Acto X: Sin cosas raras
Después de la emoción de hace diez minutos atrás, se podía ver a dos chicas disfrutando de sus tragos, cortesía del local, antes que pudiesen disfrutar del premio, rodeadas de varias personas que manifestaban su admiración por Lavender Brown y Parvati Patil. Sin embargo, ninguna de las dos prestaba mucha atención a su nuevo club de fans.
—Ese beso… me gustó —dijo Lavender a Parvati, haciéndole ojitos a su amiga.
—Te juro que jamás había besado a otra chica antes —confesó Parvati, poniéndose muy colorada. Creía que la experiencia iba a ser más desconcertante y extraña, pero los labios de Lavender, aparte de ser más suaves, no eran tan diferentes de los de un chico promedio.
—¿Y qué te pareció?
—Es raro, porque no fue tan raro, perdóname la redundancia —dijo Parvati, bebiendo otro sorbo de su trago—. Cuando cerré los ojos, sentí algo parecido a lo que sentiría al besar a un chico. Y con eso quiero decir a un chico que fuese muy atento conmigo.
—Gracias —dijo Lavender con un gesto muy coqueto de su parte—. Me alegra darme cuenta que soy atenta contigo.
—Lo fuiste —repuso Parvati, sintiéndose más relajada después de haberse atrevido a hacer algo que jamás esperó acometer—. Me hiciste las cosas mucho más fáciles. No me sentí como si estuviese haciendo algo prohibido, sino algo maravilloso. Hiciste que el hecho de besarme fuese un acontecimiento para recordar.
—Quería hacerlo lindo Parvati. No quería que te sintieras incómoda conmigo. Te aprecio demasiado para perderte por una tontería.
—Quisiste decir, "me amas" —puntualizó Parvati.
—Creí que te sentías incómoda con eso.
—Bueno —dijo Parvati, encogiéndose de hombros—. Nunca es tarde para explorar por completo mi sexualidad.
—¡Vaya! No recuerdo que alguna vez hayas tenido tanto interés en explorar algo.
—Me serviste mucho de inspiración —confesó Parvati, finalizando con su trago de cortesía y poniéndose de pie—. La vida es frágil, y la muerte te acecha de mil formas. Me enseñaste a no pensar tanto en hacer algo que quiero, y simplemente hacerlo.
—Y sin embargo, hiciste algo que jamás pensaste hacer.
—Las circunstancias ayudaron —dijo Parvati, tendiendo una mano a Lavender para que la acompañara—. Y, viendo lo que sentías por mí, ¿cómo podría haberme negado a probar algo nuevo? No estoy arrepentida.
Lavender arqueó una ceja.
—¿Y pasarías el resto de la noche conmigo? ¿Harías el amor conmigo?
Parvati alzó ambas manos, como instando a su amiga a que se frenara un poco con las ideas.
—Espera un momento, ¡calma tus hipogrifos! ¡Vas muy de prisa!
—¿Qué hay de malo? —preguntó Lavender, como si no pudiese creer lo que sus oídos escucharon.
—Sólo digo que… que no vayamos tan aprisa Lavender.
—¿No quieres pasar la noche conmigo?
Parvati ahora se veía un poco frenética. Se calmó respirando lenta y rítmicamente.
—Lavender. Estos dos días me demostraste que hay mucho más que la rutina en la vida, que hay muchas experiencias por vivir y lecciones que aprender. Yo también quiero vivir, pero no deseo que este momento se estropee por una estupidez.
La aludida no dijo nada porque sabía que Parvati no había acabado de hablar.
—Y, con respecto a lo que me dijiste, claro que quiero pasar la noche contigo, pero sin hacer cosas raras. Sólo quiero estar contigo, disfrutar de tu compañía. Eso es todo.
Parvati pensó que Lavender iba a componer un rostro de decepción al escuchar la nueva propuesta. Creyó mal.
—¡Me gusta tu idea!
En la habitación prometida por el premio del concurso de baile, Parvati yacía recostada sobre su cama. No vestía otra cosa que su ropa interior. Y a su lado, recostada de lado y apegada a ella, Lavender observaba a su amiga con ojos relucientes. Acariciaba su cabello negro y lacio con suavidad y tenía su boca entreabierta, lista para encontrarse con los labios de Parvati.
—¿Sabes Parvati? Nunca te hallé particularmente bella o atractiva, pero ahora que te miro con otra lupa, creo que encontré tu belleza oculta.
—Tú tampoco eras Miss Hogwarts —dijo Parvati, soltando una leve carcajada. Acariciaba las mejillas de Lavender con mucha sutileza, sin perder el contacto visual—. Creo que todas las personas en este mundo esconden algo maravilloso dentro, para el que sabe ver, porque no es lo mismo mirar que ver.
—No pensabas de esa forma cuando escuchaste por primera vez mi lista —puntualizó Lavender, acercándose un poco más a su amiga—. Creo que fui una buena influencia para ti.
—Y vaya que lo fuiste —repuso Parvati, tomando la cabeza de Lavender y jaló un poco para que se acercara más todavía—. Me salvaste de una vida de monotonía. Eso es algo por lo que siente te estaré agradecida.
—No me hagas llorar por favor —dijo Lavender. Una lágrima la traicionó.
—No es mi intención. Sólo quiero decirte que estoy profundamente arrepentida de haberme opuesto a tu idea en un principio, y estoy sumamente agradecida de haber seguido adelante. Hallar tu amor fue un regalo inesperado, y aunque no pueda decir que siento lo mismo por ti, sí quiero recibir tu regalo porque, en honor a la verdad, flaco favor le haría a nuestra amistad si rechazara algo tan hermoso como lo que quieres darme.
Más lágrimas traicionaron a Lavender. No conocía a la mujer que yacía sobre la cama. Parvati Patil había sufrido un cambio radical en aquellos dos últimos días, a tal punto que ya no parecía ella misma. Pero no había que malinterpretar las cosas: ese cambió a Lavender le gustó mucho y disfrutó grandemente de sus locuras. Y ahora quedaba por hacer la penúltima. Ya iban ocho.
Se acomodó encima de Parvati, envolviendo su cara con el cabello y su cuerpo con el suyo. Ambas estaban muy cerca.
—Ya no me siento incómoda —dijo Parvati, abrazando a Lavender y apretándola contra ella—. Pasamos por tanto juntas estos últimos días que ya no podría separarme de ti, aunque fuese como sólo una amiga.
—Yo nunca me sentí incómoda a tu lado. Sólo me ponía un poco nerviosa lo que yo sentía por ti, pero ya no. Hagamos todo a un lado y vivamos una noche mágica.
Parvati ya no halló palabras que decir. Todo se redujo a un beso, y a otro, y a otro más. Nunca era suficiente, pero a ellas les bastaba con estar juntas, con tocar, acariciar, besar y mirar, sin cosas raras, sin sexo, sólo amor.
—Me gusta el reflejo de la luz en tus ojos Parvati —dijo Lavender suavemente—. Son los detalles los que importan, los que hacen la diferencia.
—Si nos vamos a los detalles —repuso Parvati en el mismo tono que su amiga—, me gusta la textura de tus labios cada vez que me besas.
—Me encanta sentir tu respiración cálida en mi piel.
—Me gustan tus jadeos sensuales cada vez que te mordisqueo el cuello.
Normalmente detalles tan sutiles pasaban desapercibidos para el común de la gente, tal como lo haría el aletear de un colibrí en medio de una congestión vehicular, pero el silencio tenía una forma de amplificar las cosas, de hacer visible lo invisible, de darle color a lo monocromático, de darle emoción al pensamiento. Si hubieran hecho el amor, todos esos detalles que embellecían a una persona se habrían perdido en un torrente de delirante placer erótico.
Aquello que hacían Parvati y Lavender podría calificarse de amor de contacto, una clase de amor que sólo se podía conseguir con una cercanía íntima entre dos personas, y digo dos personas porque el amor no se debía monopolizar por los heterosexuales. Semejantes pensamientos tenían las dos chicas que se besaban y se querían a solas en una habitación de lujo.
Para cuando fueron las cinco de la mañana, Parvati yacía recostada sobre la cama, la cual estaba toda desordenada y Lavender hacía sus necesidades en el baño. Definitivamente, aquello fue mejor que hacer el amor. Se podría decir que lo hicieron, pero con el erotismo al mínimo y el cariño al máximo. Aquella era la definición de Parvati Patil para el amor entre dos mujeres, no aquello que se mostraba hasta la náusea en las películas para adultos muggle.
—¿Hola?
A Parvati casi se le salió el corazón por la boca cuando escuchó la voz de un colega de ella. Miró en todas direcciones, pero no se veía a nadie. Luego se dio cuenta que la chimenea estaba encendida, pese a que ninguna de las que ocupaba la habitación recordaba haberlo hecho.
—¡Agnes! ¿Cómo supiste que yo estaba aquí?
—Tengo amigas en Corazón de Bruja y lo sabes Parvati —dijo la tal Agnes con cara de circunstancias—. Tu show en el club Amortentia causó revuelo en la cúpula editorial de la revista y piensan sacar un artículo sobre ustedes dos en la edición de mañana.
Parvati compuso una breve mueca de terror, antes de darse cuenta que podría haber echado por tierra todo lo hecho en los últimos dos días.
—¿Tan pronto?
—Los lectores harán cola para comprar la revista después de esto —dijo Agnes como si el hecho que una sanadora se comportara de una forma poco profesional fuese una afrenta a su propio orgullo médico—. Pero ese no es el motivo por el que te contacté. Estuve hablando con un sanador extranjero que dio con la cura para el mal que sufre la señorita Brown y dice que si la llevas en este mismo momento a San Mungo, puede que haya una posibilidad que se salve y pueda vencer al cáncer.
Parvati tuvo dificultades para registrar las palabras de Agnes, pero cuando lo hizo, sintió ganas de gritar. Existía una posibilidad para Lavender después de todo.
—Ella está en la habitación conmigo. ¡Puedo llevarla de inmediato para que le apliquen el tratamiento!
—De acuerdo —dijo Agnes en un tono más profesional—. Espera un momento. ¿Ella está contigo, en la misma habitación?
—Es una larga historia —se excusó Parvati rápidamente y con las mejillas coloradas—. Espera un momento. Le diré a Lavender que se vista y partimos cascando para el hospital.
Parvati se dirigió al baño para comunicarle la buena noticia a su amiga.
—¡Lavender! ¡Tengo buenas noticias para ti! ¡Hay una cura para tu mal! —Al no escuchar respuesta alguna, Parvati entornó los ojos, creyendo que le estaba pasando gato por liebre—. ¡Vamos Lav-Lav! ¡No hay tiempo que perder!
Pero nada ocurrió. Frustrada, Parvati abrió la puerta y al mirar alrededor, su corazón pegó un horrible brinco, su cuerpo se paralizó y las palabras que le iba a decir se extraviaron en las profundidades de su garganta.
Lavender yacía en el piso, sufría de violentas convulsiones y botaba espuma por la boca. Sus pupilas estaban dilatadas. Lucía como si padeciera los síntomas de una sobredosis de algo, pero ninguna botella vacía encontró a su alrededor. Parvati no podía perder más tiempo. Acudió a la chimenea, echó unos polvos verdes al fuego —había un saco pequeño de polvos flu en caso de requerir una salida rápida del motel—, y vociferó su lugar de destino, el lugar donde todo comenzó.
