La Llave de Tu Corazón
Capítulo Nueve: Luna de Miel.
Capítulo con escenas de contenido sexual.
Albert le retiró el cabello de la cara y la besó con tanta pasión como antes. Ella respondió al instante. No tenía elección, él era el dueño de su deseo. La había poseído cuando ella no creía que pudiera desearlo tanto. Y cuando se tumbó sobre la espalda, sin dejar de abrazarla, Candice quedó tumbada sobre él y suspiró de satisfacción.
Ninguno de los dos habló. Ambos intentaban recuperar el aliento. Albert le acariciaba la espalda y el trasero con suavidad. Candice levantó la cabeza, cruzó los brazos sobre el pecho de Albert y apoyó en ellos su barbilla. Él tenía los ojos cerrados y la expresión de su rostro era de serenidad.
Ella quería decirle lo que sentía, pero no estaba segura. Y no estaba preparada para comprometer su corazón de manera tan profunda, aunque sabía que su vida había cambiado desde que Albert había regresado. Volvían a estar juntos en la cama, y la había hecho sentir mucho mejor que la otra vez.
—Hola —dijo Albert cuando abrió los ojos.
—Hola, teniente.
—Casi me da miedo oír lo que tienes que decir.
—No tengo mucho que decir, Albert —le acarició los labios con la lengua antes de besarlo.
El la abrazó con fuerza.
— Juntos somos increíbles, ¿verdad? —dijo ella, y él se giró hacia un lado y le acarició la curva de la cadera.
—Oh, sí.
—¿Y qué pasó cuando estuviste en el agua durante horas?
—Creía que no me estabas escuchando.
—No lo hacía, pero de eso sí me enteré.
—Al final nos dejaron salir y nos comimos las sobras de la comida anterior que estaban en la basura.
—Ewwww —dijo ella, y se sentó—. Qué asco.
—Es cuestión de supervivencia, cariño. Cuando se tiene hambre, se come lo que hay —no pudo resistir la tentación de tocar su pecho desnudo. Alzó la cabeza y le acarició el pezón con la lengua.
Candice gimió y él le cubrió los pechos con las manos, masajeándoselos a la vez que succionaba. Ella comenzó a acariciarle el pecho y el vientre. Al ver que sus músculos abdominales se tensaban, sonrió.
—Candy.
Ella lo miró y deslizó la mano hasta cubrir su miembro viril. Al sentir que ya estaba excitado lo miró arqueando las cejas.
—Es mi estado habitual cuando tú estás cerca.
Entonces, ella se agachó y se lo acarició con la lengua. El gimió y se agarró a las sábanas. No podía soportar lo que ella le hacía sentir. Quería soportarlo, pero era superior a sus fuerzas.
La agarró por los brazos y tiró de ella hacia arriba.
—Será mejor que hagamos algo al respecto —dijo él—. Ahora mismo.
—En eso estaba —dijo Candice con una sonrisa, y se sentó a horcajadas sobre Albert.
Él no le dio tiempo ni para respirar y la penetró. Ella se rió y, apoyando las manos sobre su pecho, comenzó a cabalgar, moviéndose con fuerza y sin dejar de mirarlo. Albert se incorporó, hizo que Candice lo abrazara con las piernas y comenzó a moverse más rápido. Ella lo agarró por los hombros y empujó con fuerza.
—Estás muy caliente —dijo él, y ella le contó lo que sentía al tenerlo en su interior.
Albert la tumbó sobre la cama y continuó penetrándola, cada vez más rápido, mientras ella se reía y pedía más. Se giraron en la cama y cayeron al suelo. Sin parar.
Entonces, moviéndose al mismo ritmo, alcanzaron el clímax.
—Candice —la llamó una y otra vez hasta que se estremeció y tensó todo su cuerpo, vertiendo la semilla en su interior. Después, se tumbó a su lado.
—Guau —dijo él.
—Bravo, piloto —dijo ella entre risas.
Él soltó una carcajada y la besó.
Al cabo de un rato, regresaron a la cama.
Albert se abrochó el albornoz. Se pasó los dedos entre el cabello mojado y miró a Candy. Estaba tumbada boca abajo y la sábana solo le cubría el trasero. Se fijó en su melena, en la espalda y en las piernas que lo habían atrapado por la noche. Sonrió de satisfacción.
Afuera, el sol se alzaba en el cielo, sobre el río. Albert agarró el teléfono inalámbrico y salió al balcón donde había servido la mesa para el desayuno. No había permitido entrar al botones. No quería interrupciones, nada que estropeara esos momentos que pasaban a solas. Muy pronto volverían a la vida real.
Sin dejar de mirar a Candy, llamó a su casa y esperó a que su madre contestara. Candice se despertaría nerviosa por saber cómo lo había pasado Avril sin ella. Albert no anhelaba saber cómo se las arreglarían sus mujeres sin él. Pero cada vez le quedaba menos tiempo, su permiso estaba a punto de acabarse. Pronto, la patria lo llamaría.
Candice se incorporó sobresaltada y, cuando se dio cuenta de que no tenía que cuidar de su hija, volvió a tumbarse. Se desperezó y, respiró hondo. Al ver que estaba sola en la cama, recorrió la habitación con la mirada hasta que encontró a Albert. Estaba sentado en el balcón, leyendo el periódico y tomando café, y cuando pasó cerca de él, levantó la vista y sonrió.
—Que vista tan agradable de buena mañana.
Ella sonrió y se puso el albornoz.
—Vaya.
—No creo que la ciudad esté preparada para el nudismo.
Él sonrió otra vez y ella se sentó a su lado. Le sirvió una taza de café mientras ella disfrutaba del calor de los rayos del sol sobre su rostro.
—¿Qué te apetece hacer hoy?
—Tengo que llamar a mi madre.
—Ya lo he hecho yo. La princesa está a punto de irse al parque, después a la playa y después de compras.
Candice sonrió, tratando de no echar de menos a su hija y de centrarse en Albert.
—¿Tenías algo pensado para hacer hoy? — él la miró de arriba abajo y ella dijo:
—Aparte de eso —la noche anterior habían explorado sus cuerpos. Y Candice pensó, «no va a marcharse a una misión. Todavía voy a tenerlo cerca unos días».
—¿Navegar? ¿Hacer un tour? ¿Ir de compras?
Ella sonrió al ver la cara de horror que ponía solo de pensar en la última posibilidad.
—Ni se me ocurriría obligarte a ir de compras. Además, no necesito nada.
—Teniendo en cuenta tu género, es una prioridad.
—Machista.
Albert sonrió, y sintió que se le encogía el corazón al ver que Candice se retiraba el cabello de la cara y el sol iluminaba los brillantes de su alianza. La última vez que le había hecho el amor, tuvo que salir de la cama temprano para marcharse a África. Nunca se olvidó de ella.
De pronto, era su esposa. Miró el anillo que ella le había colocado durante la boda. «Para siempre», pensó.
—No puedes llevarlo en las misiones, ¿verdad?
—No. No podemos llevar marcas identificativas. ¿Te importa?
—No, no me gustaría que te hirieran por un anillo, y no creo que un anillo te convierta en casado. Es más que eso —bebió un sorbo de café y se comió un pedazo de magdalena.
—Continúa.
—Es el compromiso, la compasión, la sinceridad. La confianza. Esas cosas se sellan con una ceremonia y un anillo, pero no es esto último lo que hace que existan. Lo aprendí por la vía dura.
Él le sujetó la barbilla y la besó en los labios.
—La escuela ha terminado, cariño.
—Lo sé —dijo ella mientras le acariciaba el rostro—. De verdad, lo sé —continuó con voz temblorosa.
—Háblame —dijo Albert al ver temor en la expresión de su rostro.
—No quiero decepcionarte, Albert. Has hecho tanto por mí…
—Eh, no se trata de ver quién hace más, Candy. Yo salgo ganando… una esposa, una hija… una amiga.
—No has dicho una amante.
Él sonrió.
—Bésame otra vez, teniente.
—Sí, señora.
Candice sintió que su interior se ponía tenso en el momento que sus labios se rozaron.
—Quiero hacer esto siempre —susurró él, y la hizo sentarse en su regazo.
Candice sentía lo mismo que él. No se habría casado con él si no hubiera estado segura de que entre ellos había algo más que puro sexo y un bebé. No podía reconocer que lo amaba. Todavía no. Su corazón ya la había engañado antes. Hubiera jurado que amaba a sus prometidos, pero esta vez era diferente. Albert era diferente, fuerte, paciente, poderoso.
Albert metió la mano bajo su albornoz y Candice perdió el hilo de sus pensamientos. Le acarició los pechos, y le contó lo mucho que le gustaba sujetarla.
—Estás haciendo algo más que sujetarme, Ardley, y será mejor que pares o que te pongas manos a la obra —bromeó, y él llevó la mano entre sus piernas.
Se las separó e introdujo dos dedos en su interior.
—¿Te parece suficiente?
—Oh, sí —gimió ella, y se acurrucó junto a Albert mientras él la acariciaba con pasión.
Cuando Candice comenzó a mover las caderas, Albert se puso en pie y la llevó hasta la habitación.
Candice estaba encendida y se apresuró para quitarse el cinturón.
—Deprisa —dijo ella—. Ahora, Albert.
El se quitó el albornoz y dejó al descubierto su potente masculinidad.
—Ya voy, ya voy, señora —dijo él.
Le separó las piernas y la poseyó.
—Oh, Albert —dijo ella mientras se movían acompasadamente y se besaban hasta devorarse.
Con cada movimiento, Albert hacía que aumentara su excitación, y cuando pensaba que le había hecho daño, ella le pidió más. Y él se lo dio. Albert la penetró con fuerza y ella lo atrapó con las piernas hasta que ambos llegaron al clímax.
La explosión hizo que ella gimiera. Albert se mordió el labio para no gritar de placer y su cuerpo comenzó a temblar.
Una vez saciados y relajados, Candice se rió.
—¿Te estás riendo? ¿Te ríes cuando yo apenas puedo respirar?
—No, me reía porque recordé por qué fui contigo a la habitación del hotel la primera vez.
—¿Por mi encanto?
—Sabía que iba a ser muy emocionante.
—Lo tomaré como un cumplido.
—No lo hagas. Ya eres bastante presumido —se puso en pie y él observó cómo llegaba hasta el baño.
Segundos más tarde, oyó correr el agua de la ducha.
—Eh, Ardley—lo llamó ella—. ¿Esperas una invitación o qué?
«Estoy esperando para recuperar el aliento y. volver a la carga», pensó él. Sonrió, salió de la cama y se fue al baño. A través de la mampara la vio en la ducha, mojada y enjabonándose. Solo hizo falta que Candice arqueara una ceja y se enjabonara el pecho para que Albert estuviera preparado para poseerla de nuevo.
Se metió bajo el chorro de agua y murmuró:
—Vas a matarme, mujer —la levantó contra los baldosines y la poseyó.
OOO
Candice miró hacia el patio desde la ventana y observó cómo su padre inspeccionaba el gimnasio que Albert le había construido a Avril. Los dos hombres se habían hecho muy amigos, como si compartieran algún lazo secreto. Los miró mientras ambos observaban uno de los travesaños. El padre de Albert, había fallecido dos años antes, y por eso Albert había acompañado a su hermana pequeña hasta el altar el día de su boda. Candice sabía que era un hombre tranquilo y maravilloso y sospechaba que Albert lo había heredado de él.
—No sabes qué hacer contigo misma, ¿verdad, cariño? —dijo la madre de Candy.
Ella se volvió y vio que la madre de Albert y su madre compartían a Avril como si fuera un gran premio. La niña estaba en el paraíso de los abuelos.
—Vais a malcriar tanto a Avril que me tiraré de los pelos cuando no estéis aquí.
—Tenemos el privilegio de las abuelas —dijo la madre de Albert—. Tenemos derecho a divertirnos todo el rato y a no trabajar nada —Le dio una galleta a Avril—. ¿Tienes chocolate? —bromeó.
Candice se rió, y entró en la cocina. La madre de Albert era encantadora. Todo era… perfecto. Pero le parecía extraño tener a Albert en casa, que sus cosas estuvieran en el baño. Sin embargo, despertarse a su lado, cenar frente a él y quedarse hablando hasta altas horas de la noche era muy reconfortante. A Avril le encantaba que su padre estuviera cerca, y Candice temía que llegara el momento en el que Albert se marchara para servir a la patria.
La madre de Albert entró en la cocina con una bandeja llena de platos con los restos de la barbacoa.
—Ya lo hago yo — Y ella comenzó a meterlos en el lavavajillas—. ¿Cómo lo llevas, cariño?
—Bien. En realidad, estupendamente.-comentó Candice.
—Pareces asombrada.
—No esperaba que fuera tan fácil.
—No fue fácil llegar a este punto, ;verdad?
—No, señora.
—Sabía que había algo entre vosotros en la boda de Rosemary —cuando Candice la miró, su suegra arqueó las cejas. Candice se rió y enseguida supo de dónde había sacado Albert su encanto—. No sabía qué era, pero cuando Albert me llamó para decirme que era papá, supe que eras tú.
—Me alegro de que des tu aprobación.
—Sé por lo que estás pasando. A veces funciona y eso nos asusta. Esperamos que se nos rompa el otro zapato, o que se caiga el tejado. Pero a veces tenemos más que un poco de suerte.
Candice preparó una cafetera.
—Albert es un buen hombre. Estamos casados y somos amigos.
—¿Amigos? ¿Tal y como os miráis el uno al otro? ¿Y compartís la cama, no? No podéis mantener las manos alejadas del otro, aunque sabemos que habéis hecho un gran esfuerzo. No quiero ni veros cuando nos vayamos todos de aquí —Candice se sonrojó—. He visto cómo te mira Albert —dijo su suegra entre risas—. Está ebrio de amor.
—Oh, no creo —dijo Candy.
La madre de Albert se cruzó de brazos.
—Conozco a mi hijo. Sé qué motivos tenía para casarse contigo, y quizá hayáis hecho un trato, pero puedo verlo en su mirada. Puede que sea agente secreto y aparente ser duro y distante, pero se derrite cuando te mira. Así que continúa diciéndote que es solo por el bien de mi nieta si esto te ayuda a aceptarlo. Pero yo lo sé bien —Su suegra se acercó a ella—. Te quiere, con locura.
Candice cerró el lavavajillas y lo puso en marcha. Su suegra salió de la cocina mientras Candice miraba a Albert desde la ventana. ¿La amaba? Él le había dicho que no podía ofrecerle amor. Candice se preguntaba qué clase de tonta era para creer las fantasías románticas de la madre de Albert quien deseaba que fueran felices y estuvieran enamorados, pero no era así. El matrimonio no hacía que la pareja fuera feliz para siempre, y menos cuando se habían casado por otros motivos y no por amor.
Y si él la amaba, ¿qué? ¿Podía confiar en él? Al fin y al cabo, sus anteriores prometidos le habían dicho lo mismo, y terminaron mal. Pero recordó que Albert no se lo había dicho, y admitió que con él las cosas eran diferentes. Nunca había deseado estar con un hombre veinticuatro horas al día hasta que conoció a Albert.
Lo miró una vez más. Estaba muy atractivo y la camiseta negra le combinaba con su cabello rubio.
Su suegra pasó junto a ella y le dijo con una sonrisa:
—¿Lo ves? Ya te lo había dicho.
Albert quería que Candice estuviera en su cama, quería estar cerca de su hija y que su nombre apareciera en el certificado de nacimiento de Avril. Había ido a cambiarlo el mismo día que regresaron de la luna de miel. Ya había conseguido lo que quería. ¿Se marcharía? Candice no iba a engañarse a sí misma, ni a vivir en un mundo de fantasía, creyéndose que él la amaba. Podría volverse loca solo con pensar en ello.
¿Por qué? ¿Por qué deseaba su amor?
El era amable y considerado. No tenía muchas cosas que a Candice no le gustaran.
«Lo adoras», le dijo una vocecita en su cabeza.
Así era. Se había enamorado de Albert, pero había una parte de su ser que se negaba a aceptarlo. Como si pudieran engañarla y traicionarla de nuevo.
OOO
Por el Sendero de la Vida...
¿Me amas...? Entonces toma mi mano y agárrala fuerte
porque vamos a recorrer el sendero de la vida,
superar sus obstáculos, tomar sus atajos,
disfrutar de sus maravillas,
ayudar a otros a encontrar su propio camino,
vencer nuestros miedos y
esforzarnos por ser mejores cada día...
Y al final, podremos decir:
¡LO HICIMOS JUNTOS, MI AMOR...!
(Anónimo)
Agradecimiento especiales a cada una de ustedes por su apoyo constante a cada una de mis historias.
Menciones a mis brujitas del Aquelarre CBA, a los grupos: "Historias de Albert y Candy" , Personajes Candy Candy,ALSS, LPA y Clan Alba Highland's Andrew.
Saludos y agradecimientos por sus reviews a :
Lu de Andrew
Que Viva Candy
Mayra Exitosa
Nadia M Andrew
GRANDCHESTER LUCY
Mariel
Friditas
MGA Andrew
Faby Andley
Patty A
Patty Castillo
Laila
Josie
Paloma
Elisa
Rose de Grandchester
Sonadora
Marisol
Chicuelita
Liovana
Lady Susi
MiluxD
Saori
Carolina Azul
Zafiro Azul
Angdl
Luissid
Iris Adriana
Litzy
Kira Anima
Hermosas cada review me los llevo en el corazón... Gracias a cada una de ustesdes. Espero postear pronto.
Un abrazo en la distancia,
Lizvet
