Capítulo 10: Rivalidad

.

.

.

Una semana había transcurrido de aquella discusión con su hermano, la cual le había dejado profundamente tocado y le había hecho reflexionar acerca de varias cosas.

Sus preguntas seguían sin respuesta alguna, sus sueños volvieron a ser nuevamente borrosos e inentendibles y no había sacado nada en claro.

Por supuesto, intentó buscar ayuda, pero no había servido de mucho, pues solo había comprobado que sus dudas únicamente se las podría aclarar él mismo o su hermano, y no tenía ni el valor ni la preparación mental para enfrentarle.

Aunque, sinceramente, tenía miedo de saber la verdad. A veces, vivir en una mentira no era tan malo, y estaba seguro —o al menos quería creer— que Ieyasu tenía una muy buena explicación a todo y que, si no se lo decía, era porque tenía una —también muy buena— razón para ocultárselo.

Ahora, ¿cuál era esa razón? ¿Qué tan grave podría ser?

Suspiró, no valía la pena plantearse lo que durante siete días había intentado resolver sin éxito. Pese a todo, debía seguir comportándose como siempre, no quería tener discusiones con el rubio, eso no ayudaría en nada.

Pero al mirarle, no podía evitar recordar todo lo descubierto en aquellos días, lo que le dificultaba el comportarse como si nada hubiese pasado.

Se recargó contra el respaldo del asiento que ocupaba. En esos mismos momentos, estaba sentado en un banco cercano a un parque, donde realizaba sus "clases". Reborn le había forzado a que llegara más temprano para tener más tiempo de tor… es decir, de entrenamiento.

Esa era otra. Una semana y tenía su cuerpo hecho polvo desde el primer día. Si en algún momento pensó que el azabache sería un profesor amable, definitivamente había estado estrepitosamente equivocado.

Era la persona más cruel y sádica que podría encontrarse en su vida, de eso estaba más que seguro. ¿Qué clase de ser humano le sometía a tales entrenamientos?

«Y lo impresionante es que hay alguien que es capaz de soportalos» añadió en su mente, mirando como un joven azabache de orbes café claro daba la centésima quinta vuelta al parque.

Se había presentado el mismo día en el que el infierno disfrazado de entrenamiento empezó, habiéndose cruzado por casualidad con Reborn. Se llamaba Yamamoto Takeshi, y era un chico de su edad demasiado activo al que la vida no había sonreído.

Se hicieron amigos cuando el joven se ofreció a ayudarle en su tortura —él sabía el sufrimiento, y tuvo la bondad de no dejarle solo—. Pero cuando escuchó la historia del chico, relatada por él mismo, supo que era bastante afortunado.

Yamamoto no había tenido una vida fácil. Nacido en una familia pobre, su madre murió cuando era muy pequeño y su padre cuando tenía diez años, dejándole completamente desamparado, pues no tenía más familiares que su hermano mayor, quien tenía tres años más que él.

No podía imaginarse el martirio que sería el ser dos niños sin nada más que una deuda hereditaria —la cual les quitó todo cuanto tenían, y aún así no lograban cubrir ni la quinta parte— y tampoco tenían qué comer, teniendo que buscarse la vida en las calles. Podrían haber ido a un orfanato, pero el chico se negaba a que le separasen de su única familia, y además sabían de antemano que no era todo tan bonito como lo vendían.

Sin más remedio, tuvieron que ganarse la vida de cualquier manera. El hermano de Takeshi había resultado ser un auténtico prodigio para la música, algo que amaba y empezó a sacar beneficio de ello.

Sin embargo, no tenían dinero para comprar algún instrumento, así que el menor, apasionado del deporte, empezó a jugar de manera callejera diversos partidos en los que apostaba todo el dinero que lograban recaudar de la caridad de la gente. Era un arma de doble filo, pues si llegaba a perder, se quedarían sin nada.

Y si ganaba, el beneficio era doble.

Cuando lo escuchó, se preguntó cuánta confianza debía tener el hermano mayor para darle al azabache todo cuanto tenían, y se entristeció al pensar que Ieyasu no era capaz ni de ser sincero con él.

Takeshi había salido victorioso en todas sus disputas, arriesgándose a perder incluso un brazo por no ser derrotado, siendo consciente de que ganar era una obligación. Cuando ahorraron lo suficiente, pudieron comprar una flauta para que ambos se ganaran la vida de una forma algo decente.

Todo era perfecto hasta cierto punto. En dos años, el menor había fichado para un equipo juvenil de béisbol en el que era remunerado por cada partido ganado, y el mayor había sido contratado para ser intérprete en un coro, donde también obtenía ingresos.

Todo era perfecto hasta que la deuda que su padre les dejó apareció nuevamente, pues el hombre no había tenido más remedio que recurrir a gente indecente, sin saber que una enfermedad acabaría con su vida y dejaría el endeudamiento a sus dos hijos.

Y la cantidad había ascendido a números con seis cifras en aquel tiempo gracias a algo llamado "intereses". Obviamente, no tenían cómo pagar ese dinero, y el prestamista no quería esperar más.

Como no pudieron recaudar la cantidad en lo establecido, huyeron, escondiéndose por la ciudad de los sicarios que habian sido enviados para matarles durante un año.

Y de esa manera, Takeshi conoció a Reborn, quien había accedido a cooperar en la búsqueda sin saber que los perseguidos eran dos chicos que no tenían culpa de deber dinero, pues ellos no lo habían pedido.

Se apiadó de ambos y les ayudó a ocultarse de su persecutor, que acabó muerto al cabo de cinco meses por un ajuste de cuentas. Así era el bajo mundo.

—¿Estás bien, Tsuna? —preguntó el beisbolista, agachándose frente suya con su habitual sonrisa.

Esa sonrisa siempre parecía acompañarle, y le admiraba el que pudiera sonreír así sabiendo lo duro que ha sido su pasado.

—Estoy bien, pero tienes que decirme cómo lo haces —respondió—. No es normal que hayas dado tantas vueltas y no estés hecho polvo.

Reborn se había ausentado un momento para comprarse un café, asi que tenía permitido descansar en lo que él volvía. El de orbes cafés no le imitó, pues decía que el entrenamiento del azabache le venía muy bien para su próximo partido.

Cuando el asesino empezó a entrenarle, fue para que pudiera defenderse en el caso de que le atrapasen en aquella época, pero ahora lo hacía por entretenimiento.

No debía ser humano para soportar tal tormento por voluntad propia.

—Te acabas acostumbrando, Tsuna —rió—. ¿Y cómo vais con vuestra apuesta? ¿Crees que conseguirás ganarle?

—Parece que se ríe de mí. ¡No puede ser que de treinta partidas no haya ganado ninguna! —se quejó, cruzándose de brazos. Le había contado lo de su reto, y definitivamente tenía las de perder—. Pero algún día le ganaré, estoy…

Se interrumpió al saber que Reborn estaba cerca, y podía escucharle. Había acabado acostumbrándose a su característico olor a café y menta, por tanto podría distinguirlo entre miles de personas con los ojos vendados.

—Ni en tus sueños me ganarías, Dame-Tsuna —se le erizó la piel, recorriéndole un escalofrío que no sabría identificar, al sentir el susurro burlesco en su oído, y supo que el asesino estaba detrás suya.

Sabía que estaba cerca, pero no se imaginó que la distancia fuera tan corta para que pudiera sentir su aliento chocando contra su piel, lo cual hizo que se sonrojase profundamente.

—Tu cara ahora mismo es muy divertida, Tsuna —miró incrédulo a Takeshi, a juzgar por su comentario, había cooperado con el mayor para pegarle un buen susto.

—Creo que es suficiente por hoy —se alivió al sentir que Reborn se alejaba de su rostro, dejando su oreja algo tibia.

—Es cierto, hoy me he retrasado un poco —dijo el chico, mirando su reloj—. Mi hermano debe estar esperándome para cenar. ¡Nos vemos! —se despidió, dando media vuelta y desapareciendo en la oscuridad

Tsuna y Reborn, por su parte, empezaron a caminar dirigiéndose al casino. El castaño tomaba una botella de agua que le había proporcionado el mayor, agradeciendo el líquido que hacía que se sintiese menos agotado.

Se podría decir que ese día había sido "flojo" pues Colonello no había podido acudir debido a su trabajo. El rubio era tan generoso —nótese el sarcasmo— que había accedido a ayudar al sicario con su tutoría en sus horas libres. Este hubiera denegado la oferta si no hubiera sido porque vio su cara aterrada ante la idea.

Había descubierto que Reborn adoraba hacerle sufrir.

«Oh sí, le encanta» pensó, mirándole con reproche.

—Deja de quejarte, Dame-Tsuna —le golpeó en la cabeza con una sonrisa burlona.

—¡Deja de leer mi mente, Reborn! —se quejó, aunque sabía que no serviría de mucho.

Repentinamente, el mayor tiró de su brazo, atrayéndole hacía él y haciendo que el castaño quedara en su pecho, habiendo puesto las manos sobre este en un reflejo. Se sonrojó ante el repentino acto, y le iba a preguntar la razón, pero el azabache habló antes.

—Eres bueno, pero no lo suficiente para engañarme —un brazo rodeó al menor mientras el otro apuntaba por encima del hombro de Tsuna, hacia una calle aparentemente vacía.

Unos momentos de silencio sucedieron a sus palabras, en los que el castaño no dudó ni por un instante de la afirmación de Reborn. Confiaba en los buenos sentidos del azabache, y podía poner la mano en el fuego pese a que él no fuera capaz de visualizar nada.

No se hubiera quemado, pues una risa que conocía bien resonó en la ausencia de sonido, rompiendo esos tensos instantes.

—Kufufufu, parece que no por nada mereces el título del mejor asesino de la mafia —el joven de ojos heterocromáticos se hizo visible, y un sorprendido Tsuna le miró de reojo desde su posición—. Buenas noches —hizo una reverencia burlesca.

—¡Mukuro! —exclamó el castaño, aún asombrado

—Veo que lo conoces —comentó el azabache, bajando su arma—. Si no me equivoco, es el segundo miembro a cargo de esa famosa familia de ilusionistas, ¿verdad?

—Efectivamente —afirmó el de peinado frutal—. Aunque empiezo a entender por qué tu insistencia en salir de casa —añadió con una sonrisa ladeada, mirando al castaño.

El aludido se ruborizó nuevamente hasta las orejas al entender a qué se refería, separándose rápidamente del mayor, quien rió levemente ante la actitud avergonzada del castaño.

—¡No es lo que crees! —negó con vehemencia, mirando al ilusionista.

—Claro que no —se burló—. Pensaba que eras más inocente, Tsunayoshi.

El menor no sabía dónde meterse en aquellos momentos, y Reborn se divertía con su expresión cada vez más avergonzada.

—¿Tsunayoshi? ¿Es tu nombre completo? —cuestionó con curiosidad, viendo que el de cabello de piña le había llamado así.

No hacía falta ser un adivino para saber que había sido aquel chico quien había ayudado al castaño para escapar, pues el mismo le había dicho que un ilusionista bastante bueno estaba ayudándole, aunque no entró en detalles. No se imaginó que sería de aquella familia de la que más de una vez había oído hablar, y no siempre de forma agradable.

Se preguntaba el motivo, pero sabía que no podría sacarle nada al de cabellos azul marino y Tsuna seguramente no lo supiera. Tendría que investigar por su cuenta.

—Me preguntaste mi nombre, nunca dijiste que tuviera que tuviera que ser completo —se defendió, mirándole brevemente antes de volver su vista a Mukuro—. Me ha sorprendido que estuvieras por aquí, dijiste que no sueles salir por las noches.

—Tenía un asuntillo pendiente —al sicario le pareció que era un asunto divertido, juzgando por la sonrisa que se amplió al mencionarlo—.

Iba de regreso cuando te vi pasar, me dio curiosidad y decidí seguirte.

—¿Te has metido en una pelea? —cuestionó el castaño—. Estás herido —señaló unos rasguños que tenía en su cara, que el ilusionista se tocó como si recién lo hubiera descubierto.

—Sí, pero nada importante —Tsuna vio sorprendido como sus heridas se desvanecían como si nunca antes hubieran estado ahí. Sin embargo, Reborn se dio cuenta de que era una ilusión.

—Increíble, te has curado como si nada —dijo el menor, sin salir de su asombro.

—Soy el mejor después de todo —sonrió con prepotencia.

—No te des tantas flores —el azabache esbozó una sonrisa de superioridad—. Lograrás engañar a Dame-Tsuna, pero a mí no.

Chispas podrían verse entre ambos, y Tsuna no entendía demasiado bien la situación en la cual se encontraba como el factor medio.

—¿Es una ilusión? —trató de comprender, mirando a Reborn. No hacía falta preguntarle acerca de cómo lo sabía, pues seguramente le respondería con algún comentario arrogante.

—Tienes que afinar más tu percepción, Dame-Tsuna —dijo con cierto tono divertido.

—Pues a mí me sigue pareciendo real —se acercó al ilusionista y alzó su brazo para tocar el rostro del contrario, en un intento de comprobar si la ilusión se desvanecía con el tacto.

—Oya, oya, no deberías acercarte tanto —antes de que pudiera siquiera rozarle, la mano del castaño fue tomada por el de cabello azulado, quien tiró de esta, acercándose peligrosamente al rostro del menor—. Podrías crear malentendidos —sonrió divertido.

El rubor no tardó en aparecer nuevamente en el rostro del de orbes chocolate, quien intentó separarse, sin mucho éxito. Instantes después, una bala pasó rozando el rostro del ilusionista, haciendo que soltara al chico por reflejo, a quien sorprendentemente no le había afectado el disparo pese a la cercanía.

Tsuna se apresuró a marcar distancias, retrocediendo unos pasos aún sonrojado.

—Oya, oya, parece que alguien está celoso —burló, secándose la sangre que salía del pequeño rasguño provocado por el asesino, cuya pistola, pese a estar bajada, aún estaba humeante.

—No me gustan las melosidades —se encogió de hombros—. Pero será mejor que cuides tus palabras, la próxima vez no seré tan considerado —le apuntó nuevamente con su arma.

—Qué miedo —ironizó, materializando un tridente entre sus manos, y con el cual amenazó al sicario.

Tsuna miraba a ambos alternativamente, como si estuviera siguiendo la pelota de un partido de tenis. Parecían llevarse terriblemente mal, como si hubieran pactado una rivalidad en segundos, pero el hecho no le sorprendía.

El carácter de los dos era parecido, y en una competencia por ver quién era mejor, ninguno se dejaría vencer así por las buenas. Así pues, no era de extrañar que chocaran.

—Mejor dejémoslo, no quiero ser testigo de una pelea —intervino, sonriendo para tranquilizar el ambiente—. ¿De acuerdo?

Después de una semana llena de miradas atemorizantes junto a disparos, heridas, retos impuestos completamente inimaginables y completo agotamiento, se podría decir que era más valiente que antes, pues ya se lo esperaba todo por parte del sádico Reborn.

Fue por ello que no se asustó al sentir la expectante observación de ambos y sostuvo la cabeza alta sin dejar de sonreír ni amedrantarse por las auras que desprendían. De esa manera solía conseguir que Reborn finalizase su tortura diaria, y esa vez logró que los dos bajaran sus armas con un suspiro.

—Te he enseñado bien, Dame-Tsuna —el azabache debía admitir que el muchacho aprendía rápido, claro que no se lo diría al castaño, no era cuestión de que se subiera a las nubes.

—Kufufu, ahora estoy algo cansado, asi que creo que desistiré —el tridente desapareció de la misma forma en la que se había hecho presente.

Tsuna suspiró aliviado ante las palabras de los dos. Eran realmente temibles, y estaba seguro de que, si no les hubiese conocido, seguramente estaría acabado.

—Me gustaría acompañarte, Tsunayoshi, no me fío de este tipo —comentó Mukuro, mirando desafiante al azabache—. Pero lastimosamente no puedo. Le prometí a Chrome que volvería pronto, y ya es tarde.

—Sí, será mejor que te vayas —apoyó Reborn, sosteniendo la mirada al ilusionista—. O puede que nunca más lo hagas.

—¿Es un desafío? —cuestionó con tono amenazante.

—Calmaos, por favor —medió Tsuna, interponiéndose entre ambos, mirándoles alternativamente.

Escuchó el chasquido de lengua del de orbes heterocromáticos mientras miraba el gesto de molestia por parte del azabache, y para cuando volvió la vista al ilusionista, este ya había desaparecido.

—¿De qué le conocías, Dame-Tsuna? —cuestionó, empezando a caminar junto al castaño.

—Es el ilusionista del que te hablé, me ayuda incluso a disimular un poco mi cansancio —le reprochó claramente el hacerle polvo con sus espartanos entrenamientos—. Le conocí cuando fui con mi hermano a visitar a su familia.

—Recuerda que tú accediste porque quisiste —sonrió con burla—. Además, el que te cura las heridas soy yo, asi que deja de quejarte.

Hizo una mueca de molestia ante sus palabras, pero Reborn había afirmado —y reído— que sus expresiones nunca darían miedo. Su rostro en sí mismo no lo permitía, pues tenía facciones que eran más propias de una chica.

Así pues, el azabache siempre se reía ante sus nulos intentos de parecer enfadado con algo o alguien, y esa vez no fue la excepción.

—En ese momento no sabía que serías tan sádico —rebatió—. Asi que se podría decir que me engañaste.

—Es culpa tuya por no haberte dado cuenta, Dame-Tsuna —dijo burlesco.

Suspiró mientras accedían a local donde Colonello trabajaba, pero Tsuna se detuvo en frente de la puerta que el azabache sostenía, y este le miró algo sorprendido.

El castaño estaba mirando a un callejón cercano como si fuese lo más interesante del mundo.

—Ahora vuelvo —dijo repentinamente el menor, corriendo hacia el lugar.

Reborn no perdió tiempo y le siguió, sin saber exactamente qué le ocurría.

¿Qué mosca le había picado?

.

.

.


Salut lectores ~.

Aqui hay otro cap =D

Respondo reviews~

Fiz-chan, más mía. A este paso escribe tu el fic anda XDDDD. Me encantan tus teorias , ¿seran ciertas? ¿O no? Quien sabe… CHANCHANCHAN.

Mi tartitaaaaa. GRACHE. Y puede que si 7u7

Yi-chan, Jajaja, me alegro que te guste tanto. Y bueno, todo se sabrá 7u7. Y ya lo has visto XD.

Bieeen, ¿merezco review? ¿Disparo? ¿Tartita?

Au revoir~. Nos leeremos pronto~.