-LUCY IN THE SKY WITH DIAMONDS-
Capítulo X
"Hiatus"
'Cause she's a cruel mistress and the bargain must be made
But oh, my love, don't forget me when I let the water take me
So lay me down
Let the only sound be the overflow
Pockets full of stones
So lay me down
Let the only sound be the overflow
Shaoran
—¿Seguro que mañana te sentirás bien?
Como una especie de reto o juego —elijan la razón que les parezca más razonable—, acerqué la botella de whisky a mis labios y tomé un largo, largo trago. Tuve que luchar con cada músculo de mi rostro para evitar mostrar alguna pista de disgusto. Miré a mi compañero con los ojos bien abiertos, tal vez a causa de mi casi borrachera. Había tenido muchas fiestas enloquecidas, tardes de inventar tragos nuevos con Fye y cervezas solitarias en mi juventud como para perfeccionar una buena técnica de "aguante alcohólico".
El humo y las risas del local lo hacían parecer un antro. Era el peor lugar que conocía, pero el único que me podía hacer sentir perteneciente. Probablemente la única real preocupación de Fye, era que mañana pudiera despertarme para ir a trabajar.
Sí, había tenido que preguntar más de una vez a mi compañero de departamento para que me acompañara. Éste no solía necesitar excusas para salir de casa, pero vamos, quien quiere resaca en el trabajo. Nadie.
—Pareces un rockero, pero de esos drogadictos y malolientes. Bolsas bajos los ojos, tomando de una botella de whisky, probablemente con alguna melodía ridícula en la cabeza —apuntó el rubio, enumerando con sus dedos—. Todo eso sin nombrar todavía que hasta en la disquería eres un inútil. Tu antigua pasión se convirtió en una sala de siesta. Eso hacen cuatro cosas —agitó levemente sus dedos contra mi rostro para crear algo así como énfasis.
—Cállate, ¿quieres? Si vine contigo, es porque me sentía demasiado mal dejándote sólo en casa mientras yo me… divertía por montones.
—Señor malhumorado, ¿eh? Podemos agregarla como el cinco dedo en tu lista. Excelente, excelente —balbuceó algunas cosas sin sentido—. No te aflijas, hasta tus ídolos, los cuatro Beatles, eran unos drogadictos encubiertos.
Puse los ojos en blanco y continué bebiendo. Tal vez, si no le pones atención, se aburrirá y se irá. Si se va, estoy cagado, no puedo volver a esta hora en micro al departamento. Y él es el que conduce. Y tiene el auto. Además, esa técnica de ignorarlo nunca ha funcionado.
A eso de las once de la noche, la volví a ver por primera vez.
Sakura caminaba con elegancia, de la mano de un hombre que no conocía y no recordaba haber visto nunca, pero eso era obvio. En menos de un minuto, las dos figuras desaparecieron atrás de una columna de cemento. No me levanté, ni siquiera hice un mínimo esfuerzo por seguirla, porque sabía muy bien que era algo que no se dejaría seguir. Que ella no era Sakura, eso lo sabía muy bien, pero que sí se parecía mucho. Tal vez, no demasiado, ya que la mayor parte del parecido lo había inventado yo, puesto con mi imaginación ávida y engañosa.
Tuve que esperar eso sí a que mi corazón se calmara, para dejar la botella sobre la mesa y prender un cigarrillo. Cuando lo logré, me llamé a mí mismo un enfermo maníaco, psicópata y un estúpido. Lo que más me asustó de lo que acababa de suceder, no fue entregarle atributos imaginarios y comenzar a ver a Sakura en cualquier chica que se me paseara por enfrente. Aquellos deseos incurables habían utilizado mi subconsciente, mis recuerdos de su rostro, de su manera de caminar, y los usaba en mi contra. Saber que no podía simplemente apagar la luz por las noches y ponerme a pensar en su sonrisa brillante y sus ojos de menta. Que cada día que pasaba me ponía más enfermo.
Cuando entró una chica con los cabellos rojos a la disquería la semana pasada y se había puesto a cantar en voz baja —cellophane flowers of yellow and green—, la canción que casualmente llevaba siendo mi himno desde hacía meses, a la única que vi fue a Sakura. No importaba que fuera más gordita, que su cabello brillara fuego, que sus ojos no resplandecieran con tanta fuerza —look for the girl with the sun in her eyes and she's gone—; ella por cada poro de su cuerpo gritaba que era Sakura. Pareciera como si cada recuerdo se condensara en un falso parecido total. Si es que tenía sentido.
Mirar otro rostro —más redondo, más pecoso, menos Sakura—, otro cuerpo —espalda ancha, dedos largos— e inmediatamente mirarla con aquellos ojos que creía haber reservado para ella. O para la Sakura de mis memorias.
Por eso ahora todo caía como tejas en su lugar, una chica en compañía de otro hombre en un antro de mala fama, una pelirroja con un bolso brillante, todo eso era un fastidioso juego que me tendía mi propio subconsciente. Porque a pesar de que no estuviera específicamente pensando en ella, siempre estaba presente.
¡Tendré mala suerte!
Ojalá me hubiera dado cuenta que estaba enamorado más rápido de lo que podía apagar un cigarrillo en el cenicero.
Una hora después me encontraría caminando hacia el auto de Fye, caminando, caminando, concentrándome más de lo que solía hacerlo. Por supuesto que el payaso que tenía por amigo aprovecharía mi primer momento de borrachera en meses, casi un año, desde la fiesta en la casa de la playa de Tomoyo.
—¿Quién será más idiota? —pregunté observando el techo gris del auto, porque las luces de afuera gritaban demasiado— Yo, seguramente yo, pero ¡también ella es una tonta! Ella es tonta porque cree que yo no sé nada, claro, que soy un idiota, por supuesto.
El rubio soltó una carcajada
—Lo peor es que lo más probable sea que yo sea el más idiota. Porque no he dejado de pensar en ella, ¿sabes? Pero claro que lo sabes, porque de lo único que estoy realmente seguro es de que tú lo sabes todo. Que ahora te quedas callado, pero sabes de sobra todo lo que te estoy diciendo. ¡Yo soy más tonto! —exclamé— Ni siquiera lo intenté en serio, debería haberle dicho que la amaba.
—Pues, dile.
—Serás idiota. ¿Ves que eres idiota? Tú sabes tan bien como yo que no la volveré a ver nunca. Ya ha pasado poco más de un mes y nada, ningún rastro.
—Ojalá Tomoeda fuera más grande. No tendríamos que venir a lugares como los de recién. Búscala.
—Seguro es tan fácil. Ni aunque quisiera podría encontrarla, no a propósito, al menos. ¿Te comenté que ahora vivía con su novio, cierto? No, seguramente no, pero igual lo adivinaste porque eres un puto extraterrestre. ¿Qué te hace tanta gracia? No te entiendo. Me tratas de dar consejos amorosos, pero yo no los quiero. Ni siquiera te pregunté qué debía hacer.
—Lo hiciste, de hecho —respondió, sin retirar la mirada de la calle ni un momento. Al menos no nos mataría.
—No, no lo hice —saqué un cigarillo y lo prendí antes de que Fye pudiera protestar—. ¿O sí, lo hice? No sé, ya no sé, me confundes, ¿ves? Ni siquiera recuerdo lo que dije. ¡Estoy tan ebrio que ni lo recuerdo!
—Al menos abre la ventanilla, dios.
—Bueno, el tema es que me tendré que buscar una chica gorda y con tirabuzones, seguro así no podré inventar falsas analogías.
Nuestra ridícula conversación se alargó todo el trayecto al departamento. Procuré botar las cenizas a la calle, para que el rubio no llorara. El viento frío me golpeaba la cara sin remordimiento.
Esa noche, Fye me acompañó a mi habitación, me obligó a sacarme la chaqueta —nunca comprenderé cual es la necesidad de desvestirse antes de dormir, por qué no podía dormir con mi chaqueta si me apetecía hacerlo—, se rió un poco de mí y me prometió que mañana me recordaría cada palabra de las que dije en el auto. Luego me dejó dormir.
La mañana siguiente Fye actuaba como si nada hubiera pasado, ninguna palabra dicha acerca de las exclamaciones de borracho y las confesiones.
Sakura
«…podría tenerla en brazos y calentarse a gusto al cantarle. Pero no serviría para los tangos, mejor el bastón cromado con la pequeña calavera brillante en lo alto, la sonrisa…».
Levanté la mirada en dirección a la ventana. Desde el domingo pasado, no había dejado de nevar. No era constante, tampoco una catástrofe a nivel mundial ni de ningún tipo, pero nevaba. Cuando pequeña, observar el suelo blanco me llenaba de un sentimiento dulce. Ahora sólo me amargaba.
«…la sonrisa tetánica de la rejilla. Me parece bueno decir aquí que yo iba a esa milonga por los monstruos, y que no sé de otra donde se den tantos juntos. Asoman con las once de la noche…»
—¡Pero qué..!
—Ya llegué.
Ya no observaba las letras de mi libro con mi cuidado típico, si no los ojos dorados de Koichi, el cual me observaba con una sonrisa de oreja a oreja y me entregaba el libro que acababa de quitarme. Me levanté de un salto y lo abracé, mientras me rodeaba por la cintura. Sus labios sabían a menta. Adicto a la goma de mascar desde el instituto, más o menos. Siempre sabía a menta. Era como su toque particular, al igual que las cenizas la de una chimenea y la anestesia en un hospital.
—¿Te parece bien si comemos algo antes de salir?
Incliné levemente la cabeza.
—No me digas que olvidaste que Tomoyo nos había invitado a una fiesta en la noche.
Por supuesto que lo había olvidado.
—Por supuesto que no. De hecho, ya iba camino a la habitación a ponerme algo más acorde.
Y cerré la puerta tras mío para esconderme un par de segundos. Cómo se me pudo olvidar la famosa salida con mi mejor amiga. Era mucho más que una "simple salida": Eriol había decidido que era sumamente importante que su novia tuviera una presentación formal ante las mejores amigas. Al menos esa era la excusa que nos había contado, porque estoy segura que la verdadera razón tenía que ver con que ni yo ni la amatista habíamos tenido contacto desde hacía meses.
La verdad, es que desde que me había venido a vivir con Koichi, no había tenido mucho contacto con nadie. Ya había pasado algo más de un mes. Navidad la pasamos con mi madre, mi hermano y su novia. Luego vino año nuevo. Fuimos al templo Tsukimine con unos amigos de mi prometido. Tomoyo también dio una fiesta esa noche en su casa, pero estar con el novio medio ebrio y sus amigos sonaba mejor. Más o menos.
Desde hacía algo más de un mes que no lo veía a él tampoco.
Evitaba tomar el metro, porque sabía que él solía tomarlo por las mañanas y tardes para ir a la disquería. Ni siquiera había tenido ánimos de ir a trabajar a la pastelería, por lo que nunca sabré si alguna vez me fue a buscar allí. En caso de que quisiera hablar conmigo, podría haberme ido a visitar a mi casa, pero yo estaba aquí.
Tampoco es como que él haya hecho mucho esfuerzo por verme y le agradecía por ello. Perfectamente podía llamarme a mi celular o mandarme un mensaje de texto, incluso como plan más descabellado, pedirle la dirección del departamento a Tomoyo. ¿Sería tan enfermo como para salvar a la doncella en peligro directamente tocando el timbre?
Un mes sin Shaoran.
Me acostumbraría, ¿cierto?
Escuché el sonido del agua correr. Luego de un día estresante en la universidad, una ducha le ayudaría a mi novio a cambiar el switch y ponerte en ánimo de fiesta. Era una suposición, claramente, porque yo nunca había asistido a la universidad. Antes de abrir el armario, me aseguré de abrir el notebook y ponerle play al reproductor de música.
Con nieve afuera, por ningún motivo iría con algo menos que cinco capas de ropa. Seguramente Tomoyo iría con un vestido corto de colores. La novia de Eriol también. Si estuvo tantos años embobado con la morena, era imposible que su nuevo amor se tratara de una de esas chicas que prefieren calor a mostrar las piernas.
Me vestí lo más rápido que pude, evitando enfriarme con mi propia desnudez. Luego me dejé caer sobre la cama. Como si algo tan absurdo como una salida con tus amigos de la infancia pudiera sacar el monstruo más horrible de ti, lo único que deseaba era que el mundo se partiera en dos, que declararan alerta nuclear, que nos prohibieran salir de nuestras casas, para que así, yo pudiera quedarme recostada entre las sábanas de esta cama. La cual nunca se sentiría tan bien como la mía. Todavía podía escuchar el ruido del agua.
Sonaba patético e increíble, pero desde que me había mudado con mi prometido, ese de cabellos rubios que estornudaba como niño de preescolar, no había tenido ningún segundo para pensar en mí. Últimamente me la pasaba leyendo el libro que me regaló Eriol para mi cumpleaños y no conseguía avanzar demasiado; juro que soy demasiado distraída. Procuraba no quedarme haciendo nada, porque solía ser peligroso.
Mientras cantaba suavemente la letra de la canción, realmente hermosa, que había escuchado hace un tiempo en la televisión, miraba el techo. Será que soy masoquista, una completa estúpida o solo un ser humano más, pero uno de mis virtudes —¿virtud?— era siempre ponerle play a la canción que te hace sentir más mal.
Que cuando estás tan vacía que no hay nada que te alegre, te pones a escuchar la canción más inadecuada y te hace sentir como la real mierda. Qué importa, realmente, si ya te sentías como la mierda antes. Lo único que sucedió fue que la canción te hizo recordar el por qué te sentías así. Esa sensación de vacío nunca te abandona. Al principio se siente como un vacío estomacal, de esos que sientes cuando estás hambriento.
Luego se convierte en algo de tu vida cotidiana. Nunca se fue, así que tuviste que acostumbrarte. Pero nunca lo olvidas, porque siempre está ahí. Te duele cuando apagas las luces por las noches, cuando comes la cena por tu cuenta o escuchas el sonido del televisor encendido que no estás mirando.
Pero yo ya me había acostumbrado a sentirme como la mierda siempre. Sabía las técnicas perfectas para dejarlo en segundo plano. Un buen libro, una taza de café, un beso, una baño caliente, el olor a jabón, luces de colores. Por lo mismo era peligroso quedarse haciendo nada: intenten evitarlo, ya que significa la muerte verdadera. Esa muerte del alma.
Al principio empiezas a pensar en lo que hiciste en tu día y esto te lleva a cosas más profundas. Pensar en Tomoyo. En los días del instituto, el primer beso, las mariposas en el estómago, herida. En la sombra de tu padre difunto, tu madre ni siquiera capaz de esconder las lágrimas, sin el privilegio de llorar a escondidas, te hiere. Los ojos color chocolate, el cabello marrón como hojas que arden, una mano suave, besos de miel.
Llena de heridas.
Antes de salir de la habitación, me preocupé de limpiarme las lágrimas y ensayar un par de veces una sonrisa convincente frente al espejo que solía llevar entre mi maquillaje.
El abrazo de saludo de Tomoyo me hizo sentir una felicidad tan hipócrita que casi vomité.
Había exclamado "tanto tiempo, me alegro tanto, estás usando los guantes que te regalé". No me había dado cuenta hasta ese momento de lo poco preparada psicológicamente que me encontraba para nuestro reencuentro. Intenté sonar lo más confiada que pude e incluso me reí un par de veces, pero por dentro estaba muerta de miedo. Muerta.
Rápidamente entramos al pub y nos sentamos en una mesa bien apartada. Koichi, que parecía mucho más atento que lo normal, me tomó de la mano y sonrió. Él no sabía todo mi rollo con Tomoyo, pero algo había inferido de nuestra poca comunicación. Divisé a Eriol a lo lejos y no pude más que alzar una ceja. Su novia llevaba un vestido lila.
—¡Eriol, aquí estamos! —exclamé, mientras agitaba una mano, esperando que mi voz sonara por sobre la contaminación acústica del lugar.
—Hola, querida, ¿cómo has estado? —saludó primero a la amatista, con una sonrisa.
Extraño. En seguida nos saludó a todos y presentó a Nakuru, la modelo de piernas largas y cabello hasta la cintura que tenía por novia. Miré de reojo a mi prometido.
—… y a Tomoyo ya la conociste —terminó el moreno con una sonrisa chueca.
—He tenido el gusto.
Se sentaron, pedimos un aperitivo y cada uno se pidió un trago colorido. Yo un jugo de frambuesa.
Yo sabía que la culpa de que mi mejor amigo y mi prometido no se llevaran para nada bien, era de este último. Cada intento de mantener una conversación agradable, terminaba en miradas de reproche y comentarios evasivos. Cortesía del tiernísimo de Ko. A pesar de las millones de veces que intenté explicarle que él sólo tenía ojos para Tomoyo —lo más probable es que ahora pensara que nadie se había fijado cuando los ojos se le encendieron al observar a la amatista—, Ko seguía con la extraña idea de que estaba loquito por mí.
Sólo podía suspirar.
La mirada triste de Tomoyo observando su bebida color rojo. La conversación animada que Nakuru tenía con Koichi. Las miradas de reojo que le echaba Eriol a su amor de infancia, cuando creía que nadie le miraba. Una sombra caminando en mi dirección, con el cabello color chocolate.
Herida.
Todo, queridos, se convierte en una herida. Porque somos una herida, nosotros mismos. Incluso posar tus ojos en aquellos a los que sólo veías en sueño, luego de llamarlos entre balbuceos media dormida. No creí que mi encuentro con Shaoran sería tan pronto. Claramente no estaba preparada para eso tampoco.
Shaoran
¿Cómo fue que llegué a este pub? Era obvio, fue una trampa. Debí haberlo visto venir desde que Fye comenzó a insistir que saliéramos esa noche. Además del hecho de que habíamos salido la noche anterior, encontraba de lo más extraño que esta vez nuestro destino fuera el pub más popular del momento, de esos caros con luces fluorescentes. Él único lugar de Tomoeda donde podrías encontrar una actriz de telenovelas nacionales, algún cantante borracho o a la mismísima Tomoyo Daidouji.
¿Cómo fue que acepté, si por cada súplica se veía más y más sospechoso?
Recapitulemos.
Vomité un par de veces por la noche. Desperté con una resaca de mierda y un dolor que me atravesaba toda la columna. Pero aún así, me había levantado para trabajar. No fui muy útil.
Desde que Sakura nos había visitado hace más de un mes a la disquería y habíamos dejado de tener contacto, había sido un muerto más en mi lugar de trabajo. Había caído en la tortuosa rutina del oficinista gris. Hoy no era muy distinto. La única real diferencia, era que hoy tenía que realmente esforzarme para enfocar a los clientes y apretar un par de teclas en la caja registradora.
Más tarde almorzamos. Allí fue cuando empezó. Fye había insistido en que lo acompañara a un pub, el cual yo no conocía, desde el almuerzo.
—Tengo un asunto que resolver allí.
—Tengo que verme con una persona importante.
—No puedo ir solo.
—Vamos, así te despejas un poco.
—Te prometo que no te vas a arrepentir —añadió como último recuro de persuasión, con una sonrisa.
Tal vez si no me hubiera sentido tan enfermo, hubiera reconocido el sonido de su lengua de serpiente saborear las promesas maliciosas.
Luego de cerrar la disquería, por fin cedí ante él. Fuimos a casa, me obligó a cambiarme de ropa. "Cómo vas a ir así vestido a un lugar como este, te vas a arrepentir, te van a mirar con mala cara". Como si a él o a mí alguna vez nos hubiera preocupado eso.
La primera semana de Enero, Fye me mandó a comprar un tabaco especial en una tienda exclusiva en el centro. Como cualquier chico de los mandados. Lo que fuera por alejarme de la disquería y las memorias.
Paso, paso, paso.
Una chica de cabello castaño, hasta por arriba de los hombros, miraba embobada la vitrina de una tienda. Lo que había allí debía ser lo suficientemente increíble como para tener a una clienta tanto tiempo en el frío, observando como si se le fueran a caer los ojos. Yo la miré mientras caminaba. Cada paso me acercaba más a ella. Probablemente fue a causa de mi imaginación, pero juro que pude percibir el olor a su shampoo de frutilla.
Pasé a su lado. No me miró.
Y seguí de largo.
Cuando llegué al semáforo de la esquina, me arrepentí en seguida. "¡Hey, tanto tiempo! ¿Quieres pasar a comer algo a alguna pastelería? ¿Qué, Fye? No, no se enojará, seguro que le alegrará saber que dejaré de ser un puto muerto viviente ya que por fin tuve el placer de escuchar tu voz otra vez, Sakura".
Pero cuando volví, sin respiración y con el pecho martillando, la chica de cabello castaño ya no estaba frente a la vitrina brillante. La busqué con la mirada y corrí una cuadra más, sólo por si acaso.
Ni rastro de ella.
Todavía me arrepentía un poco.
Fue la única vez que la vi en todo ese tiempo. Había anhelado tanto una oportunidad como esa, rogarle que me perdonara, que me diera una oportunidad, besarle los labios, llevarla a mi habitación.
Pero simplemente había seguido caminando en dirección a la tienda que me había dicho Fye. Siempre supe que era un estúpido.
Ahora estaba, frente a ella, por segunda vez en tanto tiempo, en un pub donde las luces de colores hacían sus ojos brillar.
—¡Tomoyo!
Fye saludó a la susodicha con un abrazo y ésta sonrió ampliamente.
¡Si era obvio! ¡Que era un plan de este par de monstruos extraterrestres! Que leían mentes y maquinaban planes en tu contra, para verte llorar y reír de tus desgracias. Siempre se habían llevado de maravilla, porque eran igual de desgraciados.
Y ahora habían pensado un plan en contra mío. ¡Mi propio amigo me había traicionado! Me había tirado a los leones. Porque ahí estaba yo, con resaca, dolor de espalda y ojeras, frente a la chica que amaba, y su prometido.
Ella y yo embobados. Yo por su mirada, sus labios brillantes, su cabello arreglado y leve maquillaje. Ella seguramente por la mala suerte de encontrarme otra vez.
—Siéntense, siéntense —dijo la morena.
Incómodo.
—Él es Eriol, amigo desde la primaria, Nakuru, su novia —hizo una mueca—. A Sakura ya la conocen. A Koichi también. ¿Recuerdan al chico rubio que nos encontramos en una discoteque hace un tiempo?
Ajá.
Sakura ya no me miraba, tenía las manos sobre la mesa, movía los dedos con nerviosismo. La otra chica de cabello castaño nos había saludado con una gran sonrisa. Mierda. Qué estaba haciendo yo aquí.
—Fye y Shaoran.
Asentí, sintiéndome incapaz de hacer más.
—¡Qué coincidencia que nos hayamos encontrado aquí! —comentó Fye, con los ojos brillantes.
—Nosotros llegamos hace sólo un momento —dijo Eriol con voz educada.
Observé al famoso Koichi.
Recordaba perfectamente al rubio que habíamos encontrado esa vez. También recordaba la sonrisa que soltó cuando confesó haber dejado plantada a su novia. Era un imbécil. Nada le quitaba lo imbécil de la cara, ni siquiera la manera en que acariciaba la mano de su prometida, como realmente expresando cariño.
Imbécil. No sabe nada.
Y así estuvimos una hora o algo así. Sakura mirando la mesa, Koichi abrazándola por la espalda, los otros dos tortolitos mirándose con caras tiernas. Fye y Tomoyo, como buenos demonios, riendo y prácticamente gritando. Yo no hice más que responder brevemente todo lo que mi amigo me preguntaba.
Cuando la castaña, Nakuru, se acabó su bebida color rosa —uno de esos tragos con poco alcohol para que las señoritas no perdieran su feminidad— sugirió que cambiáramos a una discoteque o algo más divertido. Tomoyo ofreció su casa.
—¿Y cómo estás?
El sonido de los tacones de la amatista sonaba con fuerza en el frío. Yo ocultaba mi boca bajo una bufanda. Nakuru y Fye parecieron llevarse de lo lindo de inmediato. Estaban por delante de todos riendo estrepitosamente y gritando.
—Realmente en este momento no tengo muchos deseos de tener una conversación civilizada contigo.
—No te enojes con Fye, todo esto fue idea mía.
—Tomoyo, hablemos como adultos —dije—. No tengo ningún tipo de interés amoroso ni de ningún tipo hacía ti.
La observé. Ella rió fuerte un momento y luego me miró con una sonrisa. La nieve caía lentamente en rededor de nosotros. Se veía muy bonita con su vestido de colores, pero increíblemente tonta, ya que seguramente estaría congelada.
—Yo tampoco tengo ningún interés amoroso contigo. Amistoso sí, por eso le dije a Fye que te invitara.
¿Cómo? ¿Qué?
—Vamos, no puede ser tan difícil de creer. No es que haya dejado de encontrarte irresistiblemente sexy ni nada por el estilo, sólo ya me aburrí. Es todo.
—¿Quieres que crea que me invitaste para que seamos amigos?
—Más o menos. Esta es mi manera de redimirme: voy a arreglar lo tuyo con Sakura.
—¿Perdón?
—Lo que escuchaste. A pesar de que no lo parezca, no me gusta ver a mi amiga sufriendo. Si eso es culpa tuya, pues, te mato. Pero he allí el problema, no es tu culpa.
—Creo que no estoy entendiendo.
Llegamos a donde ella había estacionado su enorme auto negro. Yo debía ir a donde Fye había estacionado antes, para irnos todos por separado a casa de Tomoyo, como era el plan, pero al parecer el rubio me tendría que esperar bajo la nieve. Su castigo por ser un puto extraterrestre.
—Eso, como dije. No es tu culpa que Sakura esté como está. Vamos, lo que digo es que no está teniendo una crisis emocional y adolescente porque te extrañe.
—Gracias.
Sonrió.
—La única culpable de que Sakura esté como está, es de ella misma. No puedo saber qué siente realmente, ni tampoco te voy a decir todo a ti, porque Sakura es mi amiga. Mi mejor amiga. Pero es algo más que claro que no es feliz con Koichi. Hasta Nakuru se dio cuenta.
Me quedé callado. Ella se apoyó en la puerta de su auto y yo le escuché con prudente distancia.
—Entonces el plan es que decida de una vez por todas que mierda quiere hacer ella.
—¿No crees que no deberíamos meternos en algo así?
—¡Si yo no la ayudo, seguro que sigue así por otros cuatro años más! Se va a casar, va a tener niños y luego no va a poder hacer nada, porque va a odiar al padre y a los pequeños por el simple hecho de tener los ojos amarillos como él. Yo la quiero ayudar y para eso, le di un pequeño empujón.
—¿El cual sería…?
—Acercarte a ella. Ahora todo queda en ti. Si realmente la quieres, la ayudarás y harás que olvide al imbécil de Koichi. Listo.
—No sé…
—¿La quieres?
La miré. Apreté los puños con fuerza.
—Tomoyo, estoy enamorado.
—Entonces deja de ser un imbécil tú también. Porque si resultas ser igual de cobarde que ella, seguro que nunca van a llegar a nada.
Me quedé un momento pensando. Los ojos de Tomoyo brillaban decisión, pero al mismo tiempo, sus labios temblaban. El cabello húmedo por la nieve le caía por los hombros y la espalda. Desde hacía mucho tiempo que no se veía tan hermosa. Desde hacía mucho tiempo que no sentía que la quería tanto.
Me acerqué y la abracé. Pareció sorprendida en un principio, pero luego me respondió el abrazo.
—Si al final resulta que eres igual que su prometido, juro que publico por internet esas fotos tuyas de la fiesta en la playa de la última vez.
De pronto, la espalda dejó de dolerme, la vista se me aclaró y mi cerebro pareció perdonarme por un momento, porque cuando solté una carcajada muy fuerte, me sentí realmente bien y feliz.
De pronto, quería mucho a Tomoyo.
Notas de la autora:
No hay nada que pueda hacer para expresarles lo mucho que siento haberme demorado tanto.
Lo peor es que ni siquiera pasó mucho en este capítulo como para que valga la espera, ni tampoco es enfermamente largo como para compensar a la gente que le gusta esta historia.
Prometo no demorarme tanto la próxima vez.
El libro que lee Sakura en este capítulo, es "El Perseguidor y otros relatos" por Julio Cortázar. Un fragmento random del relato "Las puertas del cielo". La canción es What the Water Gave Me de Florence + the Machine.
