Advertencia: Cualquier parecido que veas en ésta historia con otras ajenas a mi persona, es la simple señal de que lo que te estás fumando no es nada bueno, o que necesitas urgentemente comprarte una vida.
Disclaimer: Odio decirlo, pero "Axis Powers Hetalia" como obra maestra no me pertenece, sino a Hidekazu Himaruya. No es mi intención lucrar con su creación, sino hacer de ésta historia una actividad de mero entretenimiento para quien se interese en leerla.
Capítulo 10: Confusión y rudeza.
Confusión: Parte I
Podría haber sido aquella una tarde cualquiera para Kiku Honda, pero no. Éste era uno de esos días que había acordado con Heracles para hacerle una visita, y así estrechar los lazos internacionales. Era común desde hace varios años atrás que así lo hicieran, pasando tardes completas observando las ruinas de la Antigua Grecia, para luego tenderse en el césped a conversar, o como prefería Heracles: descansar.
Luego de recoger su maleta en la sala de arribo, le recibió en el aeropuerto, apenas manteniéndose en pie, el griego. Tenía su misma cara somnolienta y relajada de siempre, y miraba desinteresadamente a todos lados. "La" japonesa se le acercó, a paso rápido, sonriéndose levemente. Ese día se sentía bien: el clima era agradable, y MeiMei no le había hecho colocarse las incómodas ropas de días anteriores, por lo que se decidió por algo tradicional y típico de los hombres, en vez de un kimono floreado, y dejar por fin los sonoros e incómodos okobos en casa.
Pese a ello, había una especie de rechazo por su nueva imagen, aunque la llevase hace ya varios días, más de dos semanas... El pantalón de su uniforme le torneaba lo bastante bien las piernas, y la parte superior lograba apegarse lo suficiente a su torso, para delatar claramente sus pechos.
Pero era mejor el uniforme a un vestido... ¿O no?
— Konichi wa, Heracles-san...— saludó animoso Kiku, haciéndole una reverencia al griego.
— "Ko... Konichiwa... Kiku-san..."— respondió Heracles, imitando el gesto de su invitada.
— ¿Practicando el japonés?
— Así es...— el griego se levantó, y miró atentamente a Kiku. Arqueó una ceja, y dijo con su tono adormilado y lento: — Me pareció que la otra vez llevabas un vestido... Kiku...
— ¿Eh? Eh... pues... era un kimono. Una ropa tradicional de mi país.
— Era rosa.
— Ideas de MeiMei— suspiró "la" japonesa, abatida — Nada como los pantalones...
— Entiendo... me acuerdo que una vez mi madre me puso una toga para la fiesta del veintiocho de Octubre*. Por suerte, luego llevaba mi uniforme, y olvidé la humillación...
— ¿Y por qué una toga, si puede saberse?— preguntó extrañado Kiku.
— Ideas de mi madre... había una obra en el acto de la mañana y debía llevar una toga...
— Eh... comprendo su punto... creo.
— ¿Nos vamos... "Reidi*-san"?
— ¿"R-Reidi"?— Kiku abrió sus ojos de par en par, enrojeciendo de súbito — Disculpe, Heracles-san... pero preferiría me siguiera llamando por mi nombre, si no es molestia...
— Entiendo, "Kiku-san"...— asintió el griego. Era de su costumbre el tratar a Kiku con pronombres y referencias en japonés, aunque fuese un idioma que poco manejaba. Era una especie de servicio a su amigo.
Salieron del aeropuerto, y siendo conducido por el "dueño de casa", caminaron hacia el aparcamiento del aeropuerto, donde Heracles había dejado su automóvil. Como siempre, y para no cometer equivocaciones, "la" japonesa miró bien el lado donde estaba el asiento del copiloto*, antes de abrir la puerta. Comprobó su elección, y subió, poniendo luego cruzado a su torso el cinturón de seguridad. A su lado, en el asiento del conductor, Heracles se había subido.
— ¿Dónde te gustaría ir primero, Kiku?— preguntó el griego, mirándole con detenimiento.
— Pues donde usted más guste, Heracles-san.
— ¿Le parecen las ruinas del Partenón*? ¿O... a algún lugar de la ciudad...?
— La ciudad estaría bien, Heracles-san...— respondió Kiku.
— Entendido...— suspiró cansino, y encendió el motor del automóvil. Quitó el freno de mano. Embrague, de neutra a reversa, y luego de a poco, mirando por el retrovisor, poco a poco fue pisando el acelerador, retrocediendo lenta y cautelosamente. Luego, una vez acomodado en la vía: embrague, neutra y primera. Nuevamente, el acelerador. Con la misma velocidad, avanzaron hacia la salida del recinto.
— ¿Ha sido cansador tu viaje, Kiku?— preguntó el griego, nuevamente con su tono lento y sin entonación.
— Fue un vuelo rápido. Gran parte del tiempo estuve haciendo los sudokus* de una revista, y casi ni sentí las horas de vuelo...
— Ya veo...— bostezó — ... ¿Y cómo está la familia?
— Pues todos están bastante bien. Nada más las cosas están un poco tensas entre Im Yong y Hyung*, pero acordaron junto con Yao hacer una junta dentro de poco. Ya nos tenían bastante preocupados desde hace bastante tiempo.
— ¿Hyung... es tu hermano malévolo...?
— Eh... preferiría no llamarle así. Sólo es un joven algo complicado— respondió nerviosamente "la" japonesa.
— Vienes de una familia demasiado numerosa, Kiku...— bostezó Heracles — Yo siempre he sido hijo único... ¿Cómo es tener hermanos?
— Muchas veces es complicado, pero la gran mayoría del tiempo es algo que se aprecia mucho— se sonrió levemente — Es una manera muy grata de aprender y estar acompañado, y a menudo cuentas con un apoyo seguro de su parte, cosa que viene muy bien cuando las situaciones se tornan muy tensas...
— Disculpa, Kiku...— interrumpió el griego, para extrañeza de la "mujer" japonesa — Pero no te había preguntado... ¿Qué se siente... ser mujer ahora...?
— Pues...— Kiku enrojeció, y bajó la vista, apenado — Es muy extraño, e incomprensible. La verdad jamás imaginé que fuera a ocurrirme algo como esto, y ahora que ha sucedido, pues... me ha costado adaptarme un poco a mi nuevo cuerpo... sobretodo porque...— enrojeció aún más — En un inicio pasé por algo muy desagradable y raro...— respiró hondamente, y trató de contener su nerviosismo — Es usted la primera persona que se atreve a preguntar sobre esto, Heracles-san...
— Era la curiosidad...— en la esquina del camino, dobló. Kiku distinguió a lo lejos los primeros indicios de la zona urbana — Si algún día despertara convertido en mujer... no sabría qué hacer primero...
— ¿Cómo es eso?
— Hay tantas cosas que las mujeres hacen que... se ven interesantes...— bostezó nuevamente — Siempre me he preguntado por qué van todas juntas al baño... o por qué a veces les gusta bañarse juntas.
— ¿Eh?— Kiku ladeó su cabeza extrañado — Jamás... había notado eso— admitió. "La" japonesa reconoció para sus adentros su "ignorancia" en torno al tema, puesto que jamás había tenido oportunidad de observarlo, y tampoco gozaba de mucha suerte con las damas.
— Y si fuera una mujer... pues me gustaría investigarlo... vivirlo en carne propia...— dijo Heracles con tono somnoliento. Llegaron al primer cruce de caminos, y allí, el griego, luego de disminuir la velocidad, se aseguró que nada venía por ningún lado — No me molestaría en lo absoluto una experiencia así... ¿Tú... has aprovechado siquiera tu nuevo estado?
— No realmente. Y... no creo querer hacerlo...— respondió la "mujer".
— ¿Ni siquiera te hacen descuentos especiales en las tiendas...por ser linda?
— ¿L-linda...?— tragó espesamente su saliva — N-no...
— Pues ésta podría ser tu primera vez...— dijo Heracles. Pisó el acelerador, y luego, miró a su "compañera" — Iremos juntos a un bar... allí, siempre hacen descuentos a las mujeres hermosas...— sonrió de forma holgazana, casi imperceptible.
— ¿"Hermosa" dice?— preguntó extrañada "la" japonesa.
— Son apreciadas en mi país las bellezas internacionales... al menos por quienes tienen buen gusto... y en los bares eso se ve a menudo...
— Pues... no sé qué decir...
Rudeza: Parte I
Las tardes de Miércoles eran las predilectas de Ludwig para salir a pasear, o de preferencia, ir al bar cercano a su casa en Berlín. Frecuentaba casi todas las semanas, después de pasear a sus tres enormes mascotas hasta que estuvieran cansadas.
Los últimos días no había tenido la oportunidad de hacerlo, por el simple motivo que los cambios en su cuerpo no le eran del todo cómodos, y las reuniones le costaban mucho tiempo y cansancio.
Pero ésta era la ocasión que estaba esperando.
Así que tomando su mejor conjunto del closet, compuesto de una camisa blanca, pantalón y chaquetilla café claro, salió. La frescura y la brisa jugueteaban con la bien apretada trenza que se había hecho a la altura de la nuca, llevándose con su paso travieso también el aroma de la loción impregnada en su cuello, haciéndola desvanecerse en el aire. Era de esos días en que, sin ser egocéntrico, se sentía "Guapo"... bueno, "Guapa", en éste caso. Y le molestaba admitirlo, aunque fuera para sus adentros, pero para ser una mujer, las ropas de hombre le daban ese tipo de belleza que solo las alemanas logran reflejar en sus cuerpos toscos y semblantes recios. Esa dureza de mujer, la sangre germana haciéndose notar con todo su vigor lujurioso en cada rasgo de su cuerpo. No era el siempre fornido y macho alemán. Era ahora la belleza en vida, la princesa de la barbarie. La diva alemana.
Y no fueron pocos los que se lo hicieron saber, una vez que hubo ingresado al local, cargado del aroma a tabaco, a licor fresco, a lociones de varón.
— ¿Qué le trae por aquí, preciosa?— le recibió el mesero, sonriéndole con gesto galán. Ludwig, no haciéndose de malas pulgas por el trato recibido, se sentó a la barra, ladeada, apoyando su codo en el madero pulido.
— Vine para relajarme un rato— dijo "la" alemana.
— ¿Qué se sirve?
— Una jarra de cerveza. Grande.
— Por ser usted, guapa, la primera corre por la casa— el mesero guiñó su ojo, y de inmediato, tomó la jarra de vidrio, llenándola hasta más del tope con la espumosa y helada bebida. En seguida, la colocó delante de la "mujer" — Disfrute.
— Muchas gracias.
Haciendo el mejor uso de sus ademanes de macho, asió el jarro, y lo empinó, bebiendo su contenido hasta casi vaciar la mitad de éste. Se saboreó largo rato, relamió sus labios para limpiar los restos de espuma, y exhaló largamente. Nada como una cerveza fría a mediados de la tarde. O muchas de ellas hasta que cayera la noche. Como fuera: la cerveza era buena. Más aún la alemana.
— ¿Sedienta, preciosa?— dijo una voz a sus espaldas. Ludwig, ésta vez haciendo alcance del trato femenino, hizo hincapié con gesto molesto.
— No me llame así...
— Linda: si te acabas la jarra y no te mareas, te compro yo la segunda ¿Vale?— volvió a interrumpir el joven.
— ¿Me estás invitando? ¿A mí? ¿Que ni siquiera me conoces?— arqueó una ceja, manteniendo su semblante serio. Aunque la idea no le desagradaba.
— ¿Qué dices?
— Por mí bien— asintió Ludwig, para dar otro sorbo, menos largo que el anterior.
— ¿Vienes seguido aquí?
— A menudo. Sólo cuando tengo tiempo.
— ¿Horarios muy apretados?
— Mucho trabajo.
— ¿Estás sola durante tus descansos?— el hombre se sentó a su lado.
— No.
— ¿Comprometida, acaso?
— No. Pero no la paso solo...— Ludwig volteó a ver al sujeto. Éste sonreía ampliamente, haciéndole ojitos — ¿Qué tanto me mira?
— No puedo evitarlo. No parecer ser como las demás mujeres...
— Es porque no lo soy...— suspiró Ludwig. Volvió a sorber de su jarro, ésta vez hasta vaciarlo. Pretendió levantarse, y de ser posible, tomar un lugar más alejado de aquél sujeto.
— Lo prometido, preciosa. Yo invito...
— Lo siento, caballero, pero no será posible...— antes de abandonar su puesto, el hombre la asió por la muñeca — Le sugiero me suelte...
— Hablemos un poco más...— insistió el hombre, haciendo un gesto con la mano para llamar al camarero — Y bebamos algo...
— No insista...
— ¡Camarero: dos cervezas! ¡Para la señorita y para mí!
— ¡En seguida!
— Caballero, no puedo aceptarlo— Ludwig tiró de su propio brazo. Hizo fuerza, notando que a los pocos intentos, ya el brazo del sujeto cedía. No quiso armar un alboroto, menos con un desconocido. Y convencido por la grata visión de una nueva y espumosa jarra de bebida fría, volvió a sentarse.
— ¿Entonces, guapa? ¿Cuál es tu nombre?
— Ludwig. Ludwig Beilschmidt.
— Extraño nombre para una mujer. Suena poderoso.
— Hum...— sorbió de la jarra, apenas y sacando la espuma de la superficie.
— ¿Y a qué te dedicas?
— Soy trabajador estatal— respondió secamente, evitando mirar al joven.
— ¿Ah! entiendo. Uniformada ¿Cierto?
— Así es.
— ¿Y qué rango, preciosa?
— No puedo responder a eso. Y ya deje de llamarme así— una mirada fulgurosa, de su parte, hizo que su acompañante cerrara la boca de inmediato.
Ludwig bebió largamente de su jarra, y luego, azotó la base contra la mesa. Como lo hacen los machos de verdad. La gente como él. Divertido, el hombre rió.
— Cuánta rudeza, mujer ¿Eres así todo el tiempo?
— Por supuesto.
— Eres interesante, "Lud"— el diminutivo de su nombre, en el trato del sujeto, hizo que Ludwig se estremeciera — Deberíamos vernos seguido...
— No, gracias.
— ¿Frecuentas siempre a éstas horas? ¿Crees que pueda encontrarte por estos lados...?
— Le repito, señor: que NO— se volteó en su asiento, y asió nuevamente la jarra por el mango, atrayéndola hacia su rostro, para volver a llenarse la boca con su bebida favorita.
— Me gusta su cabello, "Lud". Lindo peinado— comentó el sujeto, una vez que hubo apreciado en innecesario detalle la trenza con la que había ordenado su cabello. Tomó el cinto que la sujetaba en su base, y la removió un poco, como jugando con ella.
— ¿Usted también? ¿Es que jamás ha visto una trenza? ¡Primero Antonio, y luego usted!— protestó, volviendo a golpear la jarra contra la barra. Volteó con el entrecejo fruncido.
— Tranquila, guapa...
— Deje de decirme así.
— ¿Entonces... "Lud" está bien?
— No. Porque mi nombre es "Ludwig". Y no le tengo la confianza como para que me... ponga esos apodos cursis...— volvió a tomar de su jarra, hasta casi vaciarla por completo... de no ser porque se vio en la obligación de escupir lo que por poco y alcanza a tragar. Y era que el brazo del sujeto, sin previo aviso ni anticipado permiso, se había enroscado contra su cintura. No iba a permitirlo, debía quebrarle una botella en la cabeza allí mismo, o volarle la cara de una palmada: por atrevido.
Eso, y si es que la enfurecida mujer que venía desde el otro lado del bar no lo hacía primero con la "mujer" alemana.
— ¡Oiga usted, descarada!— vociferó a pocos metros de ellos una dama regordeta y de aspecto fiero.
— ¿A quién le gritas, Lorelei?— preguntó desentendido el hombre, y soltando a Ludwig en mucho menos de lo que duraba un segundo.
— ¡A ti no! ¡A ella!— taconeó bruscamente el suelo de madera, a medida que aproximó unos pasos hacia Ludwig, que le daba la espalda. Palmoteó su hombro con poca delicadeza, dejando caer la gran y pesada mano sobre éste. Ludwig volteó.
— ¿Qué necesita?
— ¡No se desentienda, "rompe-hogares"!
— ¿"Rompe" qué?
— ¡"Rompe hogares"!— espetó silabeando la dama, para luego con ambas manos subir su vestido escotado, que comenzaba a bajársele por la aceleración, y se arreglaba también la falda — ¡"Rompe-hogares" le he dicho!
— No la comprendo.
— ¡Que si seré ciega yo!— carcajeó irónica, frunciendo el entrecejo — ¡Yo la vi! ¡La vi! ¡¿Qué pretende con mi esposo?
— ¿Su... esposo?— Ludwig arqueó una ceja. Con una rápida bajada de vista, miró ambas manos izquierdas: la de la dama y el sujeto que se le insinuaba. Anillos en las dos — De haberlo sabido, le juro que...
— ¡Ah, si! ¡Ahora se le ocurre pensar en eso! ¡No digo yo que todas las solteronas aburridas son una amenaza para las mujeres casadas!— volvió a subirse el escote del arrepollado vestido, y luego, hizo crujir los dedos de ambas manos. El sujeto que antes tanto había insistido con "la" alemana, ahora se alejaba paso a paso, retrocediendo hacia la puerta del bar.
— ¡Oiga usted...!
— ¡No te conozco!~!— interrumpió el hombre, echándose a correr fuera del local a toda velocidad. Ludwig quedó helado.
— ¿Así que no sabía? ¿Y eso le vale lo suficiente como para dejarse amar por un desconocido...? ¡¿O es que acaso llevan tiempo viéndose? ¡¿Eh?— decía indignada la mujer, a velocidad de ametralladora.
— Si me permitiera explicarle, señora...
— ¡No quiero excusas, "bonita"!— con uno de sus dedos, golpeó el centro del pecho de Ludwig — ¡Los estuve mirando desde mi lugar! ¡Me rompo la espalda trabajando en éste local, para que MI marido invite a una fulana a beber una cerveza en MÍ cara...!
— ¡Señora, déjeme explicarle!— regañó la "mujer" de la trenza, levantándose de su asiento, y poniendo ambas manos en la cadera, con pose ofensiva — ¡No es mi culpa que su marido de pronto haya querido intentar algo! ¡Yo no le hice nada! ¡Él empezó...!
— ¡¿Y usted no tiene boca para pararle los carros, acaso?
— ¡¿Y qué cree que estuve haciendo todo el tiempo que me insistió? ¡¿Eh? ¡¿O cree acaso que no iba yo mismo a volarle los dientes si se seguía propasando?
— ¡Oiga, oiga! ¡No hable así de mi esposo, que usted es la que anda provocando!
— ¡¿Yo?
— ¡Ah~! ¡¿Quién la manda a meterse donde hay tanto hombre revolucionado de hormonas, "bonita"? ¡¿O no pensó que así, vestida de golfa, no le miran los encantos...?
— ¡¿Cómo que "golfa"? ¡No permitiré que me falte el respeto de esa forma!— Ludwig, a medida que la discusión se acaloraba, iba aminorando la distancia que la separaba de su contrincante, y ahora, sacaba lo máximo de su pecho y erguía su postura, dándose los bien definidos aires de superioridad y grandeza, en constante competencia con los de la dama — ¡Soy una persona honorable para que lo sepa, y no es mi idea estar discutiendo por estas estupideces que si su marido se las estuvo dando de vivo con otra o no...!
— ¡Ah, te estás tirando a brava! ¡¿No quieres discutirlo como las verdaderas mujeres? ¡¿Ah? ¡¿Cómo te verías con un corte en el estómago, "bonita"?
Todo el bar quedó en silencio. Alrededor de las dos rivales, se formó una aglomeración de espectadores acomodados en una especie de círculo sin cerrar. Sin poder desistir, o rechazar su desafío, Ludwig encaró más decidido que nunca:
— ¿Quieres discutirlo seriamente, señora? ¡Adelante! Si con eso entiende...
— ¡Yo te haré entender un par de cosas, "bonita"! ¡En primer lugar: a no meterte donde no te llaman! ¡Segundo: a no mirar a los hombres casados!
Haciéndose espacio entre los excitados espectadores, la mujer levantó una mesa hasta ese momento desocupada en el bar, y la colocó frente a Ludwig.
Atrajo después una silla, y se sentó. Mirando desafiante a "la" alemana, colocó su brazo sobre el tablón, golpeando el codo brutalmente, y manteniendo el resto de su brazo erguido y tenso.
— Decidámoslo por la fuerza, "bonita". Si es que no se te caen las bragas del susto, como con los hombres de familia, por supuesto...
— No me deja más alternativa, señora— atrayendo su propia silla, Ludwig se sentó, encarando a la dama. Del mismo modo, colocó su brazo en la mesa, y enganchó su mano a la de la mujer.
Los espectadores comenzaron a apremiar, a avivar el fuego y la tensión con ensordecedores gritos de ánimo a su predilecta, siendo un bien juicioso el que inició con las apuestas de un lado del bar.
Mientras que, ignorando el bullicio formado, Ludwig y la mujer se miraron fijamente, con los ojos ardiendo en chispeantes llamas de ira y orgullo.
Pronto, y casi como si se hubiesen puesto de acuerdo, forcejearon, dando así inicio a la competencia de fuerzas y pulso más común y trascendental de todos los tiempos.
Confusión: Parte II.
Saliendo del local de bebidas y karaoke, iban Kiku y Heracles nuevamente en dirección al automóvil de éste último. Extrañado por la inusual timidez de "la" japonesa, el griego hizo alcance de su inquietud, diciéndole con su vos somnolienta y suave de siempre:
— Te noto extraño, Kiku... ¿No te sientes bien?
— ¿Por qué "extraño", Heracles-san? A decir verdad, me siento bastante bien...
— No bebiste casi nada, y no quisiste pasar al karaoke...— señaló el griego, fijando su mirada en la oscura de la "mujer" — Algo te pasa...
— No sé a qué se refiere, Heracles-san...— suspiró entristecido Kiku, bajando la vista. Se detuvo a mitad de camino, siendo imitado luego por su compañero — Quizás... es por el hecho de que no cesaba de observarme en el local. Aunque siéndole completamente sincero, eso en ningún momento me incomodó, no me malentienda...— se adelantó "la" japonesa, en vista de que su declaración podría haber ofendido a su amigo — Pero... en verdad hace ya varios días vengo sintiéndome algo incómodo. Ya bien sabe que no suelo salir de casa, y últimamente, con éste tema de... mi nueva apariencia— tragó espesamente — Me siento muy extraño cuando los demás me observan con detenimiento...
— ¿Paranoia... acaso?
— No es la palabra que usaría, pero...— suspiró — Quizás... si me sienta algo paranoico. No imaginaba que ser mujer fuese a ser algo tan complicado... de hecho, ni en mis planes menos primordiales estaba el adaptarme a un cambio como éste.
— Lo mismo sentí yo en la adolescencia...— declaró Heracles — Pero luego comprendí que era algo totalmente normal y llevadero...
— Sin intención de contradecirle, Heracles-san... esto podrá ser llevadero, pero no normal...
— Era un ejemplo. No sabría explicarte muy bien mi punto, pero...— amistoso, el griego tocó su hombro — Sabes que cuentas con todo mi apoyo, Kiku.
— Muchas gracias— "la" japonesa sonrió aliviada — Lamento ser de su preocupación, Heracles-san...
— No lo lamentes... Creo que podemos dar un relajante paseo a un lugar más solitario ¿Te parece?
— Suena bien— ambos reanudaron el paso — ¿Qué lugar sería?
— Bien... has de imaginarte ya que son las ruinas de la Antigua Civilización Griega. Y de ser así, estás en lo cierto...
— Ya veo. Esos lugares son realmente interesantes.
— Y éste lo es más aún. Es un lugar lo suficientemente apartado de la ciudad, donde no hay personas que estorben, o luces que nos alumbres. Es todo tan solitario y silencioso, pero ofrece la mejor vista de las más bellas manifestaciones de la naturaleza...— relató el griego largamente. A pesar de sus ánimos apagados por el cansancio y el sueño, parecía emocionado. Y de ser así, era sin duda algo que Kiku disfrutaría.
Una especie de paz llenó todo el pecho de la "mujer" japonesa, haciéndole sonreír con agrado. La extraña sensación de alegría desbordó en su corazón, rebalsándose e invadiéndole una agradable calidez que le hizo medio estremecer, y medio tranquilizarse. Llegaron por fin al vehículo, y nuevamente a bordo de éste, Heracles encendió el motor, salió del estacionamiento, y tomó la ruta de la carretera que conducía a las afueras de la ciudad.
Dentro del auto, todo era un silencio cómplice y extrañamente agradable. A Kiku le gustaba mucho visitar a Heracles, con él aprendía mucho: desde las más extrañas filosofías, hasta cada uno de los detalles y pormenores de los relatos mitológicos y la vida de los héroes de épocas antiguas. Era fascinante. Eran gratificantes todas las enseñanzas y visitas en Grecia: las antiguas y casi devastadas ruinas, la cultura que sobrevivió a siglos de desastre, trascendiendo las barreras de las edades posteriores a las de su creación, la mística del país e sí. Y todo en compañía del mejor guía y amigo. El indicado para acompañarlo en sus travesías por la nación.
— ¿Alguna vez te has detenido a apreciar cosas tan ínfimas, aparentemente insignificantes, que por el solo hecho de serlo sientes que te llenan por completo?
— Pasa a menudo. Suelo detenerme a ver los cerezos florecidos en primavera, y es algo que por pequeño que sea, siento que me gratifica de igual forma que varias que son más colosales y abundantes... Es un sentimiento maravilloso.
— Pues imagina miles de cerezos en flor, todos haciendo formas distintas con historias y lógicas escondidas tras cada una de ellas. Detenerse a contemplarlo es algo digno y merecedor de aunque sea, un poco de tiempo entre tanto ruido y confusión...
— Impresionante como podemos hallar la paz en el silencio, en lo natural, en lo humilde... Nos hace ver de dónde es que provenimos, y dónde iremos a parar... A veces no puedo evitar sentirme empequeñecido ante tanta maravilla...
— Filosofas mucho, Kiku— interrumpió con acento divertido el griego, dirigiéndole una mirada fugaz, cargada de deseo. Sin percibir esto, Kiku sonrió.
— Es inevitable. Estoy impaciente...
— Pues ya estamos cerca...— el griego aceleró — Dentro de poco podremos filosofar, descansar y hablar todo lo que queramos, y más cómodamente. Podremos también divertirnos...
— Así lo siento, Heracles-san. Su país es llenador e interesante. No me canso de recorrerlo con usted.
— Qué halagador escuchar eso...
Largo fue el trayecto que recorrieron, hasta llegar a un sector de la ciudad muy apartado de la ciudad. En efecto, la iluminación pública era muy escasa, inclusive, algunos metros más adelante ya era imposible distinguirla.
Aparcaron en un lugar antes ya conocido por Kiku. Bajaron del auto, y "la" japonesa subió la vista hacia la Acrópolis de Atenas... el sector le era conocido...
Ya había anochecido por completo, pero sin vacilar un segundo, pese a la densa oscuridad, avanzaron subiendo por las escaleras que les condujeron, finalmente, a las alturas de la Antigua Atenas. Allí, Heracles le condujo, tomando su mano y guiándole sin tantear por una ruta despejada hacia los vestigios de la civilización, donde se asentaron.
— Acomodémonos aquí. Tenemos la mejor perspectiva desde éste sector— indicó somnoliento Heracles, aún sin soltar la mano de Kiku. Tomó asiento en un desnivel de escombros que formaban algo similar a un asiento, o banca de piedras esculpidas. A su lado, e invitada por el dueño de casa, "la" japonesa tomó asiento.
— ¿Qué es éste lugar, Heracles-san?— interrogó ansioso Kiku.
— La antigua Acrópolis de Atenas. Es aquí donde antiguamente las clases religiosas y los nobles construían sus hogares, y desarrollaban sus actividades. Primaban la construcción de templos en honor a los dioses de la Antigua Grecia, y además, era una posición estratégica para sus habitantes, puesto que las alturas eran más inaccesibles para quienes les atacaban, y así tenían el tiempo de prepararse para sus batallas— explicó Heracles, para luego, bostezar largamente.
Fascinada por las explicaciones de su amigo, "la" invitada sonrió ampliamente. No era común en "ella" hacerlo. Aún así, sentía la necesidad. Pero eso no fue todo, porque aparte del cariñoso gesto de haber tomado su mano, el griego le rodeó con su brazo, atrayéndola lentamente. Atónito, y avergonzado, el japonés trató de apartarse.
— He-Heracles-san... no me malentienda, pero... su brazo... está...
— No son estos vestigios lo que quiero que veas, Kiku— interrumpió Heracles, subiendo la vista.
— ¿Entonces...?
— Mira hacia arriba...— ordenó casi en un jadeo. Sin detenerse a pensarlo dos veces, Kiku así lo hizo. Una sensación de vacío se formó en su estómago, para después convertirse en una especie de admiración y pequeñez que le dejó atónito, maravillado...
— Es... hermoso...— suspiró "la" japonesa, atónita por la visión del estrellado cielo nocturno. Eran centenares... ¡No! Miles, millones, billones... ¡Quizás más: infinidades...! ¡Infinidades de astros luminosos, esparcidos por todo el azul oscuro de la bóveda, algunas tan lejanas que, agrupadas y bastante juntas, parecían más bien estelas blancas semejantes al vapor, muy difuminadas. Las más brillantes parecían tan cercanas, que inclusive podría decirse que iban descendiendo cuanto más se les admirada.
— Esto es lo que quería mostrarte... ¿Te gusta?
— Es... en verdad una maravilla...— reconoció Kiku — Y pensar que hay muchas más en todo el Universo. Infinidades de ellas, reaccionando, centellando...
— Algunas de ellas explotan o se apagan— comentó el griego, cortando en parte la inspiración del momento — Kiku...— suspiró, a medida que se le acercaba cada vez más. "La" japonesa ni lo notó. Estaba absorta mirando el cielo. Volvió a suspirar, ésta vez a su oído: — Túmbate...
— ¿Eh?— salió de su ensimismamiento.
— Recuéstate aquí...— sujetándole firmemente, Heracles le hizo ceder un poco a su postura — Conmigo...
— Eh... Heracles-san...
— Permíteme un momento así, contigo...— pidió el griego, ésta vez alcanzando a recostar completamente a Kiku en el sitio donde estaban sentados. Por cortesía, y apegándole más a su cuerpo, hizo que apoyara la cabeza en su brazo, mientras que con el otro, volvía nuevamente a sujetar su mano, dedicándole algunas caricias con el pulgar en el dorso — ¿Cómodo?
— S-si, Heracles-san... — respondió la "mujer", tragando su saliva espesamente. Ya no eran las estrellas su mayor punto de atención, sino que ahora sus ojos se habían detenido en los claros de Heracles, como perdiéndose en ellos. Y era que teniéndolo tan cerca, sentía perdida toda capacidad de concentración...
— Se reflejan...
— ¿Qué?
— Se reflejan en tus ojos, Kiku...— suspiró nuevamente el griego, acercándose mucho más. Ya su embriagante aliento impactaba con cálido y deleitante agrado en su piel.
— ¿Qué se reflejan?
— Las estrellas... las más hermosas y brillantes estrellas. Puedo verlas— el dueño de casa entrecerró lentamente los ojos, y aminoró otro poco más la cada vez menos espesa distancia. Cada vez más... cada vez más cerca...
— Heracles-san... le pido por favor que...— sin poder completar su frase, Kiku vio cortadas sus palabras por el imprevisto roce de los labios de su acompañante, en primera instancia, sobre su mejilla, para luego, y a los pocos segundos, posarse más cerca de los labios entreabiertos por el asombro.
— Déjate llevar...
— No está bien... no está bien...— advirtió nerviosamente "la" japonesa, antes de sentir aprisionado su cuerpo entre la superficie donde se había recostado, y el cuerpo del griego. Insistió con voz cortada, y casi suplicando: — No está bien... esto no está bien...
— Tu instinto manda... no te retengas— una serie de lujuriosas caricias se hicieron sentir, primero sobre la tela de su uniforme en su costado, las piernas. Luego, y aún por encima de sus ropas, el tacto de sus maestras manos se acentuó en lugares delicados, como el pecho y entre sus piernas, a la vez que sus besos comenzaban a centrarse cada vez más cerca de la boca...
No podía. Esto no era de verdad. ¿Qué pasaba...? ¿Desde cuándo Heracles...? ¡¿Cómo...?...
— (Vamos Kiku... por favor: reacciona, reacciona... Esto no es cierto, no está bien... ¡Detenlo!... ¡Esto no puede ser...!)— un breve gemido escapó de su garganta — (Vamos, Kiku, reacciona, reacciona, reacciona...) — pensaba insistentemente "la" japonesa, tratando de convencerse y poner fin a ésta locura.
Pero Heracles tenía más fuerza, mucha más... y ya sus dotes de dominancia y autoridad eran dueños de su cuerpo, manteniéndole a su merced.
— Vamos, Kiku, reacciona... reacciona... reacciona...— insistió, ésta vez en voz alta. Pero... no era su voz.
— Kiku... Kiku...— el griego remecía a la durmiente "doncella" — Kiku: reacciona. Estás quedándote dormido...
— Eh... ¿Eh?— entreabriendo los ojos, Kiku por fin despertaba de su breve "siesta" — ¿Qué...?
— Estabas quedándote dormido... de pronto te recostaste, y cerraste los ojos— señaló Heracles, algo preocupado — ¿Te sientes bien?
— Debo haberme relajado mucho... discúlpame— "la" japonesa quiso incorporarse en la superficie, pero fue detenido en seguida por el brazo de Heracles. El nerviosismo se apoderó de la "mujer", haciéndole tensarse por completo — ¡¿He-Heracles-san?
— ¿Ves esa estrella de ahí?— extendiendo el brazo con el que no sujetaba a Kiku, Heracles señaló al cielo. Largo rato de silencio — ¿Kiku?
— ¿Cuál... de todas las estrellas...?
— La más brillante... o una de las más brillantes...
— Pues... creo que sí...— confundido, el japonés fijó su vista en una estrella en específico. La primera que sintió "correcta" a las indicaciones del griego.
— Pues es la punta del cuerpo derecho del toro...— dijo — y si la unes con todas las estrellas que le siguen de más abajo, y que se agrupan con ella... podrás ver la constelación de Tauro.
— ¿Eh? ¿D-Dónde...?
— ¿Y ves la estrella de ahí?— señaló ésta vez en otra dirección — Es parte de la Constelación Géminis. Dice el mito que se trata de un recuerdo hecho por los dioses en honor a dos gemelos: Castor y Pólux, ambos hijos de Zeus, pero solo uno de ellos era inmortal. Cuando murió su hermano, el otro quedó tan dolido y solo que decidió deshacerse de su don, para morir con él. Por eso es una constelación simétrica...
— No la veo, Heracles-san... si fuese usted un poco más específico...
— Y la estrella de allí— apuntó hacia otro punto — Unida a las más brillantes y cercanas a ellas, forman la Constelación de Orión... ¿No es interesante?
— Interesante en verdad, pero... lo sería más si tan solo pudiera verlas...— admitió nerviosamente Kiku, no explicándose cuán poco observador era... o cuán ocioso o imaginativo era Heracles.
— Orión es la más conocida... ¡Ah, si...! Y ahí está la liebre... y por éste otro lado El Can Menor, el Can Mayor... y por allá el Cochero... y esa de allá más lejos es el Unicornio... ¿Unicornio?... Sí... es la que allí se ve en las temporadas de Invierno, así que ha de ser esa...
— ¿Cómo ve todas esas... Constelaciones en el cielo?
— Muchos años de estudio. Y en parte imaginación... sólo así pueden verse todas esas figuras— respondió el griego en un bostezo — Si vienes las noches despejadas de cada estación, podremos ver muchas otras... cambian según el enfoque en el que se encuentre la Tierra... Pero si gustas, podemos buscar las Constelaciones Zodiacales todos los meses... ¿Qué signo eres, Kiku?
— Y-Yo... no se ofenda Heracles-san... pero sólo consigo ver estrellas... y más estrellas en torno a esas estrellas...
— Con la práctica y la fijación podrás ver lo que yo, Kiku. De momento, me contento con que hayas compartido ésta maravillosa vista conmigo...— aflojando por fin su brazo, Heracles se incorporó, para luego tenderle una mano a "la" japonesa — ¿Te parece que vayamos a casa, Kiku? Es bastante tarde... y tengo un cuarto reservado para ti...
— Pues... de acuerdo— tomando la mano de su compañero, Kiku fue ayudado a levantarse. Sacudió un poco su ropa, y de inmediato, nuevamente guiado por el dueño de casa, llegaron al automóvil, abordándolo nuevamente.
¿Por qué Kiku habría soñado eso? ¿Qué... estaría pasando por su mente cuando...? ¿Sería un indicio? ¿Una advertencia? ¿Un augurio, quizás? ¿Un simple sueño...? Eran demasiadas sus interrogantes, todas en torno a tan escalofriante y onírica experiencia, y que de seguro le causaría escalofríos por largo tiempo, y cada vez que se acordara. Aún así, a sabiendas de lo anterior, no cesaba de repetirse cada una de sus dudas de forma mental... ¿Qué significaría todo eso? ¿Por qué a él? ¿Y por qué Heracles? ¿Qué ocurría en su mente?
— ¿Quieres algo en especial para cuando lleguemos, Kiku?— interrumpió el griego, sacando a "la" japonesa de sus pensamientos.
— Nada en especial, Heracles-san— respondió — No quisiera ser molestia...
— No lo eres. Eres mi amigo. Y como mi amigo, debo ser atento contigo...
— En verdad no se moleste, Heracles-san.
La carretera se hizo bastante más corta que en oportunidades anteriores. Quizás porque aún esa confusión rondaba por la mente de "la" japonesa, sumiéndola en pensamientos profundos y estremecedores a cada momento, rara vez siendo interrumpido por el griego. Llegaron hasta una gran casa en el centro de Atenas, ricamente decorada con detallados esculpidos en las columnas de la entrada, los bordes de las ventanas, el umbral de todas las puertas. Adelante, había un silencioso y fragante jardín lleno de flores de todo tipo, con un empedrado recto que iba desde la entrada hasta la puerta de la casa. Caminaron en silencio por el largo camino dispuesto, siendo el único sonido en todo el lugar el golpe de las suelas de los zapatos en el suelo.
Adelantándose, Heracles sacó las llaves de su bolsillo, y abrió la puerta de la mansión, indicándole luego a Kiku que pasara primero.
— Acomódate. Yo iré a traerte algo de la cocina.
— Gracias, Heracles-san. Con permiso— dijo Kiku haciendo una leve reverencia, antes de ingresar a la morada. Limpió en la alfombrita dispuesta en la estrada sus zapatos, con tal de no llevar el polvo y la tierra de exterior en ellos, a sabiendas que en aquel país no se tenía la costumbre de descalzarse al entrar. Luego de que Heracles, atrás suyo, cerró la puerta, Kiku avanzó hacia la sala de estar.
De no ser porque de pronto los brazos de su amigo le retuvieron, hubiese seguido caminando. A cambio, y sintiendo aquella imprevista captura, se estremeció por completo, quedando helado frente al primer escalón que subía.
— ¡¿Qué... le sucede?— preocupado, fue lo único que soltó Kiku.
— Lo siento...— dijo bajito el griego, casi susurrándole al oído — Resbalé con la alfombra, y por acto reflejo me sujeté de ti...
— Me... me alegra que... no haya caído— nerviosamente, "la" japonesa titubeó. Pese a la verdadera razón de aquel "abrazo", no podía evitar sentir su espacio personal invadido.
— Hum...— pasados algunos segundos, Heracles todavía no le soltaba. Kiku comenzó a inquietarse.
— ¿He-Heracles-san? ¿Le... ocurre algo...?
— Es curioso...
— ¿Qué?
— No quiero soltarte...
— Ah... le... le suplico que lo haga... Heracles-san...— trató de zafarse, moviendo sus hombros y brazos inútilmente. ¿Qué estaría ocurriendo? — Heracles-san...
— Estás más delgado, Kiku...— comentó, apretando más sus brazos en torno al talle de "la" japonesa — Se te nota estilizado...
— Es... el cambio de cuerpo...— nuevamente, se remeció, aún de forma más brusca. Algo consiguió. Pero no exactamente lo que quería.
Porque habiéndose volteado gracias al impulso, ahora Heracles le abrazaba de frente, con la mirada fija en la suya. Enrojeció bruscamente, y como única ocurrencia, cerró fuertemente los ojos, ocultando su rostro contra el pecho del griego — S-Se... se lo suplico. Déjeme ir...
— No puedo evitarlo...— suspiró nuevamente el griego, librando uno de sus brazos para con éste, levantar el rostro de la japonesa, tomándole delicadamente por la barbilla — No puedo contenerme, Kiku...— entrecerró los ojos — No puedo evitar mirarte. No puedo evitar los... deseos de tocarte...
— Ah... ay, no...— nuevos esfuerzos por librarse. Consiguió zafar sus brazos, para ayudarse con estos a mantener una cierta distancia del cuerpo de Heracles, empujándolo un poco. Apenas un poco...
— Desde incluso antes, Kiku... desde hace tanto tiempo lo siento así...— apretó aún más, haciendo que la espalda de "la" japonesa se arqueara inevitablemente — Y ahora que te veo... todo es más acentuado, todo es más fuerte que antes...— con la mano que sujetaba su barbilla, ésta vez bajando, sostuvo su cuello con delicadeza, apenas y posándola de un lado de éste. Le dirigió una mirada fulgurosa, apasionada, en conjunto a un nuevo susurro, forzado, acalorado: — Eres la envidia de todas las diosas...
— Suél... teme...— suplicó con voz forzada Kiku, haciendo nuevos intentos por despegarle de su cuerpo. La mano en su cuello tomó posición ahora en su nuca, mientras que el otro brazo, que le rodeaba por la cintura, ejerció la suficiente fuerza para subirle hasta una altura considerablemente peligrosa...
A punto de recibir el primer beso de su amigo...
— ¡Gato sarnoso, no te atrevas a tocar a la Señorita Honda!— intervino desde un rincón, y frente a una ventana rota, el recién aparecido Sadiq. Heracles bajó a "la" japonesa de inmediato, aunque aún le sostenía fuertemente entre sus brazos.
— ¡¿Tú aquí, bigotudo?— Frunció el entrecejo — ¡¿Qué le hiciste a mi ventana?
— ¡Lo que debí haber hecho desde su primer acercamiento en el aeropuerto!
— ¡¿Nos has estado espiando?— reclamó Heracles, erizándose como todo gato furioso. Sus brazos desenvolvieron al ya muy desesperado japonés, quien previendo la riña a punto de formarse, sintió su sangre helarse.
— ¡Heracles-san... Sadiq-san...! ¡Por favor, no vayan a disputar ahora...!
— ¡¿Crees que en mi ausencia puedes ultrajar así a MI amigo?— cuestionó ofendido el turco, adelantándose con paso amenazante hacia su eterno rival griego. Éste último, imitando su gesto, había cambiado su semblante serio y somnoliento, por uno iracundo y cargado de desprecio — ¡¿Qué cruza por tu cabezota de gato, que pretendes faltarle así el respeto a la Señorita Honda?
— ¡Eres tú el que está hablando de respeto, y acabas de entrar a mi casa rompiendo una ventana! ¡Y no estaba haciendo nada malo: Kiku es MI amigo!
— ¡¿Ah, si? ¡Pues que la Señorita decida, gato sarnoso! ¡Sentirás la culpa de haber tratado de mancillar su alma! ¡¿No es así, Señorita Honda?
— ¡Se-Señores...! ¡No pretendo elegir entre ustedes...! ¡A-Ambos son mis amigos...!
— ¡¿Quién es más amigo tuyo, Kiku? ¡¿A quién de los dos sientes más cercano...?
— ¡¿Preferirás a un gato-maniaco, o a una persona seria y juiciosamente formada?— intervino Sadiq, adelantándose hacia la japonesa. Heracles hizo lo mismo.
— Elígeme, Kiku. Yo soy tu amigo porque realmente así te quiero. No soy un interesado ni un gritón maleducado...
— ¡¿Estás diciendo que soy gritón y maleducado? ¡Crío del demonio, ya sabía que le hablabas mal de mí a Kiku, pero hacerlo en mi cara es algo que no voy a perdonarte!— adelantándose aún más, el turco envolvió con uno de sus brazos la cintura de "la" japonesa, atrayéndola hacia él.
— ¡¿S-Sadiq-san...? ¡¿Qué hace...?
— ¡La señorita Honda merece alguien que sepa respetarla y serle fiel, y no un flojonazo aprovechador que pretenda aventársele a la primera oportunidad!
— En ese caso suéltala, bigotudo— amenazó Heracles, acercándose con aire ofendido — Porque tus intenciones con Kiku no son del todo diferentes a lo que mencionaste. Si lo que dices que merece es respeto, entonces soy el indicado para brindárselo MIL VECES MEJOR que tú...
— ¡¿Qué dices?— El turco, soltando a "la" japonesa, dio un paso firme, golpeando el mármol del suelo con el talón de su bota, hasta trisarlo un poco — ¡Si alguien es mucho mejor amigo para Kiku, ese soy YO! ¡Yo jamás le he fallado, yo jamás le he insultado, jamás...!
— ¡Señores, por favor! ¡Algo de compostura, no tiene sentido que peleen por mí!— intervino Kiku, interponiéndose entre ambos contrincantes — ¡Ustedes deberían ser amigos, y no discutir por todo...! ¡Hay... tantas cosas que los unen...! ¡Historia... gente, intereses...!
— ¡No soy como él! ¡Soy mucho mejor, y no pretendo ceder...!— Se defendió Sadiq — ¡Señorita Honda, le sugiero me acompañe! ¡No tiene sentido que siga viéndose con éste malcriado pervertido!
— ¡¿Pervertido, dices? ¡¿Quién es el que tiene cuanto menos cinco mujeres en su habitación, bigotudo?— atacó venenosamente Heracles, para luego agregar: — Mis sentimientos hacia Kiku son puros y verdaderos... y pretendo demostrárselo de la mejor manera, pero siempre debes llegar a arruinarlo todo— diciendo esto, sujetó una de las manos de Kiku, para luego, atraerle suavemente — Acabas de interrumpir nuestra cita...
— ¡¿Cita?— preguntaron al unísono Kiku y Sadiq, ambos descolocados.
— ¡Una cita es muy poco para lo que yo pretendo, crío!— y tomando la otra mano de "la" japonesa, Sadiq se arrodilló ante ella, dedicándole un breve beso en el dorso de ésta — Por que lo que yo siento por la Señorita Honda me hacen desear más que solo una salida informal y no compromisoria... ¡La Señorita Honda DEBE convertirse en mi mujer!
— ¡¿Matrimonio...? ¡Ay, no...!
— Eres anticuado y aburrido, Sadiq...— y arrebatándole el dominio sobre la "mujer" japonesa, le abrazó con posesión — Más que todo lo que puedo haber dado a entender, o lo que tú hayas podido decir... ¡Ya he pensado en una familia con Kiku!
— ¡¿Qué?— Sobresaltado, el turco abrió sus ojos de par en par — ¡No tienes futuro con ella, porque yo ya he pensado en... el nombre de nuestros primeros cinco hijos...!
— ¡O-oigan...!— trató de interrumpir Kiku, antes de ser bruscamente halado por Sadiq, ahora hallándose entre los brazos de éste — ¡No... no quiero casarme... ni tener hijos! ¡E-esto va contra mi voluntad! ¡Y mi naturaleza...! ¡S-Soy hombre, no puedo tener hijos...!— trató de zafarse, ésta vez con bastante más suerte que antes, porque una vez libre, encaró a ambos contrincantes — ¡No se peleen por mí, Señores...! ¡Ambos son mis amigos, nada más que eso...!
Pero desoyendo las explicaciones de "la" japonesa, Heracles y Sadiq siguieron discutiendo:
— Tienes pocos planes con Kiku en comparación a los míos. Amerito más de su atención y cariño, porque yo he pensado en al menos una decena de hijos con ella.
— ¡¿Diez hijos? ¡Estás loco! ¡No es una máquina reproductora, es una mujer que merece amor y cariño que solo yo le puedo otorgar!
— ¡Eso lo dice el que comparte su cama con cuanta hembra pueda mantener!
— ¡Es una tradición, niñato! ¡La única mujer que amo se llama Kiku Honda! ¡¿Entiendes? ¡No permitiré que me arrebates a quien tiene mi corazón!— ofendido y furioso, dio un golpe en la boca del estómago del griego, para luego lanzarle lejos, azotándolo contra una de las paredes. Kiku gritó horrorizado, y corrió a detener a Sadiq, quien iba en nueva búsqueda de Heracles, para continuar golpeándolo.
— ¡Sadiq-san, se lo suplico! ¡No siga, no tiene sentido! ¡No golpee a Heracles-san! ¡No lo haga...!
— ¡Déjeme acabar con él, Señorita Honda! ¡Aquí arderá Troya!
Pero para sorpresa de los presentes, Heracles se incorporó sin demostrar señales que indicaran dolor o cansancio alguno. Estaba furioso. Su rostro lo demostraba, su pose de luchador, al más puro estilo de los antiguos espartanos, alcanzó una lanza decorativa que cayó de la pared con el impacto, esgrimiéndola como un hoplita*. Se distinguía en el aura formada en torno a su cuerpo el vigor del mismísimo dios de la guerra: Ares, el centellar de los rayos de Zeus en sus furiosos ojos...
No era un buen augurio para Sadiq, así que, antes que Heracles pudiese adelantarse, blandió la espada curva que guardaba dentro de su abrigo, y se puso en posición de pelea. Antes que Kiku pudiese intervenir nuevamente, Heracles vociferó un potente grito de guerra, para luego aventársele al turco con las intenciones de derribarlo:
— ¡ESTO... ES... ESPARTA~!
Rudeza: Parte II
— ¡Lud-wig, Lud-wig, Lud-wig!— apremiaban con gritos y silbidos algunos de los espectadores que hace ya bastante tiempo veían la pareja contienda entre ambas mujeres.
— ¡Lorelei, Lorelei, Lorelei!— gritaban otros tantos, aplaudiendo y riéndose, mientras apoyaban a la cantinera.
Llevaban ya bastante tiempo así. Quizás no horas, pero... cerca. Y ninguna parecía ceder.
Cuando ya parecía que Lorelei ganaría, Ludwig sacaba más fuerzas de quién sabe dónde, hasta igualar la posición de sus brazos y seguir forcejeando. Ya casi hacía que el puño de su contrincante golpeara contra el tablón de la mesa, y ésta volvía a igualarle.
Era forzuda, en verdad. Aparte de tosca y gruesa, también bastante musculosa. Todo el tiempo mordía su labio, dejándolo marcado con sus dientes, enrojecido y casi sangrando. En cambio, Ludwig no hacía gestos, no mordía sus labios, no cerraba los ojos con tanta fuerza como Lorelei, no gemía, no gruñía. Era hombre, en verdad, y pese a que sus fuerzas se vieron bastante reducidas tras su conversión, no fueron suficientemente mermadas como para hacerle someterse en las contiendas de fuerza.
Él era fornido, rudo, un macho de cabo a rabo. Todos sus músculos se tensaban por el esfuerzo, sudaba adrenalina pura, toda ella se hallaba excitada por la batalla, y ésta cada vez cobraba mayor interés para quienes miraban. Nuevamente, y casi viendo que Lorelei estrellaba su mano contra la mesa, volvió a sacar nuevas fuerzas, hasta igualar la posición de los brazos como en un inicio. Era cosa de técnica: hacerle creer a tu enemigo que tiene la competencia comprada, y de pronto, una vez que sus fuerzas comenzaran a ser menos potentes o se cansara el brazo, volver a pulsear. Y cuando ya dolían los brazos, oponer simple resistencia, dejándose aparentemente vencer, pero poniendo suficiente fuerza como para que la mano no bajara más de lo pensado. Eran años de pura experiencia, noches enteras, despierto en el regimiento donde había formado su carrera militar, derrotando a todos y cada uno de sus oponentes, para que al día siguiente, él fresco y realizado se encontrara con ellos, todos molidos, quejándose por sus adoloridos brazos.
Y puede que ahora estuviera en el cuerpo de una verdadera "Lady". Pero eso no sería excusa para retomar tanta diversión y satisfacción que le producía el ganar ese tipo de competencias.
¿Por qué una mujer debería cambiar eso? Y para colmo, una que no sabía lo que decía.
— ¡Lud-wig, Lud-wig, Lud-wig!— ya los espectadores golpeaban las mesas y sillas con los puños, gritaban como salvajes, como animales excitados por el vigor y la rudeza de "la" alemana, aullaban como lobos hambrientos, no despegaban sus ojos de ella.
Lorelei estaba desesperada. Tenía una reputación que cuidar: "La mujer más fuerte de todas", "La que es capaz de forcejear contra un hombre, y ganarle" "La tirana", "La bárbara más bella", "La Brunilda* Contemporánea". Con la mano que no competía, se afirmó del borde de la mesa, cosa de que fuese a servirle de apoyo, y así asegurarse más la victoria. Lo veía difícil. "La" tal Ludwig era una rival aún más fuerte. o eso parecía. Su semblante serio le resultaba socarrón y soberbio, se burlaba de ella. Sí. Se reía de ella. Se reía en su cara. Forcejeó un poco más. Otro poco. Seguían iguales, y ya su hombro dolía demasiado ¿Cuánto más aguantaría esa mujer desconocida? ¿Cuánto más? ¿Cuánto más soportaría su brazo, antes de desprenderse inevitablemente de su cuerpo?
Ludwig volvió a ejercer más fuerza aún. Veía los ojos suplicantes, contrastando con la boca torcida en una mueca de furia, en su contrincante. Se sonrió un poco, y con un movimiento fuerte y decidido, comenzó a jugar. Debía picar su orgullo si quería por fin poner término a tan absurda pelea. Y así, movió su mano. De un lado a otro, haciendo de a poco flaquear las fuerzas de la dama, y haciéndola dudar también...
Hacia atrás, hacia adelante después... ¿Qué pretendía? Hacia su lado, hacia el de ella... ¿Estaría burlándose? Sí. Su sonrisa lo delataba. Nuevamente hacia atrás, como si estuviese entregándose a la derrota, luego, volvía a forcejear hacia su lado, como acariciando la victoria. Era una burla. Una falta de respeto... ¡Ella era Lorelei! ¡La cantinera, la mejor...! ¡Tenía que enseñarle a esa "rompe-hogares" que con ella no debía meterse!
Nuevas fuerzas, nuevos impulsos, y cada vez los gritos de la audiencia eran más alto. Ya sus oídos no distinguían a quien apremiaban los presentes, todo era una bola de ondas de aire, de sonidos extraños, fuera de éste mundo. Todo estaba perdido, ella estaba perdida, perdida como nunca. Un último esfuerzo, y logró levantar un poco su mano. Mordió más su labio. Éste sangró exageradamente, como si se hubiese roto algo grave. No importaba: sabía que cualquier cosa de la cara y cabeza, fuera la nariz, boca u oídos, cuando sangraban, era tremendamente exagerado, pero nada grave... lo grave era perder. Y ya saboreaba la amarga derrota. Sería una "fulanita" amachada la que se llevaría su honor, su renombre, su pasión...
Miles de ojos sin caras a su alrededor, todos y cada uno de ellos brillando lujuriosos. Las miradas fijas en ambas mujeres, acompañadas de gritos ininteligibles que parecían provenir de una sola boca, cuando en realidad eran decenas de ellas, quizás más... Puñetazos a las mesas, zapateos en las sillas, jarras quebrándose, risotadas y vociferaciones sin ton ni son, eran los componentes del más tenso de los ambientes en el bar. Un verdadero campo de batalla, solo con dos combatientes armadas hasta los dientes. Y todos miraban, gritaban, celebraban y destruían. Era el caos. La perdición.
Ludwig, por su parte. Ya estaba teniendo suficiente diversión por ese día. Así que hizo lo que debió desde el inicio de la competencia:
De golpe centrar toda la fuerza en su brazo competidor, para con un último movimiento, azotar de lleno el puño de su rival contra la mesa. Todo había acabado. La gritería fue general.
— ¡BRAVO! ¡VIVA LUDWIG! ¡ES LA MEJOR! ¡LA MÁS HERMOSA! ¡LA MUJER SE LAS TRAE! ¡NO DESCONFIAMOS DE ELLA NI UN SEGUNDO!
Y derrumbada en su propia guerra, Lorelei soltó un espantoso grito que desgarró su garganta, y dejó todo el bar en silencio.
— ¡Esto no se acaba... hasta que yo lo diga!— jadeó la dama, limpiando su labio sangrante, y levantándose de la silla. Pateó la mesa hacia un lado, yendo ésta a parar varios metros hacia el fondo del local. Luego, tomó por el cuello de la ropa a Ludwig, y le hizo incorporarse del asiento — ¡¿Te gusta pelear rudo, "bonita"? ¡¿Eh? ¡¿Quieres salir a discutirlo afuera?— la remeció bruscamente con sus brazos regordetes y musculosos, a la vez que toda su cara se colocaba roja de ira.
— Ya acabó, Señora. Sea buena perdedora— dijo cortante Ludwig, sujetando ambas manos de la mujer, y apretándolas hasta dejarlas adoloridas.
— ¡No he perdido aún! ¡Me ofendiste, y aún me queda enojo para rato!— le soltó disimulando el dolor en sus manos, y de inmediato, pateando los vidrios rotos del suelo, y las sillas en su camino, se abrió paso hacia el exterior del bar — ¡Sígueme si eres mujer!
— ¡No soy mujer!— se defendió Ludwig, sin considerar lo contradictoria y extraña que resultaba aquella declaración para quien escuchara. Sin embargo, no fue ese el efecto.
— ¡Ella no es una mujer! ¡Es una diosa!— salió uno de los espectadores, levantando la jarra lleva de cerveza, y empinándosela en el acto.
— ¡Es una valkiria! ¡Un brindis por ella!
— ¡Ludwig es la mejor! ¡La mejor!
Las declaraciones resonaron en todo el recinto, y todos los hombres presentes llenaron sus jarras con la cerveza de las máquinas del local, arrojaban sus billetes y monedas a la campeona, a la diosa germana, A la diva de la trenza rubia...
No pudiendo soportar tanta barbaridad junta, Lorelei tomó la muñeca de su contrincante, y la arrastró hacia afuera contra su voluntad. "La" alemana protestó a todo lo que le daba su garganta, trató de zafar su agarre, pero pronto se vio a sí misma tumbada en el suelo, luchando por incorporarse, con la enorme cantinera encima suyo, propinándole cuantos golpes quiso en todos los lugares que Ludwig no alcanzaba a cubrir.
Los espectadores seguían vitoreando desde adentro, golpeando las jarras llenas de la bebida fermentada, derramándola en todo el destruido local.
Afuera, ya la contienda era igualmente acalorada que la anterior.
— ¡Yo te enseñaré unas cuantas lecciones de respeto, mujerzuela! ¡Nadie se burla de mí! ¡¿Entendido? ¡Nadie!
— ¡Usted debería aprender esas lecciones antes de hablar...!— Ludwig tomó ambas muñecas de la dama, y forcejeó con ella hasta tumbarla en el suelo, aprisionándola — ¡Y no vuelva a insultarme...!
— ¡Suéltame, malnacida...! ¡Suél... tame!— inútilmente, la mujer se remecía bajo el cuerpo de su captora, tratando de golpearla mientras pataleaba desesperadamente.
— ¡Oigan, muchachos! ¡Aquí afuera! ¡Pelea de gatas!— señaló uno de los hombres. El único que se atrevió a salir del bar para presenciar la batalla. A él, pronto se unieron varios seguidores. Vitoreaban a coro a la preferida. A Ludwig...
Fue un intercambio mutuo de apretones, arañazos, algunos golpes por parte de Lorelei, y bruscos zamarreos cortesía de "la" alemana. En determinado momento, nadie sabe cuándo, Lorelei había alcanzado a agarrar la trenza de "la" dama, sacándole el listón que la amarraba. Con todo el ajetreo y los movimientos, la coleta comenzó a deshacerse y desordenarse, hasta terminar convertida en una cortina rubia, desordenada y colgante, que se enmarañaba cuanto más se movían ambas mujeres.
Por fin, la pelea dio el vuelco definitivo.
— ¡Bájate de encima! ¡Quítate... me duele...! ¡Me duele...!— se lamentaba Lorelei en el piso, retorciéndose como nunca antes lo había hecho. Ludwig estaba sobre su espalda. Había conseguido voltearla, y atrapar ambas muñecas, amarrándolas con su corbata para evitar que siguiera agrediéndole.
Varios segundos de tensión hubo luego de que Ludwig se levantó, dejando a la dama en el suelo, amarrada, totalmente inmovilizada.
Un último grito de lamento fue la señal para su victoria. Varios aplaudieron, otros vitorearon y siguieron a su bárbara ídola, quien tomando a la cantinera en sus brazos, la llevó al interior del local.
Está de más decir que todo el arreglo de la "mujer" alemana fue en vano, puesto que ahora toda sucia, sudorosa y desgarrada se hallaba toda su ropa, faltaban unos cuantos botones de su camisa, además que ahora estaba despeinada, con todo el pelo enredado, lleno de tierra y ramitas que estaban en el suelo. Su conjunto arruinado, polvoriento, tenía algunos rasguños menores: todo era reparable.
Una vez dentro del local, depositó a la rabiosa cantinera en uno de los pocos asientos que se encontraba intacto. Ella aún gruía, maldecía, rugía y gritaba a viva voz, cuando de pronto, y de forma completamente inesperada, Ludwig le propinó una fuerte bofetada. Ella enmudeció. No estaba dentro de los principios del alemán el golpear a una mujer, pero sabía muy bien que a veces era necesario para sacarlas de los estados de shock y de histeria.
— Ya todo acabó, Señora— dijo en voz baja Ludwig, mirándola fijamente a los chispeantes ojos.
— Ah...
— Ahora, la desataré una vez que se calme ¿Entendido?
— Sí... sí...
— ¿Promete no intentar nada?
— Sí...
— ¿En serio lo promete?
— Sí... señorita...— Lorelei bajó la mirada. Sintió sus muñecas liberadas del amarre de la corbata, e instantáneamente dejó caer los brazos a los lados de su cuerpo. Estaba agotada...
— Si no es molestia, Señora...— dijo de repente "la" alemana — ¿Tendrá unas tijeras?
— ¿Para qué... las... necesitas?— jadeó ella.
— Sólo dígame si las tiene, y si podría prestármelas un momento...
— Búscalas... en el cajón del baño privado...— instruyó la mujer, mirando en dirección al habitáculo en mención.
— Gracias.
Volviéndose hacia el pasillo, caminó presuroso. Estaba HARTO del cabello largo, de que se enredara cuando dormía, de tener que estarlo trenzando para evitar que se desordenara, HARTO de que Antonio jugara con sus trenzas cada vez que le veía. Así que, una vez llegando a la puerta con el letrero que buscaba, se encerró en dicha habitación. Abrió el cajón del mostrador donde estaba el lavabo, y las encontró de inmediato. Tomándolas firmemente con los dedos, probó si funcionaba correctamente. Miró su reflejo en el enorme espejo de en frente, y comenzó a medir...
¿Hasta los hombros estaría bien? Demasiado todavía.
¿Bajo la oreja? No se vería mal, pero... podía cortarlo aún más. Sobre la oreja...
¡Buena idea! Nada mal. No le sentaría mal en verdad. Así que afirmando los mechones de pelo con dos de los dedos de la mano contraria a donde tenía la tijera, dio el primer corte...
Los mechones rubios cayeron. El largo le gustó. Aprobado. Tomando los del lado contrario, cortó nuevamente. Todo sería a cálculo. No necesitaría un peluquero, nada de eso...
Así, hasta que su visión se vio parcialmente bloqueada, cortó los mechones rubios, tirándolos en el tacho de basura cercano. Los de atrás prefirió cortarlos algo más largos, pero sin que alcanzaran a rozar el cuello de la camisa. A cálculo, y guiándose por el frío filo de la tijera sobre su piel, cortó.
Quizás después le pediría a Feliciano su opinión acerca del corte, o que lo emparejara un poco, se le daban bien esas cosas después de todo...
Acabada la base de su idea, se dedicó a perfeccionarla un poco más. Emparejó las partes más dispares con pequeñas tijerazos, y luego terminó de sacudirse la ropa para retirar los restos del cabello cercenado. Limpió la tijera, y se miró nuevamente al espejo. Maravilloso. Le agradó el cambio. Era detestablemente femenino, pero rudo. Le sentaba bien. Se peinó algunos mechones con los dedos, guiándolos hacia la frente y al lado. Luego de echar un último vistazo, se sonrió.
Salió de la habitación, y vio el local vacío, y a Lorelei ordenando el desastre con lentitud, con desgano. Hizo una breve señal con la cabeza, para llamar su atención.
— Lamento el malentendido, Señora.
— Descuida, linda... ya hablaré yo con él...
— ¿Necesita ayuda?
— No, no... vaya no más. Yo me encargo— la mujer levantó algunas sillas y las colocó en sus correspondientes mesas — Es así todas las noches de ajetreo. Ya estoy acostumbrada.
— ¿Segura?
— Vaya no más, hijita...— Ludwig suspiró — Que le vaya bien...
— Gracias, Señora. Nos vemos...
Y salió del recinto, encaminándose hacia su hogar. Apenas hubo sentido nuevamente la frescura de la ciudad, ya habiendo anochecido, sintió sus ánimos revitalizados. Emprendió rumbo, manteniendo una caminata autoritaria, firme. Esa que solo tienen las guerreras después de haber ganado una dura lucha...
Confusión: Parte III
En la sala de estar de la casa de Heracles, se batían desde hace ya mucho tiempo el dueño de casa, y su eterno rival: Sadiq. A golpes de lanzas, espadas, sucias estocadas y empujones, Kiku no veía el momento de interrumpirlos, pero tampoco veía el término de su riña. No decían nada, A lo mucho, emitían feroces gritos de guerra, y eso si es que les daba el aliento para hacerlo. Desesperada, "la" japonesa se movía de un lado a otro de la sala, tratando de sujetar a alguno de los dos que viera más a su alcance, siendo apartada del camino.
— ¡Por favor, un poco de control! ¡Sadiq-san! ¡Heracles-san!— llamaba Kiku, tratando de alcanzar a Heracles y tirarle por la ropa, para impedir que siguiera agrediendo al turco con su lanza.
Desoyéndole, el griego le apartó hacia un lugar donde ninguna de las armas fuera a alcanzarle, y nuevamente detuvo uno de los golpes del arma de Sadiq, para con la suya desviarla. Nuevamente, tratando de intervenir, Kiku trató de aventarse contra el representante del país de Asia Menor, asiéndole por las ropas y jalando de éstas.
— ¡Sadiq-san! ¡Deténgase! ¡Van a lastimarse si siguen así...!— advirtió "ella". Sin decirle nada, sadiq la tomó con uno de sus brazos, y le depositó del lado contrario hacia donde retrocedería, en vista de que el griego se lanzaba nuevamente hacia él, con las intenciones de atravesarle con su lanza. Esquivó rápidamente su movimiento, y consiguió dar un codazo en el costado de Heracles, haciéndole vacilar en su siguiente ataque, dándole tiempo a Sadiq para afirmar su posición, y dirigir una certera estocada, que por suerte, falló.
— (¡¿Que hago...? ¡¿Que hago...?— Kiku miró hacia todos lados... estaba realmente desesperado. Si tuviera al alcance algo con qué detener sus golpes, o al menos bloquearles el paso entre ellos, sería perfecto. Pero para mover un mueble o encontrar algo lo suficientemente sólido como para resistir el filo de ambas armas sería una misión imposible. — (¡¿Que hago...? ¡Si siguen así, van a matarse...!)
Vaciló un poco, en vista de que ahora Heracles había conseguido tirar al suelo a Sadiq. Se aterró al ver la lanza levantada por sobre toda la estatura del griego, a punto de impactar y atravesar de lleno a su amigo turco. Por suerte, una rápida reacción de Sadiq hizo que el filo del arma se clavara en el mármol del piso en vez de su cuerpo, cosa que relantizó el movimiento del griego y dio la oportunidad al turco para salvarse.
— (Necesito algo rápido...)— pensó Kiku para sus adentros, recorriendo con sus temblorosos ojos las paredes, el piso, los muebles y rincones de toda la casa... — (Una katana... ¡Una katana!)— recordó que dentro de su equipaje, traía una katana original de Japón por razones que hasta él mismo desconocía. Tenía filo, estaba hecha con perfecta intención de ser un arma mortal. Así que corrió fuera de la morada y forcejeó la cajuela hasta abrirla.
Le debía una reparación al auto de Heracles, pero a su vez, le salvaría la vida a dos de sus amigos.
Registró con rapidez, hasta dar con lo que buscaba. Envuelta en bastantes protecciones, la espada esperaba a ser envainada. La sacó de sus envoltorios, y la blandió, corriendo nuevamente hacia el interior de la casa.
Allí, ambos contrincantes seguían destruyendo lo que encontraran a su paso, mientras se perseguían deseosos de mutilarse. Tomando posición, Kiku sostuvo el mango de la espada con ambas manos, se subió sobre la mesa de centro, y saltó al ataque.
Deteniéndose por una breve fracción de segundo, tanto Heracles como Sadiq vieron la silueta de la japonesa aventarse contra ellos, vociferando en su idioma natal y potente grito, antes de impactar el filo de la katana contra ambos armamentos, lanzándolos lejos de su alcance. Totalmente desarmados, y por acto reflejo, tanto Heracles como Sadiq trataron de defenderse, tomando nuevaposición de lucha, encarando a "la" japonesa.
Pero antes que pudiesen hacer algo, Kiku había desatendido su armamento con una mano. y tomando del brazo de Sadiq, le hizo volar por los aires frente a Heracles, impidiéndole el paso. Una vez que el turco hubo caído de lleno contra el suelo, la "mujer" japonesa, con la misma mano, asió la muñeca del griego, y forzó hasta que, sin doblarla ni dañarle, le obligó a arrodillarse. La pelea había acabado. Tumbado en el suelo Sadiq se quejaba del impacto de su espalda contra el mármol, mientras Heracles, totalmente inmovilizado, ermanecía mudo, aguantando el dolor en su muñeca.
— ¡Ya basta! ¡No es digno de los caballeros el pelearse de esa forma...!— reprochó Kiku, aún sosteniendo su arma y la muñeca del griego.
— Auch... mi espalda...
— Kiku... me lastimas el brazo...— gimió Heracles, haciendo que por fin "la" japonesa le soltara. Y "ella", volviéndose hacia el turco, le extendió la mano libre para ayudarle a levantarse.
— Lamento haberlos atacado, Señores... pero no podía permitir que siguieran disputándose por una tontería...
— Estábamos... peleando por usted, Señorita Honda— defendió Sadiq, levantándose ayudado de la "mujer" — Eso no es una tontería...
— Lo es, Señores...— suspiró Kiku, entristecido — No quiero que por... mi culpa vayan a tensarse innecesariamente las cosas entre ustedes. No lo amerita...
— Pero... Kiku...— a sus espaldas, Heracles ya se había levantado — Nosotros... nosotros jamás nos hemos llevado bien...
— Nunca ha sido grato encontrarme con él— apoyó el turco, cruzándose de brazos.
— Pero por eso mismo deben tratar de evitar riñas absurdas. Si la relación de ambas naciones no es buena, no significa que deban pelear cada vez que se ven... deberían centrar sus fuerzas y sus palabras en mejorar la situación, o al menos hacer un esfuerzo por dejar sus problemas de lado, y compatibilizar de acuerdo a los elementos que los unen...— explicó "la" japonesa — Caso contrario, terminarán destruyéndose, haciéndose daño innecesariamente, y no es la idea...— suspiró, para luego finalizar su reprimenda: — No... Quisiera perder a mis amigos por nada del mundo... ambos son importantes para mí, y si discuten por éstas cosas tan absurdas como la de ahora... no sabré qué hacer... ni siquiera podré estar allí para regular las tensiones, ni para detenerlos... háganme un favor, y al menos cuando coincidamos, traten de llevarse bien, o evitar pelearse... no les pido que se vuelvan inseparables, o que de la nada abandonen sus verdaderas ideas por mí, no quiero eso... sólo algo más de control. Algo de paz...
En silencio, los rivales se miraron largamente. Kiku guardó la katana en su vaina, y dio un paso hacia el lado, dejando el paso libre entre Heracles y Sadiq. Asintiendo los dos, aunque resignados, estrecharon sus manos. Kiku sonrió.
— Disculpe el disturbio, Señorita Honda.
— No volverá a pasar. Al menos no en su presencia...
— ¿Lo prometen?
— Sí— respondieron ambos al unísono.
— Me alegro...— suspiró aliviado Kiku, llevándose ambas manos al pecho. — En serio me alegro...
— Me debes una ventana, bigotudo— soltó de pronto Heracles, mirando desafiante al turco. "La" japonesa se estremeció.
— Y tú me debes una visita al doctor...— espetó Sadiq, señalando con su mano el costado. Viendo que no se había entendido, desabrochó su ropa, y dejó a la vista un rasguño hecho con la lanza, que sangraba levemente. Kiku tapó su boca, medianamente horrorizado.
— Ah... tranquilos...— advirtió "la" japonesa, viendo que parte de la tensión se reanudaba — Yo... le debo una reparación del auto, Heracles-san... forcé la cerradura de su cajuela...
— ¿Eh? Ah... déjala así... de todos modos era un fastidio abrirla. Ahora será más fácil hacerlo...— bostezó el griego.
— Ahora, caballeros... creo que ha sido todo por hoy...— dijo Kiku, volteando hacia la puerta — Creo que es tiempo de que regrese a casa...
— ¿Quieres que te lleve?— ofreció el dueño de casa.
— ¡Tú ya lo hiciste! Señorita Honda, permítame conducirla hasta el aeropuerto...— protestó Sadiq, adelantándose, mientras ofrecía su brazo con galanura.
— Creo... que por ésta vez iré solo...— rió forzosamente — Para evitar disgustos...
— ¿Irás en taxi?— preguntó anonadado Heracles.
— Es poco apropiado para una dama ir sola a éstas horas de la noche. Insisto...— dijo Sadiq.
— Descuiden... tengo esto— mostró la katana, sonriéndose con dulzura — Buenas noches, caballeros...
— Buenas noches, Kiku. Te veré pronto— disimulado, Heracles guiñó su ojo.
— Nos encontraremos en otra oportunidad, Señorita Honda— se despidió Sadiq, haciéndole una reverencia — Por mi parte, ya hice lo que debía hacer aquí. Me retiro también...
— Acuérdate de pagarme la ventana— acotó el griego, lanzándole una mirada amenazante. Interrumpió nuevamente Kiku, retomando la despedida.
— Nos veremos pronto...— volteó hacia la puerta, llevando bien pegado a su cuerpo el arma que hace poco había blandido. Una vez afuera, se aproximó a sacar las otras cosas de su equipaje, y partió hacia el paradero de taxis y autobuses más cercano a la mansión. De cierto modo, aunque vacilando: Kiku se iba tranquilo...
Dentro de la morada de Heracles, y antes de retirarse hacia su auto, aparcado en las cercanías del lugar, Sadiq le dirigió una última oración a su rival.
— Recuérdalo, gato sarnoso... Un hombre podrá cambiar muchas cosas en su vida. Pero sin duda alguna, la que le hará seguir viviendo y luchando: Es su pasión imperecedera. No me rendiré, hasta que dejes a la Señorita Honda en paz...
— Concuerdo contigo, bigotudo— Heracles sonrió maléfico — Concuerdo contigo...
Rudeza: Parte III
Había luces en el interior de su casa. Ludwig las avistó desde el inicio de la calle, así que supuso que si no era Gilbert el que se hallaba en casa, era Feliciano. Como fuera, tan solo esperaba poder llegar, y tenderse flojamente en el sofá. Le dolía un poco el brazo, la espalda, y para qué decir que su cabeza le mataba.
Aún así, se sentía fresco, renovado... quizás tantas tensiones durante la tarde habían sido de ayuda para sentirse a gusto dentro de su actual cuerpo, y más ahora que tenía un corte de cabello más ligero y cómodo: no tenía por qué quejarse. Aunque claro... había otras cosas por las que sí protestaría...
Sacó las llaves de su bolsillo, e introdujo la correspondiente en la cerradura de la puerta. Giró la llave, y empujó. Dentro, la calidez del hogar acarició su rostro frío, dándole una muy grata bienvenida. La casa estaba a oscuras en la sala principal, pero había luces en la planta superior...
Despreocupado, se sacó la chaqueta del conjunto, y la dejó en el espaldar de una de las sillas cercanas. Desajustó la corbata, desabotonó los primeros tres botones de la camisa. Subió las escaleras a paso medianamente rápido. Cero apuro ¿Para qué apresurarse? No tendría sentido. No tenía prisa en nada, tan solo quería echarse en su cama, y para eso, había tiempo suficiente...
A mitad de la escalera, divisó en la penumbra del ante-pasillo a Gilbert, con la espalda apoyada contra la pared. Estaba ensimismado, pensativo. Un cigarrillo encendido sujeto con los labios, echando algo de humo.
— ¿Gilbert?
—... ¡Ah! Hola...— saludó el prusiano en una carcajada ahogada. Sujetó con dos de sus dedos el cigarrillo, y soltó el humo que tenía en la boca — Disculpa que esté fumando dentro de casa, pero... — rió nerviosamente — Aproveché que no estabas.
— Descuida, pero que sea la última vez... dejas toda la casa ahumada— suspiró cansinamente. Luego, le miró con detenimiento. Estaba demasiado arreglado como para ser que fuera a quedarse en casa — ¿Saldrás, hermano?
— Nos encontraremos Francis, Antonio y yo en ese Club Nocturno de la Avenida Roja...— carcajeó lascivo, poniendo el cigarrillo otra vez entre sus labios, aspirándolo con ganas. Luego, volvió a soltar el humo, disolviéndose éste en una nubecilla gris al poco rato ennegrecida hasta extinguirse.
— ¿Te espero despierto?
— No, "Guapa"— respondió, haciendo hincapié en el trato femenino, picando el orgullo alemán. Ligeramente ofendida, "la" alemana se aproximó, subiendo los últimos escalones, mirándole acusadora — No te enojes, West. Era una broma...
— Más vale. Ya tuve suficiente de "Guapa" aquí, "Linda" allá...— suspiró agotado... sintió una de las manos de Gilbert, tomándole por la barbilla, haciéndole levantar el rostro — ¿Qué ves?
— Te cortaste el cabello— comentó divertido Gilbert, sonriéndose aparentemente burlesco.
— ¿No te gusta?
— Al contrario. Te queda... si fueras una chica de verdad, y no fueras mi familiar: podría salir contigo...— saludando la ocurrencia, Ludwig se sonrió.
— ¿Ah, si?
— Te ves como esas mujeres bien guapas de las películas de acción— volvió a aspirar el cigarrillo, y soltó el humo hacia un lado, donde no le llegara en la cara a su consanguíneo — Esas que hasta todas embarradas dan ganas de devorárselas...
— No te pases.
— Tómalo como un halago, West...— se incorporó de un solo impulso, e hizo un pequeño gesto con la cabeza — Yo ya estoy en la hora, West. Te veo luego...
— ¿Llegarás a dormir?
— Claro. Como a las siete de la mañana...— carcajeó a su particular manera — Por mientras tú diviértete con "La Bella Durmiente"
— ¿Eh?
— Me la encontré cuando vine a arreglarme. Lleva durmiendo horas en tu cama...
— ¡¿Quién?
— La chica esa de cola... ¡La del "Rizo Mágico"! ¡Tu amiga!
— Feliciano... ¿Cómo entró a casa?
— Quizás tiene una copia de tu llave, West. La cosa es que "La Bella Durmiente" lleva esperándote horas en tu cuarto. No quise despertarla de considerado que soy— se jactó Gilbert, para luego volver a aspirar el cigarrillo. Soltó el humo — Quiere divertirse contigo.
— Explícate.
— No hace falta ver cómo vino vestida para verte, Ludwig. La tienes loca...— arqueó pícaramente sus cejas, y luego, bajó las escaleras.
— No saques conclusiones precipitadas. Es mi amigo.
— Kesesesese~. ¿"Amigo" es como se le dice hoy en día, West? En mis tiempos preferíamos llamarlas "Novia"
— ¡No inventes!
— Divié~rtete~— Se despidió haciendo un signo de "Paz" con los dedos, y bajó el resto de los escalones. Poco después, escuchó la puerta abrirse, y cerrarse seguidamente, casi de un portazo. Ludwig suspiró rendido.
Sentía aún su cuerpo tenso por la batalla, aún astros de adrenalina fluyendo por su sangre a gran velocidad. Acelerado, abrió la puerta de su dormitorio, y divisó a oscuras a "la" durmiente italiana, tendida cuan larga era en su colcha, roncando a su singular manera.
— Ve~... Ve~... Ve~...
— (¿Así que esperándome?)— pensó divertida "la" alemana para sus adentros, acercándose a la cama, y sentándose a su lado.
Detenidamente le observó. Ya sabía a qué se refería Gilbert con aquella mención malintencionada acerca de sus ropas, puesto que era nada más ni nada menos que un coqueto y pintoresco vestido que dejaba sus hombros descubiertos, y cuya parte superior se apegaba perfectamente a su talle, delineándole perfectamente. El resto de la falda: ligera, llena de simpáticos vuelos y adornos que pendían de sus pliegues.
Ludwig tocó su hombro, remeciéndole suavemente. Feliciano gimió a modo de protesta, pero consiguió entreabrir sus ojos castaños, y distinguir a su amigo...
— Ludwig...— dijo somnolienta la "mujer" italiana, sonriéndose flojamente — Ve~... llegaste tarde hoy...
— Salí al bar... ¿Cómo entraste a mi casa?
— Tengo una copia de tu llave — admitió sonriéndose. A la mente de Ludwig, sobrevino el recuerdo de la afirmación de Gilbert. Golpeó su frente con una de sus manos.
— Como sea... ¿Necesitas algo?
— Estaba aburrido en casa— dijo Feliciano, incorporándose lentamente — Y vine a verte...
— Qué detalle. Pero no contaste con que había salido de casa...— suspiró, y acarició la cabeza de su "compañera" — ¿Y ese vestido?
— Lo encontré en el desván. Era de Elizaveta cuando más joven, y no sé por qué lo tenía yo...— bostezó — Me lo probé por curiosidad, y me quedó bastante bien...
— Así veo— comentó inconscientemente Ludwig, para luego arrepentirse y enmudecer por varios segundos. Segundos que fueron llenados con una risita caprichosa de parte de "la" veneciana.
— ¡Gracias~!... ¿Eh? ¿Ludwig...? ¿Qué le ocurrió a tu cabello?
— No sé, desperté y se había caído de repente — comentó irónicamente, ante la obviedad de la pregunta. Feliciano extendió sus brazos hacia su "compañera", y con los dedos, acarició los mechones que caían sobre su frente.
— Te ves bien...— sonrió tiernamente, entrecerrando los ojos, mientras enrojecía levemente.
Ludwig se veía distinto sin sus trenzas. El cabello largo no era algo que se imaginara como propio del fornido alemán, y pese a que las trenzas le sentaban muy simpáticas, casi tiernas, nada como su cabello corto, con estilo. El estilo de las militares... En su caso: una muy guapa.
Porque no tenía por dónde negarlo. Al verle, Feliciano notó con agrado un aire de frescura y excitación en su serio semblante. Era de ese tipo de belleza que sólo surgía tras una pelea. Después de tensar cada músculo, jugar con cada emoción, con cada reflejo. Como las verdaderas guerreras germanas. Esa belleza salvaje, tosca, brusca, natural. Solo era imitable por las más fieras combatientes. Ni siquiera eso...
Ludwig, hecha una hembra furiosa, toda una fiera, era una visión que logró acelerarle el corazón a Feliciano. Tanto así que sus mejillas enrojecieron hasta su máximo exponente...
Por su parte, y no sintiéndose del todo diferente, Ludwig sentía que aquella visión feminizada y delicada de "la" italiana le resultaba bastante familiar.
No sabía exactamente de dónde. Quizás de alguno de sus mejores sueños. Los de antaño... Era un sueño. Verla así era un sueño. Tan delicada, deseable, totalmente sonrojada y vulnerable. Una mujer así sólo podía existir dentro de su estereotipo mental, o quizás ya la había visto antes...
Imposible...
Feliciano era simplemente él... o "ella", en estos momentos. Siempre tan distraído, pero observándole con tanta insistencia y dedicación que pareciera que de verdad le prestaba atención. Quién sabía. Pero no podía resistirse por demasiado tiempo más a esas orbes castañas, examinándole de pies a cabeza, tan ansiosa, tan deseosa de sentirle, de besarle, de acariciarla entera. Cosa más deliciosa. Pudo sentir los espasmos y escalofríos producidos por la agradable visión, y la estremecedora y excitante ilusión, recorriendo todo su cuerpo.
Le necesitaba. Necesitaba tocarle. Recorrerle completa y absolutamente todo su cuerpo, sentir su piel, sus labios, verle a los ojos por más tiempo...
Subiendo una de sus manos, Ludwig primero recorrió todo el largo de su brazo, hasta llegar al hombro, donde suavemente, tiró con los dedos el borde del vestido, bajándolo...
— Lu... Ludwig... ¿Qué ha...?
En respuesta, siseó. Pidiendo silencio.
Siguió subiendo mano, mientras que con el otro brazo le acorralaba, pasándola en torno a su costado, y posándola en la colcha. La mano que subía, apenas y hacía sentir la yema de sus dedos en la piel de la "mujer" castaña. Recorrió su cuello, deseoso. La respiración de "la" alemana se aceleró considerablemente, y la necesidad de más cercanía desbordó saliéndose de los límites moralmente permitidos. Apoderándose del rizo del lado izquierdo de la cabeza de Feliciano, jugó con él, envolviéndolo con sus dedos, tirando levemente de éste.
— ¡Ah... ah...! ¡Ludwig... no...! ¡No hagas eso...! ¡Ay...!— avergonzado, Feliciano trató de apartarse, aunque cada vez aquella deliciosa sensación de placer empezó a mermar sus fuerzas, haciéndole oponer cada vez menos resistencia.
— ¿No te gusta?— preguntó sonriendo malicioso, pasándose luego la punta de la lengua por los labios. Aminoró la distancia entre ambos rostros, y antes que pudiese emitir cualquier otro ruido, de placer o protesta, se apresuró a callarle con un beso posesivo y lujurioso.
Gimió de forma inevitable, aguda, profunda. Las caricias en su particular rizo siguieron, cada vez daban un mejor efecto en su cuerpo. Por fin, Feliciano se rindió, y tendiéndose nuevamente en la cama, permitió a su "compañera" el ponérsele encima, aprisionándole, haciéndole deshacerse en gemidos y suspiros a cada una de sus caricias, elevarse hasta el mismo cielo con cada beso, sentir la gloria con el contacto con aquel cuerpo tan apto para la dominancia.
Posicionada entre las pierna de Feliciano, "la" alemana se separó de improviso, para dedicarle una última frase, antes de volver a besarle de forma apasionada.
— No sólo yo me habré divertido hoy. ¿No lo crees, Feliciano?
— Ah... s-sí...— gimió como último, para luego sentir nuevamente los labios cálidos sobre los suyos, y las expertas manos comenzando a deshacerse del vestido, bajándolo lentamente por su torso, luego, subiendo la falda.
Era demasiada sobredosis. Demasiada sobredosis de lujuria, de tensión, de deseo.
Era rudeza. Rudeza pura. Una sobredosis de la más fuerte y embriagante rudeza germana.
Continuará...
*28 de Octubre: Se celebra en Grecia el Día del No. Conmemora la fecha donde el general Ioannis Metaxas respondió con un rotundo "No" al ultimátum del embajador italiano en Atenas, ante la propuesta de participar con ellos en la guerra convertidos al fascismo, esto en el marco de la guerra Greco-Latina en la Segunda Guerra Mundial. Los estudiantes realizan desfiles vestidos de Azul y Blanco, en símbolo de patriotismo y veneración al suceso ocurrido.
*Reidi: En pronunciación japonesa, vendría siendo el equivalente de la palabra inglesa "Lady" (Señorita, Jovencita)
*Partenón: Famosa construcción de los tiempos de la Antigua Grecia, situada en la Acrópolis (Las alturas de la ciudad) de Atenas. Es el templo de Atenea Pártenos, construido por iniciativa de Pericles en el siglo V Antes de Cristo por Fidias y varios artistas que le acompañaron. Hecho de mármol pentélico, representa la perfección y el equilibrio del orden dórico. Curiosamente, la forma en la que está construido éste templo hace que la luz entre de tal forma que, al mirar desde una perspectiva cualquiera hacia su fondo, no se dé el efecto de profundidad o lejanía (es decir, no se "achica", como cuando vemos un camino hacia el horizonte)
*Sudoku: Juego de lógica tradicional japonés, cuyo nombre se traduce como "Muchos números". Consiste en rellenar una cuadrícula de 9x9, subdividida en 9 cuadrículas de 3x3, con los números del 1 al 9 (partiendo con algunos números ya dispuestos en algunas celdas) de modo que en ninguna fila, columna o subcuadícula falte o se repita alguno de los números de la secuencia. Carece de ciencia matemática alguna. El juego se popularizó en Japón alrededor del 1986, y se dio a conocer de forma internacional en el año 2005.
*Hyung: Nombre que se de la al "Original Character" (Personaje Original) de Corea del Norte. Es muy similar a Im Yong Soo, salvo que el rizo (que igual tiene una carita) va hacia abajo, y usa una larga trenza; y el hambok, en vez de azul y blanco, es rojo y blanco, o completamente rojo. A menudo, es presentado como el hermano gruñón, y no es muy cercano a su familia.
*Hoplita: Soldado griego de infantería, que vestía con una pesada armadura metálica, y llevaba por armamento una lanza y un escudo, para defenderse.
*Brunilda: Personaje de la mitología germana, correspondiente a una valkiria dispuesta a casarse con el hombre que pudiese vencerla en una serie de ejercicios físicos. Es engañada por un hombre: Sigfrido, quien logra vencerla con trampas y casarse con ella. Tras ocurrir esto, Brunilda se enamora locamente de él, y al enterarse de lo acontecido, tras varios años después, todo ese amor se convierte en odio, y ordena que su marido sea asesinado. En base a éste suceso, es que existe el "Complejo de Brunilda", donde la mujer busca a un "súper-hombre" al que amar, pero luego del matrimonio o noviazgo, le odia profundamente.
¡Válgame Dios! Me ha costado, pero por fin ha salido ^-^ ¡Me siento tan contenta~~! Tenía éstas ideas sueltas en mi mente, así que decidí hacerme un capítulo con ellas, enteramente dedicados a Kiku y Ludwig, que los hasbía estado dejando medio de lado...
¡Ah~! Y es algo más diferente. El triángulo de Grecia x Japón x Turquía se me hace realmente gracioso, y éste fue un pequeño tributo a ellos. Y Alemania e Italia necesitaban de su momento super hot, y ésta era la oportunidad perfecta (aunque claro, fue una simple insinuación). Y ahora Ludwig tiene el cabello cortito :^D.
Espero les haya gustado, Me tomó trabajo, y reinicié éste capi al menos unas dos veces ^^U quería que fuese lo suficientemente bueno para mostrárselos *o* y éste es el resultado.
Recuerden. Todos sus comentarios serán enormemente bien recibidos y contestados a la brevedad. Me sentiré realmente honrada de leerlos. Cualquier súplica, golpe, abrazo, premio nobel, bomba atómica o amputación que quieran hacer a mis brazos, en sus reviews ;^3.
Un fic con reviews, es un fic feliz :).
Nos leemos, colegas. Gracias por leerme. De antemano, muchísimas gracias!
¡Sayo! Nya~
PD: a Yuxiel:
¡Ohhh~! Muchas gracias por tu comentario. No pude responderlo, debido a que no tiene dirección de envío para una contestación. En serio, me honra saber que te agrade mi trabajo :3 Me hace sentir tan feliz!
USA x UK no es tampoco mi pareja predilecta, pero teniendo la oportunidad de escribirlo, trato de dar en varios de los gustos de los lectores (por eso acepto peticiones ;3) por tratarse de mi primer fic en éste fandom.
Lo de Alfred suele pasarle a muchos, que por el hecho de ser Estados Unidos ya hay una serie de controversia con él. Lo mismo a veces con Iván (más por las insinuaciones de su lado inhumano, aunque no explícitamente demostrado), China, y otros personajes. Pero es algo meramente personal, y a veces si causa confusiones. Aún así, Fem!Alfred es un elemento de mucha ternura y simpatía, y ese potencial lo exploto mucho en ésta historia, es un lado que me encanta del personaje *o*.
Yan~! Muchísimas gracias por tu comentario! El final... tampoco lo veo muy cerca XD aunque algo ya tengo en mente :3...
