Lo único que podía apreciar era una habitación enorme, en la cual había una enorme cama y se apreciaban otros objetos de valor, aunque tristemente todo se veía de modo distorsionado.

Había un hombre quien con suerte se podía apreciar, el cual tenía una tos incesante que sonaba bastante dolorosa.

Por lo poco que podía ver, se notaba que era un hombre de mayor edad. Y gracias a esa tos se podía deducir que el hombre estaba enfermo. Muy enfermo.

Por otro lado, Adrien se veía a sí mismo cuando apenas tenía ocho años y su hermana cuatro años. Ellos jugaban a la pelota, al Play y a otras cosas.

Él como hermano mayor protegía a su hermanita, escuchaba los gritos que su padre le daba a su madre y sentía la desesperación de su hermana. Él siempre la escondía en su cuarto y la dejaba dormir en su cama mientras él se quedaba detrás de la puerta esperando a que todo terminara.

Eso sucedía a cualquier hora. Podría ser en el día, en la tarde o como era más habitual, en la noche.

Un día todo cambió cuando al cumplir diez años, su madre se despidió de él.

—Te prometo que algún día nos volveremos a ver, pero por ahora necesitó que te quedes aquí —dijo Emilie besando la cabeza de su hijo.

—No nos dejes —suplicó él.

—Volveré. Te lo aseguró.

Pero eso nunca pasó, ella se fue y nunca volvió.

Su padre se había convertido en un alcohólico, bebía a todas horas. Pero cuidaba a su hija, mientras que su hijo era solo el chico sin futuro, el fracaso de la familia Agreste. El favoritismo estaba claro.

Esa mañana ambos despertaron con un dolor de cabeza insoportable.

Adrien estaba angustiado, odiaba su pasado. Odiaba a su madre por haberlo abandonado. Odiaba a su padre por haberlo odiado a él. Y odiaba su vida.

Por otro lado, Mar sentía una angustia terrible en su pecho. Era algo que no podía describir, pero sentía que a ese hombre lo conocía y de cierto modo, verlo le daba deseos de llorar. Era un sentimiento abrumador.

Ella se vistió y se dirigió al comedor. La verdad era que su cuerpo ya no dolía tanto como ayer, de todas formas no se sentía del todo bien, pero era un dolor leve.

Se topó con Adrien, ambos se saludaron y ella se sentó.

—¿Qué prefieres comer, cereal o pan tostado? —preguntó él. Sabía que no podía ofrecerle café, porque era muy joven y probablemente le haría daño debido a los medicamentos que tomó ayer.

—Creo que preferiría pan, pero como el cereal es más fácil, me quedó con el cereal.

Ella iba a tomar el paquete de cereal, pero Adrien no la dejó.

—Si quieres pan, no tengo problema. Yo también me haré uno, solo espera.

Él encendió el tostador y buscó algo de jamón y queso. En lo que preparaba el pan decidió conversar un rato.

—Decidí que hoy comenzaré con mi búsqueda de trabajo —informó dejando la comida sobre la mesa —. Si quieres me puedes acompañar, después de todo estar sola aquí debe ser algo aburrido.

Ella observó el acogedor departamento y se dio cuenta de algo. Ese simple pensamiento la hizo querer gritar, porque definitivamente sintió una gran ansiedad en su pecho.

—¿Dónde estamos? —preguntó con un tono de preocupación que cualquiera hubiera podido percibir.

Cualquiera excepto Adrien.

—Bueno... como podrás notar estamos en el comedor de el departamento en el que vivo. Ya sé que no es muy lujoso, pero al menos es bonito...

—No me refería a eso —él no comprendió a qué venía todo este alboroto —. ¿Dónde estoy? —repitió —. Me refiero a qué parte del mundo, qué país, qué ciudad —agregó con nerviosismo.

—Pues... estamos en París.

Sintió como una punzada invadía su cabeza, era una sensación de luz muy molesta, que te mareaba. Lo peor de todo era que esta vez, no pudo ver absolutamente nada, solo era el dolor.

—¿Tú no eres de París? —preguntó Adrien.

—Yo ni siquiera sé quién soy —respondió angustiada —. No sé mi nombre, no sé mi edad y tampoco sé de dónde soy. Y cuando creó que tendré una pista, solo veo a un joven borroso pero engreído, que me da dolor de estómago. O sino, veo a un hombre adulto borroso que no deja de toser y...

Ella empezó a llorar sin poder contenerse por completo.

—¿Qué sucede? —él dejó el tostador de lado y se acercó para poder abrazar a la azabache.

—Lo siento... —ella limpió algunas lágrimas —, es solo que ese hombre me da mucha tristeza, verlo tan mal me duele por alguna razón que no comprendo.

—Tal vez él es alguien muy importante en tú vida. Ten paciencia, los recuerdos volverán con el tiempo —él palmeó su hombro para darle ánimos y después volvió a ver los panes que preparaba.

Ambos desayunan en silencio. Adrien pensaba en lo difícil que debía ser todo para esa chica y se sintió algo responsable. Quizás podría hacer algo por ella.

—¡Tengo una idea! Ya sé que Nino me dio una idea de dónde ir a buscar trabajo, pero París es muy grande, creo que podemos recorrer algunos lugares que hace tiempo no visitó —esa fue su idea para animarla un poco.

—Supongo que tomar aire sería una buena idea.

Después del desayuno ambos se fueron a bañar. Y ella sacó ropa de esas bolsas que estaban en la habitación. Esta vez se puso un pantalón de jean y una camisa negra con detalles que eran puntos que brillaban.

Una vez listos, salieron del departamento. En recepción hablaron con Iván, que llenaba de preguntas a la azabache.

—Tenemos que ir a un lugar importante —Adrien sacó casi corriendo de ahí a la chica —. Intenta no hablar mucho con él, Iván es un lengua suelta, podría contarle algo a cualquiera y eso no estaría a nuestro favor.

—Lo siento —se disculpó avergonzada —. ¿Y adónde iremos?

—A distintos lugares, pero vamos al primero ya que no tenemos todo el día.

¿Saben que puede ser algo incómodo? Ir de la mano con un desconocido.

¿Por qué caminaban de la mano? Porque ella no conocía París, entonces para que no se pierda o se quede muy atrás, es mejor ir de la mano caminando.

Ambos estaban sonrojados y algo incómodos. Pero tampoco estaba tan mal, ninguno se quejó.

Ella observaba todo a su alrededor con gran entusiasmo, todo era precioso y digno de ser fotografiado.

—¿Una heladería? —preguntó ella al llegar —. ¿En serio piensas trabajar en una heladería?

No era que trabajar en ese lugar tuviese algo de malo, era solo el ver el lugar, ya que no era en sí un local. Era un carrito que atendía un hombre regordete. El punto lindo era el lugar en donde quedaba ubicado.

—Estamos en el Puente de Los Candados, aquí es donde miles de parejas sellan su amor. Y André, el heladero ha unido a millones de parejas con sus mágicos helados —explicó Adrien. Ella lo miró con sorpresa, no se esperaba todo eso.

—Suena realmente mágico.

Se acercaron a pedir sus helados, ella iba a pedir un sabor, pero André no se lo permitió.

—Los veo y me siento una gran ternura. Tengo el helado perfecto para ustedes.

Una vez que les entregaron sus helados, Mar observó el helado con completo desconcierto.

—¿Quieres explicarme porque mí helado se parece a ti? —preguntó ella.

—Es una broma, André es realmente bromista.

Antes de que ella pudiera preguntar algo más, ambos comenzaron a caminar, porque él realmente no quería explicarle la verdad detrás de esos helados.

Llegaron a un parque que claramente estaba lleno de niños y uno que otro escolar. Él no pudo evitar pensar en la época en la que Nino y él estudiaron juntos, cuando él aún vivía con su padre.

—Mm... el helado esta delicioso y el parque es muy lindo.

—Hay lugares más lindos aún, París es precioso —él estaba perdido en sus pensamientos.

—¿Qué lugar te gusta a ti?

—Aparte de El puente de los Candados, me gusta mucho este parque y también... el Museo, específicamente Louvre.

Adrien recordó aquella época en la que vivía con su padre en otra zona de Francia, donde vivían en una casa humilde de un piso. Su padre fue un hombre que tuvo mucho, pero por su mala vida lo perdió todo.

Ciertamente, en el tiempo que estuvo en una pandilla, Adrien se fue a otra zona de París, una bastante alejada de su hogar. El problema fue cuando abandonó a Nino, y encontró el bonito departamento en él que hoy vive, solo que esta cerca de todo lo que le recuerda a su infancia.

—¿Por qué no vamos para allá?

—¿Eh...? Pero se supone que estoy buscando trabajo.

—Supongo que un paseo no sería algo tan malo, después de todo, se nota que ya es algo tarde.