ACLARACIÓN

Los personajes no me pertenecen, sino a Masashi Kishimoto; al igual, que la historia, ésta es de Lorraine Heath.

Espero la disfruten al igual que yo.

.

.

Capítulo 09

.

.

.

Seis meses después.

Sakura creía que una boda era una bonita manera de empezar el año, y por eso estuvo bastante emocionada cuando finalmente llegó la primera semana de Enero y pudo mirar su reflejo en el espejo. Había vendido su casa en Konoha – demasiados fantasmas – y se había mudado a una casa modesta que Naruto había comprado. Esa tarde, él oficialmente se mudaría con ella y con Hidai, aunque muchas noches antes él, siendo canalla como era, se había escabullido al interior y se había metido en su cama o sentado con ella frente a la chimenea para hablar hasta tempranas horas de la mañana. Ella atesoraba cada momento que pasaba en su compañía.

Naruto había sido bastante atento durante los últimos meses mientras ella trababa de reconciliarse con lo que había sucedido. La muerte de Hidan con frecuencia la atormentaba. Algunas veces despertaba bañada en sudor, segura de que él se levantaría de entre los muertos para reclamarle, pero Naruto siempre estaba allí para consolarla y asegurarle que no era así. Él se había ido, realmente ido esta vez, y nunca volvería a lastimarla.

Ella llegó a aceptar que Hinata había buscado protegerla como mejor había podido. Sakura sintió algo de culpa por poner a su amiga en una posición en la cual estuvo dispuesta a vender su alma para evitar que ella sufriera en manos de su esposo. Todo lo que podía recordar de esos largos años era sentirse inútil, sin saber a quién recurrir.

Pero de alguna manera, mientras Hidan había estado lejos, ella había cambiado, se había hecho cargo de su propio destino. Aunque no había querido asesinarlo, había querido enfrentársele, mostrarle que él ya no podía controlarla con sus puños. Su regreso le había dado la oportunidad de redimirse a sí misma, de ponerlo en su lugar, demostrarle que ahora era una mujer a quien debía estimarse.

Pero todos esos pensamientos eran para otro día. Hoy, estaba casándose.

.

—Te ves encantadora—, dijo Hinata, parándose a su espalda para poner el velo en su lugar.

—Me siento encantadora, de adentro hacia fuera.

Un golpe sonó en la puerta. Hinata abrió la puerta, y Sakura escuchó al Conde de Konohagure decir, Está comenzando a nevar. Será mejor que partamos hacia la iglesia. Hinata giró hacia ella.

—¿Estás lista, Sakura?

Ella le dio una última mirada a su reflejo. Vio a una mujer un poco más alta, sin miedos, segura sin importar el camino que le esperara. Una mujer que era amada.

—Más que lista.

Ya que la mayoría de la aristocracia todavía estaba en el campo, solo unas pocas personas asistieron a la ceremonia. A Naruto no le importó ya que estaban los que le importaban: Juugo y su esposa, Tenten; Suigetsu Hozuki y su esposa, Lady Ino; Karin y el viconde de Otogakure; y Hanabi Hyuga con Neji Hyuga, duque de Outsutsuki, que seguía a Hinata hasta el infierno, cabe aclarar… El Conde de Konohagure estaba a su lado mientras Hinata estaba al lado de Sakura.

Después de que los pronunciaron marido y mujer, disfrutaron el desayuno con sus amigos, luego regresaron a su residencia donde observaron a Hidai retozar en la nieve. Pero ahora era tarde, la casa silenciosa, y ella era suya.

De pie detrás de ella ante el tocador, él le cepilló el cabello, adorando la forma en que el rosa brillaba. Pensó que nunca se cansaría de eso, o de ver su reflejo en el espejo. No era malo que ella no estuviera usando ninguna prenda. Y tampoco él. Parecía inútil hacer el esfuerzo de ponerse ropa cuando sería retirada tan pronto como fuera posible. Él disfrutaba mirar su cuerpo, y estaba agradecido porque a ella no pareciera importarle darle una mirada o dos de vez en cuando a él.

Después de la centésima cepillada, le deslizó la cascada de su cabello sobre el hombro, e inclinándose depositó un beso en su nuca.

—Te amo.

Los ojos de ella centellearon, brillantes. Girándose sobre el banco, ella le sonrió.

—También te amo.

.

Elegantemente, se levantó, deslizando su cuerpo contra el de él hasta que sus brazos lo rodearon por el cuello y sus labios jugaron con los suyos. Deslizando sus manos debajo de las caderas, la levantó y ella envolvió sus piernas en su cintura. Él sospechaba que seguiría remando por los siguientes cien años para poder mantener sus brazos lo suficientemente fuertes para cargarla a donde quisiera llevarla. Sosteniéndola cerca, caminó hasta la cama y se desplomó en ella, llevándola con él.

Ella gritó y se rió. Él amaba escuchar su risa, y últimamente parecía reír más seguido.

Estaba libre de afanes, de preocupaciones. Ella iluminaba sus días, aliviaba sus cargas, traía alegría a sus noches. ¿Cómo había podido imaginarse pasando la vida sin ella para compartir esos momentos?

Él había estado consumido por sanar, sin darse cuenta que una parte de él también necesitaba sanarse. No necesitaba salvar al mundo para enmendar los pecados de su juventud. Solo necesitaba salvar una parte. Solo había necesitado salvarla a ella.

Pero al final, ella lo había salvado.

Con en el informe de Juugo, nadie tuvo sospechas sobre el ladrón que había irrumpido en la residencia y después había fallecido. Nadie sospechaba que Sakura hubiera hecho algo malo. De hecho, había sido proclamada como la heroína por no haberse acobardado ante el intruso. Aunque ella se sonrojaba y minimizaba las alabanzas, él no podía negar que ella se había convertido en una mujer que sabía que merecía mucho más de lo que su esposo le había dado. Tres años y medio antes, su esposo casi la había asesinado, pero se había levantando de sus cenizas para convertirse en una mujer más fuerte, segura, una que entendía su propio valor. Él no podía estar más agradecido porque ella no lo necesitara para que la rescatara, aunque eso no significaba que no estaría siempre cerca cuidándola.

.

Él llevó sus manos y boca sobre su conocido cuerpo, disfrutando cada pulgada. Había consuelo en esa familiaridad, saber que cualquier cambio sucedería por causas naturales con el pasar de los años. Nadie volvería a lastimarla. Nadie volvería a lastimarlo. Él nunca la abandonaría. Ella nunca lo abandonaría.

Ambos se apoyaban. Ambos eran sobrevivientes.

Ambos llegaron juntos en una conflagración de deseo y ardiente necesidad. Siempre sería así entre ellos. Siempre la necesidad, siempre el deseo, siempre la pasión, siempre el amor.

Entregaban por igual, recibían por igual, eran compañeros en todas las cosas.

Mientras yacían aletargados y satisfechos abrazados, ambos sabían que finalmente, habían encontrado en el otro el consuelo de hogar.

.

.

.