Cuando Dick empezó a recuperar la consciencia, todo a su alrededor era oscuridad. Sólo oía un «dip dop dip» repetitivo, con la misma constancia de un reloj suizo. Poco a poco, cuando pudo contar hasta cien, fue consciente de otro sonido igual de pausado, pero mucho más significativo… la respiración de una persona a su lado. Era tenue y humana, tan familiar como su propio palpitar.
— Jason. —Habló tan bajo como pudo, pero en aquel silencio parecía incluso demasiado estrepitoso. Intentó mantener la calma, tomando consciencia de sus extremidades. Se dio cuenta que tenía las manos y los pies atados cuando intentó moverlos, y un latigazo de dolor atravesó todo su cuerpo; debía llevar mucho tiempo en aquella incómoda posición. — Jason. —Repitió cuando pudo sentir el contacto con su chaqueta de cuero.
— ¿Dick…? —La voz de su compañero fue muchísimo menos audible, apenas un suspiro emitido con la garganta irritada por la deshidratación.
— Trata de moverte. —Le pidió con una mueca de dolor cuando él hizo lo mismo. — Lentamente.
— ¿Cuánto… —Jason tosió y Dick percibió el desagradable gorgojeo de la sangre. — …tiempo llevamos aquí?
— No lo sé. —Admitió él, muy a su pesar. Su cabeza le dolía como los mil demonios, y cada vez que trataba de recordar algo, le palpitaba contra las sienes como un choque de trenes. — Antes que nada, hay que descubrir dónde estamos.
— Si no estamos en Gotham, que me parta un rayo. —Musitó Jason con desagrado. Le habían quitado el caso y, en cierto modo, se sentía expuesto. Todo estaba tan oscuro que casi parecía ser cierto, pero la ciudad jamás se hallaba tan silenciosa.
— No jures todavía. —Le advirtió Dick cuando consiguió incorporarse.
El dolor en las articulaciones era un infierno, pero al menos empezaba a recuperar la movilidad. El antiguo chico maravilla se detuvo a pensar tanto como la claustrofobia se lo permitía; se dijo que estaba en la baticueva, que aquello no era más que un día común y corriente junto a Batman. Entonces, empezó a recordar.
— Quien quiera que haya podido clonar a Tim, porque no me cabe duda que eso hicieron, nos tendió una trampa.
— Bueno, Capitán Obvio, ¿eso qué nos dice? —Jason parecía más cansado que malhumorado, lo que preocupó a Dick.
— No mucho. —Admitió. — Nos abre más y más interrogantes. Cada sospecha es más improbable que la anterior, y aun así…
Jason lanzó un bufido y escupió, tratando de incorporarse a pesar del dolor. Se dio cuenta que tenía una costilla rota, así que se conformó con apoyar la espalda contra el frío metal de una viga. El aire era frío y húmedo.
— Si no salimos de aquí, voy a perder la cabeza. —Le importaba una mierda ser impaciente. — Por favor, dime algo que sea de utilidad. Algo que no me haga extrañar a mi maldito reemplazo.
— Me temo que ni tú ni yo estamos en condiciones de saltar… y eso es exactamente lo que tendríamos que hacer para salir de aquí. Mira. —Dick levantó la vista, y lo mismo hizo Jason, hacia un punto de toda esa oscuridad. Al principio no parecía nada, pero cuando uno fijaba la mirada ahí, distinguía un tenue brillo nocturno. — Creo que es una ventana. Puede que esto sea una bodega, o… qué se yo. Es difícil adivinar dónde estamos si ni siquiera puedo recordar qué hicieron con nosotros.
— El gas del miedo. —Susurró Jason. Dick se petrificó a su lado. — Puedo recordar las pesadillas… la sangre, la mirada de Batman. Te recuerdo a ti, a Tim… recuerdo al Joker. —Era demasiado, no podía creer que una persona sobreviviera a una dosis de esa cosa, incluso cuando no fuera real. Entendía por qué a Dick le desagradaba tanto. De todos modos, algo en su silencio lo hizo dudar. — ¿Tú qué viste?
— No lo… recuerdo… —Era cierto. Desde el momento en que la figura de Tim los había sorprendido en la cabina del camión, todo se había vuelto sombras y silencio. Como si hubiese muerto. Tratando de no pensar en ello, sacudió la cabeza. — ¿Recuerdas algo más después de que pasaran los efectos del gas?
— No estoy seguro. —Admitió Jason, sin apartar la mirada del único punto de luz de todo el lugar. — Vi tantas cosas que ahora no sé lo que era real y lo que no.
— Lo que sea, puede salvarnos el trasero.
Jason se obligó a pensar en sus pesadillas, a ver los detalles y buscar un sentido lógico. Después de una paliza interminable por parte del Joker, Tim le había hablado en confidencias… le decía cuánto odiaba ser el de en medio. No creía que tuviera lugar en la familia de Batman, tal cual lo decía Damian todo el tiempo; se sentía responsable de la desaparición del murciélago, y por eso tenía que encontrarlo a toda costa. Era la primera y única vez en la que se había abierto con él de esa forma, dejando de lado todas las diferencias que alguna vez los hicieron pelear entre sí. Jason quiso mostrar su entendimiento, darle una mano… pero de pronto, ya no lo tenía a su lado. Lo perdía, desaparecía como un espectro bajo la luz del sol.
¿Qué de aquel recuerdo había sido verdad? ¿Cuánto había sido un hecho y cuánto había sido sólo un desesperado deseo de su corazón?
Después de Tim, recordaba haber sido transportado a una lancha; el viento olía a sal y a los muelles de Gotham. Alguien reía como un demente, mientras Dick se retorcía a un lado.
— Tienes razón, creo que no estamos en Gotham. —Dijo al fin, tratando de encontrar alguna otra señal de reconocimiento en el recinto. — Puede que tampoco estemos lejos; quizás una isla… una zona costera.
— Un lugar abandonado si hay tanto silencio. —Concordó Dick.
— Antes de que perdiera la consciencia, alguien me golpeó con ganas. No vi su rostro, pero debía conocerme si estaba tan furioso. —Jason hizo memoria de quien fuera su atacante, y cuando recordó aquella risa maníaca, se le heló la sangre. No podía ser cierto. — El Joker…
— El Joker está muerto, Jason.
Él no estaba tan seguro, no de haber vivido en carne propia una resucitación. Pero no tenía pruebas, y debía admitir que su memoria se hallaba distorsionada por culpa del gas. Hizo lo que pudo para mantenerse centrado.
— ¿Cuánto tiempo crees que haya pasado, entonces? —Preguntó Dick.
— Jum… A juzgar por lo mal que hueles, yo diría que un par de días. —Haciendo acopio de valor, levantó las manos y se sujetó de los extremos de la viga para ponerse de pie. Le costaba respirar, pero fuera de eso, podía moverse. Tomó al otro y lo situó junto a la viga, permitiendo que lo imitara. — Hace demasiado frío, me sorprende que no nos haya dado hipotermia.
— Puede que nuestra temperatura corporal esté patrocinada por la misma persona que nos ha mantenido con vida. —Musitó Dick, bajando la vista hacia su brazo izquierdo. No podía ver nada, pero ahora que la sangre le circulaba con regularidad, pudo sentir una vía intravenosa. Se la arrancó con un gruñido y la lanzó lejos, haciendo eco en todo el lugar.
De pronto, resonaron también unos aplausos.
— Es impresionante las cosas que pueden descubrir unos chicos en medio de la oscuridad al ser entrenados por un murciélago. —Les habló una voz clara, vigorosa y burlona. — Es una lástima que no puedan hacer mucho más que eso. El chico mantequilla atado, con heridas graves… ¡qué familiar! Aunque ahora está el otro. Bueno, hay más en casa que podrán reemplazarlos. Siempre los hay.
No se callaba, y cada palabra que salía de su boca era como un disparo contra el pecho de Jason. "El Joker está muerto", se repitió, "bajo tierra".
— … Batman tiene una seria adicción a coleccionar petirrojos. —El hombre, fuera quien fuera, hizo un sonido reprobatorio. — Y miren a dónde lo llevó esa adicción. Cualquiera diría que es justicia poética.
— ¡Demente! —Ladró Jason, sin poder aguantar un minuto más. — ¿Dónde está Batman?
La carcajada de aquel que era una sombra más en la oscuridad los hizo estremecer.
— El murciélago habita en las cuevas, ¿no te lo han dicho? —Una luz cegó a los muchachos. — ¡Ja! Puede que sus petirrojos tengan que volar y volar y volar…
— ¿Nos matarás, lunático? —Rugió Jason con desafío. Nadie lo amenazaba sin perder un par de dientes.
— ¿Matarlos? ¿Por qué querría matarlos cuando su sangre nos es tan útil? Igual que la sangre del tercer mocoso, y la del murciélago… y la de tantas otras personas. —De pronto, el sujeto levantó la linterna hacia su cara, mostrando una réplica exacta del que fuera el Joker, con la cara manchada de blanco y una sonrisa psicótica.
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Era la última hora de la tarde, un momento en el que el cielo se tornaba rojo como la sangre, en el que la propia ciudad cobraba vida como un viejo cuento de terror. Él quería volver a casa y despellejar al imitador de Drake, pero a esas alturas no podía olvidar las enseñanzas de su padre. "Justicia, no venganza", había tardado cuatro años en requerir su mantra de nuevo, y sólo el objetivo de encontrar a Grayson, Todd y a su propio padre lo mantenía centrado.
Ahora, la desconfianza hacia ese idiota comenzaba a rendir frutos. Miró el localizador en su mano y reconoció el viejo parque de diversiones que aún yacía abandonado.
— Tengo pensado reconstruirlo— le había dicho su padre, pocos meses antes de desaparecer—. Las atracciones no son lo mío, pero Dick ha mencionado lo deprimente que puede ser esa zona… y no puedo más que darle la razón.
— Es raro que te dejes llevar por impulsos sentimentales. —Se extrañó él, levantando una ceja. En respuesta, Bruce soltó una suave risa.
— Lo sé, pero me hizo pensar en mi infancia. Sería fabuloso que vieras el lugar en mejores condiciones.
Aunque Damian le había restado importancia al asunto, no pudo evitar hacerse una imagen mental del parque una vez su padre hubiese invertido en él. ¿Sería mínimamente parecido a la feria a la que la inmadura de Batgirl lo había llevado un par de años atrás? ¿Colorido, lleno de gente corriendo de atracción en atracción? ¿Estaría ella comiendo un helado como la golosa que era? La idea, extrañamente, se le antojaba tentadora.
Pero en la actualidad, cuando llegó al parque, sólo encontró el mismo abandono, la misma desolación sombría. La vegetación crecía en torno a los oxidados juegos mecánicos, las antiguas tiendas y puestos se caían a pedazos; en medio, el estadio parecía salir de la tierra como una fortaleza lúgubre, llena de sombras y ecos.
Entró por una sección rota que las autoridades habían olvidado cerrar y siguió el camino que indicaba su localizador. Recordaba haber recorrido el camino en el pasado, cuando se uniera a su padre por primera vez. Era extraño ser Robin sin un Batman que le cubriera las espaldas.
Se dijo que no debía atenerse a la presencia de su padre, ni a los que fueron Robin antes que él, ni a las chicas murciélago. Él los rescataría a todos en esta ocasión.
Subió unas escaleras y se encontró con una puerta cerrada, la cual hizo volar con una de sus pequeñas bombas. Dentro pudo ver la que fuera, alguna vez, la cabina de comentaristas. Estaba tan sucia y deteriorada como el resto del parque, pero en una de las sillas que tenía vista al estadio, pudo ver el cuerpo inerte de Red Robin.
Se acercó a él lentamente, con una baticuchilla lista en la mano. Giró la silla y, para su impresión, sólo vio a un hombre terriblemente enfermo. Abandonado, como el resto del parque.
— Drake. —Le habló con el ceño fruncido. No creía que fuera él, pero no se le ocurría otro modo de llamarlo. Por un momento creyó que el sujeto estaba muerto, hasta que lo oyó toser con asfixia.
Tuvo que pasar al menos medio minuto para que se recompusiera y levantara la vista. Su estado era tan lamentable que ni siquiera podía levantar la cabeza. El traje ya le sentaba grande.
— No estoy muerto… —Susurró para sí mismo, con evidente sorpresa.
— No, pero tendrás que darme una buena razón para que eso no cambie en los próximos treinta segundos. —Le prometió Damian con desprecio.
— No la tengo… —Admitió el otro con una sombra de inseguridad bajo los ojos azules. — No soy Tim Drake…
— ¡No me importa quién demonios seas! —Exclamó, tomándolo bruscamente del cuello. — Si has sido responsable de la desaparición de mi padre, de la desaparición de mis hermanos, y del ataque contra Stephanie Brown, te juro que voy a hacer que te…
— ¡Nunca le haría daño! —Jadeó el extraño ser, el hombre que no era Tim, pero tampoco parecía ser un monstruo. Su mirada denotaba desesperación, pero Damian se dio cuenta que no era a la muerte a lo que le temía. — Steph… Por dios santo, Steph. ¿Le hicieron daño? Yo no quería… dios mío, lo siento…
— Más te vale sentirlo. —Siseó el menor, soltándolo. — Y más te vale contarme todo lo que sabes.
