Bendito Amor
Capítulo IX
Superare le Paure
- ¡George! - exclamó asustada Dorothy al verse descubierta mientras guardaba su ropa presurosa dentro de su vieja maleta negra.
- ¿Qué pasa Dorothy? ¿y eso? ¿acaso estás pensando dejar la residencia? - cuestionó él acercándose lentamente.
- No... yo, lo siento - se disculpó la joven castaña bajando la mirada.
- ¿Acaso es cierto lo que dijo la señora Elroy? - inquirió demandante tomando con firmeza un brazo de la mujer.
- No sé lo que te dijo George - habló tragando saliva asustada.
- ¿Delataste o no a mi huésped? - interrogó seriamente.
- ¡No! ¡jamás dije una sola palabra de él! - chilló con seguridad y temor de que no le creyese pues aún guardaba en su corazón todo lo que había tenido que sufrir víctima de grandes injusticias.
- Entonces espero una explicación sobre esa maleta - dijo con suavidad sujetándola del otro brazo y acercando más su cuerpo al de ella.
- Esto no es correcto - murmuró con voz temblorosa.
- ¿Qué es lo que no es correcto Dorothy? - preguntó roncamente al oído de la dama.
- Tu y yo, somos diferentes, venimos de dos círculos sociales distintos, tus amigos te cerrarían la puerta en la cara si supieran que soy tu novia.
- Debo suponer que hablaste con Emilia Elroy Andrew - sentenció el hombre tratando de contener el enojo que bullía en su ser.
- Ella ya sabía o intuía nuestra relación, me hizo ver lo dura que es la sociedad y que al estar a tu lado solo te haría daño y eso es lo que menos quiero ¿entiendes? - interpeló mientras él la liberaba de la prisión de sus manos.
- Mi querida Dorothy, no necesito de ningún miembro de la alta sociedad para mantener mi fortuna, toda la vida he ahorrado y todos mis negocios han sido fructíferos, por otro lado nadie tampoco podría señalarnos y si lo hicieran ¿qué puede importarnos? solo nos bastamos nosotros para disfrutar de nuestro amor y en cuanto a las amistades, créeme que puedo prescindir de todos aquellos que pudieran rechazarte, tú siempre estarás en primer lugar.
- También me habló de tu romance con la señora Pauna, me dijo que la amaste con locura y que en su tumba juraste serle fiel a su recuerdo - soltó la chica al borde del llanto, pues ella había visto innumerables retratos de aquella dama y se sentía como un pequeño y feo guijarro frente a una piedra preciosa.
- Pauna pertenece a mi pasado, la amé mucho eso no te lo puedo negar, pero ella se casó con el capitán Brower ¿acaso no sabes esa parte de la historia?
- Quizás tu corazón jamás la olvidó y yo jamás podré competir con su recuerdo, soy tan inferior comparada con ella- admitió con pesar - la señora Elroy me dijo que disfrutabas mucho escucharla tocar el piano y que les gustaba salir a montar todas las mañanas, yo no sé ni siquiera tocar la armónica y me asustan los caballos - confesó avergonzada pero enterneciendo el corazón del hombre.
- Nunca competirás con nadie puesto que mi corazón está libre, yo ya tuve bastante tiempo para olvidar y dejar ir.- reveló el pelinegro con sinceridad.
- Jamás seré tan hermosa como ella.
- No busqué a una sustituta cariño, te busqué porque eres así, por tus ojos marrones tan claros, y tu cabello castaño tan brillante, por tu piel de terciopelo, tu voz tan angelical y la bondad y ternura que guardas en tu corazón. Te amo por ser quien eres, nunca más vuelvas a compararte con Pauna, porque eres tú quien habita en mi corazón y mi pensamiento - afirmó tomando una de las femeninas manos y acariciando su mejilla con delicadeza.
- Te amo George - confesó ella, con el corazón brincando de felicidad, acortando la distancia mientras esperaba que él pusiese fin a la conversación con un beso, el cual ciertamente no tardó mucho en llegar.
Ella estaba abstraída con la mirada fija en algún punto del salón, llevaba algunos minutos en la casa de madame Dupond y aún se preguntaba si había tomado la decisión correcta; sin embargo al pensar en su nada alentadora situación económica se convencía de que estaba haciendo lo indicado. Suspiró amargamente recordando las veces que le había dicho a Albert que no hacía falta el dinero y lo mentirosa que había sido.
Habían pasado unos días ya desde la partida de su rubio compañero y a ella le parecían años, se sentía agobiada por el silencio de su departamento y las visitas de sus amigos no habían ayudado pues, al narrarles el porqué de su soledad,se sentía cada vez más miserable. "¡Si tan solo se hubiera quedado!" era el pensamiento que la solía azotar a todas horas creyendo que sin duda junto a él la situación hubiera sido por lo menos emocionalmente mucho más llevadera y románticamente más esperanzadora. No obstante estaba decidida a salir adelante sola de su precaria situación, no recurría a nadie para sobrellevarla pues nadie tenía porqué enterarse de aquellos asuntos un tanto bochornosos, ¡Cómo admitir que había gastado sus ahorros en comprarle una camisa y par de zapatos para Albert! pero ¿quién podría juzgarla? ella no tenía como saber que pronto iba a ser despedida. Se limpió una motita inexistente de polvo desanimada pues ni siquiera aquellos regalos se los había podido dar, aún descansaban escondidos en el armario bajo su manta aburrida de cuadritos.
Consultó con el pequeño reloj de su muñeca, regalo de Annie Britter, mientras se preguntaba cuándo le darían por aquella máquina si es que la vendiese, tenía pinta de ser muy caro y dudaba que su amiga se enojara por aquello, pero moviendo la cabeza en negativa desechó la idea pues la que se sentiría mal sería ella misma, no podría cargar en su conciencia el vender uno de los regalos de su querida hermana; aunque indudablemente aquel reloj no hacía juego con su siempre modesto estilo de vestir, era un hecho que, lo conservaría, "por lo menos me es útil" pensó resignada; "mi querida Annie, si supieras donde estoy" murmuró al aire y es que simplemente por curiosidad le había mencionado la Casa de Modas Dupond a la joven pelinegra y con sorpresa había visto algo así como pequeños fuegos artificiales en aquellos ojos azules, sólo le había tomado un minuto para perderse en aquella conversación de encajes, vestidos, telas y clase, ni siquiera su exagerado bostezo había valido para liberarla de aquella situación tan aburrida para ella.
"Son ropas demasiado finas y costosas" retumbaron en su mente las palabras de la pelinegra, mientras examinaba las selectas cortinas de la estancia, estaba segura que ella ni con todo un año del salario de enfermera podría comprarlas, "Es algo así como ropa de colección, sus modelos son exclusivos y todas las personas que se precien pertenecer a la alta sociedad deben por lo menos de contar con unos cuantos vestidos para presumir" había dicho también su amiga y para ese momento ya no le quedaba ninguna duda de que así fuese. "¡Tan fina que yo desentono!" gritó su mente haciéndola sentir mal.
- Señorita Candice, por favor acompáñeme, la señora la atenderá en el solarium - fue la voz amable de un hombre calvo y delgado que vestía un elegante e impecable traje blanco.
- Gracias - musitó dejándose llevar por el caballero.
El pasillo que atravesó estaba adornado por estatuas de mármol y jarrones llenos de flores cuidadosamente acomodadas. "Tiene mucho estilo" pensó viéndose a sí misma como un bicho dentro de una caja de cristal. El trayecto fue para la rubia un poco largo hasta que tuvo acceso al ambiente más hermoso que pudo haber soñado, la arquitectura era magnífica, los muebles eran tan finos que de pronto ni siquiera quiso sentarse en alguno, y las rosas que vivían en aquel entorno estaban tan llenas de color y vida que le robaron el aliento.
- Hace un día espectacular ¿no lo crees querida? - preguntó la dama que lucía imponente al lado de la fuente que ocupaba la parte central del espacio.
- Muy lindo señora Dupond- contestó tímidamente.
- Ajá, por cierto que yo recuerde te cité el viernes de la semana pasada... ¿qué haces aquí hoy? - preguntó directamente haciendo enrojecer con violencia a la chica.
- Lo lamento mucho, tuve unas complicaciones pero si gusta me marcho, no deseo robarle minutos de su tiempo - dijo en un tono dulce pero firme, ya bastante la había humillado la tía abuela como para dejarse humillar de una desconocida, pensaba decidida.
- Espero que haya sido realmente importante el motivo por el cual no viniste a nuestra cita muchachita, pues te dejé en claro que tomases o no el empleo yo quería verte, en fin... tienes que agradecerle a tu belleza el que haya aceptado entrevistarte - habló caminando con los brazos cruzados hacia uno de los muebles invitándola a sentarse con un movimiento de su enguantada mano.
- Le agradezco que me haya recibido aunque para serle franca no estoy muy clara con respecto a su propuesta.
Candy no entendía la dureza de la mujer que le miraba con ojos tan severos, no se parecía nada a la señora amable del muelle, y ya no estaba tan segura de querer trabajar para alguien así; no obstante tenía que mantener la calma, pues era menester continuar y ver si aquel trabajo podría salvarla de su situación, además se había prometido demostrarle a Albert que no era necesario que esté tan lejos, pues aunque él le mandase el dinero que le había dicho, ella estaba firme en no utilizar ni uno solo de esos centavos; los pondría en el banco y cuando él volviese podría entregárselo.
- ¿Necesitas o no el trabajo? - cuestionó la dama sacándola de sus pensamientos.
- Lo necesito - contestó con voz neutra.
- Mira niña, este no es uno de mis mejores días, he tenido un inconveniente familiar que me impide estar de mejor ánimo, lamento haber sido tan dura, no suelo ser así, bueno quizás un poco, de cualquier manera creo que lo más justo empezar otra vez ¿te parece?
- No se preocupe señora.
- Bien... vamos dime tu nombre completo - pidió aún sabiendo la respuesta, pues en la misma pequeña mesa de cristal reposaba un sobre con todos los datos de ella.
- Candice White Andrew - contestó dubitativa y desviando la mirada mientras esperaba no ser rechazada nuevamente por el peso de su apellido.
- ¿Una Andrew? - preguntó con cautela - ¿de aquellos Andrew? ¿Cómo puedes ser una de ellos y portar una vestimenta tan humilde? ¿me quieres tomar el pelo muchacha? - terminó de preguntar entrecerrando los ojos, queriendo saber de labios de la joven cada detalle de su vida.
- Verá señora, esa es mi familia adoptiva, mi presencia no le es muy grata a la matriarca pues desaprueba mi estilo de vida - respondió lo más sincera que pudo.
- No aprueba tu estilo de vida... ¿acaso tienes marido? Ya sabes sin casarte y todo eso... - curioseó intrigada - cuéntamelo todo, necesito confiar plenamente en ti.
- Bueno, lo que pasa es que abandoné el San Pablo para hacer algo diferente, estudié enfermería pues pensé que así podría valerme por mí misma en la vida y además tengo un amigo el cual tiene amnesia, decidí que viviera conmigo para poder cuidar de él, así es que alquilamos un pequeño departamento, como usted podrá suponer nada de eso le pareció bien a la tía abuela.
- ¿Es tu amigo o tu novio? - preguntó después de haber notado las mejillas sonrosadas de ella cuando lo mencionó.
- Es mi amigo y nunca fue más allá de eso - dijo guardando para si el beso que no había podido sacar de su memoria.
- Le quieres - afirmó la mayor con toda la sabiduría que le daba la experiencia.
- Yo...
- ¿Nunca tuvieron nada que ver?
- Él siempre fue muy respetuoso, un caballero en todos los aspectos y yo recién noté que le quería cuando se marchó - confesó sin poder evitar que sus ojos se cristalizaran por unos momentos.
- Comprendo, así que se ha marchado, ¿volverá?
- Es lo que deseo...
- Bien, cuando vuelva ni te reconocerá y se querrá morir por no haber notado lo maravillosa que eres.
- Gracias por decir eso, yo la verdad siento que no soy... atractiva y me veo tan sosa que por eso me extraña el trabajo que me quiere dar.
- Lo primero que habría que trabajar es tu autoestima, con respecto a lo de tu familia entiendo el punto de vista de aquella mujer, aunque sospecho que hay muchas cosas que has guardado para ti, no te preocupes con el tiempo nos pondremos al corriente; pero quiero decirte pequeña Candy que yo creo que ninguna de tus decisiones fue equivocada, quizás tu único defecto haya sido ser demasiado noble. - dijo sonriendo amablemente.
- Gracias - habló la rubia emocionada devolviéndole la sonrisa.
- Con el trabajo que te ofrezco me temo que tendrás que renunciar a ejercer tu profesión ¿Tienes algún inconveniente con eso?
- Ninguno señora Dupond, de echo aunque quisiera trabajar no podría, la señora Elroy se encargó de que no sea aceptada en ningún hospital - reveló con pesar.
- Así que esa mujer no se mide eh... bien Candice si decides aceptar mi proposición verás como se doblegará ante ti obligada por el peso de la sociedad que tanto ella valora .- anunció sintiéndose como una abanderada por la causa de aquella delicada rubia.
- No busco humillar a nadie, solamente necesito trabajar, poder sobrevivir y ahorrar algo de dinero.
- ¡Niña, que espanto! ¿esas son tus pretensiones? ¡Querida, conmigo lograrás una fortuna! yo te haré tan famosa y amada que las personas morirán por estar a tu lado, a nadie le importará que seas o no una Andrew, además podría decirse que a partir del momento que aceptes pasarías a ser una Dupond.
- ¿En qué consiste ser una de sus modelos? - preguntó desconfiada por todo aquello que al parecer aquel mundo le ofrecía.
- Necesito que uses la ropa que yo diseño, pero no quiero que estés como un maniquí en mis negocios, lo que quiero es que seas algo así como un cartel andante, quiero que todos los ojos estén puestos en ti y en lo que vistes, que seas la sensación, que tú uses un vestido y que pronto todas las jovencitas corran a las tiendas para buscar uno igual o parecido. La gente copiará tu vestir pero tu estilo tiene que ser tan refinado que nadie pueda igualarte. Quiero que destaques, que todos hablen de ti y te relacionen con mi apellido, pero para eso tendrás que aceptar estudiar mucho y deberás aprender también a comportarte de la manera que yo te indique.
- Yo tuve muchas clases de modales en el San Pablo - dijo tratando de recordar las enseñanzas de las madres.
- Querida eso es sólo una pequeña parte, tienes que tener la educación de una princesa pero también la coquetería de una amante experimentada, pero ambas en un perfecto equilibrio, todo tiene que fluir de forma natural.
- Yo no tengo la menor idea.
- Ahora no pero cuando estés lista sabrás como derretir a los hombres con sólo una mirada, un pestañear tuyo bastará para enamorarlos, además debes de ser el ideal a imitar de las mujeres, pues aunque te envidien siempre tratarán de estar cerca y copiarte.
- Yo no sé si sea capaz de hacer lo que usted dice.
- Lo serás, tengo la plena confianza que podré convertirte en un diamante, pero también debes de saber que existen reglas que debes de cumplir, por ejemplo para empezar debes de mudarte aquí, necesito tenerte cerca, necesito que seas obediente y que me tengas total confianza.
- Yo tengo un departamento y a él me atan mis recuerdos - señaló la de coletas pensando en Albert y en las cartas que había dicho que enviaría.
- Puedes conservarlo, puedes hasta pasar unas horas del día allí, pero nada más, cada vez que vayas te llevará el chofer y él esperará por ti, pasarás todas las noches en ésta casa, es una forma de protegerte, no dudes que habrá alguno que otro loco que quiera acosarte. - explicó mirando cada detalle del rostro de la muchacha.
- Yo entiendo señora.
- ¿Entonces aceptas?
- Acepto todo lo que usted me dice, todo lo que quiera estará bien.
- ¡Maravilloso! pero no hemos hablado aún de tus honorarios... ¡Candy, espabila muchacha! - exclamó riendo.
- Puedo confiar en que me pagará lo justo.
- Me agrada tu actitud, llamaré a Aimé, ella te llevará a la que será tu habitación.
- ¿Ya tengo una habitación?
- Por supuesto querida - habló sonriendo la dama - recuerda Candy el día que dejes de vivir en ésta mansión será aquel que salgas por mi puerta vistiendo un exclusivo vestido de novia que yo misma te habré diseñado.
- Todo es demasiado bueno para ser verdad - musitó sobrecogida.
- No creas que será fácil.
- Quiero poner todo mi empeño en satisfacerla.
- Así se habla querida.
- ¿Cuándo empezaré?
- Hoy mismo, en unos minutos vendrá Aimé, ella será tu dama de compañía, es una señora un poco mayor, pero de mente joven, tiene un gusto exquisito, de ahora en adelante vestirás únicamente como lo diga ella o yo, hasta que aprendas a elegir correctamente.
- ¿Me piensa pagar aún con todo aquello que me está ofreciendo?
- ¡Oh por supuesto! no digas bobadas.
- ¿Porqué yo señora?
- Eres una joya única, lo he visto y mi intuición me dice que no me arrepentiré, toda la vida acaricié éste momento y no encontraba a nadie apropiado hasta que tú apareciste.
- Me sigue pareciendo irreal.
- No seas tonta, espera aquí por Aimé, ella te llevará a tu habitación y te indicará lo que tienes que hacer, yo mientras tanto necesito atender un par de asuntos - dijo marchándose presurosa - dentro de unas horas iré contigo petite - se despidió dejándola sola y extrañada pues le parecía que de pronto había hallado a la madrina mágica de los cuentos de hadas, así que disfrutando de aquel preciado momento se permitió soñar.
Hola nenas hermosas! gracias por su apoyo, eso me da entusiasmo para seguir, aquí les dejo éste capítulo y espero que les haya gustado y que me den sus impresiones.
¿Qué tal George eh? a mi me parece que es un personaje interesante, creo que era atinado que él actúe bien con Dorothy, pues como es consejero del rubio se supone que tiene que tener más experiencia y eso.
Por otro lado Candy aceptó por fin iniciar su transformación ¿Qué piensan de la señora Dupond? ¿Porqué habrá investigado a la rubia? como que su carácter no es tan fácil, eso es algo que ya descubrirá nuestra querida pecosa.
Gracias especiales a :
Mi querida anónima - AnMonCer 1708 - Key - Mercedes - Mary Silenciosa - Stormaw - Glenda - Yagui
Miles de gracias lindas, sus comentarios son lo mejor que me puede pasar.
Las quiero mucho y las dejo hasta aquí porque mañana me levanto tempranito para trabajar. Besos nenas!
Ahhh por cierto, arriba escribo capítulo 9 porque recuerden que escribí dos capítulos diferentes narrando los mismos hechos, uno desde el punto de vista de Candy y el otro de Albert. Por ello no coordinan. Espero no haberlas confundido tanto jeje.
Ahora si! Me voy! Abrazos, besos y bendiciones!
