pensándolo bien, la herida de su brazo debería importarle algo más, porque llamaba mucho la atención, al igual que toda su ropa, que estaba ensangrentada. Además no podía dejar que le vieran llevando el Arca. Apenas viera una aldea "tomaría prestada" alguna cosa.

Buscó su caballo, lo montó y comenzó a galopar, dejando que el viento nocturno refrescara su acalorado rostro. Después de unas tres horas vio en el cielo un águila volando en círculos: una atalaya, lo que significaba que debía haber alguna ocupación humana cerca. Cuando se acercó unos kilómetros más vio unos estandartes rojos con la estrella y la luna del Islam... Sarracenos. Al menos era mejor que toparse con Templarios justo ahora...

Arreó al caballo hasta una fuente de agua lejos de la vista de los pocos soldados que había en el lugar y, al desmontar, se dobló un tobillo y cayó de bruces al suelo: con su brazo izquierdo inerte y su brazo derecho sosteniendo el Arca, le era cada vez más difícil mantener el equilibrio. Mierda, lo que me faltaba: llegar sin pie ni mano a Masyaf. Se acercó a una casita, miró a su alrededor, se asomó por una ventana hacia dentro de la vivienda a ver si había alguien, y de un salto entró en ella.

El lugar estaba oscuro y olía a moho, aunque se notaba que todavía vivía gente allí. Casi se sintió mal por haber entrado: era una casita humilde, pobre, donde probablemente vivían dos personas. Encontró una manta café en un dormitorio, se la puso sobre los hombros como pudo (era difícil hacerlo con una mano) y, pensando en que se le resbalaría con el viento del galope, sostuvo los extremos con los dientes mientras con un cuchillo arrojadizo hizo una especie de broche. Ahora no se le veían ni el brazo herido ni el tesoro; perfecto.

Salió por donde entró, se subió a su caballo como pudo y retomó el galope a toda velocidad hacia Masyaf. Algún día devolvería lo tomado a quien fuera que viviera allí.


Todo lo que había comido en los cinco días de viaje habían sido unas pocas almendras y pasas, y no había bebido más que unos cuantos sorbos de tanto en tanto, para llegar cuanto antes a Masyaf. Estaba agotado y adolorido. Sentía los labios agrietados, su cuerpo en extremo sucio y maloliente, su brazo izquierdo balanceándose inerte y su estómago dolorosamente vacío, pero lo ignoró todo, pues le faltaba muy poco para llegar a Masyaf: ya podía ver las torres más altas del castillo a lo lejos.

Era preciso que llegara cuanto antes, pues la noche anterior, escondido entre unos árboles para hacer sus necesidades, vio a lo lejos, iluminados por la luz de decenas de antorchas, unos grandes estandartes blancos con una cruz roja: Templarios. Robert de Sablé le estaba pisando los talones, pero al menos, por lo que pudo ver, no llevaba consigo a un gran ejército, sino a un pequeño batallón de unos doscientos o trescientos hombres.

Al fin llegó ante las grandes puertas de Masyaf, custodiadas por dos guardias Asesinos. Para que no le confundieran se despojó de la manta café que llevaba puesta, dejando de nuevo visible su brazo ensangrentado y el Arca en su mano derecha. Condujo a su caballo hasta el bebedero y lo desmontó con cuidado. Vio allí mismo un caballo blanco: sin duda era el que había usado Altaïr para ir al Templo de Salomón, y el mismo que tomó para huir de ese lugar. De modo que ya estaba ahí…

Atravesó las puertas y apenas entró a la plaza del mercado, alguien se acercó a él.

—Rauf.

—¡Malik! —exclamó Rauf, sorprendido—. Tu brazo…

—¿Está el Maestro en su torre?

—S-sí, de hecho Altaïr acaba de ir hacia allá… Pero…

No se detuvo a seguir escuchando: se fue cojeando lo más rápido que pudo en dirección al castillo. Mientras subía las empinadas colinas chocó con un fedayin.

—Fíjate por…

—Ten esto y sígueme —Malik puso el Arca en las manos del aturdido hombre y continuó su camino. Pronto escuchó los pasos del Asesino tras los suyos.

Por fin había llegado. Ahora iba a ver ese hijo de puta de Altaïr lo que era bueno.


Traspasó las puertas de la fortaleza ante la sorprendida mirada de los guardias y de Abbas, que estaba por ahí cerca. Mientras caminaba tiró por el camino su hoja corta; la hoja oculta no se la quitó, pues de todos modos no podía mover el brazo izquierdo, y tampoco se dio la molestia de sacarse los cuchillos para lanzar de su bota izquierda. Así, parcialmente desarmado, y ante la atónita mirada de los que estaban en el patio de entrenamiento, entró a la biblioteca.

Escuchó las voces de Al Mualim y Altaïr discutiendo.

—¡No hables! ¡Ni una palabra más! —escuchó decir a Al Mualim—. Esto no es lo que esperaba. Tenemos que preparar otra fuerza.

—Te juro que lo encontraré —dijo Altaïr—. Lo encontraré y...

—¡No! ¡No harás nada! ¡Ya has hecho suficiente! —exclamó enojado el anciano—. ¿Dónde están Malik y Kadar?

Malik se detuvo, expectante, tan sólo a unos cuantos escalones de la escena.

—Muertos.

—No —interrumpió Malik, posicionándose a unos metros de ellos—. No muertos.

Vio el rostro de Al Mualim con la sorpresa estampada en él; luego desvió su mirada a la cara de espanto de Altair, que estaba pálido y boquiabierto. Le fulminó con la mirada, traspasándole una mínima parte de todo el odio que sentía por él en esos momentos.

—¡Malik! —exclamó Al Mualim.

—Yo aún vivo, al menos —dijo, y avanzó cojeando unos pasos hacia ellos. Estaba cansadísimo y sus fuerzas le abandonaban, pero nada impediría darle su merecido a Altaïr como había planeado.

—¿Y tu hermano? —preguntó el viejo.

—Muerto…

Oh, Kadar… Si tan sólo estuviera allí. Por culpa de Altaïr. ¡Ese imbécil!

—…¡Por tu culpa! —exclamó, señalándole.

—Robert me sacó de la sala. No había modo de volver. No podía hacer nada…

—¡Porque no hiciste caso de mi advertencia! ¡Todo esto pudo haberse evitado! Y mi hermano… ¡Mi hermano seguiría vivo! —gritó, lleno de odio—. Tu arrogancia casi nos cuesta la victoria.

—¿Casi? —inquirió Al Mualim.

Por fin, ahora era el momento glorioso. Le hizo unas señas al fedayin que le seguía.

—Tengo lo que tu favorito no consiguió encontrar —dijo, débilmente. Sentía que se iba a desmayar—. Aquí, tómalo.

El joven depositó el Arca en el escritorio de Al Mualim, y Malik pudo ver cómo el rostro del Maestro de los Asesinos se iluminaba, ilusionado. Seguro que estaba obsesionado con el Tesoro.

De pronto se escucharon a lo lejos estruendos, gritos de espanto y choques de acero. Mierda, es de Sablé. Un Asesino entró corriendo a la biblioteca.

—Por lo visto, he vuelto con más que sólo su Tesoro —dijo Malik, al tiempo que el Asesino llegaba hasta ellos.

—¡Maestro, nos atacan! ¡Robert de Sablé ha sitiado el pueblo de Masyaf!

Al Mualim volvió a la realidad.

—Así que busca pelea, ¿no? —dijo—. Muy bien. No se la negaré —Se dirigió hacia el mensajero—. Informa a los demás. La fortaleza debe estar preparada.

El hombre salió disparado a cumplir la orden. Luego Al Mualim se volvió hacia Altaïr.

—En cuanto a ti, Altaïr, nuestra discusión tendrá que esperar. Debes dirigirte al pueblo. Destruye a esos invasores. Échalos de nuestro hogar.

—Así se hará —respondió Altaïr, y salió disparado también a enfrentarse a los Templarios.

Ni se te ocurra morir en batalla, pensó Malik con odio, mirando a Altaïr alejarse.

—Y tú, Malik —el viejo se dirigió a él—, ve cuanto antes al Ala Médica. No puedes luchar en esas condiciones.

—Si me lo permite, Maestro, he de informarle sobre la misión.

—¿Qué más debo saber? La has cumplido y el Tesoro está con nosotros —replicó Al Mualim, tenso; sin embargo, por algún extraño motivo, de pronto pareció algo más relajado—. Pero está bien. Sé breve, pues la situación lo amerita.

Malik le contó todo lo que sucedió dentro del Templo de Salomón. Cuando terminó su relato, el viejo se quedó un rato pensativo, y luego dijo:

—Gracias, hijo. Has hecho bien en contarme.

—Merece la muerte, Maestro. Es lo justo.

—Tengo una sorpresa especial para Altaïr; tendrá su castigo, no lo dudes.

Era todo cuanto quería escuchar por ahora.

—Ahora ve al Ala Médica, hijo. Ordenaré que te ayuden.

—No hace falta, Maestro; aún no me han abandonado todas mis fuerzas.

Hizo una profunda reverencia y salió cojeando de la Torre. El triste espectáculo que vio frente a él le dio un segundo aire: había cuerpos de asesinos y ciudadanos repartidos alrededor de la arena de entrenamiento, y otros cuantos heridos de gravedad tendidos en el suelo.

—¡Hijo! ¡Oh, hijo mío!

Un rafiq lloraba amargamente sobre el cuerpo de un joven Asesino. A su lado, abrazando a un niño pequeño, lloraba la que al parecer era su esposa. Y el niño… El niño no tenía idea de qué estaba pasando, pero comenzaba a hacer pucheros al ver a sus padres llorar. Kadar

Buscó las armas que había lanzado al suelo antes de entrar a la Torre, se armó y, cojeando, se dirigió a la salida del castillo, pero una figura se interpuso en su camino. Era Abbas.

—El Maestro ha ordenado que seas trasladado al Ala Médica, hermano —empezó el musulmán.

—Mira este lugar y dime que no tengo que estar allá abajo defendiendo a mis hermanos —respondió Malik.

—Ah, ¿desobedeciendo una orden directa, Malik? Parece que has aprendido algo de Altaïr después de tu misión…

Malik sintió cómo le hervía la sangre. Levantó su brazo bueno para golpear a ese infeliz.

—Eh, eh, eh, calma, hermano —repuso rápidamente Abbas—. Sólo puedo hacer suposiciones, pues ignoro lo que sucedió dentro del Templo de Salomón. Tal vez si me lo cuentas podré comprenderte mejor, ¿sabes?

Abbas intentaba fallidamente dar un tono de amabilidad a sus palabras, algo que Malik ignoró; le convenía que el rumor de la deslealtad de Altaïr se expandiera, así que le contó brevemente a Abbas lo que sucedió en Jerusalén. Cuando terminó su relato, Abbas casi se relamía los labios de placer malsano, probablemente fantaseando con la humillación que Al Mualim haría padecer a Altaïr.

—Tranquilo, Malik —le dijo Abbas—. Altaïr tendrá su merecido. Espera y verás —sonrió de una manera que no le gustó nada a Malik—. Ahora vamos al Ala Médica.

—Puedo ir solo. Ayúdalo a él —respondió Malik, señalando a un Asesino que venía llegando, cuya túnica estaba llena de sangre.

Abbas resopló y fue de mala gana a ayudar al malherido, momento que Malik aprovechó para escabullirse y salir por las puertas del castillo.

Los Templarios se estaban acercando cada vez más peligrosamente al castillo, de modo que Malik no tuvo que andar mucho para encontrar pelea. Considerando su estado físico, decidió primero usar los cuchillos arrojadizos. Pese a que su mente estaba aturdida por el cansancio y el dolor de su cuerpo, logró acertarle a dos Templarios en el cuello. Cuando se le acabaron las afiladas municiones sacó su hoja corta y se puso en guardia.

No tuvo que esperar mucho para combatir: un Templario se acercó a él, con su espada en alto. El choque de aceros no se hizo esperar. Malik se defendió lo mejor que pudo, pero inevitablemente su lado izquierdo era ahora su punto débil, y el Templario le atacó por ese lado. Un golpe de espada rompió la costra de sangre seca del brazo izquierdo de Malik y penetró aún más profundamente en la herida, provocando un rugido de dolor de parte del Maestro Asesino.

Cayó de rodillas al suelo, con la vista ennegrecida, moteada de puntos blancos y un pito agudo inundando sus oídos; con la vista nublada vio, en un instante, al Templario alzando su espada para proporcionarle el golpe de gracia; y al instante siguiente, una de las rodillas del Templario. Con todas sus fuerzas, Malik enterró la hoja en un costado de una de las rodillas del cruzado; éste maldijo en un idioma incomprensible para él, dejó caer la espada y se derrumbó en el suelo, sosteniéndose la rodilla herida con las dos manos. Malik se arrastró hasta el Templario y le remató, atravesándole la garganta con el cuchillo.

¡Arriba! ¡Arriba! Ya prácticamente veía negro, estaba sordo y sentía unas terribles ganas de vomitar, pero se obligó a ponerse de pie.

Tal vez... tal vez era esto lo que quería ahora. Morir con honor, y acompañar a su hermano en la tumba. Si moría ahora, cubriría de honor el nombre de los Al-Sayf; si moría ahora, no tendría que sufrir más por la muerte de Kadar; si moría ahora, no podría presenciar la muerte de Altaïr... ¿Valía la pena seguir vivo?

No pudo responder ninguna de sus preguntas: volvió a caer de rodillas y se desplomó en el suelo, inconsciente.