Marinette

―¿Es tuya?―Adrien me mira con sus ojos verdes cargados de confusión y dolor.

Necesita una respuesta. La verdad es que ya ni me acordaba de que había impreso mi nombre en él, igual que hice con el sombrero que ganó el concurso del padre de Gabriel Agreste. La expresión de felicidad de Adrien de aquel momento no tiene nada que ver con la que me muestra ahora. Me mira y, luego, posa sus ojos sobre la firma.

―¿Por qué no me lo dijiste?―murmura; no consigo descifrar lo que está pensando.

―Porque…―carraspeo para aclararme la voz― Porque estabas tan feliz… Te hacía muchísima ilusión tener un regalo de cumpleaños de tu padre y yo no quería romper eso.

Adrien frunce el ceño y levanta la vista de la tela.

―Alya me dijo que debía decírtelo, pero…

―La hiciste tú―su voz suena distante.

Dobla la bufanda con cuidado y vuelve a meterla en el cajón. Se queda un momento de espaldas a mí, con la cabeza gacha. ¿Qué hago ahora? No quiero que piense que le mentí; no le conté la verdad porque no quería hacerle daño. Espero que lo entienda y no quiera dejarme a pocas horas de haber empezado a salir juntos. Estoy aterrorizada.

―Creo… que será mejor que me vaya…―digo con un hilo de voz.

No pinto nada allí. Es la sensación que me da al ver que Adrien no se gira para hablarme y tranquilizarme. Suspiro y empiezo a caminar hacia afuera del vestidor. Pero, entonces, noto sus brazos envolverme desde atrás y su cara hundirse en mi cuello. Me quedo quieta, sin saber qué hacer o qué decir. Trago saliva con fuerza cuando me obliga a girarme y me mira, emocionado.

―No sé si arrodillarme y adorarte o…―se muerde la boca y observa la mía con hambre.

Mis ojos se abren por completo. Me ha pillado con la guardia baja y es raro escuchar un comentario así por su parte. Me coge la cara con ambas manos y me da un pequeño beso.

―Gracias, Marinette―susurra; habla con tanta ternura que las piernas me flaquean.

―¿No estás enfadado conmigo?

―¿Hablas en serio?―me muerdo el labio inferior y asiento con la cabeza; él sonríe y me abraza con fuerza― Eres adorable.

«Ay, Dios mío…», suspiro hacia mis adentros. Me dejo mimar después del susto que me ha dado y disfruto de su calor. Tal vez me cueste pensar en mí misma como la novia de Adrien Agreste, pero estoy segura de que no me resultará difícil acostumbrarme a estos abrazos. Nos quedamos así unos cuantos minutos más, en silencio, hasta que Adrien respira hondo y se separa de mí.

―Te propongo una cosa. Elige tres conjuntos de mi armario, los que quieras―se aparta y me deja el camino libre.

―¿Para qué?―pregunto, a medio camino entre confusa y divertida; tiene una expresión que nunca había visto antes, como si estuviera siendo… juguetón.

―Desfilaré con ellos, solo para ti.

«Meidei, meidei, meidei. ¡Alerta, cerebro a punto de explotar en 3… 2... 1…!».

―¿Me estás tomando el pelo?―consigo decir después de controlar el patatús que estaba a punto de darme― Odias desfilar.

―Y tú que no te reconozcan el trabajo bien hecho―replica y ya sé que se refiere a la bufanda.

Me encojo un poco sobre mí misma y trato de ocultar la cara en las manos. Me imagino la escena, con Adrien peinándose el pelo con los dedos mientras camina hacia mí sin dejar de mirarme con esos ojos verde esmeralda. No, por Dios, no. Ya me ha puesto suficiente a prueba por hoy y demasiado he aguantado yo ya como para permitirme sentir esa… necesidad de él.

Adrien me quita las manos de la cara y tira de mí para ponerme frente a una fila de perchas.

―Vamos―me insta, dándome un empujoncito en la espalda―. Tienes cinco minutos para elegir.

Me atrevo a mirarle por encima del hombro, más roja que un tomate maduro.

―¿Estás seguro de…?

―Si no elijes ya, me desnudo aquí mismo.

Su amenaza hace que me congele en el sitio y me suba el calor de todo el cuerpo a la cara. El corazón se me acelera y su mirada me dice que es capaz de hacerlo. Por Dios, ¿cuándo ha pasado de ser el tierno gatito a la pantera salvaje? Y lo peor es ¡que me gusta! Casi estoy tentada de dejar que cumpla se amenaza, pero no quiero perderme el espectáculo de verle desfilar; así que, busco con rapidez algunas prendas y las voy colocando por parejas. Escojo un jersey verde botella con unos pantalones negros y unos zapatos marrón oscuro; una camisa rosa palo con unos pantalones gris marengo, una corbata gris oscuro y la chaqueta a juego con los pantalones. Finalmente, me decanto por algo que acabo de encontrar en medio de este caos textil: el uniforme de esgrima. Antes de cogerlo, me atrevo a mirar a Adrien. Él hace un gesto con la mano, indicándome que lo coja que si quiero. No me lo pienso dos veces, lo saco de su sitio y lo coloco junto a los otros dos conjuntos.

―Ya está―anuncio, con el aire oprimiéndome los pulmones―. ¿Dónde espero a que te cambies?

―Siéntate en la cama―me indica mientras salgo del vestidor, atacada de los nervios―. No tardo―asegura y me guiña un ojo para dejarme sin ritmo cardíaco.

El colchón está mullido y la cama, tan bien hecha, que me da pena estropear el cuadro de perfección. Me acomodo un poco y hago todo lo posible por controlar el impulso de agacharme y oler la almohada. Aprovecho el poco tiempo a solar para abrir el bolso y ver a Tikki.

―Hola, Tikki―la saludo con una sonrisa.

―No tienes la misma cara de esta mañana, ¿eh?

Me sonrojo por enésima vez hoy.

―Calla, estoy muy nerviosa.

―¿Por el desfile?

―¿Acaso lo has escuchado todo?―alucino.

―Pues claro. Tu bolso no está insonorizado, ¿sabes?

Uy. El solo pensar que Tikki ha escuchado cada una de las palabras y sonidos en casa de Adrien y en la biblioteca hacen que tenga ganas de que la tierra me trague. Por suerte, un sonido en la habitación hace que cierre el bolso de repente y me enderece en la cama.

―¿Ya?―pregunto con voz chillona.

Tengo ganas de darme golpes a mí misma. Qué lástima que Adrien se deshiciera de mi carpeta abajo, el mismo que ahora sale del vestidor con el primer conjunto que le elegí. El verde botella resalta sus ojos y el rubio de su pelo. Camina con una mano metida en un bolsillo de los pantalones, mientras que la otra cae lánguidamente a su lado. Se ha revuelto un poco el pelo y varios mechones me tapan la vista de sus ojos. Me retuerzo las manos en el regazo sin saber qué decir. Llega hasta mí y sonríe. Da una vuelta sobre sí mismo y abre los brazos.

―Creía que el marrón no combinaba bien con todo esto―se señala a sí mismo y yo empiezo a sopesar seriamente la posibilidad de ir a por una cucharita de postre y comérmelo poquito a poco.

―Interesante, ¿verdad?―es lo único que se me ocurre decir.

Adrien ríe por lo bajo y vuelve al vestidor.

―Creo que me pondré esto mañana―comenta mientras cierra la puerta, mientras yo rezo en silencio para que lo haga. Hasta entonces no se iba arrepentir Chloe de lo que hizo el sábado.

O puede que me equivoque, porque Adrien no tarda en salir con el traje gris marengo y la camisa rosa, deslumbrándome. La boca se me abre por completo mientras le miro de arriba abajo. Benditos sean los trajes de chaqueta. Los pantalones se pegan a la perfección a su cintura, la chaqueta se amolda sin problemas a sus hombros y la camisa, con un par de botones desabrochados y la corbata con el nudo a medio hacer encima, es el toque perfecto para hacer de Adrien un ser sobrenatural. ¡Debería ser ilegal ser tan guapo!

De nuevo, se planta ante mí, aunque esta vez se agacha para quedar a mi altura. No puedo evitar fijarme en cómo el pantalón se tensa un poco alrededor de sus piernas. Ahora me vendría de perlas un babero.

―¿Lo has hecho a propósito?―pregunta con voz ronca y siento que todo esto (el ambiente, la ropa, Adrien agachado y la forma en que me mira) provocan una presión en mi vientre, hasta ahora, desconocida.

Apenas soy consciente de que asiento con la cabeza. En realidad, lo he hecho porque los tejidos y los colores son perfectos, no porque pensara que Adrien estaría irresistible con esa ropa. Se me queda mirando la boca un segundo y luego, con suavidad, me pone un dedo bajo la barbilla y me la cierra. Me muerdo el labio inferior, consiguiendo que Adrien me lo suelte de entre los dientes con una suave caricia del pulgar.

―Me desarmas, Marinette―susurra, acercándose a mí y besándome con lentitud.

Suspiro y cierro los ojos, dejándome llevar por el roce de su lengua con mi boca. Sin embargo, se separa de mí demasiado pronto y yo protesto por lo bajo, haciéndole reír.

―Será mejor que me cambie otra vez―sentencia, levantándose y quitándose la chaqueta como un auténtico modelo para ponérsela sobre el hombro y ofrecerme una vista en exclusiva de su flamante culo en pantalón de chaqueta.

―Por Dios, si esto sigue así, yo…―digo para mí misma, dándome aire con una mano.

Hasta hace apenas unos minutos, no me había dado cuenta de que Adrien puede ser tan caballeroso como provocador. Vale que fuese yo quien escogiera la ropa, pero no es normal que él le dé ese toque tan sexi que hace que a mí se me caiga la baba. Me está resultando cada vez más difícil controlarme. Lo único que quiero, lo que me pide mi cuerpo que haga es lanzarme a sus brazos y pedirle que me haga suya. Solo de pensarlo me sonrojo; pero cuanto más me imagino cómo sería, más calor tengo y más crecen mis ansias.

Vale, Marinette, tienes que concentrarte. Sé profesional, sé madura. «¡Compórtate!»

No puedo. No puedo hacer nada de eso al ver a Adrien aparecer con el uniforme de esgrima. No sería tan malo si no hubiese decidido salir del vestidor con la chaqueta blanca, impoluta, abierta por completo, dejándome ver su torso desnudo.

―¡Adrien!―grito, llevándome las manos a la cara de nuevo.

Por Dios, no puede hacerme esto. Es injusto que tenga el cuerpo tan bien torneado, sin marcas de niño pero sin ser por completo el de un adulto. El ejercicio ha conseguido que se le definan los abdominales, pero sin exagerarlos; lo mismo ha hecho con el pecho y la maldita V que se puede apreciar en sus caderas. Debe de haberse dejado el pantalón más bajo de lo normal a propósito. Si no, no me explico cómo puede hacer que me imaginación vuele.

Le escucho llegar hasta la cama con el mismo paso cadencioso. La tela susurra cuando se pone en cuclillas delante de mí.

―Marinette―su voz provoca espasmos en mi interior y jadeo cuando me quita las manos de la cara sin hacer esfuerzo.

Le devuelvo la mirada muerta de vergüenza y de algo más que aún no sé cómo llamar. Me cuesta trabajo tragar saliva para deshacer el nudo que tengo en la garganta. Veo que hace lo mismo, su cuello queda más expuesto así que el resto del tiempo. Aun así, eso no es nada para lo que hace a continuación: atrapa una de mis manos con suavidad y la lleva hasta el centro de su pecho, abriéndose aún más la camisa de esgrima con la otra mano. Es cálido y suave, sin nada de vello rubio.

Mis ojos se centran en cómo guía mi mano hasta el pectoral izquierdo. Abro los ojos por completo cuando noto los latidos de su corazón bajo mis dedos. Jadeo, emocionada y nerviosa al mismo tiempo. Vuelvo a mirar a Adrien a los ojos y me doy cuenta de que los ha entrecerrado, observándome en silencio con las pupilas dilatas.

―Lo notas, ¿verdad?―susurra― Adivina por quién sigue latiendo.

―Adrien…

Cierra los ojos con fuerza y agacha la cabeza, como si estuviera sufriendo por algo. No quiero que se aleje así de mí, así que dejo a un lado mi timidez y me atrevo a acariciarle por mí misma. Subo la mano poco a poco hasta su clavícula y le acaricio el cuello con la punta de los dedos. Marco con un camino por el centro de su pecho hasta su ombligo, recreándome en la tensión de sus músculos al agacharse, la forma del vientre, la fina línea de su cintura, la caída de los pantalones que apenas se sostienen sobre sus caderas. Me inclino un poco más y trato de hacerle ver que confío plenamente en él al pasar las dos manos por las costillas y abrazarle. Busco su boca y me animo a ser yo quien empiece esta vez el beso. No cierro los ojos, sin embargo. Quiero saber si estoy haciendo las cosas bien o no.

En ese momento, Adrien abre los suyos y me devuelve el beso con ganas. Se pone en pie y se cierne sobre mí, tumbándome en la cama. No rompo el abrazo por nada del mundo y tampoco hago lo posible por apartarle de mí. Dejo que me muerda con suavidad, que me acaricie por encima de la ropa y que me bese por toda la mandíbula y el cuello. Estoy perdiendo la cabeza. La razón me dice que es demasiado pronto para que esto pase, pero mi corazón bombea sangre con el ardor que Adrien me transmite con su contacto.

―Adrien…―gimo cuando acude de nuevo al punto débil que ha encontrado bajo mi oreja.

Mis dedos le recorren la espalda, tan marcada como lo está la parte posterior del torso, y se clavan en ella cuando me abre las piernas con una rodilla y se sostiene sobre ella, rozándome en un punto inexplorado para mí.

―Adrien…―repito, como si fuera mi mantra.

Se separa de mí lo suficiente para volver a mirarme y acariciarme las mejillas con los dedos. Respira con dificultad, igual que yo ahora mismo. Sus ojos siguen nublados por el deseo, pero ahora parece que recobran un poco de sentido común. No deberíamos avanzar tan rápido, aunque tampoco me arrepiento de lo que estaba ocurriendo.

―Perdóname―pide con un suspiro, apoyando la frente sobre mi pecho―. Lo siento, lo siento, lo siento.

―Está bien, Adrien―me apresuro a decirle, saliendo del trance en el que me había sumergido―. Yo también…―me muerdo la lengua antes de continuar.

Por un momento pienso que Adrien no me ha escuchado, pero él levanta la cabeza y vuelvo a ver al chico dulce que suele ser la mayoría del tiempo.

―¿Tú también… qué?

―Me dejé llevar―completo, desviando la mirada―. Te he provocado yo, lo siento.

Veo de reojo que Adrien sonríe un poco.

―En eso tienes razón.

―Aunque fuiste tú el que propuso el desfile―añado con la boca pequeña.

Adrien se echa a reír y me da un casto beso en la mejilla.

―Vale, vale, mea culpa―se levanta de la cama y me tiende una mano―. Vamos, levanta.

Acepto su ayuda y dejo que me ayude a ponerme en pie. Trastabillo un poco por culpa de la acumulación de sangre en la cabeza, pero me repongo con rapidez. Adrien se mete de nuevo en el vestidor y yo me entretengo en poner bien la ropa de la cama. Si alguien entra aquí y descubre lo que ha pasado, me muero de la vergüenza. Tendría que cambiarme de nombre, de casa, de ciudad y hasta de país.

Adrien no tarda en salir del vestidor y reunirse de nuevo conmigo, con la misma ropa de hace un rato. En ese momento, mi móvil suena en mi bolso y veo un mensaje de mi madre. Suspiro, resignada. Tengo que volver a casa. Se acabó el día de ensueño.