Capítulo 10


El mundo comenzó a parecer un lugar más feliz para Barry al despertar, habiéndose llevado el sueño toda la negatividad que el secuestro de Iris y su posterior operación depositaron en sus hombros.

Tras haber descansado gran parte de la tarde del día anterior y la noche entera, no se sorprendió al abrir los ojos y descubrir que al otro lado de la ventana seguía oscuro; miró el reloj digital en la mesita de noche y enarcó las cejas al descubrir, con visión todavía borrosa, que eran las cuatro quince: nunca en su vida había conseguido levantarse tan temprano por su cuenta —para llevarlo a la escuela siendo niño, Nora tenía que recurrir a las amenazas más coloridas en el arsenal de una madre para obligarlo a salir de la cama y, después, cuando pasó lo de su padre y terminó viviendo encasa de los West, Joe adoptó la costumbre de usar al Policía Malo de voz gruñona para sonsacarlo, algo que le daba mucha a risa a Iris—.

Ser un científico forense y verse en la necesidad de estar disponible a todas horas no cooperó para cambiar su disciplina en cuando a hábitos de sueño y ese era uno de los principales problemas que el capitán Singh tenía con él: odiaba que Barry llegara tarde a todas las escenas del crimen, incluso cuando no podía alegar haberse quedado dormido.

¿Qué le iba a hacer? Viejos hábitos nunca mueren.

Se levantó, con un ligero dolor en la parte trasera de la cabeza, el cuello y las sienes por haber pasado mucho tiempo en la misma posición —solía moverse menos por la cama cuando estaba verdaderamente cansado—y fue al cuarto de baño para asearse. Cuando estuvo envuelto en ropa cómoda y caliente —los inviernos en Ciudad Star parecían ser más despiadados que los de Central… como todo, en realidad—, se sentó en el sillón debajo de la amplia ventana, con la laptop encendida sobre un cojín en sus piernas.

Aunque el DPCC les concedió un permiso tanto a él como a Joe para viajar a Star y hacerse cargo de la búsqueda de Iris, el trabajo de Barry siempre iba en aumento y, cuando abrió su bandeja de entrada, se encontró con un montón de correos de la asistente del forense, pidiéndole su opinión sobre dos casos de homicidio y un asalto al banco. Al menos Singh no seguía pensando en correrlo y, al parecer, Barry era lo suficientemente bueno en su trabajo para que otros lo reconocieran, a pesar de esas pequeñas fallas que gente más perfeccionista no podía dejar pasar…

Fue un alivio darse cuenta de que, ahora que todo había mejorado, su mente parecía haberse ordenado nuevamente, permitiéndole concentrarse otra vez en su trabajo. Para cuando terminó de responder e-mails pendientes relacionados al laboratorio —otros, de parientes cercanos, amigos y conocidos queriendo saber de la salud de Iris—, el sol había hecho su aparición por encima de los altos edificios de Star, bañándola con su pálida y gélida luz matutina.

Cuando salió de su correo, sintió el gusanito de la curiosidad moviéndose por su cerebro, por lo que, sin darle muchas vueltas al asunto, accedió a la sección de noticias y buscó la ciudad en la que se encontraba actualmente. De inmediato, enarcó las cejas ante la hilera de notas periodísticas relacionadas a Oliver… y a él.

Había estado en lo cierto: las fotografías del Verdant no mostraban el beso — ¡gracias al cielo! —, sólo a Oliver susurrándole cosas al oído mientras estaban sentados en la barra del club —sintió un brote de rabia al pensar que los paparazzi estaban tergiversando una situación que, en su momento, lo tuvo loco de preocupación para hacerla pasar como uno de los viejos romances, salvajes y clandestinos, del alcalde—, a Thea besándole la mejilla con toda la confianza del mundo y, luego, arrastrándolos a la zona VIP entre un mar de gente.

Eran imágenes bastante normales, nada escandalosas y, si hacia un esfuerzo por sacarse de la cabeza que el hombre alto, pálido y de cabello castaño que sujetaba el brazo del alcalde en ellas era él, podía verlas desde otro ángulo y pensar pero se ven bien, como una pareja común y corriente. Y, tal vez, era precisamente por eso que las fotografías causaron tanto furor y, de inmediato, Oliver se vio acribillado a preguntas: el hombre no había tenido una relación seria en mucho tiempo —hasta donde Barry había entendido el cotilleo de Iris (a quien no tenía idea de cómo iba a confesarle que era pareja de uno de sus [muchos] crushes famosos) — y verlo, de pronto, con una persona nueva, actuando de forma tan íntima, debió ser como un ladrillo lanzado directo a todas las ventanas de las revistas de chismes, que siempre estaban ansiosas por ver a alguien en un alto puesto metiendo la pata —o las dos— hasta el fondo.

La gente siempre había sido cruel y lo seguiría siendo hasta el Doomsday —porque, por si no había quedado claro, Barry era un nerd, ¿okay? —. Enserio, ¿cómo diablos se las ingenió para captar la atención de un tipo como Oliver? A menos que el sujeto tuviera una faceta de salvador de los desvalidos, no lograba encontrar otra razón para que se sintiera atraído por él…

Antes de que la depresión lo golpeara con un gran puño de nuevo, cerró el ordenador y lo colocó en la mesa, respirando profundo.

La recámara estaba gélida y, a pesar del suéter acolchado y la chaqueta de lona, podía sentir erizándose cada vello del cuerpo ante la frialdad. Cada vez que exhalaba, una nube de humo salía de su boca y pensó en encender la calefacción, pero la pereza ganó en el último momento.

Aunque no creía que Joe le hubiera prestado a atención a algo que no fuera su hija en el hospital las últimas horas, intentó planear la mejor manera de explicarle las cosas, en caso de que el hombre hubiera visto las noticias, a pesar de que sabía que su padre adoptivo sólo suspiraría, lo miraría a la cara y le diría algo como sé que sabes lo que haces, Barry, ya eres un adulto, sólo… sé precavido, ¿quieres? Y él ni siquiera podría culparlo por su exceso de preocupación, dado lo que acababa de pasar con su pequeña familia.

Era curioso que la vida de Barry siempre se había sentido como los rieles de una montaña rusa, donde él era el carrito y a veces estaba arriba y otras abajo, muy abajo, siempre preparándose para los cambios, abruptos o no tanto. Y, todo el tiempo, tenía la impresión de que, apenas salía de una cosa, terminaba, inevitablemente, de cabeza dentro de otra.


Estaba a la mitad de un desayuno apresurado en el restaurante del hotel cuando su teléfono vibró, al lado del plato, haciendo que el cuchillo de metal produjera un repiqueo contra la porcelana. Lo tomó y descubrió un texto de Oliver, que lo hizo sonreír automáticamente contra el borde del vaso de jugo de naranja. Era un sencillo Buenos días, seguido de un emoticón guiñándole el ojo que quiso hacerlo reír en voz alta, porque había imaginado que Oliver sería cualquier tipo de novio, menos de los que envían emoticones melosos.

¿Cuándo fue la última vez que sonrió como una colegiala leyendo el mensaje de alguien? Estaba seguro de que nunca lo hizo con Linda, con quien tuvo una relación corta, pero agradable, o con Patty, con quien llevó las cosas un poco más lejos, al grado de incluso considerar vivir juntos, hasta que ella tomó una oferta de trabajo en otra ciudad y decidieron terminar las cosas por la paz. Todas esas rupturas —esos fallos—significaron un nuevo parte aguas en su vida que hizo que decidiera pausar un poco el lado amoroso para dedicarse, simplemente, al trabajo.

Pero todo con Oliver era diferente, desde la forma en la que comenzó hasta cómo seguían dándose las cosas entre ellos.

Cuando Wally apareció, con el cabello todavía mojado por la ducha y levantando el cierre de su chaqueta hasta que le tocó el mentón —inviernos inclementes—, se dejó caer lánguidamente en la silla frente a la de Barry y, antes de que éste terminara de tipear una respuesta para Oliver —su novio—, el muchacho le quitó el aparato de la mano y miró la pantalla, su rostro iluminándose de inmediato.

—Oh, Dios —rió, devolviéndole el teléfono a Barry, que luchó para que sus mejillas no se pusieran rojas de vergüenza—. Cuando vi una revista en un quiosco ayer, mientras venía al hotel, creí que el sujeto de la fotografía sólo se parecía mucho a ti, luego, papá me envió un mensaje preguntándome si había visto el canal de noticias local, donde estaban diciendo que tienes una relación con el alcalde de Ciudad Star. Le dije que el hombre sólo se mostró muy servicial con todo lo de Iris y que los periodistas lo estaban malinterpretando… pero, al parecer, le mentí. Ay, Barry —terminó, tomando un pan de la canasta en medio de la mesa, rompiéndolo a la mitad y metiéndoselo a la boca.

Barry sintió agruras.

Cuando terminó con Linda, ella inició una relación con Wally a los pocos meses, aunque las cosas no funcionaron y terminaron pronto. Después, Wally empezó a salir con Jesse, pero eso no evitó que Barry se sintiera mal porque, al parecer, sus hermanos adoptivos tenían cierta preferencia por las mismas personas que él, de la misma forma en que pasó con Iris y Eddie —aunque, claro, Eddie jamás le habría dado una oportunidad—.

Frunció los labios y suspiró, sin saber qué decir: ya le habría prometido a Oliver que enfrentaría este tsunami a su lado.

Wally se encogió de hombros, pasado un rato, dándose cuenta de su incomodidad. Una mesera comenzó a acercarse a la mesa para pedirle su orden y, mientras ella avanzaba en su dirección, le dijo con confianza, apuntándolo con un dedo:

—Sólo espero que seas feliz.

Barry asintió y una vocecilla dentro de su cabeza le dijo que ya era hora.


Cuando fue al hospital para relevar a Joe de su noche cuidando a Iris, el hombre sólo le dio una palmada en el hombro y le dijo que pronto tendría que ponerlo al corriente de todo lo que estaba pasando entre él y el alcalde Queen —por algún motivo, cuando el detective mencionó el nombre de Oliver, su frente se llenó de arrugas y su boca adquirió una curvatura desagradable, casi como si hubiera chupado un cítrico—.

A veces, Barry tenía la impresión de que Joe lo trataba con pinzas de forma más exagerada de lo que hacía con Iris y Wally. Detestaba la idea de que, por su pasado, la gente a su alrededor, las personas en su vida, lo vieran como alguien frágil, pero ese era un estigma que ya había llevado demasiado tiempo a cuestas para podérselo quitar de la noche a la mañana, así que le prometió al hombre que tendrían una conversación en cuanto las cosas con Iris se estabilizaran, para lo que todavía parecía faltar mucho.

Joe se marchó y él entró a la habitación de la mujer para hacerle compañía.


Ahora que la presión de todo por lo que había tenido que pasar parecía haber golpeado a Iris con la fuerza de una avalancha, Barry la notó más callada, tensa e hipervigilante, aunque era obvio que hacía un esfuerzo por mantener la calma delante de él y se preguntó si logró engañar a Joe en todo el tiempo que el hombre estuvo a su lado.

Arrastró por el piso un incómodo banquillo metálico para sentarse junto a la cama, teniendo cuidado de no rozar los monitores conectados a la mujer, cuya pierna herida estaba sujeta en el aire con un cabestrillo colgando del techo, y le sujetó la mano con dedos fríos, dándole un firme apretón.

Iris no tenía que hablar con él si no quería, así como él nunca tuvo que esforzarse para convivir con ella después de que la familia Allen se fuera al demonio, tras la muerte de Nora y la caída de Henry, pero, aun así, ella se esforzó por verlo a la cara y ofrecerle una sonrisa cansada, acariciándole los nudillos con el pulgar.

Una enfermera la ayudó a cepillarse el cabello, que llevaba atado sobre el hombro en una descuidada trenza.

—Diablos, no puedo creer que arruiné la Navidad así —fue lo primero que dijo, tras varios minutos de mutismo absoluto, hundiendo la cabeza con pesadez en la mullida almohada.

La cama estaba ligeramente elevada, para dar la impresión de que estaba sentada, aunque todo su cuerpo estaba reclinado contra el delgado colchón.

—Faltan varios días para las fiestas, Iris, no te has perdido de nada —le aseguró, sonriendo con empatía, porque estaba convencido de que, para cuando volvieran a Central, Cisco, Caitlin y Ralph ya tendrían la casa de Joe repleta de decoraciones, ya que ellos no pudieron hacerse cargo, debido a la prisa de partir a Star. Ralph tenía un talento particular con las decoraciones de último momento, así que Barry decidió confiar en él.

Era cierto: las cosas fueron algo aceleradas recientemente, pero no podían culpar a nadie por eso. Sólo a los Griffin, tal vez.

—Ni siquiera cuando Wally apareció dejamos de festejar, ¿recuerdas? ¡Demonios! Barry, si pudiera regresar el tiempo…

Barry le sujetó la mano con más firmeza y negó con la cabeza.

—Pero no puedes, Iris. Deja de torturarte pensando en eso. Lo mejor que puedes hacer ahora es dar gracias porque no ocurrió algo peor y seguir adelante. Ya estás en casa.

Iris pasó saliva, con las ganas de llorar estampadas en la cara, y miró hacia el otro costado de la habitación para que Barry no pudiera contemplar sus ojos húmedos.

La experiencia fue aterradora por sí misma y plantear la idea de que siempre pudo suceder algo más grave no fue lo mejor en ese momento, pero era verdad: pudo morir, como esas otras reporteras investigando el Stardust. Afortunadamente, salió con vida y no podía reprocharse eso.

—Estaba aterrorizada —confesó con un hilo de voz, seguido por un sollozo—. Nunca en mi vida sentí tanto miedo. Y, al mismo tiempo, lo único que deseaba era arrancarle la cabeza porque ¿cómo se atrevió a hacerme eso a mí? ¿A mí?

Barry frunció los labios: cuando contempló el cadáver de su madre, sangrante y frío bajo una manta de la policía, se preguntó algo similar y sabía que era un efecto natural del trauma. Sonrió un poco, aunque no fue una expresión feliz.

—Ya no pienses en eso —aconsejó, pero sabía que eran palabras flojas: Iris pensaría en su secuestro el resto de su vida y, quizá, jamás volvería a sentirse segura, por más ayuda que le ofrecieran los demás. Pero era una mujer fuerte, siempre lo había sido, y Barry confiaba en que podría con esto y más.

No tenía otra opción más que tener fe en ella, porque no podía perder a un familiar más.

Iris le soltó la mano para tomar un pañuelo de papel de la caja colocada en la mesita al lado de la cama. Barry la vio secándose las lágrimas y limpiándose la nariz con ademanes casi infantiles que le recordaron a la niña con la que creció en una casa que nunca fue suya del todo.

—Vi las noticias ayer, con papá —le dijo ella, haciendo una pelota con el trozo de papel para lanzarla al cesto al otro lado de la cama. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios y recuperó algo de rubor en los pómulos—: ¿es cierto lo que están diciendo de ti y Oliver Queen o Wally tiene razón y sólo está siendo amistoso contigo? Aunque déjame decirte que eso también es sospechoso —terminó, moviendo las cejas de forma sugerente, golpeando el mentón de Barry juguetonamente con el puño, haciéndolo sonreír.

De pronto empezó a hacer calor en la pequeña habitación.

—Se ofreció a ayudarnos con tú búsqueda —explicó, intentando elucubrar la historia a partir de ahí—. Está molesto por todo lo que ha estado pasando en Star y porque la policía suele mantenerlo un poco al margen de todos los líos con el contrabando de drogas, como el Stardust. Y supongo que nos volvimos cercanos.

La sonrisa de Iris se amplió y Barry se sintió feliz al verla así.

—Barry Allen, eso no responde a mi pregunta —protestó con entusiasmo.

—Me pidió ser su pareja —dijo por fin y su propia sonrisa se volvió más grande, aunque más por vergüenza que por felicidad. Dios, era tan grande, que la cara comenzó a dolerle—. Y le dije que sí.

Iris profirió un grito entusiasta y se removió en la cama, aunque pronto la emoción fue sustituida por un gemido de dolor, cuando el movimiento provocó que el arnés que le sujetaba la pierna se agitara. Barry se incorporó para estabilizarlo y la miró con reproche, pero ella no dejó de sonreír a pesar del obvio dolor. Se arrebujó mejor en la cama, respirando hondo y, cuando él volvió a sentarse, le tocó la cara, acariciándole la mejilla.

—Estoy feliz por ti —le dijo con toda la sinceridad del mundo, antes de fruncir el ceño—. Y siento envidia. ¡Mucha envidia! ¿Has visto sus brazos? Son ¡uff!… y esos ojos… ¿por qué no tenemos hombres así en Central?

— ¡Oye! —Se quejó Barry, a pesar de que sabía que sólo lo estaba diciendo en broma.

Iris se encogió de hombros y negó con la cabeza. Volvió a sujetar la mano de Barry y, ésta vez, fue ella quien apretó sus dedos con fuerza.

—Ese mensaje que hice que mi secuestrador te mandara —su voz se rompió un poco de nuevo, pero logró controlarla y Barry hizo un esfuerzo por ignorarlo, aunque, por dentro, se le rompió el corazón—, lo hice porque sabía que si alguien se iba a dar cuenta de que algo andaba mal serías tú, si te enviaba las palabras correctas, pero, luego, no podía dejar de pensar… Barry, nunca fue mi intención lastimarte, ni jugar con tus sentimientos o confundirte… cuando me dijiste lo que sentías por mí… Dios, no reaccioné de la manera correcta y te culpé, mucho tiempo, por ponerme en una situación así y no me di cuenta de lo cruel que fui, aunque creía que estaba haciendo lo correcto por ambos.

»—Después de que el mensaje fuera enviado, imaginé que el castigo adecuado para mí… actitud… sería que me dejaras en donde estaba, por hacer las cosas como las hice —Barry se sintió como si acabara de golpearle el pecho y sus ojos se abrieron mucho ante la sorpresa. ¿Cómo podía ella pensar que…?—. Y luego me di cuenta de que ese no sería el Barry Allen con quien crecí. Siempre te desviviste por hacer lo mejor por mí, aunque yo no supe apreciarlo. Perdóname.

—Iris… —dijo cuándo recuperó la capacidad de hablar.

Ahora era él quien tenía un nudo en la garganta: nunca imaginó que Iris pudiera sentir tanto por algo que él dejó atrás hace mucho, a pesar de que, sí, fue algo que lo marcó, hasta cierto punto.

—No puedo dejar de pensar en cómo reaccioné, en las cosas que te dije… no puedo creer que sigas aquí, conmigo, después de todo eso —insistió ella.

Porque la pelea con Eddie no fue agradable e incluso Joe tuvo que intervenir. Eso causó muchos sentimientos encontrados en Barry, que siempre estuvo convencido de que, en su vida, nada podía salir bien. Estaba acostumbrado a fracasos tan grandes y llenos de tragedias como la caída del Hindemburg, así que no estaba habituado a tener la esperanza en alto.

Y ahora, después de este golpe de suerte y haber encontrado a Oliver… parecía haber un rayo de sol atravesando las tinieblas.

—Iris, eso ya pasó. Y seguimos siendo amigos, seguimos siendo hermanos. Eso es lo que importa.

—Nunca me lo voy a perdonar.

—Esto es una consecuencia del secuestro, es estrés post-traumático. Tu cerebro está señalando lo que creyó un fallo respecto a tu actitud conmigo porque enviar ese mensaje fue lo que te salvó la vida. Sólo quieres asegurarte de seguir en mi gracia —agregó con una sonrisa porque, aunque confiaba en sus palabras, tampoco quería seguirla viendo en un estado tan lamentable.

Iris lo golpeó en el hombro con el dorso de la mano.

—Sea por lo que sea, necesito disculparme para tranquilizar mi alma, Barry: ¿puedes perdonarme? —Preguntó con ojos brillantes.

Barry rió, porque esa era la única opción disponible aparte de romper en llanto como no pudo hacer esos días de desazón y, entre ambas, le pareció la mejor.

—No hay nada que perdonar, en verdad. No eres responsable de los sentimientos que tenía por ti. No era tu obligación corresponderlos —fue doloroso admitirlo, pero era cierto.

Iris frunció los labios.

— ¿Por qué la vida tiene que ser tan complicada y estar tan llena de malas decisiones?

Barry se encogió de hombros.

—No lo sé: tal vez es precisamente eso lo que la vuelve vida, ya sabes. Todo sería muy monótono si fuera sencillo e igual para todos.

Iris se tocó la frente con dedos temblorosos, apartándose el flequillo de los ojos.

—Me alegra que lo único bueno de todo esto es que conocieras a Oliver Queen. Sé que no te interesa la farándula tanto como a mí, pero si estuvieras al tanto de todo lo que ha pasado en su vida, te darías cuenta de lo suertudo que eres. Tendrás que presentármelo y todo eso. Pronto —terminó, mirando la cesta de peonias que descansaba junto a la ventana cerrada de la habitación.

Barry sonrió.


Cuando Wally llegó, más tarde, para sustituirlo, se despidió de ambos y salió del hospital. Oliver le había enviado un mensaje más temprano, pidiéndole encontrarse frente a la alcaldía y ya iba retrasado —lo cual no era de extrañar, en realidad, pero tal vez a Oliver, nuevo en sus malos hábitos, lo tomaría por sorpresa—.

Se encontraron en la escalinata y, cuando estuvieron uno frente al otro, Oliver le dio un abrazo que le trituró los huesos de la espalda, pero también sirvió para hacerlo entrar en calor. El beso vino después y, si sintió cierto cosquilleo penoso en el cuerpo al darse cuenta de que estaban en público, lo mantuvo oculto por el bien de la situación.

Oliver le sujetó la mano y tiró de él para llevarlo escalones abajo.

—Hablé con Quentin ésta mañana —le dijo, caminando hacia el auto que esperaba por ellos aparcado junto a la acera—. Aunque el caso de tu hermana ya se resolvió, le dio la pauta para seguir indagando sobre los traficantes de Stardust. Mientras investigaba la desaparición, localizó a dos posibles vendedores y los tiene bajo custodia ahora mismo. Si juega bien sus cartas, es posible que puedan hacer un movimiento para atrapar a los distribuidores e, incluso, podrían encontrar a los responsables de las muertes de las periodistas. A estas alturas no es mucho, pero al menos será un consuelo para sus familias.

Barry asintió: esa podía ser otra cosa buena del secuestro de Iris, al menos.

—Me da gusto —fue lo único que pudo decir. Oliver le abrió la puerta del auto y Barry se obligó a entrar, conteniendo el rubor que le manchó la cara. Saludó a Diggle, frente al volante, con toda la cortesía que pudo reunir y, cuando Oliver se encontró a su lado, lo miró con ligera inquietud—. ¿A dónde vamos?

Oliver le hizo un gesto con la mano a Dig, que puso en marcha el auto.

—Ya que los periodistas están sobre nosotros como una jauría de lobos, pensé que podíamos pasar la tarde en mi departamento, si no te importa. Amo cocinar y ha pasado un tiempo desde la última vez que pude hacerlo sin prisas: pensé que podría prepararte algo especial.

Barry se echó a reír por pena… al mismo tiempo que Dig, quien enmascaró el ruido como un ataque de tos, que no evitó que Oliver le regalara la mirada más densa del mundo. Vaya amigos.

Barry le dio un beso en la mejilla, sintiendo la aspereza de su barba dorada en los labios, y asintió.

—Me parece perfecto —convino y Oliver se relajó.


Recuerden: ¡Recta final!

Todas mis historias sin comentarios se están yendo a HIATUS, así que, ya saben :p

¿Por qué los trauman tanto las cosas que hace Oliver? xD Si se marchó fue porque era lógico irse, si no respondió el mensaje de Barry, fue porque estaba en medio de la cruda… realidad de haber pasado la noche en Verdant con su crush :p

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