Castle sacó la maleta al pasillo, y echó una última mirada al loft, comprobando que todas las luces estaban apagadas y en orden. Un suspiro se escapó de sus labios y cogió el iPhone, pasando otra vez por alto las llamadas perdidas de Beckett.
Justo en ese momento, la detective volvió a llamarle, y una foto de ella sonriente ocupó toda la pantalla. A Castle casi se le rompió el corazón al darle a "Rechazar llamada" y dejarla hablar con su buzón de voz, pero en aquellos instantes, era lo único que podía hacer para protegerla. Aunque fuera contra sus sentimientos. Aunque pusiera su naciente relación en peligro. Preferiría vivir solo y con pena a tener que ir a llorarla a una tumba sabiendo que había muerto a manos de Tyson. Podría vivir con dolor, pero no con culpa. Era el peor de los venenos…
Cerró la puerta del loft y tanteó los bolsillos en busca de sus llaves. Tuvo un momento de pánico pensando que se las había dejado dentro pero pronto las encontró. Dio todas las vueltas que la cerradura permitía y, cuando estaba guardando las llaves en la maleta, oyó algo a sus espaldas que le hizo sobresaltarse. Se giró, con el corazón a mil y la respiración escasa, escrutando las sombras del pasillo porque la luz no había saltado. Buscó la protección de la pared contra su espalda y esperó, en silencio, apenas respirando, a un movimiento, una señal… Algo. Pero no pasó nada.
Lentamente, fue hasta el centro del pasillo y movió un brazo, haciendo que el detector encendiera la luz e iluminara un rellano vacío en el que solo estaba él. Sacudió la cabeza, sin saber si reírse o llorar. Aquello solo era el principio de una larga tira de semanas sin dormir, vigilando cada movimiento a sus espaldas, desconfiando de cada persona que se le acercara demasiado en la calle. Era el principio de una vida con miedo, sabiendo que la muerte te acecha tras cada esquina.
Agarró el asa de la maleta y la arrastró por el pasillo, oyendo el reconfortante sonido de las ruedas contra el suelo de mármol, agradeciendo que por lo menos algo tapara cada mínimo ruido para no hacerle sufrir un ataque de pánico cada segundo. Cuando estaba llamando al ascensor se dio cuenta de que no tenía las llaves del coche y volvió sobre sus pasos, abriendo la puerta del loft y buscándolas con la mirada. Habían quedado encima de la mesa del despacho.
- Si es que no tengo la cabeza donde debería… - masculló para sí mismo.
Volvió corriendo hacia el ascensor, llamándole de nuevo porque alguien se lo había robado. Esperó impacientemente, golpeando el suelo con el zapato, sintiendo que el mundo trabajaba demasiado lento para el ritmo de un hombre que no sabe qué segundo de su vida será el último. Se paró a pensar que quizá estaba siendo un poco catastrofista, pero normalmente su mente de escritor tendía hacia las catástrofes que harían que un buen libro se vendiera. Y no había nada mejor que un hombre siendo perseguido por su némesis.
"Pero no te persigue a ti. Por alguna razón que se te escapa, ahora mismo va tras una detective del BPD. ¿Por qué?" le recordó una vocecita en algún rincón de su mente.
"¿Por qué?" volvió a repetir. ¿Qué había incitado a Tyson a dejar de perseguir a mujeres rubias por ponerse a perseguir a una morena? ¿Se había enamorado? Castle desechó aquello enseguida, un asesino en serie como el 3XA carecía de sentimientos amorosos. Quizá alguna rencilla del pasado… La detective Rizzoli le había dicho que no era lo que parecía, que le explicaría todo en cuanto llegara. Miró el reloj, y vio que iba bien de tiempo: aún quedaba una hora para su vuelo a Boston.
Salió del iluminado ascensor para entrar en el oscuro parking de su edificio. Echó una mirada por encima de su hombro, vigilando que nada se moviera tras él mientras se dirigía a paso rápido en busca de su coche y de un interruptor. Encontró uno y lo pulsó repetidas veces, maldiciendo al electricista que había instalado bombillas de bajo consumo porque tardaban mucho en cargar. Sus pasos resonaban en el desierto garaje, levantando un eco que nadie oía pero fácilmente perseguible. Volvió a mirar hacia atrás, comprobando que seguía solo, y llegó a su coche.
- Vaya por dios… - maldijo.
La bombilla que quedaba encima de su Mercedes estaba fundida. Eso era el karma o algún tipo de broma pesada del destino…
Metió la maleta en el maletero, con rapidez, sin pararse para nada más que para vigilar sobre su hombro. Con el billete impreso en la mano, abrió la puerta del conductor y se metió dentro, echando un vistazo por el espejo hacia los asientos de atrás. Tras comprobar que estaba solo y tremendamente paranoico, dejó los billetes en el salpicadero del lado del conductor y metió la llave en el contacto, relajándose cuando oyó la música llenar el silencio. Concentrado como estaba quitando el seguro del volante, no vio nada.
De repente, la puerta del copiloto se abrió y una ráfaga de colonia femenina entró en el coche al mismo tiempo que una conocida cabellera castaña de rizos aparecía por el hueco. Beckett se sentó en el asiento aprovechando el desconcierto de Castle, que se había quedado mirándola sin poder reaccionar.
- ¿Pensabas irte sin mí? – preguntó ella, entre enfadada y divertida.
El escritor se quedó sin palabras, observando cómo Beckett tiraba una bolsa en los sillones de atrás y se abrochaba el cinturón.
- No puedes venir conmigo – atinó a decir.
- ¿Por qué? – preguntó ella, desafiante.
- Primero porque no tienes bill… - se calló cuando la detective agitó un billete impreso como el suyo. – Segundo, porque no puedes venir conmigo.
- ¿Por qué no? ¿Qué ha pasado en Boston tan grave que haga que te marches corriendo y no contestes al teléfono? Sé que Martha y Alexis están bien así que no vayas por ahí – añadió Beckett antes de que él pudiera decir nada.
- ¿Cómo sabes que es en Boston? – preguntó Castle tontamente.
- Soy detective y la llamada la recibiste en mi teléfono. Es tan sencillo como mirar un registro, igual de sencillo que comprobar tus tarjetas de crédito para ver que habías comprado un billete de avión.
- ¿Me has investigado?
- ¿Y qué querías que hiciera si colgabas mis llamadas? – exclamó ella, mostrando su enfado.
- Hay una razón para que no lo hiciera. Esa razón tiene nombres y apellidos y está en Boston. – contestó Castle con voz cansada, encendiendo el silencioso motor y poniendo el coche en marcha: estaba claro que Beckett iba a ir con él y ambos tenían un avión que coger.
- ¿Y se puede saber quién es? Dudo que sea esa detective Ri-noséque…
- Rizzoli – corrigió él.
- …así que explícamelo para que pueda comprenderte. – continuó la detective como si no hubiera dicho nada
Castle se mantuvo en silencio, con la vista fija en la carretera y la circulación, sin decir nada más. Podía parecer que toda su atención estaba puesta en los otros coches pero, en realidad, su mente estaba muy lejos de allí y era su piloto automático el que conducía. La verdad era que, desde la llamada, era ese piloto automático el que había guiado sus pasos y sus acciones, su parte racional totalmente incapacitada por el miedo para pensar.
- ¿Rick? Sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad? Que puedes contarme lo que te ocurre para que te ayude. Somos una pareja ahora, ¿recuerdas? Se supone que debería ayudarte con tus problemas pero el que se ha escondido tras un muro impenetrable eres tú y… No sé cómo ayudarte… Tú eres el experto en encontrar grietas…
Beckett casi murmuraba el final, sin fuerzas ya para seguir peleando, solo queriendo que Castle supiera que podía confiar en ella. Aunque estaba sentado a su lado, en realidad estaba muy lejos, y no sabía cómo llegar hasta allí porque, para empezar, ni si quiera sabía lo que le había hecho irse allí.
- Tyson – susurró el escritor, con voz ronca, y mirándola fugazmente, sus ojos azules impregnados en miedo.
- ¿Qué? – inquirió ella, deseando haber escuchado mal.
- El 3XA ha vuelto. En Boston.
- ¿Cómo? ¿Cuándo?
Pero Castle ya estaba sacudiendo la cabeza antes incluso de que terminara de preguntar.
- No lo sé, no lo sé. Solo sé que ha vuelto, cambiando totalmente su modus operandi por imitar a alguien, al némesis de la detective Rizzoli.
- ¿La que te llamó?
- Esa misma.
- No lo entiendo – masculló Beckett, más para sí misma que para él. Sacudió la cabeza, sin terminar de creérselo.
Castle aparcó en un sitio libre del parking del aeropuerto, cogió los billetes y la bolsa de Beckett y salió del coche. Sacó su maleta y cerró el coche, viendo los intermitentes parpadear mientras un pitido sonaba. Observó a Kate, parada al lado de la acera, aun procesando la información.
Sus miradas de encontraron, un azul teñido de miedo contra un verde avellana lleno de incertidumbre. Y Beckett tuvo claro lo que tenía que hacer. Se acercó a Castle con paso rápido y se lanzó a sus brazos, haciendo que el escritor dejara caer su bolsa al húmedo asfalto. Ella hundió su cara en su pecho, aspirando el gastado aroma de su colonia, y le abrazó con fuerza. Castle respondió enseguida, enterrando la nariz en los cabellos de la detective, cerrando los ojos y estrechando su fino cuerpo entre sus brazos, sintiendo que una parte de su corazón volvía a recomponerse.
- Siento haberme comportado así pero solo quería mantenerte a salvo y yo… - no pudo seguir porque se le quebró la voz.
Beckett alzó la cabeza, mirándole fijamente, y depositó numerosos besos en sus labios.
- No digas nada.
- Pero…
- No. No hacen falta disculpas. – susurró ella contra sus labios, volviendo a besarle.
Estuvieron así aproximadamente un minuto y cuando finalmente Castle se separó y cogió sus maletas, la detective le miró fijamente a los ojos y dijo con total seriedad y confianza:
- Le cogeremos.
