CAPÍTULO X

ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

Las alegres notas que provenían de la orquesta inundaban el ambiente y junto con el murmullo de las voces llenaban el lugar con un aire festivo. Muchas parejas bailaban, había grupos de personas aquí y allá sosteniendo conversaciones, algunas profundas, otras banales.

Sólo dos personas se mantenían ajenas al bullicio.

En uno de los múltiples balcones que rodeaban el gran salón se podían distinguir las siluetas de un hombre y una mujer.

Terry había encontrado por fin, después de varios intentos fallidos, la ocasión de hablarle a Amanda y pedirle que conversaran. La chica le siguió hasta el balcón, sabedora de que debían concluir una conversación pendiente.

Una vez cobijados por la intimidad del lugar, Terry comenzó por disculparse por su actitud altanera de la noche anterior.

- Siento mucho lo de anoche.

- No es necesario que te disculpes, yo también perdí los estribos.

- Fue un momento demasiado intenso para mí pero eso no me justifica, no debí hablarte en ese tono.

- Eso ya no importa ahora, lo primordial es que resuelvas tus dudas y sanes tu corazón. Parece que la vida te está dando una segunda oportunidad.

- Por favor Amanda, no sigas con lo mismo - dijo Terry casi suplicante - Necesito que comprendas que ese es un tema que está muerto y enterrado para mí. Es cierto que entre Candy y yo hubo una historia, que compartimos momentos de esos que se quedan grabados en el corazón para siempre, pero ¿sabes? No todo fue color de rosa, también hubieron momentos dolorosos en los que nos herimos profundamente.

- No Terry, no lo comprendo porque pude percibir que entre ustedes dos hay un vínculo infinito, aunque no lo quieras reconocer – apuntó ella convencida. - Pero será como tú quieras. Respetaré tu decisión.

Amanda guardó silencio mientras su vista se perdía en algún punto del fino suelo de mármol. Terry la miraba interrogante, como presagiando que estaba a punto de escuchar algo que lo lastimaría.

- Espero que tú también respetes la mía – dijo ella rompiendo el silencio.

- ¿A qué te refieres? – cuestionó él sintiendo un vacío en el estómago.

- A que creo que… no podemos seguir engañándonos, Terry. Por lo menos yo no puedo – los ojos miel de Amanda revelaban una profunda tristeza. Él la veía expectante. – Creo que ha llegado el momento de ponerle fin a nuestra amistad.

- Pero… Amanda, no puede ser que tomes una decisión tan radical. Tú y yo nos sentimos tan bien juntos, podemos charlar de mil temas, reímos, discutimos… - decía Terry atropelladamente, rogando al cielo poder convencerla de no privarlo de su compañía.

- Es definitivo – le interrumpió sintiendo que las lágrimas se asomaban a sus ojos traicionando su convicción de ser fuerte. – Espero que respetes mi determinación – dijo mientras le volvía la espalda para evitar que la viera llorar, y caminó lentamente hacia el barandal del balcón.

Terry no podía creer lo que escuchaba.

Amanda había significado para él un estímulo para vivir, para salir de sus recuerdos y ver hacia el futuro con mayor determinación. Ella había sembrado en su corazón la semilla de una nueva ilusión que ahora se esfumaba dolorosamente. Caminó como un autómata hacia ella, le abrazó por la espalda y le susurró quedo al oído:

- Por favor, no me quites tu amistad. Tú sabes lo mucho que significa para mí.

Amanda sintió que un relámpago la recorría entera al sentir su presencia tan próxima, al sentir su aliento sobre su cuello y oído. Se alejó bruscamente de Terry consciente de que si permanecía un segundo más tan cerca de él no sería capaz de llevar a cabo su decisión de alejarse.

- ¡No! Yo no soy como ella. Yo soy una mujer que piensa en sí misma antes que en los demás y es por eso que me alejo. Si continúo a tu lado terminaré enamorándome irremediablemente de ti y ese es un lujo que no estoy dispuesta a darme. No cuando sé, a pesar de que lo niegues, que aún la amas. ¿Qué me dirás cuando seas lo suficientemente valiente para aceptarlo? "Lo siento Amanda, pero he descubierto que estaba sordo a los gritos de mi corazón. Lamento decirte que tenías razón y aún la amo, así que me voy con ella". No, Terry. No estoy dispuesta a pasar por ese dolor otra vez. Prefiero una y mil veces alejarme ahora que aún es tiempo para mí de recuperarme del impacto de tu paso por mi vida, que esperar a que sea demasiado tarde – su voz sonaba segura a pesar de que por dentro sentía dolor.

Terry la miraba atónito. Era la primera vez que Amanda dejaba traslucir un poco de sus sentimientos hacia él. Era la primera vez que aceptaba que se estaba enamorando, pero como siempre para él, era demasiado tarde. Ella ya había tomado la decisión de alejarse y en su voz pudo reconocer esa firme convicción tan característica en ella. En ese instante supo que cualquier cosa que hiciera o dijera sería inútil. Había perdido su oportunidad.

- Lamento mucho haberte lastimado. Es lo último que hubiera querido – murmuró derrotado.

Ella levantó sus ojos y vio en los de él la tristeza. Por un segundo pensó en reconsiderar, pero de inmediato se repuso y se mantuvo firme.

- Lo sé, Terry. Lo sé, yo también lamento herirte. Sé que me necesitas en este momento difícil de tu vida pero creo que este es un camino que debes andar solo. Nadie te puede ayudar a descubrir lo que tu corazón verdaderamente guarda – dijo mientras se acercaba a él y ponía una de sus manos sobre su mejilla. – Gracias por todo lo bello que compartimos, gracias por abrirme tu corazón, gracias… – la mirada de ella era dolorosamente dulce, la de él dulcemente triste.

Reinó el silencio. Sus rostros se acercaron lentamente hasta que sus alientos se hicieron uno solo. Terry recorrió los últimos milímetros que separaban sus bocas, convirtiendo su tristeza en un beso, suave, cálido, tímido. Un beso tenue y delicado que sellaba lo que pudo ser y no fue, con el que daban carpetazo a su fallido intento de regalarse mutuamente sus almas hasta la eternidad. Un roce de labios y de perdones dados y recibidos.

Amanda se separó lentamente de él mientras las lágrimas brotaban ya sin control y le recorrían el rostro. Ella había buscado ese beso como un último intento por encontrar en él algo que le indicara que la amaba, pero no fue así. Encontró ternura, cariño, gratitud, pero no amor ni pasión. La decisión que había tomado era la correcta: debía alejarse.

Terry sintió su corazón llenarse de dudas y desconcierto. ¿Por qué no había podido besarla con pasión? ¿Por qué su cuerpo no se llenó de excitación y de euforia como aquella vez en Escocia? ¡Maldición! ¡¿Por qué?!

- Adiós, Terry – dijo finalmente Amanda, limpiando su rostro y entrando apresuradamente al salón para buscar de inmediato la puerta. En su carrera no notó que Susanna la había visto y había notado su dolor.

- Adiós, Amanda – murmuró él al viento, sintiendo la soledad invadirlo de nuevo… como antaño… como siempre.

Susanna había estado buscando la oportunidad de hablar con Terry a solas. Quería saber más de su nueva relación con la reportera, investigar lo más posible sobre lo que él sentía por ella pero le había resultado imposible dado que ambos eran el centro de atención de la concurrencia y los habían acaparado en largas conversaciones. Cuando por fin pudo safarse cortésmente, no encontró a Terry por ningún lado hasta que vio a Amanda salir del balcón visiblemente alterada.

Atravesó decidida el salón con toda la rapidez que sus muletas podían darle, hasta que finalmente llegó al balcón.

Terry estaba recargado del barandal, con la mirada perdida en el horizonte, viendo sin ver. Una sombra de dolor le atravesaba el rostro.

- ¡Terry! – Él se volvió y al ver que se trataba de ella su mirada se endureció.

- ¡Estarás contenta! – gritó furioso. Los ojos de Susanna se abrieron como platos ante la sorpresa de verlo tan alterado.

- Pe… pero, Terry. No sé de qué me hablas – dijo nerviosa, sin comprender sus motivos para tratarla de ese modo.

- ¡Sabes perfectamente de qué te hablo!... ¿Se puede saber qué buscabas provocando un encuentro entre Candy y yo? ¿Qué buscaban las dos? Por que es evidente que ella sabía que yo estaría presente en tu casa anoche - gritó alterado, dejándose llevar por el sentimiento de abandono que le invadía tras la partida de Amanda.

- ¿En verdad eres tan estúpido como para no entenderlo? – respondió Susanna alterada ante el comportamiento agresivo del actor. Esta vez no estaba dispuesta a permitirle que pasara sobre ella como generalmente hacía cuando estaba molesto por algo. - ¡Claro! El altanero y engreído Terrence Grandchester no puede ver más allá de sus propios sentimientos. Pues bien, te lo voy a decir como si fueras un niño de cinco años: Ella estaba ahí porque te ama, ¿oíste bien? Ella te ama, y sólo trataba de acercarse a ti para saber si aún podía albergar alguna esperanza de que no la hubieras olvidado – le gritó visiblemente descompuesta y arrepintiéndose de inmediato por haber traicionado la confianza de su amiga y haberle confesado al actor su verdad.

Terry sintió que las palabras de Susanna taladraban sus oídos sin piedad.

Ella te ama…

Ella te ama…

¿Era eso lo que realmente sucedía? ¿Candy verdaderamente lo amaba? Instintivamente cerró su corazón protegiéndolo con la gruesa coraza que había desarrollado a lo largo de su vida para resguardarse del dolor.

- ¡Ja! ¿Y tú crees que me la voy a creer? No, Susanna. No soy tan estúpido – arguyó con su característico desdén. – Y escúchame bien. No voy a permitir que sigas inmiscuyéndote en mi vida, por muy mi amiga que seas no tienes derecho a tratar de resolver mi destino.

- No puedo creer que estés tan ciego, que seas tan cruel conmigo, con ella y contigo mismo.

- ¿Qué yo soy cruel? ¿Y qué me dices de ti? ¿Acaso no te has dado cuenta de que has vuelto a joderme la vida con tus absurdos intentos de celestina? – Gritó totalmente fuera de sí, descargando toda su rabia en esas últimas palabras.

Algo se rompió dentro del corazón de Susanna.

has vuelto a joderme la vida…

has vuelto a joderme la vida…

Jamás se imaginó que escucharía eso de la boca de Terry. Su intención no había sido nunca la de hacerle daño, ella sólo buscaba enmendar el inmenso daño que le había causado tiempo atrás al separarlo de Candy. Estaba segura de que él aún la amaba… ¿Se había equivocado? ¿Había estado tan ciega como para no darse cuenta? Lo único que sabía en ese momento era que Terry estaba frente a ella, mirándola con los ojos cargados de rencor y dolor, y que sentía una profunda aflicción por haber herido de nuevo a su amigo. Las lágrimas buscaron desesperadamente sus ojos y escaparon de ellos sin control.

- Terry… - murmuró devastada. – Lo… lo sien… lo siento tanto.

Al ver la reacción de Susanna, Terry se sintió el más desgraciado de los hombres sobre el planeta. ¿Cómo se atrevió a ser tan cruel con ella? ¿Por qué permitió que la cólera lo cegara?

- ¡Diablos! Susanna, perdóname. No debí decirte algo tan cruel – se disculpó sintiéndose miserable.

- No Terry, tienes razón. No tengo derecho a inmiscuirme en tus asuntos. Sólo espero que comprendas que todo lo hice pensando en ayudarte a reencontrar la felicidad que un día te robé. Fue un gran error de mi parte asumir que conocía a la perfección tus sentimientos. Te prometo que no volverá a ocurrir.

- Creo que es mejor que me vaya antes de que siga cometiendo estupideces. Hasta luego – dijo entrando al salón y rogando al cielo que a nadie se le ocurriera interponerse entre él y su camino a la salida. Pero sus ruegos no fueron escuchados y su madre lo interceptó al notarlo visiblemente contrariado.

- ¿Estás bien hijo?

- No, te ruego que me disculpes con Robert y los demás. Debo irme.

En ese momento se acercó a ellos un mesero ofreciéndoles una charola llena de copas de vino.

Terry sintió de nuevo esa necesidad que conocía tan bien. Era tan fácil como tomar una de las copas e ingerir su contenido de un solo golpe el satisfacerla. Como en un trance extendió su mano y cogió una copa llena de vino blanco, la sostuvo unos segundos mientras se desataba un terrible debate en su interior.

- ¿Qué mas da? ¿Qué caso tiene mantenerme sobrio? – pensó mientras miraba absorto el líquido amarillento que parecía embrujarlo e invitarlo a beber de un solo golpe.

Su madre lo miraba aterrada, consciente de la locura que su hijo estaba a punto de cometer.

- Terry – lo llamó tratando de mantenerse serena.

- ¿Si?

- ¿No dijiste que deseabas irte?

- Si madre – dijo regresando la copa a la charola del mesero quien de inmediato comprendió y se alejó.

Eleanor suspiró aliviada.

- Gracias una vez más, madre.

- Ni lo digas, sabes que siempre cuentas conmigo – murmuró depositando un beso en cada una de las mejillas de Terry y agradeciendo al cielo haberle dado a su hijo, una vez más, la fortaleza para vencer su adicción.

Terry salió de inmediato, subió a su auto y se alejó cargado de rabia, de dolor, de culpa y de incertidumbre.

Todo había sucedido tan rápido que se sentía exhausta y sin aliento. Le parecía que había pasado un siglo entre que encontró a Stear tirado en el suelo junto a su cama en medio de una fuerte convulsión, le había administrado el medicamento intramuscular que el doctor recetó para esos casos y había llamado desesperada a la puerta del Sr. Winkle para que la ayudara a llevar a un Stear, ya sedado, a su cama.

Ahora lo miraba dormir en aparente tranquilidad. Quitó tiernamente un rebelde mechón de cabello que caía sobre su rostro, lo cubrió con la sábana hasta el cuello y se sentó en el sillón que había junto a su cama. Era su turno de velar por él, justo como él mismo lo había hecho horas antes con ella.

En el silencio y la oscuridad de aquel cuarto, Candy volvía a revivir los dolorosos sucesos de la noche anterior tratando de encontrar en ellos algo que le diera una esperanza a su maltrecho corazón. Recordaba vivamente las duras miradas que Terry le dirigiera al verla.

Sabía que había visto anteriormente en sus ojos esa expresión cruel y dolorida, pero ¿cuándo? ¿En donde?

Con esas preguntas dando vueltas en su cabeza la descubrió la aurora. Stear aún dormía. Se dirigió a su recamara para darse un baño y preparar el desayuno, deseaba sorprender a Stear con algo rico.

Había intentado varias veces entrar al escuchar los reprimidos sollozos que provenían de la recamara, pero su sentido de la prudencia se lo había impedido. Conocía a su hija y sabía que odiaba que la vieran llorar. No era del tipo de chicas que buscara el consuelo y las palabras de apoyo en los momentos de sufrimiento, por el contrario, buscaba la soledad y era hasta que se sentía más fuerte y tranquila que compartía con sus padres los motivos de su dolor.

Ahora que todo era silencio del otro lado de la puerta, Sophia decidió que era el momento adecuado. Abrió lentamente la puerta y se sorprendió al ver a Amanda sentada en su sillón favorito leyendo un libro. A pesar de que era domingo, su día libre, y de que prácticamente no había dormido nada, lucía fresca y descansada. No había en sus ojos ningún rastro de que hubiera llorado como ella estaba segura que había sucedido.

- Buen día hija.

- Hola mamá.

- ¿Cómo te fue anoche? ¿Conseguiste las entrevistas que buscabas? – inquirió escudriñando el rostro de su hija para tratar de encontrar en él alguna pista sobre lo que la había provocado el llanto de la noche anterior.

- Me ofendes madre. ¿Cuándo he dejado de lograr algo que me propongo? – Respondió aparentemente alegre.

- Tienes razón. ¿Y qué tal la fiesta? ¿Te resultó divertido departir con ese grupo de artistas?

- Mami, ¿por qué no vas al grano? – Dijo la joven dejando el libro sobre la mesilla de noche junto a su cama – Sé que te mueres por saber el motivo de mi llanto.

Sophia se sorprendió ante la suspicacia de su hija y se sonrojó al saberse descubierta en sus intenciones.

- Hija, no es curiosidad, es preocupación. ¿Tú crees que no me duele el saber que sufres? Es por ese joven actor ¿no es así?

- Si – respondió fijando su vista en sus propias rodillas.

- ¿Qué sucedió? – preguntó amorosa al tiempo que se sentaba en la orilla de la cama, justo enfrente de Amanda.

- Lo que tenía que pasar. La mujer a quien ama ha vuelto a su vida y yo me he hecho a un lado.

- Ya veo – dijo dejando entrever cierta molestia en su mirada.

- No madre, no es lo que piensas. Terry es un hombre bueno que ha sufrido mucho. La vida no ha sido fácil para él.

- ¿Cómo puedes defenderlo cuando te está haciendo sufrir?

- El no me ha hecho sufrir, es más, él deseaba que continuáramos con nuestra amistad. He sido yo la que ha decidido alejarse.

- Ahora sí que no entiendo nada.

- Ay mamita, no hay mucho que entender. Terry pertenece y ha pertenecido siempre a esa chica, sólo que no quiere reconocerlo. Sé que sus intenciones conmigo eran las mejores, siempre me trató como un caballero, me abrió su corazón y me permitió conocer detalles de su vida que no le confiaría a nadie más, sin embargo, la sombra de ella estuvo siempre presente en sus ojos. Fue por eso que mantuve siempre una prudente distancia entre su corazón y el mío. Es más, creo que él dio mucho más que yo en la fugaz relación que sostuvimos – remató serena.

- Amanda, tú siempre tan objetiva y tan racional. Eres igual a tu padre.

- No podía ser de otra manera – respondió haciendo un mohín travieso.

- Pero dime, ¿qué harás cuando tengas que enfrentarte de nuevo a ese joven por tu trabajo? ¿Haz pensado que es posible que te asignen entrevistarlo alguna vez?

- Ya veremos, pero si es así sólo deseo ver en sus ojos la paz y la felicidad que se merece.

- Ojalá que así sea. Y verás que algún día encontrarás un guapo millonario de ojos azules y bondadoso corazón que te llevará a vivir a su hermosa mansión y te llenará de amor y de hijos – bromeó feliz de ver en su hija a una mujer de convicciones firmes y gran corazón.

Amanda lanzó una estrepitosa carcajada.

- Ay mamá, esos sólo existen en tus novelas.

Una ligera capa de nieve cubría las aceras. Afuera la ciudad se encontraba ya en plena actividad dominical.

La habitación estaba en penumbras, sólo un pequeño rayo de luz se filtraba por una rendija que se formaba en la unión de las gruesas cortinas. Terry yacía dormido en su cama después de haber pasado la noche en vela pensando en la encrucijada en la que se había convertido su vida.

La anterior había sido una noche para olvidar a pesar del éxito obtenido en la premier de "Las espinas de la rosa". Amanda se había ido de su vida y había lastimado cruelmente a Susanna con sus palabras. Pero lo que más le acongojaba era la incertidumbre que envolvía su razón y sus sentimientos.

¿Acaso sería cierto que Candy lo amaba? ¿Estaba dispuesto a enfrentar tal realidad y corresponderle para hallar de nuevo la felicidad? ¿Era tan fácil olvidar el abandono y la soledad a la que ella lo confinó aquella tarde en Chicago? Eran las preguntas que se hizo una y otra vez mientras daba vueltas en su cama sin poder conciliar el sueño.

Recordó lo bella que lucía esa noche, lo cambiada que la había encontrado, lo que sintió al verla en un lugar tan inesperado, y decidió que no, que no habría una oportunidad más para ellos. El dolor era tan grande como el resentimiento.

"No. Si ella se hubiera acercado a mí para confesarme que aún me amaba yo lo habría dejado todo, pero decidió alejarse justo como yo decidí no retenerla en aquel hospital de tristes recuerdos. Creo que no hay nada más que decir entre ella y yo. Por lo pronto debo retomar mi vida. Esta vez no me dejaré derrotar, seguiré adelante y tarde o temprano encontraré la felicidad."

Esas fueron las resoluciones que tomó antes de conciliar el sueño cuando la aurora ya despuntaba en el horizonte.

Tres semanas pasaron velozmente.

Candy y Susanna apenas tocaron el tema de Terry en ese tiempo, se había convertido prácticamente en un tabú hablar de él a pesar de que Susanna los viera a los dos casi a diario. Le resultaba muy complicado a la escritora confesarle a Candy que Terry no quería saber nada de ella. Él se lo había hecho saber en una conversación que sostuvieron un par de días después de su duro enfrentamiento durante el festejo del estreno.

- Susie, te ruego que me perdones por haber sido tan rudo. No debí usar palabras tan groseras.

- No te preocupes, entiendo que estabas muy alterado. Te propongo que olvidemos el incidente.

- Gracias. Sólo quiero pedirte que no me hables de ella. He decidido que seguiré mi camino sin mirar atrás.

- Está bien, se hará como quieras.

¿Cómo podría decirle eso a su amiga sabiendo que tal verdad la devastaría por completo? Por eso evitaba cualquier conversación en la que Terry estuviera involucrado.

Candy parecía haber comprendido y tácitamente aceptado que no debían hablar de ese asunto, aunque por dentro muriera de dolor y de incertidumbre. Parecía como si para ella se hubieran cerrado todas las puertas que condujeran a la paz de su corazón. Lo único que la mantenía de pie era la certeza de que Stear la necesitaba. Se dedicó en cuerpo y alma a las sesiones de terapia de su adorado primo tanto dentro de la clínica del Dr. Brenner como fuera de ella. Afortunadamente Stear no había vuelto a presentar ninguna crisis y las cosas parecían fluir sin mayores contratiempos en ese aspecto a pesar de que había sido advertida por el médico sobre la probabilidad de que se repitieran.

Terry se concentró enteramente en sus ensayos, en los múltiples compromisos publicitarios que debía cumplir como protagonista de la obra, y en su hobbie favorito: los caballos. Se había inscrito en un club hípico en el que podía montar todos los días y era normal verlo cada mañana correr a toda velocidad por los verdes prados hasta quedar exhausto. Trató de mantener a raya sus sentimientos y su fuerte temperamento, y cada día lo lograba con mayor éxito. Extrañaba terriblemente a Amanda pero había decidido respetar la decisión de la chica pues había descubierto que lo que sentía por ella era un gran cariño de amigo y no quería lastimarla más. Tal vez, en algún tiempo las cosas retomaran su cauce y podrían volver a convivir como lo hicieron antes.

Todo marchaba en aparente tranquilidad para Candy y Terry, pero la vida no había terminado de ponerlos a prueba.

La tarde era fría, las calles estaban cubiertas ya por una gruesa capa de nieve pero el sol brillaba esplendoroso, así que Candy pensó que era un buen momento para dar un paseo con Stear ya que los días previos había nevado constantemente.

- ¿Te gustaría dar un paseo? Pensaba que podríamos salir a comprar los víveres aprovechando que el sol ha decidido visitarnos - dijo Candy a Stear que se devanaba los sesos en busca de la razón por la que su último invento había fracasado tan aparatosamente.

- ¿Eh…? Si, claro Candy. Creo que necesito reestructurar mis ideas – respondió haciendo un mohín de cansancio.

- ¡Estupendo! Iré por mi abrigo mientras buscas el tuyo.

Minutos después salían del apartamento entre risas y bromas. Caminaron largo rato por las transitadas calles y cuando el frío comenzó a intensificarse decidieron comprar los víveres que necesitaban para volver a casa de inmediato.

Entraron a la tienda en la que normalmente se surtían, escogieron rápidamente, pagaron y salieron de nuevo a las frías calles neoyorquinas. Caminaban hacia su apartamento cuando una chiquilla de apenas unos cinco años chocó intempestivamente contra Candy en su loca carrera por alcanzar a su cachorro que instantes antes había pasado por en medio de las piernas de Stear.

- ¡Patty! ¡Detente Patty! – gritaba el padre de la niña, quien casi de inmediato pasó corriendo al lado de Candy tras la alocada chiquilla que no se detenía.

- ¡Espera Patty! – seguía gritando el angustiado hombre.

Los gritos comenzaron a retumbar en la mente de Stear, quien sintió fuertes punzadas en los laterales de su cabeza.

Patty…

Patty…

Escuchaba una y otra vez, fuerte y grave como el sonido de tambores de guerra.

Candy no notó lo pálido que su primo se había puesto pues su atención se centraba en la angustiante escena de la niña corriendo directamente hacia la calle. Con horror vio como, al llegar a la esquina, la chiquilla no se detenía.

Patty…

Patty…

Era lo único que Stear escuchaba.

Patty…

Patty…

Era lo único que Stear sentía.

Y de repente vino a su cabeza un dulce rostro redondo con anteojos y enmarcado en una suave cabellera marrón.

El cachorro se paró en la mitad de la calle y la niña lo alcanzó justo en el instante en el que un coche que transitaba velozmente se desviaba violento para evitar arrollarlos impactándose aparatosamente contra otro que circulaba en el sentido opuesto, ante la mirada desesperada e incrédula del padre de la niña, de Candy y de cada uno de los transeúntes que presenciaban la escena. El ruido del choque fue ensordecedor. El primer impulso de Candy fue correr hacia la calle para tratar de auxiliar a la pequeña, olvidándose por un momento de que Stear estaba con ella y sin notar que él había entrado nuevamente en crisis.

El impacto fue el detonante final para que nuevamente Stear sintiera caer en un pozo oscuro y sin fondo.

Nuevamente miedo… humo… muerte… sangre… dolor… se fundían en sus escasos recuerdos provocándole una desesperada e insoportable ansiedad. La bolsa con víveres resbaló de sus manos cayendo estrepitosamente al piso.

- ¡Noooooooooooooooooooooo! – Candy oyó el grito desgarrador de Stear y volvió su vista hacia él para encontrarlo totalmente desequilibrado, con las manos estrujando su cabeza. Ella se encontraba a varios metros de distancia, volvió sobre sus pasos olvidando ahora su preocupación por la pequeña y vio con horror como Stear se echaba a correr alejándose velozmente de ella. Candy sintió que la sangre se congelaba en sus venas, ¡no podía permitir que se alejara de ella en ese estado! Inmediatamente comenzó a correr detrás de él rogando al cielo poder alcanzarlo antes de que sucediera una tragedia.

- ¡Stear! ¡Detente! – gritaba desesperada sin dejar de correr a la mayor velocidad que sus piernas le permitían, pero él parecía no escucharla y no paraba su avance.

Cada vez se alejaba más y más, hasta que dio vuelta en una esquina y Candy lo perdió de vista entre los transeúntes, sin embargo ella no se detuvo, corría y corría empujando a todo aquel que se interpusiera en su camino e implorando a gritos:

- ¡POR FAVOR, QUE ALGUIEN ME AYUDE!

Pero nadie oyó sus ruegos.

Finalmente comprendió que era imposible alcanzarlo y se derrumbó de rodillas mientras sollozaba desconsolada sin importarle que la gente que pasaba a su lado la empujara una y otra vez y la viera como si hubiera perdido la razón.

Así permaneció varios minutos, en una especie de shock nervioso. Hasta que logró dilucidar que debía hacer algo más que sentarse a llorar su desesperada situación. Se levantó y se dirigió hacia la casa de la única persona que podía ayudarla en aquella ciudad… Susanna.

Los lunes y los martes eran los días de descanso para la gente de teatro, y prácticamente desde el estreno de "Las espinas de la rosa", varios actores de la Compañía Strafford se reunían los lunes por la tarde en casa de Susanna Marlowe a charlar y jugar poker. Ese día no había sido la excepción y, aunque faltaban unos treinta minutos para la hora acordada, Terry se encontraba ya en ese lugar pues pretendía charlar a solas un momento con su amiga y Tommy.

El timbre comenzó a sonar impertinentemente. Una y otra vez sin parar.

- ¡Dios! ¿Quién toca de una forma tan grosera? Por favor Elizabeth, atiende esa puerta que nos va a volver locos ese ruido – dijo Susanna.

Casi de inmediato Candy entraba en el salón con la mirada desencajada y gruesas lágrimas cubriéndole el rostro. Ni siquiera notó la presencia de Terry en aquel lugar.

- ¡CANDY! – exclamaron al unísono Terry, Susanna y Tommy, verdaderamente sorprendidos ante tal situación.

Candy se acercó temblorosa a su amiga y le dijo con voz trémula:

- Stear… Stear…

- ¡¿Stear?! – Pensaba Terry completamente azorado - ¿Qué no Stear murió en la guerra?

- ¡¿Qué pasó con Stear?! ¡Habla Candy, por Dios! – le preguntaba preocupada pues en ese corto tiempo le había tomado cariño a ese ingenioso joven de negros cabellos y amable sonrisa.

- Stear… ha desaparecido. No sé donde está. Hubo un choque en la calle, entró en crisis y se echó a correr. Corrí tras él pero no pude alcanzarlo. Ayúdame por favor – balbuceó Candy entre sollozos fundida en un abrazo con Susanna.

- ¡Oh por Dios! ¡Debemos buscarlo! – dijo Susanna mirando a Tommy y a Terry.

- No hay tiempo que perder – dijo Terry.

Fue entonces cuando Candy notó la presencia del actor. Jamás hubiera imaginado encontrarse con él en semejantes condiciones. Es más, pensaba que nunca más lo volvería a ver después de aquella dolorosa noche de la tertulia.

- Tienes razón. Nos dividiremos. Yo iré con Susanna a recorrer las calles y después las estaciones de policía – dijo Tommy con decisión.

- Candy y yo buscaremos en los hospitales – aseveró Terry dejando de lado sus recelos. En ese momento lo más importante era ayudar a Candy a salir de tan desesperada situación aunque no entendiera nada de lo que estaba sucediendo. Ya habría tiempo para explicaciones.

Candy les informó como iba vestido Stear y el rumbo por el que lo vio por última vez. Todos salieron de la casa acordando verse de nuevo ahí en tres horas si no habían logrado encontrarlo.

Terry la condujo hasta su auto y le abrió caballerosamente la puerta. Cuando él se puso al volante, Candy se dio cuenta por fin de que estaba sola junto a Terry, de que su olor la envolvía y se sintió más tranquila, más segura.

Por un instante olvidó todo, sólo era consciente de la presencia del amor de su vida junto a ella, sólo oía palpitar su corazón como aquel día en el zoológico de Londres.

- Creo que lo mejor será comenzar por los hospitales más cercanos, y en caso de que no lo encontremos comenzaremos a ampliar el radio de la búsqueda – dijo él, sacándola de su ensoñación.

- Si, creo que es lo mejor – respondió sintiéndose culpable por dejarse llevar por sus sentimientos en un momento tan angustiante como ese.

- Dime Candy, ¿Cómo es que buscamos a Stear? – inquirió Terry verdaderamente interesado.

- ¿Cómo? No te entiendo.

- Bueno, es que hace un tiempo leí en los diarios sobre su muerte en la guerra – aclaró – y ahora estamos buscándolo…

Candy procedió a explicarle con detalles todo lo referente a la reaparición de Stear en su vida.

Mientras hablaba, él la observaba de reojo, de vez en vez, cada que su actividad al volante se lo permitía.

- Había olvidado lo pecosa que eres, lo profundamente verde de tus ojos, el sol viviendo en tus cabellos – pensaba dejándose llevar por el embrujo que esa mujer le había provocado siempre.

En ese momento volvieron a su cabeza las palabras de Susanna:

Ella te ama…

Ella te ama…

Sacudió vehemente su cabeza tratando de alejarlas. No iba a abandonar sus convicciones ahora.

- … es por eso que estoy viviendo en Nueva York – Candy finalizó su relato sin percatarse de los pensamientos de Terry.

- ¡Vaya, esa sí que es una historia increíble! – exclamó volviendo a la realidad y tratando de reconstruir su coraza defensiva.

- Milagrosa, diría yo.

- Primera parada – dijo él, deteniendo el auto frente a un edificio que parecía ser un hospital.

- Vamos – espetó Candy bajando del auto, sin esperar a que él le abriera la puerta.

- No cambias… - pensó el actor dibujando una sonrisa en sus labios.

Nada…

Hospital tras hospital y no había rastros de Stear. Candy comenzaba a desesperarse pues sabía que los medicamentos que debía a administrar a su primo no eran comunes y corrientes, el Dr. Brenner los preparaba en base a sus experimentos, por eso ella siempre los traía consigo.

- Sólo nos queda un hospital por visitar, Candy… el San José. Espero que lo encontremos allí.

- ¡El San José! – exclamó. Era el último lugar al que deseaba volver en su vida, y aún más en las circunstancias que la envolvían. – Sí… eso espero yo también – dijo tratando de recomponer sus emociones, que para ese punto estaban hechas más que un caos.

Minutos después Terry detenía su auto frente al sombrío edificio que tan amargos recuerdos les traía a ambos.

Descendieron una vez más del auto, pero en esta ocasión había algo diferente en sus corazones: miedo. Miedo de enfrentarse de nuevo a ese lugar en el que habían sufrido tanto, ese lugar que significaba el comienzo de la pesadilla de su separación.

Cada uno por su cuenta tomó fuerzas, y finalmente entraron tratando de dominar sus temores.

Continuará…