Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, sólo los tomo prestados para crear una historia para fines de entretenimiento.
La última tarde en este mundo.
Capítulo X
...toma los recuerdos de aquellos lejanos días entre tus manos y destrúyelos
...abraza la vida...más allá de la pena
...más allá...
La textura del papel era rugosa, demasiado rugosa para el tacto. La papelería luego de una gran guerra es una de las cosas menos importantes que atender, así que el papel que se usaba para los informes o telegramas oficiales, incluso para las cartas, era un papel de muy mala calidad. Amarillo y áspero, así lo sentía dentro de su bolsillo mientras escuchaba las palabras del Primer Ministro. Le hablaba sobre la fiera lealtad que su familia había tenido para con su país y de lo lamentable de su situación, pero, como le había dicho el teniente Cornwell, contaban con él para apresar al traidor Leagan antes de presentarse con el rey.
"Yo mismo lo escoltaré una vez cumplida esta anquilosada misión, Capitán" Dijo aquel hombre con una voz igual de solemne que su porte. Él simplemente asintió, estoico, a la aseveración y en su mente repasó la palabra "anquilosada", le pareció el adjetivo perfecto para describir ese papel que aún estaba en su bolsillo, casi atrofiado.
El comité se dedicó a elaborar un plan de contingencia, Stear y él estaban incluidos aunque apenas ponía atención a las recomendaciones que hacía, fue Stear quien se encargó de hacer todas las preguntas pertinentes. El plan parecía ser sencillo; ambos contaban con el permiso real de portar armas y apresar para juicio militar a Neal Leagan, el General Wellenton sería el encargado de preparar el espacio y el tiempo propicio para el arresto sin que la ninguna de las partes resultara afectada procurando proveer la mayor seguridad a Lady Rosemary Andrew. Ciertamente los pasos a seguir eran sencillos aunque desesperadamente lentos, ahora lo que debían hacer era permitir al General Wellenton trabajar y esperar un mensaje de él...
Pero para Albert todo parecía muy fácil, más de lo que debería parecerle. No estaba muy seguro de que Neal Leagan se tragara eso del compromiso de Rose con George de una manera tan burda como para ser capaz de hacerle frente y exponerse para ser arrestado. A demás, aún estaba su hermana, Eliza, que a su parecer había confesado demasiado pronto el destino de su hermano. Tal vez ambos planearon algo juntos o posiblemente...
-¡Señor, el Rey solicita audiencia urgente! - anunció un hombre escuálido que entró sin tocar la puerta. Esto provocó que el Primer Ministro temblara intempestivamente por la interrupción, estuvo a punto de gritar y vociferar, pero desistió cuando escuchó "audiencia urgente". Seguramente se trataba del recuento de los daños, había pensado en asistir cuanto antes a su presencia, pero desde el fin de la guerra que no veía al rey.
Agradeció a los presentes y dio, nuevamente, la bienvenida a al capitán Albert. Le extendió la mano ofreciéndole todo el apoyo necesario para arrestar a Neal Leagan y saldar la alianza con América. El joven capitán asintió y lo miró perderse tras la puerta, cuando ésta sonó, volvió la vista al frente para toparse con un Stear que lo miraba interrogante, entonces le recordó el papel aquel y llevó la mano a su bolsillo para confirmar que ahí seguía.
Era el primer viaje que hacía en su vida, nunca había salido de América, tampoco nunca había tenido la intención de hacerlo, siempre pensó que la tierra donde vivía era una tierra buena y feliz, que nada le faltaría...y nada le había faltado, hasta el día en que el capitán Andrew llegó con sus enigmáticos ojos azules a mover cielo, mar y tierra en su interior.
Le sorprendió la rapidez con que el tormentoso color celeste se fue adentrando cada vez más en su corazón que al contrario de lo que aparentaba le producía una calidez indescriptible, no como el azul de Terry...los celestes ojos de Terry eran fríos, distantes. Se preguntó, estando de pie junto a él mirando al puerto perderse, cómo es que no se dio cuenta de la frialdad de sus ojos. ¿cómo pudo estar tan ciega para no ver la infinita indiferencia con que la miraba? No dejaba de hablar del futuro, de su futuro juntos...escuchaba las posesiones que tenía "Te llamarán duquesa...", le decía apenas volteando a verla " Te respetarán porque llevarás mi nombre..." concluía ... "Mía..." le dijo..."Serás mía..." y entonces tembló, ese futuro que describía sin ilusión y más bien con cierto aire de triunfo fatuo le provocaba náuseas.
Se abrazó a sí misma y volvió la mirada al horizonte perdido. América, su América había quedado lejos...estaba rumbo a Londres...al hogar de Albert...sintió la calidez de un abrigo que la hizo volver repentinamente del letargo, Terry le colocaba su propio abrigo sobre los hombros. La sostuvo unos segundos más que a ella le parecieron eternos, quiso apartarse, salir corriendo en la dirección contraria, pero de nada serviría...estaban en un barco, no había donde huir. Suspiró...tampoco tenía que huir, recordó la noche en que Albert le ofreció su chaqueta y sonrió por la remembranza. Voy en camino, Albert...se sujetó de la baranda y se despidió del último pedazo de tierra americana... Voy en camino, a encontrarte.
-Vamos, Candy, empieza a hacer más frío, entremos
-Quisiera quedarme un poco más aquí - contestó sin mirarlo, aun sosteniéndose de la fría baranda, pero poco le duró la sensación metálica entre sus dedos. Un corrosivo jalón la apartó violentamente del metal que sostenía y la hizo tambalear de lado. El abrigo sobre sus hombros cayó de un lado.
-Tendrás que obedecerme, Candy y si digo que entramos, entramos - dijo Terry muy cerca de su rostro. Pudo sentir el aliento de fuego que tenía. A pesar de lo tranquilo que lucía, su voz delataba la furia que tenía. ¿pero fría de qué? Se preguntó ella. Lo miró con el ceño fruncido, es ella quien debería estar molesta.
Candy aún no se percataba del verdadero malestar de Terry: el capricho convertido en recelo. Tan acostumbrado estaba a obtener todo lo que quisiera cuando lo quisiera que cuando ella dejó de quererlo para amar a otro, se llenó de rencor, un rencor que no se le quitaba a menos que Candy se quedara a su lado, eternamente a su lado...ya poco importaba si la quería o no. Era más bien una demostración de poder, porque podía la quería con él y así debería ser.
-Disculpe, ¿todo bien, señorita? - preguntó un oficial recogiendo el abrigo del piso para entregarlo en sus manos.
Candy lo tomó sonriéndole amablemente -Todo bien, oficial, muchas gracias - el joven asintió pasando la mirada de Terry a sus manos agazapadas sobre el brazo de la joven.
-Señor ¿todo bien? - volvió a preguntar dirigiéndose esta vez a Terry quien aflojó el agarre de sus dedos y sintió con el mentón levantado para mirar con prepotencia al oficial - ¿acaso no escuchó a la señorita decir que todo está bien? -soltó con arrogancia
-¿entramos? - dijo Candy soltándose de Terry para caminar ella sola hacia el interior. El oficial aún alcanzó a advertir y prestar ayuda para cuando la necesitara, ayuda que Candy aún meditaba en qué momento Archie no pudiera comunicarse con Albert antes de que ella y Terry llegaran a Londres, debía idear un plan para poder encontrarlo.
Mientras, Terry caminaba tras ella, mirando su andar y asumiendo que tenía todo ya en sus manos. Él también tenía otros planes. Cuando llegaron al camarote, Terry le mostró su habitación en medio de una estancia demasiado lujosa que hacía que se sintiera más incómoda de lo que ya estaba. Pero no hizo caso y simplemente se perdió tras la puerta, si iba a viajar con él, lo evitaría lo más posible. La escuchó poner el seguro a la puerta con cierto fastidio. Buscó lápiz y papel y decidió escribir un telegrama a su padre, el duque:
"Estoy en camino, busca adelantar la audiencia con su majestad. T. G."
Dobló el incipiente papel donde escribió la nota y salió a entregar él mismo el mensaje para que fuera telegrafiado lo más pronto posible.
-He cumplido con mi parte, Teniente - cruzó la pierna - ¿cuándo piensa cumplir con la suya?
-como le comunicamos antes - contentó severamente - no la liberaremos hasta que arrestemos a su hermano, señorita Leagan.
-¿desconfía de mí, teniente? - reaccionó presuntuosa, pero el teniente Cornwell fue más cuidadoso que Tom, su subordinado y dedicó largos segundo a observarla - ¿Cree que saldré corriendo para advertir a Neal que lo están buscando?
-¿lo haría, señorita? - cuestionó él cruzando los brazos tras la mesa de interrogatorio
Ella sonrió o eso parecía, el carmín de sus labios se había despintado dejando una sombra naranja del color sobre los pliegues haciendo que el color se notara más viejo...la sonrisa que imprimía a su rostro se mostraba más bien como una mueca mal dibujada que al teniente le resultó repulsiva. Toda la belleza perfectamente trabajada con maquillaje y tintes de Eliza Leagan, se había ido luego de dos semanas de arresto.
Ciertamente, no estaba acusada de nada, el cargo por traición sólo era contra Neal Leagan, sin embargo él se las había ingeniado para mantenerla ahí aún más tiempo. Después de leer el informe completo de los hermanos, estaba seguro que el verdadero peligro era aquella mujer desaliñada frente a él y que no dejaba de sonreírle.
-No ha contestado - insistió sin dejar de mirarla con gesto desagradable - ¿lo haría, saldría corriendo a advertirle a su hermano que enviamos a alguien para apresarlo?
Eliza rió con fuerza y durante bastante tiempo. El sonido chillante y agudo de sus carcajadas provocaban la incomodidad del teniente a tal grado que optó por levantarse para abandonar el lugar sin continuar con el interrogatorio. Ya había tomado el pomo de la puerta entre sus manos cuando la voz chillona de Eliza Leagan resonó en el cuarto de concreto
-No necesito hacerlo... - dijo para volver a guardar silencio.
El teniente abrió los ojos sorprendido "¿lo sabe?" se cuestionó. Soltó la puerta y giró para mirarla a los ojos...pero no encontró nada. Como si estuviera vacía, sus ojos avellana no reflejaban ningún tipo de sentimiento, era como si en aquella risa molesta hubiera expulsado todo para evitar dar información. Aún él, que siempre fue bueno para saber cuando un prisionero dice o no la verdad, no podía ser capaz de descifrar el vacío de Eliza.
Suspiró frustrado y decidió que tal vez sólo jugaba con él. Sólo lo decía para hacer tiempo, para hacerlos dudar. No soltó ninguna palabra y volvió a darle la espalda.
- No estoy jugando - dijo Eliza, como si de verdad leyera su pensamiento -si eso es lo que cree...- el teniente volvió sobre sus pasos, pero esta vez con mucho más decisión se plantó frente a ella azotando el puño sobre la mesa generando un estruendo grave que resonó por toda la habitación.
Eliza tembló ligeramente, lo había conseguido, un estremecimiento, al menos, era señal de que sí ocultaba algo -O hablas ahora o te arresto por traición y espionaje
La amenaza directa hizo que Eliza retrocediera sobre su asiento. En su rostro demostraba desconcierto, tardó en reaccionar, intentó volver a usar esa sonrisa desarticulada, pero no resultó. El teniente permanecía inclinado sobre la mesa acosándola con la mirada.
-¿y bien, Eliza?
-¡No puede acusarme de nada! -gritó desesperada, fue el turno del teniente para sonreiré de medio lado. Había caído - ¡No tiene pruebas! ¡el trato fue decirle dónde y qué haría Neal a cambio de un expediente limpio!
-¿y usted, señorita, pensó que eso realmente era posible?
-¡me ha mentido!
-¡oh, señorita, espero que no se lo tome muy personal! - volvió a su postura estoica - Usted sabe que estos son los gajes del oficio
-Exijo la presencia de mi abogado - recompuso su postura - o me arresta o me deja ir, Teniente - continuó - porque soy civil y ninguna guardia militar puede mantenerme presa sin pruebas -acomodó su cabello - ¿usted cree que me importa mi hermano? Hicimos un trato, y ese fue delatar la ubicación de Neal a cambio de protección contra los juicios, cualquiera de ellos, si pueden o no arrestarlo es su problema.
-¿por qué no deberíamos poder arrestarlo Eliza?
-¿poder? - rió, esta vez cansinamente- ¿ustedes creen que Neal es un novato que se dejaría arrestar tan fácilmente? ¿creen de verdad él desconoce que enviaron al duque de Andrew a arrestarlo?
-¿duque? - preguntó el teniente contrariado
-¡No se haga el inocente conmigo, sabe que el capitán Andrew es en realidad el Duque de Andrew y York! - se burló con suficiencia - el duque desaparecido y en peligro de perderlo todo en manos de Terry Grandchester, el pobre duque de Andrew que fue a salvar a su hermana de las garras trepadoras de mi hermano...
-¿dime cuál es su verdadero plan, Eliza?
-¿por qué se lo diría, Teniente?
- Porque si me lo dices ahora, hoy mismo te concedo un salvoconducto para irte a dónde quieras, te doy otro nombre, otra identidad y puedes volver a empezar. - Eliza sonrió
-Ese era su plan...- empezó a hablar- casarse con Rosemary Andrew, pero si ustedes han sido tan evidentes...- titubeó- él sólo está haciendo tiempo
-¿tiempo para qué?
-Para evaluar. Tal vez enviar al duque de Andrew no fue lo mejor. - volvió a sonreír con una mueca aún más pronunciada- Pero Neal tiene un as bajo la manga
-¿cuál?
-él otro duque- dijo sin más- esperará a que llegue -contestó encogiéndose de hombros
-¿el otro duque, te refieres a Terry Grandchester? - la miró entornar los ojos - ¡no juegues conmigo Eliza, habla claro!
-No estoy muy segura de lo que Neal vaya a hacer ahora...pero él siempre ha sido muy cuidadoso, investigó a detalle la vida de ambos duques y encontró que tienen algo en común, algo que los obliga a ir más allá de todas posibilidades...algo tan simple y burdo como una enfermera del barrio...
Era el sexto día desde que habían dejado el negocio de la señora Pony. Habían ido a quedarse al pequeño departamento de George que se esforzaba más de la cuenta por tratar de ofrecerles el mayor confort posible. Pero la ansiedad de Patty por saber que Stear había llegado hace días y no poder hablar con él, más la angustia y vergüenza que agobiaba a Rose por considerarse una carga más para George, hacían que su estancia en el pequeño espacio fuera realmente incómoda.
Patty era la única de las dos que podía salir para asistir al trabajo y no levantar sospechas. Pero Rose estaba más limitada. Dedicaba unas horas a leer algo libro que George procuraba conseguir en la librería de la esquina, pero no era suficiente. Ya se había acostumbrado a las horas de trabajo con la señora Pony que ahora, con suficiente tiempo libre como cuando vivía en el castillo, no sabía qué hacer con él.
Algunas veces George le hacía compañía en la pequeña estancia, le preguntaba por su tiempo de lectura. Si le había gustado el libro o qué opinaba del autor. Esos momentos que compartía con George durante la tarde, antes de que Patty regresara del trabajo se habían vuelto una rutina agradable a pesar de la circunstancia en la que se encontraban.
Había veces que George le pedía de su consejo para las compras y ella aceptaba entusiasmada. Salían del roído edificio y caminaban juntos rumbo a la recaudaría. Ella usualmente más distraída del camino mirando los negocios, pero él más atento a su alrededor. Sospechoso de todos, inquisitivo con algunos...pero buscando sólo a uno: Neal Leagan, quien no había hecho acto de presencia desde que sus superiores habían anunciado el plan.
-Albert, por favor, cálmate - dijo Stear mirando a su amigo caminar de aquí para allá - seguro debe estar por aquí
-No puedo calmarme, Stear -levantaba los pocos muebles que había en su antiguo cuarto antes de viajar a Chicago - Debí leer ese telegrama al instante, tal vez era algo importante.
-Eso no lo rebato, es cierto - buscaba bajo la cama - sí debiste leerlo antes, pero aún hay tiempo, George nos ha dicho que Neal aún permanece sin movimiento
- No estoy seguro, no me fío de él después de haber leído el informe sobre los Leagan-volvió a buscar entre sus bolsillos - ¡maldición, dónde lo habré puesto!
-¿has buscado en tu chaqueta?
-Miles de veces - dijo cogiendo la chaqueta para revisar bolsillo por bolsillo, hasta que la sintió. El delgado papel casi corrugado de la fotografía de revista. La miró hasta con admiración..."Candy, ¿qué estarás haciendo ahora?"
-¡Aquí, creo que lo encontré, Albert! - gritó Stear levantando un pedazo de papel amarillento del piso -Toma, será mejor que lo leas ahora - Albert tomó el papel entre sus manos luego de guardar, nuevamente, entre su chaqueta, la foto de revista.
Desdobló el papel y apenas leyó sus ojos no podían creer el mensaje.
-Es Candy...
-¿qué?
-¡Es Candy!
-¿el telegrama es de Candy?
-No...
-¿no?
-Sí...
-¿sí? Albert, ¿qué sucede?
-El telegrama es de Archibald Cornwell
-¿pero es sobre Candy?
-¿cuánto hace que llegamos? -preguntó al fin levantando la vista
-No lo sé, hace cinco o seis días
-No, no, no, no...- soltó el papel y salió corriendo con la chaqueta entre sus manos.
Stear a penas tuvo tiempo que volver a coger el telegrama cuando Albert bajaba los escalones apresurado.
"Terry se ha llevado por la fuerza a Candy. Estarán en Londres en siete días, tal vez menos. A. Cornwell"
Stear volvió a doblar el papel y salió corriendo del cuarto. Alcanzó a mirar a Albert correr hacia el sur, hacia el puerto. Seguro buscaría todos los barcos que hubieran llegado desde ayer, hoy y los que llegarán mañana. Si tenía suerte encontrará a Candy ahí mismo...pero si no, él debía hacer su parte también. Por lo que desistió en seguir a Albert y corrió hacia el lado contrario. Buscaría a George, era el más adecuado para ayudarlos, si iba con la noticia al Primer Ministro o a la guardia, seguramente obviarían la llegada de Terrence, para ellos lo primordial era Neal Leagan, pero ahora que Candy estaba aquí...la prioridad para Albert había cambiado.
CONTINUARÁ...
