Holi!

antes que nada dos advertencias. 1) No lo revisé, perdonen pero lo haré en esta semana, lo prometo.

2) Hay lemon. No, no se emocionen porque yo soy un asco escribiendo lemon jajaja Pero aún así hice lo que pude y lo que sé. De todas formas si lo ven absurdo o incomodo, la advertencia comenzara donde vean unas letras en negrita.

AGRADECIMIENTOS: Nate Evans, me ayudo con esta decisión xD.


~*Un toque dulce…*~


Capítulo IX: 10 meses - En New York no hay buenas mañanas.

El camino de regreso fue mucho más tranquilo y sin tensión alguna, aunque Gabriel insistió en jugar "veo, veo" de nuevo, pero por ésta vez Sam podría decir dos cosas: se divirtió y que le ganó a Gabriel en su propio juego.

Ya faltaba poco para entrar a New York, en menos de una hora y por el poco tráfico aparente en carretera, Sam calculaba que cada uno estaría en su casa pronto. Aun así Gabriel insistía en llegar rápido alegando que se sentía sucio por no haberse cambiado en todo el día; Antes de salir de Cambridge habían pasado al hotel del reportero por sus cosas, pero Sam lo apuró tanto que no alcanzó ni a refrescarse la cara.

— ¡Listo! — anunció Gabriel guardando su celular dentro de su chaqueta.

— No sabía que te llevaras mal con tus cuñados. — comentó Sam sin afán de inmiscuirse, pero escuchó como el rubio en algún momento de su llamada gritó cierta ofensa a una tercera persona, que al final se reafirmó ser el cuñado de su pareja cuando este le grito a su hermano sus pésimos "gustos"

— Nah, solo lo molesto un poco. Es como un gusto culposo. — Gabriel le sonrió de oreja a oreja maquiavélicamente, a lo que Sam sólo rodó los ojos pidiendo al cielo pena por aquella pobre alma.

— ¿Te agrado Missouri? — preguntó el abogado casualmente para no perderse en silencio. No es que fuese incomodo o le desagradase, pero ya había pasado mucho tiempo sin escuchar la voz de su pareja.

— Esa mujer acabo conmigo, lo acepto. — comentó encantado, Winchester iba a preguntar qué tanto le habrá dicho la mujer, pero no hizo falta cuando la voz de Gabriel sonó mucho más precavida — Dijo que conoció a tu familia en Lawrence.

Gabriel fue tentativo con sus palabras y miró con atención la reacción de Sam, intentando captar incomodidad y molestia, posiblemente que lo aventaría del auto por andar de entrometido nuevamente. Pero lo único que hizo el abogado fue parpadear dos veces antes de contestarle sin remordimiento

— Mis padres eran de allá. Creo que fue nuestra niñera o algo así. Después la encontrábamos algunas veces en casa de otro amigo para navidad.

— ¿Niñera? Seguramente eras de esos niños que corrían desnudos por la casa.

— De hecho era un bebé la última vez que me cuido; mi mamá murió ahí por un incendio, mi padre se deprimió, perdió su trabajo, nos fuimos y no he vuelto a pisar Lawrence desde entonces. Yo tenía como seis meses y nunca supe bien la historia.

Gabriel se quedó sin palabras algunos segundos tratando de encontrar algo suficientemente coherente que no delatará tanto su incertidumbre

— Lo siento pero, ¿por qué no preguntaste qué pasó?

— En primera porque siempre me dijeron que nunca preguntara. Después empecé a notar que les lastimaba recordarla y preferí quedarme con la duda desde los ocho años.

— Tenías derecho. — Gabriel esperaba no estar insistiendo tanto, pero sentía enojo al saber que un niño nunca supo con la verdad lo que le había pasado a su propia madre.

Para Sam aquello se escuchó como reclamo, pero no quería que pensará así de su padre o de su hermano, mucho menos de su hermano. Además John hizo lo que pudo, a él mismo le costó entenderlo, pero al fin de cuentas su padre tuvo sus cosas buenas y lo quería por ello.

— Lo sé, pero para mi padre fue difícil seguir sin ella y mi hermano... — se trabó justamente ahí, sintió como el nudo en la garganta se le atoraba y una presión nada confortable en el estómago se le formaba.

Lo intentó, de verdad, carraspeó un par de veces, bailó los dedos sobre el volante y los pasó por sus cabellos. Imágenes de su hermano siendo niños, siendo adolescentes y después desconocidos, todo pasaba por su mente y le comenzaba a causar dolor de cabeza. Nada, no podía, el nombre de Dean Winchester no podía salir siquiera de su tráquea.

— Sé que quieres saber todo eso, que yo debo superarlo y hablar de mi familia, pero no puedo. De verdad que no. Él es un tema que... — Sam volteó a enfrentarse al posible fastidio de Gabriel, pero en vez de eso sólo miró la comprensión y el apoyo plantados en el rostro del reportero.

El rubio asintió en entendimiento y puso su mano sobre la pierna del más alto, masajeando un poco para dar confort. Sam volvió a sentir el aire entrar a su cuerpo, ni en cuenta cuando dejo de respirar, así que bajó una de sus manos y la juntó con la bronceada, sintiendo algo más que calidez con el tacto.

— Yo jamás necesite niñera. — dijo casualmente el reportero, como si su pareja no estuviera a punto de morir por un ataque. —Lucy, Michael y Rachel nos cuidaban a todos nosotros cuando nuestros padres salían de casa.

— Once hijos tuvieron que tener una niñera. Aparte, ¿no sé supone que tu madre siempre ha viajado?

Agradecido por el cambio de tema decidió seguir con ello, en lo que su mente se aclaraba y su corazón volvía a la normalidad. Sin embargo se sintió confundido al escuchar aquella anécdota, porque Gabriel ya le había contado anteriormente que sus padres eran viajeros por el mundo, que incluso sus hermanos mayores fueron concebidos y nacidos en diferentes naciones, y que su "mamá Becky" seguía trabajando en ello. ¿No se supone que la señora Novak ya había fallecido?

Debía tener una cara de confusión muy graciosa porque su pareja lo miraba con burla, de la misma forma como cuando se enteró de la numerosa familia.

— Mis padres se divorciaron cuando tenía cinco años, Sam, mi padre volvió a casarse poco después cambiándonos el apellido a todos por no unos problemas con la herencia. Fue un divorcio tranquilo, de hecho siguen siendo amigos. Michael, Castiel y Eprhaim son mis hermanastros, Anna, Hael y Samandriel son mis medios hermanos. Hannah Novak es mi madrastra que murió en nochebuena y Becky Shurley es mi madre biológica.

Sam lo observó sorprendido, una parte porque la familia de Gabriel era un verdadero revoltijo de nombres, personajes e historias, y por otro lado resultaba ser hijo de la activista ambiental famosa más loca del siglo, creadora de programas de protección y desarrollo en reservas ambientales de lugares pobres como en África o India. Bueno, ahora sabía del origen de esa conducta tan hiperactiva del reportero.

— Necesito un esquema de tu familia, hablo enserio.

— ¿Qué puedo decir? Somos una amorosa versión de "Los tuyos, los míos y los nuestros".

Sam bufó con burla por aquella comparación tan acertada. Se preguntó qué tan difícil debió ser crecer en una familia tan numerosa, con tantos pequeños corriendo de un lugar a otro y sólo tener un par de brazos para cuidarlos a todos, cómo protegerlos cómo amarlos o cómo llevarlos a todos por el camino corrector sin dejar a ninguno atrás; lo que sería tener tanta gente en la que confiar, nunca temer de quedarte solo y sin temores de llegar a perderlo.

Pero entonces una duda gigantesca se formó en la mente del castaño, no alcanzando a comprender por qué alguien que parecía tener un buen hogar decidiera irse a lo que era considerado por muchos como el mismo infierno. En su rostro la confusión debía ser obvia para que el ojimiel se diera cuenta.

— ¿En qué piensas?

— ¿Por qué fuiste a la guerra?

La pregunta fue hecha sin malicia o intenciones ocultas, curiosidad pura era reflejada en esas palabras e inocencia aparente, pero el Winchester se arrepintió de haberlas dejado salir sin previo aviso siendo un tema tan delicado. Gabriel quedo impactado por el improvisado cuestionamiento, frunció sus gestos del rostro luciendo incomodo, e incluso sacó una paletita de su saco con la que empezó a jugar.

Gabriel Novak pudo haber tenido dos tipos de reacciones, o explotaba en acusaciones o eludía las respuestas con bromas tontas. Nunca la evasión silenciosa. Sam no supo cómo reaccionar exactamente ante ese nuevo punto en el carácter del reportero así que también se quedó callado esperando un golpe o un mal chiste.

— Becky es mi mejor amiga, pero mi mamá siempre fue Hannah. Ella murió cuando yo iba en primer año de la carrera.

El rubio quitó la envoltura de la paleta de prisa y se la llevo a la boca con furia, dejando que el sabor se uniera a la saliva y viajara por su boca libremente. Mientras tanto el castaño esperaba a que continuara con el relato pese a los minutos que pasaban volando; Gabriel pareció quedarse atorado en sus recuerdos y sin querer proseguir, Sam tampoco quería verlo sufrir.

— Si no puedes...,

— Hay que saltar esa parte. — dijo con la hiperactividad de vuelta y sujetando su paleta con los dedos. Tal vez sólo quería desahogarse de una vez y Sam no lo interrumpiría si andaba inspirado.

— Mis padres se querían, mamá Becky nos malcriaba y como hermanos parecíamos uña y mugre. Éramos la familia cómicamente perfecta para el programa de Oprah, fiestas de cumpleaños cada mes y parrilladas los domingos después de misa.— Gabriel no sonreía pero hablaba con cariño ante el recuerdo, con un tono molesto conforme iba contando. — Entonces mi madre murió y todos nos hundimos; Michael y Lucifer comenzaron a pelear, agredirse físicamente, los demás tomaron bandos, los pequeños siempre estaban apáticos y mi padre ebrio. No supe que hacer.

— ¿Y te fuiste? — la pregunta fue apenas susurrada, pero por el silencio de la carretera sin contar el viento dejo que se escuchará a la perfección

— Me dolía ver a mi familia rota. Una noche entre a un bar y me encontré con Cole, un viejo amigo algo mayor que ya tenía tiempo en la milicia y sin pensarlo mucho me fui con él. Pase los siguientes cinco, casi seis años allá

— Perdón Gabriel pero, te fuiste de una guerra a otra.

— Se puede decir que estaba desesperado en encontrar lo que había perdido, tanto así que no me importaba a donde tenía que ir. — Gabriel rio con amargura, resopló y siguió jugando con la paleta en su boca. — Da igual, Becky volvió para hacerse cargo de mi padre ebrio y mis pequeños hermanos, sino hubiese sido por ella y Castiel todos seguiríamos odiándose mutuamente.

Sam supuso que Becky Shurley era para Gabriel y sus hermanos lo que Ellen y Bobby para Dean y él. Terminas dependiendo y aferrándote de quien menos lo esperas pero es la mejor salida de una pesadilla, y eso estaba bien.

— ¿Encontraste lo que buscabas? — preguntó de nuevo, prometiéndose que sería la última vez

— Ese cuento es para otro día, pequeño travieso. — Gabriel volvió a ser el mismo, con un guiño coqueto y sus labios burlándose de él. Sam revoloteó los ojos pero no importaba, Gabe seguía intacto y era digno de admirarse y respetarse.

Con su mano libre Gabriel volvió a sacar su móvil apurado, tal parece que recibió un mensaje y al leerlo se quedó de pudiera. Sam esperaba que no fuera nada malo, hasta que miro la sonrisa nerviosa en el rostro de su pareja — Noticia de último minuto, mamá Becky quiere conocerte.

— ¿Qué? — Sam parpadeó varias veces esperando escuchar que aquello era broma, pero Gabriel no dejo de verse culpable en ningún momento. El castaño tragó grueso.

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— ¿En serio vives aquí?

— Oye, no será el Central Park West pero es de mi tamaño.

Sam quería decirle que el edificio de ladrillos frente a Central Park con un gran portón y ventanas amontonadas no lucia nada a lo que reflejaba Gabriel con su carácter y comportamiento, mucho menos a alguien cuyo nombre estaba a la vanguardia del arte fotográfico moderno. Aún no puede superar que tenga como pareja al ganador de un Pulitzer.

— No, no. Sólo que yo vivo prácticamente a veinte minutos caminando. — habló con casualidad, logrando que Gabriel sonriera con travesura

— Conocernos fue obra del destino Winchester. Yo hice lo demás.

— Que humilde. — bufó el abogado.

— ¡Espera! ¿Dónde demonios vives? — chilló el rubio

— Emporis, 994. — Gabriel lo miró insistente, Sam no sabía a donde mirar y no entendía porque de pronto aquello era sorprendente.

Bueno, el edificio donde residía sus apartamentos tenían una renta hacendaria de 250 mil dólares, aunque él tenía un trato especial con el dueño por haberlo sacado de un aprieto como su primer caso en New York hace muchos años. Aun así era una suma importante que dejo en un breve shock a su novio, claro que este perdió seriedad y volvió a reír.

— ¿Te das cuenta que somos una bizarra versión de Sex and City*? Tú eres Mrs. Big el solitario y yo Carrie Bradshaw la sexy con talento.

El castaño se sintió brevemente ofendido. — Primero, no pienso preguntar cómo es que sabes de esa serie. Segundo, en nuestra relación tú eres el viejo.

— ¡Hey! — rezongó el reportero, pero fue muy alto.

Por estar metidos en su segura próxima discusión, ninguno de los dos se dio cuenta que dos sujetos se acercaron rápidamente con el grito de Gabriel.

— ¡Novak!

El mencionado se giró como resorte ante su llamado, pero su cara de puchero se quitó en cuanto vio a los dos sujetos practicante pegados al auto con caras desconfiadas; uno de ellos era castaño, bien parecido usando un traje para fiesta; el otro en su contraste, poco más chaparro, rubio con excelente cuerpo cubierto por ropas cómodas, ojos azules y el cabello corto, con un rostro atractivo pero mayor

— ¡Mira nada más, mi Charlotte y mi Samanta! — bromeó Gabriel, a lo que Sam revoloteó los ojos y salió del auto, acción que su pareja copió.

— ¿Te está molestando? — preguntó el más pequeño, de la misma estatura que el reportero con una mirada asesina sobre el abogado

Sam se sintió confundido y agredido, porque no sabía quiénes eran esos extraños y ellos tampoco lo conocían como para desconfiar a la primera intriga. Aparte de que se andaban con muchas confianzas con Gabriel y eso ciertamente le molestaba un poco a Winchester.

— Calma Cole, él es Sam. — aclaró el reportero algo dramático, pero funcionó para que el otro moreno alzara ambas cejas y el ojigris cambio totalmente su humor.

— ¡Oh! Mucho gusto. Cole Trenton. — El rubio de ojos grises se acercó un poco más a Sam y le extendió la mano, la cual aceptó con una agradable mueca

— Igualmente. — respondió el abogado, y en cuanto se iba a voltear para saludar al otro, se arrepintió

— Soy Baldur Balbegh. Y que sorpresa, ¡existes! Pensaba que Gabe sólo fantaseaba contigo. — canturreó el tipo de traje, utilizando sus ojos como rayos equis que hacían sentir muy incómodo a Sam.

La broma de mal gusto fue interrumpida por el ojimiel, poniéndose aún más cercas de su pareja y en medio de aquella mirada lasciva y discriminadora de Baldur. Frente a frente con su amigo, las miradas eran retadoras pero con una chispa en sus pupilas juguetona y encantadora que compartían.

— No necesito fantasías como las tú para estar bien acompañado.

— Define "bien".

— Baldur, ya cállate. — regañó Cole

Nenas. — murmuró entre dientes disgustado, Gabriel rodó los ojos con un poco de exasperación

— ¿Qué hacen aquí?

Quien respondió fue el mismo Baldur con una sonrisa sátira — Como creíamos que ya eras soltero de nuevo pensamos irnos de conquista esta noche.

— Sólo a visitar y hablar un rato. Nada más. — interrumpió Cole mirando con voluntad a Sam, como si quisiera convencerlo de que no estaban a punto de corromper a su novio a sus espaldas.

Gabriel también lo entendió así y giró sus ojos, negándose a si mismo aquella situación tan incómoda. Estuvo tan enojado los días después de navidad que no paro de quejarse con sus amigos y decirles que su relación se fue por el olvido, y después no se ratificó nunca. ¡Pero estaba ebrio y enojado en aquellos ayeres! ¡No cuenta si estas en un estado donde ves ornitorrincos bailando zamba!

— Vayan adentro, ya subo. — les dio sus llaves y fue Cole quien las tomó. Achicó un poco su sonrisa pero la recompuso para despedirse de Sam.

— Fue un placer, Sam.

— Igualmente, Cole.

— ¡Pero era noche de conquistas! — gritó Baldur, con un arrebato que para Sam fue muy molesto e inmaduro. No, definitivamente ese tipo no le caía nada bien.

— Camina.

Cole lo arrastró con una gran fuerza y energía del lugar dejando que sus voces se escucharan distorsionadas y lejanas a ellos. No fue hasta que desaparecieron por el portón que Gabriel se giró para observar a su novio, este ya traía su morral de viaje verde y la mochila café, extendiéndoselas con una cara que exigía explicación

— Baldur es muy cómico.

— ¿Ya habíamos terminado? — aunque Sam intentó no sonar dolido, el resultado fue un tono muy sombrío. Gabriel por primera vez en todo el tiempo juntos se notó nervioso y un poco culpable, solo un poco.

— ¿No? Digamos que tal vez estuve un poco muy furioso contigo estas dos semanas y ellos se dieron cuenta. Aun así tenía la esperanza de que no terminaría alce, créeme.

— Aja.

— No te vuelvas a enojar. Por favor.

Lo último que Novak quería era tener otra pelea más estúpida que la recién pasada, y todo por culpa de un mal rato y un mejor amigo un poco imbécil. Es aquí por milésima vez que se vuelve a preguntar por qué no dejó morir a Baldur en el desierto cuando tuvo la oportunidad.

Sam por otro lado negaba con la cabeza mientras sacudía aquel malestar de su sistema, murmurando por lo bajo que debía tranquilizarse y no presionar en el tema. Después de todo, Gabriel estaba en todo su derecho en pensar que todo había terminado si no se comunicó con él durante días enteros. Lo sano, era cortar el tema e ir con otro.

— ¿De dónde se conocen?

— Fuerzas especiales. Cole es el tipo del bar y Baldur el idiota que siempre debía salvar, pero valiente el tipo. Yo coqueteaba con todas sus novias en el escuadrón solo para joderlo.

Sam podía creer aquello conociendo a su pareja y su gusto por hacer pésimas bromas a sus cercanos, suponiendo que ni la milicia pudo erradicar aquella característica suya. Aún tenía un pequeño malestar contra la actitud del famoso Baldur, pero no se amargaría el excelente día que tuvo por pensar en el sujeto aquel. Le sonrió al reportero con calma y tendiéndole sus cosas, el otro las aceptó en cantado y se cargó la mochila más aparte la más grande y pesada sobre el mismo hombro, pero lo hizo de una forma tan sencilla que Sam se sorprendió un poco con aquello.

— ¿Te veré mañana? — preguntó Gabe con la intención de saber sí las cosas seguían bien o debía entregarle al castaño la cabeza de Baldur en una bandeja. Pero al contrario, todo seguía en orden y la sonrisa torcida de Sam lo probaba.

— Podemos ir por un helado.

— Dos

— Uno y un pastel.

— Tres y un pastel.

— ¿Esa es tu manera de negociar?

— Puedo hacerlo mejor. — guiñó con su ojo derecho y se burló del suspiro frustrado de su pareja. Le encantaba hacerlo desatinar de esa forma.

Sam pasó sus manos por su cabello y reflexionó sus posibilidades — Okey, última oferta. Un helado doble, un pastel con malteada y cenamos pizza.

— Sam Winchester, eres mi alma gemela.

Lo siguiente que Gabriel supo es que el castaño le quitó su maleta y le dio un golpe con ella.

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De enero llegaron a finales de abril, con ellos diez meses de relación y con una vuelta intensa dentro de ella. Ahora Gabriel ya no se sentía excluido de la vida de su pareja, sino que le tenía mucho más paciencia que antes y de todas formas aquella parte del pasado ya no le importaba mucho; con los actos que Sam se empeñaba en realizar cada día laboral, con sus gestos nobles opacados por la seriedad de la situación, con su actitud pacífica y agradable, le estaba bastando al reportero para sentirse cada vez más seguro y enamorado, aunque no lo haya vuelto a expresar en palabras.

Aunque Sam seguía sin soltar mucho de su familia, de vez en cuando se encontraba a si mismo platicando con su pareja las travesuras que realizaba de niño, a veces mencionando a su hermano como un personaje de la historia, pero ya no había incomodidad ni presión al hacerlo. Platicaba de Missouri, de Mildred, alguna que otra aventura por carretera; incluso Gabriel conoció a Pamela Barnes cuando se la encontraron en un bar, Sam se la presentó como otra amiga de la familia y a él como su pareja. La mujer quedo sorprendida y no le molestó demostrarlo, pero la noche resultó ser de maravilla.

Eso no quería decir que las peleas se habían esfumado, al contrario, parecía que se habían vuelto cotidianas cada dos veces por semana o más; que sí Sam no salía del a oficina, que Gabriel viajaba mucho, que el rubio le puso vinagre a su café, que el castaño cancelo una cita. Etcétera. Pero debían estar orgullosos de sí mismos, las discusiones nunca subieron de tono y no duraban a lo mucho ni dos días. Bueno, Sam se disculpaba, Gabriel mandaba ensaladas con un dibujo de un alce triste.

Y luego estaba el tema de los pequeños "encuentros íntimos no tan íntimos." Haber saltado la barrera de la confianza familiar y trágica, pasaron por completo a la barrera de confianza sexual. No, no han llegado ni lastimosamente a la segunda fase sin ropa presente, pero como par adolescentes hormonales, roces contra la ropa y caricias nada inocentes se hicieron frecuentes.

La primera vez paso después de una pelea de las serias, donde Sam se encontraba estresado con un caso y Gabriel cansado por un viaje que hizo al extranjero por un premio ganado por el NYT al cual cubrió la noticia. Era la una de la madrugada y ambos discutieron a voces en la oficina del abogado. Ya ni recuerdan cómo es que terminaron los dos corriéndose sobre el escritorio, Sam recostado y Gabriel sobre él en un intento vano de recuperar la respiración, de vuelta a la realidad. En sus memorias lo único que recuerdan era el calor, la sensación de los cuerpos juntos, las maniobras tan asombrosas para no caerse a mitad de su baile erótico, la necesidad. Sólo la sonrisa y las ganas han sido permanentes hasta esta fecha.

No han hablado del sexo completo ni han dado hincapié a estar tan necesitados. No es que no haya gusto por parte de los dos, al contrario, pero tal parecía que estar llevando la relación con calma de tortuga les estaba dando buenos resultados y sobre todo, comodidad y seguridad.

Sí, las cosas iban bien.

Justamente ahora veinte de abril martes por la mañana en una semana tranquila y el trabajo naturalmente exigente, iban a ser las doce del mediodía y Sam terminaba de redactar cierto documento en la computadora con algo de prisa para alcanzar ir a merendar algo con su pareja, quien estaba sentado sobre su mesa frente a él y una barra de chocolate en su boca.

Winchester sabía que tanto silencio y tranquilidad no era normal, aparte de que el reportero parecía estar pensando con profundidad degustando de su chocolate con concentración absoluta. El castaño agradecía el silencio para poder terminar con más eficacia su documento, pero estaba seguro que en cuanto acabara algo extraño, trillado o vergonzoso saldrían de esos labios y necesitaba de toda la paciencia que tenía para no dejar encerrado al reportero dentro de algún círculo de fuego por la eternidad o algo así.

Dio un punto final exacto, guardo el archivo y suspendió la pantalla. Bien, era la hora de enfrentarse a su novio. — Terminé.

— Sam, hoy cumplimos un año de conocernos.

El mencionado levanto ambas cejas dudoso de estar en la misma sintonía, aparte de que Gabriel hablaba raro con eso metido en su boca. — Sí, ¿por qué?

— ¿Me costó mes y medio en convencer a alguien para que saliera conmigo? — Gabriel sonó impresionado y ofendido, moviendo la barra de chocolate de una comisura a otra con la lengua.

— Creo que tienes el ego un poco dañado. — comprendió al final, el abogado se puso de pie abrochándose el sacó mientras una risa salía de sus labios por la reacción tan dramática del rubio.

— ¡Cállate, gigantón!

Gabriel bajó de un salto elegante del escritorio y enfurruñado se dio la vuelta para rodear la mesa, pero en el acto de una huida digna por las risas del ojiverde, al mismo le dio un golpe en el estómago con su mochila y no le importo. — ¡Arg! ¡Gabe!

El mencionado no detuvo sus pasos y escondía su malévola sonrisa detrás de la barra de chocolate. Sam llegó a su lado sin problema alguno con largas zancadas y aún con cara de querer asesinarlo, ambos quedándose fuera de la oficina y a lado del mostrador donde se encontraba Ruby con su vestido violeta, elegante y sexy.

— Disfruten su almuerzo parejita.

— Sería absolutamente mejor si nos acompañaras, primor. — coqueteó Gabriel recargándose en el cristal con ambos brazos. Ella rodó los ojos y se recostó de la misma forma que el reportero pero con movimientos felinos y un tono desagradable.

— No, gracias, me da diabetes con solo verte.

— Dañas mi corazoncito de chocolate, diablita. — puso sus manos en su corazón, con una mueca de tristeza más falsa que el desgano de la morena.

— Conozco a un buen chocolatero que te puede reparar ese daño.

— ¿Me pasas su número? Espero y haga unos buenos trabajos manuales.

— Los mejores, me han dicho.

Sam los miró de forma desagradable, queriendo enterrarlos a ambos en un cementerio. Obviamente la palabra "manualidad" fue dicha con doble intención, y ninguno de los dos tenía vergüenza alguna, sino más bien se sentían cómplices del mismo secreto.

Cuando el castaño le platicó que entre su asistente y él hubo una relación durante la universidad, jamás espero que eso afianzara de forma inimaginable un extraño compañerismo en ambos. Cierto, a Gabriel nunca lo ha visto celoso de ninguna manera, pero ver que se llevaba tan bien con la mujer con la que tuvo sexo anteriormente y ahora trabajaran juntos, sin ninguna molestia, a Sam lo asombraba.

Cierto, seis meses con Ruby no puede considerarse un peligro actualmente, sobre todo cuando ambos se sentían cómodos el uno con el otro. Claro, al principio cuando ella necesitaba trabajo y él urgentemente una asistente eficaz, sí hubo cierta incomodidad, pero cuando establecieron que ni chispa ni fuego seguía en ambos más que un buen recuerdo, todo lo demás siguió profesional y normal.

Aparte de que la atracción entre ella y Gadreel era bastante obvia para cualquiera, posiblemente por eso Gabriel no se sentía ni siquiera molesto con ella, al contrario, el tema "actividades candentes con Sam Winchester" era un tema favorito entre ambos.

— Ya basta, los dos. — dijo con firmeza el abogado, pero esos dos se siguieron dando cómplices miradas. — Regreso en una hora.

— Lárgate. — la morena movió con desdén su mano, ignorándolos con actitud.

Gabriel se fue riendo sin pudor y Sam lo acompaño de forma miserable. Es que no lo entendía, ¿cómo tu exnovia y tu novio actual pueden llevarse tan bien, pero tan bien, que bromear sus anécdotas íntimas contigo es normal? ¡En que universo!

— Que tú te lleves bien con ella no sé si es magníficamente maduro o maquiavélicamente planeado.

— Eso te asusta, ¿cierto? — Gabriel se burlaba de él, deteniéndose frente al elevador terminándose su barra de chocolate con gula.

— La verdad sí. — Sam sacudió sus hombros pasando por un escalofrió, lo cual al reportero le dio más risa.

Las puertas del elevador se abrieron, pero ni siquiera se movieron cuando la voz de Ruby en su tono profesional los detuvo.

— ¡Sam! — ambos voltearon ante el llamado, ella con un rostro serio. — Es Bobby Singer al teléfono.

Ruby jamás les ha interrumpido ninguna cita para almorzar por alguna llamada de trabajo, esto por la misma orden de Gadreel contento con la idea de que su amigo tuviera una relación finalmente, ofreciéndose como un buen remplazo mientras Sam no fuese absolutamente necesario. Por eso mismo Gabriel estaba extrañado con aquella situación, más cuando el mismo castaño se puso tenso de un segundo a otro.

— Espérame, por favor. — Sam no espero respuesta cuando en sus típicos pasos largos entro a su oficina y cerró la puerta muy rápido.

Ruby volvió detrás del mostrador con toda normalidad y Gabriel la siguió curioso de la situación.

— ¿Algún cliente enojado?

— Más bien, un familiar muy gruñón. — dijo con frialdad sin levantar la vista de su computador

— Creía que sólo lo llamaban sus "tías". — Gabriel hizo énfasis en aquello, sabiendo que la mujer entendería a quienes se refería.

— Yo no sé nada de tu noviecito, Novak, no tanto como tú seguramente. Sólo que las llamadas de ese hombre son una de las prioridades infrangibles de Sam. — Ruby sonó brusca con aquello, pero después inhalo con calma y lo observó con firmeza — Seguramente todo el día estará metido en su propia miseria, así que se paciente o dale un buen golpe.

Era cierto que Ruby no sabía ni poco de lo que Gabriel ya conocía, pero al pasar el tiempo en el trabajo al lado de Sam, la mujer con su inteligencia lógica captaba varios temas de interés y no tantos en la vida de su jefe, por lo que "tías" significaba Missouri, y eso sólo por el caso del orfanatorio. Otras dos mujeres eran añadidas a la lista por pura orden magistral de Sam, pero Gabriel aún no ha escuchado de ellas.

Gabriel la miró con suficiencia y ella chasqueó la lengua con aquella actitud presumida. Aunque por dentro, Novak realmente estaba un poco nervioso ante la posibilidad de que su estabilidad en la relación decaiga por una desconocida llamada.

Sam no tardó más de dos minutos para salir de su oficina y despedirse nuevamente de su asistente.

— No me tardo, Ruby.

— Nos vemos en la noche, preciosa. — antes de darse la vuelta, chasqueó los dedos para obtener la atención de la pelinegra — Usa el vestido blanco sin encaje, es el que le encanta a Gadreel.

— ¡Métete en tus asuntos, Novak! — Ruby estuvo a punto de lanzarle la engrapadora.

Ambos bajaron por el elevador, salieron del edificio donde ya la mayoría los reconocía pero no murmuraban por miedo a la gran figura de autoridad que demostraba ser el abogado Winchester, y se encaminaron a la misma cafetería de su primera cita por ley. Todo eso en un silencio que para sorpresa del reportero, no estaba cargado de tensión o algo por el estilo cuando se trataba de la vida pasada de Sam Winchester.

— ¿Y todo sigue en pie para esta noche? — preguntó casualmente Gabriel, con la intensión de saber si Sam estaba tranquilo o nuevamente perdido en sus recuerdos familiares.

Ya no ha pasado ninguna otra crisis con respecto al tema, pero aun así quería comprobar que el buen humor de su novio no estuviera siendo fingido justo ahora y después explotara. Pero todo lo contrario, Sam levantó la mirada de su ensalada sin ninguna sombría preocupación en el rostro; sólo un poco confundido con la pregunta pero al entenderla dio una mueca de disculpas y dejo olvidado su tenedor.

— Lamento si te desconcerté en la oficina. Era Bobby Singer, amigo de mi padre. Y. Hm. También nos cuidaba por algunas ocasiones cuando éramos pequeños.

— Es que te vi preocupado.

— Preocupado más bien. Es lo más cercano que tuve a un padre después de la muerte de John. Tal vez antes. — Sam balbuceó un poco las últimas palabras, avergonzado de pronto pensar que le quitaba un lugar importante a un hombre por otro.

— Sam, está bien querer a dos padres. ¡Yo quise a dos madres! — con aquella expresión tan alegre y sincera, el castaño dejo de cohibirse tanto en el tema. — Uno no decide en que familia nacer, pero si decides a quienes querer como tal. Así de fácil, alce histérico.

Sin alterarse siquiera por el ultimo sobrenombre, dejo su plato a un lado y puso una sonrisa pequeña en su rostro, recargando los brazos en la mesa y mirando en forma de confesión a su pareja.

— Él tiene varios terrenos en Dakota del Sur, pero vive justamente en un depósito de chatarra, también es un taller pequeño. Ya había enviudado cuando lo conocimos, pero se volvió a casar con Ellen Harvelle quien tiene una hija menor que yo, y siempre jugábamos todo lo que podíamos imaginar con toda la chatarra. Siempre le hacíamos rabiar cuando saltábamos de un auto a otro.

— Mario Bross y la princesa. — comparó divertido Gabriel, moviendo la cuchara de su pastel acusatoriamente, lo curioso fue cuando Sam resopló ante eso.

— Jo de princesa nunca tuvo nada, golpeaba más fuerte que yo. — el rubio se atraganto con un pedazo mientras se guardaba la risa. Imaginar que un gigantón como Sam era aplastado por una niña adorable, era algo cómico. — Es muy linda. Apenas se va a graduar.

— Por eso la llamada, te invitaron a la celebración. — el rubio movió la cabeza con entendimiento, mientras se llevaba otro pedacito a la boca y lo saboreaba. — Iras, supongo.

— No lo creo, sale en junio y siempre es el mes con más actividad en las empresas. — Sam sonó un poco arrepentido por ello, pero al agudo sentido del reportero le pareció más una excusa para no encontrarse con su familia, posiblemente con el famoso desconocido hermano mayor.

— Piénsalo un poquito Sam. — intentó una última vez el reportero, a lo que ambos le quitaron el interés después.

Las cosas estaban mejor que nunca, no era momento para arruinarlas con al tan indiferente. Además hoy tenían una fiesta, era el cumpleaños de Gadreel y el hombre mostraba siempre su lado salvaje, su buena reputación y su gran circulo en sociedad únicamente en este día.

— ¿Paso por ti saliendo del trabajo? — preguntó Sam mientras miraba su reloj notando que debía volver ya a su oficina.

— Nah, Cole y Baldur pasaran por mí a mi departamento, así que te veo allá.

— ¿Baldur? — con ese simple nombre, Sam perdió toda prisa anterior y sintió un pequeño tirón en el estómago, pero Gabriel ignoraba esta reacción por estar pendiente de su pastel.

— Facebook. Es amigo de un amigo de un invitado de Gadreel, así que también le llego la invitación.

— Hump. — la monosílaba se escuchó tan fría, tan descortés, que Gabriel levantó la mirada curioso de aquella respuesta, topándose con la quijada de Sam entumecida y sus ojos verdes vagando por la ventana a su lado.

— ¿No quieres que vaya Baldur?

— Da igual.

— Es un idiota Sam, pero te agradará ebrio. Es divertido y pegajoso. — él mismo soldado reconocía que su amigo era un fastidio la mayoría del tiempo, pero le tenía cariño por su tiempo en el ejército juntos, aparte de que no era tan mal tipo. Sólo un poco envidioso y egocéntrico.

Aparte de que Sam siempre ha sido una persona que no tiene prejuicios sobre alguien sin conocerlo con más tiempo y en buenos ambientes. Que se expresara con desgana de su amigo era raro.

— Con que no se ponga pegajoso con nosotros, está bien. — murmuró entre dientes el castaño, pero Gabriel lo escuchó perfectamente y el trocito de su postre se cayó de nuevo al plato, desconcertado con los ojos bien abiertos.

— No es cierto, ¿Sam Winchester celoso por Baldur Baeldaeg? — la palabras le supieron más dulces que el mismo pastel, Sam por otro lado se quedó coloreado en rojo

— No sé de qué hablas.

— ¡No inventes! — por fin fuera de la sorpresa, Gabriel se dejó caer con carcajadas sobre su asiento. — ¡Su esposa es mi agente publicitario, mi amiga! ¡No puedo creerlo!

— Ignoro lo que dices. — su pareja no lo escuchó, seguía riéndose como maniaco. Sam se avergonzó de sí mismo y prefirió irse del lugar. Porque obviamente, no estaba celoso. — ¿Tú pagas, cierto?

Con solo un apretón en el hombro tembloroso del reportero se retiró y sonrió con cortesía a la anfitriona que los recibía siempre, dejando a sus espaldas a un feliz de la vida reportero vanidoso. Con la prisa que llevaba por salir chocó con el hombro de otro hombre, apenas lo miro al disculparse, pero el sujeto llevaba un uniforme militar con el rostro aprisionado en depresión.

No le dio importancia y prefirió huir dejando atrás aquella risa tan pegajosa que naturalmente lo hace feliz, ahora sólo quería que lo tragara la tierra.

No estaba celoso de Baldur, por supuesto que no. Simplemente que el hombre le cayó un poco mal por su actitud tan descarada, arrogante, presumida, tan confianzudo con Gabriel, como si fueran unidos en secreto o algo así, y se tomará muchas libertades con él de tocarlo, de dormirse con él, con aquella mirada de posesividad que no le correspondía.

Maldición.

Sam lo aceptaba, tal vez si estaba un poco celoso.

.

.

.

La noche estaba muy energética para solo ser las once de la noche, la fiesta a todo lo que daba con el volumen pasando las paredes del pent-house de su socio; las mujeres y el alcohol no faltaron, la música era movida y la pista estaba igual de llena que la barra. Naturalmente en estas noches Sam disfrutaba de un buen momento en la cama del cuarto para invitados por cortesía de su buen amigo, y pensaba pasarla igualmente bien pero esta vez con su pareja.

No llego a suceder, Gabriel no iba a ir.

No entendía por qué si todo en la mañana estaba bien, al menos en la cafetería todo paso en orden y no paso en el día que él supiera que algo estaba mal. No fue hasta esa hora donde un mensaje de su misma pareja le dijo que se sentía un poco mal y no podía asistir, sumándole varios emoticones graciosos. Entonces Sam se dio cuenta que igualmente ni Cole ni Baldur estaban por ahí tampoco, y un sentimiento un poco agrio se instaló en su interior.

Lo más razonable era dejar a Gabriel descansar por esa ocasión y pedir explicaciones después, pero algo dentro de él lo motivaba para salir en ese mismo instante y buscar a su pareja, simplemente para asegurarse de que estaba todo bien.

Entre el gentío, las luces coloridas y el humo del lugar encontró a su socio muy bien acompañado entre dos mujeres y otros conocidos de la firma, riendo y festejando con naturalidad, como si su personalidad fuera esa y no la cara de amargado e introvertida de siempre. No creía que se molestaría si se iba antes de que se pusiera mejor el ambiente y no quería perturbarlo ahorita que se encontraba bien, además de que Ruby no tardaría en llegar y a partir de ahí ninguno de los dos le haría caso. Mejor dio media vuelta y se abrió paso entre la gente.

Lo único malo es que los apartamentos de Gadreel estaban retirados del centro, por lo que tardo un poco en llegar a la dirección de su pareja, llegando justamente a las doce de la noche. Después del viaje que hicieron a Brooklyn era normal que a veces pasara por Gabriel a su hogar al salir, pero nunca ha pasado hasta su casa y no sabía ni en que piso estaba. Ni modo, tendría que averiguarlo.

Dejo el auto estacionado una calle más retirada pero no importó. Entrar al edificio no fue difícil cuando le explicó al guardia de seguridad quien era, dejándole su identificación como beneficio y más aparte con el número correcto del apartamento de Gabriel. 21B del último piso.

Gracias al cielo el ascensor funcionaba y lo dejo en el piso correcto, notando que solo había dos puertas y un gran pasillo un poco tétrico sin ventana alguna. Se dirigió a la puerta correcta y tocó dos, tres veces antes de escuchar movimiento detrás. Se quedó recargado en la pared para que no lo notara por el pequeño orificio del mirador, y aunque dudo un poco en su le abriría o no, oía como la cerradura y la manija se movían para abrirle.

La puerta negra dio paso a su figura y así mismo el cuerpo de Gabriel fundado en pijama. Pantalones verdes y camiseta blanca, ambos holgados y el cabello sin cepillar. A Sam le pareció ver amargura debajo de sus ojos y un semblante sombrío, pero en cuanto lo vio no duro nada por la sorpresa y la sonrisa.

Sam se perdió en ella, en su vestimenta tan hogareña, en su reacción tan alegre por verlo, en su silueta desaliñada. Se perdió simplemente con esas pequeñas cosas que llenaron de calorcito su corazón.

— ¡Sam, hola!

— Hola. Yo. Lo siento si te desperté o algo... — balbuceaba sin saber a dónde mirar realmente porque todo en Gabriel lo descomponía.

— ¡Pasa cariño, es tu casa! — el soldado se quitó para darle paso, mientras en la cabeza de Sam, retumbaban esas palabras. Su casa.

Dentro del apartamento la cosa era monocromática en tonos grises, negros y blanco. Las paredes de piedra, los grandes ventanales frente a él que cubrían ambos pisos si ningún problema con una vista sombrosa de la ciudad, la cocina a su lado bien equipada, un comedor y más al fondo dos sofás blancos muy grandes con una alfombra peluda debajo. Sobre su cabeza se encontraba otro piso donde las escaleras conectaban, seguramente ahí estaría la cama del rubio. Sam guardo bien aquella ubicación en su mente.

El apartamento en realidad era acogedor, muy largo a pesar de ser tan estrecho y al contrario que el suyo, se podían vislumbrar fotografías en un muro y reconocimientos en la pared. Bajó la mirada avergonzado, no queriendo invadir más de lo que ya estaba haciendo la privacidad de Gabriel.

— ¿Por no estás en la fiesta? — la pregunta curiosa de su pareja le hizo levantar la vista y enfocarla en él.

— Quería saber cómo estabas. — respondió con sinceridad, compartiendo la vergüenza cuando Gabriel se sonrojo un poco riéndose de sí mismo con su actitud. — ¿Te molesté?

— Nop. — se acercó a él con tres saltitos y se colgó de su cuello con travesura — Qué bueno que me haces compañía. Sólo que es raro verte por aquí.

El castaño reconocía aquello pues él mismo se sentía como si fuese un intruso en el lugar, pero agachando su rostro y juntando sus labios con los de su pareja por un pequeño beso infantil, todo volvía a tener sentido y lugar.

— ¿Quieres café?

— Suena bien.

— Entonces pasé usted a la sala, caballero. — Gabriel se zafó de su cuerpo y danzó a su cocina, dando luz verde a que él caminará libremente en su refugio.

Se quitó la chaqueta que llevaba quedándose en la camisa azul marino, acomodándose las mangas y el cabello mientras observaba las fotos sobre la repisa amarilla. Después de todo el tiempo juntos podía felicitarse a sí mismo por poder reconocer a cada hermano de Gabriel en todas las fotos que iba captando con la mirada.

Solo en dos salían completos y mucho más jóvenes, en otras sólo estaban el afamado Castiel o Balthazar, en otra Chuck y Becky Shurley sobre un camello en lo que parecía ser Egipto a juzgar por el panorama con pirámides, otra con Becky y Hannah Novak juntas compartiendo sonrisas como grandes amigas.

— ¿Cómo se la está pasando Gadreel?

— Bien. A esta hora la fiesta ya está más que animada. — respondió realmente sin prestarle mucha atención, atento a cada imagen que pasaba frente a sus ojos.

— Y espera a que llegue Ruby. Sam, ¡con ese vestido te aseguro que mañana te hacen padrino de su boda! — siguió conversando Gabriel al aire libre porque el castaño estaba enfocando en mirar todo

Sin escucharlo realmente llegó a la sala y sobre un sofá dejo su chaqueta, notando de reojo que sobre la mesita para café se encontraba una taza fría y a su lado algún tipo de carta con sobre amarillo, arrugada como si la hubiesen estrujado con ira. Sam detuvo curioso su mirada sobre ella, pensó en cogerla por un instante pero se detuvo antes de siquiera ejecutarlo, no queriendo desconfiar de lo que perturbara a Gabriel. Si necesitaba su consejo o que lo escucharan, se lo diría. Punto final.

Entonces volvió su mirada a la pared de los recuerdos y se enfocó en una fotografía grande y enmarcada en el centro, donde aparecían seis personas uniformadas con grandes telas de la milicia negras y armas en mano, a sus espaldas un helicóptero; Tres de los que estaban arrodillados en medio de los cinco los reconoció como Baldur y Cole con años menos más una mujer pelirroja con sonrisa de ejecutiva; Gabriel estaba en medio y el cabello mucho más largo y sucio sujetado en una coleta donde cabellos salían rebelde y a cada lado una mujer de diferente apariencia pero muy hermosas.

Un margen en la misma imagen decía con letras oscura "Fuerzas especiales", lo que podía indicar que ese posiblemente era el equipo con el que Gabriel trabajo en la guerra. Curioso, todos ellos parecían satisfechos, cansados, pero cómodos en aquel entorno.

Entonces dos marcos a cada lado de la misma se veían diferentes, incluso más cuidadas que las anteriores.

Sam se acercó más para ver mejor y sus ojos viajaron primero por las placas metálicas debajo de cada marco: "lucha" y en otra "esperanza". Elevó los ojos a las imágenes y no pudo más que abrirlos por completo.

La que decía "lucha" mostraba el escenario perfecto de las emociones solidarias, amorosas y bondadosas. Un hombre joven de rasgos atractivos, pelinegro y de ojos castaños se encontraba encorvado sosteniendo la manzana roja frente a un niño moreno muy escuálido, casi desnudo y sucio, a sus espaldas casas en mal estado y gente sin mucha diferencia con el físico enfermo del pequeño, pero el enfoque hacia ver a todo lo demás borroso como en un mal sueño. Lo importante, lo más hermoso que formaba un nudo en la garganta era ver la alegría del niño alzando las manos para recibir la fruta con esa sonrisa blanca y los ojos inocentes, mientras el hombre joven soltaba lagrimas que no opacaban la enorme y mucho más grande sonrisa sensible en su rostro.

Un hombre que ayudaba a un pequeño desconocido opuesto a él, sin lastima ni tristeza en sus facciones, simplemente un acto de corazón que Sam no hizo pasar sus dedos sobre la imagen, sino que rozó el cristal del marco con miedo a que su tacto rompiera la magia transmitida.

Sus dedos lo llevaron al siguiente, donde se quedó helado por completo.

Era el enfoque de la manzana, bastante cerca que notabas su forma de corazón y el verde del tallo, estaba bien parada sobre la tierra oscura. Pero detrás, un poco borrosa pero sin necesidad de usar la imaginación para distinguir, a menos de un metro se encontraba Gabriel sin mucha diferencia, sus cabellos sujetados en una débil coleta y mechones cubriendo sus ojos dando la sensación de que todo se volvía oscuro y ciego. En sus brazos enfundados con su uniforme cargaba al mismo joven de la foto pasada, parecía que le gritaba algo y sus puños se cerraban en aquel cuerpo, con la única diferencia de que esta vez el joven no sonreía, ni siquiera respiraba o corría la sangre por sus venas.

Parecía ser una mala broma, un juego traumático de palabras. Esa foto fue llamada "esperanza" mientras que en un contraste macabro y sátiro la otra se titulaba "luchar". Llevaban nombres por completo incorrectos a su significado y a lo que demostraban, o será que era su mirada borrosa por las lágrimas que querían salir que veía todo mal. Pero era parte del juego, entendía que se titulaban así por la ironía, por burla, por desprecio al escenario y su injusticia.

— No salgo tan mal, ¿no crees? — la voz de Gabriel a su espalda no le asusto, giró para encontrar su mirada y en ella, por primera vez no había mascara de felicidad o comprensión. Solo los ojos dorados de Gabriel apagándose con las pesadillas de aquella época.

— Las tomaste tú. — dijo Sam sin necesidad de confirmación. Carraspeó un poco por la emoción y presionó sus ojos para evitar que se humedecieran. Él no estuvo ahí, no se creía con el derecho a llorar.

— La primera sí, la segunda la tomó Amal mientras se desangraba en el suelo. — Gabriel dejó la taza de café sobre la mesita y guardo la carta en el sobre para dejarla tirada detrás del sofá donde se sentó. — El niño era Amal y él se llamaba Héctor Thalassinos.

Sam miró la fotografía una vez más, antes de girarse a Gabriel y quedarse compartiendo la mirada que significaba todo y al mismo tiempo nada. Pasaron los segundos hasta que Sam estuvo seguro de querer preguntar.

— ¿Qué paso?

Tal vez era un poco injusto, tal vez mucha presión, pero aun así Gabriel no le reclamó absolutamente nada. Le dio una mirada penetrante sin sentimientos, hasta que por fin agachó la cabeza y se pasó la mano por sus piernas en un deje de ansiedad que controló después.

— ¿Recuerdas que te dije que al morir Hannah, me sentí vacío? ¿Cómo si no fuera humano?

— Sí. — respondió con un hilo de voz.

— Héctor Thalassinos fue mi respuesta. Ven, siéntate que es una historia larga. — Gabriel palmeó sin humor el asiento a su lado y Sam le obedeció. Esperaron unos segundos antes de que el rubio pudiese mirarle a los ojos y soltar las palabras antes de arrepentirse.

— En 2001 ocurrió el avance de los Talibanes en Afganistán; 2006 Estados Unidos nota que no hay éxito, la OTAN forja una defensiva discreta que es lenta formada con miembros de Fuerzas especiales y fuerzas Afganas dando resultados hasta el 2009 recuperando el orden en Kabul. En 2011 yo ya era teniente en las fuerzas especiales de ISAF de la OTAN, así que me tocó la parte difícil.

»Después de una batalla perdida mi escuadrón quedo inactivo unas semanas para recuperación, yo por otro lado fui llamado para ser el chaperón de un estudiante de fotografía que había ido con un grupo de practica de Harvard pero que se perdió a mitad de la evacuación y debía durar ahí todo el mes hasta que fuese seguro sacarlo.

»Apenas tenía diecinueve años pero era un niño muy inteligente, y sacaba unas fotografías hermosas. No fue pesado cuidarlo, era toda una aventura cada palabra que decía y sacaba los mejores recuerdos en cada fotografía que hacía. Brillante. Me enseñó a tomar fotos y yo le platicaba de las cosas que escribía en la universidad.

»Me hizo recordar que la gente podía ser feliz, aun metida en ese infierno. «

Gabriel se detuvo un poco para tomar aire y posiblemente luchar contra las memorias que lo atacaban con cada palabra. Sam tomó su mano y dio pequeñas caricias con el pulgar para hacerlo volver, cosa que funcionó porque el reportero recupero el aire y las palabras.

— A una semana de año nuevo ya lo estaba preparando para llevarlo a un helicóptero y sacarlo de Kabul. Sólo dos calles y el chico se alejaría de ese lugar para seguir su vida. — Sam entendió que en aquellas palabras estaba la ironía, la impotencia y la ira. — Salimos cuando era temprano y la gente compraba en el mercado fuera de nuestro edificio. No me di cuenta que él se había quedado atrás hasta que escuche la risa de un niño junto con la suya.

»Voltee y Héctor le tendía una manzana al huérfano. Amal lloraba de alegría, y el chico sonreía sin lastima o vergüenza, como todos los días desde que amanecía hasta en sus sueños. No lo pensé cuando de la mochila que le ayudaba a cargar agarre la cámara y tome esa fotografía. Era el momento perfecto, la escena y las emociones plasmadas desde los colores hasta la forma de sus caras, aunque no sabía que significaba.

»Él volvió conmigo y se avergonzó cuando notó que lo fotografié, pero sólo tomo su cámara y observo la imagen, me dijo que era una preciosa fotografía. Dijo que volviera a la universidad con él y aprendiéramos juntos. Obviamente no regresamos juntos.

» El suelo empezó a temblar y en el cielo dos cazas se acercaban con rapidez. Fui el único que lo noto pero no paso mucho para que una explosión se escuchara en la esquina. Héctor tomó al niño en los brazos y yo ni lo detuve por eso, sólo pensaba que debía sacarlo de ahí para que volviera a su jodida vida feliz.

»Ya iba a lograrlo, era sólo a la vuelta de la esquina y desde la calle podíamos ver el helicóptero encendido. Otra explosión estuvo cercas de nosotros y deje de escuchar el resto del camino, concentrado únicamente en jalarlo y empujarlo entre toda la gente hasta subir las escaleras al techo.

»Pero nunca llegamos cuando una tercera explosión vino desde los aires con más fuerza y salimos volando. Estuve desorientado durante minutos sin saber que pasaba a mi alrededor, la radio en mi chaleco y los ruidos de casas cayéndose con la gente dentro no me ayudaban mucho, pero vi lo suficiente para identificar su brazo estirado en la tierra detrás de un auto que me cubría a mí.

»Grite su nombre, me arrastre sin darme cuenta que a mi pierna la atravesaba una lámina. Hasta que logré darle la vuelta al carro vi por completo el cuerpo de Héctor aplastado por un escombro grande en su tórax; me acerqué y quité la maldita piedra como pude, pero ya era tarde cuando lo abracé, porque no estaba respirando desde un inicio.

»Fue Amal quien tomó esa foto, yo ni me di cuenta que su cuerpecito estaba a dos metros de mi con la cámara apenas pudiéndola cargar. Lo llevaron al hospital pero no se salvó.«

— El contra-ataque fue un error Sam. — comentó después con un hilo de voz, los ojos cristalizado y la voz rota. Gabriel seguía roto. — Las primeras dos explosiones fueron por una fuga de gas en la casa de la esquina, sólo eso. Pero el cuartel general tenía información de unos espías talibanes, creyeron que era un ataque y no dudaron en ordenar a los cazas para acabar con todo.

Sam no lo pensó, simplemente se abalanzó sobre Gabriel que temblaba en un intento de confortarlo, de darle su calor, su paz. No quería que Gabriel siguiera sintiendo el peso de aquello sobre sus hombros, ni la ira ni el dolor, aunque sabía que era imposible olvidar algo como eso, quería que superara tan horrible momento donde él sólo era una víctima más.

Gabriel se resistió un poco al principio, pero después dejo de poner resistencia y se dejó envolver por completo en aquellos brazos fuertes. Se dejó encerrar para que las sombras de aquel pasado lo dejaran en paz, con su cuerpo todo caído y sin ganas de mover nada aspirando solamente el aroma de Sam.

— Héctor tenía diecinueve años. Tenía toda una vida por delante y me había invitado a ser parte de ella, sólo porque fui su amigo por un mes, Amal apenas aprendía a leer. — susurró contra la camisa de su pareja, sin ganas de guardarse nada. — Nunca me di cuenta cuando se tomó la última foto, sólo que cuando pase los cuatro meses de reposo en un jodido hospital de mierda estaba tan furioso, tan enojado con todos y conmigo mismo que no lo pensé dos veces en enviar ambas fotos al New York Times.

— Querías que vieran de quien fue la culpa. — entendió rápidamente el abogado.

— Que patético, ¿no? Culpando siempre al cuartel, a la fuga de gas, incluso culpe a Amal por habernos distraído por un minuto. Un minuto que le hubiera salvado la vida a Héctor. Pero en realidad creía que la culpa era mía.

— Hiciste lo que pudiste.

— Ya lo sé. Sólo que no era el lugar indicado para ese ángel. En fin. Solo seguí un año más en el ejército y cuando gane el Pulitzer renuncie. Un año y diez meses heme aquí, llorando como una porrista adolescente a la que se le perdieron los pompones.

Gabriel se rio de su propia broma con timidez pero sin fingir nada más, un buen humor que no le hacía mal a nadie. Sam separó sus cuerpos sólo para pasar sus manos por las mejillas del rubio limpiando la humedad en ellas con cariño, observando que le hizo bien a Gabriel por fin soltar aquellos fantasmas que lo seguían. A lo mejor ya sólo faltaba tiempo para olvidar aquellas pesadillas, pero Sam quería seguir con él de todas maneras en ese instante tratando de borrar todo lo que lo acorralaba.

Gabriel era fuerte, inteligente, asumía el control o fingía que lo hacía, pero lo lograba para salir adelante. Sam no podía dejar de sentirse fascinado con aquello.

— Al final, ¿te diste cuenta de que buscabas? — cuestionó con cuidado, dejándose llevar por el brillo en la mirada que volvió a Gabriel. El rubio le sonrió por primera vez con timidez, con cariño.

— Sí, lo supe con la primera fotografía de Amal y Héctor. Una sonrisa como la de Hannah, Héctor. La tuya. — lo último lo dijo como un suspiro, pero lo suficientemente audible para dejar al castaño en un breve golpe sin aliento.

Sam lo miro extrañado y un poco asustado.

— No pongas esa cara, mi relación contigo no es el resultado de un complejo de Edipo.* — claro, el Trickster siempre bromeando, aunque sonará retorcido. Después de aquello tomó seriedad nuevamente, se acercó un poco más al cuerpo del más alto acomodándose sobre él. — Siempre me han fascinado las personas fuertes, las que luchan por otras y salen adelante no importa qué pero nunca pierden su serenidad. Me hacen sentir protegido, feliz, y al mismo tiempo no importa en cuantas guerras participe, sé que el mundo sigue peleando por ser mejor con una sonrisa. Así era Hannah, así era Héctor, y así eres tú.

— Me da miedo toda la fe que pones en mí. — comentó Sam sin aliento, dejándose llevar por la corriente de honestidad y la embriaguez de la mirada dorada que le perforaba el alma, ahora brillando como si estuviese siendo fundido en fuego y arrojo.

— Entonces deja de ir a esa oficina en Brooklyn a defender a gente que ni conoces y que no te pagará nada. Deja de salvar personas de su miseria. Sólo así dejare de creer en ti. Sam, sólo así voy a dejar de amarte.

La frase tan simple, el tono tan bajo que muy apenas logró a captar con sus oídos y el corazón, dejándole pasar un tornado de emociones en todo su sistema consciente de que escuchó con seguridad aquello con las palabras simplemente correctas.

No puede responderlas, no de la misma forma pero sí con la misma intensidad, entonces lo besa para hacerlo y dejarse caer por completo sin importarle nada más que la presencia de Gabriel en su vida. Hace primero presión en aquella boca y luego acaricia sus órganos rojos y palpitantes con anticipación, pasa el propio sobre ellos con clemencia disfrutando de su forma, color, delgadez y pica un poco la barba creciente pero eso sólo motiva a seguir insistiendo. Tantas veces que lo ha besado de la misma forma y todas parecían tan diferentes ahora.

Lo besa porque para ese entonces Sam no siente nada más que la necesidad de tener aquella textura suave, dulzona y delgada sobre sus labios palpando, sintiéndose vivos, agradeciendo a todo Dios el haber permitido que Gabriel regresara vivo de la guerra, que lo enviaran a su oficina, que dejara su número telefónico, que fuese insistente en salir con él y no ser tan cabezota para negárselo. Puede estar agradecido justamente ahora por muchas cosas, pero todas ellas alrededor del pequeño hombre tan valiente que compartía sus movimientos con la misma necesidad.

Acunó entre sus manos aquel rostro fibroso, con sus pulgares acaricio las mejillas y con la nariz percibía su aroma a lesión con café, la frialdad de las lágrimas desaparecía dejando delineadas siluetas que se encargaría después de cubrir con más besos. Ahora solamente se alejó lo suficiente para llevarse un suspiro ajeno y rosar sus labios con el befo inferior, lo acaricio con su aliento y pasó la lengua sobre los propios degustando con anticipación sin percatarse que rozó también los contrarios ocasionando que el cuerpo ajeno se estremeciera por tal atrevimiento descuidado. Se volvió a acercar para morderlo, atrapándolo y tirando de él hasta embadurnarlo con su saliva, dejándolo rojo y caliente llamando la atención para seguir siendo indecorosamente atendido, cortándole el aliento de golpe al reportero que pareció entrar en un estado visceral.

Lo que pareció empezar ser tierno y confianzudo comenzó a ser pecaminoso y atrevido, sabiendo que el final traería emociones mejores a un precio alto, esta vez no solo conformándose con simples toques, sino con algo mejor, simplemente lo dejarían avanzar, importando solamente el hecho de que todo empezaba a ser bastante provocativo.

Gabriel pasó sus manos por el cuello y la cadera del otro, impulsándose de forma magistral para quedar a horcajadas sobre la pelvis de Sam, en ningún momento separándose de su unión oral. Las manos del otro pasaron a su espalda donde apretaban y acariciaban sobre la frágil tela de su camiseta, ambos rostros moviéndose en una débil sincronización que empezaba a tomar fuerza con cada beso prolongado.

Fue entonces cuando Sam se sentó con la espalda recta y el movimiento hizo friccionarse con el cuerpo de Gabriel, chocando de manera inesperada la entrepierna, con ella bajando de forma lenta por el tórax trabajado del abogado. Fue sin intención realmente, pero el movimiento sutil hizo arquear la espalda del más alto al percibir aquella dureza que no cubría la tela del pijama. El más encantado fue el rubio siseando una maldición entre dientes por el movimiento.

Una adrenalina intensa se formaba en las venas de Sam, desinhibiéndole de toda preocupación o pena, callando todo grito en contra y olvidando sus problemas bajo el candado del lujurioso cuerpo de Gabriel.

Con una mano volvió acercar ambos rostros en un acto más agresivo, con la otra acarició la tira elástica del pantaloncillo y tiro de ella con fuerza haciendo que las caderas del soldado volvieran a chocar contra su vientre burbujeando nervioso, sacándole otra maldición al soldado y una satisfacción enorme para él. Se tragó aquella palabra altisonante más un jadeo, mezclándolo con sus propios pensamientos nada inocentes.

Cuando iba a volver a atacar Gabriel lo detuvo a medias, con la respiración entrecortada mientras sus dedos se mezclaban con los cabellos castaños.

— Sam, mi sofá vale dos mil trescientos dólares. — parece que aquello se lo dijo al viento, porque el abogado aprovechó su posición enderezada para mordisquear con pequeños actos su barbilla y más abajo. — ¡Sam!

El mencionado no estaba seguro de distinguir aquello entre un jadeo o un reclamó, pero por si las dudas e igualmente necesitado de un mejor espacio con fines proxenetas se apartó lo suficiente para prestar atención. — No es mi casa, guíame.

La cara de ingenuidad en Sam, sus ojos de perrito abandonado y la inocencia plasmada no eran buenas para la cordura de Gabriel, gruñendo entre dientes nuevamente. — Que pésima orientación tienes.

Tomó las manos de Sam entre las suyas antes de volver a juntar sus bocas, queriendo jugar también, obligándolas a repasar su propio cuerpo en cada curva y muscula, deteniéndose brevemente en su trasero a propósito, manejándolas a estrujar un poco para el deleite del más alto siendo su turno ahora de soltar un jadeo ahogado.

Con aquella reacción lograda se paró de forma ágil sin tambalearse y sin soltar las manos del otro le hizo levantarse de un tirón. Se pegaron nuevamente descubriendo que su nueva necesidad era no separarse bajo ningún argumento, aunque Sam se encorvara en el acto y no importaba.

Caminaron sin mirar siquiera por donde iban, colisionando los labios sin medidas y Gabriel tirando sin escrúpulos del cabello café sedoso y largo. No cortaron su fusión hasta que la espalda del rubio choco contra su pared y frente a él las escaleras, malditas fueran, se veían tan grandes y lejanas.

Sam aprovechando que su pareja miraba para otra dirección se volvió a agachar para enterrarse en aquel bronceado cuello, pasar su nariz por la piel y que los diminutos lunares que se escondían ahí lo guiaran tras el lóbulo y diera una suave caricia antes de morderla un poco. Gabriel había sentido aquel recorrido como cosquilleos gracias a la barba que crecía en la mandíbula de Sam, disfrutando del refregón y escriturando la emoción en su ser, sin embargo se vio en la necesidad de apretar los brazos ajenos cuando sintió la mordido indecente detrás de su oreja.

Y las malditas escaleras se veían como su peor enemigo justo ahora. Bien podía ir adelantándose un poco.

— Esto te sobra. — jadeó sus palabras mientras dirigía sus manos al cinturón del abogado, abriéndolo con maestría y tirándolo por ahí. Entonces subió las manos al pecho musculoso del licenciado para degustar un poco su textura cubierta por la tela azul que comenzaba a detestar.

Sin necesidad de ser delicado simplemente jalo de ella extremo a extremo y los botones se abrieron como quería.

— Esta camisa es cara.

— Y me encanta, pero ahora sólo estorba. — dicho esto jalo de ella hacia atrás con la ayuda de su pareja, dejándola caer igualmente con prisa. Sam le encantaba aquel movimiento tan necesitado, tan salvaje y rudo porque entonces estaban jugando con el control y la cordura.

Lo apretó aún más contra la pared y su cuerpo amoldándose de manera correcta, tironeando de su cabeza hacía atrás escuchando claramente la expresión sonora de gusto por parte del reportero, convirtiendo el beso de forma más exigente, más sexual, y de ser posible más necesitado. A Gabriel le gustaba aquello, como se sentían los dedos largos del abogado entre su cabeza, como la masajeaban incluso y después le torturaban con sus jaloneos, mandando corrientes eléctricas por todo su sistema periférico.

Ante esto y con otro tirón más fuerte Gabriel abrió sus labios para quejarse, pero fue ahogado su reclamó cuando una lengua intruso entró dentro de su cavidad y movió todo lo que conocía.

Por la sorpresa apretó las caderas de Sam en su contra sintiendo que algo curioso comenzaba a despertar ahí mismo, y de forma cínica se atrevió a poner una mano en aquel bulto cubierto para darle con nada de fuerza un apretón. Ante el desvergonzado movimiento Sam mordió su lengua sin querer y empujó su entrepierna ante aquella mano por pura reacción.

De ese modo los dos estuvieron de acuerdo en algo. — Cama.

Caminaron intentando no separarse tanto, si por Sam hubiera dependido ya hubieran subido corriendo los escalones, pero el reportero no dejaba de acercarse a él para tentarlo en besarle. No ha subido ni el cuarto escalón y Gabriel el octavo, cuando ambos volvieron a besarse tambaleando su equilibrio y peleando contra la gravedad.

— Nos vamos a caer. Gabe. — el mencionado no escuchaba, concentrado en seguir degustando del momento. Entonces en un paso mal dado Sam resbalo y se llevó a Gabriel de frente bajo él. — Te dije.

El reportero cayo sentado con el cuerpo de Sam encima, el abogado muy apenas pudo sostener su peso con una mano para no encajar los bordes en la espalda del reportero mientras que la otra sostenía la cintura de Gabriel.

— Excelente para la primera vez. — el Trickster se comenzó a reír sin mucho aire por la cómica situación. Estaba claro que mañana todo el cuerpo les dolería y no sólo por posiciones indebidas, sino por todo el drama que estaban haciendo solo para llegar a la parte de arriba.

Sam rodó los ojos y gruño una maldición, sin pensarlo mucho y aprovechando la posición actual, puso una pierna de Gabriel alrededor de su cintura apretujo el caliente cuerpo del rubio entre sus brazos. — Ven acá.

Gabriel no comprendió hasta que sintió su cuerpo en el aire, dejando salir una exclamación de asombro transformándose después un jadeo ardiente cuando su entrepierna volvió a presionarse contra aquel duro vientre. Acomodó mejor sus piernas alrededor de la espalda de Sam y sus brazos se anclaron detrás del cuello y una mano estrujando los cabellos castaños. Oh, como amaba que su novio practicará con las pesas.

Sin dejarse notar el esfuerzo, Sam subió al segundo piso donde lo único que pudo ubicar fue una cama con colchas blancas y distendidas esperándoles. Al borde de ésta se detuvo el más alto, su intención era dejar su preciado tesoro sobre su lecho, pero Gabriel ni perezoso ni vago se dejó caer al piso con un aterrizaje claro y sin advertencia alguna dejó sentado a Sam en su colchón, posicionándose entre sus piernas.

Winchester lo jaló contra su pecho levantando aquella camiseta en el acto para dejar ver el vientre militar del otro y repartir besos en la piel. Gabriel dejó salir un suspiro de gusto al sentir aquella boca caliente sobre su piel supuestamente fría, ahora más ardiente que nunca con el sello de aquellos labios en su cadera y alrededor. Fue entonces cuando se percató que Sam se detenía y delineaba algo con uno de sus dedos.

— ¿Una bala? — escuchó la pregunta muy apenas, no sabía si por su libido elevado o porque Sam jadeaba bastante.

— Sí. El segundo disparo que me dieron como novato.

— ¿Hay más? — Gabriel simplemente asintió, entonces la cara de Sam se transformó en dominación pura y el rubio perdió el ultimo gramo de aliento — Enséñame.

Un poco titubeante por el nuevo control, el reportero se sacó la camiseta blanca y la tiró al suelo. Entonces ahí Sam observó gracias a la luz tenue de la habitación, una línea de carne cocina trazaba la piel del brazo derecho, otra más sobre la costilla superior izquierda. Tocó con sensibilidad cada una mientras Gabriel cerraba los ojos disfrutando del tacto, sintiendo como dedos callosos de tanto escribir delineaban cada cicatriz que odiaba de su cuerpo, sintiéndose a gusto por primera vez en tenerlas ahí para su disfrute. Las detestaba porque cada una significaba un hombre perdido, un amigo olvidado, una muerte sobre sus manos y un alma caída en desgracia, pero justo ahora era todo lo contrario, como si el tacto de Sam lo estuviese curando de verdad, haciéndolas desaparecer junto a sus prejuicios.

Para su mayor disfrute, Sam llevó sus manos a su espalda y notó las otras tres que lo cubrían, dos de bala y una de navaja, cubriéndolas con la misma delicadeza que las frontales. Haciendo un poco de presión fue obligado a sentarse de nuevo sobre su novio, mientras este de forma imprevista atacó sin escrúpulos la unión entre su cuello y el hombro con puros besos, mordida, succiones y uno que otra lambida mientras reestructuraba su figura con sus movimientos húmedos.

Sin querer quedarse quieto un minuto más bajó una mano al sur del cuerpo de su amante, pasando por el amado tatuaje que ya había descubierto antes pero que cada vez era un deleite observarlo. No ha preguntado por su significado pero debía ser valioso por su perfecto diseño, dándole una pinta totalmente diferente a su pareja, un clásico cliché sexual por la piel marcada con historias y tinta. Aparte de que podía sentir el latir del corazón bajo su figura negra, caliente y bombeando, ruidoso y exclamado, llenando sus oídos de aquel palpitar tan rítmico como el mejor vals.

Paso de él en ese momento y con sus yemas siguió acariciando su recorrido por el cuerpo lampiño cuya piel comenzaba embelesarse su olfato y visión, hasta terminar en donde quería.

Desabrochando con habilidad el pantalón y tirando poco más dentro del bóxer oscuro. Entre los dedos sintió un espeso vello que decoraba la pelvis de Sam, pero dejándolo de lado y sacando lo que realmente le importaba en el momento. El miembro despierto y atento a toda caricia, Gabriel acomodó mejor su cuerpo sintiendo como Sam comenzaba a vibrar por las acciones venidas. Un dedo, luego dos, recorriendo la longitud desde su inicio hasta la cabeza a un paso cuidadoso.

Besó los cabellos de Sam mientras los mimos de este se entrecortaban de pronto posiblemente por las mismas emociones que le estaba provocando al acariciarlo, todo su tamaño y grosor bailando en su mano y era perfecto. Entonces Gabriel se puso a pensar que aquello era injusto. Sam no tenía ninguna cicatriz, ningún desperfecto, un cuerpo escultural creado por un Dios griego en tierras benditas, incluso aquel tatuaje del pentagrama le daba aires sexys y conquistadores. Por un momento su seguridad de siempre se fue al caño, porque por muy guapo que fuese, con Sam bajo su cuerpo viendo absolutamente todo de él, no podía ver nada mejor. Ni él mismo.

— ¿Cómo eres tan perfecto? — se quejó muy apenas, logrando que Sam desenterrara su cabeza de su propio cuello, comenzando a jadear más audible con cada vaivén.

— Porque te tengo conmigo. — fue la única respuesta, la única y necesaria para Gabriel que no evitó sonreír y volver a unirse en un beso con su alce.

Pero ya no duraba mucho porque Sam comenzaba a jadear más y más convincente al segundo que la velocidad subía. Gabriel se estaba sintiendo muy bien en ese entonces, pero todo su lujuria se vio subida cuando Sam se hizo hacía atrás, recargándose en ambas manos y estrujando las sábanas blancas entre sus dedos.

Que no lo culparan por sentirse Dios, teniendo a un ser magistral bajo sus manos y suelto. Entonces se dijo a sí mismo que por esa vez las posiciones estaban decididas, sabiendo muy bien lo que quería y como lo quería. Cuando el líquido pre-seminal comenzaba a humectar la cabeza del miembro, fue el mismo castaño que detuvo su trabajo y un poco torpe dejo recostado a Gabriel debajo suyo.

Ubicados más al centro de la cama, Sam comenzó a descender por el cuerpo pequeño y ancho de su soldado, deteniéndose habitualmente sobre las cicatrices que ya conocía y besándolas con extrema ternura para después contradecirse al morder con hambre el resto de su carne que se enrojecía ante sus actos descuidados. Amaba cada reacción corporal de su amante, sin cohibirse por nada, dejándose ser libre en expresión, junto como el dueño de tan deliciosa y dulce piel.

Al contrario que él, Gabriel tenía un camino de vello dorado bajando hasta más allá de su vientre perdiéndose en el pantalón, al cual miró con rencor y se vio en la necesidad de deshacerse de el con una brusca fuerza. Sin ellos a la vista y con algo mucho más activo y duro en medio, Sam se quedó observando aquel cuerpo sin tapujo alguno, perfecto, con cantidades específicas sin más ni menos en cada parte

— ¿Cómo lo haces?

— ¿Qué? — Gabriel se sentía desorientado, con esas preguntas en ese momento estaba más que perdido.

— Comes tanto dulce y parece que no lo haces en años. — Sam volvió a gruñir y Gabriel se quedó perplejo por tremenda pregunta.

¿Realmente ese alce creía que era momento justo para criticar sus hábitos alimenticios? Pero su confusión era tan inocente y su desacuerdo tan abrumador que Gabriel sólo pudo reírse entre ahogos.

— Winchester, simplemente soy perfecto.

Con algo de enojo y arrebato desenfrenado por el comentario sin sentido por parte del reportero, sin detenerse siquiera a calcular bien sus movimientos, simplemente se inclinó he introdujo el musculo activo dentro de su boca.

— ¡Ah! — aquello tomó inadvertido al rubio, inclinados un poco hacia adelante para ser espectador de lo que tan maravillosa entrada vocal era capaz de hacer.

Sam aprisionaba la cabeza con sus labios, los bajaba de manera traviesa por su longitud y se detenía brevemente en la base para subir otra vez. Él no degustaba mucho de los dulces o las piruletas, pero Gabriel sería su dulce favorito a partir de ahora.

Con una mano se apoyó para dar masajes con la misma velocidad que su boca entraba a succionar el miembro del reportero, cuya altura dejaba mucho que desear para el tamaño de lo que guardaba ahí abajo.

El rubio se retorcía bajo sus caricias con cuidado y sus manos arrugaban sus propias sabanas en un intento vano de encontrar el control para no dejarse llevar tan rápido. Pero fue un movimiento calculado fríamente de Sam que lo hizo arquear la espalda y enterrar su diestra en la cabeza castaña. El abogado había usado la lengua antes, pero esta vez con la punta dio pequeños toques sobre la cabeza humectada dándole pequeñas corrientes con gran fuerza que recorrieron su cuerpo de punta a punta.

— ¡Sam! — era lo único que podía pensar el reportero y dejar salir de sus labios, hasta que sintió como aquel tortuoso toque lo dejaba en paz y el castaño sonreía con diversión.

— Ahora sí te sabes mi nombre.

— ¡Cállate estúpido egocentrista! — Gabriel aún podía sentir la sensación de aquella boca sobre su miembro dejándolo fuera de sí, así que no le estaba prestando mucha atención a lo que decía su tonto alce. Para rematar sus sensaciones, Sam seguía repartiendo besos dentro de sus piernas.

— Gabe, lubricante. — la voz amortiguada de Sam apenas era audible, recorriendo cosquillas por sus músculos.

— Ba-bajo la almohada.

— ¿Enserio?

— ¿Q-Qué? ¿Uno n-no tiene derecho a soñar erótica-camente con su novio? — Sam no dijo más, se estiró sobre el cuerpo de Gabriel para alcanzar lo dicho y cuando sintió aquel tubito en su mano e iba jalándolo, Gabriel aprovechó aquello para utilizar la fuera de sus piernas y cambiar posiciones.

— Tu juego es de dos, corazón. — Gabriel dio un último guiño antes de tomar el tubito entre sus manos y sacar su contenido en sus dedos. Se inclinó sobre el cuerpo de su novio con una mano completamente estirada y su lengua erizando el pezón bajo el tatuaje de Sam.

El abogado creyó que lo iba a preparar de otra forma, pero cuando sintió el líquido sobre su miembro, sólo pudo retorcerse ante la anticipación de lo que posiblemente vendría a continuación. Sus dedos se enredaron en los rubios ondulaciones de Gabriel, tirando de ellos cuando su lengua era cambiada por sus mismos dientes.

Cuando Gabriel lo creyó oportuno, se levantó de su posición y se acomodó con sus rodillas lo suficientemente alto para alzar las caderas, posicionar su entrada justo sobre el miembro altivo de Sam, dejándose caer sobre con cuidado y en movimientos lentos. A mitad de su camino Winchester lo tuvo que detener para tomar aire o se correría ahí mismo.

— ¡Maldición Gabe! — siseó entre dientes y con la respiración de tenida — ¡Debiste prepararte antes!

— No hacía falta y llevaba prisa. — habló con la voz más engrosada de lo normal, presionando con cuidado sus músculos internos para dejarse un paso libre sin tanto dolor.

A decir verdad preparación no necesitaba, porque no era un santo y aunque con su novio no tuviera ese tipo de acciones, secretamente sobre su cama llevaba tiempo haciendo cosas con la misma imagen de Sam actual en su mente. Sólo que la realidad por supuesto que superó a la ficción.

Siguiendo su camino anterior, ahora con las manos de Sam encajadas en su cadera y cintura, lo tuvo por completo adentro y no pudo omitir un gemido bajo. Tener a Sam dentro de él estaba siendo una odisea para su autocontrol ignorando las punzadas que revoloteaban su entrada mojada por el lubricante.

Momentos después comenzó a cabalgar de forma natural a Sam, con su debido ritmo lento por supuesto pero con la presión necesaria para darle gusto a ambos. Tenía sus ojos cerrados mientras se perdía en aquella sensación de estar completo, de estar bien, sin huecos de ninguna clase en el alma. Hace poco menos de una hora se sentía una escoria miserable por permitir que Héctor y Amal murieran, ahora simplemente no podía sentirse más bendecido.

Cabalgó con un poco más de velocidad sobre su pareja, pero no de una forma bruta o novata, sino moviendo sus caderas con forma circular, parecía que bailaba mientras se acostumbraba al tamaño, arrancándole gemidos roncos a Sam.

— ¡Gabe! — llamó entre sus gemidos a su pareja, Sam también tuvo sus ojos cerrados pero tal parecía que se pusieron de acuerdo para abrirlos a la par y mirarse detenidamente, gozando de pupilas dilatadas y Sam siguió una gotita de sudor corriendo por la mejilla y perdiéndose en aquel cuello.

— Hey Sammy. — sonrió Gabriel entre sus movimientos y jadeos, no percatándose de que le estaba arrebatando el alma a Sam.

El abogado lo veía precioso, hermoso sobre él con su cabello desarreglado, sus músculos tensos y húmedos, caliente en todos los sentidos y ardiente en muchos otros. Gabriel era un héroe, Gabriel era el mismo arcángel que honraba su nombre con todo derecho. Era una persona única que no gustaba de mentiras, pero guardaba secretos, a veces inoportuna otras imprudente, pero en los momentos correctos era justo. Cometió muchos errores también por miedo, pero por su mismo terror supo enfrentarlos.

Y ahí estaban ahora, no queriendo quedarse sin el control pero confiando absolutamente en él para dejar el cuerpo a su merced, sabiendo que jamás sería lastimado en las manos de Sam.

Sam amaba a ese hombre, ya no podía negarlo ni lo haría nunca.

Con eso en mente y sabiendo que no había más tiempo, se sentó muy apenas con cuidado de no lastimar a su pareja, abrazándola entre sus brazos, recorriendo su espalda, sus cicatrices, su caliente alma, bajando sin duda las palmas hasta acunar ambas nalgas en ellas y apretarlas, masajearlas, manejándoles conforme a la situación condujese.

— ¡Oh, Sam! ¡Sam! — Gabriel no dejaba de murmurar su nombre contra su oreja, aferrándose en aquella espalda y hombros, en lo que podía y tenía a su alcance, cuando Sam cambio del ángulo dando con su punto interno.

En algún momento se aferró a él como si dependiera de ello, porque era así también. Arañó su espalda posiblemente, presionó sus dedos contra su piel y mordió su cuello cuando fue mordido en el hombro también, con la última estocada arremetiendo dentro suyo, mágica y curiosamente viniéndose los dos al mismo tiempo sin necesidad de nada más que estar unidos. Algo espeso recorrió su entrada y sobre ambos vientres la humedad se sentía fresca.

Maldita sea, ¿por qué lo habían aplazado tanto?

Con las últimas sacudidas, pasaron aun así varios minutos más para que se volvieran a observar mutuamente con la gracia de que los dos lucían despeinados en el acto. Se rieron por sus apariencias, o seguramente porque aquello supero las expectativas, o tal vez porque sin necesidad de palabras el amor fluía entre ambos y lo sentían.

Sam recostó con cuidado el cuerpo de su amante y salió de él con la misma delicadeza, sin incomodarse por estar manchados uno del otro, se acostaron frente a frente, viéndose a los ojos mientras sus respiraciones se calmaban y el sueño dominaba.

Sam observó cómo Gabriel quedaba dormido poco a poco, fue entonces cuando algo salió de sus labios con mucha fuerza y poder.

— Gabriel, te amo.

Fue un susurro, engrosado por el haber gritado muchas veces el nombre de su amante segundos antes posiblemente, pero tenía una calidez, un abrasador correr de sentimientos, que cuando la palabra golpeó a Gabriel en el rostro este simplemente se limitó a sonreír, como siempre lo hacía.

Y ambos pudieron quedarse dormidos en los brazos del otro.

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La mañana siguiente fue lluviosa, un misterio dada la temporada en New York, pero se sentía fresca y necesaria para el ambiente. Mucho ruido en la ciudad que nunca duerme, aunque era temprano, la gente afuera anunciaba que el trabajo ya comenzaba.

Cuando Gabriel comenzó a abrir los ojos lo primero que notó fue que su cuerpo estaba encima de otro. Lo más normal sería sonrojarse por recordar de golpe la excelente forma en la que ayer terminó durmiéndose, pero en su caso una sonrisa traviesa y satisfecha bailó por su rostro.

Según su despertador en la mesita de noche eran las cinco de la mañana, justo la hora en la que estaba acostumbrado a despertar. Mimoso restregó su cara con el cuerpo ajeno importándole un carajo si despertaba a Sam o no. Bueno, realmente sabía que estaba despierto por el subir y bajar tranquilo de su pecho en el que estaba recargado. Demostrando lo dicho unos dedos comenzaban a trazar figuras extrañas sobre su espalda, pero lo más probable es que estuvieran trazando el tatuaje de alas que tenía en la parte superior.

— No sabía que tenías un tatuaje. — escuchó la voz tranquila de Sam acompañada por las gotas de lluvia que caían en sus ventanales.

— Todos mis hermanos tenemos alas en la espalda, sólo que diferente forma o color. Cada quien. — se encogió de hombros ante lo dicho restándole importancia. — Todos tenemos nombres angelicales, queríamos hacerlo un poquito más literal.

Su cuerpo de pronto fue apresado nuevamente en brazos fuertes, y aunque no quería confesarlo, le estaba comenzando a gustar estar ahí.

— Quizás debamos ir a desayunar. Tengo cereal. — propuso después de un silencio prolongado. Pronto Sam y él debían ir a trabajar, pero tenía esa pequeña necesidad de pasar más tiempo con su pareja dentro de su hogar.

— Gabriel

— Cierto, una ducha no nos vendría mal. — El reportero ciertamente no les estaba prestando atención, creyendo que el abogado diría que necesitaba volver a su trabajo ahora y despedirse de él. No, Gabriel estaba muy calientito en su lugar y no quería moverse por nada que le dijese el otro.

— Gabriel, mi hermano se llama Dean. Es un stripper y por eso no lo veo desde hace seis años.

¡Oh mierda! Justamente cuando Gabriel no quería moverse, se paró como resorte para saber si su pareja bromeaba o no. Por el rostro serio, claramente no era broma.

¡Oh, mierda!

1)Complejo de Edipo: como el deseo inconsciente de mantener una relación sexual (incestuosa) con el progenitor del sexo opuesto y de eliminar al padre del mismo sexo (parricidio). El concepto es utilizado fuera de lugar en la mayoría de las situaciones cuando una persona piensa remplazar el lugar desocupado de dicha figura parental con otra persona.

2) SI VAN A TENER SEXO, USEN PROTECCIÓN. Esto es ficción, por lo tanto no hay tanto problema aunque me siento culpable si di el mensaje equivocado. Sammy y Gabriel llevan diez meses de relación, uno que otro agasaje, son adultos y se aman, pero aún así un condon no les hubiera venido mal. De veras.

3) Yo creo que las familias uno no las decide uno al nacer pero sí las escoge al crecer, y aunque para muchos Bobby fuese más una figura paterna para los chicos, yo creo firmemente que John hizo lo que creyo correcto y de buena forma para sus hijos. Así que no hay nada de malo tenerlo a los dos como padres.

Aparte, yo no quería poner lemon, iba a dejarles con las ganas :v (denle las gracias a Nate Evans), por el simple motivo de que una relación no necesariamente debe ser basada en el sexo. No hay necesidad aunque los dos esten bien guenorros.

4) Dean Winchester ha sido mencionado, ¡así que adivinen quienes van a salir en el proximo capítulo! (9*-*)9

5) Ya tengo trabajo, wiii. Pero descuiden, eso no estorbara en este fic que esta pronto a acabar. Oh, y ya lo decidi. Seran trece capítulo contando prólogo y épilogo, y me van a odiar pero les prometo un buen final jajaja.

6) Sex and City es una serie de una escritora y sus tres mejores amigas teniendo sus aventuras en New York, jajaja... si se preguntaban de donde me llego la inspiración para este fic, vino de esta serie xD