El proceso de selección se lleva a cabo sorprendentemente rápido. Tanto es así que, recordando mi extendida y holgada charla con el sombrero, le pregunto a una chica que está a mi lado si todos han sido así de rápidos.

— ¡Claro! —me dice, alegre— Contigo, además, ha sido con una de las que menos ha tardado.

En unos veinte minutos todos tenemos una casa asignada. Me he juntado con los chicos que también han sido seleccionados para Slythetin y, aunque son bastantes e intento entablar conversación, no me siento cómoda con ninguno de ellos. Al rato dejo de fingir simpatía y me concentro en comer: de la nada han aparecido decenas y decenas de distintos platos, todos ellos deliciosos.

Los profesores, hasta ahora, se han mantenido en la tarima más elevada, sin prestarnos demasiada atención. Ha empezado a sonar música, pero todos estamos demasiado cortados como para salir a bailar. Es por ello que Ashton se encarga de romper el hielo:

— ¡Atención todo el mundo! —exclama Ashton desde la tarima, y de repente su voz se alza sobre la música sin necesidad de micrófono, como por arte de magia—. En algunos de los cursos normales de Hogwarts, los que no se dan durante el verano, a veces, hay un baile. La mayoría son de bienvenida, de graduación o de Navidad: en definitiva, que la mayoría son todo formalidad y un peñazo —la gente ríe—. Por eso hemos organizado un baile de bienvenida, ¡pero de verano! Esto significa que podéis salir, desinhibiros ¡y aprovechar que los profesores aún no os conocen! Así que, vamos, ¡todos a bailar! —la música vuelve a alzarse, pero nadie responde a ella y la pista de baile sigue vacía. Todos vuelven a reír, incluido Ashton—. Vale, ya tenía en cuenta que eso podía pasar. Por eso... ¿Hermione, querida? —la chica se muestra sorprendida y niega con la cabeza, riendo, como si ya supiera lo que le iba a pedir.

— ¿Quiénes mejor que vosotros para abrir un baile que no existiría de no ser por todo vuestro trabajo? —pregunta Neville, dándole un codazo cariñoso a Hermione.

La chica suspira y vocaliza las palabras «te voy a matar» hacia Ashton, que ríe divertido. Se toman de la mano y se acercan a la pista de baile.

Se sitúan en el centro justo cuando empieza a sonar una canción alegre y muy conocida, de los ochenta, quizá. Ashton empieza a moverse despreocupado, haciendo el tonto aposta, pero a Hermione la cohíbe más la timidez y el vacío de la pista. Aun así, consigue moverse, aunque lo hace con descoordinación y atada por todas las miradas que están fijas en ella. Neville Longbottom se da cuenta de ello y pronto se une a la pista del brazo de la mujer que se encargaba de colocarnos el sombrero seleccionador. Emprenden un baile tranquilo, a la antigua, que desentona mucho con la música que suena, pero les da igual.

Cuando cambia la canción y casi todo el profesorado y los invitados están ya en la pista, un grupo de Hufflepuffs que parecen haber hecho muy buenas migas y ser amigos de toda la vida se lanzan a la pista en manada. Oigo el grito de aprobación de Ashton por encima de la música. El chico se acerca a ellos aún con Hermione del brazo y comienzan a bailar divertidos y despreocupados. También Hermione, que parece haberse deshecho de todas las miradas.

Ese primer grupo de Hufflepuffs es lo que desencadena que más grupitos se unan a la pista de baile. No todos son tan efusivos como ellos –la mayoría simplemente está ahí, moviendo ligeramente la cabeza y con un vaso de zumo de manzana en la mano-, pero crean sensación de grupo.

De repente veo cómo Ashton sale de la pista despeinado, con un brillo en los ojos que indica claramente que busca presas. Así, se va a acercando a los grupos más tranquilos y más callados –Ravenclaws y Slytherins sobre todo- y los empuja, literalmente hasta la pista de baile. Algunos salen enseguida, pero otros se quedan ahí haciendo lo mismo que hacían antes: simplemente charlar.

E intento esconderme, pero sé que no va a servir de nada: me encuentra. Y se sonríe como la primera vez, cuando apareció en mi puerta, cuando me lo encontraba por su casa cada mañana, cuando me vio bajar del tren y cuando fui anunciada como Slytherin. Sonríe con complicidad y vuela hacia mí. Me toma de la mano sin que me dé tiempo a reaccionar y de repente estamos justo en medio, refugiados entre decenas de personas que saltan y bailan.

— No me imaginaba que Hogwarts sería en absoluto esto —grito, señalando a todas las personas de nuestro alrededor.

Abre la boca para responder, pero justo en ese momento el estribillo de la canción que suena explota en una melodía colorida, alegre, y los saltos de las personas de alrededor aumentan y su risa se vierte en la letra de la canción, atronadora. Solo se le oye a él cantar. Yo bailo, pequeña, aún con la idea de que todo esto es irreal.

Cuando empieza a sonar la siguiente, más pausada, Ashton sigue bailando conmigo, como bailaría cualquier pareja. Vuelta por aquí, vuelta por allá, saltos, pero poco más.

— Estás bailando más tiempo conmigo que con cualquier otro —le digo, dándome cuenta de que Hermione nos observa y su mirada es clara: ella también se ha dado cuenta de que no nos separamos—. Todavía hay muchos Slytherins quietos: evítalo. Yo estaré bien.

Ashton asiente, me guiña un ojo y desaparece entre la multitud. Compruebo que Hermione ya ha dejado de prestarnos atención y que baila, alegre y feliz, con Ron, el hombre pelirrojo que nos ha presentado Ashton al principio.

Enseguida me veo incluida en un alegre y jovial grupo de Hufflepuffs que bailan y cantan con un entusiasmo que, por mucho que lo intente, no soy capaz de compartir. Me excuso con una sonrisa y salgo del grupo sin que ninguno de ellos se dé apenas cuenta.

Me retiro de la pista de baile con pasos lentos, inseguros, que tantean un terreno al que están acostumbrados, pero es como si estuvieran torpes y dormidos y no lo reconocieran. Una vez estoy fuera me doy cuenta de que casi todo el mundo está dentro. Me planteo la posibilidad de regresar con el grupo original de Slytherins con los que estaba, pero me doy cuenta de que, si hiciera eso, solo me esperaría una gran nube de silencio incómodo.

Tengo ganas de ser libre. De, por primera vez, no estar en un sitio por obligación, simplemente porque todo el mundo está allí.

Sin pensarlo, salgo a grandes zancadas del gran comedor. Una vez estoy fuera y la música es un rumor que carece de discreción, me percato de que nadie me sigue y exploro.

En vez de seguir un orden lógico y pasear por el primer piso, escojo rápidamente las escaleras. No soy capaz de evitar soltar un grito ahogado cuando, una vez en el primer piso, me percato de que las escaleras se mueven, al igual que los retratos y los cuadros que decoran las majestuosas paredes de piedra. El hecho de que las escaleras lleven cada vez a un destino distinto es algo que debería preocuparme, pues debería conocer al dedillo el camino de vuelta al gran comedor si no quiero meterme en un lío. Sin embargo, me he dado cuenta de que me da exactamente igual: no pueden expulsarme, y, en caso de que me castiguen –cosa que dudo: ya tenemos todos cierta edad-, no creo que Ashton permita que sean muy severos.

En los pasillos reina un silencio ligero, de verano. El ambiente es de una majestuosidad asequible, con la sobriedad antigua, pero impregnada alegremente con la alegría y vitalidad adolescente que rompe contra estas pareces durante todo el curso.

Tras pulular por los pasillos y examinar varias habitaciones, decido quedarme en la parte de arriba de una torre cuyas escaleras al principio parecían oscuras, pero conforme se van subiendo, se iluminan con la luz de las estrellas que se cuela a través del balcón que la corona. Hace una noche preciosa, de cielo limpio y estrellas numerosas y brillantes. Hace una noche propia de los sueños, imposible en las ciudades.

No sé cuánto tiempo llevo cuando oigo unos pasos ascendentes. Recuerdo la advertencia de Ashton, al Señor escarcha, y el ritmo de mi corazón acelera. Me maldigo a mí misma cuando me cercioro de que no tengo ningún arma ni ninguna posible defensa conmigo.

Exhalo un profundo suspiro de alivio cuando veo asomar el rostro enfadado de Hermione Granger. Es evidente que está disgustada, pero mi alivio es tan grande que me da igual.

— Que con vosotros hayamos decidido ser menos estrictos y más cercanos no significa que no haya normas, y es evidente pensar que explorar el castillo sin permiso está prohibido, ¿no crees?

— ¿Cómo has sabido que estoy aquí?

Hermione sonríe, incrédula.

— ¿Aún no sabes dónde estás, Harriet? ¿No eres consciente de que te encuentras en un entorno escolar en el que la distancia docente-alumno importa? ¿Acaso te diriges así a los profesores de tu universidad?

Está realmente enfadada. Y, aunque no encuentro razones que justifiquen su disgusto, asiento con la cabeza, consciente de que, si no le doy la razón, la regañina me la acabará echando Ashton.

— Simplemente me aburrí y decidí explorar.

— Sin saber los peligros que puede entrañar pasearse por un castillo milenario sin conocerlo —completa ella, cruzándose de brazos.

— ¿Peligros? —replico yo, casi riendo— ¿En un colegio? Por favor.

Hermione se sonríe, victoriosa.

— Bueno, quizá a tu parecer un perro gigante de tres cabezas, plantas asesinas, un troll en las mazmorras o un gran tablero de ajedrez en lo que está en juego es tu vida no sean peligrosos. Y eso es solo lo que había aquí en mi primer año. Después, podría hablarte de un basilisco gigante, de un asesino escondido tras la identidad de un profesor que veíamos cada día, de dragones, de sirenas malvadas o del mismísimo Lord Voldemort (sé que Ashton te ha hablado de él). Todo ello –y todos ellos- han pisado Hogwarts, y eso solo durante mi etapa académica. Pero claro que tú sabes mucho más que yo sobre normas, peligros y demás. Así que tú verás lo que haces.

Me mantengo durante unos segundos en silencio, sin saber cómo responder a la ofendida perorata que acaba de soltarme Hermione. Lo primero que se me viene a la cabeza es que la mitad de las criaturas que ha nombrado solo existen en la mitología antigua, y, lo segundo, que los antiguos directores no deberían de ser demasiado competentes si permitieron que todas esas criaturas tan peligrosas convivieran con sus alumnos.

Sin embargo, Hermione se me adelanta y me arrebata la oportunidad de meter la pata al contestar:

— Márchate a tu cuarto. Yo te acompañaré hasta él; ya basta de imprudencias e insensateces por hoy.

Las mazmorras son frías y silenciosas. El camino que lleva a la sala común de Slytherin a cualquiera se le antojaría como un entorno muy poco acogedor, pero a mí me resulta íntimo y misterioso. El salón principal transmite la misma sensación. A pesar de no hacer frío, el calor que se respira es artificial, y lo que preside en toda la habitación es la frialdad de los verdes de la bandera del emblema. Está totalmente vacía, y mientras comienzo a ascencer las escaleras que me ha indicado Hermione, me do7y cuenta de que quizá sea más tarde de lo que creía.

Encuentro mi habitación sin problemas y entro sin hacer ruido. Enseguida me doy cuenta de que resulta inútil: la luz está encendida. Nada más atravesar la puerta me encuentro con la mirada cortante de una chica que, de no ser por su ceño fruncido con tanta fuerza, sería muy guapa. Media melena, piel pálida y ojos grises. Cuando me ve entrar, consulta su reloj de muñeca con muy poca sutileza. Suspira y su mirada se vuelve más cortante.

— Ya era hora —dice, con bordería. Tiene la voz punzante, grave.

Decido que, durante toda mi vida, he procurado mantenerme callada. En Hogwarts no va a pasar lo mismo:

— ¿Acaso eres mi madre? Podrías haber apagado la luz y despreocuparte de a qué horas llegaría tu compañera.

La sorpresa inunda su rostro momentáneamente; es evidente que no está acostumbrada a que le respondan de esa manera.

— Tengo un sueño muy ligero. Cualquier ruido podría despertarme y me resultaría muy difícil volver a dormir. Así que más te vale no roncar, hablar en sueños, o dar demasiadas vueltas en la cama si quieres que nos llevemos bien.

No puedo evitar esbozar una sonrisa irónica.

— Vamos, que eres la compañera de habitación de ensueño, ¿no es así?

— Gilipollas —me salta, y ahora sí que río en alto.

— Buenas noches.

Se gira enfadada sobre su colchón y apaga la luz, sin darme tiempo a ponerme el pijama o a apreciar cómo es nuestra habitación. A tientas, doy con mi cama, y el agotamiento del día surte efecto: caigo dormida en un santiamén.