Nota de la autora:

Jacob tiene preocupaciones que nadie podrá aliviar nunca.


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"I'll walk down the mall
Stand over by the wall
Where I can see it all
Find out who you call"

-Until the Ribbon Breaks, One Way or Another (Cover)

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Hay una fiesta.

Otra vez.

Jacob tiene que vestir ropa y zapatos hechos a la medida, sonreír como si le importara lo que la gente dice e ir del brazo de Edward como si fueran la pareja más dulce y convencional que nunca haya existido sobre la faz de la Tierra.

Otra vez.

Edward tiene que hablar con personas que lo sacan de quicio, escuchar razonamientos estúpidos que deberían haber muerto hace tres o cuatro siglos y soportar propuestas vergonzosas que no le han interesado desde que sus hijos nacieron.

Otra vez.

Jacob tiene que pasar por alto sonrisas condescendientes, miradas "discretas", murmullos mal disimulados y la eventual pregunta sexista.

Otra vez.

Edward tiene que ofrecer observaciones amables, palabras vacías de compromiso, aceptación actuada y risas fáciles que acaban por hacerle doler la garganta.

Otra vez.

Para personas como ellos dos, esta clase de eventos se vuelven fastidiosos luego de la primera vez.

Luego de tan sólo una hora y un par de minutos, los dos están aferrándose a sus copas de champán para no acabar rompiéndole la nariz a alguien. No son los mejores en cuanto a autocontrol se refiere (ja, ni de lejos), pero su imagen pública es lo suficientemente importante para respirar profundo y contar hasta diez en lugar de lanzar puñetazos a diestra y siniestra.

—¿Cómo demonios has vivido veintidós años de estas fiestas sin volverte loco? —pregunta Jacob en voz baja cuando, por fin, las personas les dan un espacio para respirar entre conversación y conversación—. Juro que ese último estaba rogándome que le partiera un hueso por la mitad cada vez que abría la boca.

—¿Pharell? —murmura Edward bebiendo de su copa y apretando su agarre en la cintura de Jacob; apariencias, apariencias, ¿acaso no son divertidas?—. Oh, sin duda. Además de imbécil, le gusta que lo marquen. En especial si quien lo hace es una o un Omega. Tiene una extraña fijación con ellos.

—Su esposa es Beta.

Edward sonríe.

—Exactamente, mi amor —dice besando la mejilla de Jacob—. Es del tipo que adora a los Omegas en su habitación y los degrada fuera de ella. Nada interesante, como puedes ver.

—Mmm... ¿Tiene hijos ilegítimos? —Jacob conoce a muchas, muchas personas, pero el círculo social de los Cullen tiene varios rostros desconocidos dentro—. Su esposa no se ve muy feliz de estar con él. No es tan buena actriz como quisiera... y ahora que me dices sobre su esposo y los Omegas entiendo por qué estaba mirándome como lo hacía. ¿Será de las que creen que todos los Omega somos unos rompe-hogares sin ética o moral? ¿Que vemos un Alfa y no podemos controlar nuestros instintos? —se ríe, en verdad divertido porque esa clase de opiniones le importan tanto como el mismo Pharell.

—Sé sobre tres de sus hijos ilegítimos —dice Edward alzándose de hombros— y no pienso gastar a mis trabajadores en investigarlo más. Es un horrible inversionista. Le doy un año antes de declararse en banca rota.

—Por la cantidad de accesorios que él y su esposa traían encima yo digo que ocho meses, y estoy siendo generoso.

Edward lo considera.

—¿Diamantes? —pregunta entonces.

—Ella tenía siete en una mano, seis en otra y diez en el cuello. Él cuatro en una mano, cinco en la otra y otros cuantos en los gemelos de su traje.

—Diamantes —hace un gesto de disgusto—. ¿Cuándo van a entender que esos no sirven de nada?

—Traes dos en un anillo, Edward.

—Sí, pero, a diferencia de esos idiotas, yo no pagué por ellos.

Ah... cierto.

—Tú ganas —acepta Jacob tomando el resto de su champán y poniendo la copa en la bandeja de uno de los meseros que va pasando—. Tenemos que estar aquí otro largo rato… —porque Carlisle los tiene en la palma de su mano y antes ellos van a morir que ese hombre a ceder—. ¿Por qué no vamos a distraernos un poco?

—Si lo que estás ofreciéndome es sexo, no sé por qué te has tardado tanto —Edward aprieta su cintura, sonriente y con los ojos llenos de picardía. Jacob, tanto por el bien de sus preciadas apariencias como por el de su extraña relación, pone una mano en el hombro de Edward y le da un suave beso en los labios—. Oh, ¿entonces sí es sexo? Hay una habitación en la segunda planta que-

—Ese de allá —dice Jacob ignorando a Edward y mirando discretamente hacia el otro lado del salón, donde un hombre de cabello oscuro y ojos pálidos conversa con una mujer alta y morena que luce más aburrida que Jacob y Edward juntos, aunque es muy buena disimulándolo— se llama Matías Rose. Pero eso en realidad da lo mismo, es un imbécil. Lo importante es que de alguna manera se las arregló para hacerse de la "amistad" de Zachary Graziani, el hijo ilegítimo de Josiah Quinto.

—Mm, lo sé —asiente Edward—. Padre de Rosalie Hale, cabeza de una de las firmas de abogados más prestigiosa de toda Europa. Josiah murió hace seis años y cuando Rosalie asumió su lugar en la firma, tomó el apellido de su abuela materna como parte de una vieja tradición de su familia... O eso dice la gente. ¿Sabes algo sobre eso?

—Sí, de hecho. Y lo sé de Rosalie. Personalmente —dice Jacob. El brazo de Edward se tensa alrededor de su cintura—. ¿Conoces la Isla de Elba? ¿El lugar en el que exiliaron a Napoleón en 1814? Linda isla. Interesante museo. Rosalie y Zachary me llevaron ahí hace tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—¿Cuatro años? —Jacob se alza de hombros—. Además, estás pasando por alto la información relevante.

Edward hace una pausa que es sólo por efectos dramáticos, porque sin duda escuchó lo que Jacob acaba de decir, pero le dio más prioridad a sus inútiles celos y desagradable posesividad.

—Rosalie y Zachary se relacionan, sí, ¿y eso qué? Lo que a mí me importa es, número uno: ¿cómo demonios conociste a los Quinto? y, numero dos: ¿por qué estuviste en una isla italiana con ellos?

—Número uno: usa tu imaginación y, número dos: no tenía nada mejor que hacer esa semana —lo que no es del todo mentira y bastante más adecuado que la verdad—. El punto es, querido mío, que Rosalie no pensaba cambiar su apellido por una tonta tradición que nadie en su familia había seguido en más de cien años. Tomó el apellido Hale porque el apellido Quinto le recodaba que su padre no había hecho más que mentirle desde que era pequeña. Porque si no podía dejar de ser hija de un 'bastardo mentiroso', entonces al menos no iba a continuar con su apellido.

—¿'Bastardo mentiroso'?

—Esa es la única manera en que Rosalie se refirió a Josiah cuando estuve con ella.

—¿Te acostaste con ella? —pregunta Edward en un intento de susurro que alcanza los oídos de un mesero. Jacob le sonríe al muchacho, que inclina su cabeza y se va tranquilamente; el pobre está muy delgado, quizá tiene muy poco dinero como para permitirse chismorrear.

—Cariño —dice Jacob con una sonrisa tirante—, me llevó a una isla durante una semana, ¿tú qué crees que hacíamos aparte de ir al museo y a la playa? Ahora cállate, estoy contando una historia.

—Me callo durante tres minutos si me besas otra vez.

Jacob a veces olvida lo infantil que este hombre de veintidós años puede ser.

Increíble que hayan engendrado juntos a dos bebés.

Con un suspiro, coloca su mano en la nuca de Edward y lo besa por un par de segundos. Edward sonríe cuando sus bocas se separan. Jacob ve a Ephraim y Anthony en la suave curva de sus mejillas y la línea recta de su nariz, en la forma de sus ojos y el color del cabello. De tal padre, tales hijos. Jacob lo ha aceptado, pero aún le parece injusto, y en los malos días, cuando duda de cada una de sus decisiones, se pregunta si de haber aceptado la propuesta de Rosalie (no pienses en eso, no pienses en eso) sus hijos se parecerían más a él. Si en el futuro podrían ser buenos en el interior y no sólo para mantener su imagen, justo como Edward y Jacob lo han hecho durante años.

—Tu silencio es muy barato. No sé si debería preocuparme —murmura, pero Edward no dice nada, fiel a su promesa de tres minutos. Jacob no piensa contar toda la historia, y aunque sería interesante ver la reacción de Edward, es preferible que no se arriesgue; Carlisle es demasiado peligroso y sus bebés son un punto débil, no una garantía—. Zachary es un Beta y, de no haberlo pospuesto por culpa de sus estúpidas inseguridades, está casado.

Jacob no va a decir nombres, no va a hablar de James Tablot, el marido de Zachary, ni de Pamela Graziani, la examante de Josiah Quinto y (Jacob está casi seguro) la autora intelectual de su asesinato. Zachary lo dejó volver a América bajo una promesa que Jacob va a mantener hasta su tumba por razones que van más allá de simplemente no morir, aunque la amenaza de una inocente 'bala perdida' le basta para no hablar.

—Rosalie y él formaron una relación luego de la muerte de Josiah. Son muy inteligentes, mucho más de lo que su padre nunca pudo haber sido... Son más fuertes que la generación pasada y tienen mucho menos que perder.

Rosalie tiene a su madre, Susan, y Susan tiene a Rosalie. Se aman sin condiciones y sus lealtad y compromiso son ciegos, firmes y, llegado cierto punto, francamente aterradores. Jacob recuerda cada detalle de las veces que las vio interactuar, cada palabra de las pocas ocasiones en que las escuchó discutiendo asuntos de importancia, y no puede imaginarse a ninguna de las dos prefiriendo dinero o reputación por encima de la otra. Lo mismo sucede con Zachary y James, que se aman con una pasión que Jacob no puede siquiera imaginarse. Son complementarios el uno del otro en formas que deberían ser imposibles, pero que a ellos no les cuesta nada. Hablan a través de miradas y gestos, de toques y cambios sutiles en sus posturas. Parecen conectados mentalmente. Encajan a la perfección y están tan a gusto con ello que no les causa problemas la idea de morir juntos.

Es esa capacidad de sacrificio lo que más asusta a Jacob. Si no le tienen miedo a la muerte…

—¿Me lo dices por una razón particular?

Edward lo mira a los ojos, su brazo sintiéndose como un soporte para calmar las angustias que Jacob ha guardado en los rincones más oscuros de su mente (Zachary prometió seguridad, pero Zachary es apenas una quinta fracción de los Hale-Quinto que puede ser sobrepasada por la mayoría si ésta lo considera necesario). Es verdad que Edward no sabe nada de Jacob antes que se conocieran, pero conoce muy bien al Jacob de los últimos cuatro años, y es obvio que algo no está bien.

Sé mucho de ellos, Edward, querría decir. Sé mucho y el conocimiento no es para extraños.

—Te lo digo para el futuro —dice econ toda seriedad, empujando al fondo de su mente el miedo y trayendo al frente de su rostro la tranquila indiferencia—. Para el momento en que pueda serte útil a ti y a nuestros hijos.

Sus dos pequeños bebés que un día tendrán en sus manos todo lo que Edward construya.

Jacob no sabe cuánto les costará ese futuro, pero sí que Ephraim y Anthony van a tenerlo siempre que lo necesiten, en cualquier facultad de la que sea capaz.

Eso, claro, si no se descuida y acaba yéndose del mundo antes de los treinta.

Por eso es importante que Edward sepa sobre los Hale-Quinto.

Así, de Jacob desaparecer un día, los sospechosos no podrán ocultarse en la distancia de los años.

—Ahora, cariño —sonríe—, ¿por qué no me dices algo que tú sepas sobre esta gente?

Edward sigue mirándolo a los ojos. Silencioso. Calculador. Jacob nunca olvida que este hombre es quien es. El Alfa poderoso. El Alfa al que no debes decirle mentiras. El Alfa que quiere marcarlo, pero que no piensa hacerlo hasta que Jacob se lo pida. El Alfa que está cómodo con lo que es y al que Jacob envidia por esa misma razón.

—Un día vas a decirme las cosas como realmente las piensas —promete Edward, una diminuta y prometedora sonrisa iluminándole la cara—. Recuerda que eres mi Omega, Jacob… Pude oler tu preocupación.

Justo como yo puedo oler la firmeza de lo que prometes.

—Soy tu Omega… —dice Jacob probando las palabras salir por primera vez de su boca en un tono diferente a la burla. Han pasado años desde que Edward lo piensa suyo. Años desde que Jacob casi le entierra un cuchillo en la garganta y su primera reacción fue sonreírle y decir: "Oh, precioso. Me gustas… Edward Cullen, por cierto"—. Sí, creo que sí. De alguna manera extraña, lo soy.

Y debe ser el destino, porque en una fiesta se conocieron y en una fiesta es que empiezan a avanzar hacia adelante en su relación.

—Pero entonces tú eres mío —murmura. La idea no es tan mala ahora que Jacob sabe lo que Edward trae consigo; sus malos modos, su tenacidad, su falta de remordimiento y gran resolución—. Mi Alfa, ¿uh? Es algo raro que decir.

Edward se alza de hombros. Sus ojos verdes brillan con satisfacción y alegría.

Esa felicidad tan absoluta también es algo raro.

— Llámame así cuando quieras. Te acostumbrarás.

Jacob sonríe, contagiado por el buen humor, pero nunca pasando una oportunidad para ser un dolor de cabeza.

—No creo que ninguno de los dos llegue a acostumbrarse. Con la cantidad de veces que te acuestas con otros Omegas y mujeres Beta, voy a estar llamándote 'imbécil' tan frecuentemente como hasta ahora. Además, eres un maldito hipócrita. Debería estar acostándome con tantas personas como tú, pero no, ¿cierto? Yo soy el Omega. Yo tengo que serte fiel y respetuoso y tengo que adorarte como a un dios.

—Te acostaste con Bella —Edward frunce el ceño por un segundo y luego sonríe tan bella y abiertamente como antes—. Y soy un dios. Sólo mira esta cara. O recuerda lo bien que te co-

Jacob lo calla con un beso.

El hombre es ridículo.

Y Jacob lo es más por haberse encariñado.

Pero es una lástima que hayan hecho este avance, porque, en apenas dos meses, Jacob conoce a Alistair Slora y el mundo se le viene encima con una fuerza feroz que fue acumulándose durante veinte años.

Alistair es un Beta, tiene el cabello más claro que Jacob haya visto en su vida y es la persona que ha estado enviándole regalos.

También es el vinculado de Jacob.

Lo ha sido por los últimos diecinueve años.

Ah…

El universo seguro se divierte haciendo este tipo de cosas.


Nota de la autora:

Apuesto a que no se lo esperaban.