Epílogo
Quiero hablar de Hermione Granger. La conocí en Oxford, cuando ambos estudiábamos la carrera. Al principio creí que era una mujer confiada, con extraordinaria vanidad por su obvia superioridad mental. Para mí fue sencillo creer eso. Era lo normal. Jamás se me ocurrió considerar que la gente pocas veces actúa como realmente es, porque yo llevaba una vida intentando demostrar que no soy como los Dursley dijeron. Hermione fue el caso contrario. Tanto le dijeron que era perfecta, intachable, inquebrantable, que no tuvo otra opción más que disimularlo. En el proceso se aisló del mundo y odió el don mágico con el que nació. Peor aún, se volvió ciega sobre lo hermosa que es. A pesar de ello, la pasión de su carácter y sus ideales no se vio mermada. Hermione pasó por confusiones y tristezas muy profundas, sin apoyo de su familia ni su sociedad, pero no dudó sobre lo que es correcto.
Cuando hace quince años inicié el trato con Hermione ni siquiera me cruzó por la mente que terminaría enamorado de ella. Menos que descubriría la existencia de la magia, libraría una revolución y finalmente atestiguaría la muerte de Tom Riddle, el mago oscuro más poderoso de la época. Yo era un joven común que quería ser médico. Nada más.
He aprendido lo que es el amor en distintas medidas y formas. No sé cuál es mejor. Hubo días que amé a Hermione por verla regresar viva de una misión. Otros que la amé por pelearse conmigo cuando más estábamos hartos. La amé cuando salvé la vida de sus amigos, heridos en combate, porque los sanadores eran más útiles en la línea de fuego que en los hospitales. La amé cuando tuve que despedirme del mundo muggle durante la guerra. La amé cuando asistí a Luna en su parto y cargué a un pequeño mago recién nacido. La amé en los días que lloró escondida en nuestra cama, aterrada por el enfrentamiento contra Tom Riddle. La amé cuando me confesó que al finalizar la guerra renunciaría a la magia. La amé cuando Hannah aceptó casarse con Neville siempre y cuando me ayudara en el mundo mágico. La amé cuando me agradeció por permanecer junto a ella. Y la amé, más que nunca, cuando de sus manos le ofreció agua a Tom Riddle antes de ser sentenciado a muerte.
El gobierno provisional que reemplazó al Ministerio de Magia duró lo suficiente para asegurarse del fallecimiento de Tom. La idea fue de Hermione, para que ella no tuviera la responsabilidad de acabar con una vida, ni siquiera la de él.
Aprendí que la bondad de esa mujer fue lo que inexorablemente me robó el corazón. Tuve suerte hace quince años de reconocerla en ella antes de que tuviera que demostrarla. En los peores momentos de la guerra me mantuve firme por ver la convicción de sus amigos, inspirados en ella, para no rendirse. Tengo la idea, incipiente, de que en mi niñez estuve tan expuesto a la crueldad que desarrollé la habilidad de detectarla donde sea, y que cuando conocí a Hermione me cautivó no encontrar una gota de esa maldad necesaria. Sé, por supuesto, que ella es capaz de cometer actos atroces, de quebrarme el alma, incluso. Pero en general, con el mundo, Hermione es bondad. Y la amo por eso.
Neville me acompañó en los días más oscuros. A pesar de no tener ninguna relación directa con los seres mágicos arriesgó su vida para curarlos. Hannah también se unió a la lucha. Formaron una familia al mismo tiempo que Ron y Luna. Los hijos de ambas parejas crecieron juntos, ignorando que unos eran muggles y los otros magos. Es por esa clase de mundo por el que Hermione combatió.
Cho se mudó a Australia. La muerte de Cedric será difícil de superar, en especial porque no quiso estar con él durante la guerra. Esa lección dejó un vacío en mi vida. Ponerme en el lugar de mi amiga, enterándome días después de la muerte de la persona que amo, habría acabado conmigo. Pudo pasar si no hubiera decidido perdonar a Hermione. Sé que mi compañía la ayudó a aferrarse con interminable fuerza a la vida. En los peores momentos recurrió a mí para desahogarse.
Ron también me enseñó otra cara de la guerra. Lo conozco y sé que se arrepiente de estar en el mundo mágico. Es fácil imaginar hacer todo por quien amas, y otra realmente llevarlo a cabo. Sobre todo en la guerra. Y sé que eso no hace menos al amor que siente por Luna y sus hijos, pero Ron no es tan fuerte de espíritu ni tan misericordioso para dejar de pensar en lo que ha perdido. Le pesan los años, la mala comida, los miedos, la incapacidad de usar una varita. Su personalidad celosa no varió. De nuevo me vi reflejado en él. Podría haber acabado igual de amargado, frustrado, pero mi voluntad fue mayor, así como la admiración por quienes de verdad lucharon por salvarnos.
Supongo que también es una cuestión de principios. Jamás podría retractarme de lo que decidí con tanta contemplación y cariño. Sí, sacrifiqué años poniendo mi vida en peligro, cuando bien pude seguir en mi consultorio de lujo, sin conflictos. Pero a cambio obtuve el compromiso de una mujer sin igual, y el resto de nuestras vidas juntos.
De la destrucción de Voldemort hoy se cumple un mes. Es el primer día que mi esposa consigue dormir hasta después de las siete de la mañana. Las pesadillas también comienzan a desaparecer, y poco a poco está recuperando un peso saludable. Sigue igual de hermosa que cuando la conocí. Ahora tiene más cicatrices, es más terca (sí, es posible) y emocional. Supongo que la guerra también me cambió, aunque no sé en qué medida ni de qué forma. Lo único inmutable ha sido nuestra forma de pertenecer al otro.
La habitación sigue en penumbra gracias a la cortina. Por el filo del suelo se asoma un haz dorado que indica el medio día. Hermione duerme bocabajo, con la nariz pegada a mi pecho y su mano prendada de la mía. A lo lejos escucho a mi suegra, Cameron, haciendo el almuerzo. La escena es tan cotidiana que parece onírica tras años en guerra.
Sé que pronto tendremos que pensar qué hacer con nuestras vidas. Cam está encantada de tenernos en su casa, pero también extraño nuestra independencia. ¿Será momento de comprar una casa, pensar en una familia? ¿Hermione querrá volverse la Ministra más joven de la historia y reformar el mundo mágico de forma directa? Quizá puedo conseguir trabajo en algún hospital muggle y olvidarme para siempre de la fiebre de dragón y la gripe de mandrágora.
—¿Qué hora es? —balbucea Hermione despertando.
La abrazo más fuerte para que no se mueva. Adoro sentir su respiración en mi cuello —Tarde.
—Dormí mucho.
—No pasa nada.
Bosteza y enreda sus piernas en las mías. El aroma a bizcochos se cuela por la puerta. Tentador.
—Extraño nuestro departamento en Oxford —susurra.
Sonrío por el uso del plural —Yo también.
—Me gustaría buscar algo así. Un lugar pequeño, cálido. También quisiera volver a estudiar. Olvidarme de todo excepto de ti.
—Suena bien. ¿No temes que el mundo mágico se destruya sin ti?
Era mitad broma mitad verdad.
Hermione vuelve a bostezar —Si no son capaces de mantener la paz entonces no valió luchar por ellos. Ya hice mi parte. Quiero tener una vida normal.
—Eso me gusta. Normal.
—Y una biblioteca.
Me dan ganas de reír —¿Qué tan grande?
—Enorme.
La beso en la frente —Lo que quieras, cariño.
—Y que no exista algo que no sepas de mí.
Inclino el rostro para verla a los ojos. Esa frase no es nueva. Hermione la usa para contarme algo de su vida en Hogwarts o los años que estuvo separada de mí. Sabe que así me paga el acto egoísta que tuvo al decidir sobre nuestra relación sin tomarme en cuenta. También hace mucho tiempo que la perdoné por eso.
—¿De qué se trata? —pregunto subiendo la punta de mis dedos por su cintura.
Hermione me sonríe amorosa —Creo que puedo darte un poco de mi magia.
Me paralizo —No quiero sonar malagradecido, pero realmente no me interesa ser un mago.
—Oh, no será permanente, solo quiero probar algo.
—¿En qué momento pasé de esposo a conejillo de indias?
—Cierra los ojos y relájate.
Suelto un bufido y obedezco. Es imposible ir en contra de Hermione cuando usa ese tono. Siento sus manos meterse bajo mi camiseta, se detienen sobre mi corazón. Reviso mi pulso y me siento un adolescente sin remedio cuando noto que está acelerado. Mi esposa sigue tendiendo ese efecto en mí. Aprieto su cadera contra la mía.
—Dije que te relajes, Harry. Eso es lo contrario a relajado.
—Tal vez antes deberías ayudarme a quitarme la rigidez, luego hacemos tu experimento.
—Qué ingenioso. Calla y deja de pensar en sexo por una vez.
—Me lastimas, Mione. No es sexo, es hacer el amor-¡auch! No pellizques, bruja.
—Confía en mí. Valdrá la pena.
Gruño e intento pensar cualquier cosa que no sea mi hermosa y casi desnuda esposa encima de mi cuerpo. De pronto un halo de estática quema mi piel. Estoy por quitar a Hermione y recordarle lo que sucede cuando aplicas choques eléctricos al corazón, cuando algo hirviente, como una raíz, hurga entre mis costillas y aprieta mi respiración. No duele, pero es muy incómodo. La raíz se mueve con lentitud, metiendo algo que solo puedo describir como luz en mi cuerpo. Son un par de segundos, luego Hermione quita sus manos y la sensación de poder queda dentro de mí.
—¡Joder!
Me da un pequeño golpe en el brazo —Deja de maldecir, es terrible.
La veo entre asustado y ansioso —Me siento raro. Muy raro.
—Calma, apenas metí la magia suficiente para el experimento. Siéntate.
Me muevo como borracho. Siento que mi cuerpo vibra y se contrae. Hermione me ayuda a sentar. Me distraigo un segundo por el tirante del camisón que cae por el hombro femenino, mostrando el inicio de su pecho.
—¿Ahora qué?
Toma mis manos y las pone en su vientre. Un chispazo ocurre entre mis manos y su piel. La luz baja de mi pecho, usando las venas hacia mis dedos. La magia de Hermione crea un eco en su cuerpo. Igual que una ola regresa arrastrando otra señal, muy pequeña y brillante, parecida a la de Hermione, pero con destellos que por mero instinto reconozco que son míos. Algo primitivo se enciende en mi cuerpo, justo cuando me vacío de la magia de Hermione, y brinco sobre ella, gritando y riendo. Llorando.
—¡Lo sentí! ¡Lo vi! ¡Fue menos de un segundo, pero estoy seguro!
Es increíble, absurdo si se lo cuento a alguien, que conocí a Hermione cuando era un joven sin planes a excepción de la carrera. Que me abandonó durante años. Que quise olvidarla. Que luego regresó y me di cuenta que la seguía amando. Que la dejé ir. Que la perdoné. Que sobrevivimos juntos. Y que apenas hoy me da la sensación de que por fin iniciaremos lo que debió ser desde el principio. La vida es impredecible.
Ella devuelve mi abrazo. Ríe mientras explica cómo se le ocurrió pasarme magia suficiente para sentir al bebé y cuántas leyes mágicas acaba de quebrar. No me importa. Hace quince años me enamoré de ella, me sorprendí de amar tan fuerte e irreversiblemente, tuve miedo de que esa emoción me consumiera. En este preciso instante vuelvo a amar de la misma forma, con mayor potencia si es posible, y no dudo que será para siempre. Voy a ser papá.
Fin
Less.
Otro más a la sección de "completos". A los viejos escritores: una prueba extra de que es posible finalizar una historia, aunque te revuelvas y decidas cambiarla. A los lectores de siempre: saben que esto es suyo, para lo que quieran ocuparlo, no es gran cosa en mi computadora, pero se vuelve inolvidable en los minutos que le dedicaron. Gracias.
