Un rastro de algo pegajoso, un gusano grande y ciego, como un dragón salido de una leyenda


Capítulo noveno


Sebastián se incorpora del lecho que ha compartido sin dedicar una segunda mirada a su acompañante, y avanza hacia la parte delantera de la habitación. Retira cuidadosamente las semitransparentes cortinas, bordadas uniendo alas de mariposa entre sí, un objeto delicado y cruel, como el lugar en el que se encuentra, igual que quien lo gobierna. Se acerca a la barandilla que lo separa del resto de la estancia, posa las manos sobre su rugosa superficie, áspera como la corteza de un árbol, y mira hacia el suelo.

Le gusta contemplar su obra desde lo alto. Sus ojos todavía conservan el velo neblinoso del sueño reciente, pero es capaz de distinguir las manchas rojas de sus guerreros batiéndose en duelo a sus pies. Sus movimientos rápidos, a la velocidad de la luz, dejan un borrón coloreado, una estela informe tras sus pies. No se trata de una lucha a muerte en esta ocasión, no implica derramamiento de sangre, sólo es un entrenamiento. Pero a pesar de la ausencia de sangre, y a pesar de que Sebastian no es muy dado a reconocer la belleza en cualquier cosa, encuentra belleza en ellos. En sus Guerreros Oscuros. Feroces, invencibles, vivos, gracias a él. Valentine tendría que sentirse orgulloso de su primogénito, por una vez, si pudiera viajar atrás en el tiempo y mostrárselos; aunque no es que todo esto, todo el ingenió maravilloso de su creación, tenga nada que ver con Valentine. Pero él, su padre, habría de sentir orgullo ya que finalmente será un Morgestern quien lo gobierne todo; será un Morgestern quien decida si el mundo merece continuar.

Se frota los ojos para alejar los restos del sueño y enfoca con más detenimiento su gran obra. Ve a dos soldados, dos mujeres de mediana edad, con el uniforme de casaca roja, mucho más favorecedor que el negro original, que hace parecer a los cazadores de sombras una columna de la Gestapo. Parpadea tratando de distinguir sus facciones. Una de ellas lleva un alto moño negro, jaspeado de canas, sujeto en lo alto de la nuca. La otra ondea una castaña coleta. Los dos pares de ojos resultan idénticos en la distancia, negros como una noche sin luna ni estrellas, un mar sin fondo; hermosos, bellos… así es. Y todo gracias a él. Le embarga la vanidad soberbia y orgullosa de un padre contemplando a sus criaturas, y eso le gusta. Y si bien sabe que es posible que se trate de sentimientos humanos, y nunca acabará de familiarizarse con los sentimientos humanos, sin embargo, ahí están. Surgen y a veces, muy de vez en cuando, puede sentirlos. Igual que le ocurre cuando se encuentra cerca de su hermana Clarissa. Lo justo para saber que ella debería de estar con él, junto a él.

Tarda poco en deducir quienes son las dos combatientes que atrapan su atención, a pesar de la visión emborronada por el duelo de espadas y su velocidad de vértigo. Se trata de Amatis Graymark y Maryse Lightwood, dos de sus más preciadas adquisiciones.

Amatis fue la primera. Era una pusilánime habitante de Idris (hermana del parabatai de su padre, amiga de su madre, perteneciente al Círculo, en algún momento del pasado), hasta que él la ofreció una razón de ser. La recuerda lloriqueando y retorciéndose desconsolada cuando la obligó a beber de la Copa en Burren. Cómo cambian las cosas cuando se les aplica una pizca de magia oscura por aquí, un poco de mano dura por allá... Ahora ella siempre se muestra complaciente en su presencia: agradecida por la fuerza que le ha dado, por el poder, por las expectativas.

Y Maryse Lightwood. Maryse constituye su más grandioso trofeo, hasta el momento. Fue una dulce agonía para ella la conversión, Sebastian lo recuerda como si todavía estuvieran allí, en el santuario del Instituto de Nueva York, obligándole a beber del vaso hecho de adamas, la sangre de Lilith chorreando por las comisuras de su boca. Ella, de rodillas, toda su familia observando, tiesos como alambres, apenas sosteniéndose en pie. La mueca de odio en la cara de Jace, sus manos sangrantes. Debió de clavarse las uñas en sus propias palmas, el muy estúpido de su hermanito. El resto de los Lightwood fueron un espectáculo menor. Pero Clarissa… Tuvieron que sujetarla un par de sus hombres para que tuviera el honor de contemplar el rito. Clarissa, llameante de hermosa ira, espectacular, con su roja cabellera sacudiéndose al compás de los airados movimientos de su cabeza, su grito ahogado. Clarissa, su hermana.

No puede cesar de repetirse que debería de estar junto a él, en ese ese instante, contemplando la grandeza de su obra.

Es un mantra, una obsesión. Clarissa. Clarissa. Clarissa. Clarissa debería sentirse orgullosa de él; Clarissa debería amarlo.

Y lo hará, cuando llegue el momento estará su lado, tanto si le gusta como si no. Compartirá el trono y el triunfo con ella, el néctar dulce de la victoria, igual que comparten la misma sangre, compartirán los mismos deseos, el mismo anhelo, la misma ira; y entonces ella lo amará; lo amará sólo a él.


Will camina sutilmente desvinculado del grupo, observándolo como una lechuza. Jessamine flota a su lado, y ni siquiera su espectral figura se libra de sufrir los desagradables estragos del calor. El vaporoso vestido se le pega al cuerpo y el pelo se le pega a la piel del cuello y la nuca cual sanguijuela a una vena. Will evita entablar cualquier tipo de conversación con su amiga, ya que al margen de Magnus, nadie más ha dado muestras de poder verla.

A lo que se dedica durante el trayecto es a estudiar a Clarissa Fray por el rabillo del ojo, tratando de no resultar muy evidente, con una mirada precavida. No es precisamente una mujer espectacular, pero la chica tiene su aquel, piensa, mientras recorren el camino que media entre el ático de Magnus, y la casa de la madre del mejor amigo de Fray, en la que Will está destinado a alojarse.

La muchacha, Clary, no deja de explicarle a Jace Lightwood los detalles de su reciente visita al Metropolitan (a saber qué será al Metropolitan), agitando las manos y formando divertidas expresiones con la boca mientras su pariente lejano la mira y la escucha con adoración. Jace Lightwood está hasta los huesos, supone Will, e intenta recordar las veces que él había padecido ese mismo trastorno, cuando lo que sentía era obvio e inmediato, tan necesario como respirar, y no tenía ni ton ni son. Fue con Tessa, siempre con Tessa. En ese instante la echa tanto de menos que resulta doloroso, así que desecha el dolor y deja paso al odio hacia Magnus, por impedirle verla, sabiendo que están tan cerca. Tan cerca.

Y hablando de Magnus. Simon, que no Sullivan, como lo estuvo llamando el brujo todo el rato, camina detrás de ellos, silbando una cancioncilla y mirándose las zapatillas en el proceso. Podría parecer cualquier cosa menos un vampiro, con el alborotado pelo castaño bañado por el sol de julio, una camiseta que reza: "Pasemos al plan B" (ojalá él tuviera un plan B al que agarrarse), y unas gafas de sol que aportan un toque interesante al conjunto. Es un buen tipo, Will se dio cuenta de eso en cuanto lo vio. Un buen chaval encerrado en el cuerpo de un vampiro, diurno y reciente para más señas; de quien diría que lo que más desea en el mundo es poder llevar una vida completamente normal. Él, su guitarra, y su amiga Clary. Will cavila si se estará equivocando, pero piensa que esa pose melancólica, esa mirada nostálgica que atisba por detrás de las gafas, simplemente lo delatan.

Tuercen una esquina. Clary y Jace giran la cabeza para asegurarse de que Will todavía les está siguiendo, por detrás va Simon. Todos han asegurado que la casa de la madre de éste queda a menos de veinte minutos de caminata; después han organizado la escolta: Jace y Clary por delante y Simon por detrás; como si Will fuera un crio, o un peligroso delincuente al que no pueden quitar los ojos de encima.

Mientras avanza por la nueva calle, Will siente algo viscoso pegándosele a la suela de los zapatos. Mira a ambos lados, allí no hay más que chalets. Casas bajas en un barrio residencial de Brooklyn, con pequeños patios delanteros que se adornan con macetas y bancos de recreo, sin un alma a la vista. Tras el aguacero de la mañana, el día se ha quedado tan caluroso que uno tiene la impresión de formar parte de los ingredientes del caldo que forma el aire. Se detiene para mirarse las suelas. Tal vez la brea se esté derritiendo bajo sus pies. Pero no es brea lo que encuentra, sino lo que a todas luces parece repulsiva baba de demonio. Lo reconoce enseguida, lo ha visto innumerables veces, y avisa al resto tras intercambiar una mirada cómplice con Jessamine.

"Jace Lightwood", vocea un poco para salvar la distancia. "Me temo que la porquería babeante de la que hablabas a primera hora de la mañana se ha dejado caer por aquí durante la noche".

Jace y Clary dejan de lado el ensimismamiento del que hacen gala el uno por el otro y frenan para examinar la cosa viscosa que se les pega al calzado. Su familiar esboza una ligera mueca de alarma, pero la única que parece verdaderamente asustada es Clarissa, que se apresura rápidamente a buscar con la mirada a Simon.

"Aquí huele a muerto", apunta éste último.

Y es un comentario certero, el hedor a putrefacción en el aire resulta evidente. Will se lo había atribuido al río, aunque tal vez conserven el Hudson algo más salubre de lo que lo está el Támesis.

Siguiendo el hedor, al poco rato los cuatro y la incorporea Jessamine se hallan rodeando una masa informe de carne, carente de huesos ni piel, en la parte trasera de una de las viviendas; al parecer, abandonada a su suerte, que claramente no ha sido demasiada. La mole se encuentra envuelta por esa repulsiva baba verde que han visto en la carretera, como si fuera una larva de mariposa. Resulta asquerosa a la vista, además de al olfato.

"Bueno. En el pasado pudo ser cualquier cosa, pero ahora es obvio que se trata de un fiambre", afirma Simon, usando su camiseta del "Plan B" para cubrirse nariz y boca.

Jace aguanta estoico la pestilencia, acercándose algo más al amasijo. Lo remueve un poco con el pie mientras lo observa al detalle. "Esto podría ir directo a la trituradora de carne", comenta.

"Jace, no es momento de ponerse en plan CSI", le dice Clary. "No podemos llevarnos esa cosa a ninguna parte. Avisaremos al Cónclave y que ellos se hagan cargo".

"Nosotros somos parte del Cónclave, lo hemos encontrado nosotros, así que nosotros somos quienes lo vamos a investigar", replica Jace. "Ese es nuestro cometido como cazadores de sombras".

"A veces te tomas demasiado a pecho lo de ser nefilim", contesta Clary con disgusto, y luego se vuelve hacia Will. "Pensaba que hoy estábamos ocupándonos de tu primo"

"Tal vez sólo se trate de un perro", alega Simon, observando a la desafortunada víctima con una mueca de asco en la cara.

"Pues yo creo que sería de rigor buscar al responsable de la carnicería", propone Will, una vez que se decide a tomar la palabra, mientras palpa el filo de uno de los cuchillos serafines que ha colocado bajo su ropa.

En realidad a él tampoco le apetece tener que llevar eso que tiene en frente a ninguna parte. Le produce arcadas. Pero la nostalgia lo está devorando. Echa de menos el chute de adrenalina constante que implicaba ejercer como cazador de sombras. Por lo pronto, él fue un gran investigador, nadie puede negarle el mérito. Disfrutaba investigando, y quiere volver a hacerlo, aunque el tema huela a cosa de demonio imbécil y hambriento, no a trama en la que pudiera estar implicado algún subterráneo con ínfulas de poder, que eran sus preferidas.

"La carne se pudre rápido en verano, no creo que pueda andar muy lejos. Tiene pinta de tratarse de algo que se arrastra", añade, para dejar una muestra de su elocuente sagacidad en los asuntos que requieren una investigación a fondo.

Jace lo mira y afirma estar de acuerdo con su diagnóstico.

A Will le sorprende lo rápido que se materializa su premonición.

Algo alargado y que se arrastra dobla la esquina sin dificultad ni medio minuto después. Tiene el cuerpo anillado como el de una oruga.

Will intenta rememorar las clases de tipología demoniaca que le impartió Charlotte en la biblioteca del Instituto de Londres. Recuerda a aquella pequeña mujer, intentando ejercer de madre e instructora suya, de Jem y Jessamine, al tiempo que dirigía el Instituto con todo el viento soplando en su contra. Sería un buen homenaje póstumo recordar alguna de las cosas que ella mencionó en aquellos momentos, demostrar que realmente escuchaba, en lugar de estar inventando trabalenguas junto a Jem, grabándolos a punta de cuchillo en la mesa de la biblioteca en la que solían impartirse las clases. Sin embargo, la adrenalina consume todas sus buenas intenciones en un suspiro. Le preocupa un instante que su runa Mnemosine haya podido dejar de funcionar. Pero a la porra con la runa, ¿a quién le importa una runa, o la memoria, si tienes una bestia verde frente a ti, rugiendo un sonido desgarrado que corta el aire?

"Sebastián ha dejado la ciudad sembrada de especímenes babosos como éste", les informa Jace, quien ya sostiene un cuchillo serafín en cada mano y tiene las piernas en posición de combate. "No es la primera vez que me topo con uno. Son demonios de mierda, lentos igual que tortugas, pero diurnos. A saber a qué reino infernal ha tenido que recurrir para traerlos".

Pues el bicho será lento, pero es capaz de encabritarse como lo haría un caballo, de enrollarse cual serpiente e intentar atrapar a Simon en el proceso. No obstante, Simon, en su primera demostración de poseer facultades vampíricas, lo esquiva rápido como un rayo, colocándose frente a Clary y defendiendo a ésta del mejunje verde que suelta la bestia al moverse, blandiendo la funda de su guitarra como si de una espada vengadora se tratase. Will no puede imaginarse a Jem haciendo algo así con su violín.

"¡Hay que rebanarle el pescuezo!", grita Jace. Y se lo grita a él, no a su chica pelirroja, a quien le hace un gesto para que se quede donde está, tras el instrumento de Simon, y no intervenga en la refriega. Ella se niega a acatar órdenes, y aparta el instrumento y a su amigo Simon de un certero manotazo.

"Por el Ángel, ¿qué estás diciendo?, pero si esa cosa no tiene pescuezo", chilla Will. Y es la verdad, el adefesio es un todo, sin partes desmembrables, al margen de lo que parecen anillos, que se expanden y contraen como si fueran un fuelle.

"Mientras el tímido reflexiona, el valiente va, triunfa y vuelve", murmura Will, para instarse a sí mismo a dejar de andarse por las ramas de la conversación y pasar a la acción cuanto antes. Después le lanza a la bestia uno de los cuchillos que escondía bajo su camiseta, dándole efecto para que de vueltas en el aire, pura aparatosidad teatral.

Acierta sin problemas en lo que se supondría el pescuezo la infame oruga, si ésta contase con uno. Sus proporciones desmesuradas hacían difícil fallar el blanco. El cuchillo se incrusta por debajo de la mugrienta boca, repleta de afilados dientes y portadora de una lengua violácea que el bicho remueve en las profundidades de la garganta, como saboreando su propio icor. Dicho orificio produce de forma incesante la pringosa sustancia verde, igual que si escondiera una cadena de montaje dedicada a tal fin en su interior.

El gusano se sacude y Will piensa que estaría bien que fueran los estertores previos a la muerte, aunque le apena en cierto modo que la lucha tenga que ser tan breve debido a que el demonio que les ha tocado en suerte es lento y bobo.

"¿Esa cosa es lo que ha matado a la masa de carne?", inquiere Simon, que ha asumido la tarea de colocarse entre Clary y la bestia inmunda en todo momento, aceptando las ordenes silenciosas de Jace, a quien, ya no cabe duda, le gusta mandar.

"Yo diría que sí", dice Jace. "Los mundanos se acercan con la intención de hacerles fotos con sus móviles, atraídos por su bizarro aspecto. Luego mueren atrapados en su red de babas", explica. "No es el primero que me encuentro en circunstancias semejantes. Los mundanos son idiotas en un noventa por ciento de las ocasiones, y cuando se trata de lidiar con demonios, el noventa y nueve coma nueve resulta una estimación insuficiente para valorar su grado de imbecilidad. Por eso existimos, para evitar que la curiosidad y la tontería les convierta en pasto de bicharracos como éste".

Finalizado el discurso, Jace incrusta un par de hojas con runas en los ojillos de la criatura, que por alguna inexplicable razón, esta vez posee ojos y sólo son dos; por lo general suelen ser o muchos o ninguno. Clary, liberada de nuevo del muro protector de Simon, le dispara a la boca. Will por su parte, ha malgastado varios cuchillos intentando discernir dónde demonios tiene el pescuezo la cosa, dado que no ha muerto a la primera. Aunque lo cierto es que ya está más muerta que viva. Will nota como empieza a exudar un humo negruzco con tufillo a azufre, y en escasos segundos se desintegra en el aire, con un chasquido burbujeante cuando su existencia llega a su fin.

"En fin. Demasiado corto para mi gusto", exclama sin poder evitarlo.

"Los años están haciendo estragos en tu anciano cerebro", replica Jace a su afirmación. "A estas criaturas, cuanto antes se las ataje mejor. A veces temo que muten en algo todavía peor".

"El cerebro en la vejez no se deteriora, simplemente prescinde de lo superfluo", le informa Will airadamente ante la mención de su edad. En momentos como ese se siente la voz de la experiencia.

"El cerebro con los años lo que hace es encogerse, estimado pariente", replica Jace

"Sea como fuere", habla Simon, el vampiro diurno, dejando el tema del tamaño cerebral en la senectud para mejor momento. "La cosa nos ha agasajado su agradable moco verde gelatinoso que huele a rayos. Vamos a llegar a mi casa chorreando esa sustancia. Y si bien mi hermana es mucho más tolerante que mi madre en cuanto a la pulcritud, no va a agradarle que pongamos perdida la entrada".

"Por mí no tendrás que preocuparte" dice Jace. "Os acompaño hasta la puerta y me largo al Instituto. Allí me está esperando un emotivo reencuentro familiar que no me perdería por nada del mundo. Seguro que a Robert le encanta estrechar mi hermosa mano pringosa de icor".

"Va a estar Alec", le dice Clary a Jace, como para animar al chico.

"Noto como palpita mi runa de parabatai con la cercanía", murmura Jace con algo similar a la emoción en la voz. Will entiende el sentimiento, y de manera inconsciente palpa la suya por encima de la camiseta.

Dejan atrás el altercado, y los retos de cuerpo humano en el jardín trasero de la casa en que los encontraron, y reemprenden la marcha hacia la vivienda de Simon, esta vez en silencio. Will supone que alguien se ocupará de avisar a las autoridades pertinentes más tarde.

Jace le pasa a Clary un brazo por encima del hombro, Simon avanza a la derecha de ambos y Will a su izquierda. Jessamine, está al borde de la arcada definitiva debido al asco que le da el icor. Sorprendentemente, Will deja pasar la oportunidad de meterse con ella, entre otras razones, porque es el único que tiene el honor de presenciar su deslumbrante cara de asco. A Jessie nunca le gustó la ilustre tarea de matar demonios.

Poco más tarde, se detienen frente a un chalet pareado de dos plantas, con macetas de geranios flanqueando la escalera que lleva al porche. A Will le resulta curiosa la forma en que múltiples símbolos religiosos penden colgados de puerta y pared exterior. Los hay de todo tipo: cruces cristianas de diferentes tamaños y formas, estrellas de David, una Menorá, el Anj, que se usaba en el Antiguo Egipto como símbolo de vida, e incluso un símbolo que procede de la escritura en sanscrito, una esvástica. Jace había afirmado que Simon era judío, pero por lo que parece su familia le da a todas las religiones por igual.

Jace hace un esfuerzo por apartar todo el mejunje verde que lleva en la cara y el pelo antes de plantarle un beso a Clarissa en los labios. Luego da un par de palmaditas a Simon en el hombro, igual que haría con una mascota que ha hecho algo bien.

"Tengo que darte las gracias Simon, por acoger a William. Te debemos una"

Will opina que debería de ser él quien se encargue de mostrarse agradecido, pero en fin.

"Tú, en concreto", dice Simon. "Ya me debes muchas, Jace Lightwood".

"¿Lo haces por añadir deuda una más a tu lista?", pregunta Jace frunciendo el ceño, aunque sin ningún dramatismo. "En cualquier caso creo que la ristra de deudas es recíproca, Lewis. Creo recordar que una vez te di de beber un poco de mi sangre para que pudieras vivir".

"Lo hago porque Will me cae bien", confiesa Simon; Will cree que para que Jace abandone el peliagudo tema de las deudas.

"A mi también me cae bien Will", señala Clary.

"Es que Will es un gran tipo", afirma Will, haciendo un gesto para ceder la palabra a Jace y dar de esa forma continuación a las alabanzas, que nunca están de más cuando se trata de uno mismo.

"Es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente", es todo lo que dice Jace.

Qué arduo resulta el muchacho a veces. La familia no se elige, pero de no ser así… Y es que parece que Jace Lightwood esté por la labor de bajarle los humos continuamente. Tampoco es que a Will le parezca del todo mal. Siempre le ha venido bien alguien que le baje los humos, y en ausencia de James o Tessa…

"A cualquier cosa le llaman cita hoy en día", masculla Will mientras se gira con la intención de cerrarle la boca como sea a Jessamine, que parece muy divertida a su costa.

Una vez que su juvenil pariente remoto ha desaparecido, Simón aporrea la puerta de su casa con fruición, sus manos resbaladizas no permiten el uso de llaves, hasta que una joven dama acude a abrirla.

Su hermana, intuye Will, dado que la larga melena ondulada de la muchacha es de la misma tonalidad caoba que la del vampiro. Los ojos no puede distinguirlos porque ella los mantiene entrecerrados, pero la nariz y la boca son inequívocamente similares.

Ella sonríe ante la imagen que se le presenta y no es de extrañar, a pesar de que Simón había previsto una gran bronca. Los tres están pringadísimos con la salsa verde del gusano. La chica, que viste un pantalón vaquero deshilachado con mil boquetes, y una camiseta que deja toda su espalda al descubierto, les invita a pasar, no sin antes obligarlos a quitarse las zapatillas en la entrada, e ignora básicamente la presencia de Will, aunque éste supone que debe de ser el único desconocido de entre los tres.

"Qué Simón, ¿habéis estado jugando al Paintball con Blandi Blue?", pregunta dirigiendo la mirada hacia su hermano.

"Algo así", contesta el vampiro.

"Bueno, pues ya podéis ir desfilando hacia la ducha. Una vez que estéis limpios y relucientes podremos proceder con las presentaciones y los saludos", dice la chica, con una mueca de risa formándosele en la cara. Will la devuelve la sonrisa, aunque sepa que ésta no iba dirigida para él. Ante lo cual la joven le lanza una mirada de largo alcance, y desaparece por una puerta sin añadir nada más.

Simon resopla y se gira hacia Clary. "Te dije que ha decidido actuar como una madre plasta, en ausencia de la nuestra", comenta a su amiga.

"Venga, Simon, te encanta que Rebecca esté aquí. Además, ella ya sabe lo del vampirismo y lo acepta".

"Una hermana mandona y mequetrefe es lo último que necesito en estos momentos, con todo lo que está pasando", asegura Simón. "Aunque me consigue sangre fresca a diario, eso también es verdad. Le ha contado al carnicero que añadir sangre de vaca a los tonos rojizos de la pintura al óleo es lo último de lo último entre los artistas más chic de la vanguardia neoyorkina".

"Becca siempre estuvo un paso más allá", afirma Clary.

"Eso sí que es verdad", conviene Simon.


a/n: mi pequeño homenaje a Benedict Lightwood. ¿Un review?

.