Capítulo 1.– Patente de corso

Ministerio del Tiempo de principios del XVII

"Húndese el puerto de contento y grita:

éste calafatea, aquél enjarcia,

cuál lastra, carga, sube, pone y quita

la vela nueva o la defensa marcia.

Éste el bizcocho, el agua solicita,

repara el árbol o la rota jarcia;

aquél, salada carne guarda en partes,

para el viernes mejor que para el martes"

Canto II, 31.

"La Dragontea"

Lope de Vega.


– ¿Por qué debe ser Lope?

Alonso de Entrerríos hijo vio cómo Don Miguel de Cervantes, ante la pregunta, levantaba sus cansados ojos de uno de los pliegos de papel que le rodeaban en su escritorio. Se mesó entonces la canosa y larga barba puntiaguda antes de contestar desde su asiento; su gesto de natural áspero y poco paciente, se agrió a la poca luz que se colaba del ventanuco de su despacho en el Ministerio de 1606. (*1)

Hacía pocos días que Padre y su amigo Martínez le habían dejado a cargo de Don Miguel (*2). Contra su voluntad y deseo a fe cierta, mas no estaba en su mano contradecir a Padre aun después de haberle podido salvar la vida. Recompensa mucha había sido poder hablarle y compartir con él su secreto y aunque habían sido años perdidos para Madre con muchas lágrimas, descubrir que había obrado como un ángel para protegerles siempre que había podido, en algo mitigaba el dolor de su ausencia. Alonso hijo guardaba aun la secreta esperanza de que quizás, ganada la confianza de Don Miguel con una o dos misiones para aquel extraño Ministerio, podría acabar atravesando una puerta que le llevara a conocerle mejor y si pudiera, a ayudarle.

Al fin y al cabo, recordó pudiendo evitar santiguarse, en aquel lugar se viajaba en el Tiempo.

– ¿Será un problema contactar con Lope, joven señor Entrerríos? –respondió Don Miguel–. Tenía entendido que le conocíais personalmente.

– Ningún problema –pudo responder Alonso tras tragar saliva–. Buen recuerdo guardo de él como buen recuerdo seguro que él guarda de mí, con motivo de nuestro mutuo embarco en la Felicísima Armada.

– ¿Entonces?

– Entendido tengo que su figura será importante en la Historia, tal lo es ya ahora –pudo explicar, casi a modo de disculpa–. ¿Por qué ponerle en peligro si...?

Cervantes se levantó entonces de su escritorio, paternal, amable y... Quizás algo teatral. Le palmeó el hombro con su brazo bueno, mientras le acompañaba a la salida.

– ¡Ah! ¡Poner en peligro a Lope, sabed que no es plato de mi gusto! ¡No señor! ¡No lo es! ¡Para nada! –aclaró Don Miguel–. ¡Más no nos queda otra! Sólo él conoce a ese afamado pirata...

– … ¿Roberts?

– Ese Roberts, sí. El que nuestros informes dicen que guarda a buen recaudo, en estos tiempos nuestros, el oro de Roa. Es de vital importancia que él os acompañe en esta misión, por tanto –aclaró–. ¡Por muy peligrosa que sea! ¡Recordad que es cosa de nada más y nada menos que el subsecretario Salvador! ¡El central de los Ministerios, figuraos! –exclamó solemne–. Vos habéis acabado aquí un poco como yo, aceptémoslo: de rebote. Si yo os contara... Pero no es óbice para que no cumplamos con el deber encomendado por este extraño Ministerio. ¡La Historia más grande es que vos, que yo, e incluso que Lope! –añadió don Miguel–. Aunque es posible que esta opinión no sea compartida por él mismo –pareció pensar en voz alta–... ¡Recordad joven Alonso que él no puede saber nada de aqueste nuestro Ministerio! Habréis de tenerle engañado como convenimos. Una misión para el Rey, diréis, y contento habrá de quedar. Obraréis bien, no temáis. Vuestro padre parece confiar en vos y es tal mi confianza en él que yo he de extender dicha confianza a pesar de ser vos aun joven y bisoño...

Alonso trató de seguirle el hilo sin mucho éxito. Don Miguel era de verbo fluido y preciso y aunque el propio Alonso se consideraba leído, en ocasiones no se sentía mucho más hábil que un pobre mocoso al despachar con él.

– … Ante todo recordad –añadió Don Miguel ya en la puerta–, que si por desgraciada ventura algo malo le acaeciera al Fénix de los Ingenios...

– Nada malo le sucederá –se atrevió a atajarle Alonso–. ¡Mi Honor va en ello!

– Vuestro Honor... ¡Oh, claro, claro, claro! –sonrió Cervantes–. Pero dejadme deciros que si algo le sucediera, si enfermara o se hiriese, de tal forma que su muerte pronto llegase y acaso no pudiere evitarse, en ese caso, ¿recordáis lo que debéis hacer?

– Debo... Ponerme en contacto con vos a la mayor premura –recordó Alonso.

– Eso es. Así tiempo nos dará a salvar su obra y su alma, si acaso su cuerpo de esta aventura, Dios no lo quiera, no vuelve.

– La Historia es lo primero –recordó Alonso.

– La Historia, sí. Y la Cultura. Otro hallaremos que publique sus trabajos futuros para que preservado quede su legado –sonrió Cervantes–. ¡Buena suerte, hijo mío!

Y portazo.

Alonso quedó unos segundos mirando la puerta del despacho, como siempre un poco mareado después de departir con Don Miguel. Tuvo que admitir que si de natural desconfiado hubiese sido, bien hubiera pensado que de aquella aventura Cervantes, quizás, no esperaba que Lope con vida volviera.


(*1) ver: "El Legado del Tiempo"

(*2) ver: "Sentencia pendiente" y "Legado pendiente"


En un hermoso lecho de Sevilla, la madrugada aun en el cielo, Lope abrazó los desnudos hombros de Micaela y se perdió en sus rizos color de oro; ella, el pelo arrebolado y su blanca piel cubierta de sudor, suspiró prendidas sus mejillas de abrasado color cereza.

– ¡Lope! –exclamó recuperando el resuello–. ¡Si sabido hubiera que el sur tanto os inflama habría venido antes a Sevilla!

Lope mordió aquellos conocidos labios y extrajo de ellos el jugo que tan largo había anhelado.

No es el sur, sino teneros –improvisó–, lo que ganas da de veros, y en mis besos atraparos, para como se debe, amaros, y por largo... Poseeros.

Ella rió, satisfecha, pero le detuvo los besos, juguetona, una fingida mueca de celos. ¡Ah Micaela! ¡La actriz! ¡Cómo sabía lo que encendía su fuego!

– ¿De verdad mi buen Lope? Si es así, ¿quién es Amelia?

– ¿Amelia? –repitió Lope, perplejo.

Observó la mirada llena de reproche divertido, azul y cálida, de Micaela bajo él. En el sueño el nombre se le habría escapado, comprendió. O quizás en otros momentos... ¡Amelia! Menos de un año hacía de haberse de ella despedido en Valladolid. Antes de eso... Mucho más tiempo. Lo cierto era que a veces recordarla a su lado se sentía como ayer mismo. Lope sabía bien que Micaela aceptaba que no fuera hombre que pudiera con otras detener su amor fácilmente; los celos eran fingidos, naturalmente, más la cautela como de costumbre, era necesidad.

– ¿Y bien, mi buen Lope? ¡Estoy celosa!

– Amelia era muchacha de tremendas... Aptitudes intelectuales –sonrió–. Vuestra belleza, en nada la envidia.

Ella suspiró, divertida.

– ¿La tuvisteis como a mi?

Lope suspiró.

– A decir verdad –se sorprendió Lope al recordarlo–, sobre eso aun hay debate.

Una patada en la puerta de la alcoba hizo que Lope sacara su espada de la vaina en el cabecero, sintiendo en la nuca que algo volvía a repetirse en su vida sin atinar a identificar muy bien el qué.

– ¿Quién sois? –pudo preguntar. Luego, ante el silencio, Lope se dirigió a Micaela sin bajar la espada–. Señora... Hacía a vuestro marido más viejo... Y en el Perú.

El joven en la puerta pareció sorprenderse con la escena y tuvo a bien carraspear.

– Mas Don Lope –pronunció cortesmente–. ¿No os acordais de mi? Nos conocimos en Lisboa –añadió. Luego hizo una leve reverencia–. Soy Alonso de Entrerríos, hijo.

Lope tardó un poco en bajar la espada, antes de hacer el recuerdo.

¡Pues sí era casualidad recordar a Amelia justo a aquel día!

– ¡Ah! ¡Mi buen y joven amigo Alonso! –rió Lope saltando de la cama–. ¡No pasa el tiempo por vos! ¿Cuánto tiempo hace? ¿No os deberé dinero, por ventura?

– No.

– ¿Me lo debéis a mi?

Alonso sonrió.

– La aventura, Don Lope –explicó, enseñando un sobre lacrado–, es lo que os debo.

– ¿La aventura? –repitió Lope.

– ¡La aventura! ¡Y el Rey! –confirmó Alonso.

– ¿El Rey? –repitió abatida Micaela desde la cama.


Con el amanecer ya en el cielo, el puerto de Sevilla era un ir y venir de pasantes, mercaderes y gente de la estiba. Alonso observó a Lope admirar el entorno, una mano a la espada, el herreruelo al hombro ya que a pesar de lo temprano no hacía fresco. Olores de pescado, mar y gentes atiborraban el Arenal y Alonso agradeció, llegados por fin a la carraca, alejarse del gentío. Frente al navío, Lope no ocultó un gesto de desdén. Para una aventura al servicio del Rey, quizás esperaba una nao con más enjundia, calado y arboladura. Más cañones.

– Es una vulgar carraca –apuntó Lope.

– Ideal para moverse sin llamar la atención –se defendió Alonso–. Bandera genovesa, discreta.

– Tres malos palos y una panza de gorrina encinta –gruñó Lope–. No nos llevará rápido a las Canarias.

– Pero de Canarias traerá la carga.

Lope aceptó el comentario mientras subía la pasarela. Alonso apartó con enojados gestos de la mano el enésimo intento de Arendibar de repintar el nombre del barco (*3).

– ¿"Agua marina"? –leyó Lope.

– Maese Arendibar tiene sus propias ideas acerca de los nombres genoveses –gruñó Gil-Pérez, al aparecer en el castillo de popa.

– ¡Vos! –señaló Lope al verle.

– Yo –confirmó Gil-Pérez–. No temáis, Don Lope, que ya estoy jubilado (*4).

Alonso sonrió y dio la mano al funcionario.

– ¿Todo presto? –preguntó Alonso.

– Un pequeño detalle os espera en la bodega –murmuró Gil-Pérez hacia Alonso únicamente–. El agente de 2018 no las tiene todas consigo y he tenido que... Traerle de aquella manera.

Lope apareció en la conversación, para pasmo de Alonso. Si oyó lo de 2018 no pareció indicarlo y más bien su sonrisa pícara delataba que sólo había pillado lo último.

– ¡Ah! ¡Un hombre poco convencido! –sonrió–. ¿Azumbre o palo?

– Azumbre, azumbre –aclaró Gil-Pérez–. Una vez en la mar, volverá en si. Partimos ya que estais aquí, si os parece.

Lope se adelantó a Alonso en la contestación, poniéndose al cargo.

– Me parece, me parece. Partamos.


(*3) ver: "El pergamino de Mendoza"

(*4) ver: "Tiempo de traiciones"


Chema recibió un remojón de agua de mar que le hizo despertar con la cabeza como un bombo. Frente a él, el cabrón de Gil-Pérez sonreía cubo vacío en mano. ¡Vaya hijo de...! ¡Le había emborrachado! ¡Eso era sometimiento químico! ¡Algo le había echado en el vino! ¡No lograba recordar nada! Tras el calvete, dos tíos le miraban con algo de desconfianza. Uno joven, con pinta de saber usar las armas que le colgaban del cinto; otro un poco más mayor, bigote elegante y refinado, creyéndose claramente por encima. De todo.

Por las fotos, tenía que ser el puto Lope de Vega. De eso sí se acordaba.

– ¡Oh, mierda! –gruñó cuando comprendió que se movían–. ¿Estamos ya en alta mar?

– Llegaremos pronto a ella, señor Chema –aclaró Gil-Pérez–. ¿Estamos en la misma... Onda?

Chema gruñó. Misma onda. Vaya cabrón. Las instrucciones eran seguir el rollo y ante todo que el Lope de Vega no se coscase de nada. ¡Pero estaba todo mal! ¡Era todo un error! ¡Alguien se había equivocado de la ostia! ¿Qué se suponía que pintaba él en aquello?

– ¡Yo no debería estar aquí, cojones!

Lope de Vega sonrió, en plan snob, mientras se frotaba el bigotito.

– Las primeras veces embarcado son las peores, señor... Chema –sonrió Lope –. Os acostumbraréis al balanceo –luego le puso la mano en el hombro, en plan papi–. Al principio, algunos creen que arriesgar la vida por el Rey puede ser un error. El miedo y la cobardía son normales. No temáis, que haremos de vos un hombre.

Chema iba a quitarse la mano del estirado de encima de una ostia cuando creyó ver el oscuro gesto del que debía ser Alonso de Entrerríos haciendo lentamente que "no" con la cabeza. Suspiró, y encontró las palabras a pesar del dolor de cabeza.

– Lo que trato de decir, tíos... Digo... Señores... Es que no soy un hombre de mar. Alguien ha metido el cuezo... Alguien se ha equivocado, quiero decir. No soy hombre para esta misión.

– Si Salvador ha creído que debíais venir –zanjó Entrerríos–, es que debíais hacerlo.

Chema apretó los dientes. ¡Panda de inútiles! ¿Nadie se había dado cuenta de que estaban equivocados? ¡Él ni siquiera era un pirata! ¡Era un hacker! ¡Algún burócrata idiota había cruzado términos y había acabado embarcado en el siglo XVII sin que le diera tiempo a decir esta boca es mía!

– ¡Es que no soy un pirata!

Lope le miró, sorprendido.

– Ninguno lo somos, señor Chema –sonrió, sacando el documento. En bellas letras barrocas, Lope esgrimió la patente de corso firmada por el secretario real–. El término correcto en este encargo es el de corsario.