Los personajes no me pertenecen a mí, sino a la gloriosa señora Meyer. La historia sí es mía.
Capítulo 9: Primer día en Texas.
La luz del sol entraba sin tregua por la ventana iluminando toda la habitación con su luz. Abrí los ojos y me desperté en aquella habitación tan poco conocida pero tan acogedora a la vez. Tenía la sensación de haber dormido bastantes horas y estaba descansada. El día anterior estuvo lleno de emociones y había pasado factura a mis horas de sueño, de modo que me sentía con bastante buen humor a pesar del lugar en el que me encontraba y sobre todo con quien me encontraba.
Pensé en Edward. ¿Se habría levantado ya? ¿Habría logrado descansar igual de bien que yo? Sentí una punzada de ternura al recordar como la noche anterior había tenido el detalle tan caballeroso de cederme la cama a pesar de estar igual o incluso más cansado que yo. Sonreí. El maldito Cullen conseguía enternecerme si se lo proponía. Debería de tener más cuidado a partir de ahora, no quería mostrar ninguna debilidad frente a él.
El estómago me crujió. No comía desde hacía muchas horas y tenía un hambre atroz. Me levanté de un salto dispuesta a zamparme un gran desayuno. Una vez abrí la puerta, un agradable aroma a tortitas inundó el ambiente. Curiosa, caminé los escasos metros hacia la cocina y cuál fue mi sorpresa al encontrarme con Edward embutido en un delantal de cuadros rojos y blancos por encima del pijama y manejando la sartén.
―Estoy impresionada ―dije, sorprendida.
―Buenos días, Bella durmiente ―contestó él mientras se daba la vuelta con una sonrisa encantadora―. ¿Te apetecen tortitas?
―Claro, huelen muy bien… ―dije mientras me acercaba a él. Me apoyé en la encimera mientras le observaba. La verdad es que se le daba bastante bien eso de la cocina.
―De modo que sabes cocinar, ¿eh? ―pregunté cruzándome de brazos en el pecho y sonriendo.
―Claro ―asintió―. Deberías de probar mis espaguetis a la carbonara…
―Yo no paso de las ensaladas y la comida precongelada ―reí.
―Me encargaré de la comida, no te preocupes ―sonrió mientras sacaba la tortita de la sartén y la colocaba encima de una pila de otras tantas. A continuación cogió dos platos, y repartió las tortitas entre los dos platos―. Venga, siéntate que ya están listas. ¿Quieres café? Hay recién hecho.
―Vale ―contesté.
Caminé unos pasos hacia la cafetera, la cual estaba situada junto al frigorífico, pero me di cuenta que no tenía ni idea donde estaban las tazas. A decir verdad, no tenía ni idea de donde quedaba nada en aquella cocina. Abrí un par de armarios, pero solo encontré algunas especias, dulces y utensilios para cocinar. Resoplé, frustrada.
―Si buscas las tazas están justo encima del fregadero ―dijo Edward con una risita burlona.
Localicé el fregadero y abrí el pequeño armario de encima, donde estaban las benditas tazas.
―Vaya, veo que ya te conoces toda la cocina… ―sonreí mientras me servía el café. Cuando lo hice me senté en la pequeña mesa y me dispuse a esperar las tortitas. Bebí un sorbo, estaba riquísimo.
―Bueno, me ha costado, ¿eh? No hay mucha comida que digamos, supongo que Alice y Jasper no han tenido tiempo para comprar nada. Vamos a tener que bajar al pueblo para comprar algo.
Edward me sirvió las tortitas que había bañado en sirope de chocolate y se sentó frente a mí. Cogí el tenedor, corté un trocito y me lo llevé a la boca mientras Edward esperaba expectante mi reacción. Estaba exquisito.
― ¿Y bien? ―preguntó Edward impaciente.
― ¡Están deliciosas, Edward! ―exclamé con la boca llena. Él se rió y movió la cabeza de un lado para otro―. Son las mejores tortitas que he probado en mi vida.
― Gracias.
―¿Cómo es que se te da tan bien hacerlas?
―Bueno, es una de las ventajas de estar soltero. Puedes preparar tortitas cuando te apetezca y no tener que preocuparte si a tu mujer le preocupa estar en la línea…
Me reí.
―En eso sí que tienes razón ―asentí―. Hay mujeres que se preocupan demasiado por estar delgadas, cosa que no entiendo muy bien del todo. Genéticamente, una mujer con curvas es menos propensa a sufrir enfermedades.
―Tú nunca te has preocupado demasiado por tu físico ―comentó Edward pensativamente.
―Claro que no ―negué con la cabeza―. Mi constitución es delgada. Tengo que la suerte de poder comer todo lo que quiera porque mi cuerpo es capaz de digerirlo todo…
―Además trabajas con muertos ―bromeó Edward―. No necesitas estar delgada para ellos…
―Eso es un gran punto también ―me reí.
Seguimos comiendo en silencio, sólo interrumpidos por algún que otro grito de algún jornalero del rancho. Eran las diez de la mañana, de modo que estarían en plena faena. Cuando terminamos de desayunar me ofrecí a lavar los platos; era lo justo, ya que Edward había tenido el detalle de hacer el desayuno y no debía quedarme sin colaborar. Él aceptó, pero cogió un trapo y secó los platos que yo terminaba de lavar. Mientras lo hacía me miraba con una sonrisa divertida y con una expresión que no lograba descifrar.
― ¿Va todo bien? ―pregunté. Él asintió y siguió con su labor―. ¿Estás seguro? ―volvió a asentir.
―Claro que estoy bien ―dijo―. Estoy genial, de hecho.
―Estás muy callado, no es propio de ti… ―bromeé. De repente y sin saber muy bien porqué, aproveché que Edward estaba con la vista fijada en el trapo para salpicarle la cara con agua del grifo.
― ¡Eh!
Solté una carcajada sonora y él se limpió la cara mientras se reía.
― ¡Te vas a enterar!
Dejó la taza que estaba secando encima del mostrador, me empujó apartándome del fregadero y mientras lo hacía desenganchó el grifo. A continuación lo abrió y el chorro salió disparado, dándome en plena cara.
― ¡Oye!
No tuve tiempo de reaccionar porque me encontré con un nuevo chorro de agua fría, pero esta vez me salpicó todo el cuerpo.
― ¡Ya verás, Edward! ―grité.
Me subí encima de él, rodeando mis piernas con su costado e intenté quitarle el grifo, pero fracasé estrepitosamente ya que me volvió a salpicar con el maldito grifo. Mis manos se movieron hacia su cintura e intenté inmovilizarle los brazos. Sin embargo, él conseguía esquivarme con agilidad.
― ¡Dame eso!
Edward no paraba de reírse, una risa musical y encantadora, y no tuve más remedio que acompañarle. De repente sentí como Edward perdía el equilibrio, nos tambaleamos y caíamos al suelo. Mis piernas rodeaban su cintura y apoyé mis manos justo a ambos lado de su cabeza. No sé qué demonios pasaba por mi cabeza en esos momentos, pero no podía dejar de mirarle. Sus ojos verdes brillaban con una emoción que no podía describir con palabras y sonreía de una manera tan tierna que casi me hacía abalanzarme a sus labios y besarle.
Díos mío, ¿En qué estaba pensando? ¡Era mi compañero de trabajo, por el amor del cielo! Un compañero de trabajo atento, dulce, y sexy. Muy sexy. Sacudí la cabeza, intentando aclararme, pero entonces escuchamos un carraspeo procedente de la puerta de la cocina. Era Alice. Nuestra nueva vecina estaba apoyada en el marco de la puerta y veía la escena muerta de risa.
― ¡Oh, chicos! Lo siento tanto… ―dijo apurada y acercándose a nosotros―. Llamé un par de veces y nadie me contestó, así que me preocupé y decidí entrar…
Nos levantamos de un salto, intentando escurrir nuestras ropas del agua derramada. Estaba roja como un tomate, pero Edward parecía divertirse de lo lindo con aquella situación tan embarazosa.
―No interrumpiré nada, ¿verdad?
―Oh, no, no, no, no, Alice ―balbuceé―. Sólo estábamos… Bueno… La cosa se nos ha ido un poco de las manos...
―Ya veo, ya…―dijo con una sonrisa picarona. Edward soltó una carcajada―. ¿Qué tal vuestra primera noche en Texas?
―Muy bien ―contesté―. Hemos dormido como un tronco.
― ¡Genial! ―sonrió―. ¡Y habéis preparado tortitas!
―Sí, Edward tiene mucha en mano en la cocina ―dije sonriendo a mi "marido".
―Dios mío, Bella, no puedo creer la suerte que tienes... ―dijo Alice suspirando―. Mi Jazz es incapaz de hacer tostadas sin quemarlas… ―Edward y yo nos reímos―. De cualquier forma, he venido a pediros un favor.
―Claro, ¿qué necesitas? ―preguntó Edward de forma cortés.
―Bueno, estamos teniendo un grave problema con los proveedores de pienso para las vacas―explicó ella poniendo los ojos en blanco―. El muy idiota pretende que firme por un pienso que aún no hemos recibido, ¿os lo podéis creer? ―suspiró―. En fin, como no está Jasper porque ha ido a San Antonio a pagar los impuestos de este año, me toca a mí lidiar con ese tío… Pensaba bajar a enseñaros el pueblo y de camino hacer algunas compras, pero se ha presentado de improviso. ¿Os importaría ir?
―Por supuesto, no hay problema ―contesté. Realmente no tenía ningún problema en ir de compras y distraerme un poco. Era cierto que tenía ganas de conocer el rancho, pero tenía mucho tiempo para hacerlo, así que no me preocupé.
―¡Gracias! ―gritó Alice con voz estridente―. ¡Sois geniales! ―nos dio un fuerte abrazo a Edward y a mí―. Quiero que compréis algo de comida para las dos casas, realmente no me ha dado mucho tiempo de comprar para vosotros y tuve que llenar la nevera con lo que me sobraba.
―No te preocupes, Alice ―dijo Edward―. Iremos encantados.
Alice nos dio una lista con todas las cosas que necesitaba y a continuación nos arrastró hacia la puerta de entrada.
―¡Tengo una gran sorpresa para vosotros! ―dijo mientras nos empujaba.
Salimos hacia el jardín delantero, encontrándonos con la camioneta Chevy que el día anterior nos había trasladado desde el aeropuerto hasta el rancho. No vi nada fuera de lo común, pero la pequeña Alice estaba radiante de la emoción. Se sacó una llave del bolsillo de sus vaqueros y se la dio a Edward.
― ¿Y esto? ―preguntó desconcertado.
― ¡Es vuestra! ―sonrió―. ¿No es maravilloso? Jasper la ha mandado a arreglar para que no nos necesitéis si queréis salir algún día del rancho. ¿Os gusta?
Miré a Edward y estallé en carcajadas, sin poder —ni querer— evitarlo. Tenía los ojos como platos y totalmente desprevenido por aquel gesto, no sabía ni qué decir.
―Oh, es… Es…
― ¡Es genial, Alice! ―dije corriendo a abrazarla antes que Edward dijera algo ofensivo. Por la cara que puso ayer en el viaje, supuse que no eran buenas noticias para él―. Es un gran detalle y no teníais porqué molestaros. ¡Gracias!
Ella se rió.
―¿Y tú qué piensas, Edward?
―Yo, yo… No me lo puedo creer… ―contestó él. No me podía parar de reír. Parecía que le habían dado con una sartén en la cabeza.
―Está encantado, ¿verdad, cariño? ―dije yo mientras me acercaba a él y le cogía de la cintura.
Él pareció reaccionar y me pasó el brazo por los hombros.
―Sí, es fantástico. ―A continuación se agachó y me susurró al oído para que Alice―. Casi preferiría que me hubieran regalado una vaca, seguro que llegaríamos antes a los sitios…
―¡Oh, Dios! ¿Cómo podéis hacerme tan condenadamente feliz? ―dijo emocionada nuestra amiga. A continuación, nos volvió a abrazar con su tan característica efusividad―. Luego os veo, chicos. ¡Divertíos en el pueblo!
Y salió corriendo sin dejar de despedirse con la mano.
―Echo de menos mi Volvo…
Reí mientras mi marido de pega no paraba de quejarse constantemente del vehículo. A decir verdad, no tenía ni idea de porqué refunfuñaba tanto, al contrario. Tendría que estar agradecido a Jazz por haber tenido el detalle de reparar la camioneta Chevy sólo para nuestro uso. ¿Qué más daba si no podía alcanzar más de los 70 km/h? Era fácil de manejar, una carrocería fuera y dura y tenía pinta de ser uno de esos coches que los entendidos en motor conservaban durante años.
―Edward, ¿qué importa? Es un coche, ¿no? Tiene ruedas y un motor que funciona bien.
―No lo entiendes, Isabella ―dijo con paciencia. La verdad es que no lo entendía―- Un coche no sólo es un medio de transporte, te da orgullo y prestigio. Además sientes ese subidón de adrenalina cuando vas conduciéndolo, como el que yo tenía con el Volvo… Pero con esta camioneta lo único que siento es frustración.
Pisó fuerte el acelerador y el motor emitió un extraño sonido. Él gimió.
― ¿Por qué hace eso? ―inquirí.
― ¿Cómo quieres que lo sepa? ―refunfuñó Edward―. La persona que más sabe de coches en el mundo está al otro lado del país…
Él se refería a Rosalie, quien era una auténtica experta en todo lo que se refería al motor. No tenía ni idea como una chica tan femenina y coqueta como ella había acabado sabiendo de mecánica más que el mismo director de la revista Car&Driver.
―Me desespera conducir un coche tan viejo… ―añadió Edward.
―Míralo por el lado bueno ―sonreí―. Si tenemos un accidente, la camioneta quedará intacta.
―Eso me temía… —suspiró.
Solté una sonora carcajada. La verdad es que tenía que admitir que estaba bastante mono mientras apretaba el volante con las dos manos y resoplaba con frustración. Le miré de reojo y pude apreciar como esbozaba una tímida sonrisa.
―La próxima vez conduciré yo ―indiqué.
Se rió mientras negaba con la cabeza.
―De eso nada. Conduces como una abuelita medio ciega y con artritis, y sinceramente me gustaría volver a ver Nueva York antes de morir…
―Idiota… ―susurré. Bueno, al menos había sonreído y su mal humor había desaparecido.
Por fin llegamos hasta el supermercado. Cullen aparcó el coche con su destreza tan característica justo enfrente de la puerta, donde estaban agrupados al menos una docena de carritos de la compra. Cuando salimos del coche, me dirigí hacia los carritos e inserté una moneda en la rendija bajo la atenta mirada de Edward. El supermercado era pequeño y tenía justo los productos indispensables para vivir. Según me había comentado Alice, cuando la gente del pueblo quería cosas más sofisticadas tenía que desplazarse hacia San Antonio
Llenamos el carrito de pescados, carnes, verduras, alguna que otra pizza, ensaladas, artículos para el aseo y para el hogar. No sabíamos cuál era la marca favorita de Alice y Jasper, de modo que decidimos probar suerte y comprar distintas. Gastamos más de doscientos dólares en la compra, la cual Edward pagó con la tarjeta de crédito falsa que nos había proporcionado Carlisle antes de partir, no sin antes dirigir una de esas sonrisas encantadoras a la cajera. La pobre chica se puso roja como un tomate y dejó caer una bolsita con monedas.
―Oh, Dios, lo siento…―susurró.
Fulminé con la mirada a Edward y él me miró extrañado.
―Deja de intimidar a la pobre chica ―le susurré en el oído.
―Sólo he sido educado… ―Se encogió de hombros. A continuación, esbozó una sonrisa traviesa―. ¿Eso que huelo son celos?
―No, eso que hueles es mi perfume de fresas ―bufé mientras me cruzaba de brazos.
Él se rió mientras se acercaba peligrosamente a mi cuello y rodeaba su brazo con mis hombros. Mi respiración comenzó a hacerse más y más agitada y las piernas me temblaron. Intenté apartarme, pero entonces él depositó un suave beso sobre mi cuello y aspiró mi aroma. Sentí un fuerte escalofrío.
―Tienes un olor delicioso…
―Edward, por favor… ―intenté apartarme y que mi voz sonara convincente, pero fracasé estrepitosamente. Me odié en ese momento por no tener la entereza suficiente como pararle los pies y darle una bofetada por no respetar las distancias.
―Vamos, admite de una vez que te mueres por acostarte conmigo…
Su arrogancia me enervó.
―En tus sueños…
―Tiempo al tiempo, cariño, tiempo al tiempo…
Cogimos las bolsas de nuestra compra y nos encaminamos a la camioneta. Mientras la colocábamos en la parte de atrás, nos cruzamos con una pareja de ancianos que hacía lo mismo con las suyas.
El señor tenía el pelo gris y una gran calva coronando su coronilla. Era bajito y delgado, al contrario que su esposa, que era alta y regordeta. Ambos cargaban varias bolsas en las manos y parecían estar discutiendo.
―Molly, date prisa, por favor ―dijo el señor mientras introducía sus últimas bolsas en el maletero de su viejo Ford―. En media hora empezará el partido y quiero estar en casa para cuando eso suceda.
―Ya voy, ya voy ―contestó la mujer mientras entraba en el coche.
El anciano nos dirigió una sonrisa amable.
―Mujeres… Sólo saben hacer sufrir ―bromeó.
―Dígamelo a mí…―contestó Edward.
― ¿A usted le desespera tanto su mujer como a mí la mía? ―preguntó el señor mientras me miraba como una sonrisa. Se me hizo un nudo en el estómago. ¿Mentiría Edward?
―Ya lo creo y probablemente más ―dijo mi "marido", siendo muy convincente.
―Pues es un hombre afortunado, entonces ―comentó el hombre―. Dicen por ahí que los amores reñidos son los más queridos. Cuídela bien. Cuando uno conoce a una buena mujer, no hay que dejarla escapar.
―Oh, lo sé… ―contestó Edward mientras sonreía tiernamente y me miraba con dulzura―. Voy a tener el privilegio de pasar el resto de mi vida junto con esta encantadora dama y créame que no la voy a dejar escapar.
Dios mío, pero ¿Cómo era posible que este hombre fuera tan buen actor? Hasta yo me había creído ese discursito tan convincente. Empezaba a preguntarme porqué demonios no estaba Cullen en Hollywood ganando millones en lugar de estar en un pueblecito recóndito del sur de los Estados Unidos junto con su compañera de trabajo y cuidando de vacas y gallinas.
―Me alegra oír eso ―dijo John.
―John, ¿no tenías que ver el partido? ―intervino la señora bajando la ventanilla del coche y asomando la cabeza―. Vamos, viejo carcamal, deja de molestar a esos encantadores jóvenes y mueve tu trasero flácido hasta aquí. Los congelados se van a echar a perder.
John puso los ojos en blanco. Era la típica pareja de ancianos en la que John era el dueño de la casa, pero realmente Molly era la que mandaba. Tuve que disimular una risita, me encantaba ese rol.
―Ahora mismo, Molly ―contestó John―. ¿Son nuevos en el pueblo?
―Acabamos de llegar ―dije―. Vamos a quedarnos una temporada.
―Me alegro mucho, entonces. Marfa es un lugar encantador para vivir. En fin, pasen un bonito día.
John nos dirigió una última sonrisa y se metió en el coche.
―Vaya, es agradable encontrar a gente simpática… ―dijo Edward mientras abría la puerta del piloto y se sentaba. Yo le imité.
Edward arrancó el motor, puso primera y condujo cuidadosamente por el aparcamiento para no atropellar a los peatones más rezagados, hasta que por fin alcanzamos la carretera que nos llevaba al rancho.
―He de decir que le tengo un poco de envidia a los matrimonios como el de John y Molly, ¿sabías? ―comentó Edward―. Seguramente habrán llevado una vida satisfactoria y llena de amor.
― ¿Amor? ―bufé―. No me hables del amor y de todas esas chorradas…
― ¿¡Por qué no? ―dijo él indignado
― No sé cuantas veces tengo que deciros a ti y a Rosalie que eso del "amor" no es más que una invención de Hollywood ―dije con naturalidad―. Es algo que los productores utilizan para ganar dinero.
Cullen apartó unos segundos la vista de la carretera y me miró con suspicacia. Debería haberme asustado por aquella acción, pero su control era tan perfecto y preciso que no me preocupé.
― ¿De verdad piensas así? En fin, todos soñamos con esa persona especial que aparece en nuestra vida y nos roba el corazón. Una persona con quien pasar el resto de nuestra vida y tener un final feliz…
―Veras, Edward, en realidad el corazón no es más que un órgano que bombea sangre y oxígeno por todo el cuerpo ―dije de carrerilla―. Nunca entenderé porqué algunas personas lo asocian al enamoramiento… Estudios científicos han demostrado que eso que tú llamas amor sólo dura entre dos y cinco años y que la atracción física y sexual se acaba tiempo después ―Cullen se rió―. Y bueno, tampoco entiendo eso del "final feliz". ¿Qué es eso exactamente?
―Bueno, ya sabes… Envejecer juntos, que uno muera y el otro no tarde en seguirle…
― ¿Qué más da? Al final vamos a acabar todos muertos.
―Ya lo sé, Swan, pero es el romanticismo. Romeo y Julieta, Cathy y Heathclif, Leonardo Dicaprio y Kate Winslet… Todas las grandes historias de amor acaban con la muerte de los dos protagonistas y les espera un mas allá de felicidad.
―No hay pruebas que demuestren eso del "más allá".
―Bueno, no todo en esta vida es creer en cosas que no tengas pruebas, Isabella. Por ejemplo, tú crees en mí, ¿no? Crees en que no te voy a fallar nunca y también crees que daría la vida por ti si fuera necesario, y no tienes pruebas, ¿no?
Vale, eso sí que me había conmovido. Sabía que todo aquello que decía era totalmente cierto. Mi confianza en él era ciega y eso era una verdad universal. Yo sabía que si él tuviera que interceptar una bala por mí, lo haría sin ningún tipo de titubeo. Me lo demostraba a diario.
―Pues… Bueno, sí, sí que las tengo ―balbuceé―. Nunca me has fallado y siempre has estado para mí e incluso apostaría que darías la vida por mí sin ningún problema…
Edward asintió, pero no comentó nada. El resto del camino lo hicimos en silencio y cuando por fin llegamos al rancho, aparcamos en frente de la casa de Alice y Jasper. Nuestra pequeña amiga estaba saliendo de la casa y se dirigía hacia nosotros con un paso grácil y ligero.
― ¡Hola, chicos! ―dijo Alice ―. ¿Habéis comprado muchas cosas? ¡Espero que sí! ¡Estoy deseando verlo todo! Qué lástima no haberos podido acompañar…
―Bueno, otra vez será, Alice ―sonreí.
Edward y yo cogimos todas las bolsas y nos dirigimos hacia la casa de nuestros amigos para dejarlas con Alice encabezando la fila. Pasamos el vestíbulo y entramos por un pasillo estrecho que daba directamente a la cocina. Dejamos todas las cosas encima de la encimera.
―Hemos pensado hacer una barbacoa para almorzar, supongo que estaréis hambrientos después de todo el trajín de las compras ―dijo Alice muy acelerada―. Jasper es un experto en hacer hamburguesas y perritos. ¿Qué os parece? Después podemos salir a dar una vuelta por el rancho para enseñároslo. ¿Habéis traído ropa de baño? Si queréis podemos darnos un chapuzón en la piscina.
―Claro, pero ¿no estará Jazz muy ocupado? ―preguntó Edward.
―Jazz siempre lo está, pero seguro que no le importa tomarse el día libre por vosotros... En fin, ¿qué decís?
Mi "marido" y yo nos miramos, indecisos. Seguramente estaríamos pensando lo mismo: tendríamos que empezar a fingir ser un matrimonio desde aquel día y estaba pidiendo permiso para poder tocarme. Esbocé una pequeña sonrisa, que él me devolvió.
―Vale, Alice ―respondió Edward―. Estaremos encantados de acompañaros a esa barbacoa.
Alice dio gritito de felicidad y dio algunas palmaditas. Edward y yo reímos por su efusividad. Era tan fácil hacerla feliz…
― ¡Qué bien! ¡Hay tanto que hacer! –exclamó mientras abría la nevera―. Vamos, coged vuestras cosas y preparar vuestros bañadores. ¡No hay tiempo que perder! Son las doce y quiero que estéis preparados en una hora.
―De acuerdo, pues en una hora estaremos aquí ―afirmé.
Edward y yo cogimos nuestra comida y salimos hacia nuestra casa/antiguo establo. No hablamos hasta que nos aseguramos de que Alice podía oírnos.
― ¿Estás segura de que te apetece darte un baño? ―preguntó Edward.
― Claro, ¿por qué no? Es Texas y hace calor. En Nueva York iríamos todavía con abrigo y bufanda, así que hay que aprovecharse.
―Sí, pero no lo decía por eso. En fin… ¿estás preparada para fingir ser un matrimonio?
―Oh, bueno... Sí, supongo que sí.
Caminamos los escasos metros que nos separaban de la casa de Alice y Jasper y cuando llegamos a la puerta, Edward sacó la pequeña llave del bolsillo de sus vaqueros y la abrió con una mano mientras que con las otras sostenía las compras. Nos dirigimos hacia la cocina y depositamos las pesadas bolsas en la mesa donde habíamos desayunado. Aún quedaban algunos restos de agua en el fregadero y me sonrojé al pensar en lo cerca que habían estado nuestros cuerpos esta mañana. Suspiré. Debía de dejar de comportarme como una colegiala. Era el primer día de muchos y si iba a actuar así diariamente sería mejor que me acostumbrara a su presencia. ¿Pero cómo podía hacerlo si provocaba esas sensaciones en mí?
Sacamos la comida y la distribuimos entre el frigorífico y la despensa. Cuando terminamos, Edward me habló.
― ¿Vas a entrar tu primero en el baño a cambiarte o lo hago yo?
―Entra tú ―contesté mientras guardaba las bolsas de plástico en el mueble debajo del fregadero―. Yo puedo cambiarme en el dormitorio.
―De acuerdo.
Edward salió de la cocina y enseguida lo seguí yo. Entré en la habitación y abrí la maleta buscando el bikini que me había traído. Hacía varios años que no lo usaba, ya que había estado tan absorbida por el trabajo que las vacaciones habían pasado a segundo plano. El bañador era bastante bonito y elegante, de color azul oscuro y con escote triangular y anudado al cuello. Tenía que admitir que era precioso, pero el inconveniente de que resaltaba mi demasiado mi piel, clara y pálida.
Decidí no darle más vueltas, así que me quité la ropa y me lo puse sin pensarlo mucho. Me miré al espejo y debía admitir que no me quedaba mal, pero era justo lo que me temía: hacía gran contraste con mi piel blanca como la leche. Me coloqué unas zapatillas y me puse un pequeño vestido de algodón color blanco y cogí una toalla que metí en un bolso enorme. También guardé algo de crema solar, las gafas de sol y un peine y me dirigí hacia el salón, donde Cullen me esperaba.
Casi me caigo de la impresión cuando le vi. Llevaba un bañador tipo bóxer de color verde oscuro y una camiseta blanca que marcaba su torso musculado. Sus piernas estaban estilizadas y sus brazos eran delgados y finos. Era, simplemente, perfecto.
Nuestros ojos se encontraron y me sonrió.
― ¿Estás lista?
―Sí, ya estoy.
―Esto va a ser interesante…
―Oh, ya lo creo que sí ―me reí.
Era totalmente consciente de la energía sexual que trasmitía, pero debía ignorarlo. Tenía que hacerlo, a pesar de que era bastante complicado, pues en el momento que me cogió de la mano para encaminarnos hacia la casa de Alice y Jasper, mi corazón comenzó a latir con violencia y sentí un escalofrío por mi espina dorsal. Él permanecía en silencio.
La puerta de la vivienda estaba abierta, así que decidimos entrar. Atravesamos el salón, un par de habitaciones y un pasillo enorme hasta llegar por fin al gran patio trasero.
La piscina no era muy grande, pero si lo suficiente para nadar sin ningún problema. A su alrededor había una enorme alfombra de césped y una gran sombrilla que cubría una mesa con seis o siete sillas de madera. Junto a la piscina había cuatro tumbonas de color beige y pude observar que Alice se estaba echando crema bronceadora en su delgado cuerpo. Llevaba un bikini de color amarillo y su cintura estaba rodeada con un bonito pareo de color rojo. Jasper, por su parte estaba preparando la carne para la barbacoa. Él también llevaba puesto un bañador de color burdeos con unas líneas negras en la parte de la cintura.
― ¡Hola, chicos! ―dijo Alice―. ¿Os apetece daros un baño mientras Jazz prepara la carne?
―No tengo ni idea de cocina, pero preparando carne asada soy el mejor ―rió Jasper desde la barbacoa.
Todos soltamos una carcajada. Alice se quitó su pareo y de un salto se zambulló en la piscina. A los dos segundos asomó su cabeza y la sacudió.
― ¡El agua está buenísima! ―chilló―. ¡Venga, meteos! ―Y volvió a sumergir la cabeza y nadó como si fuera una sirena.
Edward fue el primero que reaccionó y se quitó la camiseta, dejándome casi sin aliento. Su cuerpo era algo que no podía ser descrito con palabras. Tenía los músculos bien marcados, aunque no de una manera exagerada y sus abdominales estaban muy trabajados; supuse que al trabajar en el FBI debía mantenerse en forma. No tenía sentido perseguir a criminales y asfixiarse por el camino.
― ¡Vaya, Edward! ―gritó Alice desde la piscina―. ¡Qué cuerpazo! Si no estuviera casada y no quisiera tanto a mi Jazz, te habría tirado los tejos…
― ¡Lo he oído, cariño! ―rió Jasper sin levantar la vista de las chuletas.
―¡Esa era la intención! ―respondió su mujer muerta de risa.
Mi "marido" se zambulló en la piscina con un salto de cabeza. Su onda expansiva fue tan grande que Alice fue empujada hasta la escalerilla. No me podía parar de reír.
― ¡Eres un bruto, Edward! —dije una vez hubo sacado la cabeza.
― ¿Bruto yo? ¿¡Cómo te atreves! ―dijo fingiendo indignación―. ¡Ven aquí y te demostraré lo contrario!
― ¡Ya verás!
Me quité el vestido blanco, dejándolo sobre una de las tumbonas y me zambullí en el agua. Al principio, el contraste entre el calor del ambiente y la temperatura del agua me hizo estremecer, pero en cuestión de segundos mi cuerpo se fue acostumbrando y sentí con placer el frescor del agua en cada poro de mi piel. Saqué la cabeza y me aparté el pelo mojado de la cara.
Una vez lo hice me encontré con la cara de Edward mirándome con una sonrisa burlona. Me aprisionó entre sus brazos y se acercó a mi oído a decirme algo
―Mojada estás muy sexy, Swan…
Estuve a punto de soltarle una burrada, pero me contuve porque Alice se acercaba hasta nosotros. Estuvimos un buen rato jugando los tres juntos como niños, hasta que Jasper nos llamó para almorzar.
Los cuatro nos salimos y nos secamos con las toallas. Mientras lo hacía, Edward no apartaba la vista de mí y me sentí bastante cohibida. Una vez algo menos mojados, nos sentamos en la mesa dispuestos a devorar las enormes hamburguesas y la fuente de patatas fritas que nos había servido Jasper.
―¡Jazz! ¿Cómo pretendes que nos comamos todo esto?
―Oh, vamos, Bella, tampoco es para tanto ―respondió éste―. En Texas nos gustan las cosas de gran tamaño.
― Somos el estado más grande del país, Bella, lo hacemos todo a lo grande ―asintió Alice con una risita.
Resignada, cogí mi hamburguesa con las dos manos y le di un bocado. Suspiré. Lo único que esperaba era salir viva y con mis arterias intactas de aquella estancia.
Hola amores míos! Os dejo con un capítulo más largo de lo esperado porque no sé si actualizaré pronto :( Espero que os guste y me dejéis vuestra opinión. No os podéis imaginar lo mucho que me he reído escribiendo xD. El otro día estuve viendo un programa en la tele de españoles por el mundo en Texas (con mi adorada beta, lauramariecullen) y se nos ocurren ideas a montones, ya vereis. Aunque de momento no puedo escribir mucho, os prometo que os gustará ^^
Ay! Estoy nerviosa, histérica, agobiadísima y asustada por mis examenes. El 26 es mi primer examen, asi que desearme mucha suuuuuuerteeeeee. Un besito para MirCel y las demás frutillas que también andan de examenes (laurita, no dejes que la filo te domine, tu puedes! )
Un besazo a todas y gracias por vuestros reviews y vuestros favoritos. Os quiero! No os olvideis de mi, ¿vale? Muak
