Hola chicas, aca estoy de nuevo trayendoles un capitulo de esta loca historia.

Espero que les guste y me dejen muchisimos comentarios.

Un beso, nos leemos pronto!

Casi perfecto

Capitulo BETEADO por Flor Carrizo, beta de Élite Fanfiction: www. facebookgroups /

Youre the first, the last, my everything

Pasar la tarde junto a Bella y sus amigos fue algo muy revelador para el médico. Por una parte, asumió estar completamente enamorado de esa jovencita y, por otro lado, se sintió incapaz de satisfacer todas sus necesidades. Si bien se consideraba un hombre atractivo e interesante, se preguntaba una y otra vez cuánto tiempo pasaría hasta que Isabella encontrase otro hombre más joven que él, alguien que sin dudas pudiera acompañarla a fiestas y festivales de rock sin sentirse demasiado viejo. Sin embargo, era más fuerte el deseo o la atracción que su moral. Por nada del mundo dejaría a su nena.

La semana trajo de vuelta un poco de distancia entre la reciente pareja. Las obligaciones de Edward en la clínica no le dejaban mucho tiempo libre. Y los próximos exámenes en el colegio de Bella tampoco fomentaban que sus encuentros fueran más próximos. Se hablaron por teléfono todos los días y no hubo noche en que los mensajes subidos de tono no los llevarán a dormir a altas horas de la madrugada.

Finalmente, con el fin de semana, pudieron reencontrarse. El viernes acordaron verse. Edward pasó por Bella a las ocho y fueron a cenar directamente a su departamento. Él médico había tenido un día sumamente agotador, con muchas cirugías complicadas que lo dejaron exhausto. La joven, en cambio, estaba bastante descansada ya que luego de regresar de sus clases durmió una pequeña siesta y dedicó el resto de la tarde a prepararse para la noche.

Edward encargó comida china para la cena y, en cuanto llegaron, ambos se enfrascaron en una amena conversación mientras cenaban.

—¡Te extrañé mucho, Edward! —dijo Bella mientras se sentaba en las piernas del médico.

—Yo también lo hice, nena, extrañé tenerte así —dijo mientras la abrazaba y dejaba besos en su cuello y hombro.

Ella respondió animadamente a sus caricias. Y poco a poco esos roces fueron volviéndose más íntimos y pasionales. Cada vez las caricias fueron más necesitadas y sus manos empezaron a recorrer el cuerpo del otro en busca del placer.

—Me tienes loco, cariño, necesito estar dentro de ti —susurró Edward en su oído.

—Te necesito, Edward… Te necesito dentro de mí —jadeó Bella en respuesta.

El médico tomó a la joven y de inmediato la llevó a su habitación donde empezó a quitarle el pequeño vestido azul que traía. Besó y acarició cada poro de su piel, le encantaba ver a esa muchachita suspirar con cada toque. Verla disfrutar era asombroso, quería guardar dentro suyo cada gesto de placer, cada gemido, cada suspiro.

—Eres preciosa, mi Bella —susurró a su oído.

—Tú eres hermoso, Edward… Te necesito.

—Tranquila, cariño, tenemos toda la noche —respondió mientras acariciaba sus senos.

La castaña llegó al primer orgasmo de la noche solo con las caricias del médico, pero su sed de pasión se incrementaba a cada segundo que pasaba.

Edward no aguantaba más, necesitaba estar dentro de la joven. Sin más preámbulos, quito la ropa interior de ambos cuerpos y se sumergió en su interior. Con cada embestida, él se sentía en la gloria. Con cada embestida ella sentía que se enamoraba más y más.

El cobrizo no tardó mucho en llegar a la cima del placer… sin embargo, Bella deseaba seguir toda la noche demostrando su amor.

El hombre, minutos después de alcanzar el orgasmo y aún con la jovencita sujeta entre sus brazos, cayó dormido. El cansancio acumulado de la semana sumado al éxtasis postorgásmico lo había sedado por completo. Bella, por su parte, sin nada de sueño, optó por encender la televisión y hacer un poco de zapping. No había nada que ver, por lo que terminó sintonizando viejos capítulos de Bob Esponja, ya que le divertían mucho.

Dos horas después, el cobrizo se despertó con las carcajadas de Bella.

—¿A qué se deben esas risas, preciosa? —preguntó el médico, mientras acariciaba el rostro de la muchacha.

—Es solo que me reía de las ocurrencias de Calamargo.

—¿Cala qué? —preguntó el hombre con asombro ante la mención de ese nombre que nunca había escuchado.

—Calamargo. —Ella señaló al dibujo que aparecía en la televisión—. El compañero de Bob Esponja, cariño. ¿A caso nunca viste estas caricaturas? —preguntó anonadada.

—No, nena. No veo esas caricaturas. La última que vi fueron los Picapiedras y Tom Jerry.

—Esos estaban buenos también, aunque son un poco viejos –dijo entre risas.

—Y además de ver caricaturas hasta tarde, ¿qué te tiene tan despierta? —consultó el cobrizo.

—Es solo que no tenía sueño. Estoy acostumbrada a dormir tarde —se disculpó Bella.

—¿Qué te parece si hacemos otras cosas para matar el tiempo y apagamos esas tontas caricaturas? —sugirió él mientras se dedicaba a besar y acariciar a Isabella.

Tras otra ronda de amor y pasión, ambos durmieron plácidamente en los brazos del otro. Por la mañana, como todos los días, Edward a las siete ya estaba despierto. Estuvo un largo rato viendo a la jovencita dormir. Luego se levantó y preparó el desayuno. Hizo hot cakes, picó fruta y preparó café.

—Bella, cariño, despierta —dijo el cobrizo, mientras depositaba besos en el hombro desnudo de Bella.

—Un ratito más, por favor, es muy temprano aún —dijo mientras se daba vuelta en la cama y se cubría con el edredón.

El doctor la miraba asombrado, esas actitudes le parecían tan de niña y a la vez tan mujer. Tan inocente para algunas cosas… Finalmente, decidió dejarla dormir un rato más.

Volvió a la cocina y tomó el periódico para ponerse al tanto de todas las noticias, mientras bebía su tan preciado café.

Para las diez de la mañana Edward llevaba leídos los principales periódicos del país. Revisó las historias clínicas de las cirugías que tenía programadas para esa semana y repasó los procedimientos. La cafetera había sido vaciada, por lo que preparó nuevamente café para que Bella tuviese con que desayunar. Luego, después de mucho meditarlo, decidió despertar nuevamente a su nena.

—Bella, amor, vamos a levantarnos —dijo el cobrizo mientras dejaba tiernos besos en su cuello y rostro.

—Buenos días, Ed —saludó la jovencita con voz somnolienta.

—¿Cómo estás, pequeña?

—Bien, ¿y tú, cariño? —preguntó ella mientras se frotaba los ojos, con un gesto muy infantil que la hacía ver adorable.

—Muy bien, bebé, ¿quieres que sirva el desayuno?

—Sí, muero de hambre —dijo mientras se sintió como su estomago rugía. Miró al hombre del que estaba enamorada y sonrió.

—Te espero en la cocina, será mejor que te alimente, creo que morirás de hambre y eso no puedo permitirlo.

El hombre desapareció de la habitación, ella tomó una camisa de él que encontró sobre la silla que estaba al lado de la cama y se la colocó. Luego buscó por todos lados donde habían quedado sus bragas, pero le fue imposible encontrarlas, por lo que decidió buscar un bóxer para no andar desnuda. Luego, pasó por el baño, se lavó la cara y caminó rumbo a la cocina.

El médico, en cuanto la vio, le sirvió un plato con los hot cakes calientes y una taza de café negro fuerte. La jovencita de inmediato hizo una mueca de asco.

—¿No te gustan los hot cakes, bebé? —preguntó sorprendido.

—El café no me gusta, no sé cómo puedes tomar esa porquería. ¿No tienes chocolatada?

—No, Bells, la verdad es que hace años que no compro chocolatada, pero si quieres podemos ir al supermercado y comprar lo que te guste para que puedas comer cada vez que vengas a casa.

Ella sonrió y le dio un beso en su mejilla. Luego tomó el plato, agregó a las tortitas fresas cortadas y un poco de jarabe de chocolate y empezó a comerlo con ganas.

—¿Quieres jugo de naranja? —preguntó Edward.

—Sí, por favor —respondió sonriendo.

El martes por la mañana, Edward se despertó a las siete como de costumbre, pero unos minutos después de salir de la ducha, el sonido del timbre lo sorprendió.

—Mamá, ¿qué haces aquí? —preguntó serio tras ver a su madre presentarse furiosa.

—¿Venía a comprobar si sigues con vida? Hace más de dos semanas que te esperaba para almorzar con mi amiga y su hija, no te presentaste y ni siquiera tuviste la decencia de llamarme para disculparte.

El médico, sabiendo que le esperaba un largo sermón, se apresuró a preparar el desayuno, mientras su madre seguía regañándolo como un niño.

Al abrir el gabinete para sacar una capsula de café para su madre y otra para él, sonrió al ver las cajas con cereales de diferentes sabores que ahora formaban parte de su despensa, Cheerios, Frosties y Froot Loops. Su madre no fue ajena a esa adquisición.

—¿Desde cuándo comes cereales?

—No lo hago, mamá. ¿Deseas agregarle leche a tu café? —preguntó.

—¿Desde cuándo tienes leche? Edward, ¿qué me estás ocultando? —preguntó la mujer sorprendida.

De inmediato abrió la heladera y encontró en ella cartones de leche, envases pequeños de chocolatada, mermelada de fresa orgánica, cosa que su hijo aborrecía, y postrecitos de vainilla. Se dirigió a la alacena y, como una posesa, empezó a abrir desenfrenadamente todas las puertas, encontró galletas rellenas de frutillas, Oreos, Pringles y miel de abejas, a la cual su pequeño era alérgico.

—¡Por Dios! ¡¿Cuándo pensabas decírmelo?! ¿Cuándo ibas a darme la noticia? —Corrió hasta el baño y encontró un cepillo rosa que descansaba junto al azul de su hijo, abrió los compartimentos y vio un pote de jabón líquido de fresas, junto con un tarro lleno de sales del mismo aroma y, al lado, un pequeño recipiente de aceite de bebé.

La mujer regresó a la sala y se sentó en el gran sofá.

—¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿Cómo pudiste hacer una cosa así, Edward? ¿Cuántos años tiene? —La mujer se tomaba la cabeza y realmente lucía enfurecida—. Tu padre estaría devastado al saber lo que has hecho.

Edward, que hasta el momento se había mantenido callado, tras la mención de su padre estalló.

—Tiene más de dieciocho años, si eso es lo que te preocupa. No estoy cometiendo ningún crimen. Y no sé si mi padre estaría desbastado o no. No puedo saberlo, porque no lo conocí, pero creo que él como hombre me comprendería.

—¿Dieciocho años? ¿Tiene dieciocho años?

—¿Qué es lo que no puedes entender madre? ¿Qué es tan difícil de comprender? —preguntó exaltado.

—¿Cómo pudiste ocultarla tanto tiempo? ¿Hace cuánto tienes contacto con ella?

—La conocí hace poco tiempo, mamá. Y solo hace unas semanas nos frecuentamos. No es nada del otro mundo, se que no debería ser así, pero no pudimos evitar que las cosas se dieran de este modo —respondió tratando de justificarse.

—Me ocultaste a tu hija durante dieciocho años y me dices que eso no es nada —gritó la mujer—. ¿Me estás diciendo que conociste a tu hija hace poco y no tuviste la decencia de avisarme de su existencia?

El cobrizo entendió que era lo que tenía tan apenada a su madre y realmente sintió que la realidad lo golpeaba, Isabella podría ser su hija, pero era su novia… Ahora debía explicarle eso a su madre y esperaba que lo pudiese entender.

—Isabella no es mi hija, mamá, yo no tengo ningún hijo tirado por ahí, me ofende que creas eso. Sin embargo, déjame aclararte que ella es mi novia.

La mujer no sabía qué pensar, si era mejor tener una nieta salida de entre las piedras o que la novia de su querido hijo fuera una cría que recién había dejado el colegio.

—¿Tú estás loco? ¿En qué cabeza cabe tener un noviazgo con una cría que no sabe limpiarse los mocos?

—Mira, mamá, yo te quiero muchísimo, pero te aclaro que a mi pareja la elegiré yo. Durante años intentaste emparejarme con las hijas de tus amigas, pero ellas no son de mi agrado. Ahora yo encontré a una mujer que realmente quiero, por lo cual te pido… No, te ruego que respetes mi decisión y no te metas en mi pareja.

—¿Qué respete tu decisión? ¿Y de qué mujer me hablas, Edward? Por favor, hijo, es una cría, hace cuanto que dejó el colegio.

—Sí. Respeta mi elección, Isabella es una mujer encantadora y es muy madura para su edad. Ya no tengo por qué andar pidiéndote aprobación. Si no te agrada la mujer que elegí, perfecto, la que pierde eres tú. Solo me gustaría que antes de juzgarla la conozcas.

—Bueno, si es así, llámala y que venga así la conozco.

—Mamá, no la llamaré, en este momento está en clases y tú demasiado alterada.

—¿En qué universidad estudia? ¿Qué carrera está siguiendo?

—Está en el colegió aún, el próximo semestre ingresará en leyes.

—¿Una colegiala? ¿Te parece involucrarte con una colegiala? ¡Por Dios, pensé que había criado un hombre decente, no uno que cumplirá la fantasía de acostarse con una colegiala! ¿Ya lo hiciste? ¿Ya te acostaste con ella? ¿Cuándo te cansarás de ella? ¿O esperas a que sea ella que te deje por un niño de su edad?

—Te lo diré una sola vez, mamá, yo estoy enamorado de Isabella, no es un capricho ni ninguna fantasía cumplida. Es mi vida, por primera vez logré amar a una mujer. No voy a permitir que tú lo arruines por tus tontos prejuicios. Te voy a pedir que te vayas. Y si en algún momento comprendes y aceptas mi decisión será fantástico, si no te pido que no vuelvas a mi casa.

La mujer se quedó estupefacta ante la reacción de su hijo. Él era todo lo que tenía y la estaba dejando por una mocosa. Tomó su bolso y de inmediato salió de la casa de su hijo enfurecida.