CAPITULO X

Apostar

-¿Qué son los deseos? – preguntó Pauna, sonriendo y rozando mi mejilla.

-No lo sé – bajé la mirada y observé mis manos –. Ver un anhelo hecho realidad, supongo.

-Sabes más de lo que dices, William.

-¿Te parece? – resoplé con melancolía – sé que te extraño.

-¿Tú que deseas?

-¿Para mí?

Sabía que estaba soñando. Sólo en sueños conversaba con mi hermana muerta. Sin embargo, su presencia me inundaba de paz cada vez que necesitaba aclarar mis pensamientos, sacudirme las ideas y decidir sobre mi vida.

-Deseo… deseo que… - respondí, titubeante – deseo que la gente a mi alrededor sea feliz.

-¿Eso te basta a ti para ser feliz?

-Me basta para no ser infeliz.

-William – sonrió de nuevo, con un deslumbrante brillo en sus ojos.

-No sé lo que quiero. Hace tiempo que dejé de desear.

-¿Por qué?

-Porque otros dependen de mí.

-Todos dependemos de todos. No me convences con algo tan simple.

-No me convences tú a mí. No se puede vivir sólo de sueños.

-Por eso existen personas que los hacen realidad. ¿No dijiste que aquello era un deseo?

Sería tan fácil… partir con la tarde hacia el último rincón de la tierra. Mi vieja mochila desteñida sobre mi hombro y Pupé descansando en el extremo opuesto.

-¿Por qué dejé de hacerlo? – me cuestioné a mi mismo, decepcionado, perdido.

-Tenías miedo.

-¿Yo? – la miré, contrariado.

-Tenías miedo de no volver jamás. Quizás una de esas tardes todos tus deseos se hubieran cumplido en tierras lejanas y no quisieses regresar nunca.

-No… no es eso – respondí indeciso, caminando al lado de mi hermana por entre sus rosales – no me detuvo nada al momento de partir cuando sentí que debía irme.

-Porque sabías el camino a casa – tomó mi mano y la llevó a su mejilla –. Siempre puedes volver Albert, no temas irte nuevamente.

-Ya no puedo hacer eso. No estoy solo.

-Yo no dije que partieras solo.

Pauna se abrazó a mí y sentí una lágrima subir a mis ojos. Odiaba que únicamente fuera un sueño.

-Tienes a tu dama azul – dijo Pauna, escuchando mi corazón – Albert… sama.

Reí espontáneamente al oírla llamarme así, disfrutando del dulce sabor de la risa combinada con el llanto. Mi dama azul… Aoi.

-¿Crees que aceptaría ser una vagabunda como yo?

-Así te conoció. Así te ama.

-Sabelotoda – dije, tocando su nariz – Pauna… san.

Los dos reímos, acariciando el instante que podíamos estar juntos y hablar sin reposo. No obstante, los sueños acaban al igual que las pesadillas, aunque estas últimas parezcan oscuros laberintos interminables.

-¿Qué son los deseos, Albert? – insistió, retomando el camino a paso lento y acompasado.

-¿Lo que nos hace feliz?

-Entonces, cuando cumplas todos tus deseos… ¿serás feliz? (1)

Escudriñé su rostro, pensativo. Luego cerré los ojos y desperté en mi cama, con Aoi descansando sobre mi brazo izquierdo.

-Deseaba encontrar quien compartiera mis sueños – dije en un murmullo, procurando no despertarla – pero absurdamente comencé a ignorarlos por imaginar que había cumplido con cada uno de ellos.

Aoi sonrió como niña pequeña y se movió ligeramente, quedándose de nuevo dormida. Debió haber estado soñando algo tan hermoso como yo, y egoístamente deseé formar parte de sus pensamientos.

La besé en los labios y suavemente la acerqué a mi pecho.

-¿Quieres viajar conmigo toda la vida? – susurré, liberando un prolongado suspiro antes de volver a dormir a su lado.


Nueva York
1916

-Candy – saludé gustoso al verla entrar por la puerta - ¿Qué tal tu primera noche de…?

La dulce niña que difícilmente dejaba de sonreír ante los demás, pasó de largo como si llevara el peso del mundo en sus hombros. La seguí con la mirada hasta su habitación y se volvió por un instante para hablar con la voz entrecortada.

-Discúlpame, Albert ¿te importa si estoy un rato a solas?

-N-no, claro que no.

-Gracias.

-Candy…

-¿Sí?

-¿Es algo grave?

-No – negó con la cabeza – nada que no tenga arreglo.

Entró a su recámara y cerró calladamente la puerta. Tuve que tragarme la frustración de no poder hacer mucho por ella, resintiendo un sabor amargo en la garganta.

más problemas…

¿Pero qué esperaba al venir a Nueva York¿Una vida tranquila y de color rosa? Sabía que tarde o temprano esto pasaría, pero quise confiar en la remota posibilidad de que nada ocurriera.

bueno, nadie es perfecto…

Era evidente la cadena de dificultades que se desatarían: Annie persiguiendo a Archie para suplicar su perdón, Terry buscando a Candy para algo similar, Archie y Candy tratando de huir y afrontar su pasado al mismo tiempo, Neil y Elisa procurando estropearlo todo para entretenerse, y yo sintiéndome maniatado por lo poco que podía ofrecerles a los chicos: un amigo.

Fui al estudio y resolví dedicar dos horas completas de mi vida a desenredar la montaña de pendientes que casi siempre me provocaban dolor de estómago. Mi sitio no era tras un escritorio. Era frente a un inmenso valle virgen enclavado en alguna región distante.

Hora y media después, como si hubiésemos estado en sintonía, Candy tocó a la puerta.

-¿Se puede? – preguntó como ratón asustado.

-Adelante.

-Hola – asomó la cabeza – ¿te molesto?

-Nunca. Siéntate.

-Vine a decirte que… ya me siento mejor.

Avanzó un par de metros y se paró frente a mi escritorio, recordándome aquella ocasión en que le dije la verdad sobre mi verdadero nombre e identidad. Parecían años los que habían transcurrido desde esa tarde… largos y lejanos años, aunque hubiese pasado menos de uno.

-Me alegro. Estaba preocupado.

-Como siempre lo estás por mi culpa – agregó apenada –. Creo que nunca te he agradecido lo suficiente por tenderme la mano cuando que se me complica la vida.

-Es porque te quiero, Candy, y porque eres mi mejor amiga. ¿Si no para que están los amigos?

-Siento no poder contarte nada ahora – repuso, escondiendo la mirada – no se si valga la pena.

-No te angusties, no pienso interrogarte. Habla cuando quieras hablar.

-Gracias – sonrió débilmente – por cierto, encontré esto en mi cama¿sabes qué es?

Mi mejor amiga me mostró la invitación que recibiera Aoi y hasta entonces recordé dicho evento.

-Lo descubriremos si lo abres. Anda.

-Bien – asintió, rompiendo apresuradamente la envoltura.

Sus ojos se movieron de izquierda a derecha con avidez para leer en segundos el breve mensaje.

-Otra fiesta – dijo, doblando el papel – ¿Tú irás con nosotros?

-En lo absoluto – respondí rápidamente para librarme del engorroso compromiso –. Es un festejo sólo para ustedes.

-¿Ustedes quienes?

-Ustedes los jóvenes – sonreí por hacerla sentir una chiquilla.

-Y dime, abuelito – se levantó y caminó hacia mí – ¿Jóvenes te refieres a Archie y a mí?

-Para ser rubia, no eres tan tonta.

-¡Oye! – exclamó antes de estrellar su puño contra mi brazo.

-Hey, eso duele ¿sabías?

-Haces y dices cosas imposibles.

La vi caminar hasta la ventana mientras jugueteaba con la carta entre sus manos.

-¿Crees que Neil esté allí? – preguntó, sin apartar la vista del cristal.

-No – contesté al acercarme a ella – no estará.

-¿Regresó a Chicago?

-Así lo convine con la tía. No la creo capaz de mentirme.

-No quiero ir si no estás conmigo – dijo, recostando su cabeza en mi hombro – siempre juntos ¿recuerdas, compartiendo la vida.

-Lo recuerdo – acaricié su espalda – compartiendo desde un emparedado hasta una lágrima ¿no es así?

-No tengo humor para ir a ninguna fiesta, Albert – me abrazó por la cintura, descansando su mejilla en mi pecho – no tengo ánimos para nada.

-¿Ni para contarme lo que te pasó antes de llegar a casa?

Negó con la cabeza sin proferir palabra. Correspondí su abrazo y la mecí ligeramente como solía hacerlo cuando estaba a punto de romper a llorar. Sin embargo, no lo hizo, y a pesar de que me dolía verla consumirse en llanto, me asustaba más percatarme de que lo retenía dentro de su corazón.

-¿Lo viste?

Volvió a negar en silencio.

-¿Algo hizo que lo recordaras?

Sus brazos me estrujaron casi imperceptiblemente y supe que no estaba lejos de la razón de su tristeza. No me pidió parar las adivinanzas; al contrario, comprendí su deseo por ser yo quien narrara lo sucedido para evitarle el dolor de tener que pronunciarlo ella misma.

-Pero mírate – dije, con mi mentón sobre su cabeza – estás de pie. No te has desvanecido como la vez anterior.

-Desearía poder hacerlo ahora – dijo, con el llanto exigiendo salir a gritos – huir para dejar de pensar.

-¿Huir? – repliqué, incrédulo – tú no huyes, Candy. Jamás huyes.

-Huí de los Andrey, de Londres, de Nueva York… sí, si huyo y esta vez no será diferente.

-Dime cómo te puedo ayudar. No quiero verte sufrir pensando en que nadie se ocupa de ti, Candy.

-Sé cómo.

-Cómo…

-Quedémonos así para siempre.

Aún no sabía cuánto duraría "para siempre", anhelaba que al menos durara el doble que "nunca jamás". Candy y yo permanecimos abrazados un largo rato hasta que el "para siempre" se volviese eterno en nuestras mentes.


-Y bien¿quién es? – preguntó Karen, asomando la cabeza por encima de mi hombro.

-No… no sé. No puedo ver, está muy oscuro.

-Quizás te equivocaste de lugar, Archie.

-No – le respondí casi convencido – es aquí.

Terry decidió esperarnos en una mesa cercana a la entrada con un gesto de irritación tal, que parecía listo para batirse a golpes con el primero que le preguntara la hora.

Entretanto, Karen y yo buscábamos al "prometido" de Candy en medio del barullo propio de un bar de bohemios. El humo del cigarrillo comenzó a picarme la nariz y mi ojo derecho empezó a lagrimear. ¿Cómo alguien podría disfrutar una velada de música y vino en un sitio que simulaba una caldera humeante?

-¿El enamorado de tu prima frecuenta estos tugurios? – alegó mi acompañante, apartando el humo de su cara –. O es un vago o un excéntrico.

-Karen… - dije, girando súbitamente sobre mis talones.

La actriz chocó contra mi cuerpo y se sujetó a mis brazos con las mejillas ruborizadas. El cosquilleo de mi nariz llegó hasta mi estómago cuando la tuve entre mis brazos. Absurdo, no podía distraerme así con una chica que apenas conocía. Sacudí mis emociones para continuar con la ridícula farsa en la que me había metido sin saber cómo.

-Perdona – se disculpó, apartándose rápidamente – es que no veo más allá de mis narices con esta luz.

-¿Luz? – dije en mofa – ojalá hubiera un poco de luz para encontrar a quien buscamos.

-¿Qué me ibas a decir? – me recordó, y por primera vez noté lo atractivo de sus ojos castaños, enmarcados en unas largas y delicadas pestañas. Tragué en seco y volví a sacudirme el encanto.

-¿Eh?... bueno, sobre la persona que estamos buscando.

-¿Sí?

-Es que…

-¿Qué?

-¿Puedes guardar un secreto?

-Con permiso – dijo un mesero, pasándonos de lado.

-¿Un secreto? – remarcó Karen, arqueando una ceja como si supiera lo que estaba a punto de decirle.

-S-sí – vacilé, cuestionándome el por qué suponía que podría confiar en ella.

-Seguro – dijo, sonriente – soy una tumba.

-Disculpen – se excusó el mismo mesero, casi empujándonos por obstruirle el paso.

-Sobre el tal Richard… - dije con timidez.

-Lo inventaste… – soltó de golpe – ¿es eso¿le mentiste al pobre hombre de allá?

-N-no, bueno, no exactamente.

-¿Sí o no?

-Richard si existe – expliqué, atrayéndola a la pared para permitir el paso al mesero que se aproximaba con otra charola de tragos – pero él y Candy no están comprometidos.

-No lo puedo creer – sonrió aún más – ¿hemos venido hasta aquí por un embuste improvisado¡genial, yo te lo creí todo. Eres buen actor.

-Si pero…

-¿Y qué le vas a decir a Terry que vino exclusivamente a conocer a su rival? – dijo, como si le divirtieran los conflictos.

-Lo pensé en el trayecto.

-¿Qué cosa?

-Hablar con el tal Richard y ofrecerle dinero.

-¿Para que finja?

-Él conoce a Candy, y si le digo que Terry es un acosador que no la deja en paz, no creo que nos niegue su ayuda.

-¡Eres un desalmado! – dijo, saboreando la escena – pero… aguarda. ¿Qué NOS niegue, no, no. Habla por ti. Yo no quiero ser parte de tu mentira. Terry, aunque la cara no le ayude, es mi amigo y prometí darle una mano para reconquistar a Candy.

-Con permiso – se disculpó una mujer que se dirigía a los baños.

-Deberíamos volver a la mesa – dijo Karen, al sufrir demasiadas interrupciones por el continuo movimiento de los comensales.

-No son el uno para el otro, Karen ¿no lo entiendes? Ellos no pueden…

-Oye – interrumpió sin cortesía – ¿por qué te empeñas en verlos separados si pueden enmendar sus errores y vivir por siempre felices¿Acaso estás enamorado de tu prima?

-Por supuesto que no – gruñí, ofendido.

-¿Estabas?

-N-no…

-Oh, vamos. Los hombres no saben mentir, y cuando lo hacen quedan en ridículo. ¿Amas a Candy o no?

-No – dije, resuelto – el amor que siento por ella es distinto.

-¿Pero la amaste, verdad? – insistió, ahondando en mi corazón como si me conociera de toda la vida.

-Sí, pero eso ya es historia. Todo cambió cuando Annie y yo…

Mordí mi lengua y sentí la urgencia de abofetearme por haber mencionado el nombre de esa mujer que solamente me causaba dolores de cabeza. Karen me observó con detenimiento, aguardando una respuesta convincente, pero preferí llevar la conversación hacia donde me interesaba: el falso compromiso de Candy.

-No importa ya… – dije, recobrando la postura – tengo que convencer a Terry de que no tiene posibilidades con mi prima y de que no puede buscarla tranquilamente sólo porque amaneció deprimido esta mañana.

-Lo único que provocarás en él será lastimar su ego y encapricharlo más con la idea de reconquistar a su enfermera.

-¿Lo crees?

-Haz la prueba – dijo, cruzándose de brazos –. Mejor todavía, apostemos.

-¿Apostar?

-Busca al tal Richard mientras yo me quedo con Terry, y proponle lo que has planeado: una mentira por una recompensa. Si acepta y colabora con la farsa, te apuesto a que en lugar de ahuyentar a tu ex compañero de colegio, conseguirás enamorarlo más del capricho de llevarse a tu prima.

-¿Y si pasa lo contrario?

-Triunfará tu teoría y pagaré la apuesta.

-¿Y qué estamos apostando? – pregunté, comenzando a interesarme.

-Un día en Bloomingdales.

-¿Un qué? – inquirí, alargando la última vocal.

-Te gusta la buena ropa y eso es obvio – dijo, inspeccionándome de pies a cabeza – así que si tú ganas, yo te compraré todo lo que quieras durante un día entero en Bloomingdales.

-Y si yo pierdo…

-Tú lo harás por mí.

Era inverosímil lo que estaba sucediéndome. Me encontraba en un bar de bohemios con el humo metido hasta la garganta y el molesto zumbido de murmullos provenientes de todas partes, sin contar con la ruidosa música que se desperdigaba desde el escenario, jugando apuestas con una mujer que lo único que quería era divertirse a mis costillas.

-¿Y bien? – apremió Karen - ¿Aceptas?

No obstante, esa mujer me había tendido la mano a pesar de lo maleducado que fui con ella cuando la conocí. Sin pretenderlo, me sentí de nuevo un adolescente con la incertidumbre de una loca aventura en puerta. No sé si fue la atmósfera lo que permeó mis sentidos, o tal vez el candor de la mujer frente a mí lo que me llevó a dejar de reflexionar sobre lo correcto y lo propio. Simplemente actué por impulso y excitación para luego sorprenderme con las consecuencias de mis irresponsables decisiones.

-Acepto – apreté su mano – voy por Richard. Tú ve con Terry, y que gane el mejor.


-Eh, novato – llamó el cocinero – despierta de una vez y lleva esto a la siete.

-Sí, la siete.

Parecía un zombie reaccionando por instinto. La cabeza me daba vueltas sin parar al recordar cada cinco minutos mi conversación con Susana después de que Candy huyera inesperadamente.

-¡EH! – remontó el cocinero – ¡apúrate que es para hoy!

-Lo… lo lamento.

Cogí con descuido la charola y me giré sin precaución. Un estruendo de platos quebrándose en el piso hizo eco en todo el pasillo cuando me estrellé por error con un compañero. Sentí la cara arderme de vergüenza al hincarme a recogerlos.

-¡Carajo! – exclamó el hombre tras la parrilla – ¡eso lo pagarás con tu sueldo¡despierta maldita sea y mueve el trasero!

-S-sí… - acepté, aún en estado vegetativo – perdón.

-¿No es tu noche, verdad? – me preguntó el hombre a quien tropecé.

-Lo siento – continué disculpándome – creo que debería salir a tomar un poco de aire.

-Mejor hazlo después – sugirió, ayudándome a levantar los trozos de porcelana.

-¿Después, por qué?

-Te buscan allá afuera.

Mi corazón aceleró su marcha porque absurdamente pensé en… no, claro que no. Ella me pidió no acercarme más cuando ni siquiera había empezado a aproximarme. ¡Despierta, maldición, todo fue un falso espejismo. Una cara bonita y una sonrisa ocasional, nada más.

pero…¿Por qué no podía sacármela de la cabeza?

-¿Quién me busca?

-Un niño rico que presume ser tu amigo.

-¿Niño… rico?

-Nadie le ha dicho nada. Quise avisarte primero.

-¿Quién es?

Fuimos hasta la puerta de servicio y nos asomamos por la ventanilla como chiquillos espiando en una fiesta. Abrí los ojos sorprendido al descubrir al primo de Candy mirando para todos lados al tiempo en que recorría el salón.

-¿Él? – apunté con el dedo.

-Sí. ¿Lo conoces?

-Pues, sí…

-Entonces ve y háblale. Tal vez sea algo importante porque no ha dejado de preguntar por ti.

-De acuerdo – convine, deshaciéndome del delantal – ¿me cubres unos minutos?

-Seguro, yo romperé más platos por ti.

Hice una mueca de disgusto a causa de su pésimo chiste y salí para encontrarme con Archibald, quien parecía haberse dado por vencido al dirigirse hacia la salida.

-Hey – lo llamé, tocando su hombro – disculpa.

-¿Sí?

-Hola… ¿Archibald?

-Sí – sonrió, para mi asombro – ¿Richard, cierto?

El hombre me saludó efusivamente como si fuéramos grandes amigos y no nos hubiésemos visto en años.

-Sí, Richard. Alguien me dijo que estabas buscan…

-Salgamos – me sujetó del brazo, moviendo la cabeza de un lado a otro como si se ocultara de alguien – no quiero que nos vean.

-¿Quién?

-No te preocupes, no es nada grave. Es sobre Candy.

Grandioso. El nombre que había tratado de olvidar toda la tarde.

-Pero…

-¿Hay una puerta trasera?

-¿Trasera, no literalmente. Podemos ir al depósito de basura, cerca de las escaleras de emergencia.

-Genial. Guíame y allí hablaremos más tranquilos.

-De acuerdo.

Caminamos apurados entre las mesas para salir del salón y llegar al depósito de basura del que le hablé. Continuamos en silencio hasta quedar completamente solos en aquel callejón oscuro, iluminado por un pálido foco de luz. Quizás me advertiría que me alejara de su prima, que me mantuviera a por lo menos tres millas de distancia o que ni siquiera pensara en ella. No resultaría complicado cumplir su deseo, Candy y yo no volveríamos a vernos jamás. Sin embargo, cinco minutos después, no imaginé lo que Archibald me pediría.

-¿Qué yo qué? – pregunté sin dar crédito a sus palabras.

-Te pagaré.

-Aguarda… aguarda un momento. Para ser un chiste, es de muy mal gusto.

-No estoy bromeando. Sé que no nos conocemos lo suficiente pero no pensé en nadie más. Tu nombre fue el primero que me vino a la mente.

-¿Por qué no alejas a ese tipo de otra forma?

-Porque no existe otra mejor.

-Estás perdiendo el juicio. ¿Cómo te entrometes así en la vida de otra persona, especialmente si es un familiar tuyo?

-No vine a que me cuestionaras, vine a pedirte ayuda y ofrezco pagarte por tus servicios.

-¡Servicios? – refuté enojado, y a punto de dejarlo solo – ¿Ves en mi frente un letrero que diga "se alquila"?. Típico de ustedes.

-¿Típico de quién?

-De ustedes, los niños ricos que suponen que los demás actuaremos de bufón si nos tiran una moneda al piso.

-Eso no es… - arguyó, tropezando las ideas – estás equivocado. No estoy dándote limosna, estoy pidiéndote ayuda pero si no es dinero lo que te interesa, dime cómo puedo pagarte. Eres el único que puede sacar a Candy de éste problema.

-¿Fingiendo ser algo que no soy?

-Sólo por unos minutos.

-¿Minutos¿El tipo está aquí?

-Nos espera en una mesa cerca de la entrada.

-Esto es… es… - dije, con la cabeza hecha un lío y moviéndome sin control – un mal sueño.

-Ayudaste a Candy desinteresadamente en la calle. Hazlo una vez más, por favor.

-Esto es distinto. Aquello fue… no puedes comparar eso con… ¿por qué semejante dilema con su antiguo novio¿Es un psicópata?

-N-no – respondió, dudoso – no precisamente.

-¿Cómo se llama?

-¿Aceptas?

-Dime cómo se llama.

-¿Por qué?

-¿Por qué no?

-De acuerdo. Si tanto te importa…

Los muros del callejón se colapsaron frente a mí cuando escuché el nombre del tipo al que Archie deseaba alejar de la persona más querida para él. Coincidentemente yo quería lo mismo para mi hermana.

-Me parece que… - reparé, un poco mareado – que oí mal. ¿Quién?

-No es conveniente que hagamos un alboroto con esto. Él es un actor reconocido y Candy una chica de buena familia. Te ruego que no lo comentes con nadie.

-Bien, déjame ver si comprendí lo que has dicho – repuse a segundos de sufrir un colapso nervioso –. Quieres que finja ser el prometido de Candy para alejar a su antiguo enamorado, Terrence Granchester. Tú me pagas por ello y te vas a casa a dormir tranquilo. ¿Correcto?

-Supongo que… sí.

-A Ruth le encantará enterarse de esto – dije en voz alta, como si se tratara de una broma del destino –, podrá escribir una novela de encuentros y desencuentros digna de un premio.

-¿Qué cosa?

-¿Te ha dicho Candy quién soy?

-¿Quién eres, pensé que te llamabas Richard.

-¿Nada más?

-¿Hay otra cosa?

-¿Has visto a Candy hoy?

-¿A qué viene eso?

-Entonces no sabes.

-¿Saber qué?

No, no sabía nada. Para Archibald sólo era un desconocido que auxilió a Candy en la calle. ¿Debía decirle lo ocurrido esta mañana entre su prima y mi hermana, o quizás…

-No, nada – concluí, sin saber exactamente lo que hacía – es que…

-¿Qué? – insistió Archie, volviéndose loco con mi monólogo.

¿O quizás podría entrometerme donde no debía, hacerle pasar un muy mal rato al petulante aquel, y ayudar a una linda chica que seguramente me odiaba para entonces? Sería cuestión de minutos ¿no es así?

La verdad es que no lo pensé más, y eso al final del día, resultó un terrible error.

-No necesitas pagarme nada – declaré, sonriendo frugalmente – cualquier hombre se sentiría halagado al ser el prometido de la señorita Andrey.

-Juro no meterte en más dificultades. Sólo quiero que lo conozcas y le digas…

-Descuida – dije con autosuficiencia – sé perfectamente lo que Terrence Granchester tiene que escuchar.

-Bien – respondió, sin prestar demasiada atención a mi comentario – pero debes cambiarte de ropa. Un mesero no puede…

-Subiré al escenario en diez minutos. Estaré listo. Espérame en tú mesa hasta que termine mi número. Ahí los encontraré.

-Gracias – estrechó mi mano como quien aparta de su espalda una pesada roca – Candy te lo agradecerá.

-Sí – dije con ironía – seguro.

Candy y Terrence estaban enamorados desde el colegio. Luego, al tratar de reencontrarse en Nueva York, una tragedia nubló sus esperanzas de vida en común obligando a Terrence a comprometerse con mi hermana. Ahora, Candy retornaba a la ciudad que la vio partir con el corazón roto y el hombre que cargaba con una deuda de vida sobre sus hombros, intentaba rescatar su amor perdido a costa de lo que fuera. Susana me lo contó todo, aunque sin tantos detalles, pero ya había aprendido a leer entre líneas como Ruth me enseñó.

Hace una hora lo único que tenía en las manos era una charola de platos sucios; en ese instante sostenía la suerte de una pareja víctima de las circunstancias y la inmadurez para tomar decisiones. De nuevo la vida me mostraba que nuestros planes pueden cambiar cuando menos lo esperas, y con quién menos lo imaginas.


-¿Dónde esta, Terry? – preguntó Archie al llegar a nuestra mesa.

-Salió a golpear a alguien, no tardará.

-No bromees. ¿Sabes que si me descubre me arrancará la cabeza?

-¿Escuché bien? – dije, socarrona – ¿Archie le tiene miedo a Terry?

-¡Claro que no, es sólo que… nunca me había metido en un lío como éste. Una mentira lleva a otra y luego a otra, y al final todo termina de cabeza.

-Pues a buena hora te llegan los cargos de conciencia. ¿Hablaste con el chico?

-Sí.

-¿Acepto?

-Sí. Vendrá en un momento.

-No será una escena muy agradable – dije, ligeramente preocupada – Me alegra estar en primera fila.

-Estás loca.

-Shhh – lo mandé callar al observar a Terry volver a la mesa.

-¿Y bien? – preguntó el recién llegado – ¿Dónde esta el futuro señorito Andrey?

-A punto de subir al escenario – respondió Archie, fingiendo absoluta calma y serenidad –, ofrecerá su interpretación y vendrá a saludar.

-¿Interpretación? – dijo con aires de superioridad – ¿El futuro yerno de Albert Andrey es un cantorsete?

-Iba a ser un actor – repuso Archie, con deseos de fastidiarle – no hay mucha diferencia¿o sí?

-Muérete – espetó el otro.

A varios metros de distancia, un hombre de aspecto bonachón cogió el micrófono, haciendo callar a la audiencia con su fingida tos.

-Disculpen el retraso, damas y caballeros – dijo con voz rasposa y animada – pero nuestra estrella se ha demorado un poco debido a la insistencia de un par de damiselas que reclamaban sus encantos tras bambalinas.

Todo mundo rió de buena gana, excepto Archie quien se tapó la cara de vergüenza, buscando de reojo las faldas de una mesa para esconderse.

-Bien, señoras y señores… – continuó el presentador – con ustedes, para delicia de las jóvenes que nos honran con su presencia… Richard Daniels.

La gente recibió a Richard con un cálido aplauso. Yo no atiné a hacer otra cosa que darle la bienvenida con una sonrisa que correspondía a la que él dibujaba en su rostro. Parecía muy joven, casi un quinceañero de frágil porte. Tenía que admitirlo, era un hombre atractivo. Su ropa era sencilla pero la vestía con delicadeza y garbo. Sus espigados brazos cargaban una guitarra vieja pero bien cuidada, como quien llevara cercano a su pecho el tesoro más preciado del universo. Si Candy en verdad estuviera comprometida con Richard, sin duda sería el blanco de las envidias de muchas jovencitas casaderas. Incluso siendo osada, podría incluirme en la lista.

Me perdí en los trazos que delineaban sus mejillas, sus ojos y su largo cabello hasta que el codo de Archie se estrelló contra el mío.

-Oye – reclamé, dolida – ¿cuál es tu problema?

-Cierra la boca. Pueden entrarte las moscas.

-Envidioso – dije, entrecerrando los ojos con rencor.

-¿Él? – interrumpió Terry, clavando la mirada en el entarimado.

Miré a Archie esperando su respuesta.

-Sí, él – sonrió Archie, victorioso – Mi futuro primo.

Para nuestra sorpresa, Terry comenzó a reír sin perder de vista al cantante.

-¿Qué es tan gracioso? – preguntó Archie, inclinando la cabeza.

-Sí – secundé, expectante – ¿Qué?

-Ustedes – nos miró de lado – Será mejor que me vaya. Fue una velada encantadora.

-¿A dónde… adónde vas? – dijo Archie, cogiendo su brazo.

La pareja de la mesa de atrás nos ordenó callar al iniciar la interpretación de Richard. Ayudé a Archie, obligando a Terry permanecer en su sitio.

-¿No querías conocer a tu rival? – cuestioné, pidiéndole bajar la voz.

-¿Crees que soy estúpido, Archibald? – preguntó Terry, sonriendo de oreja a oreja.

-Desde que te conocí – le respondió – ¿pero eso qué tiene que ver?

-¿Él es el novio de Candy? – dijo con el dedo apuntando al escenario.

-Ya te dije que sí.

-Entiendo – volvió a reír.

-¡SSHHTT! – exigieron los novios de atrás.

-Sí, sí – repliqué, fastidiada – ya oímos.

-Insistes en seguir con la farsa – declaró Terry, y percibí el incipiente nerviosismo del niño Andrey – bien, veamos hasta dónde quieres llegar.

Finalmente guardamos silencio y presenciamos la conclusión de la suave melodía interpretada por un ágil y experimentado guitarrista. Los comensales lo aclamaron con aplausos, y él, con formas elegantes y refinadas, agradeció en una breve reverencia. La banda tomó su sitio nuevamente y Richard bajó del entablado para caminar directo hacia nosotros. Terry lo escudriñó con prepotencia e insignificancia, como si supiera lo que sucedería a continuación.

Richard observaba al Duque de modo similar lo que me provocó inquietud y confusión. Un alo de tensión reinó el ambiente incluso antes de que cruzaran palabra alguna. Lo que atestigüé a continuación fue realmente… caótico.

-¡Archie! – saludó sonriente el recién llegado - ¿Cómo estás?

-Felicidades, tocas excelente – respondió Archibald, levantándose para darle la mano – lo hemos disfrutado mucho.

-¿Sí? que bien. Hola, buenas noches – se dirigió a mí – es un placer.

-Buenas noches, – contesté amablemente, siguiendo con la representación – Karen, Klaise.

-Mucho gusto, Karen. Gracias por venir. Espero no haberte defraudado.

-Oh, no – dije con una risita nerviosa – jamás.

-Me alegro. Si vienes en otra ocasión, prometo hacerlo mejor. Por cierto, Archie…

-¿Sí?

-¿No vino Candy con ustedes?

-N-no – le respondió, con ciertos problemas para improvisar – estaba cansada.

-Lo sé, el trabajo del hospital debe ser agobiante – declaró Richard, como si la conociera de pies a cabeza – pero mañana saldremos de paseo, así que compensaremos el tiempo perdido.

-Ajá – asintió Archie, desconcertado por la habilidad de Richard para fingir – claro, el tiempo perdido… menos mal que existe el correo ¿no? – sonrió para lucir convincente – o de otra forma ¿cómo podrían saber el uno del otro, je…

Los nervios se tragaban a Archie poco a poco; tuve deseos de golpearlo en la cabeza para que reaccionara, pero afortunadamente Richard controló la situación como el mejor prometido "imaginario" del mundo.

Terrence observaba, paciente y cauteloso, como lobo a punto clavar sus afilados colmillos en el cuello de su presa. Su turno de saludar a Richard llegó y una gota de sudor resbaló por mi sien.

-Terrence – dijo Richard, guardando compostura – qué sorpresa, aunque no sé si agradable o no.

-Sorpresa, sin duda – repuso Terry, invitándole a tomar asiento – apuesto que es la primera vez que alguien se queda hasta el final de tu actuación.

-La segunda, para ser preciso – replicó Richard, desafiante y descarado – tengo suerte, creo que ya superé tu marca.

La servilleta en mis manos se retorcía a punto de romperse en dos. Archie y yo nos moríamos por saber de dónde se conocía ese par. Concluí no demorar más la desquiciante revelación y abrí la boca sin reparo.

-¿Se… conocen? – dije, tímidamente.

-Archie – repuso Richard con naturalidad – ¿Recuerdas que les dije a ti y a Albert que les presentaría a mi familia en Nueva York para formalizar mi compromiso con Candy?

Terry lo asesinó con la mirada y yo ansiaba que todo terminara antes de que las botellas empezaran a volar por encima de mi cabeza.

-Sí – dijo Archie, receloso – ¿por qué?

-Bien, pues este caballero – apuntó a Terry – es parte de ella, aunque no por decisión unánime.

-¿Cómo? – pregunté temerosa, con deseos de otra copa.

-Dejen la farsa de una vez – espetó Terry, fastidiado – son patéticos.

-¿Familia? – preguntó Archie, ignorándole.

-Sí – aceptó Richard, tranquilamente – más que un secreto, quería que fuera una sorpresa. Conociste a mi padre – remarcó con una ceja para pedir que le siguiera la comedia – pero te faltaba conocer a mi hermana.

-Oh, Dios – me llevé las manos a la boca, dándome cuenta por fin a quien me recordaba el delicado rostro de Richard – tu hermana es…

-Susi – se adelantó a decir, como si fuese irrelevante – Susana Marlowe.

Mi boca se quedó entreabierta y aprecié como Archie sintió el piso moverse debajo de sus pies.

-Necesito un trago – murmuré, buscando la botella.

Archie quiso decir algo pero su boca se abría y se cerraba sin emitir sonido alguno.

-Así que no lo sabías, Archibald – reparó Terry, a punto de soltar el veneno que había contenido durante largo rato – que raro, pensé que los Andrey cuidaban mejor su círculo de amistades, y la clase de hombres que se acercaban a sus herederas.

-Pues… yo… - titubeó Archie, sin encontrar una frase coherente.

-No lo sabía porque Susana es mi media hermana – intervino Richard, estoicamente – ya dije que el señor Andrey y Archie conocieron sólo a mi padre. ¿Pero a ti de qué forma te incumbe?

-¿Albert o el señor Andrey? – advirtió Terry con agudeza – ¿cuál va a ser?

-Lo llamo como quiero¿te importa?

-No discutan – interrumpí con otra sonrisa nerviosa, llenando nuestras copas – nadie quiere ver moretones en sus lindas caras. ¿Hablamos de otro tema?

-Deja de fingir, niño idiota – demandó Terry – tú no conoces a Candy ni a la familia Andrey. Estás aquí únicamente por Susana. No soy un imbécil para tragarme el cuento de tú compromiso.

-¿Qué está diciendo? – preguntó Richard a Archie.

-No… no sé – se encogió Archie de hombros – creo que ha bebido demasiado.

-¿Compromiso? – reiteró Richard con desdén – bien, no precisamente. Candy y yo obtuvimos el consentimiento de su padre para salir. Pero gracias por tus buenos deseos, espero que pronto sea un compromiso.

-Mentira – condenó Terry –. No la conoces, tú no…

-Ya, hombre – pidió Richard de mala gana – ¿Qué te sucede¿por qué armas tanto lío por una excompañera de colegio?

Apuré otra copa de vino y miré a Archie de reojo. Estaba segura que en cuanto Terry abandonara la mesa, el modelito le solicitaría una buena explicación a Richard "bribón" Daniels. ¿Quién lo diría? Archibald acababa de comprometer a su primita con el hermanito de Susana Marlowe y con ello, encadenarla a un cuarteto amoroso digno de una tragedia griega.

-¿Cómo sabes que fuimos compañeros de colegio? – preguntó Terry, como si por fin lo pusiera en evidencia.

-¿Fuiste colega de Archie, no, él dijo que vino con un viejo compañero de escuela y lo demás es simple lógica.

¿Lógica? El tipo estaba excepcional y poco faltó para que me parara a aplaudirle.

-No te creo nada – concluyó Terry, poniéndose de pie y aventando la silla.

-No me interesa – refutó Richard, sin inmutarse – y si ya te vas, que no se te ocurra ir con Susana.

-¿Y puedo saber por qué no?

-Porque mi hermana no va a cargar con tu mal humor nunca más¿oíste?

-No realmente – sonrió Terry, desafiante – repítelo.

-Hey, niños – quise intervenir pero Archie cogió mi brazo y se adelantó por mí.

-Será mejor que te vayas, Terrence – sugirió Archie – te traje a donde me pediste y no tienes más que hacer aquí.

-Tienes razón, aquí no – dijo Terry, colocándose el abrigo.

-¿Aquí…no? – pregunté, sintiéndome mareada por la enésima copa de licor que bebía.

-¿Adónde vas? – inquirió Archie, sospechando lo que no quería sospechar.

-Dónde debí hacerlo desde un principio. ¿Por qué pensé que podía confiar en ti?

-¡Sí! – vitoreé, sin ser dueña ya de mis sentidos – ¡Vamos a preguntarle a ella!

-¡Karen! – refunfuñó Archie, tentado a abofetearme.

-Oh, vamos – desdeñé con una última copa en la mano y tambaleándome para ponerme el abrigo – la noche es joven y nosotros más.

-Lo siento, Julieta – dijo Terry, apurándose a salir – mejor pídele a tu príncipe que te lleve a casa. Después te contaré.

-¡Ay, no seas así! – protesté con un puchero – ¡yo quiero ver!

Otelo me dio la espalda y se fue corriendo, haciendo caso omiso de los gritos de Archie.

-¿Va con ella? – preguntó Richard, palideciendo.

-Seguramente – dijo, buscando su cartera para pagar la cuenta.

-Mmmhhh… mala memoria – balbuceé con la mirada perdida – no trajiste tu carte… cartera porque huiste de casa. ¿Te… acuer… das?

-¿Huiste? – repitió Richard.

-¡Diablos! – maldijo Archie, dando una patada en el piso – ¿cómo me metí en esto?

-Déjalo, yo lo pagaré después – ofreció Richard, cogiendo su guitarra y encaminándose a la puerta de servicio – ¡Iré por mi chaqueta, los veré afuera!

-¿Vamos a ir? – sonreí como idiota, en medio de un vaivén de imágenes y sonidos – di que sí… di que sí.

-Estás ebria – se quejó Archie y jamás me había parecido tan encantador.

-Ah, que tontería… - negué con mi índice – no, no, no… nunca.

-Apresúrate – acomodó mi abrigo – tenemos que ir a mi casa.

-¿Tienes… tu choque?

-¿Mi qué?

-Perdón, perdón… tu… coche.

-Dios Santo – dijo, tirando de su paciencia – que acabe pronto este día.

Pero ninguno de los dos sospechábamos que aún faltaba la escena más emocionante y dolorosa de la noche. Aquella donde constatamos nuevamente que si las cosas podían resultar sencillas, como buen ser humano, había que echarlas a perder.


-¿Segura que quieres acompañarme, Candy?

-Por supuesto – respondió, abrochando el último botón de su abrigo – vamos ya. Encontraremos a Archie, estoy segura.

-Bien, le dejaré un mensaje a Aoi, aguarda un minuto.

Fui a la mesa del pasillo y cogí lápiz y papel. Un fuerte rechinido de llantas me distrajo y con escalofríos en la espalda, me acerqué a la ventana que daba a la calle.

Oh, oh…

La próxima vez que viera a Aoi, me aseguraría de recordarle que las mujeres no son las únicas en poseer un sexto sentido.

-¿Albert? – llamó Candy, intrigada.

Me volví a mirarla y por segundos mi mente quedó en blanco. ¿Qué podía decirle que no causara alarma en ella, si en instantes Terry estaría tocando a la puerta?

-Candy…

-¿Pasa algo? – dijo, aproximándose.

Cómo Terry supo la dirección y a qué venía eran preguntas muy inocentes. Ahora, mientras Candy se asomaba por la ventana, él estaría subiendo por el elevador luego de esquivar hábilmente al portero.

-No veo nada – concluyó, luego de observar la calle desierta - ¿qué ocurrió?

-Quédate aquí – le pedí, ordenando mis ideas – cerraré por fuera pero no tardaré – dije, corriendo a la salida.

-¿Qué?

-Ya vuelvo – repetí, alcanzando la puerta y cerrando rápidamente.

-¡Albert! – exclamó, molesta – ¿Qué haces!

No pretendía ser un obstáculo entre los dos ni un dolor de cabeza para el destino, pero primero averiguaría por qué Terry venía tan apurado. Evitaría a toda costa una escena similar a la de Archie y Annie, aunque un viejo amigo quisiera romperme la cara.

Corrí a lo largo del pasillo para llegar hasta el ascensor. Sin embargo, antes de oprimir el botón de servicio escuché sus puertas abrirse. Terrence salió de él, como estaba seguro que sucedería, y se detuvo al encontrarme.

-Hola – lo saludé con naturalidad – ¿vas a alguna parte?

-Sí – dijo tan frío como un bloque de hielo – y no tengo intenciones de que vengas conmigo.

Había comenzando; el reencuentro era inevitable y solamente restaba esperar que las piezas del rompecabezas tomaran su lugar.

Continuará…


Notas:

¡Konnichiwa!

Gracias por los reviews chicas... diganme también lo que no les gusta! aunque no sé si Terry se le de la gana cambiar algo de su papel en esta historia... le preguntaré pero ya saben como es: deliciosamente enojón...

Ja¿neh?

Emera

Referencias:

(1) ¿Cumplir todos nuestros deseos es alcanzar la felicidad, fue una idea retomada de la serie Tsubasa Reservoir Chronicle, capítulo 26: "El último deseo" © Clamp 2005.