Disclaimer: Dioses del Olimpo, Héroes del Olimpo y Crónicas de Kane son propiedad de Rick Riordan.
¡Y tras un par de capítulos largos, volvemos a los cortos! (Demasiado corto.) Rick es, sin lugar a dudas, el maestro troll por excelencia... en fin, vayamos a por el capítulo.
-Tarta juega con cuchillos -leyó Emma.
-Lo que nos faltaba -comentó Leo-. Un gato con tendencia a hacer malabares.
-No es exactamente eso -murmuró Sadie.
Parecía que a nuestro babuino le había entrado el frenesí de la diosa del cielo… es decir, el frenesí nut-ritivo.
Thalía gimió.
-¿No te he dicho ya que eso no tiene ningún tipo de gracia? -preguntó la hija de Zeus.
Saltaba de una columna a otra sin parar, rebotaba contra los balcones, derribaba jarrones y estatuas. Luego corrió hacia las puertas de cristal de la terraza, miró un momento fuera y procedió a volverse majara de nuevo.
-Eso han sido los cereales que se ha comido -dijo Hades, con seriedad-. Zeus, creo que deberíamos de eliminarlos para siempre. Esos cereales han dejado majara al pobre babuino...
-¡Los cereales no tienen la culpa! -exclamó Deméter, defendiendo a sus preciados cereales de la "ira" de Hades.
-Creo que prefiere más a los cereales que a nosotros -le susurró Miranda a su hermana.
Tarta estaba también junto a la vidriera. Había adoptado una postura muy baja, con las cuatro patas dobladas y la cola moviéndose convulsivamente, igual que cuando acechaba a algún pájaro.
-Ojala hubiese sido un pájaro -susurró Carter.
—A lo mejor es que hay un flamenco por aquí cerca —sugerí con esperanza, pero no estoy segura de que Carter me oyera con los aullidos que daba el babuino.
-No te oí -confirmó Carter.
-Yo tampoco -dijo Bast-. Y eso que tengo oídos gatunos.
-Ni yo. Y estaba dentro de ti -confesó Isis.
Corrimos hasta las puertas de cristal. Al principio, no vi ningún problema. Entonces hubo una explosión de agua en la piscina y el corazón casi se me salió por la boca. Había dos criaturas enormes, que definitivamente no eran flamencos, revolviéndose en el agua con nuestro cocodrilo, Filipo de Macedonia.
-¿Tendría que pensar mal de ello? -preguntó Chris.
-Piensa lo que quieras -respondió Clarisse.
No pude distinguir qué eran, solo que estaban peleándose con Filipo, dos contra uno. Desaparecieron bajo el agua revuelta y de nuevo Keops echó a correr dando gritos por la Gran Sala, golpeándose su propia cabeza con el paquete vacío de Cheerios, lo cual debo decir que no servía de mucho.
-Será algún antiguo ritual mágico babuino -aventuró Will.
-O simplemente esta histérico -replicó Holly.
—Cuellilargos —dijo Carter con tono de incredulidad—. Sadie, ¿los has visto?
-Esta claro que no -apuntó Malcolm.
-No lo sabía -se defendió Carter.
No encontré la respuesta. Al momento, uno de los bichos salió expulsado de la piscina. Se estrelló contra las puertas justo delante de nosotros y yo salté hacia atrás, alarmada. Al otro lado del cristal se encontraba el animal más aterrador que hubiese visto nunca. Tenía cuerpo de leopardo —delgado y fibroso, con el pelaje moteado de color oro—, pero el cuello no tenía absolutamente nada que ver con lo demás. Era verde, con escamas y al menos tan largo como el resto del cuerpo. Tenía cabeza de gato, pero no como la de un gato normal. Al volver sus ojos rojos y brillantes hacia nosotros, aulló, enseñándonos su lengua bífida y unos colmillos que rezumaban un veneno verdoso.
-No quiero encontrarme con eso, jamás -sentenció Lacy, temblando levemente ante la idea.
-Yo tampoco -dijo Piper.
-Creo que nadie quiere cruzarse con ellos jamás -replicó Hazel.
Me di cuenta de que me temblaban las piernas y estaba emitiendo un gimoteo muy poco digno.
Ruby sonrió a su hija con comprensión. El primero monstruo siempre era difícil.
El gato-serpiente regresó de un salto a la piscina para ayudar a su compañero a apalear a Filipo, que se retorcía y lanzaba mordiscos pero parecía incapaz de hacer daño a sus atacantes.
-No me digas que tienen defensas mágicas -se quejó Mitchell.
-No, son solo buenos esquivando -respondió Amos.
—¡Tenemos que ayudar a Filipo! —grité—. ¡Van a matarlo!
-No lo harán -dijo Walt en voz baja.
Agarré la manecilla de la puerta, pero Tarta empezó a gruñirme.
Carter dijo:
—¡Sadie, no! Ya has oído a Amos. No podemos abrir las puertas bajo ningún concepto. La casa tiene protecciones mágicas. Filipo tendrá que derrotarlos por su cuenta.
-Todos asintieron, dando un gruñido. Puede que no les gustase, pero no tenían más remedio que aceptarlo. Jaz era quien peor lo pasaba. Adoraba a Filipo.
—¿Y si no puede? ¡Filipo!
El viejo cocodrilo se giró.
Sadie hizo una mueca. No tenía que haber hablado. Filipo estaba ocupado peleando con los serpopardos.
Por un momento centró un ojo rosado de reptil en mí, como si pudiese notar lo preocupada que estaba.
-Seguramente lo hace -dijo Amos.
Entonces los gatos-serpiente le mordieron en el vientre y Filipo se alzó poco a poco del agua hasta que no la tocó salvo con la punta de la cola. El cuerpo empezó a brillarle.
Todos miraron el libro, confusos.
El aire se llenó de un zumbido grave, como el de un motor de avión al arrancar. Filipo descendió para aterrizar con todo su poder en el suelo de la terraza.
-Crocodile bomb -murmuró Travis.
Se agitó la casa entera. Aparecieron grietas en el hormigón de la terraza exterior, y la piscina se partió justo por la mitad, precipitando el lado más lejano hacia el espacio vacío.
-Crocodile bomb -afirmó Connor.
—¡No! —grité.
Pero entonces el borde de la terraza se desgajó, y tanto Filipo como los dos monstruos cayeron hacia el East River. Empezó a temblarme el cuerpo entero.
El pabellón se quedó en silencio. No se podían creer lo que le había ocurrido a Filipo.
-No hay de que preocuparse -tranquilizó Amos a la multitud-. Filipo es un shabti también.
-Increíble -murmuró Lou. Cada vez tenía más ganas de conocer a los magos con profundidad.
—Se ha sacrificado para matar a los monstruos.
—Sadie… —La voz de Carter sonaba muy débil—. ¿Qué pasa si no lo ha conseguido? ¿Y si regresan?
-Eres igual de negativo que Nico -murmuró Thalía.
-¡Yo no soy negativo! -protestó Nico.
-Si lo eres, Nico -aseguró Alyson, sonrojando al chico.
—¡No digas eso!
—Los… los he reconocido, Sadie. Sé qué son esos animales. Ven conmigo.
—¿Adónde? —exigí saber, pero Carter ya corría de vuelta a la biblioteca.
Cloe, junto a los de Atenea y la madre de ellos, suspiraron felices. En la biblioteca lo encontrabas todo... menos un bocadillo con patatas fritas. Eso no.
Carter fue directo al shabti que nos había ayudado antes.
—Tráeme la… uf, ¿cómo se llamaba?
—¿El qué? —pregunté.
-Nosotros también queremos saberlo -dijo Percy.
—Una cosa que me enseñó papá. Es como una bandeja grande de piedra, o algo parecido.
-Eso nos es de gran ayuda -dijo Julian, rodando los ojos
Tenía un dibujo del primer faraón, el tío que unificó el Alto y el Bajo Egipto para formar un solo reino. Se llamaba… —Por fin se le alumbró el rostro—. ¡Narmer! ¡Tráeme la bandeja de Narmer!
-No, no es así -susurró Julius.
No sucedió nada.
-Normal -dijo Ra-. Si no lo dices correctamente, no sirve.
—No —decidió Carter—, no era una bandeja. Era… una cosa de esas para poner pintura encima. Paleta. ¡Tráeme la Paleta de Narmer!
-Correcto -sonrió Julius-. Aunque un poco mal formulada.
-¿Por? -preguntó Annabeth. A ella le parecía una buena formulación.
-Ya verás -respondió Carter.
El shabti que no tenía nada en las manos se quedó quieto pero, al otro lado de la estancia, la estatua que tenía el palo con forma de gancho cobró vida.
-¿Por qué ha cobrado vida ese? -preguntó Frank, confuso.
-El de las manos vacías sirve para recoger cualquier cosa que este en la biblioteca -explicó Cloe-. Los otros tienen otras funciones, generalmente fuera de la biblioteca.
-¿Es que no había una imagen de... -los ojos de Malcolm se abrieron-. Ya veo. Sí, fue una muy mala formulación.
Bajó de su pedestal dando un salto y desapareció por completo en medio de una nube de polvo. Al siguiente latido del corazón, volvió a materializarse sobre la mesa. A sus pies había una cuña de piedra lisa y gris, con forma de escudo y más o menos la longitud de mi antebrazo.
—¡No! —se quejó Carter—. ¡Me refería a una imagen de ella! Vale, genial, creo que esta es la pieza auténtica. El shabti debe de haberlo robado en el Museo de El Cairo.
-¡Yo quiero uno! -dijeron todos los de Hermes.
-¡Yo también! -añadió Hermes.
Hay que devolverlo…
-No seas aguafiestas -gimió Hermes.
—Espera —dije—. Ya que estamos, echémosle un vistazo.
-Cada vez te quiero más -aseguró Holly a Sadie.
La superficie de la piedra estaba grabada con la imagen de un hombre que golpeaba a otro en la cara utilizando lo que parecía una cuchara.
-Típica pelea de una familia egipcia en la cena -bromeó Jake.
—El de la cuchara es Narmer —supuse—. Está cabreado porque el otro coleguita le ha mangado los cereales, ¿a que sí?
-Creo que me gusta más la versión de Sadie, que la tuya, Jake -apuntó Mirando, sonriendo ligeramente.
Jake le frunció el ceño, antes de sonreírle, divertido. Miranda oculto su cara tras el cabello, para evitar que alguien se diese cuenta de que se había sonrojado.
Carter meneó la cabeza.
—Está derrotando a sus enemigos y unificando Egipto.
-Definitivamente, la versión de Sadie es más divertida -dijo Walt.
-Ojala todas las clases de historia fuesen así -murmuró Alyssa.
¿Ves el sombrero que lleva? Es la corona del Bajo Egipto, de antes de que los dos países fuesen uno.
—¿Es eso que parece un bolo?
Varios sonrieron, divertidos, imaginándose a un hombre llevando un bolo en la cabeza, mientras golpeaba a otro con una cuchara, mientras gritaba: ¡Devuélveme los cereales!
—No tienes remedio —refunfuñó Carter.
Las sonrisas de antes, se volvieron leves risas. Adoraban a los dos hermanos.
—El hombre se parece a papá, ¿no?
—¡Sadie, esto es serio!
—Y te lo digo en serio. Mírale el perfil.
-Bueno, Narmer es nuestro antepasado -explicó Julius.
-Eso lo explica -dijo Percy.
Carter decidió no hacerme caso. Contempló la piedra, resistiéndose a tocarla.
—Tengo que ver la parte de atrás, pero no quiero darle la vuelta. Podríamos dañar…
Yo agarré la piedra y la volví.
-Problema resuelto -sonrió Jason.
-No creo que todos estén felices exactamente -murmuró su hermana, viendo como Atenea tenía el rostro pálido.
—¡Sadie! ¡Podrías haberla roto!
—Para eso están los hechizos de arreglar cosas, ¿no?
-Tú eres experta en romper cosas, Sadie -replicó Zia.
Sadie le sacó la lengua.
Los dos examinamos el reverso de la piedra, y tuve que admitir que me impresionó la memoria de mi hermano.
-Lo único de lo que me impresionaste -se apresuró a decir Sadie-. Para todo lo demás, yo soy mejor que tú.
En el centro de la paleta se veían dos de aquellos monstruos gato-serpiente con los cuellos entrelazados.
-He de admitir que tienes muy buena memoria, Carter -le sonrió Liz.
Zia fulminó a la chica con la mirada, mientras Emma pateaba a su amiga por debajo de la mesa. Esta la miró, estrechando los ojos, para luego cerrarlos, y negar con la cabeza, divertida.
A sus dos lados había unos hombres egipcios vestidos con chilaba que intentaban capturarlos.
—Se llaman serpopardos —dijo Carter—. Serpientes leopardo.
-Se han matado buscando el nombre -suspiró Leo.
—Fascinante —dije yo—. Pero ¿qué son los serpopardos en realidad?
—Nadie lo sabe seguro. Papá pensaba que eran criaturas del caos…
-No exactamente -murmuró Horus, lentamente.
-No queráis saber en que narices pensábamos ese día -comentó Anubis. Sadie fue a abrir la boca-. Hazme caso.
que eran muy peligrosos, y existen desde siempre.
-No desde siempre. Pero más o menos -dijo Osiris.
Esta piedra es una de las piezas egipcias más antiguas que se conservan. Las imágenes se grabaron hace cinco mil años.
-Es bastante tiempo -admitió Will, sacudiendo la cabeza.
—Muy bien, ¿qué hacen unos monstruos de cinco mil años de edad atacando nuestra casa?
-Supongo que lo mismo que hacen los monstruos de tres mil años, atacándonos a nosotros -respondió Nico. Hazel le echó una mirada preocupada.
—Anoche, en Phoenix, el hombre en llamas ordenó a sus sirvientes que nos capturaran. Les dijo que enviaran primero a los cuellilargos.
-Y no sabemos que vendrá luego -murmuró Hazel.
Noté un regusto metálico en la boca y deseé no haber mascado ya el último chicle que me quedaba.
—Bueno… menos mal que están en el fondo del East River.
-Creo que no deberías haber hablado -dijo Piper.
En aquel preciso instante, Keops entró a toda prisa en la biblioteca, soltando chillidos y dándose golpes en la cabeza.
-Opino lo mismo -comentó Lacy.
—Creo que no debería haber dicho eso —murmuré.
-Sin ningún tipo de duda -le aseguró Percy.
-Y él lo sabe de primera mano -señaló Grover.
Carter dijo al shabti que devolviera la Paleta de Narmer, y estatua y piedra desaparecieron. Luego seguimos al babuino escalera arriba.
Los serpopardos habían vuelto, con el pelaje mojado y viscoso por haber caído al río, y no estaban nada contentos.
-Si se han caído allí dentro, dudo que lo estén -susurró Poseidón.
-Aunque ahora el agua parece más limpia -recordó Jaz.
-Culpa mía -admitió Percy.
Caminaban en círculos sobre la superficie quebrada de la terraza y movían sus cuellos de serpiente como látigos para olisquear las puertas, buscando una vía de entrada. Escupían un veneno que soltaba vapor y burbujeaba contra el cristal. Sus lenguas bífidas entraban y salían de sus bocas a toda velocidad.
-Definitivamente, no quiero toparme con algo como eso -murmuró Holly.
-¿Y qué harás si te encuentras con uno? -le preguntó Clarisse.
-Para eso estará Will, para protegerme -respondió Holly, con convicción. Afrodita sonrió, reprimiendo un chillido.
-¿Y si no estoy? -preguntó Will, procurando no sonrojarse. Holly se levantó, se encaminó hacia el chico, y se sentó en su regazo, levantando varios gruñidos por parte de los chicos de Hermes, mientras que las chicas les golpeaba la cabeza.
-Lo estarás -susurró ella, convencida.
Entonces, le echó los brazos alrededor del cuello, y lo besó. Las chicas (menos las cazadoras, quienes rodaron los ojos) soltaron un aww, mientras los chicos (menos los de Hermes, quienes gruñían a Will, y recibían golpes de sus hermanas por cada gruñido) vitorearon al hijo de Apolo.
Al finalizar el beso, Holly se limitó a recostarse mejor en el regazo de su... ¿novio?, mientras este le abrazaba.
—¡Ajk, ajk!
Keops cogió a Tarta, que estaba sentada en el sofá, y me la ofreció.
-No creo que sirva de mucho -murmuró Chris, con el ceño fruncido, mientras veía como Will seguía con los brazos alrededor de su hermanita. ¿Eso no estaba prohibido? Will era mayor de edad, mientras que Holly era menor todavía.
—No creo que vaya a servir de nada —le dije.
—¡AJK! —insistió el babuino.
-Esta un poco desesperado -murmuró Alyson.
Ni «Tarta» ni «gata» terminaban en o, por lo que supuse que Keops no intentaba ofrecerme un aperitivo,
-No, no lo creo -dijo Mitchell.
pero no sabía de qué iba todo aquello. Cogí a la gata solo para hacerlo callar.
—¿Miaurrr? —Tarta levantó la cabeza para mirarme.
—Todo irá bien —le aseguré, intentando que no se me notase el miedo en la voz—. Esta casa tiene protecciones mágicas.
-Por ahora -murmuró Set, con una sonrisa maliciosa.
—Sadie —dijo Carter—, han encontrado algo.
Los serpopardos se habían reunido en la puerta de la izquierda y se afanaban en olisquear la manecilla.
-No creo que las protecciones mágicas duren mucho más -comentó Annabeth.
—¿No está cerrada? —pregunté.
-Lo esta, pero no creo que os sirva de mucho -admitió Amos.
Los dos monstruos estamparon sus feas caras contra el cristal. La puerta tembló.
-No me extraña -murmuró Afrodita, temblando ante la idea de tener semejantes rostros cerca suyo.
-Madura -gruñó Artemisa.
A lo largo del marco brillaron unos jeroglíficos azules, pero la luz que emitían era muy tenue.
—Esto no me gusta nada —murmuró Carter.
-Ni a ti, ni a nadie -murmuró Nico.
Recé para que los monstruos se rindieran.
-No creo que sirva -señaló Nyssa.
O quizá para que Filipo de Macedonia trepase de vuelta a la terraza —¿los cocodrilos podían trepar?— y retomara la lucha.
-No creo que sepan -murmuró Cloe-. Y. aún así, eso esta muy alto, y empinado.
Lo que pasó fue que los monstruos volvieron a dar sendos cabezazos al cristal.
-Ojala se queden tontos con el golpe -masculló Jake.
-Pides mucho -replicó Will, quien, a pesar de la tensión de la sala, sonreía ampliamente con solo el hecho de tener a Holly entre sus brazos.
Esa vez apareció una telaraña de grietas. Los jeroglíficos azules parpadearon y se desvanecieron del todo.
-Eso es malo -dijo Frank.
-Pero realmente malo -confirmó Frank.
—¡AJK! —chilló Keops. Meneó su mano hacia la gata, en un gesto vago.
—Podría intentar el hechizo ha-di —dije.
Carter negó con la cabeza.
—Cuando has hecho explotar las puertas antes, casi te desmayas. No quiero que caigas inconsciente o algo peor.
Sadie le sonrió a su hermano. Si no hubiese llegado a ser por él, seguramente habría realizado el hechizo, solo para caer desmayada en el suelo, y que los serpopardos hubiesen hecho un banquete con su joven (y hermoso) cuerpo.
Carter me dio otra sorpresa. Agarró una espada rara de uno de los expositores que Amos tenía en las paredes. El filo tenía una forma extraña y curvada, en forma de medialuna, y parecía tremendamente poco práctica.
-Eso no creo que sea útil -murmuró Clarisse.
-En realidad, si que lo es -replicó Carter.
Y tanto que lo es pensó Percy para él.
—Venga ya, hombre —dije yo.
-Me lleve una sorpresa -se quejó Sadie.
—Pues… pues como no tengas una idea mejor… —balbuceó, con la cara perlada de sudor
-Acabas de perder el efecto, chaval -gruñó Ares.
—. Somos tú, el babuino y yo contra esas cosas.
-No suena muy prometedor -gruñó Walt.
Estoy segura de que Carter intentaba hacerse el valiente a su manera reservada, pero estaba temblando más que yo.
Carter enrojeció de la vergüenza, y agachó la mirada. Zia lo miró con ternura, antes de inclinarse y darle un beso en la mejilla. Cuando el chico levantó la cabeza, Zia lo volvió a besar, pero esta vez en los labios.
-Fuiste muy valiente -le susurró, solo para que él la oyese. Carter sonrió.
Si alguien iba a desmayarse, temí que fuese él, y no tenía muchas ganas de que lo hiciera con un objeto afilado en la mano.
-No creo que sea bueno -susurró Hestia.
Entonces los serpopardos embistieron por tercera vez e hicieron añicos la puerta.
Todos hicieron una mueca.
Retrocedimos hasta la base de la estatua de Tot mientras los bichos entraban con cautela en la Gran Sala. Keops les lanzó su pelota de baloncesto, pero rebotó sin causar daño en la cabeza del primer monstruo.
-Increíble -bufó Grover-. Son más cabeza duras que Percy y Annabeth juntos.
-¡Eh!
-¡Niño cabra!
Al verlo, nuestro babuino se abalanzó contra el serpopardo.
-Tiene valor, eso no se puede negar -murmuró Frank.
—¡Keops, no! —chilló Carter.
Pero el babuino hundió los colmillos en el cuello del monstruo. El serpopardo meneó la cabeza, intentando darle un mordisco. Keops se apartó de un salto, pero su enemigo era muy rápido. Movió su cabeza como si fuese un bate de béisbol y dio un golpetazo en pleno vuelo al pobre Keops que le hizo atravesar la puerta destrozada, volar por toda la terraza y caer al vacío.
-Eso... ha debido de ser doloroso -murmuró Malcolm-. Espero que fuese él también un shabti.
-No lo es -replicó Amos-. Pero hace falta mucho más para acabar con Keops.
Me entraron ganas de sollozar, pero no había tiempo para eso. Los serpopardos venían hacia nosotros. No podíamos dejarlos atrás corriendo. Carter levantó la espada. Yo apunté con la mano al primer monstruo e intenté entonar el hechizo ha-di, pero la voz se me atragantó.
—¡Miaurrr! —dijo Tarta, insistente. ¿Por qué seguía la gata en mis brazos y no había huido presa del pánico?
Bast sonrió. Era momento de su debut.
Entonces recordé lo que había dicho Amos, que Tarta nos protegería. ¿Sería eso lo que intentaba hacerme ver Keops? Me pareció imposible, pero aun así acerté a decir:
—Ta-tarta, te ordeno que nos protejas.
La dejé caer delante de mí. Por un instante, el colgante de plata que tenía en el collar pareció relucir.
Todos se inclinaron hacía delante, ansiosos por saber lo que ocurría.
Entonces la gata arqueó el lomo sin prisas, se sentó y empezó a lamerse una pata delantera.
No pudieron evitarlo. Se echaron a reír al imaginarse la situación, mientras Bast sonreía.
Bueno, en fin, ¿qué había esperado? ¿Heroísmo?
-Sí -dijo Jaz.
Los dos monstruos de ojos rojos enseñaron los colmillos. Levantaron las cabezas, preparándose para lanzar sus golpes… y se produjo una explosión de aire seco que llenó la sala con su onda expansiva.
-Genial -exclamó Jake.
Fue tan potente que nos tiró a mi hermano y a mí al suelo. Los serpopardos dieron un traspié y retrocedieron.
-Fue potente -dijeron los hermanos Kane-. Muy potente.
Me levanté como pude y comprendí que Tarta había estado en el centro de la explosión. Mi gata ya no estaba. En su lugar se alzaba una mujer, menuda y ágil como una gimnasta. Llevaba el pelo azabache recogido en una coleta. Vestía un mono ajustadísimo con estampado de leopardo y tenía el colgante de Tarta alrededor del cuello. Se giró hacia mí sonriendo de oreja a oreja, y sus ojos seguían siendo los de Tarta: amarillos y con pupilas muy negras de felino.
-¡Eres tú! -gritaron los Stoll, señalando a Bast.
-¿Ahora os dais cuenta? -les preguntó Holly, levantando una ceja. Travis y Connor se sonrojaron de la vergüenza.
¿En qué me he fijado de él? pensaron Katie y Lou, antes de mirarlos y sonreír. Eran tan monos, así de sonrojados.
—Ya era hora —me riñó.
-No es que lo supiese -se defendió Sadie.
Los serpopardos se recuperaron de la conmoción y se abalanzaron sobre la mujer gato. Golpearon con las cabezas a la velocidad del rayo y deberían haberla partido en dos, pero la mujer felina saltó en vertical, dio tres mortales y aterrizó por encima de ellos, sobre la repisa de la chimenea.
-Increíble -dijo Alyson.
Bast sonrió con arrogancia.
Flexionó las muñecas y de sus mangas salieron dos cuchillos enormes, que empuñó con las manos.
-Alucinante -murmuró Holly.
La sonrisa de Bast creció de tamaño. Ra negó con la cabeza.
—¡Vaya, esto será divertido!
Los monstruos cargaron. Ella se lanzó entre uno y otro, bailando y esquivándolos con una destreza increíble, dejando que azotaran el aire sin tocarla mientras sus cuellos se iban entrelazando.
-Eso es una pasada -comentó Thalía.
La sonrisa de Bast era tan grande, que parecía que su cara se fuese a partir en dos.
Cuando por fin se alejó, los serpopardos no tenían modo de separarse. Cuanto más forcejeaban, más se apretaba el nudo. Pisotearon el suelo de un lado a otro, volcando muebles y lanzando rugidos de frustración.
Varios rieron, imaginando la situación.
—Pobrecitos —ronroneó la mujer gato—. Dejad que os ayude.
Destellaron los cuchillos y las dos cabezas monstruosas cayeron al suelo a sus pies. Los cuerpos se derrumbaron y se deshicieron, convertidos en montones enormes de arena.
-Así que arena -murmuró Annabeth, recordando que con los monstruos griegos, estos se convertían en polvo dorado.
—Me he quedado sin juguetes —dijo la mujer con tristeza—. De la arena venían y a la arena vuelven.
Se giró hacia nosotros y los cuchillos volvieron rápidamente al interior de sus mangas.
—Carter, Sadie, debemos marcharnos. Vendrán cosas peores.
Carter se atragantó.
—¿Peores? ¿Quién…? ¿Cómo…? ¿Qué…?
-Algo nervioso, ¿no? -le dijo Julian, con burla.
—Todo a su debido tiempo. —La mujer estiró los brazos por encima de la cabeza, con gran satisfacción—. ¡Qué bien sienta volver a tener forma humana!
-Ser gato estaba bien, pero cansaba lo suyo -maulló Bast.
Bueno, Sadie, ¿puedes abrirnos una puerta para cruzar la Duat, por favor?
Parpadeé.
—Hummm… no. O sea, no sé hacerlo.
Sadie se sonrojo al sentir encima de ellas todas las miradas.
-¡En ese momento, no sabía hacerlas! -se defendió Sadie.
-Lo que tú digas -resopló Alyssa.
La mujer entrecerró los ojos, obviamente decepcionada.
—Qué pena. Entonces necesitaremos más poder. Un obelisco.
—Pero si está en Londres —protesté—. No podemos…
—Hay uno más cercano en Central Park. Siempre intento evitar Manhattan, pero esto es una emergencia.
-Supongo que podríamos hacer una excepción -murmuró Hera.
-Supongo que sí -dijo Zeus.
Nos acercaremos en un momento y abriremos un portal.
—¿Un portal hacia dónde? —exigí saber—. ¿Quién eres, y por qué eres mi gata?
-No es que sean las preguntas más normales para hacer -comentó Percy.
La mujer sonrió.
—De momento, lo que necesitamos es un portal que nos aleje del peligro. En cuanto a mi nombre, desde luego no es Tarta,
-Aunque me gustan, he de reconocerlo -dijo Bast.
-¡Tenía seis años! -se defendió Sadie.
muchas gracias. Me llamo…
—Bast —la interrumpió Carter—. Tu colgante… es el símbolo de Bast, la diosa de los gatos. Pensaba que solo era un adorno, pero… eres tú, ¿verdad?
—Así me gusta, Carter —dijo Bast—. Y ahora vámonos, mientras aún podamos salir vivos de aquí.
-Fin del capítulo -anunció Emma.
-Buena manera de acabarlo -apoyó Liz.
-Bueno -dijo Hestia-. Ahora vamos a comer algo, y después seguimos con la lectura.
Liz y Emma se levantaron.
-Esto... -dijo Liz, tímidamente-. ¿Los baños?
-Es que bueno, en Londres es aún temprano, y no hemos podido ir -confesó Emma.
-Claro, claro -murmuró Quirón, comprensivamente-. Están en esa dirección.
Ambas chicas les dieron las gracias, y se fueron a los baños.
A los cinco minutos, Emma se hallaba delante de uno de los espejos, mientras se lavaba la cara. Por el reflejo, vio que Liz se acercaba silenciosamente por detrás, haciendo que la chica sonriese.
Se dio la vuelta, y Liz aprovechó para abrazarla, antes de presionar sus labios sobre los de Emma.
Hola gente,
décimo capítulo. El más corto hasta la fecha, no llega ni a las 5.000 palabras, pero la verdad, es que no sabía que poner. Tengo varias cosas pensadas, pero prefiero ponerlas más adelante.
Bueno, para los que hayáis acertado en pensar en que Liz y Emily se gustan, pues enhorabuena. Por si os lo preguntáis, no, no son pareja, pero queda claro que ambas se gustan. No se atreven a formalizar una relación, por que sus familias son algo tradicionalistas, y temen que les nieguen el contacto si se enteran de que se gustan.
Personalmente, esta pareja (la de Liz y Emma) la tengo pensada e imaginada desde que leí El Trono de Fuego, y he de decir que me gusta bastante.
Bueno, espero que os haya gustado. En el siguiente, aparte del leer como Carter y Sadie huyen de unos tíos con faldas, Jason (con la ayuda de Percy y Annabeth) les explicara a Leo, Piper, Hazel y Frank la guerra contra lo titanes (o la versión simplificada) y un poco más de Liz y Emma y su yuri.
Se despide,
Grytherin18.
