Esta historia es la continuación de NO ME ENAMORARÉ,

Aunque se puede leer independientemente, os recomiendo seguir el orden

Siento muchísimo haber estado fuera tanto tiempo, problemas de salud…no quiero preocupar a nadie, ya estoy mejor BUENO QUE SOIS LOS MEJORES POR LOS ANIMOS, MUCHAS GRACIAS POR NO AGOBIARME Y POR ALGUNOS COMENTARIOS POR AQUÍ Y POR TWITTER DANDOME FUERZAS…

Los personajes no son mios solo espero que lo disfrutéis:

Bella casi había sucumbido a las náuseas cuando Edward la condujo hasta uno de los invernaderos del exterior. El cielo había adquirido una tonalidad purpúrea y la oscuridad reinante tan sólo se veía aplacada por las estrellas y el brillo de los faroles recién encendidos. Cuando el aire limpio y fresco de la noche llegó hasta ella, comenzó a inhalar profundamente. El conde la acompañó hasta una silla de respaldo de caña, demostrando así mucha más compasión que Alice, que estaba recostada contra una columna y no cesaba de estremecerse, presa de unos irrefrenables espasmos de risa.

—Por todos los santos... —jadeó Alice mientras se enjugaba las lágrimas que la risa

había provocado—. Tu cara, Bella... Te habías puesto totalmente verde. ¡Creí que ibas a echar los buñuelos delante de todos!

—Yo también lo creía— respondió Bella entre temblores.

—Doy por supuesto que no le agradan mucho las cabezas de ternera—musitó

Edward al tiempo que se sentaba a su lado. Se sacó un pañuelo blanco de la chaqueta y secó con él la empapada frente de Bella.

—No me agrada que la comida me mire justo antes de que me la meta en la boca—.contestó Bella, conteniendo la náusea.

Alice recuperó el aliento lo suficiente para decir:

—Vamos, no digas bobadas. No te miró más que un instante...—Hizo una pausa antes de añadir—: ¡Hasta que le vaciaron los ojos!—y se deshizo de nuevo en carcajadas.

Bella miró a su risueña hermana echando chispas por los ojos antes de cerrarlos con debilidad.

—Por el amor de Dios, ¿tienes que...?

—Respire por la boca —le recordó Edward, que siguió enjugándole el rostro con el pañuelo, llevándose así los últimos restos del sudor frío—. Pruebe a bajar la cabeza.

Obediente, Bella bajó la cabeza hasta las rodillas. Sintió que las manos del hombre

se cerraban sobre su fría nuca y comenzaban a masajear los rígidos tendones con

exquisita ligereza. El roce de sus dedos resultó cálido y ligeramente áspero, y el suave

masaje resultó tan reconfortante que las náuseas no tardaron en desaparecer. Al

parecer, el conde sabía exactamente dónde tocarla, ya que descubría con las puntas

de los dedos las zonas más sensibles de su cuello y de sus hombros, e insistía con

perspicacia allí donde más le dolía. Bella no se movió ni un ápice mientras recibía sus

atenciones y comenzó a sentir que todo su cuerpo se relajaba y que su respiración se

volvía profunda y regular.

Demasiado pronto para su gusto, Bella sintió que Edward la obligaba a

incorporarse de nuevo y tuvo que ahogar un gemido de protesta. Para su mortificación,

deseaba que el hombre continuara con su masaje. Deseaba quedarse allí sentada toda

la noche con sus manos en el cuello. Y en su espalda. Y... en otros sitios. Sus pestañas

se apartaron de las pálidas mejillas y parpadeó al darse cuenta de lo cerca que estaban

sus rostros. Era extraño comprobar que encontraba las severas líneas de las facciones

del conde más atractivas a medida que las contemplaba. Le ardían los dedos por el

deseo de recorrer el perfil de su nariz y los contornos de sus labios, tan duros, y a la

vez tan suaves. Por acariciar la intrigante sombra de barba que oscurecía su barbilla.

Todo eso se combinaba para crear un atractivo de lo más masculino. Sin embargo, el

rasgo más destacable eran sus ojos, de un terciopelo negro entibiado por la luz de los

faroles y enmarcados por unas pestañas largas y rectas que proyectaban sombras en

los pronunciados ángulos de sus pómulos.

Al recordar su imaginativa charla acerca de las Erynnis pages de motas violetas,

Bella dejó escapar una risilla sofocada. Siempre había considerado a Edward como

un hombre carente de humor...y estaba claro que se había equivocado.

—Tenía entendido que usted nunca mentía —le dijo.

El conde torció el gesto.

—Dado que las opciones que se me presentaban eran verla vomitar en la mesa de

la cena o mentir para sacarla al exterior lo antes posible, elegí el mal menor. ¿Ya se

encuentra mejor?

—Mejor... sí.—Bella se dio cuenta de que descansaba en el hueco de su brazo y de

que sus faldas cubrían en parte uno de los muslos del hombre. Su cuerpo era sólido y

cálido, y se adaptaba al suyo a la perfección.

Al bajar la vista, vio que el tejido de los pantalones se ajustaba como un guante a

sus musculosos muslos. Una curiosidad nada digna de una dama se apoderó de ella, y

tuvo que apretar las manos para contener la necesidad de acariciarle la pierna.

—Esa parte acerca de las Erynnis pages fue muy inteligente— dijo tras levantar la

vista para mirarlo a la cara—. Aunque inventar un nombre en latín fue sin duda un

momento de inspiración.

Edward sonrió.

—Nunca perdí la esperanza de que mis clases de latín sirvieran para algo.—La hizo

cambiar de posición para sacar el reloj del bolsillo del chaleco—. Volveremos al

comedor dentro de unos quince minutos. Para ese momento, ya habrán retirado las

cabezas de ternera.

Bella compuso una mueca de desagrado.

—Odio la comida inglesa—exclamó—. Todas esas gelatinas y masas informes, y

esos flanes tan temblones, y el venado que dejan macerar tanto tiempo que para

cuando lo sirven tiene más años que yo, y ...—Sintió que el cuerpo del conde se

estremecía por las carcajadas contenidas y se giró en el semicírculo de sus brazos—

.¿Qué es lo que encuentra tan gracioso?

—Está logrando que me dé miedo regresar a mi propio comedor.

—¡Pues debería tener miedo, sí!—replicó con énfasis.

Edward no pudo seguir reprimiendo la risa.

—Perdón... les llegó la voz de Alice desde un lugar cercano—,pero voy a

aprovechar la oportunidad para ir a... bueno... no sé cuál es la palabra educada para

decirlo. Nos reuniremos en la entrada del comedor

Edward retiró el brazo que rodeaba a Bella y miró a la menor de las Swan como

si, por un instante, se hubiera olvidado de su presencia.

—Alice... —comenzó a decir Bella con incomodidad, ya que sospechaba que su

hermana pequeña se estaba inventando una excusa para dejarlos a solas.

Sin hacerle caso, Alice le dedicó una sonrisa pícara y se despidió con la mano antes

de desaparecer por las puertas francesas.

Cuando Bella se sentó con Edward a la luz de uno de los faroles, sintió una

punzada de nerviosismo. La posible escasez de raros híbridos de mariposas en el

exterior quedaba compensa con creces por las que sentía en el estómago. Edward se

giró hasta quedar cara a cara con ella y colocó un brazo por encima del respaldo del

asiento de caña.

—He hablado hoy con la condesa —le dijo con una sonrisa rondándole la comisura

de los labios.

Bella tardó en responder, ya que trataba de alejar con desesperación la imagen que

se había conjurado en su mente: esa atezada cabeza inclinada sobre ella, esa lengua

que invadía la suavidad de su boca...

—¿Sobre qué?—atinó a preguntar.

Edward respondió con una mirada sardónica que hablaba por sí misma.

—¡Ah!—murmuró—. Se refiere a... la petición que le hice acerca de que actuara

como nuestra madrina...

—¿Podemos llamarlo petición? —Edward estiró la mano para colocar con pulcritud

un mechón de cabello suelto detrás de su oreja. La yema del dedo rozó el borde

externo y trazó la curva del suave lóbulo—. Tal y como yo lo recuerdo, fue más bien un

chantaje.—Atrapó el lóbulo entre los dedos y deslizó el pulgar por la sensitiva

superficie—. Nunca lleva pendientes. ¿A qué se debe?

—Yo...—De repente, fue incapaz de respirar con normalidad—Tengo las orejas muy

sensibles—consiguió decir—Me duelen si me pongo pendientes de broche... y la mera

idea de perforarlas con una aguja...

Se detuvo con una brusca inhalación cuando la punta del dedo del conde

comenzó a investigar su oreja, siguiendo el contorno de la frágil estructura interna.

Edward dejó que el pulgar le rozara la tensa línea de la mandíbula y la suave

superficie que había por debajo de su barbilla, hasta que el color inundó las mejillas de

la joven. Estaban sentados tan cerca... debía ser el olor del perfume. Era la única

explicación para que le estuviera tocando el rostro como si de un amante se tratara.

—Su piel es como la seda —murmuró—. ¿De qué estábamos hablando? Ah, sí, la

condesa. Conseguí persuadirla para que las respalde a usted y a su hermana durante

la próxima temporada.

Los ojos de Bella se abrieron por la sorpresa.

—¿Lo hizo? ¿Cómo? ¿Tuvo que intimidarla?

—¿Le parezco la clase de hombre que intimidaría a su madre de madre de sesenta

años?

—Sí

Una risa ronca resonó en su garganta.

—Puedo recurrir a otros métodos que nada tienen que ver con intimidación —

señaló—. Lo que ocurre es que usted todavía no los conoce.

Sus palabras implicaban algo que ella no fue capaz de identificar con exactitud...

pero que hizo que experimentara un cosquilleo

—¿Por qué la convenció para que me ayudara? —,.preguntó.

—Porque creí que podría ser divertido observar a mi madre cuando la obligara a

tratar con usted.

—Bueno, si insinúa que soy como algún tipo de plaga...

—Y —interrumpió Edward— porque me sentía obligado a remediar de alguna

manera la forma tan ruda en que la traté esta mañana.

—Usted no tuvo toda la culpa —reconoció ella con desgana—.Supongo que yo

actué de un modo un tanto desafiante.

—Un tanto... —convino él con sequedad al tiempo que sus dedos se trasladaban

desde la oreja a la satinada zona del nacimiento del cabello. Aunque debería advertirle

que el consentimiento de mi madre en este arreglo no es incondicional. Si la presiona

demasiado, se negará a seguir. Por esta razón, le aconsejo que intente comportarse en

su presencia.

—¿Y cómo debería comportarme?—preguntó Bella, más que consciente de la

suave exploración que llevaba a cabo su dedo. Si su hermana no volvía pronto, se dijo

presa del aturdimiento, Edward iba a besada. Y ella deseaba que lo hiciera, lo

deseaba tanto que sus labios habían comenzado a temblar.

El conde sonrió ante su pregunta.

—Bueno, sobre todo, no...

Se detuvo de repente y levantó la vista para mirar a su alrededor como si se

hubiera dado cuenta de que alguien se acercaba. Bella no oía nada salvo el susurro

de la brisa, que se filtraba entre los árboles y arrastraba sobre los senderos de grava

unas cuantas hojas caídas. Sin embargo, en apenas un segundo, una figura delgada y

ágil emergió del mosaico de luces y sombras. El brillo de ese cabello, del color del oro

envejecido, identificó al visitante como Jacob. Edward apartó la mano de Bella de

inmediato. Una vez se rompió el hechizo, la joven sintió que la oleada de calidez

comenzaba a desaparecer.

Las zancadas de Jacob eran largas aunque relajadas y tenía las manos metidas

en los bolsillos de la chaqueta como al descuido.

Sonrió al ver a la pareja que había en el banco y su mirada vagó por el rostro de

Bella.

No había duda de que ese hombre tan apuesto, con la cara de un ángel caído y los

ojos del color del cielo al amanecer, había acaparada los sueños de muchas mujeres...

Y también las maldiciones de muchos maridos burlados.

Parecía una amistad de lo más insólita, pensó Bella al tiempo que desviaba la vista

de Edward a Jacob. El conde, con su naturaleza sincera y de tan recta moral, sin

duda desaprobaba las inclinaciones díscolas de su amigo. Sin embargo, tal y como

solía suceder a menudo, aquella amistad en concreto debía de haberse visto

fortalecida por sus diferencias, en lugar de quedar dañada por ellas. Tras detenerse

justo delante de ellos, Jacob les dijo:

—Os hubiera encontrado antes, pero me vi atacado por un enjambre de Erynnis

pages. —Bajó la voz para darle un tono de conspiración—. Y tampoco quisiera

alarmaros, pero... es mi deber advertiros de que van a servir pudín de riñones como

quinto plato.

—Puedo enfrentarme a eso—dijo Bella con tristeza—Al parecer, sólo tengo

dificultades con los animales que me sirven en su estado natural.

—Desde luego que sí, querida. No somos más que unos bárbaros y usted tenía todo

el derecho a sentirse horrorizada al ver la cabeza de ternera. A mí tampoco me gustan.

De hecho, casi nunca consuno ternera, la sirvan como la sirvan.

—¿Eso significa que es vegetariano? —preguntó Bella, que en los últimos tiempos

había oído esa palabra con frecuencia. Muchas de las conversaciones se centraban en

la dieta a base de vegetales que promocionaba una sociedad médica de Ramsgate.

Jacob le respondió con una sonrisa radiante.

—No, dulzura, soy caníbal.

—Jacob... —gruñó Edward a modo de advertencia al ver la confusión de Bella.

El vizconde esbozó una sonrisa que no mostraba arrepentimiento alguno.

—Resulta muy conveniente que haya pasado por aquí, señorita Swan; porque,

verá, resulta que no está a salvo con Eddie.

—¿No lo estoy? —preguntó Bella, que se tensó por dentro al pensar que el

vizconde jamás habría hecho un comentario tan elocuente de haber estado informado

sobre los encuentros íntimos que habían mantenido el conde y ella. No se atrevió a

mirar a Edward, pero se dio cuenta de la inmediata quietud que se apoderó de la figura

masculina que tenía tan cerca.

—Pues no —le aseguró Jacob—. Son aquellos que manifiestan la moral más

intachable quienes peor se comportan en privado. En cambio, con un notorio réprobo

como yo, no podría encontrarse en mejores manos. Venga, será mejor que regrese

conmigo al comedor. Sólo Dios sabe qué lascivo plan está maquinando la mente del

conde.

Bella dejó escapar una risilla al tiempo que se levantaba del banco y disfrutó de la

imagen que ofrecía Edward cuando bromeaban a su costa. El conde miró a su amigo

con el ceño fruncido y, al igual que Bella, se puso en pie.

Bella se cogió del brazo que Jacob le ofrecía sin dejar de preguntarse por qué

se habría tomado la molestia de salir a buscarlos. ¿Era posible que albergara algún

interés hacia ella? Seguramente no. Era del conocimiento general que las muchachas

casaderas no formaban parte del historial romántico de Jacob, y era evidente que

Bella no pertenecía al tipo de mujer que él perseguiría para tener una aventura. Sin

embargo, resultaba de lo más entretenido encontrarse a solas con dos hombres: uno

de ellos, el compañero de cama más deseado de toda Inglaterra; el otro, el soltero más

codiciado. No pudo reprimir una sonrisa mientras pensaba en la cantidad de chicas que

matarían por encontrarse en su piel en ese preciso instante.

Jacob la instó a caminar junto a él.

—Si no me falla la memoria —señaló el vizconde—, nuestro excelso Edward le

prohibió montar a caballo, pero no dijo nada acerca de dar un paseo en carruaje.

¿Tendría la bondad de acompañarme en una visita a la campiña mañana por la

mañana?

Bella meditó la invitación, dejando de forma consciente que se extendiera un breve

silencio, ya que anticipaba que Edward podría tener alguna objeción al respecto. Por

supuesto, así fue.

—La señorita Swan estará ocupada mañana por la mañana—fue la brusca

respuesta del conde, que les llegó desde atrás.

Bella abrió la boca para replicar con presteza, pero, mientras le abría la puerta, Jacob le dirigió una mirada de reojo que advertía, con un brillo travieso, que lo dejara a él ocuparse de todo

—¿Ocupada haciendo qué? —preguntó.

—Su hermana y ella tienen una audiencia con la condesa.

—Vaya, van a reunirse con ese viejo y magnífico dragón... — musitó Jacob al

tiempo que hacía pasar a Bella por a puerta—Siempre me he llevado de maravilla con

la condesa. Permítame ofrecerle un pequeño consejo: le encantan los halagos, por

mucho que finja lo contrario. Unas cuantas palabras de elogio y la tendrá comiendo de

la palma de su mano. Bella miró a Edward por encima del hombro.

—¿Es cierto eso, milord?

—No lo sé, ya que nunca me he tomado la molestia de halagarla.

—Eddie considera que los halagos y el encanto son una pérdida de tiempo —le

dijo el vizconde a Bella.

—Ya lo había notado.

Jacob se echó a reír.

—En ese caso, la invito a pasear en carruaje pasado mañana. ¿Le agrada la idea?

—Sí, muchas gracias,

—Excelente —dijo Jacob, antes de añadir con premura—:A menos, Edward, que hayas reclamado otra porción del tiempo de la señorita Swan.

—No he reclamado nada —respondió Edward sin más.

Por supuesto que no lo había hecho, pensó Bella al tiempo que una oleada de

rencor se apoderaba de ella. Era evidente que Edward no deseaba su compañía, a

menos que fuera para evitar que sus invitados la vieran echar los buñuelos sobre la

mesa de la cena.

Se reunieron con Alice, que alzó las cejas cuando vio a Jacob y preguntó:

—¿De dónde ha salido usted?

—Si mi madre viviera, podría preguntárselo a ella —replicó él con tono amable—.Aunque dudo mucho que lo supiera.

—Jacob —lo amonestó Edward por segunda vez esa noche—Estás hablando

con jóvenes inocentes.

—¿De veras? Qué interesante. Muy bien, entonces intentaré comportarme... ¿Qué

temas se pueden discutir con jóvenes inocentes?

—Casi ninguno —dijo Alice con voz displicente, lo que hizo que reír al vizconde una

vez más.

Antes de que entraran de nuevo en el comedor, Bella se detuvo para preguntarle

a Edward:

—¿A qué hora debemos reunirnos con la condesa? ¿Y dónde?

La mirada del conde era gélida y sombría. Bella no pudo evitar darse cuenta de que su estado de ánimo parecía haberse agriado desde que Jacob la invitara a dar un paseo en carruaje. Pero ¿por qué tendría eso que disgustarlo? Sería ilógico pensar que estaba celoso ya que era la última mujer en el mundo por quien él sentiría un interés personal. La única conclusión razonable a la que podía llegar era que el conde temía que Jacob tratara de seducirla y que no quería tener que lidiar con los

problemas que eso ocasionaría. —A las diez en punto en el salón Masen —contestó el conde.

—Me temo que no conozco esa estancia...

—La conocen muy pocas personas. Es un salón de la planta alta, reservado para el uso exclusivo de la familia.

—Entiendo

La joven clavó la mirada en sus ojos oscuros, confusa y agradecida a la vez.

Había sido amable con ella, pero su relación no podía considerarse, ni por asomo, como una amistad. Deseaba poder librarse de esa creciente curiosidad que el conde le inspiraba. Todo había sido mucho más fácil cuando podía tacharlo de ser un pretencioso arrogante. No obstante, había resultado ser una persona mucho más compleja de lo que ella creyera en un principio, ya que poseía un extraño sentido del humor, además de sensualidad y una sorprendente compasión.

—Milord—dijo, atrapada en su mirada— Yo...supongo que debería agradecerle que...

—Entremos—interrumpió él de manera brusca y con aspecto de querer librarse de ella cuanto antes—Ya nos hemos retrasado bastante

— ¿Estás nerviosa? —susurró Alice a la mañana siguiente mientras Bella y ella seguían a su madre hasta la puerta del salón Masen.

A pesar de que Renee no había recibido una invitación implícita para reunirse con la condesa, estaba más que decidida a que así fuera.

—No —replicó Bella—. Estoy segura de que no tenemos nada que temer siempre que mantengamos las bocas cerradas,

—He oído decir que odia a los norteamericanos.

—Pues es una lástima —dijo Bella con sequedad—, ya que dos hijas se han casado con norteamericanos.

—Callaos las dos —susurró Renee.

Ataviada con un vestido gris plata en cuyo cuello había prendido un enorme broche de diamantes, la mujer llamó a la puerta con sus protuberantes nudillos. No se oyó sonido alguno procedente del interior. Alice y Bella se miraron la una a la otra con las cejas alzadas, preguntándose si la condesa habría decidido no reunirse con ellas. Con el ceño fruncido, Renee llamó a la puerta con más fuerza.

En esa ocasión, una voz cáustica atravesó la puerta de caoba:

—¡Dejen esos infernales golpes y entren de una vez!

Con expresiones sumisas, las Swan entraron en la estancia. Era un saloncito pequeño pero encantador, con las paredes cubiertas por un papel estampado de flores azules y grandes ventanales que se abrían a los jardines que había al otro lado. La madre de Edward descansaba en un canapé bajo la ventana; llevaba varias sartas de perlas negras alrededor del cuello y los dedos y las muñecas cubiertas de joyas. En contraste con el brillante color plateado de su cabello, sus cejas eran oscuras y espesas, y descansaban de forma implacable sobre los ojos. Tanto sus facciones como su figura carecían de ángulo alguno: poseía un rostro redondo y un cuerpo cuerpo que tendía a la gordura. Bella reflexionó para sus adentros que Edward debía de haber heredado la fisonomía de su padre, ya que apenas guardaba parecido alguno con la condesa.

—Esperaba únicamente a dos —dijo la condesa al tiempo que le dirigía una mirada severa a Renee. Su acento era tan perfecto y claro como el azúcar espolvoreado sobre un pastel de té—. ¿Por qué hay tres?

—Su gracia —comenzó Renee, que compuso una sonrisa aduladora y realizó una incómoda reverencia—Permítame ante todo decirle cuánto agradecemos el señor Swan y yo que haya condescendido a ayudar a mis dos ángeles...

—Solo una duquesa recibe el calificativo de «su gracia» —dijo la condesa, y las

comisuras de sus labios descendieron como si sufrieran tirón excesivo de la

gravedad—. ¿Acaso intenta burlarse de mi?

—No, no, su... quiero decir, milady —se apresuró a replicar Renee, cuyo rostro estaba tan pálido como el de un cadáver—. No pretendía burlarme. ¡Eso jamás! Sólo deseaba...

—Hablaré con sus hijas a solas —dijo la condesa de forma autoritaria—.Puede volver exactamente dentro de dos horas para recogerlas.

—¡Sí, milady! —Y, tras esto, Renee salió a toda prisa de la estancia.

Tras aclararse la garganta para ocultar una súbita e irreprimible carcajada, Bella miró a su hermana, quien también luchaba por contener la risa que le había provocado

ver a su madre despachada con tanta habilidad.

—Qué sonido más desagradable —señaló la condesa, que fruncido el ceño al

escuchar cómo Bella se aclaraba la garganta—Tenga la amabilidad de no hacerla de nuevo.

—Sí, milady —dijo Bella, tratando por todos los medios de aparentar humildad.

—Acérquense —ordenó la condesa al tiempo que sus ojos vagaban de la una a la otra mientras las Swan obedecían—. Las observé la pasada noche y debo decir que presencié un increíble pliegue de comportamientos inapropiados. Según me han dicho, me veré obligada a actuar como su madrina durante la próxima temporada, lo que confirma mi opinión acerca de que mi hijo esta decidido a complicarme la vida todo lo posible. ¡Respaldar a un par de torpes jovencitas americanas! Tengan en cuenta mi advertencia: si no siguen al pie de la letra mis instrucciones, no descansaré hasta que las vea casadas con uno de esos aristócratas de pacotilla del continente y se pudran en algún rincón perdido de Europa.

Bella estaba considerablemente impresionada. En lo que se refería a amenazas,

aquélla era de las buenas. Tras echarle una mirada a Alice, se dio cuenta de que su

hermana se había puesto bastante seria.

—Siéntense —ordenó de súbito la condesa.

Obedecieron tan rápido como les fue posible y ocuparon las sillas que les indicó con

un gesto de su resplandeciente mano. La condesa estiró el brazo hacia la mesita que

había junto al sofá para coger un rollo de papel lleno a rebosar de notas escritas con

tinta azul.

—He hecho una lista —señaló al tiempo que se colocaba unas gafas de pinza sobre

el puente de la nariz— de los errores que cometieron la pasada noche. Los

discutiremos uno a uno.

—¿Cómo puede ser tan larga esa lista? —preguntó Alice con desánimo—. La cena

de anoche sólo duró unas cuatro horas. ¿Cuántos errores pudimos cometer en ese

lapso de tiempo?

La condesa les dirigió una mirada pétrea por encina del rollo de papel antes de

permitir que la lista se desplegara. Al igual que un acordeón, se abrió... y se abrió... y

no dejó de hacerlo hasta que el extremo inferior tocó el suelo.

—¡Por todos los infiernos!— musitó Bella entre dientes.

Al escuchar el juramento, la condesa frunció el ceño de modo que sus cejas se

unieron en una línea oscura.

—Si quedara más sitio en el rollo de papel—le dijo a Bella—,añadiría ese toque de

vulgaridad.

Reprimiendo un largo suspiro, Bella se reclinó en la silla.

—Siéntese derecha, si no le importa —dijo la condesa—. Una dama nunca permite

que su espalda toque el respaldo del asiento. Ahora comenzaré con las

presentaciones. Las dos tienen la lamentable costumbre de estrechar manos. Eso hace

que una parezca desagradablemente deseosa de congraciarse con los demás. La regla

aceptada consiste en ejecutar una ligera reverencia durante la presentación, y no en

estrechar la mano, a menos que se trate de dos señoritas. Y ya que ha salido el tema

de las reverencias, una dama nunca hace una reverencia a un caballero que no le haya

sido presentado, aunque lo conozca de vista. De igual modo, tampoco se debe hacer

una reverencia a un caballero que sólo nos haya dirigido un par de comentarios en

casa de un amigo común, o a un caballero con el que se haya conversado de vez en

cuando. Una breve conversación no constituye una amistad y, por lo tanto, no debe

reconocerse como tal con una reverencia.

—¿Qué sucede si el caballero te ha prestado un servicio? —preguntó Alice—.

Como recoger un guante que se te haya caído o algo por el estilo.

—Se le agradece en su debido momento, pero no se le saluda con una reverencia

en el futuro, ya que no se ha establecido una verdadera relación de amistad.

—Eso suena muy desagradecido —comentó Alice.

La condesa pasó aquella observación por alto.

—Ahora, pasemos a la cena. Después de la primera copa de vino, no se debe pedir

que la rellenen. Cuando el anfitrión ofrece la jarra de vino a sus invitados durante la

cena, es para el disfrute de los caballeros, no de las damas. —Le dirigió a Bella una

mirada reprobatoria—. La noche pasada, escuché cómo pedía que le rellenaran la

copa, señorita Swan. Es un comportamiento inaceptable.

—Pero, lord Cullen la rellenó sin decirme nada —protestó Bella.

—Sólo para evitar que atrajera más atención indeseada sobre su persona.

—Pero ¿por qué...? —La voz de Bella se fue apagando hasta convertirse en

silencio cuando se percató de la expresión amenazadora de la condesa. También se

dio cuenta de que, si pedía explicaciones acerca de cada cuestión del protocolo, sería

una tarde muy pero que muy larga.

La condesa procedió a explicar las normas que se exigían durante la cena, entre las

que se incluían cuestiones como el modo apropiado de cortar las puntas de los

espárragos y la manera de comer codornices y palomas.

—...el dulce de leche y el pudín deben comerse con tenedor, no con cuchara... —

decía— y, para mi total asombro, me di cuenta de que ambas usaron el cuchillo con

sus croquetas.

Les dirigió una mirada elocuente, como si esperase que encogieran por la

vergüenza.

—¿Qué son las croquetas? —se atrevió a preguntar Bella

Alice respondió con cautela.

—Creo que eran esos rollitos dorados que tenían salsa verde por encima.

—Vaya, eso me gustó —musitó Bella.

Alice la miró con una sonrisa maliciosa.

—¿Sabes de qué están hechas?

—¡No, ni quiero saberlo!

La condesa pasó por alto esa conversación.

—Las croquetas, empanadas y cualquier otra comida amasada deben comerse

únicamente con tenedor, y jamás con la ayuda del cuchillo. —Hizo una pausa y miró la

lista para ver por dónde Sus diminutos ojos se entre cerraron hasta convertirse en un

par rendijas cuando vio el punto siguiente en la lista—. Y ahora.—añadió, clavando una

significativa mirada en Bella, pasemos al asunto de las cabezas de ternera...

Tras emitir un gruñido, Bella se cubrió los ojos con una mano y se hundió en la silla.

Que os parece la mami de Ed?

Se que es mala, pero a mi en este cap y el siguiente me hace mucha gracia que intente cambiar a Bella y Alice..

Por otra parte…Edward celoso? Jacob cortejando ya a Bella? La cosa se está poniendo interesante…

¿Qué creeis vosotras?

Estad atentas…

Esta historia no la actualizare cada dia, pero si cada semana¡

A veces mas de una vez

Besitos : Masen1309 ;)