Los personajes utilizados en este fanfic son propiedad de CLAMP y Ohtaka Shinobu.
Aclaraciones y Advertencias: Los personajes no me pertenecen. OC. OOC. Una historia random con sus debidos momentos serios. (?)
Summary: Kinomoto Sakura, como muchas chicas de su edad en plena flor de la adolescencia, tenía su propio significado sobre la juventud. Éste no incluía ser transportada a otro mundo con propósito desconocido junto a sus mejores amigos. Menos descubrir que no eran tan ajenos a él como parecía.
Key 9
«En los campos de batalla, un rayo; en los sentimientos, un niño; en los sufrimientos, un santo».
Cuanto más se adentraban, más adecuada consideraba Shaoran su metáfora de la mitología griega. Había esperado más trampas mortales a la vuelta de la esquina en un corto plazo, pero hasta el momento los tres estaban completamente seguros y sin lesiones adicionales; el 'Hilo de Ariadna' definitivamente les estaba enseñando el camino.
O por lo menos eso fue lo que Li decidió tras un desvío intencional.
No podía fiarse plenamente de un fenómeno que no sabía por qué y cómo se manifestaba, así que optó por ir en dirección opuesta a la corriente lumínica, sólo para ver qué pasaba.
Terminaron en una cámara circular con ocho túneles.
―¿Soy el único al que ningún camino le da buena espina?
Alibaba miró con recelo los túneles. No sabía cómo explicar el mal presentimiento que tenía sobre ellos, pero confiaba en su instinto de supervivencia lo suficiente para decidir que lo mejor que podía hacer era evitarlos a toda costa.
―Regresemos ―asintió el castaño, compartiendo el sentimiento.
Luego de lo que parecían horas vagando volvieron a encontrar el camino principal con ayuda de las marcas que habían dejado, Shaoran sabía que no podía fiarse en su sentido del tiempo, pero se sintió ligeramente irritado ante el pensamiento de estar haciendo el vago.
Requirió de toda su fuerza mental no pensar en el otro grupo. No podía darse el lujo de preocuparse por otros cuando ni siquiera podía asegurar que su propia integridad estaba a salvo; tenían que llegar con el maldito Djinn para que pudieran rescatar a los demás, y luego darle un pedazo de sus pensamientos a Amon.
Una vez esclarecidas las cosas entre ambos, encontró que cooperar con Alibaba no era tan problemático como pensó que sería, el rubio todavía hacía algunas preguntas innecesarias ocasionalmente, pero no molestaba más allá de eso. Parecía menos ansioso y no vacilaba al seguir sus pasos, tal vez por la promesa que todavía tenía que cumplir con su amiga.
Hablando de la Estilista del Diablo.
―Deja que la lleve por ti ―dijo a la par que frenaba su andar, dispuesto a intercambiar los roles adoptados instintivamente hasta ahora―. A estas alturas debes tener los brazos entumecidos por cargar su peso, toma un descanso.
Alibaba parpadeó reflexivamente antes de responder:
―No realmente, mis brazos sólo están un poco rígidos por permanecer en la misma posición durante tanto tiempo. Tomoyo es bastante ligera.
Li era completamente escéptico con respecto al argumento, así que enfundó su cimitarra, giró sobre sus talones y extendió los brazos. El rubio puso los ojos en blanco, pero no insistió; sería mejor que el otro comprendiera su punto a través de la experiencia propia.
―¿Qué demonios? ―siseó tras recibir el cuerpo ajeno.
Alibaba tenía razón: Tomoyo era bastante ligera.
Sin bromear, era misteriosamente, espeluznantemente, absurdamente… ligera.
Era casi como si no estuviera allí.
Era como si no tuviera peso en lo absoluto.
La azabache no pesaba ni remotamente cerca de lo que se hacía creer, pero actualmente, el castaño estaba seguro de que podría levantarla usando dos de sus dedos; podía pellizcar el cuello de su camisa y estaba seguro de que ella colgaría como un gatito recién nacido de la boca de su madre.
Bueno, aunque él dijera que no tenía peso, eso no sería correcto. Tomoyo tenía peso, muy poco, pero estaba allí… el problema es que no era ni un cuarto de lo que debería ser.
Ella tendría que pesar 50 kilogramos.
Ella pesaba alrededor de 5 kilos.
Esa cantidad, distribuida entre las proporciones de un ser humano normal, hacía parecer como si ella no pesara en lo absoluto. Aún si técnicamente tenía el peso de un recién nacido.
«Esto no puede ser posible», decir que estaba consternado sería un eufemismo. «¿En dónde demonios estamos y qué es lo que éste mundo está haciendo en nosotros? ¿Por qué Tomoyo no nos dijo que…?»
Porque ella no lo sabía, cayó en cuenta. Ella no era consciente de que algo estaba mal. Ella debía seguir creyendo que pesaba 50 kilogramos.
Con eso en mente, decidió que podía enloquecer más tarde, pero sin duda no olvidaría esto.
…
Alibaba no preguntó, pero sabía que las cosas no iban precisamente bien cuando Shaoran palideció dos tonos y le entregó a Tomoyo de vuelta sin decir palabra.
No pensó que el peso de ella iba afectarlo, honestamente. Si eran amigos cercanos supuso que él ya debería saberlo.
Al parecer estaba equivocado.
Eso lo hacía sentir un poco curioso sobre la historia que tenían. Es decir, sabía por boca de su amiga que ella no tenía recuerdos, pero en ningún momento había surgido el tema acerca de Sakura y Shaoran; los dos fueron presentados como los amigos que Tomoyo buscaba y él aceptó eso sin rechistar, pero la manera en que los tres interactuaban le intrigaba y confundía.
Ellos claramente sabían quiénes eran, estaban familiarizados o por lo menos eran capaces de reconocerse entre sí, pero el hecho de que Shaoran no pudiera recordar algo como el peso de Tomoyo daba qué pensar.
¿Tal vez los tres tuvieron un accidente antes de separarse? ¿Cómo fue que se separaron, de todas formas? ¿Sakura y Shaoran también tenían recuerdos perdidos? Eso explicaría un poco, aunque también complicaría demasiado las cosas.
No se atrevió a preguntar, sin embargo, ya que él mismo no estaba siendo completamente honesto y por lo tanto sentía que no podía exigir respuestas de ningún tipo.
Miró a la chica inconsciente en sus brazos.
«Cuando despierte se los diré», decidió.
El castaño iba adelante, dirigiendo la marcha, deteniéndose cada cierto tramo del trayecto solamente para hacer marcas en las paredes. De alguna manera se había convertido en el Líder. El rubio no tenía ningún problema con eso, en realidad, ya que de alguna manera Shaoran parecía conocer el camino correcto.
Lo cual era un alivio cuando el entorno era tan cambiante.
Como si fuera un laberinto, cada pocos metros los túneles se curvaban, giraban y se ramificaban. El suelo a sus pies pasaba de la grava a los adoquines, mármol, piedra caliza y después al barro desnudo, y así en un ciclo que se repetía más veces de las que Alibaba estaba dispuesto a contar. No había ninguna lógica ni un patrón, era un cambio completamente al azar, pero a pesar de lo confuso que resultaba, Shaoran se adentraba en los túneles con la seguridad de alguien que tenía un mapa detallado a la mano.
El túnel por el que caminaban actualmente tenía un trayecto recto, sin ramificaciones, giros ni recodos. Completamente cubierto por piedra caliza en el suelo y las paredes, sin ventanas, y el musgo brillante era bastante escaso en éste tramo así que era una suerte que varias antorchas encendidas estuvieran distribuidas a lo largo del corredor.
Su acompañante se detuvo repentinamente.
―¿Qué pasa? ―preguntó.
―Una fosa ―fue toda su explicación.
Trató de solicitar más detalles, porque «Una fosa» no decía nada realmente. ¿Era una fosa común? ¿Una fosa de agua? ¿Un animal nativo de Madagascar?
No es que el último pensamiento pudiese pasar por la mente de Alibaba, pero aún así.
―¿Una fosa?
―Sí, una fosa ―resopló Shaoran―. Una enorme fosa. Una ridícula, enorme y problemática fosa. Solamente escucha.
Nada. Sólo el vació y el sonido del viento haciendo eco en los túneles.
Alibaba estaba a punto de pedir una explicación otra vez, cuando finalmente captó el sonido.
Era un sonido molesto, que no sabía cómo explicar, pero le recordaba un instrumento idiófono cuyo nombre no ubicaba en ese momento; era como si un niño pequeño tuviera dicho instrumento y no dejara de agitarlo desde hace un tiempo, y el sonido estuviera volviendo loco a todo el mundo.
―¿Qué es eso?
―Escucha bien.
El ruido se escuchó de nuevo. Ésta vez, Alibaba estaba seguro de lo que era y no le agradaba ni un poco el descubrimiento.
―Déjame adivinar ―dijo―. ¿Una serpiente?
―Plural ―el otro respondió con una voz monótona.
Oh, hombre.
―¿Un maldito nido de serpientes?
―Peor ―sentenció el castaño en tono mortalmente plano.
¿Qué demonios estaba frente a ellos?
Shaoran caminó hacia la pared de la izquierda, tomó la antorcha más cercana y la dejó caer en una masa enorme de serpientes.
A medida que el fuego iluminaba el interior de la fosa mientras caía, Alibaba se percató de que no era solamente un nido de serpientes. Era toda una sociedad de malditas serpientes.
Serpientes que no se inmutaron ni un poco cuando el fuego cayó sobre ellas.
Serpientes malditas que no se quemaron ni un poco.
Ellas, de hecho, parecían bastante cómodas con el fuego. Si la manera en que más y más serpientes reptaban y arremolinaban alrededor de la llama era evidencia suficiente para afirmarlo.
―Asumo que no podemos regresar e ir por otro lado.
―No, éste es el camino más corto y menos letal ―esa era precisamente la respuesta que él temía oír―. O eso es lo que entiendo de toda la verborrea que escucho. Las… uh, cosas brillantes, son bastante fastidiosas en éste tramo y no deja de hablar como un grupo de chicas adolescentes sobre su ídolo.
Y tampoco podían rodear la fosa porque no era precisamente pequeña, y estaba literalmente en medio del camino. Tenían que meterse allí abajo y escalar para salir del otro lado, sólo así podrían reanudar el camino.
Bueno, mierda.
―Será divertido ―dijo Shaoran, sin una pisca de diversión en su tono―. Espero te gusten los rayos, el caos y las carreras suicidas.
Alibaba suspiró.
―Supongo que es un buen momento para presumir sobre mi habilidad para correr.
…
La siesta de Tomoyo fue interrumpida por los chillidos indiscutiblemente masculinos de Shaoran y Alibaba.
―¡¿Qué demonios?! ¡¿Qué sucede?! ¡¿Qué pasa?!
―¡Serpientes de Fuego! ―gritó Alibaba.
―¿Qué?
Ella todavía estaba medio dormida, lo que hasta cierto punto explicaba por qué estaba pensando en serpientes españolas con trajes baratos de circo, saltando aros en llamas.
―¡No eso! ―era hasta cierto punto preocupante lo bien que Shaoran la conocía―. ¡Unas malditas serpientes que queman todo a su paso!
La azabache no comprendió a lo que se enfrentaban hasta que finalmente se asomó sobre el hombro de Alibaba.
Miles de ojos sangrientos le devolvieron la mirada. Alargadas criaturas reptaban desde la oscuridad, siseando y dejando un rastro de cenizas; el musgo y maleza fluorescente que iluminaba a la caverna se consumía en llamas con el paso de las criaturas.
―No quiero saber ―ella dijo―. En serio, no quiero saber, pero tengo que preguntar. ¿Esas son Ashwinders?
En momentos como ese, Li apreciaba el control que Daidouji tenía sobre sus propios nervios y su carácter inhumanamente excéntrico. Ella probablemente estaba más interesada en atrapar una de esas cosas en un frasco que en correr lejos de ellas gritando, pero también era lo suficientemente sabia para comprender que esa sería una MALA idea.
Shaoran estaba parcialmente agradecido de que Sakura no estuviera allí, porque ella estaría perdiendo la cabeza en ese momento. Tomoyo al menos esperaría hasta que pasara el peligro para enloquecer.
Seis corredores más tarde, la profecía se cumplió cuando Alibaba la depositó en el suelo: ella se dejó caer dramáticamente y dejó salir los pensamientos en su mente.
―Esos eran Ashwinders. ¡Era una legión de malditos Ashwinders! ―gimió, su ser completo contorsionándose en lo que probablemente era su mayor intento para suprimir sus impulsos de Mythbuster. O el ataque de epilepsia más extraño de la historia―. ¡¿Qué hacen monstruos de J.K Rowling en éste lugar?! ¡¿Y por qué demonios no tenía a la mano nada para inmortalizar ese momento?!
―¿Quién es J.K Rowling? ―preguntó el rubio, terminando de recuperar el aliento.
―Una bruja que se alimenta de los sentimientos, sueños y esperanzas de la gente ―dijo mortalmente seria―. Esa es J.K Rowling.
―Ella está exagerando ―el castaño se vio obligado añadir cuando el otro muchacho perdió un par de tonos. Lo último que necesitaban era traumatizarlo con la autora de una saga literaria, que actualmente ni siquiera existía―. Te sugiero que no hagas caso de lo que dice a partir de éste momento, Alibaba. Es probable que no salgas de aquí lo suficientemente cuerdo si te expones demasiado al Virus-T.
―¡Hey!
―¿Qué? ―Li se encogió de hombros―. Literalmente, creas monstruos cuando la gente se expone lo suficiente a ti, quiero decir, ¡mírame! Yo era normal antes de ser tu amigo.
―¿Normal en los términos de quién? ―se burló Daidouji―. Y veo a un chico guapo cubierto de sudor, cenizas y lodo, ¿exactamente cuál es la parte monstruosa?
―Acabas de darme un piropo ―dijo él lentamente―. Eso es todo. ¡El mundo se está terminando hoy, he dicho!
Alibaba parpadeó ante el peculiar intercambio que sucedía frente a él. No estaba seguro de si eran dos buenos amigos tomándose el pelo o adolescentes coqueteando, pero basado en su propia experiencia personal con Tomoyo, probablemente era lo primero.
Cualquiera que fuese el caso, podía llegar a la misma conclusión, independientemente del contexto:
―Ustedes son muy extraños.
―Brillante observación, Sherlock.
La respuesta irónica le costó a Shaoran otro pinchazo entre sus costillas. A veces él odiaba a Meilin por haberle enseñado a Tomoyo los puntos vulnerables del cuerpo, pero sólo cuando usaba ese conocimiento en su contra; se suponía que ella debía usar ese conocimiento para la defensa personal, no para reprenderlo.
Podía sentir sus ojos perforando su cráneo, claramente diciéndole: «No seas una perra sarcástica con él».
«Soy una perra con todo el mundo, sabes». Resopló.
Inmediatamente se arrepintió de devolver su mirada. Tomoyo y Shaoran, y diablos, incluso Alibaba, sabían que eso era una completa mentira. Él podía nombrar en ese preciso momento a dos personas con las que fue amable desde que las conoció.
Afortunadamente, la azabache no se burló de él. Más allá del «¡Ja!» que ambos sabían ella estaba conteniendo, no hubo ningún intento por traer a Kougyoku y Morgiana a la conversación, pero eso no significaba que ella no estaba teniendo un día de campo y planeando molestarlo para el resto de la eternidad con eso. No sería Tomoyo si ella no lo usara más tarde en su contra.
En silencio, Alibaba continuó observando. A simple vista quedaba expuesto que ellos tenían algunos años de conocerse. Él estaría mintiendo si dijese que no estaba curioso y un poco celoso; su amistad era buena y genuina, la forma en la que interactuaban le recordaba sus días jugando en el terreno baldío de los barrios pobres.
Los días que no le importaba nada más aparte de volver a casa con Mariam, Kassim y su madre.
―Alibaba, ¿estás bien?
―¿Eh? ―parpadeó, notando en ese instante que tenía las miradas de sus acompañantes sobre él―. Estoy bien, ¿por qué lo preguntas?
―Tú sabes ―tarareó―, "bien" no significa realmente "bien". En la escala regular está el "bien", el "genial", el "okay", el "voy a matarlos a todos" y el "estoy muriendo, idiota".
No hubo necesidad de fingir una risa, esas palabras eran lo suficientemente ridículas para hacer al rubio reír. Todavía era una risa tensa, pero parecía lo suficientemente genuina.
―Es la primera vez que escucho algo como eso, ¿de dónde lo sacaste?
―Conocimiento ancestral de las mujeres ―ella se encogió de hombros―. ¿Quieres…?
―Estoy bien.
Interiormente se maldijo a sí mismo, porque eso no era lo que él quería decir. Éste era el momento perfecto para contarles y no podía creer que acabara de sabotearse.
―Escucha, Pyramid Head ―el castaño decidió que era momento de dar un ultimátum, antes de que su santa paciencia terminara de agotarse―: no estás siendo amable al no fastidiar con tus problemas, sólo molesto.
―¡Mi cabeza es perfectamente normal, gracias!
―Dile eso al cuerno ―se burló.
Alibaba gimió entre lloriqueos, intentando sin éxito aplanar su mechón anti-gravedad.
―Shaoran ―siseó la azabache―. Ya basta, estás comportándote como… Oh.
Algo a mitad de la oración hizo 'clic' en la cabeza de Daidouji. Por supuesto que Li Shaoran estaba comportándose como Kinomoto Touya; que ella viera Alibaba como un amigo no significaba que Shaoran tuviera la misma percepción, para él, el otro seguía siendo un extraño. Un extraño con el que ella era demasiado amable.
«Se está portando como un hermano sobreprotector ante un potencial novio para su hermanita, ¿verdad?»
―Eres… eres un imbécil ―rió―. Pero así se te quiere.
Shaoran resopló.
―Tienes razón ―dijo el rubio, totalmente ajeno, tras resignarse al hecho de que domar su cabello era imposible―. Estoy siendo un idiota.
―La aceptación siempre es el primer paso ―indicó el castaño solemnemente―. ¿Entonces?
Personalmente, a Shaoran no le interesaban los detalles personales o molestias de Alibaba, pero por experiencia personal sabía que a veces era necesario vomitarle tus pensamientos y sentimientos a alguien, pues sólo así podrías hacer las cosas bien.
Siendo ese el caso, estaba dispuesto a escuchar.
Alibaba tomó una respiración profunda.
―Tiene que ver con lo que quería decirles antes… ―dijo mientras le arrojaba una mirada cautelosa al Li―, antes de que esa chica llegara acompañada por Jamil y el otro tipo.
El Descendiente de Clow frunció el ceño.
―Su nombre es Morgiana ―espetó ligeramente irritado, tal vez porque Jamil lo había dicho lo suficiente como para que no fuese desconocido―. El otro tipo es Goltas.
―Correcto, antes de que Morgiana llegara con Goltas y el bastardo de Jamil ―se corrigió rápidamente para apaciguar su mal humor―. Es, uh, la razón por la que quería conquistar el Calabozo en primer lugar.
―Tomate tu tiempo, Alibaba ―le sugirió Tomoyo con una sonrisa.
Shaoran estaba ocupado tallando otra marca en el corredor, pero se tomó el tiempo de hacer un comentario sarcástico:
―Pero que sea antes de que nos convirtamos en polvo, por favor.
Supuso que, a su manera, esa era la forma que el otro tenía para decirle que siguiera adelante. Ya sabía que el muchacho era una persona amable en el fondo.
El hecho de que ambos tuvieran tal consideración debió haberlo tranquilizado.
No lo hizo.
―Y-yo… ―pasó saliva ruidosamente―. Yo…
«Diles», gruñó su conciencia. «Se los debes por meterlos en éste lío».
―Necesito dinero suficiente para comprar un país ―esa fue la primera oración capaz de completar sin hacer un lío de tartamudeo.
Y ahora que se escuchaba a sí mismo, no podía evitar preguntarse si siempre sonó tan estúpido.
Esperó algunas risas.
En lugar de eso, se encontró con la mirada comprensiva de la azabache.
―Aladdín dijo algo similar. ¿Alguna razón en particular?
Alibaba pudo sentir el cuidado en sus palabras. Ella estaba tratando de hacer la situación menos incómoda para él, a pesar de que no se merecía tal simpatía.
Se limpió distraídamente el sudor de las manos contra la tela de su prenda inferior.
―Mi hogar, quiero decir, el lugar donde nací– Es complicado.
―Entonces simplifícalo ―bufó el castaño.
Lo que seguía siendo difícil. Todo era complicado, demasiado para ponerlo en palabras; sus recuerdos eran trampas ocultas en lugar de memorias. Sus reminiscencias al pasado siempre lo llevaban a una vorágine de culpa, angustia y dolor. Nada ni nadie escapaba de― Anise.
Sus ojos se abrieron. Qué imbécil, ¡por supuesto que existían recuerdos capaces de aplacar esos sentimientos negativos!
Y ese nombre ―ese rostro que evocaba―, era el más más importante de todos.
«Mamá».
Incluso pensar en ella era capaz de sacarle una sonrisa sincera.
―Mi madre era una prostituta de los suburbios, ¿de acuerdo? ―se encontró diciendo antes de poder detenerse―. Ella era dulce y amable, también era una persona alegre y por eso siempre estaba feliz. A veces no teníamos para comer aunque trabajara todo el día, pero la vida era buena. O lo era hasta que ella murió.
―Oh, Alibaba…
―Está bien ―dijo, un poco sorprendido de que en realidad fuese cierto; supuso que entre tanto caos, la idea de que su madre no quedara atrapada en todo ello era un consuelo, de cierta manera―. Quiero decir, dolió bastante, yo todavía era un niño cuando eso pasó y estaba solo, angustiado y no sabía por qué se fue. Pero fue una fantástica persona ―recordó con cariño―. Los clientes de mi madre y nuestros vecinos tendieron una mano amiga cuando ella se fue. Empecé a trabajar también.
―¿Qué hacías? ―preguntó Tomoyo sutilmente, incitándolo a continuar.
―A veces lustraba zapatos, otras recogía basura y en ocasiones hacía de guía turístico para los extranjeros ―no le molestaba en lo absoluto comentar aquello, después de todo no sentía que tuviera que avergonzarse―. Prefería eso a robar, aunque no consiguiera los denarios suficientes, mi madre me crió para ser una persona honesta.
―¿Pero…?
Sin duda, ella era una persona aguda.
―Pero ―suspiró―, no todos los chicos de los suburbios tenían mi suerte. Algunos de ellos no tenían padres y los que tenían… no eran exactamente padres modelo. La mayoría de ellos al crecer se unieron a una banda de ladrones.
Eso era ponerlo en palabras bonitas y lo sabía pero, ¿qué otra opción había? Guardar silencio estaba descartado, no podía echarse para atrás ahora, así que se apegó a la pauta de simplificar las cosas. Después de todo, aunque un Dungeon no era el mejor sitio para hablar sobre los conflictos de la vida real, tampoco podían pausar todo para tener una charla corazón a corazón, acompañados de café y aperitivos. Todos estarían muertos para cuando terminara.
Se mordió el labio inferior, ahora autoconsciente del tiempo.
Tomoyo tal vez malinterpretó el gesto– O por el contrario, tal vez ella sabía aquello en lo que ni siquiera quería pensar. Sus palabras fueron implacables de todas formas:
―Ellos decidieron qué hacer con sus vidas, Alibaba.
Lo que dijo no era otra cosa que la verdad, pero el rubio tenía la necesidad inherente de protestar y culpar a… todo. La suerte, el entorno, los padres inconscientes; pero aunque esas cosas ciertamente influyeron, ellos todavía eran capaces de hacer sus propias elecciones.
―Lo sé ―reconoció con amargura―. La elección final la hicieron ellos.
¿Entonces por qué se sentía tan malditamente responsable?
―Por lo tanto, ¿cuál es el punto de la historia? ―dijo Shaoran―. Estoy seguro que no quieres el tesoro solamente para repartirlo entre los pobres, sería muy cliché, aunque creo que es algo que tú harías.
Él también era bastante observador, eh.
―Mi país empezó a tener una gran crisis ―a partir de allí todo era un valle empinado y rocas filosas, así que tenía que ir con cuidado―. En ese entonces yo estaba en el palacio, así que sé lo mal que estaban las cosas. El Rey estaba muy débil por una enfermedad crónica, así que traspasó su autoridad a su hijo mayor, Ahbmad… ―se humedeció los labios antes de continuar―: los tiempos se hicieron más difíciles ya que nuestro principal socio comercial, Parthevia, estaba en recesión, así que cambiamos al Imperio Kou.
«Imperio Kou», el castaño reconoció ese lugar sin problemas. «El lugar donde Kougyoku nació».
El lugar donde ella cayó esclava por primera vez.
Totalmente ajeno a sus pensamientos, el rubio siguió su relato:
―Ahbmad era un perezoso y el enviado del Imperio Kou ejerció una gran influencia sobre él, incluso se inmiscuyó en asuntos políticos internos ―se mordió el interior de la mejilla, conteniendo un gemido de frustración―. Las cosas pintaban horribles y el Rey me confesó que no tenía mucho tiempo para arreglarlo. Fue entonces cuando decidí dedicarme a ese país.
―Entonces pasó.
Los ojos dorados parpadearon confusos hacia Tomoyo.
―¿Qué?
―Lo que sea que sucediera para que terminaras aquí, en Qishan ―dijo ella lentamente―. Cuando tomaste esa decisión, pasó en ese momento, ¿verdad?
―Sí ―admitió ausentemente―. Ellos… ellos se colaron al Palacio.
Los recuerdos de esa noche inundaron su cabeza.
―¿El Imperio Kou?
En otras circunstancias, quizá el interés de Shaoran habría levantado alguna sospecha, pero actualmente el blondo no tenía cabeza para eso. Apenas pudo distinguir la pregunta.
―Los ladrones de los suburbios, que ya no existían ―aclaró débilmente―. Utilizaron un túnel y se metieron a media noche para asaltar la Tesorería del Palacio.
Sabía que Tomoyo podía sentir la energía nerviosa que emanaba de él, pero aún con la culpa en su garganta, el miedo martilleando en su pecho le hizo tragar sus siguientes palabras.
¡No!
―Y en ese momento, no di un solo paso.
Acababa de tirar su confesión por la borda; no pudo decir lo más importante, aquello de lo que se arrepentía más que nada.
«¡Lo has arruinado todo, idiota!» La parte racional de sí mismo gruñó en su cabeza.
«¡Ya lo sé!», quería gritar devuelta.
―Alibaba, ¡estás temblando!
―No quería que el palacio fuera asaltado, pero… mi mejor amigo estaba encabezando el asalto y sería arrestado ―siguió hablando, aunque fuera solamente para aplacar el peso de su culpa―. Si hubiera gritado, habría alertado a los guardias antes de que los ladrones se dispersaran y los habrían capturado; entonces los habrían atrapado, encarcelado y tal vez ejecutado. Gritar o enfrentarlos, no pude decidirme por ninguna opción. Fui un cobarde.
«Diles», siguió presionando su mente.
―Me golpearon y ataron, lo que recuerdo escuchar en mi conciencia nublada fue el fuego incendiando el palacio y los gritos confundidos de la gente. Los ladrones aprovecharon para robar en medio del caos.
«¡Diles quién eres, cobarde! ¡Diles por qué sucedió!»
Alibaba sabía que eso sería lo correcto, que era lo que debía hacer. Tenía que hacerlo.
No pudo.
―Mucha gente salió herida por mi culpa. ¿Y lo peor de todo? ―rió sin gracia―. Lo primero que escuché a la mañana siguiente fue «El Rey ha muerto» ―parpadeó con prisa para evitar las lágrimas―. Murió a causa de su enfermedad, pero el caos de esa noche terminó por empeorar su condición. Sentí como si yo lo hubiera asesinado.
Silencio.
―Así que terminaste auto-exiliándote en uno de esos viajes largos lejos de casa por la vergüenza, el mido y la presión ―resumió Li―. Bueno, me encantaría decir que esa fue una decisión estúpida, pero sería hipócrita de mi parte.
Él podía entender por qué Alibaba dudó en el momento crucial. Ese giro fue bastante cruel.
Hipotéticamente y bajo el supuesto de que ambas pudieran tener siquiera un gramo de maldad real en el cuerpo, también se habría paralizado si él tuviera que elegir entre delatar a Sakura y Tomoyo, sabiendo que ambas tendrían un destino terrible si lo hacía, o defender su hogar atacado por ellas.
―Pero aún no comprendo el punto de tu historia, ¿exactamente qué es lo que quieres hacer, Alibaba?
―No estoy seguro ―fue su respuesta―. Yo… estaba asustado, todavía lo estoy. Me arrepiento de todo y sólo quiero desesperadamente una forma de expiarme.
Por el rabillo del ojo el joven chino vio a la chica japonesa suspirar, decidiendo que era un buen momento para adelantarse cuando sus miradas se encontraron. El mensaje llegó sin interferencias: a menos que quieras lidiar con esto, vete. Ahora mismo.
Y así lo hizo.
Una vez el castaño estuvo lo suficientemente lejos para dar a entender que no podía ser incluido en la conversación, pero lo suficientemente cerca para no perderlo de vista, la azabache se giró con intención de ser más agresiva que periodista amarillista.
―Entiendo que lamentes la muerte del Rey, pero él mismo sabía que no le quedaba mucho tiempo, ¿correcto? No puedes culparte por algo que sabías era inevitable.
Alibaba hizo una mueca.
―Su muerte se aceleró por mi culpa.
Allí estaba otra vez. «Mi culpa», esas dos palabras parecían ser las únicas que el rubio tenía resonando en su cabeza. Tomoyo no dudaba que Alibaba se arrepentía genuinamente de lo que sucedió, aún así, no podía comprender por qué asumía la carga como si él hubiera enterrado un cuchillo en el pecho del Rey. Era incapaz de comprender lo que tenía al rubio tan aterrado al grado de hacerle temblar.
No era estúpida, sabía que faltaba información crucial. Había algo que Alibaba no les dijo.
Por otra parte, Sakura también tendía a tomar más responsabilidad sobre las cosas de las que le correspondían, y algo le decía que Alibaba no era tan diferente de ella.
¿Lo que podía hacer en esa situación? Ser una amiga, dar un consejo. No juzgarlo.
―En mi entendimiento general, uno no habla sobre lo mal que están las cosas, a menos que estés seguro de que no tendrás otra oportunidad para hacerlo ―espetó ella―. El estrés y humo pudieron ayudar a deteriorar su salud, pero fue su enfermedad lo que finalmente lo mató. E incluso si el incidente no hubiera ocurrido, no sabes si el Rey habría vivido para la mañana siguiente, creo que él moriría esa noche o al día siguiente de todas formas.
Ella tenía un punto. No hablas con alguien sobre la crisis actual cuando estás enfermo, a menos que estés completamente seguro de que no tienes muchas horas encima.
―Alibaba, sé que tienes buenas intenciones, pero de una vez te digo: repetir el dinero entre los menos afortunados no solucionará nada. No generarás ninguna inversión. No les harás ningún bien. Sí, comerán ese día, ¿pero qué harán mañana? ―inquirió seriamente―. ¿Qué harás cuando vengan a ti pidiéndote ayuda, pero no puedas darles algo porque ya repartiste todo?
Ella sabía que él no tenía una respuesta a eso, incluso antes de que abriera la boca para replicar y ningún sonido emergiera.
―Si la situación en tu país es mala, la culpa es del actual gobernante.
«Si quieres ayudar, tienes que estar dispuesto a ser un Rey», ella decidió que lo más prudente sería no añadir tales palabras. Alibaba tenía suficiente presión encima por el momento. No podía manejar la idea de ser un Rey en su estado actual, pero era algo a lo que tendría que hacer frente tarde o temprano.
Tomoyo simplemente lo sabía.
Incluso a ella le daba miedo la forma en la que su juicio sobre las personas terminaba desarrollándose a rasgos inimaginables: Sakura era maravillosa, ahora la maga más poderosa de su mundo; Shaoran era noble, el alma más leal y el compañero más fiel que pudieras encontrar.
Alibaba era un Rey.
Y si bien un Rey no era una cosa pequeña, Tomoyo presentía que el título del monarca y el término que ella usaba para referirse a su amigo poseían una distancia abismal de importancia entre ellos.
―Eh, ¿chicos? ―la voz del joven chino la sacó de sus pensamientos―. Tenemos un problema.
…
Su problema era enorme, peligroso, del tipo inflamable y afortunadamente todavía yacía dormido en una pila de escombros. Se hizo el acuerdo tácito de hablar en murmullos para no ser machacados en un parpadeo.
―Un drakon.
Shaoran realmente tenía ganas de estrangular al Djinn, por otra parte, no estaba seguro de si eso era posible. Tendría que verlo primero. Si era un ser místico tangible y de proporciones similares a Yue y Kerberos, entonces lo haría; si era del tipo intangible como los espíritus o las Cartas Sakura, todavía podía apegarse al plan de apuñalarlo figurativamente con sus pensamientos y opiniones.
Porque, un drakon, ¿en serio? Ojalá toda aquella mierda por la que estaban pasando valiera la pena.
Deja de quejarte y haz lo que tienes que hacer, la única oportunidad que tienen de salir vivos es si matas al drakon, dijo lo que asumió era la parte más primitiva de su cerebro. La parte que no apreciaba para nada a los reptiles gigantes.
―¿Un dragón?
Alibaba parpadeó. Decir que estaba sorprendido sería un eufemismo, pero al menos se merecía un punto por no salir corriendo; eso cumplía el mínimo de determinación requerida en sus estándares.
―No, un drakon ―corrigió en un semi-gruñido―. Te explicaré las diferencias luego, si es que éste primo de Godzilla no nos mata primero ―murmuró para sí mismo.
Repasó rápidamente lo que sabía del animal por la mitología griega: los drakon eran milenios más antiguos que los dragones y definitivamente más grandes, si comparaba con el dragón que Yanagisawa Naoko dibujó cuando tuvo en su poder la carta de la creación.
Lo que tenían en frente era una serpiente gigante del grosor de un autobús británico, sin alas; no le sorprendería si fuera venenoso y por supuesto, la maldita cosa tenía que exhalar fuego.
Para seguir con su camino, las aves doradas indicaban que tenían que pasar detrás del bicho, que dormía enrollado sobre una montaña de escombros. Un enfrentamiento era inevitable o por lo menos con muy escasas probabilidades de evadir.
Genial, simplemente genial.
―De nuevo, ¿por qué estamos haciendo esto?
―Hablar con Amon sería beneficioso para nuestra causa ―dijo Tomoyo en tono de asistente empresarial, recitando los pros y contras sobre una inversión de capital―. Y necesitamos el tesoro para abolir la esclavitud en Qishan.
―Ah, sí. Prioridades ―asintió Shaoran, de acuerdo―. Terminemos con esto. El camino sigue detrás del Drakon, así que tenemos dos opciones: 1) Arriesgarnos y perder tiempo siendo sigilosos, 2) Aprovecharnos de que está vulnerable y acabar con él.
Al parecer, Daidouji tenía otros planes.
―¡No lo lastimes!
El mago alzó las cejas en plan «¿De verdad estás defendiendo los derechos del bicho gigante que tratará de matarnos apenas nos vea?»
Solamente entonces Tomoyo pareció percatarse de lo que acababa de hacer.
―No digas nada ―dijo ella―. Sé que fue una cosa estúpida, yo sólo…
Por la forma en que calló y desvió la mirada, la azabache no tenía idea de por qué soltó esas palabras. Frunció el entrecejo con mortificación; si algo podía mortificar a Daidouji Tomoyo, era no saber algo y que esto fuese importante.
El castaño se familiarizaba con el sentimiento. En los últimos tiempos ―«en éste mundo», quería decir―, él también decía cosas cuyo significado no podía comprender; la información y arrebatos venían a él sin que lo pidiera y a veces no era consciente hasta segundos más tarde, incluso minutos después. En esos momentos sencillamente corría en piloto automático.
Pero nunca había gozado de tiempo personal para reflexionar acerca de eso, y por supuesto, ese tampoco era el momento.
Miró a Alibaba.
―Por lo tanto, ¿crees poder apuñalarle un ojo a esa cosa? Yo iré por el otro.
Los ojos eran, con certeza, el único punto blando al que podrían apuntar y dañar en el primer intento. ¿La parte mala? Un drakon ciego sería un drakon aún más peligroso.
―Seguro ―dijo el rubio con un hilillo de voz.
Pero el khanjar desenvainado y sujeto sin temblores a la vista, le dijo otra cosa. Estaba listo.
―Bien, hagamos esto. Tomoyo, quédate aquí, pero hagas lo que hagas no retrocedas fuera de la cueva. A veces no sé si éste lugar tiene vida propia o Amon sencillamente tiene un retorcido sentido del humor.
Ella se removió incómoda.
―¿Podrías aunque sea darle una muerte rápida?
Ese es el plan.
Asintió, pero no hizo promesas. Trataré. Eso era lo más optimista que podía ser en esa situación.
―Alibaba, solamente tenemos una oportunidad. No podemos arruinar esto.
Éste asintió.
―Entiendo ―lo miró―. ¿A tu señal o la mía?
―La mía.
Lo hacía mejor cuando las cosas eran a su modo, después de todo.
Se adentraron en la cueva en plan sigiloso bajo la atenta mirada de la azabache, Tomoyo rezó en voz baja por la seguridad de ambos. El drakon reposaba a gusto y enrollado en sí mismo sobre una gran pila de escombros, ignorante de que era asechado; en esa perspectiva realmente parecía dragón custodiando un tesoro.
«¿Habrá realmente algo aquí que sea de valor?» La idea bailó en su mente. «¿Es por eso que hemos estado dando vueltas? ¿Amon quiere que encontremos algo?»
Mientras subían, Shaoran tenía que reconocer que Alibaba era bastante rápido y sigiloso. ¿Cuántos años de experiencia tenía en el arte de escabullirse?
Una vez frente a la cabeza, compartieron una mirada cómplice. El Li alzó tres dedos y empezó la cuenta regresiva.
Uno.
Dos.
¡Tres!
A Shaoran le hubiera encantado decir que ambos enterraron salvajemente las puntas de sus armas en los ojos de la bestia, que sesgaron su cuello y el drakon se desvaneció en un gruñido agónico.
Pero no, la realidad era muy diferente.
Maldita realidad.
El drakon despertó de su siesta completamente malhumorado. El castaño esperaba que al menos le provocaran dolor de cabeza, porque casi podía escuchar las maldiciones del monstruo: "humanos de mierda, ¡estaba soñando algo bueno!"
―Podría ser peor, Shaoran ―se dijo a sí mismo―. Podrías haber enfadado a un antiguo reptil capaz de conceder cualquier deseo contenido en siete orbes mágicos.
Sí, él definitivamente debía estar contento de no tener que enfrentar la ira de Shenlong, pero un drakon molesto podía ser igual de malo.
¿Han visto cuando la cola de una lagartija se desprende y aún así continúa moviéndose? El drakon se retorcía de esa manera, era una cola de lagartija de sesenta metros. Y él no quería averiguar lo que pasaría si llegaba ser golpeado por ella.
Mientras que Li retrocedió exitosamente de un salto, Alibaba no corrió con la misma suerte; mientras trataba de ponerse a una distancia segura de la bestia, se resbaló con los escombros y cayó de espaldas, al mismo tiempo que el drakon anotó un Home Run con una pelota de béisbol rubia.
―Bueno, mierda. Mi refuerzo murió.
Y no tenía idea de cómo encargarse del enemigo. ¡Las noticias simplemente mejoraban!
―¡Alibaba! ―gritó Tomoyo, arrodillada junto al blondo.
¿En qué momento...? Bah, Shaoran ni siquiera debería estar sorprendido.
―¡Te dije que permanecieras en la entrada! ―gruñó, esquivando al drakon que se retorcía enloquecido y derramaba su veneno por todas partes.
No importaba mucho que estuviera ciego, ya que prácticamente destruía indiscriminadamente todo lo existente en los alrededores; si las paredes macizas de piedra no podían hacerle nada, dudaba que su cimitarra tuviese algún efecto sobre él.
Su mejor amiga, como no, ignoró su preocupación y el peligro. Lo tomaba como si lloviera agua en lugar de escombros y baba de monstruo capaz de disolver rocas, pero cualquiera de esas cosas llegaba a caerle encima…
―¡Tomoyo, es en serio! ―arrojó una piedra al reptil para atraer su atención; mientras más lejos de sus compañeros estuviera esa cosa, mejor―. ¡Vete de aquí!
Entonces, sorprendentemente, Alibaba gimió y se incorporó aturdido.
«¿Cómo diablos sigue vivo?» Se dio el lujo de permanecer incrédulo tras apartarse del camino del drakon, que se estrelló contra la nada en un intento de pescarlo.
Por otra parte, él mismo ya había visto que las capacidades físicas en éste mundo no eran exactamente 'comunes'.
―Mundo rústico, cuerpos rústicos, supongo ―murmuró, volviendo a pegar su mirada en la bestia.
―¿Estás bien, Alibaba? ―preguntó ella con un susurro frenético.
―S-sí, bien.
Los ojos dorados parpadearon rápido en un furioso intento por acabar de reaccionar; su mirada entonces rebotó en diversos puntos con vertiginosa urgencia, apenas siendo capaz de conectar los puntos: el drakon escupiendo una llamarada de fuego, Shaoran alcanzando a ponerse a cubierto y el montón de escombros inestables sobre las cabezas de Tomoyo y él que parecían a punto de… ¡Olvídenlo!
―¡Cuidado! ―se lanzó sobre su socorrista y ambos rodaron lejos, evitando por poco de un deslave.
―¡¿Todavía vivos?! ―Shaoran exclamó, con la esperanza de escuchar una respuesta positiva. Por desgracia los otros estaban en un punto ciego.
Por un segundo, no captó ningún sonido más allá del silbante y furioso drakon que daba tumbos en las paredes de la roca, tratando de encontrarlos. Su sangre se heló.
Entonces escuchó:
―¡Mala hierba nunca muere!
Sintió la sonrisa aflorar en su rostro. Gracias a Solomon por el sentido del humor marca Daidouji.
―¡Bien! ¡Porque voy a matarte con mis propias manos, pequeña anarquista!
―¡Siento el amor en tus palabras, Shrek!
―Agh, maldita sea. Ganas ésta vez, Tomoyo ―se quejó por lo bajo, avergonzado.
El drakon debía estar bastante frustrado ―o quizá se dio cuenta de que estaba siendo ignorado y se enfadó más―, porque comenzó a escupir fuego erráticamente. Naturalmente, Shaoran corrió porque su vida dependía de ello.
Adiós a mi cabello, mis cejas y mi inexistente vello facial. Hola, quemaduras de tercer grado.
Meh. Viviría. Siempre que el drakon no empezara a cantar "Let it Burn, Let it Burn. I can not take this shit anymore."
―¡Campeón! ―llamó a Alibaba―. ¡Tengo otro plan suicida!
Tal vez era la adrenalina, pero éste no prestó atención a su particular forma de llamarlo.
―¡¿Qué necesitas?!
Apuntó a su amiga sin vacilar.
―¡Sácala de aquí! ¡Yo distraeré al drakon!
«Básicamente, eso es lo que he estado haciendo todo el rato».
―¡Trabajando!
El rubio saludó con la mano antes de girarse hacia la azabache.
―No te atrevas ―dijo ella.
Pero él hizo caso omiso de su tono de advertencia; la cargó sobre su hombro, khanjar en la diestra y salió corriendo al pasaje que ya no era obstruido por el monstruo.
―¡Eek! ¡Alibaba, bájame en éste instante! ¡Ve ayudar a Shaoran!
Alguien debería decirle que correr con chicas bonitas y cuchillos era una mala idea. Después.
―¡Eso es lo que estoy haciendo! ―dijo él―. Lo siento, pero tu seguridad es prioridad.
Lo último que el chino escuchó fue el gruñido-nada-lindo-de-Tomoyo. Oh, pobrecilla, era difícil para ella hacer una voz intimidante.
Una vez ambos estuvieron fuera de su campo de visión y camino, era capaz de actuar sin repercusiones. Solamente había una forma de terminar con esto y era la manera habitual: con magia, destrozando todo lo que estuviera en su camino.
―¡Por aquí, Shenlong!
El drakon silbó rabioso y se abalanzó sobre él, pero anticipando su movimiento rodó hacia la izquierda.
―Uh, una pequeña ayuda sería buena ―le dijo a las aves brillantes―. Algunas palabras mágicas para hacer drakon frito serían apreciadas también. En éste momento. Justo ahora.
Especialmente porque a 'Shenlong' no parecía agradarle su nombre.
Otra cosa a tener en cuenta es que parecía estar adaptándose a su ceguera, porque se cernió sobre él antes de que pudiera pensar cualquier cosa; sus fauces se abrieron, su baba venenosa resbalando entre sus colmillos afilados. Y, uff, alguien necesitaba dentífrico con urgencia.
Entonces Alibaba cayó sobre su lomo y le clavó su arma en una de las rendijas entre sus escamas.
La bestia rugió, se retorció y enroscó sobre sí mismo hasta conseguir derribar a Alibaba, quien a pesar de todo dio una buena pelea antes de caer.
Shaoran se las arregló para agarrarlo y sacarlos del camino antes de que el reptil gigante los aplastara.
―Felicidades, acabas de inventar el rodeo ―le dijo.
―¿Qué diantres...?
―Gracias, idiota ―rodó los ojos―. Ahora ponte a cubierto ―le echó un vistazo significativo a su cimitarra―, haré algo de ruido.
―¡Vas a necesitar algo más que una pequeña descarga para encargarnos de él!
El drakon se giró de nuevo hacia ellos, siseando, definitivamente consiente de su posición.
―Sí ―le concedió la razón―. Y por eso estoy apostando por un kill-shot.
¡Necesito un rayo! Bramó en su interior. Un rayo para juzgar a mis enemigos y una lanza para atravesarlos; para proteger a mis amigos, para proteger a mi familia.
Ahora, ¿qué es lo que tengo que decir?
Las aves alzaron su canto en una sola voz otra vez, pero la melodía era vagamente familiar en ésta ocasión. Sus labios hormiguearon y el drakon se retorció con anticipación. Su mirada se llenó con severidad mientras nubes oscuras se congregaron sobre sus cabezas, ante la conmocionada mirada de Alibaba.
Un rayo destelló.
El drakon se encogió y viró en retirada, pero ya era tarde. Shaoran lo apuntó con su cimitarra marcándolo como objetivo.
―¡Ramz Al-Salos!―gritó.
El rayo golpeó con fuerza, su brillo cegador los obligó a cerrar los ojos; el rugido gutural del monstruo hizo eco en la cueva.
Luego todo quedó en silencio repentinamente.
Cuando abrieron los ojos otra vez, no quedaban ni siquiera los huesos del drakon.
…
Tomoyo dejó escapar un silbido apreciativo mientras se acercaba hacia ellos.
―Ese fue todo un espectáculo pero, ¿era necesario? ―dijo antes de sacudir la cabeza―. Olvídalo. Hiciste un buen trabajo, Héroe.
Ella nunca dejaría de fastidiarlo, ¿verdad? Ella siempre encontraría una manera de avergonzarlo y hacerlo terriblemente autoconsciente de sí mismo, Shaoran podía sentirlo.
Por otra parte, «Héroe» sonaba mucho mejor que «Shrek».
Él ciertamente podía vivir con eso.
―Gracias, Princesa. Voy a cobrar mi botín si no le importa.
Siguiendo su juego, ella hizo un gesto con su mano como si le diera permiso para irse.
―Adelante, tome lo que desee como recompensa. Usted nos ha salvado. Has salvado mi reino, estamos agradecidos.
Y se fue a tratar de hacer reaccionar al patidifuso Alibaba.
El "Héroe" examinó rápidamente el "tesoro", o los restos no carbonizados y derretidos de éste.
Descartó al instante el montón de piedras que parecían denarios fosilizados; el dinero era un peso muerto actualmente, así que era prescindible, sobre todo cuando en su estado actual no tenía ningún valor. Naturalmente él tampoco mostró interés en los fósiles que parecían joyas. Y huesos carbonizados, wohoo.
Por suerte, no todo eran posesiones materiales inútiles y restos de desesperación, también había algunas armas viejas y rotas, y fosilizadas también, pero todavía se podían usar para cumplir su propósito original. Un ave dorada estaba sobre una en particular. Sin darle un segundo pensamiento, tomó la lanza dentada que sobresalía de la pila de monedas petrificadas.
No, se rectificó después de acabar de desenterrar y tener el objeto en sus manos. No era una espada, era un báculo. Él podía sentir su poder a pesar de estar sellado.
Por un instante, la voz de un hombre reverberó en su cabeza.
«Buena elección, chico».
El ave desapareció.
―Justo ahora...
―¿Shaoran? ―era de esperar que su amiga se percatara de la confusión que sentía―. ¿Todo bien?
―Sí, fue sólo... un déjà vu ―o algo por el estilo―. Tomaré esto, tengo un presentimiento.
―¿Es un buen presentimiento?
Tomoyo, siempre tan perceptiva.
―No es uno malo ―dijo―. Así que funciona para mí.
―... mataste al Drakon.
―Oh, miren, Alibaba revivió ―expresó sarcásticamente―. Empezaba a creer que tenías síndrome de estrés post traumático.
―Ja, ja. Muy gracioso ―por lo visto, el rubio empezaba acostumbrarse a la personalidad del castaño―. Pero eso fue impresionante.
―Hilarante, ¿verdad? Creí que eras el que tenía algo que probar.
Eso quizá pudo sonar más mordaz de lo que pretendía, pero Shaoran no tomó sus palabras devuelta. No había dicho nada que no fuese cierto. Además…
Tomoyo tarareó.
La verdad era, Alibaba ya se había probado a sí mismo, pero ella no planeaba decirle eso hasta ser capaz de ver adónde era capaz de llegar. Shaoran lo sabía. Lo que ella había visto en él todavía era un misterio, sin embargo, para el Li era suficiente con que el hombre no saliera corriendo a pesar de que la batalla era prácticamente imposible (imposible para una persona normal, se recordó).
Tal vez Shaoran matara al Drakon, pero Alibaba se quedó a enfrentarlo de también. Era leal a su promesa y eso era lo que importaba. Incluso si en éste mundo los monstruos eran una cosa no tan extraña, no toda la gente era valiente, abnegada y amable.
Podía soportar ese tipo de compañero en su viaje.
…
Apenas Jamil los abandonó, un silencio pesado se instaló en el pasillo de la Mazmorra. Aladdín no comprendía a qué venía esa atmosfera pesada, pero sentía la necesidad urgente de hacer algo para disolverla; las aves alrededor de sus acompañantes estaban inquietas y sus chirridos comenzaban a perturbarlo.
―¡Un placer verte de nuevo, onee-san! ―trató de iniciar conversación.
Morgiana les daba la espalda, su postura recta y sus manos descansando detrás de su espalda. Si escuchó las palabras del chico o no, no dio señales de ello, pero ya que su Amo dijo que tenía sentidos súper desarrollados era obvio que solamente lo estaba ignorando.
Aladdín empezó a hacer caras extrañas.
Descubrió que era una buena técnica para romper el hielo con las damas, y gracias a sus simpáticas imitaciones logró aplacar la primera mala impresión que Sakura-nee-san se llevó de él. Era su mejor carta.
Tomó su propio turbante y lo reacomodó, haciendo un lío con su cabello en el proceso. Entonces dio su mejor pose engreída.
―¡El Jefe!
Y supo que su interpretación había dado en el clavo cuando escuchó un pequeño, lindo, sonido similar a «Kuh». Las comisuras de los labios de Morgiana se contrajeron un poco, antes de que ella misma se llevara las manos a la boca, luciendo genuinamente sorprendida y consternada.
―¡Vi eso! ―Aladdín sonrió―. ¡Te reíste un poco, nee-san!
―No lo hice ―negó la pelirroja con su cara inexpresiva de vuelta, pero el peli-azul difícilmente podría tomarla en serio.
―¡Si lo hiciste! ―insistió.
―No lo hice.
Viendo que convencerla de reconocer la verdad sería una tarea casi imposible, el púber decidió dejar el tema. Eso no significa que no aprovecharía la oportunidad que se le presentaba; ahora que Morgiana finalmente habló, trataría de averiguar algunas cosas sobre ella para satisfacer su curiosidad.
Es decir, ¿por qué una chica tan linda estaba con alguien como Jamil? No podía comprender eso.
―Tu cara tiene facciones extrañas ―dijo.
―Soy una Fanalis, son los rasgos de mi raza.
―¿Por qué?
Era una sencilla pregunta, a simple vista fácil de contestar.
Excepto que no fue la voz de Aladdín quien hizo la pregunta, y que en lugar de pregunta, en realidad era una demanda.
Sombría, triste, con los puños y dientes apretados, Kougyoku fue la que solicitó una respuesta.
―Morgiana, ¿por qué? ―repitió ante el silencio de la otra.
«Morgiana», la llamó. Ya no era «Morgiana-chan».
Sus ojos la buscaron y ella los evitó.
―¡Respóndeme, Morgiana! ―exclamó la otra esclava, colocándose de pie―. ¡¿Por qué dejaste a Shaoran-sama y Alibaba-san morir?!
Morgiana, que hace unos minutos se veía imponente y fuerte, ahora se encogía sobre sí misma con vergüenza y aflicción.
―Yo… no tenía otra opción.
―La tenías ―desmintió la chica peli-rosa―. La tenías, pero no la tomaste. ¡Estabas asustada de Jamil!
Kougyoku no se veía como ella misma en ese momento, estaba llena de coraje… y rabia, también de arrepentimiento.
―Yo le pertenezco, y tú…
―¡No soy su títere! ―explotó―. Es cierto que él me ha comprado, ¡pero yo todavía soy un ser humano! ¡Y tú también lo eres! ¡No tienes por qué obedecerlo! ¡En éste lugar nadie te arrestará si vas contra él! ¡Aquí no hay autoridad! ¡La única cosa que le permite abusar de ti, eres tú!
―Shaoran-sama quería liberarnos.
Silencio.
―Él iba a usar la fortuna del calabozo para liberar a todos los esclavos ―siguió diciendo con su voz rota y sin hacer caso de las lágrimas que resbalaban por sus mejillas―. ¿Sabes lo que eso significa, no es así?
Nuestra esperanza ha muerto con él.
Morgiana asintió lentamente, con pesar.
Y aquella de nosotras que podía evitarlo, no lo hizo.
Aladdín sabía que no debía intervenir, aunque él así lo deseara; algo importante estaba pasando y ellas tenían que resolverlo por su cuenta. Aún así, el niño era capaz de escuchar todas esas palabras que ambas eran incapaces de decirse, y se le partía el corazón.
―¿Por qué, Morgiana? ―su compañera lloró―. ¿Acaso él no era importante para ti también? ¿Sus palabras no significaban nada?
¿Nada?
El chico podía decir que la peli-rosa tocó un punto sensible por la manera en que el semblante de la pelirroja se flaqueó.
¡¿Cómo podrían sus palabras significar nada?!
―Basta.
¡Esas palabras significaban todo!
Morgiana estaba, con toda certeza, enferma de culpa.
¡Esas palabras eran más de lo que alguien como yo merecía!
―Kougyoku, por favor… basta.
No puedo soportarlo.
Aunque no lo había matado directamente, se arrepentía por haberse puesto en su camino y ser cómplice indirecta de su muerte.
¿Quién era ese joven, que sin miedo tendió una mano a un perro callejero en la parcela de otro hombre?
Por primera vez en mucho tiempo, el vacío donde ella arrojaba sus emociones se había llenado, y lo único que quería era llorar para aliviar el dolor en sus entrañas.
¿Por qué no soy capaz de odiar al joven? ¿Por qué le tengo tanto resentimiento a mi Amo? ¿Por qué siento que me han apuñalado en el pecho?
«¿Qué es lo diferente?» Ella quería preguntar. «¿Qué es aquello diferente?»
Él joven amable ya no está.
Dar con la respuesta fue sencillo, pero doloroso.
El joven ya no está, y mi Amo abusivo sigue aquí. ¿Cuán injusta puede ser la vida?
Morgiana empezó a llorar.
El hombre es mi Amo, ¡pero el joven era mi amigo! La realización la golpeó tan fuerte que sus piernas flaquearon y cedieron ante su propio peso.
«No. No puede ser, ¡no puede ser! No, no, ¡no! ¡¿Qué es lo que he hecho?!»
―Morgiana, no puedes seguir haciendo esto ―Kougyoku se arrodilló frente a ella, un atisbo de piedad en sus ojos―. Sólo te estás lastimando. Y estás lastimando a los demás. ¿Acaso quieres ser como Jamil?
―¡No!
La mera idea era repugnante.
―Entonces empieza a pensar ―expresó la muchacha a quien, por una vez, veía como alguien mayor―. Piensa en el sufrimiento que causas a otras personas. Piensa en la gente que sufre y se preocupa por ti. Si no quieres lastimarlos, entonces debes pensar en lo que es mejor para ti. Yo… lo entendí recientemente, muy recientemente, en realidad.
―Las cosas no son tan fáciles.
―¡Sé que no lo son! Pero también sé que quieres huir tanto como yo, ¿por qué no lo admites ahora que Jamil no está aquí para vigilarnos? Sé honesta con tus sentimientos ―insistió ella―. ¡Si quieres que te perdone, entonces dime la verdad! ¿Ésta es la clase de vida que quieres?
«Si quieres que te perdone», esas palabras la atraparon con la guardia baja. ¿Existía siquiera la posibilidad del perdón?
―… no ―dijo, apenas en un susurro―. Esto ni siquiera puede llamarse vida, ésta no es una forma de vivir.
«Quiero vivir, pero tengo miedo».
―¡Estoy aterrada también, pero eso no me impide querer algo mejor! ―espetó Kougyoku―. ¡Quiero vivir honestamente! ¡Quiero disfrutar el tiempo que me queda! ¡Eso es lo que Shaoran-sama quería para nosotros! ¡Eso es lo que yo quiero para mí! ―la miró―. ¡Y también es lo que quiero para ti!
¿Cómo podía desearle algún bien? Era algo que iba más allá de su comprensión. Además, ¿cómo podrían cumplir esa idea ahora que el hombre había desaparecido? No era más que un sueño imposible ahora.
Es lo que él quería para nosotras, aún así, esas palabras hicieron eco en su mente. La tentaron. Pero, ¿qué es lo que ella podía desear? ¿Acaso existía algo que deseara? ¿Existía algún deseo impreso con fuego en su alma?
Sí. En realidad, lo había.
―… yo quiero ver mi país de origen ―era su anhelo más preciado, el sueño sepultado detrás de su fachada de sirviente leal―. Quiero visitar el Continente Oscuro.
Pero…
―¡Podemos hacerlo! ―interrumpió Aladdín, su voz cargada de optimismo―. ¡Es completamente posible, onee-san! ¡Solamente ven con nosotros!
―No lo entiendes ―dijo entre dientes.
No le gustaba ser el perro de Jamil.
―¿Crees que es tan fácil librarme de todo?
Se sabía más fuerte, más rápida, pero cada vez que el pensamiento de rebelarse y escapar surgía, también lo hacía el rostro que aparecía en sus pesadillas.
―No puedo escapar de él.
«Me hiciste enfadar, Morgiana», solía decir Jamil. «Yo no quería lastimarte, pero tenía que enseñarte una lección. Me obligaste hacerlo».
Odiaba eso.
Odiaba que insinuaran que era su culpa.
Odiaba que lo dijera como si no tuviera control sobre sus acciones.
Pero lo que más odiaba, lo que más la hacía hervir de rabia, es que ella le creía, porque no sabía qué más creer. Aparte de lo que le decía Jamil, no había nada más.
¿Qué es lo que ella sabía acerca del mundo real? Si seguía las reglas de Jamil al pie de la letra, nadie se enojaba con ella, entonces era correcto asumir que esa forma de obrar estaba bien. Jamil decía que estaba bien, y todos actuaban como si estuviera bien, por lo que tenía que estar bien, ¿correcto? ¿Verdad?
Así que no importaba cómo se sintiera al respecto, era ella quien estaba mal.
Más lágrimas resbalaron por sus mejillas.
―Lo siento. Yo–
Por encima de sus cabezas, un gemido resonó.
―Disculpa aceptada.
Esa voz.
Los sollozos cesaron de inmediato, su cuerpo se tensó en estado de alerta. ¿Podría ser? No, tenía que tratarse de algún truco de su subconsciente atormentado. Una demasiado realista y capaz de engañar a su olfato.
Supo que estaba equivocada cuando el púber alzó la mirada e identificó a las tres figuras que asomaban medio cuerpo varios metros arriba:
―¡Tomoyo-nee-san! ¡Alibaba-kun!
―¡¿Shaoran-sama?! ―jadeó Kougyoku, la sorpresa impresa en su voz, así como el alivio.
Morgiana finalmente se atrevió a mirar, llegando a captar las tres siluetas que aterrizaron con un golpe seco en el tapete donde los otros tres aguardaban (una de ellos todavía inconsciente). Estaban magullados, sucios y con más heridas de las que tenían la última vez que los vio, pero eran ellos.
Ante ella se encontraba el pequeño grupo que dio por muerto, cada uno de sus integrantes incuestionablemente vivos.
Como si la conmoción de las esclavas no fuera suficiente, Aladdín ensanchó su sonrisa todo lo que su cara le permitió y exclamó:
―¡Se tomaron su tiempo, amigos!
Continuará…
Nota de la Autora:
Esta actualización debió haber estado lista hace cuatro días, pero me tomé un descanso para leer The Trials of Apollo (que me inspiró para varias partes de éste capítulo, por lo que fue una buena manera de invertir mi tiempo).
Ahora unas cosillas antes de irme:
Primero, sí, me cambié el nickname. Llevaba todos mis años en fanfiction con el Nick de Tomoyo0000001, hace tres años quería cambiarlo, pero sentía mucho apego por el nombre ya que… bueno, aunque mis primeros años y fanfics fueron embarazosos, los fanfics me hicieron una persona más alegre; por otra parte, ahora que tengo tableta gráfica y una cuenta en Tumblr, prefiero que mis nicks coincidan.
Recientemente abrí una cuenta en Archive of Our Own. Me gustan varias cosas de esa página, como el sistema de series, por lo que estaré subiendo algunos de mis fics allí, como Another night, other world. Por lo que si alguien ve éste fic en esa página, no es un plagio, tengo el nick AirIam en esa página, debido a que no me dejaba usar signos de puntuación.
Con esto oficialmente alcanzamos el clímax del primer arco.
Avances del próximo capítulo: Sakura finalmente despertará para ver que el mundo se ha puesto de cabeza, Jamil obtendrá su merecido y algunas preguntas serán contestadas.
Esperen salir con más dudas de las que ya tienen.
¡Ah, antes de irme! Estaré dando retoques a los caps anteriores. No es necesario que vuelvan a leer nada, solamente puliré y corregiré algunas faltas, como errores ortográficos y reorganizar uno que otro párrafo, pero aviso en caso de que alguien se le ocurra re-leer y por casualidad se percate.
Agradecimientos a PczZitoO y CherryBlossomGirl247, a quienes dedico éste cap. Gracias por comentar el anterior y dejarme saber sus opiniones.
Dew.
