Disclaimer: Los personajes de la serie "Fullmetal Alchemist" no me pertenecen. Éste es un fic sin fines de lucro.
El asesino está cansado y ha decidido que no tiene caso seguir con el juego. Edward sabe algo que Roy ignora y toma decisiones que le llevarán a la victoria o a la muerte que Charles Mustang le tiene preparada. Cuando se entere Roy ¿qué será capaz de hacer?
Nota: Este es el mismo capítulo que subí, pero me dí cuenta de algunos errores ortográficos. Lo siento, pero soy muy escrupulosa con eso...
Sombras
Capítulo X. Dando la cara a la muerte
Estaba todo oscuro en ése lugar. Después de todo, era un viejo almacén abandonado. El escondite perfecto, pues ahora sólo existía una llave. Y él la tenía. Mirando fijamente hacia la pequeña ventana que se perfilaba alta sobre un estante corroído lleno de baratijas de vidrio, por donde se podía observar el cielo, extrañamente despejado y estrellado, él esperaba. Le gustaba ésa ventana porque por allí se podía ver la luna en noches como ésa, a una hora que pasaba de la media noche pero no lo suficientemente temprana como para que el día clareara.
Poco después llegó a quien esperaba. Era una figura esbelta y alta, aunque no tan alta como el que esperaba. La figura no dijo nada, y se paró a unos pasos por detrás de "La Muerte Lenta". Sabedor de que eso conocía ya su llegada, esperó pacientemente y en silencio a que su acompañante hablase. No tuvo que esperar mucho. "La Muerte Lenta", quien hasta el momento había estado jugando de manera aparentemente distraída con una pequeña daga curva cuya hoja era poco más pequeña que la palma de su mano, dejó de mover la peligrosa arma, de tal manera que el brillo que se filtraba por la pequeña ventana se reflejase en el filo perfecto de la hoja.
-El conejo ha salido de la madriguera con los dientes por delante-dijo con una voz entre seria, divertida e irritada-. Él cree que puede convertirse en depredador. Pero ignora el hecho de que alguien que ha sido destinado a ser presa no puede ser otra cosa más que eso. ¿No te parece patético?
La otra figura tragó saliva con nerviosismo. El otro sonrió en silencio, regocijándose en el temor de su acompañante. "La Muerte Lenta" siguió con su sermón.
-No obstante, una vez que ha salido de la seguridad de su madriguera, ya no podrá volver a ella. Y sin embargo, hay ahora un perro cuidándolo. Un perro que está perdiendo el miedo. ¿Sabes una cosa? Creo que éste será el fin del juego. Ya no lo necesito más. Ni al conejo ni al perro. Tú eres la carnada, ¿no? Una carnada que, irónicamente, trabaja por su propia carnada. Así que asegúrate de hacer bien tu trabajo, o no volverás a ver tu "carnada".
La otra figura asintió, se dio la media vuelta y se apresuró hacía la puerta del gran almacén. Pero antes de que pudiera llegar hasta la salida, el otro habló de nuevo.
-¡Ah! Se me olvidaba. Asegúrate de que "el perro" se entere de todo. Si no, será tan aburrido como siempre.
Sin moverse siquiera, la figura esbelta escuchó la orden y, tras pasados unos segundos, salió casi corriendo hacia la oscuridad de la noche.
Aquel que se quedó solo volvió a sonreír, y rió por lo bajo. Volviendo a maniobrar con el cuchillo, alzó la vista hacia el brillante cielo por el que ya se comenzaba a ver la luna, una blanca, grande y perfecta luna llena.
-Es hora de acabar el juego, Roy. No hiciste mucho cuando maté a los peones, ni a las demás piezas de tu tablero. Me pregunto qué harás cuando mate a tu reina. Por mi parte…
"La Muerte Lenta" se encaminó en otra dirección, hacia un tambo de metal tapado. Destapó el bote y miró dentro el desastre rojizo y negro del interior. Sonrió.
-Por mi parte-repitió, orgulloso-, a mí no me importa sacrificar mis propias piezas.
-¡Qué ganas de molestar!-gruñó Edward por lo bajo mientras seguía limpiando la casa. Era fin de semana y él tenía día libre. No así Roy, que estaba bastante ocupado con lo de una investigación que a Edward se le hacía un juego de niños. Roy le había "pedido" que limpiara la casa. Ed estaba por no hacerlo, pero se aburrió tanto que no tuvo de otra.
Ya había pasado poco más de una semana desde que Edward y Roy se pasaran a vivir juntos, y "La Muerte Lenta" no había hecho movimiento alguno. Aún así, Ed no había podido comunicarse con Al, y eso le preocupaba. Ahora ya no estaba tan seguro de que sus deducciones anteriores eran acertadas. Ahora Al bien podía haberse convertido en un rehén. Edward dejó a medio barrer la sala y se sentó en el sillón a reflexionar. Por más que quisiera entrar en pánico, sabía que no debía hacerlo. "La Muerte Lenta", después de la ira inicial, debió haberse dado cuenta de que Al era el punto débil de Ed, y si quería que Ed se dejara atrapar lo mejor era poner a Al de carnada.
Sin embargo, y a pesar de la preocupación que sentía, Edward conocía bastante bien a su hermano como para saber que él sabría arreglárselas solo en un momento de necesidad como aquél, y sobre todo, porque Edward confiaba plenamente en Al.
Por otro lado, Edward ya conocía, o al menos podía inferir, el siguiente paso de su enemigo. Y debía prepararse para cuando ése momento llegase. No podía pensar en otra cosa por ahora, no si quería vencer a su adversario. Ahora que conocía la casa completamente, Edward se sentía más seguro, pues tanto él como eso conocían ésa casa bastante bien, por lo que si decidía hacerle una visita ahora que Roy no estaba, Edward estaba confiado en que al menos el campo sería imparcial.
De pronto se puso tenso. Teniendo una idea descabellada, se dirigió a todo correr hacia la ventana que daba al jardín trasero. Roy, por "seguridad", había cerrado todo, pero Ed, que día a día predecía mejor los movimientos de su compañero de casa, había tomado una medida previsora. Precisamente a ésa ventana le había colocado algo de goma de mascar en el postigo para que no cerrara bien y se trabara el cerrojo. Con eso, no tuvo problemas para abrirla.
-Qué bueno que quepo bien por aquí-murmuró para sí-. ¡ARGH! ¡ME ACABO DE LLAMAR PEQUEÑO YO SOLITO OTRA VEZ!
Tomando aire para tranquilizarse, Ed tomó el espejo de la cocina y, por medio de él, se aseguró de que el campo estaba libre, poniendo especial atención en el techo de la casa. Sabía en qué lugar de la azotea podía esconderse un hombre adulto, y éste era un único punto al lado de los tanques. El punto por el que estaba por salir no podía vigilarse desde ése lugar, así que era bastante seguro. Por eso, Edward había elegido ésa salida de emergencia.
Una vez Ed estuvo seguro de que todo estaba en orden, salió y cerró la ventana, que se volvería a abrir sin problemas gracias al truco que había utilizado, pero a simple vista se veía que todo estaba en orden. Entonces Ed se encaminó, siempre alerta, al teléfono público más cercano, y asegurándose de que no había nadie, llamó a su hermano.
Esta vez sí contestaron.
-¿Hola?-dijo una voz soñolienta al otro lado de la línea. En ella, Ed reconoció la voz de Al.
-¡Al! ¡Soy yo, Ed!
-¡Nii-san!-dijo Al, entre alegre, aliviado y enojado-. ¿Qué te pasa, nii-san? ¿Sabes la hora que es aquí?
-Eso no importa mucho, Al-dijo Ed, sabiendo que el tiempo era preciado.
-Además, ¿por qué nunca me contestas? Te he llamado un sinnúmero de veces y…
-Te lo explicaré, Al, pero déjame hablar. Voy a confiar en ti, Al-Ed tomó aire, esperando no arrepentirse por lo que estaba por hacer.
-Te escuchas preocupado, nii-san-dijo Al, preocupado por el tono tan serio del mayor de los Elric.
A grandes rasgos, Edward le contó toda la situación a su hermano, cómo era que "La Muerte Lenta" lo perseguía y porqué, su cambio de trabajo, su cambio de domicilio y el modo de acción de su rival. Había decidido que era lo mejor, ya que, en los últimos días, estaba pensando en la posibilidad de que Al fuera involucrado también. Alphonse escuchó a su hermano con atención, y a cada palabra que Edward pronunciaba, Al se preocupaba más y más.
Una vez que Ed terminó su relato de los hechos, un silencio incómodo se cernió sobre ambos hermanos. Hasta que fue Al quien rompió el silencio.
-¡Eres un tonto, nii-san!-dijo-. ¿Por qué no me lo dijiste antes?-su voz sonaba algo triste-. ¿Por qué siempre tienes que hacer todo solo? ¿Por qué, nii-san? Fue lo mismo cuando mamá murió…
Edward sonrió melancólico por la reacción de su hermano menor. Ya sabía que reaccionaría de esa manera.
-Sabía que era lo mejor el decirte todo, Al-dijo Ed a las protestas de su hermano-. Bueno, sólo quiero que te cuides. Ten cuidado, que posiblemente estés también involucrado. Por favor… No te descuides.
-Nii-san…
-Y otra cosa, Al-siguió el mayor de los Elric-: posiblemente no podamos hablar de nuevo, al menos hasta que esto termine. Así que no pienses en mí. Preocúpate sólo y únicamente por ti, ¿entendido? Yo me ocuparé sólo de mí, porque sé que tú estarás bien. Cuento contigo, Al.
-¡Espera, nii-san…!
Edward ya no escuchó la última súplica de su hermano, colgó el teléfono con la cabeza gacha. Al menos había podido decirle a su hermano todo antes de que las cosas estuvieran en su clímax, y antes de que su enemigo utilizara ése último recurso. Claro que no tardaría en enterarse, pero Ed haría todo lo posible por evitar lo más posible ése momento. Seguiría llamando desde la casa de Roy, aún sabiendo que la línea estaba bloqueada y monitoreada para ése número. Pero era sólo por guardar las apariencias.
-Así que sólo era una táctica-se decía Edward cuando volvía a casa-. A Al no le sucederá nada. ¡Bien! Hora de terminar con todo esto.
Mientras entraba de nuevo a la casa, después de asegurarse de que no había moros en la costa, Edward seguía reflexionando acerca de lo que pudiera hacer. Había revisado todas las llamadas que habían llegado al consultorio del Dr. Déroulard, y las que no conocía o que no eran por parte de los pacientes pertenecían a tres diferentes números de teléfonos celulares que se habían reportado como robados y encontrados poco después sin huella alguna. Eso sí que sabía hacer sus jugadas. Pero Ed tenía que demostrar que era mejor que él.
Sacó un fajo de mapas de Amestris, y extendió el de la ciudad del Este, que era en donde vivían. Los celulares robados también pertenecían a ésa zona, por lo que el asesino debía estar cerca, acechado desde las sombras, esperando el momento propicio para atacar.
Y Edward Elric tenía que evitarlo.
Sentado frente a un tablero de ajedrez hecho de fina madera tallada, con las piezas de mármol blanco tiradas alrededor, "La Muerte Lenta" se entretuvo congregando las piezas de ónice que representaban las piezas negras alrededor de las únicas piezas de mármol que quedaban de pie: el rey y la reina, uno junto a la otra.
Después de contemplar su obra con evidente regocijo, el hombre volvió su mirada hacia un alfil blanco tirado. Lo levantó y lo colocó en el tablero, pero tirado, sobre la diagonal de líneas negras.
-El hombre blanco que decidió transitar el camino de la oscuridad-dijo-. Aún no puedes dejar el tablero, aunque ya no puedas moverte. Porque si lo haces, mi propia reina dejará de moverse.
Después, miró un caballero blanco, de pie fuera del tablero. Con gesto molesto, el hombre lo tomó y lo puso lejos de todas las piezas, lo más lejos que pudo.
-Tú eres la carta sorpresa de los blancos. Jugaré contigo cuando acabe con las dos piezas que tengo más cerca. Aunque, como el rey habrá caído, el juego habrá terminado. Yo gano.
Movió la reina de ónice detrás de la reina de mármol, y luego, sonriendo, colocó su barbilla recargándola sobre sus manos entrelazadas.
-¿Qué harás, Reina Blanca?-murmuró- ¿Serás capaz de comerte a mi reina?
Roy volvió de noche. Encontró todo apagado y bien cerrado. La oscuridad lo turbó, la oscuridad y el silencio.
-¡Edward!-llamó.
-¿Qué quieres?-le respondió una voz molesta desde las sombras de la sala.
Roy encendió la luz. Edward había permanecido sentado en el sillón, pensando. Tan entrado estaba que ni se molestó en encender la luz.
-¡No me espantes así!-lo regañó el mayor. Edward se limitó a encoger los hombros. Roy vio la escoba recargada en la puerta del comedor, y miró a Ed de manera acusatoria.
-Yo ya limpié la mitad-dijo Ed-. Te toca la otra. Haz algo, para variar. Esta casa es un verdadero desastre. Ah, y como no cociné la cena porque me dio flojera, pedí algo. Lo tuyo está en la cocina. Pero tendrás que recalentarla. A éstas horas ya se habrá enfriado.
Roy se guardó las réplicas para después. Estaba muy cansado para pelear. Además, estaba bien, pues Edward seguía bien.
-Vaya, qué considerado-dijo con ironía el mayor al chico que ya estaba subiendo las escaleras para dirigirse a su habitación-. La vez pasada sólo pediste comida para ti.
-Te lo debía-dijo Ed como quien no quiere la cosa-. Tú invitaste la comida ésta vez.
-¡¿Cómo?-Roy lo miró enfadado, y murmuró para sí-: Pequeño demonio…
Ed no le hizo caso y se metió a su habitación.
No era la primera vez que sucedía algo como aquello, de hecho, parecía ser un juego entre los dos, el juego de "a que yo logro molestarte más que tú a mí", un juego que comenzó a partir de algunas acciones algo poco claras con el mayor de los Elric. Ciertamente, a Roy se le estaba haciendo un infierno el resistirse al muchacho que había llevado a vivir con él, y muchas veces había olvidado su estatus y su deber. Claro que el mayor de los Elric era el encargado de recordárselos (¡y vaya que lo hacía!), pero eso no había impedido a Roy seguirlo intentando. Y sin embargo, ésa clase de "competencia" había contribuido a acercarlos más (quizá sea por eso que Ed puede ahora predecir más a Roy, no?).
El mayor se dejó caer en el sillón. Ya no se sentía tan cansado, porque al parecer, las discusiones con Ed le hacían sentir con mayor energía. Aún así, esperaba impaciente el día en que todo se solucionara, pero detestaba el mero pensamiento de tener que dejar ir a Ed. No sabía cómo solucionar eso. Cada día se le hacía más difícil hacerse una idea de cómo mantenerlo a su lado. El chico era en verdad difícil. Y no podía decirle lo que sentía así como así. Además, estaba el hermano. A Edward no parecía importarle nadie más que su hermano, a quien había seguido intentando contactar, sin resultado.
¿Cómo podía vivir con eso?
El fin de semana había terminado y Roy manejaba en dirección al consultorio del Dr. Déroulard con un Ed muy animado en el asiento del copiloto. Roy no quería indagar acerca del porqué del buen humor del muchacho, pero debía admitir que le agradaba verlo así. Además, no importaba lo que le dijera, nada parecía arruinarle el día a Ed. Y eso ya era una ganancia.
Una vez Ed hubo entrado en el gran edificio lleno de despachos en el que trabajaba, Roy se retiró hacia su propia oficina. El buen humor de Ed se le había contagiado, al menos un poco, y esta vez ahora sí que tenía ganas de trabajar. Y las necesitaría, porque no había hecho nada como en tres días. Saludó a todos como lo hacía siempre, porque si Riza se daba cuenta de que tenía más energía de lo normal, le daría más trabajo que el que se suponía que debía hacer.
-Jefe-lo llamó Havoc a su espalada. Roy se volvió para ver al hombre que se acercaba a él de manera alegre. Quizá ya tenía novia otra vez, se dijo Roy. Havoc tenía en las manos un sobre carta cerrado con una etiqueta con algo escrito al frente.
-(¡Ay, no!)-se lamentó en silencio-. (Más trabajo. ¡Justo lo que me hacía falta!)
-Acaba de llegar éste paquete para usted-dijo Havoc una vez que hubo llegado hasta él.
-Gracias-respondió el hombre con cierta indiferencia, tomando el paquete que Havoc le tendía.
Hecho esto, se metió en su oficina. La oficina no mostraba a simple vista nada nuevo. Todo estaba igual a como lo había dejado el sábado pasado: la luz apagada, la silla ligeramente ladeada a un lado, el bote de basura vacío, el escritorio lleno hasta el tope de papeles bien alineados en varias hileras y la alfombra un tanto empolvada en la que no se veían más que sus propias huellas. En realidad, y desde que eso había vuelto, Roy tenía la costumbre de tomar una fotografía mental de su oficina y de su habitación cuando las abandonaba, y al volver siempre buscaba hasta el más mínimo indicio de intrusión. Pero ésta, como otras veces, no presentaba nada nuevo.
Dando un suspiro de alivio, y no sabiendo si deseaba o no que eso diera señales de vida después de haber estado inactivo tanto tiempo (cosa que le había comenzado a preocupar, pues no parecía ser su estilo, además de que por experiencia sabía que no era muy paciente), Roy se adentró en su oficina y cerró la puerta tras de sí. Llegó hasta su silla y se dejó caer en ella, dejando sobre la mesa el sobre carta que acabara de recibir. Miró con atención la etiqueta, escrita a máquina en papel ordinario, que decía:
"Mustang, Roy; Oficina General de Investigaciones del Cuartel De Ciudad del Este"
Tras darle vueltas a lo que decía la etiqueta hasta que la frase perdió su sentido, Roy sacó de su cajón un abrecartas y lo utilizó para rasgar el sobre. Dentro había un sobre normal algo grueso en blanco. Había algo más en el sobre, pero por ahora lo dejó del lado para voltear el sobre que acababa de extraer. Del otro lado sí que había escrito algo, y la escritura, terriblemente familiar, hizo que Mustang la soltara como si quemara.
En la letra pulcra y fina con la que su primo se identificaba a sí mismo, decía: "Es la hora de acabar el juego, primo". El color del rostro de Roy desapareció tan rápido que se diría que jamás lo tuvo, y el hombre se dejó caer atribulado en el respaldo de su silla. Sabía qué era lo que esas palabras presagiaban y temió de pronto haber cometido un error al no haber traído con él a Edward.
Alejando esos pensamientos, Roy se armó de valor y abrió la carta con cuidado, como si estuviese agarrando un reactivo altamente peligroso, y con el mismo abrecartas rasgó el fino papel en el que le gustaba escribir a su enemigo. Sacó cinco cuartillas pulcramente dobladas y escritas con la bella letra que no daba indicios de que la mano que las escribió se cansase al escribir tamaña hazaña. Roy Mustang comenzó su lectura en silencio. La carta comenzaba:
"Mi querido primo, recibe saludos afectuosos de tu otora buen amigo. Como habrás deducido inteligentemente por el preludio de que me valí para avisarte del contenido de esta carta, este es el fin. Pero antes que nada, quiero atormentarte un poco más, aunque eso suene un poco descabellado ya a estas alturas. Sé que reconociste mi letra en el sobre, y quiero que la imagen de ésta misma se te quede grabada en fuego en tu mente hasta el momento oportuno. ¿Y qué mejor manera de asegurarme de ello que haciéndote adentrar en la lectura de la misma mediante una pequeña historia que no serás capaz de abandonar ni de leer a medias? No te asustes. Te aseguro que mi pequeña historia te agradará tanto como a mí.
"Por otro lado, debo felicitarte desde el fondo de mi corazón y con mis más sinceros sentimientos. Me impresionaste mucho. No sabía que podías hacer el juego tan interesante. Lástima que haya sido ya al final del mismo. Debo felicitarte, igualmente, por tu buen gusto. Siempre creí que sería Riza. Ahora me burlo de mí mismo al darme cuenta de mi error. Lo que es más, tu buen gusto no se limita solamente al exterior, sino también en carácter. Edward Elric tiene unas aptitudes que sin duda le hubieran hecho alguien bastante exitoso, y puede que hasta poderoso. Lástima que su potencial aún no está del todo desarrollado. Sus malas elecciones y su carácter impulsivo le han llevado a desperdiciar su grandioso talento, un potencial del que hasta yo me he sentido envidioso. Te felicito. Encontraste a una reina inigualable. La mía no le hace sombra siquiera. Y esa es la razón de que el juego se volviese tan interesante. Edward Elric sin duda es especial. Me hubiera gustado hablar y jugar una buena partida contra él, y me duele tener que deshacerme de él sin siquiera haber probado del todo sus aptitudes. Me encanta tratar con los jóvenes, sus puntos de vista son tan frescos…
"Bueno, mi hoja se acaba y mi mano está ansiosa de contarte mi historia, por lo que dejaremos esto hasta aquí. Seguramente no nos volveremos a corresponder de ésta manera y temo que el día de nuestro reencuentro está ya muy cerca. De nuevo felicidades por haber encontrado a Ed, felicidades y mis condolencias. El chico me agradaba, pero tenía que morir atormentado para cumplir con mi propósito, que nunca ha sido otro más que hacerte infeliz".
Roy leyó y releyó la primera cuartilla, sobre todo las líneas finales. Leyó después las otras cuatro cuartillas, la historia, y a cada línea que leía acerca de su propio pasado hizo que su rostro pasara de una simple pérdida de color a una palidez portal. Al final de todo, venía una lista de todas y cada una de las personas a las que Roy se había sentido unido, comenzando por sus padres, delante de cuyos nombres se veía una pequeña crucecita; y leyéndolos rápidamente, llegó hasta el final.
Después sacó lo que había quedado en el sobre. Era una prueba de paternidad certificada y un dibujo. Roy miró este último. De algún modo recordaba haber visto esa cruz y esa serpiente en algún lugar.
Dando un salto al recordar dónde las había visto, dejó todo y, llamando a Riza para avisarle que tenía que salir con urgencia, salió. La cruz y la serpiente las había visto en cuello de Edward, pero antes de eso, la había visto en su caricatura favorita cuando niño, un programa televisivo que solía ver con su primo.
Por otro lado, Edward, al ver partir el auto de Mustang, dio un largo suspiro. Era difícil pretender que estaba alegre, cuando debía hacer preparativos para finalizar el juego. Sabía por una extraña intuición que su enemigo ya había hecho su última jugada y que era su turno de mover. Si lo hacía bien, sobrevivirían él y Mustang. Si no, Game Over.
Se llegó hasta el consultorio del doctor para el que trabajaba, al cual le explicó que no se sentía nada bien y que deseaba tomarse el día libre. Fue tan buena la actuación del mayor de los Elric que el doctor lo dispensó sin protesta alguna y con muchas recomendaciones para que reposara. Ed siguió fingiendo hasta hallarse fuera de la vista del edificio y retomó el camino contario al de su casa para poder prepararse correctamente.
Ése día se había preparado perfectamente, pues se había llevado ropa poco vistosa (completamente distinta a las coloridas prendas rojas que solía llevar), un pantalón gris oscuro, botas negras y flexibles para maniobrar bien, un polo negro y una sudadera con capucha también negra. La sudadera era de Al, por lo que le quedaba algo grande y las mangas le cubrían por completo las manos. La había elegido así para poder guardarse algo que había tenido el tino de llevarse: la hoja de una navaja que había sacado de su mango, y cuyo tamaño le permitía esconderla en la palma de su mano. La navaja estaba bastante afilada, por lo que debía ser cuidadoso al manejarla, pero sin duda sería útil. Quizá su utilidad no fuese tan lejos como para servirle de arma de defensa, pero Edward Elric estaba seguro que no la emplearía para ello. No. Sabía ya lo que su enemigo pretendía hacer, y estaba listo para ello.
Ahora, sólo debía confiar en que su astucia fuese mayor que la de Charles Mustang.
Perdón por los errores, pero la historia es la misma. No cambió ni un ápice, se los aseguro.
Gracias por seguir leyendo mi historia. Y ya que estoy agregando comentarios personales, me gustaría decir: Yuki! Deja en paz a Sol! Dejala ser... Al fin y al cabo viven en el mismo cuerpo... Y no se preocupen, he decidido atender a su sugerencia y meter un poco de lemon en los últimos capítulos, después de la tensión de éste y el próximo! (Ed y Roy: Y a esta qué le pasa?). Sí, ya se, de por sí los pongo en uno y mil predicamentos, pero aquí yo hago lo que quiero, no? Quién les manda a ser como son? Muchos estarán deacuerdo conmigo.
(Ed y Roy: T_T).
Jane!
