10
El juicio
Sirius se vio obligado a recordar a Peter Pettigrew, pese a que no le gustaba hacerlo; sin embargo, Dian ya había escuchado el relato de cómo Colagusano se había transformado en un animago, viviendo incluso con los Weasley, para acercarse a Harry Potter. Pero ella desconocía que Sirius y James también fuesen animagos.
Ahora todo estaba claro: Sirius había podido salir de Azkaban de esa forma. Dian estaba fascinada. Sirius regresó a su estado normal con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Claro: los merodeadores! —exclamaba ella.
—¿Ves?, no fuiste la única animaga ilegal, señorita presumida —dijo Sirius, cruzándose de brazos.
—¿Por qué no me lo habías dicho? —preguntó ella con emoción.
—Eran muchas cosas para ti en poco tiempo, ¿no crees?
—¿Desde cuándo?
—Desde Hogwarts, quinto año.
—¡Vaya! —gritó ella—. ¡Todo este tiempo me lo ocultaron! ¡Transformándose así por ahí y jamás me lo dijeron!
Dian, aunque emocionada todavía, golpeó a Sirius en el brazo con evidente molestia: ella era su mejor amiga y le había ocultado su animagia. Harry los miraba muy divertido, pero su padrino hizo señas para que no hablara nada, porque presentía que Dian estaba muy próxima a preguntar algunas cosas más.
—¿Y por qué? —dijo Dian, apresurada, confirmando las sospechas de Sirius—. ¿Por qué animagos?
—¿Y por qué no? —dijo Sirius—. Imagínalo: salir cuando quisiéramos, a donde quisiéramos.
—¡No puedo creer que nunca me lo hayan dicho! —exclamó ella, luego se fue caminando por todo un corredor de Hogsmeade.
Sirius y Harry la siguieron, pero el primero no dejaba de hacer señas aprehensivas a su ahijado, lo cual extrañó mucho al muchacho escuálido de gafas. Dian siguió caminando a grandes zancadas, sin poder evitar hablar muy fuerte de vez en cuando.
—¡Las cosas increíbles que pudimos haber hecho! —decía ella con la vista perdida—. De haberlo sabido hubiese pedido consejo a los merodeadores en lugar de intentar transformarme fallidamente tantas veces—. ¿Y por qué Lupin no fue animago? —preguntó ella, interesada—. ¡Seguramente les lanzó un eterno discurso moral! —rio divertida—. ¡Ya sé, ya sé! —puso un gesto adusto, se cruzó de brazos e imitó la voz juvenil del Lupin adolescente—. "Como prefecto debo decirles que están cometiendo gravísimas faltas a las mil reglas de Hogwarts".
—Exactamente —asintió Sirius, intentando evadir cualquier intento que hiciera Harry por hablar. Éste por su parte lo miraba confundido—. Ya sabes cómo era él.
—¿Se lo ocultaron también a Lily? —preguntó ella repentinamente.
—Ella en algún momento lo llegó a saber, poco antes de casarse con James.
—Y también los regañó, ¿cierto? —dijo Dian, divertida mirando a Harry—. Era difícil hacer cosas buenas con tu madre y Lupin mirándolo todo.
Harry sonrió e iba a decir algo, pero Sirius negó con una mirada represora. Dian siguió encantada recorriendo el camino largo, mirando las tiendas y todo alrededor, como si fuese la primera vez. En su mirada había excitación y jovialidad. Se tomó el brazo de Sirius que reía con ella, pese a que le ocultaba muchas cosas importantes.
—¿Recuerdas cuando vinimos aquella vez en primer año sin permiso? —preguntó ella, emociona.
—¿En primero? —Sirius la miró extrañado y dejó de sonreír—. No lo recuerdo.
—¿Qué? —dijo ella, confundida—. Vamos, no vas a decirme que estoy inventándolo. Si estuvimos en la Casa de los Gritos. James, tú y yo. Salimos despavoridos cuando escuchamos unos ruidos extraños, ¿lo recuerdas? —insistió con impaciencia—. ¡Compramos un montón de cosas en Zonko, cuando era nueva!
—La verdad es que… no recuerdo —negó Sirius.
Dian volvió a confundirse, al fin un pensamiento estaba claro y probablemente era falso. Estaba segura que había ocurrido, pero Sirius había cambiado de tema notablemente con Harry.
—¿Vamos por las escobas? —preguntó animadamente a su ahijado.
—Vale, te diré cuáles son las mejores —sonrió Harry a Dian. Ella les dirigió una mirada incierta y se despegó del brazo de Sirius.
—Creo que otro día sería mejor —dijo con la voz apagada, ahora estaba profundamente decepcionada de sí misma y confundida. Incapaz de tener un buen recuerdo.
Caminó lejos de ellos, para ordenar sus pensamientos. Harry miró a Sirius ceñudo.
—Ella no sabe lo de Lupin —gruñó Sirius bajando el tono de su voz.
—Pero mira lo que le has hecho —reprimió Harry.
—Lupin se lo dirá cuando sea el momento.
—¿Y cuándo será eso? —preguntó Harry, viéndola alejarse—. ¿Qué más le han ocultado?
—Nada. Sólo le hemos dicho la mitad de todas las verdades.
Grimmauld Place estaba concurridísimo, se escuchaban voces, quejas y exclamaciones por todos lados. Harry, Sirius y Dian llegaron a casa agotados, se reencontrarían con los demás, pero ella no estaba muy segura de querer eso. Tenía suficiente con esa mañana. Antes de llegar siquiera a la sala dijo retirarse a su recámara. Harry volvió a mirar a su padrino con desaprobación, tal cual lo hubiese hecho Lily en algún momento.
Sirius, impaciente y culpable, siguió a Dian. Ella no le pidió que se fuera, por el contrario, parecía querer compañía. Se sentó en el diván escarlata que ocupaba una de las alas de la habitación de Sirius y pensativamente comenzó a hablar con prudencia.
—Increíble que no hubiesen podido aprehender en ese momento a Colagusano —dijo, ella.
—Bueno, él ya pagó lo que debía. Lo más asombroso es que Harry lo perdonó. James hubiese hecho lo mismo.
—¿Cómo pudiste soportar todo aquello? —preguntó ella, admirada—. Pagar una condena que no era la tuya.
—El mundo se equivoca siempre —dijo él, sonriendo con melancolía—. Pero no fue tan malo… es decir, siempre se puede rescatar algo de las malas experiencias.
—Si tan sólo pudiese seguir tu ejemplo —se lamentó ella, con la vista perdida en la ventana.
—No desesperes, los recuerdos llegarán —dijo Sirius sentándose a su lado—, tarde o temprano.
—Siento que hay mucho dentro de mi cabeza y cuando intento recordarlo todo se borra —dijo Dian con angustia.
—En verdad, ¿no recuerdas por qué te uniste a los mortífagos? —preguntó él con cautela.
Dian echó una mirada a la puerta, se dirigió hacia ella para cerrarla y cerciorarse de que no hubiese nadie cerca, cuando se sintió segura miró a Sirius con honestidad.
—Si te refieres a lo del vampirismo, claro que lo sé —dijo Dian sin perturbarse—. Sé que mi abuelo era un vampiro y sé perfectamente que intenté transformarme en uno —Sirius no parpadeaba ni emitía ningún sonido—. Pero eso no es todo, hay algo más y eso me aterra.
—¿Qué quieres decir con "algo más"? —preguntó Sirius, extrañado—. Siempre dijiste que eso te había llevado a…
—Sí, sí, lo sé —asintió ella, con malhumor—, pero no es la única razón, algo me dice que hubo otra circunstancia, algo que no recuerdo en absoluto.
Dian estaba muy enfadada y la frustración había regresado para atormentarle. Sirius lo comprendió, se levantó del diván y fue hacia el armario. Abrió las puertas del mueble de par en par y arrastró algo consigo.
—Aquí tienes —dijo Sirius halando una superficie de madera. Sobre ella había una vasija de piedra, con inscripciones antiguas esculpidas, de color gris opaco—. Está vacío, no ha sido usado en años, me encargué de dejarlo limpio.
—Un pensadero —dijo Dian entusiasmada—. ¿A quién pertenecía? —mirando el interior con curiosidad.
—A Regulus.
—Regulus —resopló ella, con nostalgia—. ¿Qué has hecho con sus recuerdos?
—Había muy pocos, en realidad —respondió Sirius, pensativamente—. Y todos eran bastante malos. Sólo me guardé uno —Dian lo miró con tristeza, Sirius esbozó una débil sonrisa—: un partido de quidditch que ambos fuimos a ver cuando niños. A él le gustaba que narrara los partidos a mi modo —rio.
—Vaya, de haber sabido que Regulus estaba de nuestro lado… —dijo Dian.
—Las cosas suceden por algún motivo —dijo Sirius apresurado, sin permitirse regresar al pasado—. Te dejaré sola para que descanses.
Dian asintió y dio gracias por el nuevo instrumento, aquel que probablemente la sacaría de un aprieto. Colocó las compras sobre la cama, la ropa nueva y la varita mágica. Sentía mucha curiosidad al ver los cambios con el tiempo, la ropa sin duda era distinta a la que antes solía usar, se sentía bastante desubicada suponiendo que su atuendo sería el mismo, pero había tenido que elegir un montón de ropa nueva y actual. Pero fue aún más su curiosidad al sostener la delicada varita sobre sus manos: caoba, 33 centímetros, fibra de corazón de dragón. A los once años, el señor Ollivander le había dado una de roble, 30 centímetros, cabello de Veela, muy flexible, esa la había acompañado hasta el día de su supuesta muerte.
Dian intuitivamente se tocó el antebrazo, aquel donde estaba la marca tenebrosa, la cual había tenido cuidado de ocultar frente a Harry Potter, incluso ante Sirius y Remus, quienes por supuesto sabían que la tenía, pero ella prefería no mostrarla. Giró al escuchar que alguien tocaba la puerta. Remus estaba de pie frente a ella, con una sonrisa tímida.
—¿Qué tal fue el paseo? —preguntó él, con amabilidad.
—Bien, bastante entretenido con Black como guía —sonrió ella, bajándose la manga lentamente.
—¿Qué sucede? —preguntó Remus, entrando en la habitación.
—Sirius me ha contado de su transformación —dijo ella, sin darle importancia. Remus la miró con sorpresa.
—¿Ah, sí? —dijo éste dubitativamente—. ¿Qué fue lo que te dijo exactamente?
—¡Nada! —exclamó ella, emocionada—. ¡Se transformó en perro así como así! También me dijo que James y Colagusano lo hacían —terminó con desagrado. Remus muy nervioso asintió.
—Sí, he de ahí los merodeadores.
—¡Y lo del mapa del merodeador! —agregó ella divertida—. ¿No te parece una injusticia que no me lo hayan dicho? Me hubiesen ahorrado mucho contratiempo para cuando me transformé también.
—Sí, lo sé.
—Y le dije que seguramente tú desaprobaste la descabellada idea.
—Sí… ehm, algo así.
—¡Exacto! —sonrió ella, divertida—. ¡Tal cual lo imaginé!
—¿Te dijo algo más? —preguntó él con temor.
—No, nada —negó ella indiferente—. ¿Por qué?
—Por nada.
—Qué aguafiestas fuiste, Lupin. ¡Debiste haberte transformado también!
Remus sonrió con timidez. Dian lo notó y su expresión de felicidad se tornó sombría.
—¿Tendrás unos minutos? —preguntó Lupin, torpemente.
—Claro —afirmó ella, aunque temerosa.
Remus buscó las palabras adecuadas en seis segundos. Pero ella todas las sabía, lo observaba con una discreta sonrisa melancólica.
—Creo que al fin podemos hablar —resopló Remus, nerviosamente. Ella continuó atenta a sus palabras, sin inmutarse—. Hay algo que debo decirte…
—No, no lo digas así —dijo Dian de pronto, sin perturbarse—. Así es más difícil para ti y para mí también.
Remus, sorprendido, no pudo evitar contemplarla y sentirse aún más culpable.
—No sé… yo… —comenzaba a decir.
—Remus, esto es inevitable —asintió ella—. Sólo dímelo.
—Hace tiempo conocí a alguien.
Ella lo escuchó. Su sangre hervía, sentía el pulso acelerado. Tenía que estar ahí de pie, fingiendo ser una piedra, aunque si él la llegase a tocar se desmoronaría. Era incapaz de hablar. Cuando Remus terminó de hablar, casi pudo sentir cómo se rompía algo dentro de ella, tan sonoro y fuerte que se estremeció.
—Lo sabía —dijo Dian con una voz que no parecía la suya.
—Se llama Tonks —afirmó Remus, aunque ella hubiese preferido nunca conocer su nombre—. Hace un par de años que la conocí —Dian no daba indicios de querer decir algo, así que él continuó—. Todo ese tiempo… estuve solo… Cuando te perdí todo se acabó. Fue muy difícil comenzar de nuevo, fue tan doloroso tener que aceptar la realidad…
—Remus no… no digas eso —negó ella, con aflicción—. Sé lo que debió significar comenzar de nuevo. Pero no hiciste nada grave, sólo lo que tenías que hacer. Tenías derecho a ser feliz y para mí eso es más importante que cualquier cosa, no importa el precio —su voz se quebró y tomó aliento para continuar—. Ahora mismo puedo imaginar que te sientes confundido, y yo no quiero provocarlo más.
—Tienes que saber que Tonks y yo no estamos juntos ya —dijo él, apresurado—.Todo terminó hace poco.
—¿Todo? —preguntó ella con cautela, temiendo saber más de la historia.
—Dian… lo siento mucho.
Ella se acercó a él, hasta estar a unos centímetros, lo miró de frente.
—Recuerdo todo lo que sucedió entre nosotros la última vez, eso no lo he olvidado —dijo Dian—. Tampoco olvido la promesa que nos hicimos, ni que hasta entonces estábamos juntos. Esa noche estuvimos juntos —dijo interrumpiendo sus palabras, mirándolo intensamente a los ojos— pero entiendo lo que está pasando. Sé que el hecho de que no haya muerto y estuviese presa en un abismo en medio de la nada no significa que el tiempo real se haya detenido, este tiempo, tu tiempo. Siguió y tú con él, hiciste tu vida tal cual me hubiese gustado. Conociste a una persona y es un hecho que no puedo cambiar —el verde aceituna de sus pupilas se había humedecido—. No puedo negarte que me duele. Pero me lo esperaba. Esperé todo esto desde que Dumbledore me hizo despertar. La realidad es que no tengo veinte años y desperdicié diecisiete perdida en alguna parte sin tener idea de quién era. Y ahora que estoy aquí, supuestamente decidida a comenzar, me doy cuenta que aun así no pertenezco a este sitio, todavía.
—Tú y yo teníamos algo juntos, antes de toda esta desgracia —dijo él con súplica.
—Sí, lo tuvimos, pero luego yo morí.
—No moriste —negó él con fuerza.
—Parece que sí, Remus, morí. Nadie en ese momento imaginó o predijo que esto iba a pasar, para todos morí. No podías vivir con eso para siempre.
—Lo hubiese hecho —dijo él con arrebato—, hubiese podido seguir contigo aún hasta en la muerte.
—Remus, no me hagas esto —rogó ella con los ojos lagrimosos—, estoy intentando comprenderte y resistir. Por favor. No es sano para nosotros, ahora no podemos. Todo ha pasado demasiado rápido, hasta ayer yo no sabía nada de mí y ahora estoy aquí contigo y parece que han pasado miles de años. No quiero que te atormentes más, sólo intentemos permanecer aquí…
—Sólo necesito tiempo para pensar —dijo Remus tomándole la mano.
—Sí… —musitó ella.
Sus rostros estaban muy cercanos, tal cual la última noche que habían estado juntos. Ese pensamiento hacía mucho daño. Se separaron conscientes de ello, sin mirarse. Remus se alejó hasta desaparecer en el corredor, cerrando la puerta tras de sí, lentamente. Dian apartó la mirada y se dirigió al pensadero.
Tomó la varita nueva, se llevó la delgada punta a la sien y con un leve destello una fina línea plateada salió de su cabeza, con sus más profundos pensamientos. Con sumo cuidado los dirigió hasta la vasija. No eran las imágenes de lo último que había hablado con Remus, tampoco era un pensamiento muy cercano. Era algo del pasado, el único consuelo que le quedaba hasta ahora. Depositó ese recuerdo preciado dentro y miró con atención cómo se desvanecía y se arremolinaba en un líquido plata. Ese era el recuerdo del primer beso que Remus le había dado hacía tiempo atrás.
Lo segundo que cayó en la vasija no fue un pensamiento, sino una lágrima, también del pasado.
Hermione seguía sin dirigirle la palabra a Ron, a éste no parecía importarle mucho, se dedicaba a quitarle tiempo a Harry y lo pasaban juntos, aunque el pelirrojo no podía parar de hablar de la chica castaña, exaltando siempre sus defectos y manías. Harry estaba cansándose de escucharlo, pero no podía decir nada, porque no estaba claro qué es lo que quería gritarle.
Harry salió al patio trasero de la casa Black para despejarse y estar un momento a solas. Se sacudió el pelo con desesperación, intentando olvidarse de todo. Se recargó sobre la pared y Ginny llegó a su encuentro sorpresivamente.
—¿Te sucede algo? —preguntó la chica, con curiosidad.
—No, sólo… tengo un poco de sueño —dijo Harry, fingiendo un bostezo.
—¿Está Ron contigo? —preguntó Ginny.
—Sí, está dentro.
—Vaya, Hermione sigue muy triste. Ron no debería tratarla así. Son el uno para el otro.
Harry se cruzó de brazos sin escuchar lo que Ginny decía, sólo estaba dispuesto a oír sus pensamientos.
—¿Seguro que estás bien? —insistió ella.
Ginny estaba cercana al rostro de Harry, él la miró con nerviosismo. Ginny parecía dispuesta a besarlo, pero él arrebatadamente alejó su rostro. La chica se alejó de él con abatimiento.
—Perdóname, Ginny —dijo Harry, muy avergonzado—, pero no creo que debamos…
—Lo sé —asintió ella—.Pero yo también sufro, ¿sabes? Me desconoces y yo… ¡Sólo mírate! ¿Qué sucede contigo?
—Sólo déjame en paz —dijo Harry, malhumorado.
—Bien, te dejaré en paz como quieres —dijo Ginny con los ojos llenos de lágrimas.
La chica lo miró con furia y salió corriendo hacia las escaleras. Harry se sintió muy torpe y desdichado, pero en el fondo estaba aliviado. Admitió que era injusto, pues no estaba haciendo caso a sus sentimientos y estos le pedían a gritos hacer cosas que quizá no debía.
Dos días después, la casa Black sufría de graves tensiones. Harry se había aislado completamente del mundo, Sirius lo había intentado convencer de regresar a Hogsmeade para ver las escobas nuevas, pero el chico se negaba, de la misma manera en que Dian lo hacía. Ella se concentraba en la multiplicidad de problemas que tenía encima y, por si fuera poco, se sentía muy sola, Remus evitaba encontrarse con ella desde su última conversación. Ambos luchaban por no cruzarse, ni siquiera con el pensamiento, se evadían y sufrían por ello. Dian había llorado esa noche, sin decírselo a nadie, ocultándolo y aparentando normalidad rodeada de todas esas personas.
Toda la Orden iba y venía de cualquier parte. El señor Weasley estaba muy atento al caso de Dian. Moody se había alegrado de tener a "una pieza fuerte y peligrosa" de vuelta en el equipo. La señora Weasley no había simpatizado con ella, Roosevelt le había parecido una mujer desconcertante y estaba segura de haberla visto antes, muchos años antes, se lo había dicho a Sirius quien se echó a reír diciendo que Dian daba esa impresión al inicio, pero era una buena persona.
—Quizá la defiendes demasiado —dijo Molly con suspicacia—. Estoy comenzando a sospechar que es por la razón que Fred y George me dijeron.
—No te ofendas, Molly, pero tienes dos zanahorias muy engañosas —dijo Sirius jugando ajedrez mágico con Ron, que con sólo escuchar el nombre de Dian ponía una cara tonta de embelesamiento.
—No sé, Sirius, pasas mucho tiempo con ella —siguió la mujer, mirándolo punzantemente.
—Es mi amiga, ¿qué esperaras que hiciera? No la había visto en diecisiete años, la creía muerta, ¿te parece poco? —dijo éste, sin levantar la vista del tablero.
—También llevas mucho tiempo soltero… —Molly no lo escuchaba y seguía sumida en sus conjeturas.
—¿Podrías decirle amablemente a tu madre que se deje de conclusiones estilo Moody? —pidió Sirius a Ron, con malhumor.
—Mamá, por favor —dijo Ron, sonriendo infantilmente—. Deja de hablar de Dian. Si a Sirius le gusta es libre, aunque muy afortunado también, basta mirarla.
—Vaya —resopló Sirius ante los argumentos de Ron.
—Sí, sí, es guapa —asintió Molly—, pero muy reservada, ¿por qué tanto misterio, Sirius? Dime, ¿tienes algún pasado con ella?
—Ya te he dicho que no, Molly —insistió éste exasperado—. Nada, absolutamente nada. Es mi amiga.
—Una amiga de Sirius Black —repitió ella, de la misma manera en que lo habían hecho los gemelos—. Eso que te lo crea Kreacher.
Sirius la miró furtivamente. Molly guardó silencio pero no dejó de seguir pensando en esas cosas secretas que seguramente Sirius le ocultaba. No era posible que fuesen tan amigos. Remus casi no hablaba con Dian y Sirius pasaba más tiempo con ella que con cualquiera, incluso más que con Harry.
—Hacen bonita pareja —volvió a decir la señora Weasley, haciendo que Sirius pusiese los ojos en blanco y Ron emitiera un sonido de queja—. Ya tienes edad para formar una familia, Sirius. Imagínate a tus lindos hijos. Si no te das prisa ahora…
—¡Jaque mate! —gritó Ron de pronto, cuando Sirius se había quedado desconcertado al escuchar las escandalosas ideas de Molly.
El rey de Sirius había volado en cachitos, haciéndose polvo y luego reintegrándose de nuevo. Molly quería seguir diciendo más, pero a Ron las orejas se le habían puesto muy coloradas: Dian entró en la salita con una carta en las manos, sin enterarse de que habían estado hablando de ella.
—Llegó la orden para presentarme en el tribunal —dijo a Sirius, con un gesto de preocupación y le extendió la hoja. Molly la miró con interés, imaginando que había sido la antigua novia de Sirius.
—Vaya, es mañana —Sirius leía, con sorpresa—. ¿Estás lista?
—Eso creo —dijo ella, sentándose a su lado.
—Yo… iré a preparar algo —dijo Molly, levantándose de su asiento—. Ron, ven conmigo.
—Pero mamá… —reprimió él, señalando a Dian con la mirada, dando a entender que haría lo que fuera por quedarse ahí.
—Ronald, ven conmigo —volvió a decir su madre con mirada amenazadora. El chico la siguió y Molly guiñó un ojo a Sirius, mientras Dian estaba distraída.
Dian puso una mano sobre la frente y cerró los ojos, parecía concentrarse en algo. Sirius resopló resignado, cruzándose de brazos, y pudo ver que ahí, bajo la manga que Dian, se asomaba el rastro de la marca tenebrosa lo cual lo hizo sentirse un poco incómodo. Pero, de pronto, las palabras de Molly Weasley le vinieron a la mente, causándole mucha gracia. Esbozó una sonrisa mientras contemplaba a Dian, que seguía reclinada sobre su propia cabeza, pensando. Estaba muy linda ese día, a decir verdad, llevaba el pelo diferente, al menos eso él creía; su perfil, su afilado rostro le parecían muy bellos. Sirius repentinamente sacudió la cabeza: ¿en qué diablos estaba pensando?
—¿Qué pasa? —preguntó Dian, mirándolo extrañada.
—Nada, creo que… me ha dolido la cabeza por ese juego —dijo disimuladamente.
Harry entró en la sala, con paso desganado, después de haberse levantado, vestido y alistado para un día cualquiera. Saludó a Dian y a Sirius y se sentó, con el mismo gesto de mortificación que tenían ellos dos, pues seguía pensando en lo último que había sucedido con Ginny.
—Responderé esa carta —dijo Dian de pronto y partió hacia su recámara.
Sirius y Harry se quedaron solos. El muchacho preguntó qué sucedía y Sirius contó sobre la audiencia próxima de Dian, aunque Harry no entendía bien por qué había tanto problema por el solo hecho de haber sido animago ilegal. Después de todo el ministerio había tenido parte de la culpa.
Dentro de la cocina, Ron hablaba excitadamente, abría los ojos a cada frase importante que daba. La señora Weasley ya lo alucinaba, pero no era ella su oyente, sino Tonks, quien llevaba el pelo muy morado y escuchaba atenta.
—¿Recuerdas ese famoso pase? —decía Ron, agitando las manos—. ¡Pues es su padre, Viktor Roosevelt! ¡Y ella está aquí! —su rostro estaba casi tan rojo como su cabello—. ¡Tienes que verla, Tonks! Es muy guapa…
—¿En serio es tan extraordinaria? —preguntó Tonks, encantada—. ¿Ya le has pedido un autógrafo?
—Harry no me dejó —negó Ron, masticando una manzana con prisa—. ¡Pero imagínalo, ella está en todos los registros famosos de quidditch en Hogwarts!
—¡Claro, claro! —exclamó Tonks, entusiasmada, casi saltando de alegría—. Ella hizo un pase casi igual que el de su padre. La señora Hooch siempre nos hablaba de ella… ¡dicen que es rapidísima! ¿Ya ha volado?, ¿la has visto? —dijo con impaciencia.
—No, aún no lo ha hecho, pero no puedo esperar para verla —dijo Ron—. ¿Imaginas?, amiga de Remus y Sirius y de los padres de Harry sin nosotros saberlo.
—Quién lo diría —dijo Tonks.
—Creo que estoy enamorado de ella —dijo Ron, con éxtasis—. Es que es increíblemente hermosa…
—¡Deberías ya guardar silencio! —le recriminó su madre—. Si Sirius te escuchara…
—¿Qué pasa con Sirius? —preguntó Tonks con curiosidad.
—Mi madre cree que ella y Sirius tuvieron una aventura amorosa —dijo el chico mordiendo un pedazo de pan recién horneado—. Qué suerte tiene el viejo Canuto.
—¿En serio? —dijo Tonks, maravillada—. ¿Mi tío emparentado con una de las mejores jugadoras de quidditch? ¡Fantástico!
—Es sólo una conjetura, pero puede ser —dijo la señora Weasley, alejando el pan de Ron—. Se la pasan todo el día juntos, se ríen, se toman del brazo… ya sabes, pero Sirius lo niega. Deberíamos preguntárselo a ella. ¿Y tú, a qué has venido, querida?
—Oh, vine a ver a Remus —dijo Tonks, muy sonriente—. Hace días que intento hablar con él, pero me ha dicho que se encuentra muy ocupado. Fui a buscarlo al ministerio y Moody me ha dicho que estaba aquí.
—Oh sí, salió hace poco pero no debe tardar —respondió la señora Weasley.
—¿Y Sirius está? —preguntó Tonks, dirigiéndose a la puerta.
—¡Está en la sala con Roosevelt! —exclamó Ron, salpicando migas de pan ante la mirada enfurecida de su madre.
—¡Oh, al fin podré conocerla! —exclamó Tonks y salió de la cocina.
Sirius y Harry seguían conversando. El chico le había planteado a su padrino el pequeño problema que había tenido con Ginny y cómo ella había salido furiosa. Sirius escuchaba atentamente, pero cuando Harry estaba a punto de desahogarse y de decirle lo que realmente estaba comenzando a sentir por Hermione, Tonks apareció en la salita.
—¿Qué hay, chicos? —saludó radiante, mirando a todas direcciones, intentando ver a quien Ron había mencionado, pero sólo estaban ellos dos.
—Hola, Tonks —saludó Harry, contento.
—¿Tonks? —dijo Sirius, casi alarmado—. ¿Qué haces aquí?
—Vine a buscar a Remus, pero creo que ha salido… —respondió la chica despreocupada.
—Sí, sí… ¿te dijo que se verían aquí? —preguntó Sirius, nerviosamente. Harry lo notó.
—No, quise darle una sorpresa —dijo ella, encogiéndose en hombros.
—¿Sorpresa? Vaya… —dijo Sirius con preocupación.
—¿Sucede algo, Sirius? —preguntó ella, extrañada.
—Oh, no… nada —fingió éste—. ¿Cómo se encuentra tu madre?
—Bien, excelente —respondió ella—. Me ha dicho miles de veces que quiere tomar el té contigo.
—Sí, espero que nos visite…
Sirius no terminó de hablar, se puso más nervioso y miró de soslayo hacia el umbral de la sala: Dian entró en la habitación, llamando la atención de Tonks. Sirius se levantó de prisa.
—Déjame presentarte una amiga, estudió con nosotros en Hogwarts —dijo Sirius a la chica de pelo morado—. Tonks, ella es Dian Roosevelt.
El rostro de Dian se desencajó, miró a la chica que tenía enfrente: la falda escocesa y mallas rotas, las botas desgastadas y un atuendo indiferente con cadenas colgantes, el cabello de un morado encendido. Ella era Tonks. Sirius no estaba enterado de que Dian ya sabía con perfección de quién se trataba.
Tonks se precipitó y se acercó a Dian con torpeza y enajenación. Al fin la conocía, a la famosa Roosevelt, hija del gran jugador de quidditch. Y era tal cual Ron había dicho: muy guapa.
—Hola, soy Nymphadora Tonks —sonrió la chica, estrechándole la mano y sacudiéndola—. Pero llámame sólo Tonks, como todos, el Nymphadora no me gusta… pero mucha gente no hace caso de ello —decía animadamente—, así que Tonks, sólo Tonks. No sé por qué te estoy diciendo esto… te debo parecer agobiante. Pero es que me han hablado tanto de ti.
—Encantada —Dian esbozó una sonrisa, sin poder aún creerlo.
Sirius sonrió, Harry lo había notado, su padrino observaba con curiosidad a las dos mujeres y se sentó en su sillón favorito, mirándolas como si algo le pareciera muy divertido. Harry llevaba la vista de un lado a otro. Dian tenía una mirada extraña y parecía que las mejillas se le habían coloreado más de lo normal.
—Es decir, me han dicho que eres la hija de Viktor Roosevelt. ¡Es una maravilla!
—Sí… —respondió Dian, intentando, por todos los medios, aparentar cortesía.
—¡Vaya! ¡Qué increíble! —decía Tonks, maravillada, mientras Sirius las miraba atentamente—. ¡Su propia hija delante de mí! —hizo una pausa y abrió los ojos con más emoción—. ¡Qué locura! Tienen un historial completo tuyo en Gryffindor, como una de las mejores cazadoras. ¿Lo sabías? —Tonks parecía completamente asombrada con la presencia de Dian—. ¡Tu padre hizo ese pase legendario!
—Dian hizo algo muy parecido en el colegio también —intervino Sirius, divertido, ignorando por completo que Dian sabía quién era Tonks.
—¿En serio? —Tonks pensó en sacar su libreta del morral de chaquira y colores y pedirle un autógrafo.
—No fue tan parecido —contestó Dian, ruborizada.
—¡Debió serlo! —exclamó Tonks—. ¿Él todavía juega?
—La verdad es que… —Dian no sabía cómo explicarlo, mucho menos a Tonks.
—Sólo como hobbie, pero sigue siendo fantástico, ¿cierto? —respondió Sirius por Dian.
—¡Maravilloso! —dijo Tonks, emocionadísima, su pelo casi cambiaba de color, Dian se extrañó todavía más, pero era incapaz de seguir mirándola—. Sería increíble verte volar y…
Se escucharon pasos en el vestíbulo y de pronto Remus apareció en la salita, con un libro en la mano que casi dejó caer en cuanto se percató de que Dian Roosevelt y Nymphadora Tonks se encontraban reunidas en la misma habitación. Miró hacia ambos lados: Tonks sonreía jovial y ansiosa, muy cercana a Dian, quien se había cruzado de brazos dirigiéndole una mirada a él dura. Eso era imposible, ellas no podían estar juntas, no ahí, no en ese justo momento.
—¡Remus! —exclamó Tonks en cuanto reparó en su presencia—. ¡Sirius me ha presentado a Dian! Es increíble, yo la admiro mucho.
Remus no entendía. Dian se parecía verdaderamente furiosa. Sirius miraba a ambas como desconectado del universo, como si ese encuentro pudiese causar un desastre irreparable.
—Pensé que… —comenzaba a decir Remus, temeroso. Dian le había apartado la mirada, cabizbaja.
—Oh, sólo quería darte la sorpresa —se apresuró Tonks—. ¿Tienes tiempo para hablar?
A Dian le hervía la sangre, pero se mantuvo de pie. Remus asintió e hizo una seña a Tonks para salir de ahí.
—¡Encantada de conocerte, Dian! —dijo Tonks nuevamente con energía, sacudiéndole la mano—. ¡Nos veremos muy pronto!
Remus salió del vestíbulo, dirigiéndole una mirada inquietante a Dian, que por su parte lo había notado. Tonks siguió a Remus, despidiéndose de Sirius y Harry que habían sido espectadores de algo extraordinariamente inusitado. Harry sin saber qué ocurría fue a la cocina pues comenzaba a oler el pan recién horneado. Sirius enfrentó la mirada de Dian, quien seguía paralizada en su sitio.
—¿Estás bien? —preguntó Sirius con delicadeza.
Dian se cruzó de brazos y respiró hondo.
—¿Qué clase de nombre es Nymphadora?
El día de la audiencia de Dian llegó. Y llegó en un momento sumamente delicado. El señor Weasley se había ofrecido para acompañarla hasta el tribunal. Ella necesitaba apoyo moral, así que le pidió a Sirius que la acompañase, pero éste no pudo hacerlo, pero acordó reunirse con ella terminando la audiencia. En cambio, Remus había sugerido acompañarla, Dian aceptó, pensando que no quería estar sola, pero la relación entre ellos era aún más hostil. Dian seguía muy confundida por su encuentro con Tonks; al fin había conocido a la mujer que la había suplido y que, quizá, había tratado de borrarla, de hacerla desaparecer de la vida de Remus. Le dolía mucho pensarlo y aunque lo evitaba, siempre caía en lo mismo.
Aparentemente, Tonks no sabía nada de Dian, lo cual le dio a ésta elementos suficientes como para pensar que Remus, en verdad, la había olvidado.
El señor Weasley, Dian y Lupin se condujeron por todo el ministerio, para llegar al Concilio de la ley mágica. Dian vestía una elegante gabardina, con ella casi podía cubrirse el rostro, pues estaba segura de que sería reconocida por muchas personas dentro del ministerio. Ella podía intuirlo, por ejemplo, con Molly Weasley quien siempre la observaba con cierta curiosidad. Seguramente ella la había visto alguna vez en uno de los carteles de recompensa que el ministerio había repartido por todo el mundo durante el primer levantamiento de lord Voldemot.
Dian sabía perfectamente que ese día sucedería el encuentro con su prima, todo había sido acordado, y no sabía qué era lo que le ponía más nerviosa. ¿Cuál de los dos juicios sería más difícil?
Llegaron a una ante sala, bastante oscura, donde Remus y Dian aguardarían al llamado de ésta. El señor Weasley salió para informarse de algunos asuntos dejándolos solos. Solos, totalmente, en silencio.
Dian estaba demasiado ocupada en sus propios pensamientos. ¿Cuál sería su explicación?, ¿le creerían? Todo iba más allá de las razones que su entendimiento le daba. Se encontraba muy nerviosa, Remus aguardaba con ella, con las manos entrelazadas apoyadas en el mentón, ocultaba su propio nerviosismo para no hacerla sentir peor.
No se escuchaba nada más que el sonido de las manecillas del reloj de pared detrás de ellos. Las manos de Dian estaban frías. Se levantó de pronto de su asiento y comenzó a caminar de un lado a otro, frenéticamente. Remus alzó la vista, observándola, distraído. Se puso al par con ella, detuvo su marcha incontenible y le sujetó las manos con dulzura. Ella temblaba y no sabía bien por qué.
—Sólo son unas preguntas, tienes que contestar con la verdad y todo se acabará —sonrió él con confianza.
—Suena demasiado sencillo —dijo ella, aún alterada.
—Pasará rápido —Remus sostenía con sus manos las de ella, tan seguro de lo que hacía que a Dian no parecía importarle lo del día anterior.
El señor Weasley entró de pronto, asustándolos. Se disculpó y se dirigió hacia Dian, que estaba ya muy impaciente.
—Tardarán unos minutos más —dijo él, apresurado—. Hay alguien que ha pedido verte, Dian.
Por supuesto que ella ya lo sabía, así que asintió y el señor Weasley, confundido, salió de la salita. Remus soltó las manos de Dian. Ésta esperó con la mirada atenta en la puerta, se escucharon pasos huecos, de zapatillas. La perilla giró y con cautela una mano femenina se abrió paso. Una mujer entró en la habitación, tan distinta que Dian no la reconoció, pero era Salma, su prima. Llevaba el pelo muy lacio, sedoso y negro, su color natural. Conservaba sus facciones, pero ahora eran mucho más maduras. Ambas se miraron sin poder creer lo mucho que habían cambiado.
Salma se aproximó poco a poco a Dian y cuando estuvieron muy cerca, dejó escapar un sollozo y se abalanzó sobre ella para abrazarla. Dian se sintió dichosa y también la abrazó, era lo único que le quedaba después de todo. Salma se despegó de ella, mirándola con los ojos enrojecidos de lágrimas, la contempló con una amplia sonrisa.
—Estás hermosa —dijo Salma—, sigues siendo hermosa.
—Muchos años más vieja —rio Dian, enjugándose las lágrimas.
—No, no, nada de eso, estás guapísima —dijo ella, divertida—. ¡No puedo creerlo, estás aquí! ¡Aquí! Jamás lo imaginé.
—Ni siquiera yo puedo creerlo —admitió Dian.
Se volvieron a abrazar. Salma no había reparado en la presencia de Remus, pero se alegró muchísimo de verlo, no había podido sentirse mejor que sabiendo que él acompañada a Dian, aunque ignoraba todo lo que sucedía alrededor de ellos.
—En cuanto me enteré… no sé… ¡enloquecí! —dijo Salma entusiasmada—. No podía creerle a Kingsley. ¡Pero es el ministro! Y después de todo lo sucedido —dijo faltándole el aliento—. ¡Harry, el hijo de tus amigos, los Potter, fue una increíble noticia! ¿Te has enterado ya de todo?
—Sí, absolutamente todo —asintió Dian.
—¡Oh, esto es muy injusto Dian, no deberías estar pasando por nada de eso! —exclamó Salma, indignada.
—Fui un mortífago, Salma —respondió Dian, con naturalidad.
—¡Pero pasaron muchas cosas! —exclamó ella, preocupada—. Kingsley también me contó que tu memoria se vio seriamente afectada.
—Sí. No recuerdo mucho de cuando me uní a los mortífagos. Sirius y Remus han sido muy amables en decirme algunas cosas, pero yo sé que hay algo más. No sé qué es lo que diré ahí frente a todo el juzgado.
—Tranquilízate —dijo Salma, sujetándole los brazos—. Tenemos muchas cosas qué platicar. Pero lo primordial es que veas a tus padres. No tienes idea de cómo han sufrido todos estos años.
—Ahora no estoy muy segura de querer verlos… sabes que no me fui de casa por buenos motivos —dijo Dian.
—Pero son tus padres, eres lo único que tienen. Necesitas verlos.
—Será pronto, te lo prometo.
Dian sonrió y el señor Weasley entró una vez más para anunciarles que el Concilio esperaba ya a Dian. Ella se dirigió hacia la puerta, con nerviosismo pero resignación. Remus y Salma salieron por otra compuerta para dirigirse a los asientos que ocuparían para poder ver el juicio completo.
Aunque Dian no hubiese querido habría tenido que admitir que imploraba y suplicaba por poder recordar algo más que su feliz adolescencia al lado de Lupin.
Dian entró nerviosamente a la sala, que era bastante alta, con una sola silla en medio, donde el fiscal, un hombre de nariz puntiaguda y gafas estrechas, le pidió que tomara asiento. Dian había ido con un atuendo bastante elegante, de manga larga, asegurándose de que la marca tenebrosa no fuera visible, y se había preparado para escuchar todo tipo de acusaciones. Remus le había dado muchos consejos, así como el señor Weasley y Sirius bromeando le había dicho que si la llevaban a Azkaban él iría por ella a rescatarla.
De pronto llegó el jurado, sentándose a la derecha del fiscal. Luego se hizo un silencio perturbador, pues una mujer de edad madura, de pelo cano recogido con un moño, entró en la habitación. Era la juez. Dian intentaba permanecer en calma. Salma y Remus miraban desde las gradas, conteniendo la respiración, tan nerviosos como ella.
—Buen día a todos —saludó la juez—. Siendo las siete horas de la mañana doy inicio oficial al caso de Dian Charlène Roosevelt.
Su martillo golpeó la superficie de madera, el fiscal se acercó a la silla y Dian escuchó su nombre retumbar dentro de su cabeza, vacía, sin recuerdos que demostraran su inocencia.
—¿Qué tengo que hacer para demostrarte que aún soy leal? ¡Créeme, por favor! ¡Daría mi vida para traerlo de vuelta!
—Hagámoslo entonces. Traigámoslo de vuelta. Confiaré en que tu lealtad no se ha quebrantado. Confiaré en ti. Confiaré en que Harry Potter no fue el vencedor.
