Capítulo 10
Haymitch y Peeta Mellark se parecían en otros aspectos, además de su apariencia física: tal fue la conclusión de Katniss, cuando intentó que se quedaran en la cama más de un día. Si bien Peeta seguía con un palpitante dolor de cabeza a la mañana siguiente, hizo sus tareas matinales y volvió a trabajar en el taller de carpintería. Esa misma tarde, mientras Katniss estaba fuera de la cabaña, lavando ropa en el arroyo, su suegro intentó llegar al retrete, afuera, aunque le habían dejado un orinal a mano. Casi había bajado toda la escalera cuando se sintió débil, perdió el equilibrio y cayó rodando por los peldaños restantes, rompiendo una buena cantidad de los puntos de sutura y, al mismo tiempo, provocando una nueva hemorragia. Andrew fue testigo del hecho desde el corredor del fondo y, con los ojos muy abiertos de temor, salió corriendo al porche delantero y llamó a gritos a Katniss para que volviera rápido y ayudara a su abuelo.
Las ropas quedaron esparcidas por todos lados y, cuando Katniss llegó, Haymitch había cubierto sus muslos desnudos con el faldón de su camisa de noche, restaurando en parte su decencia y estaba sentado al pie de la escalera, apoyado en la pared. Por la mueca en su semblante se advertía el dolor que estaba sufriendo y, sin embargo, no exhaló más que un gemido ahogado cuando Katniss trató de ayudarle a ponerse de pie. Haymitch estaba demasiado débil para colaborar y era demasiado pesado para que ella lo levantara sola, por mucho que Andrew tratase de ayudarla.
—Andy, ve al taller a buscar a tu padre —le ordenó—. ¡De prisa!
Peeta volvió rápidamente con Cinna Tucker y, entre los dos, llevaron a Haymitch de nuevo a su cama. Su señoría, preocupado por proteger su recato habiendo una dama presente en el cuarto, se subió la sábana hasta la cintura antes de permitir que le quitaran el camisón ensangrentado. Fue Katniss la encargada de limpiar delicadamente su espalda mientras Peeta apretaba con firmeza una toalla sobre la herida, tratando de detener la salida de sangre.
—¿Se pondrá bien el abuelo? —preguntó Andrew, afligido, sin animarse a acercarse más allá del último escalón porque ver tanta sangre lo había asustado.
Katniss le sonrió, animosa:
—Tu abuelo se pondrá bien, Andy. Es demasiado terco para que le incomode una pequeña desventura como ésta.
Enrojeciendo de vergüenza, Haymitch lanzó una mirada a la muchacha y pronto se convirtió en destinatario de otra mirada muy elocuente. Katniss no necesitaba regañarlo por lo que había hecho: él mismo sabía que se lo merecía. Y asustar al niño no era más que una parte de ese castigo.
Finnick ya estaba haciendo su ronda y llegó poco después de que ellos lograsen detener la hemorragia. Se puso furioso al saber que el herido se había levantado de la cama tan poco tiempo después de sufrir una herida de semejante gravedad.
—¡Si vuelve a dejar la cama y se le abren los puntos, no me quedará otro recurso que cauterizar la herida con un hierro al rojo! ¿Entiende lo que estoy diciendo? No lo remendé para que vaya al retrete y se mate. —En un vehemente despliegue de furia, señaló con el pulgar por encima del hombro para indicarle el elemento indispensable—. ¡Ahí está el orinal esperando que lo use! ¡Por lo tanto, le pido que me ahorre algunos viajes más para remendarlo!
Haciendo gala de coraje, Andrew se había acercado y acurrucado en la cabecera de la cama hasta apoyar la nariz sobre el edredón de plumas. Dudaba de que le gustara ver a ese hombre regañando a su abuelo. Si alguna vez él se enfermaba o resultaba herido, deseaba que no llamaran a ese médico.
Finnick Odair no se limitó a criticar a su señoría sino que dirigió una mirada ceñuda a Peeta, que estaba ante la palangana, lavándose la sangre de su padre de los antebrazos.
—¿Y usted que hace fuera de la cama? ¿No le dije que se quedara allí un tiempo?
—Lo hice… sólo un minuto —repuso Peeta con una sonrisa—. Tenía un trabajo pendiente.
—¡Es evidente que son parientes cercanos! —refunfuñó Finnick y miró a Katniss como buscando ayuda—. Tal vez usted logre convencer a estos de que obedezcan mis consejos.
Katniss sonrió y comenzó a poner sábanas limpias en la cama y torundas limpias para que las usara el médico cuando volviera a coser la herida. Recordó uno de los dichos preferidos de Caesar Flickerman y lo convirtió en una pregunta.
—Doctor Odair, ¿ha visto alguna vez ponerse el sol por el este?
Echando una mirada al padre y al hijo, Finnick apretó los labios en una mueca torcida: ninguno de ellos demostraba el menor remordimiento; era obvio que harían lo que les diera la gana.
—Ya veo a qué se refiere.
—Sin embargo, deberían dar un mejor ejemplo al niño siguiendo más respetuosamente sus consejos —agregó Katniss, sonriendo a Peeta mientras le entregaba una toalla—. Estoy segura de que esperarían que Andrew obedeciera a sus indicaciones, doctor, del mismo modo que mi esposo espera que sus hombres se dejen guiar por su experiencia.
Finnick sonrió al comprender que la dama estaba logrando con eficacia lo que pretendía, por medio de suaves razonamientos mucho mejor de lo que él había logrado con sus amonestaciones. Evidentemente avergonzados por el lamentable ejemplo que habían dado al niño Peeta y Haymitch miraron a Andrew. Haymitch giró un poco para tomar la mano de su nieto y le hizo dar la vuelta a la cama.
—¿Entiendes que yo mismo me he metido en nuevas dificultades por no hacerle caso al doctor? —El niño clavaba la vista en el mayor con ojos agrandados—. Debería haber sido más considerado con tu madre, teniendo en cuenta que manché las sábanas y la escalera con mi sangre. Sé que lo que hice te asustó, y lo lamento. Debería haberme quedado en el altillo y no intentar bajar la escalera. Si hubiese hecho eso, ahora no necesitaría más puntos. ¿Entiendes?
El niño asintió con la cabeza y Haymitch revolvió su pelo rubio, haciéndolo sonreír.
Secándose las manos con la toalla, Peeta sonrió a su esposa y cedió a sus gentiles argumentos.
—Muy bien, amor mío, iré a decir a mis hombres que trabajen sin mí el resto del día. ¿Te parece bien?
—Saber que descansarás aliviará mis preocupaciones. —Katniss fue hasta él y peinó suavemente con sus dedos el pelo de su marido, palpando la hinchazón que aún se notaba, bajo la pulcra sutura—. Ahora que nos hemos encontrado, no quisiera que te suceda nada.
Se rumoreaba que Fulvia Thread Crane había provocado tal conmoción en Newportes Newes tras la muerte de su padre que los funcionarios de la aldea comenzaron a hacer investigaciones para averiguar su posible complicidad en el plan para destruir el barco de Peeta Mellark. Para asegurarse el acceso a una parte de la fortuna de los Thread, el capitán Crane embarcó a la fuerza a su esposa en el London Pride y zarpó hacia Inglaterra antes de que alguien decidiera detenerla. Siseando comouna serpiente, la mujer lo sometió a un duro castigo verbal pero Seneca se limitó a sonreír, pues sus amenazas ya no tenían peso ahora que Romulus Thread estaba muerto. Crane se prometió que ése sería el último viaje de Fulvia en el London Pride, pues ella había costado más en términos de vidas pérdidas que lo que él había logrado sacar de las arcas. Caesar Flickerman y la tripulación adivinaron las intenciones de su capitán, aunque no se atrevieron a expresar su alivio. Cuando avistaran las costas de Inglaterra y viesen por última vez a la arpía, entonces disfrutarían de una celebración que, mientras tanto, sólo era posible soñar.
Al principio, Katniss y Peeta abrigaban la esperanza de que Snow se embarcara también en el Pride cuando éste regresó, pero pronto supieron que había saltado del barco y aún estaba en el territorio. Algunos decían que estaba otra vez con Delly y, si era así, no resultaba difícil deducir que bajo la atenta vigilancia de Portia sobre sus pupilas y sus clientes, Snow tendría que pagar todos los favores que pudiese estar recibiendo de Delly. Los dineros de un marinero no podían durar demasiado con semejantes lujos, y se suponía que pronto tendría que buscar trabajo o recurrir a medidas drásticas para ganar las monedas necesarias para vivir.
El bienestar de Snow no era muy importante para Katniss y Peeta. Les preocupaban más las amenazas que él había hecho antes y veían con temor acercarse rápidamente el día en que ese sujeto volvería a buscar venganza. No pasaba una hora sin que se preguntaran si estaría otra vez en el bosque esperando una oportunidad para matar a alguno de ellos.
Poco después de la partida del London Pride, Purnia dio a luz a una niña y su alegría fue completa. Annie se quedó una semana más, tiempo suficiente para que la mujer reanudase la rutina de su hogar. En los días que siguieron, se organizó una modesta boda para Annie y el doctor Finnick Odair en una iglesia de la aldea. Sólo asistirían unos pocos amigos a la ceremonia pero todos los demás estaban invitados a un gran banquete en la taberna, que servía la mejor comida del pueblo. El propietario había prometido que, por esa tarde, impediría que Portia y sus chicas ejercieran su oficio en el local, una situación que de ninguna manera complacía a la madama.
Effie tuvo la gentileza de ofrecerse a cuidar de Andrew y de Haymitch mientras Peeta y Katniss asistían a la ceremonia y a la fiesta de bodas. Como lo más probable era que regresaran tarde, la pareja había invitado a la señora Trinket a pasar la noche con ellos, para no tener que regresar a su casa a hora muy avanzada. La mujer aceptó de inmediato, aunque a Haymitch no le agradó demasiado la idea. Se le erizó el pelo de la nuca ante la perspectiva de que una niñera irlandesa lo cuidase pero, como estaba obligado a no moverse de su estrecha cama por estrictas órdenes del médico, no tuvo escapatoria.
Peeta no cedió a las quejas de Haymitch:
—He conocido jabalíes salvajes que tenían mejor talante que tú —dijo, exasperado ya por los continuos lamentos de su padre con respecto a que la señora Trinket fuese a cuidarlos—. Te has quejado de la incomodidad de tu cama, de lo bajo que está el techo, de lo molesto que es mear en el orinal y de una larga lista de cosas más, la menor de las cuales no es que Andrew y tú queden al cuidado de la señora Trinket, una mujer mayor perfectamente capaz, bondadosa…
—¡Mujer mayor, ja! —Resopló Haymitch, acomodando a puñetazos la almohada que tenía bajo la cabeza—. ¡Vieja arpía, dirás! ¿Qué es lo que piensa hacer: correr a con el orinal cuando lo necesite? ¡Por San Jorge, antes me pudriré en el infierno! —Era absurdo imaginarse ayudado por una arpía que lo consideraba un inválido y que, en su celo por ser útil, trataría de levantarle el faldón de la camisa de noche cuando él se arrastraba, con las rodillas flojas, hasta la silla del retrete. ¡Hacía demasiado tiempo que estaba preso en ese maldito altillo y por cierto que no necesitaba a ninguna anciana decrépita que le ayudase! —. ¡Maldición, Peeta, no necesito a ninguna entrometida para que me atienda!
Peeta hizo grandes esfuerzos por no estallar en carcajadas. Podía entender que su padre se pusiera malhumorado por no poder moverse con su acostumbrada agilidad y energía pero la herida era grave y tardaría en curar, sin duda mucho más tiempo del que Haymitch estaba dispuesto a admitir o, más bien, del que duraría su paciencia.
—La señora Trinket vendrá sobre todo por Andrew —afirmó Peeta remarcando las palabras, como para que su padre entendiera la necesidad de la presencia de la mujer—. Y si, al mismo tiempo que cuida de él consiente en servirte una o dos comidas o prestarte algún pequeño servicio, te invitaré a que no te resistas más allá de lo conveniente. La señora Trinket no es tan vieja que no pueda reñirte si es necesario.
—De todos modos, ¿es muy vieja? —Refunfuñó Haymitch—. ¡Senil y desaliñada, seguramente!
—En realidad, Effie es una mujer muy agradable. —Los labios de Peeta empezaron a temblar con el cosquilleo de una sonrisa cuando comprendió que su padre estaba bastante más preocupado por la edad de la mujer que por cualquier otra cosa—. Supongo que podríamos haber encontrado a una mujer mucho más joven para cuidarte, pero tal vez no fuese ni la mitad de guapa.
Haymitch miró a su hijo con expresión suspicaz, los ojos entornados e insistió:
—¿Cuántos años dijiste que tenía?
Peeta se encogió de hombros.
—En verdad, no te lo dije. No tengo idea de su edad. Jamás tuve deseos de preguntar, pero no creo que sea mucho mayor que tú, en el caso que lo sea. ¿Cuántos tienes tú, sesenta y cinco? Es posible que tenga esa edad, más o menos.
Andrew subió haciendo retumbar la escalera con una pila de libros y, al llegar al altillo, se acercó de inmediato al catre, donde dejó caer su carga al lado del abuelo.
—Mamá Kaniss dice que puedes leerme, si quieres, yayo, porque ella está vistiéndose y en este momento no tiene tiempo. —Apoyando los codos en el borde del camastro, el pequeño puso el mentón en las manos y echó a su abuelo una mirada persuasiva—. ¿Lo harás, eh, yayo?
Haymitch no pudo resistir el cálido afecto de su nieto. Aclarándose la voz, adoptó una expresión más benévola con el niño y sus mejillas se enrojecieron al echar una mirada a Peeta y hacer un ademán vago hacia su baúl de cuero:
—En el compartimiento superior encontrarás unas gafas. ¿Podrías alcanzármelas?
—¡Yo las traeré, abuelito! —exclamó Andrew, ansioso, y corrió hacia el baúl mientras su padre levantaba la tapa y retiraba la cubierta del primer compartimiento.
El niño recibió las gafas junto con la advertencia de ser cuidadoso y volvió con su abuelo, observándolo con curiosidad cuando se las ponía. Haymitch miró de soslayo al niño que, intrigado al ver su reflejo en los cristales, se inclinó acercándose al rostro del abuelo.
—¿Ves ahí una pequeña ardilla? —preguntó Haymitch con tono cariñoso.
—¡Veo a Andy!
—Me parece que ves una pequeña ardilla —bromeó Haymitch, y se le escapó una sonrisa.
—¡No, yayo! —Se señaló con un dedo—. ¡Soy yo! ¡Mamá Kaniss me lo muestra en el agua, cuando vamos al estanque! ¡Es Andy!
—De este lado de las gafas yo veo una ardilla.
—¿Puedo mirar?
Andrew casi no podía contenerse cuando apretó su cara junto a la de su abuelo tratando de mirar a través de los cristales desde el punto de vista del otro.
La sonrisa de Haymitch se ensanchó cuando miró de costado.
—¿Ves algo?
Cerrando un ojo, Andrew guiñó con más fuerza.
—Sí.
—Entonces deberías usarlas tú, para ver mejor.
Andrew permitió gustoso que su abuelo acomodara las gafas sobre su nariz pero, cuando trató de mirar por los cristales, vio todo borroso. Girando la cabeza en una y otra dirección, trató de corregir su visión:
—¡Yayo, no veo nada!
Peeta se apretó los nudillos contra la boca para contener la carcajada. Desde donde estaba, las gafas convertían a su hijo en un niño de ojos saltones. De puntillas, atravesó el cuarto en dirección a la escalera y se detuvo para echar una mirada atrás y vio que su padre tomaba el dibujo de una ardilla que había hecho ese mismo día.
Lo sostuvo ante el niño y dijo:
—Ahora, quítate las gafas.
Andrew obedeció y su expresión se tornó eufórica al ver el vívido dibujo:
—¡Oh, Yayo! ¡Dibujaste ardilla tan bien como papi dibuja barco!
Peeta bajó la escalera con el mismo sigilo con que había cruzado la habitación pues no quería molestar a esos dos, completamente concentrados el uno en el otro. Su corazón se había entibiado al ver a su padre jugando con Andrew pues estaba convencido de que su padre jamás querría a su nieto. Y ahora, lo veía bajo una luz diferente, la que provenía de la curiosidad natural de un niño.
Katniss alzó la vista cuando Peeta entró en el dormitorio compartido y giró para mostrarle cómo se habían enredado los cordones en la espalda de su corpiño.
—¡Debo de estar engordando! ¡O Rue estaba como un junco cuando usaba este vestido! ¡Tuve que soltar los cordones para poder respirar, y mira lo que he hecho tratando de ajustarlos!
Acercándose a su esposa por atrás, Peeta la rodeó con los brazos y adoptó una expresión pensativa mientras ponía sus manos sobre los pechos.
—Sí, ahora están más grandes —inclinándose sobre el hombro de ella y apartando el escote del busto, espió dentro para admirar la voluptuosa redondez que se alzaba, tentadora, sobre el borde de encaje de la camisa—. Dos melones maduros, listos para ser devorados. Casi no puedo esperar a que volvamos esta noche.
Katniss proyectó el codo hacia atrás dándole un golpe juguetón en las costillas y le dirigió una sonrisa sobre el hombro, mientras lo regañaba con un poco de timidez.
—¡Pórtese bien, señor!
—Con cualquier mujer, menos contigo, mi amor —aseguró en voz ronca, dejando un beso tras otro en el cuello—. Eres mi única fuente de placer carnal.
—Me alegro. —Katniss suspiró, inclinando su cabeza hacia atrás sobre el hombro de él mientras acariciaba las manos esbeltas de su esposo que volvían a acariciarle los pechos—. No podría soportar compartirte con otra mujer. En ese sentido, soy como Clove.
—Sí, señora, pero soy propiedad tuya, no de ella. Tienes derecho a sentir eso.
Un leve golpe en la puerta delantera los interrumpió, anunciando la llegada de su invitada. La llamada recordó a Peeta que esa noche Andrew tendría compañía en su cuarto y que la pared no era tan gruesa que no dejara pasar el crujido de una cama.
—Esta noche tendremos que probar la alfombra de oso —reflexionó Peeta en voz alta, metiendo la mano dentro de la camisa de su esposa para acariciar su redondo pecho—. Si no, Effie pensará que no somos capaces de dejarnos en paz.
—Ayer ventilé la alfombra —informó Katniss, alzando hacia él sus ojos risueños y encontrándose con la mirada resplandeciente de él—. Conociendo tu insaciable apetito, consideré las posibles opciones, ya que tendremos a la señora Trinket en el cuarto vecino.
—Pensarlo de antemano fue muy listo de tu parte, mi querida —murmuró Peeta, dejando caer un amoroso beso sobre su frente.
Pasando suave y lentamente los dedos sobre uno de esos picos flexibles, retiró la mano y soltó el aliento contenido mientras retrocedía un poco, pero su intento por contener su excitación resultó inútil cuando su esposa estiró la mano hacia atrás para una rápida pasada exploratoria, provocándole una especie de trueno en los genitales. Entonces, con una radiante sonrisa, le echó una mirada triunfal, haciéndole sonreír.
—En efecto, no puedo esperar estar cerca de ti sin que eso me afecte. Si no fuera porque Effie está esperando en la puerta, me haría tiempo para nosotros dos en este mismo momento.
—La invitación queda abierta para cualquier momento, mi amor —susurró Katniss con sonrisa sensual.
—Más tarde reclamaré el cumplimiento de tu promesa —aseguró Peeta con un guiño significativo, mientras enfilaba hacia la puerta.
Peeta fue hacia la sala mientras dirigía sus pensamientos hacia algo bastante menos placentero que su bella esposa; cuando llegó a la puerta ya había recuperado el control de sí mismo. Al abrir la puerta principal, Effie lo saludó con una sonrisa y luego se volvió para saludar a Castor que la había traído por el río en la canoa de su padre.
—Te veré mañana —gritó al joven.
Volviéndose hacia su anfitrión, Effie lo observó de la cabeza a los pies e hizo un gesto de muda aprobación de su atuendo de caballero. Su levita, pantalones, chaleco y medias eran de sea azul oscuro, agradablemente acentuado por una almidonada camisa blanca con jabot y alzacuello.
La invitó a pasar con un ademán, flexionó una pierna en caballeresca reverencia y le sonrió:
—Bienvenida a nuestro hogar, milady.
Effie devolvió la sonrisa:
—Vaya, apuesto bribón, veo que no has perdido nada de tu buena apariencia desde la última vez que te vi. Y por cierto que estás mucho más elegante.
—Esto me lo ha dado mi padre —admitió Peeta, alisando la costosa chaqueta. Ya casi había olvidado la suntuosa sensación de la seda—. Me dijo que su cintura ya no es la de antes y que estas prendas no le van pero yo no le creo, porque he visto que tiene el mismo tamaño que siempre le he conocido.
—Entonces, toma las prendas como un regalo de un padre afectuoso — recomendó la mujer.
Una sonrisa pensativa apareció en los labios de Peeta.
—Hasta ahora nunca había pensado en él como un padre afectuoso pero supongo que tendré que cambiar de opinión teniendo en cuenta que recibió el lanzazo que era para mí.
Effie ladeó la cabeza y sus azules ojos irlandeses chispearon, provocativos.
—¿Me has echado de menos?
—Muchísimo —respondió Peeta riendo, mientras que entraba la pequeña maleta que la mujer había dejado en el porche y ella se apoyaba en el bastón y miraba alrededor.
—¿Dónde está tu bonita esposa? ¿Y Andrew, dónde está?
Peeta hizo un vago ademán hacia el altillo.
—Andrew está arriba, con su abuelo. Puede ir y presentarse usted misma, si lo desea. Katniss aún no está lista y necesita de mis servicios antes de presentarse. — Levantando la maleta para llamar la atención de la visitante, avanzó hacia la puerta del dormitorio—. Pondré esto en la habitación de Andrew por si usted llegara a necesitarla. Ya he armado la carriola; dejaré la maleta junto a la cama en la que usted dormirá esta noche. La cama más alta será más conveniente para usted.
Effie elevó la mirada al oír el murmullo de una voz de bajo que llegaba desde el altillo. Se le ocurrió que tenía un sonido agradable pero no demoró en presentar a Peeta una de sus preocupaciones:
—¿Estás seguro de que no molestaré a Andrew si esta noche duermo en su cuarto?
—Disfrutará de su compañía —la tranquilizó él—. Se ha sentido un poco solo desde que pusimos una pared entre nuestros cuartos.
—No tengo dudas de que el pequeño tendrá pronto un hermano —reflexionó en voz alta Effie, volviendo la vista hacia Peeta—. Seguramente eso ayudará a aliviar su soledad.
Sonriendo, Peeta arqueó una ceja con expresión interrogante.
—¿Quién esperaba ver crecer el vientre de Katniss? —Bromeó, alzando las cejas—. Tendrá que darnos un tiempoEffie.
—¡Como si no hubieras tenido bastante, bribón! —Respondió con un cloqueo—. ¿Cuánto tiempo necesitas?
—Digamos un mes o dos… o quizá más.
Effie agitó una mano como desechando el argumento.
—Si no hubieses estado perdiendo el tiempo ya sabrías si tu esposa está embarazada o no. —Entró en sospechas y lo miró con más atención—. Aunque en realidad siempre has sido un poco reservado, Peeta Mellark; creo que no lo dirás hasta que podamos verlo con nuestros ojos.
—¿Acaso le negaría a usted un secreto tan importante? —preguntó en tono afectuoso.
Effie respondió con un exagerado resoplido:
—¡Puedes apostar tu pellejo infernal a que sí lo harías!
Reprimiendo una sonrisa y oyendo reír entre dientes a su anfitrión, la mujer dio unos pasos hacia el corredor del fondo y luego, recordando un asunto de mayor importancia, se volvió para reclamar otra vez la atención de Peeta, que había llegado junto a la puerta del dormitorio. Y si bien se resistía a transmitir malas noticias al hogar de los Mellark tan poco tiempo después del altercado con Romulus Thread, estaba convencida de que sus amigos debían saberlo:
—Supongo que no sabrás que Homes Myers desapareció durante un par de días…
Peeta la miró, perplejo.
—¿Quieres decir que se fue de Newportes Newes?
—Sólo en espíritu.
Peeta enarcó las cejas.
—¿A qué se refiere?
—Esta mañana, encontraron al señor Myers en su pozo. Tenía el cuello roto. — suspiró, pensativa—. Jamás hubiese sido descubierto si no fuese porque uno de sus pies quedo enganchado en la cuerda del cubo.
La mandíbula de Peeta adquirió un sesgo reflexivo.
—Supongo que no se habrá roto el cuello al caer.
—Lo más probable es que lo hayan arrojado. Hazelle Pettycomb dijo que el otro día fue a ver al señor Myers y lo encontró riñendo con su vecino, el doctor Odair. Al parecer, estaban discutiendo acerca de Annie. Myers sostenía que usted lo había engañado y Finnick decía que él era un tunante y un mentiroso desvergonzado.
Peeta hizo una mueca sombría.
—Así que ahora la señora Pettycomb señala a Finnick como el asesino.
Effie hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Está muy impresionada con el hecho de que tu padre sea lord y, por ahora, te ha dado una tregua. De lo contrario, también te culparía de eso.
—Muy bondadoso de su parte —dijo Peeta muy irónico.
—No tanto.
Peeta, sintiendo que faltaba algo más, la miró.
—Hazelle dice que Katniss no es apta para ser tu mujer, por ser convicta y todo eso.
—¡Qué lástima que a alguien no se le ocurrió echar a la señora Pettycomb a un pozo! —gruñó Peeta, exasperado.
—Sí, quizás alguien sienta la tentación de hacerlo un día de éstos, yo preferiría que no fuese ninguno de mis amigos.
Effie miró significativamente al hombre hasta que él captó todo el peso de sus palabras y rió, tranquilizándola con un gesto negativo de la cabeza.
—No se preocupe, Effie, no arruinaría mi vida matando a esa vieja corneja. No me molesta tanto.
—Qué bien. —Effie sonrió aliviada y, levantando el bastón, señaló hacia el corredor—. Tu padre está visible, ¿verdad?
—En realidad, no —bromeó Peeta, dándole un significado completamente diferente a la pregunta—. Es muy probable que en este preciso momento sea capaz de arriesgarse con Snow y vencerlo. Se lo advierto.
La sonrisa de Effie no vaciló cuando echó un vistazo en dirección a la escalera.
—Creo que puedo cuidarme sola.
—Nunca tuve la menor duda, señora.
Con un cloqueo, la irlandesa hizo un florido ademán indicándole que fuera al dormitorio, ella siguió su camino hacia el altillo. Al llegar al último escalón, golpeo con la punta del balcón en el suelo para anunciar su presencia.
—Soy Effie Trinket, que viene a ver al caballero en este cuarto de la planta alta.
—¡Señorita Trinket! —exclamó Andrew, saltando de la cama de su abuelo. Corrió al encuentro de la mujer y, tomando su mano, la llevó hacia el camastro. Haymitch se apresuró a quitarse las gafas, las puso en el bolsillo del camisón y se subió la sábana hasta el mentón; recién entonces miró alrededor, ceñudo. La perspectiva de tener a su disposición a una vieja regañona lo había puesto de mal humor pero, al poner sus ojos sobre la esbelta y agraciada mujer, cambió inmediatamente de opinión. Trató de erguirse más desde la almohada, pero un dolor terrible lo recorrió desde la espalda hasta el pecho, y cayó sobre la cama con el rostro crispado.
—Perdóneme, señora —se disculpó Haymitch algo incómodo, cuando ella se acercó—. No tengo fuerzas para levantarme y recibirla con cortesía. Estar en esta cama sin tregua desde hace tanto tiempo se ha cobrado su tributo.
—No es necesario que se moleste, milord —aseguró Effie con dulce sonrisa—. Estoy bien al tanto de su enfermedad y no lo culpo.
Recorrió con la vista la larga figura yaciente y, por una vez en la vida, estuvo de acuerdo con la señora Pettycomb: era un espécimen admirable por ser un lord inglés. Claro que ella siempre había considerado a Peeta Mellark un hombre excepcionalmente apuesto; sin duda, había un parecido impresionante entre padre e hijo.
—Estaba leyendo a mi nieto —explicó Haymitch, recogiendo algunos de los libros que Andrew había llevado a su cama.
—Por favor, continúe —propuso ella, apoyando una mano sobre el hombro del pequeño—. Estoy segura de que a Andrew le encanta. Mientras tanto, yo iré abajo y prepararé un poco de té. Si conozco a Katniss, debe de haber dejado algunas tortas o bollos para servir con el té.
Con una palmada afectuosa en el hombro de Andrew, fue hacia la escalera.
—¿Señora Trinket…?
El propio Haymitch se asombró por la urgencia que sonaba en su voz y se reprendió por haberse vuelto tan torpe con las mujeres. Tal vez había pasado demasiado tiempo viudo y prestado demasiada atención a sus empresas de construcción naval, porque había perdido la mayor parte de esas gracias sociales que son tan atractivas a las mujeres. En los años que siguieron a la muerte de su esposa, se había vuelto duro, tosco e irascible. No era de extrañar que le costara hablar con el bello sexo.
Effie se acercó al catre y lo miró, interrogante:
—¿Necesita algo, milord?
Él le dirigió una mirada fugaz, vacilante pero, al toparse con esos ojos de un azul más intenso que el del cielo, se atrevió a sostenerle la mirada.
—Me preguntaba si sería usted diestra con los naipes…
Los ojos azules chispearon y la mujer, alzando su pequeño mentón afilado, lo desafió:
—Suficiente para dar una paliza a su señoría, por cierto.
Haymitch sonrió con el mismo encanto que había dominado su nieto:
—Es aburrido estar aquí solo. Quizá, después de que Andrew esté acostado, usted podría considerar la idea de jugar un par de partidas…
Effie inclinó su elegante cabeza blanca muy levemente pero el brillo de sus ojos fue intenso:
—Un par de partidas… o incluso tres…
Katniss y Peeta estaban saliendo de su dormitorio cuando Effie apareció en el corredor y se dirigió a la cocina. La mujer se detuvo a admirar a la joven beldad que iba vestida de seda de color turquesa intenso; con el que había sido el vestido más encantador de Rue. Recordó con claridad la belleza de la dueña anterior el día que lo había llevado, aún así, era mucho menos que la de la actual. Una fina cinta de color turquesa adornaba el esbelto cuello de Katniss y de sus orejas pendían unas perlas en forma de gotas, un regalo que Peeta había hecho recientemente a su desposada. Su castaño pelo estaba recogido en la coronilla, bajo una gorra de encaje blanco. Unos finos bucles que escapaban de la gorra rodeaban su rostro dando una adorable suavidad al arreglo. Un chal de encaje envolvía sus hombros.
—Hacen una pareja muy hermosa —declaró Effie con entusiasmo. — ¡La más hermosa que he visto!
Katniss hizo una breve reverencia.
—Es usted tan amable como siempre, señora Trinket.
La irlandesa lanzó un suave ulular.
—No creas que estoy llenándoles la cabeza con mentiras porque no tengo nada que hacer, queridita. He sido sincera y te pido que no lo olvides.
Con una carcajada, Katniss ejecutó una reverencia más profunda.
—No lo olvidaré, señora Trinket, y se lo agradezco.
Katniss la dejó y subió corriendo para ver si Haymitch necesitaba algo antes de que ella y Peeta se marcharan. Cuando apareció a la vista de su suegro, él se quitó las gafas y la contempló con expresión admirativa.
—Me pregunto si Gale Hawthorne ha comprendido lo que falta en su vida — reflexionó su señoría en voz alta cuando ella empezaba a mullir las almohadas.
—Estoy segura de que, a esta altura, Gale está siendo agobiado con invitaciones de padres ansiosos de conseguir un buen candidato para sus hijas. Más aún, es probable que ya haya elegido a alguna joven dama como prometida.
—Me resulta difícil creer que Gale la haya olvidado con tanta facilidad, querida mía, pero su mala fortuna se ha convertido en ventaja para mi hijo.
Katniss no sentía deseos de hablar de su antiguo pretendiente mientras su marido la esperaba.
—¿Le molesta mucho que lo dejemos con la señora Trinket? En realidad, es una mujer deliciosa.
En ese momento, Haymitch no sentía inclinación de comentar su cambio de actitud hacia la viuda, como Katniss se la había presentado al marqués.
—No te preocupes por mí. Andrew y yo nos las arreglaremos.
Katniss no quedó satisfecha con la respuesta pero un impulso la llevó a inclinarse y depositar un beso indulgente en la frente de su suegro, haciéndolo arquear las cejas, sorprendido.
—Volveremos tan pronto como podamos —murmuró, dándole una palmada en la mano para luego volverse y dar un beso y un abrazo a Andrew. En el rellano, giró la cabeza y sonrió a ambos—: Pórtense bien, de lo contrario la señora Trinket me lo dirá.
A Andrew le causó gracia la idea de que advirtiesen a su abuelo que se portara como era debido. Haymitch le guiñó un ojo y, poniéndose las gafas, tomó otro libro y acomodó al pequeño junto a él para volver a la lectura.
La ceremonia nupcial que unió a Annie Cresta y al doctor Finnick Odair fue una ocasión dichosa. Katniss nunca había visto tan arrebatadora a su amiga. El vestido azul claro que Finnick había encargado a una modista para su novia, destacaba los colores de Annie, confiriendo un resplandor vibrante a su piel mate y sus ojos verdes. Su pelo castaño y liso estaba trenzado con cintas azules y recogido diestramente en la coronilla. Gloss Becker, amigo íntimo del doctor, había hecho un par de elegantes sandalias y se las obsequió como regalo de bodas.
Finnick Odair también había sufrido una transformación: la sempiterna barba de tres días, que solía acentuar sus rasgos macilentos, había sido afeitada y su pelo cobrizo estaba pulcramente recortado y atado en una cola con una cinta negra. Un traje cortado por un sastre, de color gris oscuro, daba una apariencia más digna a su alto cuerpo desgarbado.
Los votos fueron pronunciados en voz baja y luego, tras sellar la promesa con una sortija y un beso inseguro, Annie y Finnick se arrodillaron para recibir la bendición del sacerdote. Unidos en sagrado matrimonio, se levantaron y se dieron la vuelta para presentarse ante sus amigos.
—Señoras y señores, les presento al doctor Odair y a su señora.
Los invitados respondieron con animados aplausos, y exclamaciones de ¡Bravo, bravo! retumbaron en la iglesia. Peeta y Katniss se unieron a Purnia y Darius para presentar sus felicitaciones a los recién casados. Con lágrimas de alegría en los ojos, Annie abrazó a Katniss y la estrechó contra ella.
—Milady, ¿alguna vez imaginaste que seríamos tan felices en esta tierra?
—No, Annie —murmuró Katniss riendo y retribuyendo su abrazo—. Jamás me he atrevido a creer que de mi apresamiento podría derivar semejante felicidad hasta que Peeta me compró y me llevó a su casa. Entonces, mi vida volvió a comenzar. —Dio un paso atrás y sonrió a su menuda amiga—. Ojalá que tú y Finnick tengan toda la felicidad del mundo, Annie… y muchos niños hermosos.
Lanzando una mirada tímida a Finnick, Annie se ruborizó.
—Tú me has conocido con un niño; tal vez te parezca extraño que lo diga, pero yo he estado con un hombre una sola vez en mi vida. Te aseguro que estoy tan nerviosa como un virgen.
Katniss sonrió.
—Estoy segura de que Finnick será muy tierno contigo, Annie… tal como lo fue con Purnia cuando trajo a su hija al mundo. ¿Viste lo cuidadoso que fue? ¿Puedes imaginarlo siendo brutal contigo?
Annie negó con la cabeza.
—No, milady.
—No te preocupes, entonces.
Retrocediendo para permitir que los demás conversaran con Annie, Katniss enlazó su brazo al de su marido y le sonrió con ojos resplandecientes.
—Annie me ayuda a comprender lo muy afortunada que soy.
—¿No te pesa haber dejado Inglaterra, mi dulce? —preguntó Peeta con ternura, apoyando una mano sobre la que ella tenía en su brazo.
La cabeza de vivo color se inclinó hacia delante y la mujer tragó para deshacer el nudo que tenía en la garganta.
—Mi único pesar es que echo mucho, mucho de menos a mis padres.
—Tal vez podamos visitarlos después de que yo venda el barco —dijo él—. ¿Te gustaría?
Katniss asintió con la cabeza en un gesto vehemente y luego se abanicó con el pañuelo sintiéndose un poco débil.
—Aquí está muy cerrado, ¿no te parece, Peeta?
Peeta rozó con un dedo el costado de la cara de ella.
—Tus mejillas están calientes.
—Tú tienes la culpa —murmuró con una sonrisa, y sumiendo su mirada en la calidez de la de él.
—¿Quieres salir a tomar un poco de aire fresco?
—Sí, vamos.
Mucho más tarde, cuando todos hubieron derramado sus bendiciones y buenos deseos sobre la pareja, Annie volvió a buscar a Katniss en el patio de la iglesia. Hasta ese momento, Annie había evitado hablar en detalle de los sucesos que habían llevado a su detención porque esos recuerdos le resultaban demasiado dolorosos para evocarlos, pero ya se sentía un poco más relajada en relación con su pasado.
—Milady, esta tierra y algunos de sus habitantes me han brindado un nuevo comienzo. Heme aquí casada al fin, y con cierta esperanza en el futuro. —Admirando su vestido, la mujercilla alisó las mangas con sus manos ásperas por el trabajo—. En Inglaterra, jamás pude tener algo como esto. Después que mi madre enfermó no nos quedó un centavo. Pedí al hombre que trabajaba en la herboristería que me diese las hierbas que mi madre necesitaba, porque estaba muy enferma. Me dijo que me las daría si yo me acostaba con él. Fue tan rudo que me eché a llorar antes de que todo acabase. Entonces, se enfadó mucho y me abofeteó para que me callara. Después, me calificó de pequeña ramera por haber vendido mi virginidad a cambio de un puñado de hierbas. A continuación, me echó sin darme una hoja siquiera, diciendo que no merecía nada porque lo había fastidiado mientras él estaba gozando. Yo me puse a aporrear la puerta rogándole que me diera las hierbas, pero no contestó. Después, descubrí que estaba embarazada. Cuando faltaba poco para el parto volví a pedirle ayuda, porque mi madre había empeorado mucho. Él rió y me dijo que el bebé era asunto mío y no de él. Me puso tan furiosa que lo golpeé en la cabeza con una pesada redoma y le robé las hierbas. Cuando volví junto a mi madre, ya había muerto. Di a luz a mi hijo esa misma noche. Me oculté por un tiempo sin saber adónde ir, pero el padre de mi hijo me vio mendigando en la calle y, poco tiempo después, me hizo detener.
Katniss parpadeó para ahuyentar las lágrimas que se habían agolpado en sus ojos y, acercándose a su amiga, la estrechó en un largo abrazo.
—¿Le has contado a Finnick lo que te sucedió?
Annie asintió con la cabeza mientras sollozaba.
—Tenía que hacerlo, milady. No podía casarme sin desnudarme por completo ante él. Me dijo que igual me amaba y que empezaríamos de nuevo los dos juntos. Crearemos una familia y envejeceremos juntos.
Katniss sonrió con dulzura:
—Al parecer, has tenido la fortuna de encontrar un esposo amante y cariñoso, Annie.
Reuniéndose con ellas, Finnick pasó un brazo sobre de los hombros de su desposada.
—Nuestros invitados están yendo hacia la taberna, Annie. Será conveniente que nos adelantemos, que estemos allí para recibirlos.
Cuando se marcharon, Katniss miró alrededor en busca de Peeta y sonrió al sentir una presencia que se acercaba desde atrás y ver unos brazos enfundados en azul que la rodeaban.
—¿Me buscas, señora? —susurró él en su oído.
La respuesta fue precedida por un suspiro de dicha:
—Sólo si eres el hombre de mis sueños.
—Dime, señora, ¿qué aspecto tiene el hombre de tus sueños?
—Alto, pelo rubio, ojos azul claro… demasiado apuesto para que yo pueda resistirme a él.
—¿Acaso querrías?
—No, nunca. Ansío sus caricias hasta cuando estoy con otras personas.
Peeta acarició suavemente sus brazos.
—¿Se conformará con mis caricias, señora?
—Sólo hasta que podamos volver a nuestra cama y yo consiga abrazar nuevamente al hombre de mis sueños.
—Podemos irnos ahora, amor mío —sugirió Peeta, encontrando atractiva la idea—. No creo que aquí pueda suceder nada tan tentador como eso que dices.
—Si nos fuésemos ahora, tu padre y la señora Trinket aún estarían levantados —señaló Katniss—. Se preguntarán por qué hemos vuelto a casa tan temprano y, sin duda, querrán conversar. Ya sea aquí o allá, tendremos que esperar. Además, Annie espera que estemos con ella para compartir su felicidad.
Peeta cedió a los argumentos de su esposa.
—Como tú desees, señora mía. ¿Vamos andando hasta la taberna o traigo el calesín?
—Creo que podríamos andar —contestó Katniss y le dirigió una sonrisa coqueta por encima del hombro—. No es frecuente que pueda pasearme por la acera a paso tranquilo y ver cómo todas las mujeres te comen con los ojos.
—Es porque yo me afano en mantenerte alejada de todos los hombres de la aldea —replicó Peeta—. Te miran demasiado, y yo podría perder la paciencia.
—No es necesario, mi amor, porque mis ojos sólo te ven a ti.
Galante, Peeta le ofreció el brazo y la condujo hacia la taberna. Estaban tan sumidos el uno en el otro que no vieron acercarse a Hazelle Pettycomb hasta que casi se dieron con ella y con el hombre que la acompañaba. Por una vez, la mujer parecía demasiado ocupada con sus propios asuntos para meterse en los ajenos. Refunfuñaba y se retorcía caminando junto a su marido que mantenía un semblante estoico, sin hacer demasiado caso de sus murmuraciones.
—¡Te lo dije, Boggs! ¡Quiero ir al muelle a ver ese nuevo barco que llegó a puerto! —Al no recibir respuesta, le tironeó de la manga de la chaqueta—. ¿Me has oído, Boggs?
—¿Quién podría no oírte?
—¿Eso es todo?
—¡Quiero cenar, mujer! ¡Y no se discute más! Estoy harto de tu eterno callejear, metiendo tu larga nariz en los asuntos de todo el mundo. He decidido que, de aquí en adelante, se harán ciertos cambios en tu manera de conducirte o, de lo contrario, tendrás que responder ante mí. Finnick Odair es mi amigo, y me siento muy avergonzado de que te ocuparas de exagerar una insignificante discusión que él tuvo con ese repelente de Homes Myers. Por tu culpa, no pude decidirme a asistir a la boda de mi amigo hasta no haber hecho algún esfuerzo para poner orden en mi propia casa. Soy un hombre temeroso de Dios, señora, pero te aseguro que habrá un escándalo si, de ahora en más, no mantienes la boca cerrada. Y si piensas que estoy hablando por hablar, tal vez me decida a darte con una rama en el trasero, para demostrarte que lo digo en serio.
Hazelle lanzó una exclamación indignada.
—¡No te atreverás!
Volviendo apenas la cabeza, Boggs Pettycomb alzó una ceja y la miró fijo:
—Soy hombre de palabra, señora. Si oigo un solo rumor más de que has difamado a otra persona, pagarás las consecuencias.
Cuando se acercaron a la pareja más joven, Boggs se quitó cortésmente el sombrero y saludó primero a Peeta, luego a Katniss. Los dos quedaron estupefactos por lo que acababan de oír, y su esperanza creció más aún cuando Boggs les habló:
—Dé mis saludos a Finnick, por favor, Peeta. Le he enviado un regalo pero mi mejor presente de bodas está en elaboración.
Conteniendo las ganas de sonreír, Peeta hizo una breve inclinación comprometiéndose a llevar el recado e interpretando a su modo el otro regalo de Boggs que, según sospechaba, beneficiaría a todos.
Se habían contratado músicos para tocar durante el festejo, y una amplia variedad de pacientes fieles, amigos y conocidos habían acudido al banquete. Peeta estaba asombrado de que hubiese tanta gente viviendo en la región pero, a juzgar por la gran cantidad de personas que habían acudido a presentar sus buenos deseos, era evidente que a Finnick Odair no le faltaban seguidores ni amigos. Darius y Purnia Tate, cargando a la recién nacida en una cesta acolchada, habían llegado desde la iglesia para unirse a la fiesta. Al ver a los Tate y los Mellark, Finnick los llamó y los invitó a sentarse con él, de modo que Annie tuviese la fortalecedora compañía de amigos íntimos.
Aunque la comida era abundante y deliciosa, Katniss sintió que el aire pesado de la taberna, espeso de olores mezclados, disminuía su apetito: el desagradable olor del sudor masculino, estiércol de caballo que había sido llevado por las pisadas, los diversos aromas de los platos servidos sobre las largas mesas y la dominante fragancia del agua de colonia con que una matrona se había perfumado generosamente. El humo del fogón donde se asaba otro cochinillo, dificultaba su respiración. Sintió náuseas y apretó un pañuelo perfumado en sus mejillas húmedas y frías, y luego en la nariz. La tenue barrera sirvió unos momentos hasta que un montañés empujó sin querer su silla y su brazo haciendo caer su pañuelo sobre el regazo. Una vaharada del hombre que se inclinó para pedirle disculpas estuvo a punto de perderla porque apestaba a todo lo que ella estaba tratando de evitar. El individuo se alejó y, sumida en cierto pánico, Katniss se inclinó adelante para excusarse ante sus compañeros de mesa.
—Si me disculpan, necesito un poco de aire —dijo. Cuidando de no mirar los platos se puso de pie y, cuando se volvió sin ruido hacia Peeta, él ya estaba junto a ella. Apoyó una mano trémula sobre el pecho de su esposo y le rogó en voz baja—: Quédate y termina de comer. No tardaré.
Peeta tomó su mano.
—Señora mía, odiaría que los marinos y los pasajeros recién llegados te tomaran por una de las prostitutas que frecuentan el lugar.
Comprendiendo lo prudente de su preocupación, Katniss accedió y permitió que él la llevara afuera. Tras aspirar varias bocanadas del aire del atardecer, Katniss obtuvo rápido alivio, comenzó a sentirse mejor caminando junto a su marido. Yendo al azar hacia el linde del pueble, Katniss contempló los escaparates ante los cuales pasaban, y cada tanto señalaba a Peeta algo que le había llamado la atención. Gozaba de ese tranquilo paseo compartido y sentía un gran orgullo de ir del brazo de su esposo.
Los pasajeros del barco recién arribado ya comenzaban a llegar desde el puerto. Algunos parecían tener mucha prisa por llegar al centro de la aldea. Un caballero alto, de pelo oscuro, elegantemente vestido, iba adelante de todos. Sus largas piernas se lo habían posibilitado; era claro que su bastón con puntera de plata era más un lujo que una ayuda para caminar. Sus pasos eran largos y seguros y, con la cabeza en un ángulo airoso, miró alrededor como buscando algo o a alguien. Cuando vio a los Mellark desde lejos, se detuvo de repente y ladeó la cabeza como para observar mejor, clavando la vista en dirección a Katniss. Visiblemente confundido, reanudó la marcha pero a paso más lento, más inseguro.
Al llegar al final de la acera, Peeta se volvió y poniendo la mano de Katniss en el ángulo de su brazo, le preguntó:
—¿Te sientes mejor, cariño?
—Sí.
—¿Necesitas más aire?
—Si no te molesta…
—Cualquier cosa, mi amor —respondió, con una sonrisa.
Peeta oyó el sonido de pies que corrían tras él y, al mirar por encima del hombro, vio a un caballero ricamente ataviado que se acercaba a ellos a toda velocidad. No había manera de confundirse: la mirada del hombre estaba pegada a Katniss.
La audacia del sujeto hizo gruñir por lo bajo a Peeta.
—¿Qué es esto? ¿Un recién llegado que ya está prendado de ti? —dijo en voz baja.
La pregunta de su esposo atrajo la mirada de Katniss hacia atrás, permitiendo así que el hombre la viese de perfil.
—¡Katniss! ¡Katniss! ¡Por Dios, eres tú!
—¿Gale?
Reconociendo la voz, se volvió, confundida y de repente ahí estaba su antiguo prometido arrojando su bastón y alzándola en sus brazos. Haciéndola girar en círculos, la levantó por completo del suelo.
—¡Katniss, creímos que jamás te encontraríamos! —gritó, mientras seguía girando—. ¡Por pura casualidad, tu madre vio a una mujer usando tus botas y la sobornó para que le dijese cómo las había conseguido!
—¿Qué hace? —ladró Peeta.
Había reconocido el nombre y, al ver las hermosas y aristocráticas facciones del hombre, se sintió en serio riesgo de perder el corazón de su esposa a manos de su anterior prometido.
—¡Gale, déjame! ¡Por el amor de Dios, déjame ya mismo! —exclamó Katniss, apretando su pañuelo en la boca y sintiendo que su mundo giraba locamente.
El marqués obedeció y quedó completamente aturdido, viendo cómo Katniss se alejaba tambaleante hacia el borde de la acera. Inhalando grandes bocanadas de aire, luchó con valor para reprimir lo que le subía a la garganta aunque tenía la sensación de que el pueblo se inclinaba en un ángulo agudo ante ella. Su estómago se rebeló y extendió una mano hacia atrás, llamando a Peeta a su lado.
Gale la contemplaba impotente, confundido, resentido, viendo cómo ese desconocido pasaba un brazo por esa cintura que él había rodeado en otro tiempo, y cómo posaba una mano sobre la frente tersa que él había besado. Esa familiaridad con su prometida encendió su ira y estuvo a punto de dar un paso adelante para protestar, pero al fin captó el ruego de su prometida, que trataba de contener una arcada tras un pañuelo de encaje.
Gale se puso en acción: corrió hasta un abrevadero de caballos, humedeció su pañuelo y regresó para ofrecerlo a la mujer. Katniss hizo un débil gesto de agradecimiento y se enjugó la cara, apoyada en Peeta. Éste apartó un mechón de su cara abochornada, pasó un brazo alrededor de su cintura, y ella apoyó la cabeza contra el muro sólido de su pecho.
La intimidad del abrazo de Peeta provocó un sombrío ceño en el anterior novio de Katniss pero eso no fue todo, de ninguna manera.
—¿Qué diablos está pasando aquí? —preguntó otra voz desde la calle principal, sacando a Gale esas palabras de su boca.
—¿Papá? —Katniss alzó la cabeza y miró en torno buscando el rostro amado. No habría confundido la voz y cuando sus ojos se posaron sobre el hombre bajo, nervudo, vestido con esmero que estaba en medio de la calle, los brazos en jarras, las piernas separadas, lo confirmó: era su padre—. ¡Papá! ¡Oh, papá!
Casi bailando en el borde de la acera, le hizo señas de que se acercara y, en cuatro largas zancadas, Plutarch Everdeen estuvo allí, estrechando a su hija en un abrazo. Las cejas de Peeta se elevaron y retrocedió a respetuosa distancia, pasando a segundo plano durante un momento.
—¿Quién demonios es usted, de todos modos? —quiso saber Gale Hawthorne, avanzando hacia Peeta y, sin darle tiempo a responder, explicó con aspereza— : Cuando comenzamos a hacer averiguaciones en Newgate después de encontrar las botas de Katniss nos dijeron que había sido embarcada en el London Pride. Tuvimos la fortuna de cruzarnos con el Pride mientras navegábamos hacia aquí; hicimos que nuestro capitán interceptara a ese barco. Cuando pudimos hablar con él, el capitán Crane nos dijo que Katniss había sido vendida como sierva contratada a un colono llamado Peeta Mellark, aquí, en Newportes Newes. ¿Es usted ese individuo?
—Sí, el mismo.
El rostro de Gale se puso tenso de irritación.
—Además, el contramaestre del Pride nos informó que había oído rumores en el pueblo de que el colono que comprara a Katniss había asesinado a su primera esposa.
—Sí, se rumoreaba —accedió Peeta, sin vacilar—. ¡Pero nunca pudo demostrarse nada porque yo no la maté!
Gale hizo un movimiento desdeñoso con la cabeza.
—¿Por qué será que no le creo?
—Quizá porque no quiere —repuso Peeta.
—Cierto, no quiero. ¡Lo que en verdad quiero es derribarlo de un puñetazo!
Fue notable cómo se enfrió la mirada de Peeta al devolver la mirada al marqués:
—Cuando quiera.
—¡Katniss!
El grito de una voz femenina atrajo la atención de todos ellos hacia una mujer menuda, delgada, de claro pelo castaño, que caminaba de prisa por la calle principal hacia Katniss y su padre. A su lado iban dos mujeres vestidas como criadas que se esforzaban por seguirle el paso, una más vieja y regordeta, de pelo gris, y la otra, de unos treinta años.
—¡Mamá! —exclamó Katniss, y fue arrastrada de inmediato por su padre hacia la calle principal.
Se hizo a un lado para dar paso a un carro con su caballería, agitó la mano saludando a su madre y luego, cuando el vehículo hubo pasado, se unieron dando un grito de alegría. Confundidas en un apretado abrazo, en medio del camino, no les importaron los jinetes y carruajes que pasaban por delante y por detrás de ellas. El vehemente abrazo aflojó un poco para que pudieran tocarse y contemplarse como si trataran de dar cabida en sus mentes que, en realidad, estaban juntas otra vez.
La vieja criada lloraba, esperando ansiosa su turno y, cuando se sonó ruidosamente con un pañuelo, por fin Katniss advirtió que también estaba allí la vieja cocinera. Volviéndose hacia ella, Katniss la abrazó, jubilosa.
—¡Oh, Sae! ¡Qué maravilloso verte! ¡A todos! —Con una alegre carcajada, se apartó y abrazó a la criada más joven, que se había acercado a reclamar su atención—. ¡Seeder! Por Dios, ¿qué están haciendo aquí?
Su madre se apresuró a explicar:
—En tu ausencia, he estado usando los servicios de Seeder, Katniss, porque mi vieja Lyme cayó enferma. Pero volverá a ser tuya en cuanto regresemos a Inglaterra.
Katniss miró en torno y, extendiendo la mano hacia Peeta, lo invitó a acercarse a ella. Su padre y Gale, en quienes se había despertado una aversión inmediata al colono, lo siguieron, pegados a sus talones. Lo que no podían tolerar era el modo familiar en que trataba a la mujer que tanto querían como hija y como novia.
—Mamá… papá… Gale… —Katniss paseó fugazmente su mirada por cada uno y luego enlazó con gesto decidido su brazo en el de Peeta, atrayéndolo hacia ella—. Éste es mi marido, Peeta Mellark.
—¡Tu marido! —Exclamó Gale—. ¡Pero estabas prometida!
Aferrando a Peeta del hombro, Plutarch lo hizo girar hasta que quedaron de frente, y no le importó que el colono fuese una cabeza más alto. El hombre mayor lo tomó de las solapas y lo miró, ceñudo, con toda la furia de un padre indignado. Hasta su rizado pelo rubio que se había aclarado con los años, parecía erizado por la ira.
—¿Qué pretendía, casándose con mi hija sin mi consentimiento?
Katniss se aferró la garganta con una mano temblorosa.
—¡No, papá!
—No necesitaba su consentimiento —respondió Peeta con aplomo. Aferrando la muñeca del otro, apartó la mano crispada de su levita—. Katniss ya era mía.
Gale se acercó a los dos que sostenían un duelo de miradas como sables, e informó brutalmente a Plutarch:
—Él es el que compró sus documentos… aquel que mencionó el capitán Crane. El uxoricida, según lo que dijo el contramaestre. ¡Es evidente que este colono obligó a Katniss a casarse con él!
—¡No! —Acongojada, Katniss se cubrió la cara con las manos pues el mundo que, hasta unos momentos atrás parecía un paraíso, ahora era un infierno. Dirigiéndose a su madre, le suplicó ayuda—: ¡No ha matado a nadie, mamá! ¡Él me pidió que me casara con él y yo acepté, porque quería!
Paylor estaba tan perpleja como su marido, pero se adelantó y apoyó una mano con gesto dulce en el brazo de Plutarch:
—El centro del camino no es lugar para ponernos a resolver esta cuestión, querido mío. Debemos buscar un sitio cerrado; tal vez sea suficiente con un cuarto en una posada.
—Perdón, señora —propuso Peeta, rígido—. Han llegado varios barcos aquí, últimamente, y habiendo una sola posada en el pueblo, dudo de que encuentren lugar; ni siquiera para uno de ustedes.
—Pero ¿adónde iremos? —Esta vez fue la madre la que acudió a la hija—. Somos muchos y hemos venido desde muy lejos. ¿Qué podemos hacer?
Katniss recurrió a su marido, diciéndole en tono quedo:
—¿Crees que la señora Trinket consentiría en recibirlos?
Si no fuese por su esposa, con mucho gusto Peeta los hubiese dejado dormir en la calle.
—Tal vez mañana, pero ¿qué harán esta noche, Katniss? Será tarde antes de que regresemos a casa. No podemos sacar a nuestra invitada de la cama e imponerle la responsabilidad de regresar a la aldea y abrir su casa a personas que, para ella, son desconocidas. Sería pedir demasiado a la anciana.
—Habría algún modo en que pudieran quedarse con nosotros esta noche? — Preguntó Katniss con convincente dulzura—. Tú y yo podríamos dormir en el suelo.
—No permitiríamos que nos cedieras tu propia cama —intervino Paylor, aunque no aprobaba que su pequeña se hubiese casado con ese desconocido.
Ella era tan joven, y él tan... tan... no encontraba la palabra apropiada para describir sus sentimientos hacia ese hombre, y sólo estaba segura de que no era más que un bribón que se había aprovechado de su hija.
—¡Me gustaría ver a ese tunante fuera de la cama de mi hija! —gruñó Plutarch.
—Yo quisiera proponer la anulación —dijo Gale, temerario—. No cabe duda de que ese animal se impuso a ella. Es lo mismo que Katniss lo admita o no; estoy seguro de que ella aceptó bajo una intensa presión.
Plutarch no fue tan civilizado con sus recomendaciones:
—¡Me gustaría verlo castrado!
Katniss se llevó la mano temblorosa a la boca y gimió:
—¡Creo que voy a vomitar!
—¡Por Dios, criatura! —exclamó Paylor, abrumada—. ¡No me digas que estás... estás...!
—¿Estás qué? —imploró Plutarch, sacudido.
Si su esposa estaba angustiada, era seguro que él se pondría furioso por lo que ella estaba sospechando, fuera lo que fuese.
Paylor hizo un gesto débil con la mano, esperando contra toda esperanza que no fuese verdad.
—Embarazada...
Katniss cerró los ojos y se estremeció, mientras su padre lanzaba un horrendo aullido de rabia.
—¿Dónde hay un cuchillo? ¡Cortaré los huevos a ese maldito pordiosero en este mismo instante!
Katniss giró en redondo, presa de pánico, y se inclinó para vomitar lo que había comido un momento antes. Peeta rodeó sus hombros con los brazos prestándole apoyo, mientras Seeder corrió a mojar un paño en el abrevadero y Sae se adelantó y sacudió un pote de sales aromáticas bajo la nariz de Katniss.
—Vamos, querida, haz una inspiración profunda —pidió la vieja cocinera.
Peeta oyó una voz familiar que saludaba a los desconocidos con cierto recelo y al mirar alrededor, sintió alivio al ver que era Darius que se aproximaba a él, aprensivo:
—Purnia me pidió que saliera a buscarlos, a ti y a Katniss, antes de marcharnos a casa —informó a Peeta—. En cuanto salí de la taberna supuse que estabas en algún tipo de altercado con esta gente. ¿Necesitas ayuda?
—No, salvo que puedas facilitar para esta buena gente camas por esta noche — musitó Peeta, no muy contento.
La insinuación abatió a Darius.
—¿Dices que debo ser amable con esta gente? ¡Pero si estaban a punto de golpearte en la cabeza!
—¡Sí, y todavía podría hacerlo! —Amenazó Plutarch, sacudiendo el puño hacia Peeta—. ¡No se moleste haciendo favores a mi familia!
Ignorando la amenaza, Peeta pasó un brazo bajo las rodillas de Katniss y la alzó en sus brazos. Ella no tuvo fuerzas para levantar la cabeza del hombro del marido para enfrentar a su padre:
—Señor, si viene a nuestra casa, dormirá en el suelo o en el sofá de la sala, porque su hija no está en condiciones de ceder su cama.
—¿Hija?
Darius pasó la mirada de su patrón al caballero de más edad y comenzó a entender.
Sin hacer caso de la interrupción, Peeta ofreció con pocas ganas alojamiento a la familia Everdeen, improvisando a medida que hablaba.
—La madre de Katniss puede usar la otra mitad de la cama carriola siempre que a la señora Trinket no le moleste compartir con ella la habitación de mi hijo. Mi hijo tendrá que dormir en la cama con nosotros o en el suelo. —Sus ojos turquesa se fijaron en el marqués con expresión helada—. Si el señor Tate, aquí presente, le ofrece un cuarto en su casa, entonces podrá pasar la noche con razonable comodidad. De otro modo, hay un camastro tosco y un edredón de plumas gastado en el barco que estoy construyendo. El viejo carpintero que trabaja para mí los utiliza para hacer breves siestas al mediodía, después de comer. Es suyo, siempre que no interfiera con los horarios de él.
—¿Y dónde está el barco? —preguntó Gale.
—Cerca del río, a unos cien pasos de mi cabaña, donde estaremos todos nosotros.
—Y, además del río, ¿hay alguna otra fuente de agua y sitio para bañarse?
—En el arroyo, frente a la cabaña.
Peeta esperó, seguro de que el marqués rechazaría la idea, pretendiendo algo mejor. Daba la impresión de que estaba bastante habituado al lujo y que no lo hallaría en esa zona poco civilizada.
—En este arroyo, ¿hay serpientes y otras alimañas o usted se ha bañado allí?
Peeta hizo un lento gesto afirmativo y revolvió el cuchillo en el corazón del hombre:
—Katniss y yo nos hemos bañado allí.
Los ojos grises de Gale sostuvieron la mirada de la suya, fría e inmutable.
—Entonces, tal vez Katniss y yo lo disfrutemos juntos algún día... después de que lo ahorquen por el asesinato de su esposa.
Darius ahogó una exclamación y buscó el consejo de Peeta:
—Como te veo ocupado con tu esposa, ¿quieres que lo abofetee o algo así?
Sin apartarse jamás de los de Peeta, los ojos de Gale brillaron de impaciencia, como si anticipara semejante riña.
—¿Su amigo sugiere que usted tal vez desee lavar el insulto por medio de un duelo?
—¡Nada de duelo! —exclamó Katniss, sin fuerzas, levantando la cabeza del hombro de Peeta.
Ella sabía bien que Gale tenía una magnífica puntería con pistolas de duelo. Más aún, Gale era talentoso para muchas cosas, no siendo la menor su habilidad para provocar verbalmente a hombres que lo contrariaban. Estaba en su elemento cuando discutía contra las ridículas propuestas de pomposos lores en la corte. Podía desollar a un adversario con insinuaciones y éste nunca sabía cuándo había recibido el golpe mortal hasta que no oía el fuerte estruendo de las carcajadas que llenaban el salón.
—Por mucho que me gustara complacerlo —dijo Peeta, desdeñoso—, no veo necesidad de enfrentarme con usted por Katniss. Es mi esposa, y no tengo intenciones de permitirle que me mate para poder hacerla suya.
Gale dijo en tono sibilante de despecho:
—Es usted un cobarde y un truhán.
Viendo que el hombre trataba de provocarlo para que cometiese una tontería, Peeta respondió lentamente, con expresión indiferente:
—Piense lo que quiera, pero yo tengo una esposa, un hijo en mi casa y otro en camino...
Con un gruñido, Gale se adelantó para desafiar al colono por la posesión de su prometida pero sintió que sus velas se desinflaban cuando Katniss, sin hacer caso de su proximidad, levantó la cabeza del hombro de su marido e hizo girar con un dedo la cabeza de éste hacia ella. Se sintió olvidado y traicionado por esta joven, cuya desaparición lo había dejado angustiado, como un alma en pena y en un profundo desasosiego.
Katniss miró el rostro delgado y apuesto de Peeta y la sonrisa con que le respondió le confirmó que lo que había intentado mantener en secreto algún tiempo más era algo que él ya había comenzado a sospechar. No tenía necesidad de que su madre lo dirigiese para conocer su estado.
Los labios de Katniss esbozaron una muda pregunta: ¿Cómo lo has sabido? Peeta acercó los labios a la oreja de ella y habló en un susurro:
—No ha habido interrupciones en nuestros placeres desde que nos casamos, mi amor. Un viudo conoce cosas como los ciclos menstruales y todo eso. O bien tú no los tenías o habías quedado embarazada poco después de la boda. Se confirmó cuando comencé a notar un cambio en tus pechos pero guardé silencio hasta que tú estuvieses dispuesta a decírmelo.
Con un suave suspiro de alegría, Katniss acurrucó la cabeza en su hombro y Peeta prosiguió con el asunto que estaban tratando.
—Sus criadas serán bien recibidas y podrán dormir en algún rincón de mi casa —dijo a Paylor—. Katniss ha estado haciendo nuevos colchones de plumas para nosotros. Aunque no estén terminados, sirven igual.
—Estarán más amontonados que los árboles en el bosque —comentó Darius con sequedad— ¿Y sabes qué? No podrás estornudar sin que alguien te sostenga el pañuelo.
Peeta no necesitaba que su amigo le proporcionara más detalles porque Daridus tenía la característica de ir directamente al grano de lo que podía preocupar a un hombre. Dicho en otras palabras, hacer el amor con Katniss sería prácticamente imposible sin que lo oyesen sus visitantes.
Plutarch abrió su levita, puso sus manos en la cintura y se adelantó hacia Peeta.
—Si en su casa escasean tanto los cuartos, ¿dónde diablos dormía mi hija cuando aún no se había liado con usted?
—Por favor, papá —rogó Katniss levantando la cabeza y mirando a su padre con expresión suplicante—. ¿No podemos esperar a llegar a casa para discutir todo esto en lugar de hacerlo aquí mismo, en medio del pueblo? —Miró a las personas que se habían detenido en la acera para observarlos con la boca abierta—. Nos hemos convertido en una atracción mayor que el novio y la novia en el banquete de bodas.
—¡Respóndame! —insistió Plutarch, airado, sin dejar de clavar la vista en Peeta.
—Su hija durmió en el altillo hasta que estuvimos casados, señor Everdeen — replicó Peeta—. Pero en este momento mi padre está instalado allí, recuperándose de una grave herida. Además tenemos otra invitada, con la que su esposa compartirá el dormitorio de mi hijo.
—¿Por qué no puede dormir con mi hija? —quiso saber Plutarch.
Peeta lo miró directo a los ojos y le explicó, como si hablara con un tonto:
—¡Porque yo dormiré con su hija y no tengo interés en dormir con su esposa!
Después de lanzar un grito de aprobación, Darius dio una palmada en la espalda de su amigo, en señal de apoyo. Pero al ver que los ojos grises de Plutarch lo miraban furiosos, apartó la mano y tocó su espeso bigote en un flojo intento por borrar la sonrisa de su rostro. Tosió tras la mano y logró reprimir un cosquilleo en las comisuras de los labios y ponerse razonablemente serio cuando se dirigió a Peeta:
—¿Necesitas aún enviar a la familia de tu esposa a mi casa, ahora que te has comprometido a meter a todos en tu cabaña?
Peeta miró a Plutarch con aire interrogante.
—Mi amigo, aquí, tiene algunos cuartos disponibles, dado que sus hijos están trabajando en Williamsburg. Si quisiera pasar la noche con más comodidad e intimidad de las que yo puedo proporcionarle, le sugiero seriamente que tome en cuenta su buena voluntad. Estoy seguro de que tiene usted fondos adecuados para compensar la inconveniencia de tener a todos ustedes en su casa. El señor Tate llega a mi casa poco después del amanecer, en caso de que usted quiera venir por la mañana a hablar de mi matrimonio con su hija.
—Quizá sería lo mejor, Plutarch —dijo Paylor, tomando a su marido del brazo—. Estamos todos alterados y, si nos apretamos demasiado y no podemos dormir, terminaremos por arrojarnos unos sobre otros como una manada de perros salvajes.
Plutarch admitió a desgana la prudencia de su esposa.
—Como tú quieras, querida mía, pero yo debo resolver esto antes de que pase mucho tiempo.
—Lo sé, querido —dijo la mujer con dulzura y una palmada en el brazo—. Mañana hablaremos de ello.
Dirigiéndose a Darius, Paylor le dedicó una graciosa sonrisa.
—Si nos permite ser huéspedes en su casa, estaremos muy agradecidos por su bondad y hospitalidad, señor.
Darius le brindó un generoso despliegue de sus mejores modales, barriendo el aire con el brazo en florido ademán, asombrando a Peeta, que alzó una ceja ante las maneras de su amigo.
—Su señoría, será un placer para mí y para mi esposa hospedarla en mi casa.
Plutarch arqueó una ceja presa de aguda sospecha, notando que el hombre no lo había incluido en su invitación.
—¿Nos recibe a los demás con el mismo entusiasmo?
Darius nunca ahorraba palabras cuando estaba decidido con respecto a una cuestión:
—Mientras usted no ponga en duda el buen nombre del señor Mellark en mi hogar o en mi presencia, daré la bienvenida a todos. De lo contrario, ustedes mismos pueden buscar dónde pasar la noche.
Paylor aguardó la respuesta de su esposo. El ruego que veía en sus dulces ojos castaños le dijo a Plutarch que ella también quería una tregua por esa noche. En consideración a sus deseos, asintió a desgana, admitiendo las condiciones presentadas por Darius.
—¡Maldita sea, mujer malvada!
La exclamación recibió a Peeta y Katniss en cuanto traspusieron la puerta de su cabaña y se miraron, consternados, preguntándose qué desastre habría infligido Haymitch a Effie Trinket.
Peeta corrió hacia el pasillo del fondo, esperando poder apaciguar a su padre antes de que dijese algo peor. Katniss corrió tras él porque preveía que la irlandesa necesitaría algo que la tranquilizara después de sufrir tan infame insulto.
—Ha sacrificado su jota adrede para que yo pierda a mi rey —rezongó Haymitch con un cloqueo—. Y ahora no puedo matar su reina. Usted ganó la última mano y el pozo.
La jovial carcajada de Effie hizo detenerse súbitamente a Peeta y Katniss cerca de las escaleras. Aliviados, se abrazaron agradecidos oyendo cómo proseguía la conversación que se filtraba desde el entresuelo.
—¿Le gustaría otra partida, milord? —preguntó con dulzura Effie.
—¿Qué, y dejar que me gane otra vez? —Su risa burlona y ligera negaba tal posibilidad—. ¡Por cierto, no me quedaría ni una pizca de orgullo viril después de semejante paliza!
—No sé por qué piensa eso, milord —gorjeó la viuda en tonos acariciadores—. Tiene mucho de qué enorgullecerse. Le aseguro que jamás he visto a un inglés más apuesto que usted, señor… con excepción de su hijo; sin embargo, él es su vivo retrato. Y, desde luego, está el pequeño Andrew que, al parecer, será el más guapo de todos.
—Sí, es un niño hermoso, ¿verdad? —Coincidió Haymitch con entusiasmo—. Me hace recordar a Peeta cuando tenía la misma edad de Andrew.
Hubo una breve pausa y la taimada casamentera preguntó con amabilidad:
—¿Y dónde está ahora su esposa, su señoría?
—Oh, Octavia murió cuando Peeta tenía doce años. Tuvo un enfriamiento y se enfermó. Yo no estaba preparado para esa muerte repentina. Me puso muy furioso. Me encontré con que estaba muy poco dispuesto a dar a mi hijo la ternura que ella le había dado siempre. Lamento decirle que tuve un talante malhumorado y exigente.
—¿Y jamás volvió a casarse?
En el tono de Effie se infiltró una nota de sorpresa.
—Nunca quise. La mayor parte del tiempo estaba demasiado ocupado con el desafío de construir barcos cada vez más grandes y mejores. Por otra parte, me sentía incómodo ante las mujeres… creo que en un sentido similar a lo que me sucedía con mi hijo. Sin duda, aquellos que estuvieron en contacto conmigo pensaban que yo era un viejo áspero.
—Me cuesta creer eso, su señoría —murmuró Effie con calidez—. A mí me parece que usted es una compañía agradable. Por cierto, tiene usted un modo de ser que me recuerda a mi querido esposo fallecido.
—¿Cómo es eso, señora Trinket? —preguntó Haymitch, curioso.
—Mi nombre es Effie, milord y sería un honor para mí si no me tratara de un modo tan formal.
—Gracias, Effie. Si le parece bien, mi nombre es Haymitch.
—Sí, firme protector. —Effie suspiró, pensativa.
—¿Cómo dice?
El tono de su señoría reflejaba su confusión.
—Haymitch significa «firme protector»* —respondió Effie—. El nombre le hace justicia. Ha sido usted un firme protector de su hijo, ¿no es así?
—Supongo que sí. A decir verdad, no soportaba la idea de perderlo después de haberlo buscado tanto tiempo.
—Debe de amarlo mucho.
—Sí, así es, pero siempre me ha resultado difícil decírselo.
—Bueno, Haymitch, ya no debe preocuparse más. Usted demostró su cariño con sus acciones, y eso es mucho mejor.
Abajo, en el corredor, Peeta apoyó un dedo en sus sonrientes labios, mirando a Katniss. Tomándola de la mano, la llevó por el corredor y la sala. Al entrar en su dormitorio, cerró la puerta con sigilo. Con el mismo sigilo, Peeta entró en el dormitorio contiguo para echar un vistazo a su hijo. El rostro angelical era tan irresistible que tuvo que besarlo y, cuando se enderezó, encontró a Katniss arrodillándose junto a la carriola. Acariciando con amor la frente del niño, le cantó un arrullo en una voz tan suave como el roce de su aliento. Una sonrisa vagó por los pequeños labios sonrosados, Andrew soltó un suspiro y rodó para acurrucarse junto a su conejo de paño. Peeta ofreció su mano a Katniss para ayudarla a incorporarse, y volvieron juntos al dormitorio principal. Con mucho cuidado, cerraron el pestillo.
—Creo que deberíamos tener un niño para que Andrew tenga un compañero de juegos —sugirió Katniss, sonriendo.
Peeta se acercó a ella y la rodeó con los brazos, estrechándola contra sí. Cuando ella le apoyó la cabeza en el pecho, él puso el mentón sobre la cofia que la cubría y le acarició el vientre con dulzura. Parecía tan plano como siempre.
—Sea niño o niña, no importa lo que haya en el cofre, amor mío. Sólo ruego que todo vaya bien para ti. Mi corazón no soportaría tu pérdida.
Katniss rió y se acurrucó contra él.
—No temas, mi amor. La madre de mi padre dio a luz seis hijos sin dificultad y era más pequeña que yo. Era una mujer de muy mal carácter.
—Tu padre lo habrá heredado de ella —comentó el esposo con una sonrisa fugaz—. Pero ya verás la que se armará cuando se encuentren cara a cara Haymitch Mellark y Plutarch Everdeen. Estoy seguro de que cualquiera de los dos podría superar a la arpía más malvada de esta región.
—Sí, aunque también temíamos que tu padre y la señora Trinket riñesen y mira lo que ha sucedido —recordó su esposa.
Los pensamientos de Peeta flotaron hacia lo que había sucedido en la planta alta, y no pudo menos que reír ante el cambio de actitud de su padre hacia la irlandesa.
—Por el suave interrogatorio de Effie, deduzco que tiene otra boda en mente.
Katniss rió y pasó una mano por el chaleco de Peeta.
—Mi amor, no te sorprendas demasiado si resulta ser una unión para la señora Trinket, también.
Con una sonrisa, Peeta le quitó el gorro de encaje y comenzó a soltar las sedosas hebras.
—Parece evidente de que se llevan bien. ¿Quién sabe? Quizá sea bueno para ambos.
Un hondo suspiro escapó de los labios de Katniss al recordar la explosión de su padre.
—Ojalá mis padres fuesen tan comprensivos con respecto a nosotros.
—Quizá con el tiempo, empiecen a considerarme algo menos que un ogro — reflexionó Peeta en voz alta.
—Mi padre tiene un temperamento terrible, Peeta; por eso, por favor, no trates de alterarlo demasiado mañana, cuando venga —rogó Katniss.
Su marido puso un beso tranquilizador en la frente.
—Trataré de imaginar cómo me sentiría si algún bribón se aprovechara de una hija nuestra. Lo más probable es que estuviera tan furioso como tu padre, sobre todo si hubiese oído historias en las que se dice que el hombre asesinó a su esposa.
—También debes tener mucho cuidado con Gale —advirtió ella—. No dejes que te provoque y te haga hacer alguna tontería.
—Tengo la sensación de que el marqués quiere quedarse contigo a cualquier precio. —Peeta no culpaba demasiado al hombre por desear eso, pues sabía que él sería igualmente inflexible en su lucha por recuperarla si los papeles estuviesen invertidos—. Tendré cuidado, cariño.
—Tal vez Gale parezca un consentido pero no te dejes engañar. Es tan hábil con la espada como con la pistola. Hasta ahora, sólo ha herido a sus adversarios cuando lo han retado a duelo pero tal vez contigo tenga otro propósito.
—Sin duda, sin duda —repuso Peeta mientras se quitaba la levita—. Si pudiera matarme, tendría libre acceso a ti, y…
—Tal vez lo piense —interrumpió Katniss—. Pero si te matara, ganaría mi odio eterno.
Peeta se quitó el chaleco, lo dejó en una silla junto con la chaqueta, y luego se libró del cuello y la camisa antes de volver junto a su esposa y aflojarle los cordones.
—Effie se quedará arriba por un tiempo, hablando con mi padre. Gracias a su demora en irse a la cama, quizá podamos jugar en la nuestra un rato, a ver qué pasa.
—¿Acaso dudaba de semejante suceso, señor Mellark? —preguntó Katniss a través de la tela del vestido que su marido le quitaba por la cabeza y sus brazos levantados.
—No, cuando la mujer con la que retozo eres ti, mi amor —aseguró riendo, mientras dejaba la prenda sobre el baúl.
Cuando se volvió para contemplarla, llevando sólo su camisa de encaje, Katniss enredó sus dedos en el pelo y levantó sus tirabuzones por encima de la cabeza. Como si no quisiera acercarse demasiado, dio una media vuelta en torno de su marido, atrayendo su atención total con una dulce y sensual sonrisa y con el resplandor de sus ojos grises.
—Señor Mellark, si yo fuese una hechicera, lo mantendría prisionero en mi guarida, donde tendría que satisfacer mis placeres noche y día. Usted languidecería por mi permanente exigencia hasta que ya no tendría fuerza suficiente para levantarse de su jergón, y entonces yo recurriría a una magia extraña para hacer que vuelva a jadear otra vez de lascivia por mí.
Una sonrisa se dibujó en los labios de su marido, que la devoraba con la mirada.
—Eso haré ahora mismo, señora.
Tomándola por la cintura con un brazo, la acercó hacia él, entre sus piernas abiertas, mientras se sentaba sobre la cama. Sus dedos tiraron de las cintas que cerraban el corpiño de la camisa y luego apartaron la tela hasta que la voluptuosa redondez estuvo al descubierto. Los lozanos montes se proyectaron hacia fuera, ansiosos, tentándolo a probarlos y devorarlos, resplandeciendo cálidamente a la luz de la vela. Él respondió sin dilaciones, evocando un maravilloso encantamiento mientras su boca gozaba, ávida, de su voluptuosa suavidad.
La voz de Katniss era sólo un susurro cuando bajó su boca hacia la cabeza oscura.
—Sólo cuando el apuesto príncipe de mis sueños se hace realidad en mis brazos, la hechicera deja de lado todos sus trucos y encantamientos y lo sigue, sumisa, adonde él quiera llevarla. Y entonces, nada puede apartarme de él.
Peeta alzó la cabeza y buscó sus ojos sonrientes.
—¿Nada, cariño?
—Absolutamente nada, querido mío.
Sus labios se abrieron al acercarse a los de él y, si quedaba alguna duda, lo bebió con un largo, prolongado beso.
Hola! Que les pareció el capítulo?
Que les pareció la llegada de la familia de Katniss? Como se les arma a los pobres no pueden vivir en paz ni 3 días jajaja Plutarch quiere mata a Peeta y Gale quiere es capaz de todo por recuperar a Katniss, pero obvio Peeta no se va a dejar jajaja.
Igual espero hayan disfrutado del capítulo como siempre :D
*—Haymitch significa «firme protector» Solo quería aclarar que eso al ser una adaptación no es verdad, el nombre al que Effie se refiere en realidad es William, pero! Como es una adaptación solo cambien el nombre jeje :$ espero no les moleste.
Nos leemos pronto! .lll.
