Capítulo 10

Se levantó con dolor de cabeza, y se sentía tan mal que le parecía que de estar siendo objeto de degustación de un centenar de sanguijuelas sobre su piel se sentiría más a gusto. Anoche había bebido demasiado; para un bebedor asiduo no sería una cantidad apreciable, ni siquiera decente, pero él no estaba acostumbrado a beber y solía volverse un idiota con unas pocas copas. Un defecto que compartía con Arthur. Recordaba las veces que Alfred tuvo que lidiar con los dos después de una atípica salida "familiar", cuando acababan hechos polvo y sin poder encaminarse con una coordinación de movimientos exitosa, en donde tenía que cargar con Arthur y Matthew a la vez, haciendo acopio de todas sus fuerzas y paciencia.

Lo peor era que recordaba cada instante vivido. Se quiso morir. ¿Que acaso no se cansaban de hacerle miserable la vida? Se había comportado como un idiota desesperado porque Francis le tocara; seguro le había dado las ideas incorrectas con respecto a su verdadero interés en él. ¡Quería morirse, de verdad! Pero no, no siguió lamentándose por largo tiempo, porque entonces recordó que Francis había preferido su compañía a la del sueco (que cabía la posibilidad de que sí se tratara de un amigo de verdad), que sin estar influenciado por el alcohol había permitido que lo abrazara y le besara, que lo estrechara como si necesitara de su calor con desespero, que lo mirara como si no existiera nadie más que él y que todos los amantes que había tenido antes fueran un borrón en una hoja de papel en blanco, reparada para dibujar un amor con los creyones que ambos decidieran. Era un pensamiento excesivamente tonto, pero el pecho se le acaloraba ante el conocimiento de una fantasía más agradable que la realidad a la que había que enfrentarse ahora.

Se volteó, estando ya al tanto del otro peso en la cama. Francis dormía a su lado, todavía rendido por el sueño. Al menos se encontraba vestido, porque estaba seguro que anoche de no haber perdido la consciencia habría provocado la mayor estupidez de su vida. Controló los deseos de besar el rostro, en especial las largas pestañas y esa barba que siempre le había agradado cómo se sentía contra su piel lampiña. Lo hizo porque, de dejarse gobernar por sus impulsos, ya lo habría despertado con ganas de cumplir cada requisito amoroso que se le ocurriera. No debía confiar en Francis, claro que no.

Le dio la espalda, e intentó despejar la pesadez de su cabeza. Cerró los ojos, llamando al sueño, pero en su lugar la cabeza le martilló con inquina. Su cuerpo no iba permitirle reposar en paz. Luego de media hora, comenzó a notar ligeros movimientos detrás. Francis comenzaba a despertarse, con una lentitud envidiable, como si le costara pasar de estar semidormido a un estado completamente despierto. Tardó en desperezarse más tiempo de lo normal, mientras iba alertando los nervios de Matthew. ¿Qué diría sobre anoche? ¿Intentaría seguir con lo que se había interrumpido? ¿Le reprocharía su falta de aguante, le diría que lo habría decepcionado? ¿Y eso a él qué? ¡Si Matthew no quería nada, pero nada de aquello!

Para su sorpresa, Francis no le dio un abrazo meloso como habría esperado, en su lugar lo abandonó de la cama y fue directo al baño. Regresó una hora después, envuelto en una bata que observó por el rabillo del ojo.

—¿Ya estás despierto? —le preguntó Francis, yendo hacia él—, ¿cómo te sientes?

Matthew maldijo no poder seguir fingiendo que dormía, pero en sí era lo mejor: él no querría estar espiándolo mientras se vestía.

—Bien, no se preocupe —dijo, con la voz pequeñita y apenada.

—Te ves fatal —le dijo, ignorándolo, posando una mano sobre su frente—. No, estás bien, debe ser la bebida de anoche. Eres tan horrible como Arthur, sólo que él se despierta menos lindo que tú.

¿Cómo debía aceptar que lo comparara con Arthur? Eso no debía ser bueno, en ninguna circunstancia.

Matthew se encontró sentándose en la cama, sin esconder su expresión resentida, pero se le pasó cuando Francis se acercó y creyó que le daría un beso en los labios. Enrojeció por completo, decepcionándose cuando el beso acabó en su frente, como si se complaciera de haberlo engañado y vuelto a avergonzar. Tieso, hecho una estatua menos imponente que las griegas, pensó que lo hacía a propósito. Jugar con él. Francis le dijo que, si se veía capaz, se levantara y se diera un baño, que de necesitar ayuda él estaría allí.

—¡No! ¡No! ¡Me sé bañar solo! ¡No hace falta que usted…!

—Bien, entonces te haré el desayuno. Tú no salgas de aquí, ¿sí? Hoy no es bueno que hagas nada hasta que te sientas mejor.

—En realidad no es para tanto —murmuró, sin querer aceptar lo que decía. Tan atento, tan amable, como si pensara prodigarse a él—, ya se me pasará. Recuerde que somos países, estas cosas no nos… ¡¿pero qué hace? –exclamó, con la voz más elevada, sin ocultar su alteración.

—Me voy a vestir.

En efecto, había sacado el atuendo que usaría hoy y se había quitado la bata, dejándola abandonada en la cama. Todo frente a Matthew, que ya no podía sentir su corazón latir más locamente, o su rostro más caliente. O lo que no era su rostro también. Bajó la mirada, dominando las ganas de volverla a subir y apreciar la vista que Francis mismo no reparaba que le estaba dando. O sí, pero para él era lo natural.

—Vaya que eres único —volvió a decir Francis—. Generalmente otro habría aprovechado esto para tenderme en la cama y... Excepto Arthur, quien habría fingido vomitar del asco. Pero tú, en cambio, te vuelves un niño. Por eso lo digo.

Francis le alzó la barbilla, ya vestido, sonriendo como si nunca se cansara de comprobar cuánto podía hundirse Matthew. Claro, lo hacía a propósito y él había fallado la prueba. Se sentía como un idiota, pero aún más cuando desconocía entonces por qué parecía tan complacido con su actitud. Pensó que lo volvería a besar, pero se encontró con otro molesto beso en la mejilla —¡Lo hacía a propósito, no había otra explicación!—. Salió de la habitación y Matthew soltó un tremendo suspiro, apretando las sábanas con sus dos puños. Lo arruinaba cada vez que estaban juntos y, con todo y eso, seguía sin echarlo.

El malestar estaba remitiendo, la suerte de ser una nación y que pudiera recuperarse rápido de percances cotidianos. Se bañó, pensando en lo que había pasado por su imaginación al verlo desnudo y estando en su cama y con lo fácil que había sido con él —o con todos—. Si hasta ahora no se habían acostado, era por la tremenda fuerza de voluntad de Matthew, que flaqueaba en momentos íntimos donde acariciaba su miembro sin dejar de pensar en la razón de todas sus angustias y su placer. En su imaginación hacía mucho que había mandado al diablo sus temores, que se lo había cogido en mil fantasías diferentes, una irrealidad ideal donde sólo él era querido. Era único, en verdad, el único.

Salió del baño y se vistió en su habitación, menos a gusto de lo que le esperaba. Diez minutos después, Francis entraba tras darle dos golpes leves a la puerta, sosteniendo una bandeja con el desayuno encima. Matthew se apresuró a ayudarle, aunque en realidad, pensó ya con la bandeja en sus manos, no parecía necesitar ayuda alguna.

—Hubiera ido a comer abajo, si ya me siento bien —dijo, acomodándose en la cama y teniendo cuidado de no derramar nada del contenido del desayuno.

—En vez de decir esas cosas, agradéceme mi amabilidad y felicítame por cocinar como los dioses —le dijo Francis, con reproche.

—Lo haré cuando lo pruebe —le repuso—. No está tan mal. Digo, está muy bien. Digo, como siempre. Cuando cocina usted. De verdad no me hará felicitarlo cada vez que haga algo, ¿o sí?

—Lo decía en broma, pero gracias mon petit —le sonrió y Matthew torció el gesto—. ¿Ocurre algo?

—No me llame así. En serio, no me gusta.

Pensó que protestaría, pero en lugar de eso Francis asintió y le aseguró que ya encontraría otro apodo adorable para él. ¿Cómo reunir las fuerzas requeridas para aclararle que no quería ningún otro apodo y que prefería que lo llamara por su nombre? Cuando terminó de desayunar, no dejó que Francis llevara los platos y los fregara. Lo hizo él. Al acabar Francis le pasó los brazos por la cintura y se recostó contra su espalda.

—¿Te molesta que haga esto?

¿Por qué tenía que decir preguntas que requerían respuestas directas, en vez de quedarse con un silencio cómodo? Tenía que decir algo, o podría malentender la situación.

—Está bien —admitió con la voz tan baja, que creyó que no habría sido oído.

—Nos quedaremos así todo el día, porque me encanta abrazarte —le informó Francis transcurridos unos minutos.

—Bien que le encante, pero tenemos que hacer otras cosas… —Matthew pensó que ya había sido suficiente. Se deshizo del abrazo, sólo para tener a un acaramelado Francis de vuelta sobre él—… en serio está actuando como un niño. Francis. Vamos. No haga esto.

—¿Qué quieres que haga ahora? —le preguntó, alzando el rostro para verlo cara a cara—. Haré cualquier cosa que desees.

—Usted no sabe lo que deseo. Quítese.

Francis hizo un chasquido con la lengua y se retiró por fin.

—Tenemos que hablar sobre lo de anoche —le informó—. Es obvio que tú me quieres.

—Lo que no es obvio es que usted me quiera a mí —repuso, sin contener su irritación.

Se arrepintió al instante de su imprudencia. ¿Por qué no podía quedarse callado, como siempre, sin que nadie pudiera oír sus verdaderos pensamientos, como siempre? Parecía haberle herido de verdad.

—¿Por qué sigues desconfiando de mí? Sé que no soy la mejor persona del mundo, sin embargo… —Matthew pensó que Francis se pondría a llorar en cualquier momento, pero fue un temor infundado. Le miraba ofendido, con una dureza que no le gustaba que estuviera instalada en su cara y menos dirigida hacia él. Francis no pudo continuar, sino que pareció darse por vencido—. Bien, no voy a exigirte nada. Sería mucho abuso de mi parte.


Matthew se preguntaba cuándo volvería a tener paz en su casa. Desde que Francis había llegado, todo se había convertido en una angustia tras angustia, sin descansar jamás. Sin poder bajar la guardia nunca, porque entonces estaba Francis empeñado en robar su corazón (hecho), destrozarlo y deshacerse de los trozos luego (por hacer).

Pero ¿cómo no pensar así, si Francis hacía eso con cada pareja que le conocía, que iba cambiando como si su ilusión en la vida fuera probar toda la diversidad humana que pudiera cazar? Y lo que no era humano también.

Matthew lo recordaba bien, porque aquel suceso había cobrado importancia en las últimas semanas. De la vez que vio qué tan añicos podía convertir Francis a una persona. A Arthur, que tanto lo había admirado por su fortaleza, caer en una vorágine de la que le costó salir de no ser por la suma fuerza que demostraba a la hora de seguir adelante.

Arthur había querido a Francis desde hace mucho tiempo, creía que la atracción había comenzado desde la Edad Media. Arthur nunca fue concreto en los hechos y nunca le respondió las pocas preguntas que Matthew se atrevía a formular. Esa atracción generó en un deseo desenfrenado cuando se hizo mayor, o así lo definía él. Buscaba encuentros a solas que Francis no le negaba; al contrario, lo recibía como recibía a todo aquel que quisiera acompañarle en la alcoba. Eran encuentros esporádicos, pero intensos cuando lograban concretarse.

Ambos admitían que no era nada, y para Francis siempre fue así. Pero Arthur no se acuesta con alguien sin que aquello carezca de significado. No se dio cuenta, pero el deseo se fue quitando el disfraz hasta quedar al descubierto lo que verdaderamente ocurría en Arthur: era amor, esa necesidad de tener a Francis exclusivamente para él, para quererlo y nombrarlo suyo, que nadie más se atreviera siquiera a mandarle una insinuación, porque Arthur estaba allí, primero y último en su corazón.

Había esperado que fuera así cuando firmaron la Entente Cordiale el ocho de abril de 1904. Esa noche se acostaron y Arthur se había atrevido a hacer o decir algo que forzó a Francis a detenerse al instante y echarse a reír. Rió, humillando a Arthur, hasta que éste, ofendido, se fue de la habitación y juró vengarse. La venganza nunca se concretó, porque ocurrieron cosas peores. Y Arthur no podía dejar de lado a aquel quien lo había rechazado.

Al final de la guerra, cuando creyó que había crecido en su apreciación, encontró a Francis muerto de amor por soldados mortales que perdería en cuestión de décadas. Sin ningún sentimiento de amor hacia él. Saberlo había provocado que fuera a ahogar su resentimiento en un bar, donde Matthew le siguió sin ser capaz de dejarle de lado y escuchó toda la historia que sabía de ellos, en una confesión propiciada por el alcohol y el dolor. Estaba destrozado, como si por dentro Francis se hubiera encargado de romperlo al punto de no tener arreglo. Y hasta ahora no lo tenía.

Por ello, Matthew no quería quedar igual a Arthur. Destrozado, sin querer volver a querer a nadie, mirando a Francis todavía como si quisiera ahogarlo en el Sena, teniendo que soportar verlo con otros, sonreírle o abrazarle como si entre ellos nunca hubiera ocurrido nada.

Por esto Matthew no podía creerle a Francis. No podía.


Notas: ¡Tenía que darme el gusto de meter FrUK! Aunque esta vez ha acabado muy mal, es más UK-(flechita)-Francia. En fin, esto justifica un tanto todo el muro que ha hecho Matthew con Francis, ¿no?

¡Nos vemos! Un beso, y ya saben, reviews :)