PERDOONNN.... NO TENGO PERDON Y LO SE. SINCERAMENTE ES QUE SE ME OLVIDÓ SUBIR EL CAPI , CREÍA QUE YA ESTABA Y NO. BUENO, PUE NADA, AKI OS TRAIGO EL 10 CAPI, Y NO TARDARÉ EN SUBIR EL 11 PORQUE YA LO TENGO ESCRITO.

SPERO QUE OS GUSTE.

DISCLAIMER: LOS PERSONAJES NO ME PERTENECEN, YO SOLO JUEGO CON ELLOS PONIENDOLOS EN SITUACIONES DIFERENTES.


CAPITULO 10: MEDIDAS ARRIESGADAS

La sangre me hervía, las palabras en si tenían un vago significado, pero aún así estaba segura de que acababan de romper la única promesa que les hice hacerme.

No esperé ni tan siquiera a que se diesen cuenta de que estaba allí. Mi olor ciertamente los alertaría en segundos, y me extrañaba que hubiesen hablado incluso dos frases antes de decirme algo o callarse. Giré sobre mis talones, nada dispuesta a seguir escuchando o a enfrentarles.

Mi cabeza daba vueltas, mareando una y otra vez aquellas palabras. Él es la piedra angular de su vida, al igual que ella la de él.

No podía tratar de fingir no entender a quien se referían, pero si que no entendía el por qué. Parecían todos muy seguros de que Mario podía significar algo para mí, alguien que podría entrar en mi vida y en mi corazón cuando eso era simplemente imposible.

¿Piedras angulares? ¿Qué parte de "no volveré a amar en mi vida" no entendían?

Jamás pensé en que Carlisle tendría esa faceta tan exasperante de casamentero, lo veía más como un hombre serio e intelectual, no como alguien que pierde el tiempo en emparejar a personas que no tienen nada que ver unas con otras. Pretender que entre Mario y yo hubiese algo, aunque fuese una simple amistad, era algo imposible. Cierto que me había sentido mal por él, que había llegado a estar preocupada por su salud, pero de ahí a algo más… era completamente impensable.

Mi corazón palpitaba errático, desenfrenado por la ira y la incredulidad. Quería explotar, desplomarme en el suelo en medio de un pasillo y gritar, gritar tan fuerte que me oyesen hasta en el infierno. Aquello solo hubiese llamado la atención del grupo de vampiros que sin duda estarían cerca.

No lo pensé mucho, simplemente aceleré el paso hasta la entrada principal del pabellón general. En cuanto salí al exterior el aire y el sol me dieron de lleno en el rostro. Sonreí ante aquel detalle. No podrían seguirme, al menos hasta que oscureciese.

Corrí por el aparcamiento principal como alma que lleva el diablo, consciente de todas las miradas que los transeúntes posaban en mí. Debía tener un aspecto horrible, o tal vez una expresión inquietante, pero no importaba. Solo importaba el hecho de huir de allí, alejarme de aquella familia y desaparecer.

Era de esperar que mi móvil no tardase en sonar, y supongo que mi decisión de no contestar la llamada hizo aun más evidente quien era el que estaba tras la línea telefónica. Solo Alice podría saber que había huido e internado en el soleado día y que no pensaba cogerle el teléfono. Creo que ni llegué a sacar el aparato del bolsillo cuando la musiquita dejó de sonar.

No me constaba que Alice estuviese presente en aquella animada conversación, pero aun así tenía que estar al tanto de los planes de Carlisle… ella siempre estaba al corriente de todo.

Mi rabia se mezclaba con la curiosidad; saber que era aquello que tenía a Carlisle tan convencido y sobretodo que era lo que haría al respecto. Me constaba que no se andaría con pequeñeces y si todo era lo que yo temía, sus movimientos serían ciertamente infranqueables para mí.

Desde el principio había mostrado una extraña fijación en que yo me mantuviese cerca de aquel chico. Resultaba extraño, incluso viniendo de un ser centenario como él; o tal vez era precisamente por eso, porque le tenía por alguien que va más allá de temas tan estúpidos. No quería creer que pensase que Mario podría ser alguien importante en mi vida, que en cierta forma podría aplacar mi angustia o siquiera hacerme olvidar.

Podría esperar algo así de mi familia, de mi alocada madre o de incluso los compañeros de instituto. Posiblemente incluso Charlie podría haber intentado algo parecido, pero no los Cullen. Para ellos tendría que ser diferente, ellos tendrían que estar llorando la perdida tanto como yo y no pendientes de que alguien más entrase en mi corazón.

¿Cómo podían siquiera pensar en que olvidase a Edward? Me resultaba repulsivo pensar en alguien diferente tomando mi mano, o mostrando un interés especial por mí. No había ni habría jamás nadie que pudiera borrar u ocupar el lugar del amor de mi vida.

De mi vida, de mi muerte e incluso de la eternidad en el infierno que me esperaba.

Agotada me detuve cerca de un parque, con la respiración entrecortada por la carrera y sin saber donde me encontraba. Sumida en mis pensamientos no presté atención alguna a las calles que había dejado atrás, y en ese momento me encontraba completamente perdida.

Por la luz deduje que sería más o menos mediodía, y al ser fin de semana la ciudad parecía tener vida propia, con las calles repletas de gente que entraba y salía de diversos establecimientos. Gente que aprovechaba el sábado para hacer las compras para el hogar, o simplemente fundían sus tarjetas de crédito en las tiendas de moda para llenar sus vestidores. Parejas de la mano que se sentaban al sol en terrazas atestadas de gente, matrimonios que paseaban con sus hijos, adolescentes hormonados que babeaban mirando las largas piernas de alguna chica que pasaba por delante de ellos ligera de ropa.

Me entraron ganas de vomitar, mi estómago se puso del revés de pura frustración. El ser más perfecto del universo había muerto y el mundo entero debería estar de luto, pero era obvio que nadie más que yo se fijaba en ese detalle.

Desquiciada al punto de la histeria, me senté en un mugriento banco del parque. Al fijarme bien, me di cuenta que no era el tipo de parque donde los padres llevaban a sus hijos, más bien todo lo contrario. Aun se podían ver latas de cerveza tiradas por doquier, contaminando el aspecto de una ciudad llena de vida. No parecía que los servicios de limpieza pusieran mucho ímpetu en dejar visible aquella zona, que a simple vista daba a entender que era el lugar idóneo para la peor calaña.

En la otra punta habían varios cartones que se alzaban como una barricada, formando junto con la esquina un refugio. Sin acercarme a inspeccionar sabía que detrás habría algún pobre infeliz durmiendo la mona, un sin techo que habría pasado la noche bebiendo vino barato de un tetrabrik y bajo su borrachera posiblemente lamentándose de su poca suerte en la vida.

En otros momentos aquella visión me habría parecido desalentadora, pero tal y como iban las cosas en ese momento llegué a envidarles. Apartados y discriminados por la sociedad, al menos eran libres de pensar y vivir como querían. No todos llegaban a ese punto por decisión propia, pero tampoco todos querían nada mejor. No tenían a nadie detrás para decirles como vivir la vida, como afrontar sus desgracias o que cosas debían cambiar. No tenían que falsificar sonrisas para hacer felices a los de su alrededor, no veían necesidad de afrontar los problemas de otra forma que no fuese simplemente hundirse en sus infiernos y seguir deambulando como espectros.

Me sorprendí al darme cuenta que me encantaría llegar a ese punto. Disfrutar de mí bien merecida soledad, ahogarme en mi desdicha y vivir una vida austera y deprimente. El único inconveniente para lograr ese estado de autismo social eran seis vampiros dispuestos a todo por volver a verme sonreír.

Definitivamente eran víctimas de la eternidad, aburridos de la vida sin aspiraciones a algo más que jugar a la familia feliz con una estúpida humana. Pero no eran una familia feliz, ni tan siquiera eran familia.

Fingían estar emparentados entre sí, con dos figuras paternas que en realidad no eran más que extraños que compartían una vida en común. Y yo me había convertido en la mascota a la que cuidar, un cachorrito desaliñado e infeliz por la perdida, al que había que alimentar y criar, enseñarle juegos y entretener para ver luego las monerías que hacía.

Me hervía la sangre, al punto de estar segura que se había convertido en un veneno que me corroía el alma. Sangre. Ese era el punto de todo, el comienzo de esta enfermiza historia y mi tortura personal. No podía culpar al olor de mi sangre mi actual estado, pero era un punto a tener en cuenta. Si tan siquiera me hubiese matado cuando tanto lo deseó, no hubiésemos llegado a ese punto. Él se hubiese sentido un monstruo por el resto de la eternidad, pero poco a poco habría vuelto a tener el control y sobretodo seguiría vivo. Mi vida por la suya era un precio que hubiese estado dispuesta a pagar sin pestañear, pero las cosas nunca salían como uno hubiese preferido, y en vez de pagar con la mía, el había pagado con la suya.

Cerré los ojos con fuerza, un vago intento de desplazarme a otra dimensión y encerrarme en un mundo completamente diferente, donde no existiesen los vampiros de ojos dorados, donde la muerte no causase tales destrozos o simplemente donde los sentimientos no existiesen. Buscaba un lugar lúgubre, oscuro e impersonal, donde poder estar sin sentir como moría lentamente mientras por el contrario mi vida parecía alargarse por momentos.

Por supuesto no lo encontré, no me trasladé a ningún sitio ni mi dolor se apaciguó por arte de magia. Seguía sentada en el mismo banco lleno de mierda, en la misma ciudad que no lloraba por nadie y con la misma sensación de ahogo permanente que diez minutos antes.

- Hola guapa, ¿Tienes un cigarro?

Una voz ronca y pausada me desconcentró. Abrí los ojos, de nuevo alarmada y ciertamente algo asustada.

Ante mi había un hombre con un aspecto lamentable. Estaba levemente encorvado y sus ropas estaban raídas y sucias. Solo llevaba un zapato que, a juzgar por el gran agujero en la parte delantera, le venía varias tallas grandes. La suciedad había hecho costras en su piel expuesta, el pelo grasiento parecía más oscuro de lo que posiblemente era. Sus ojos turbios me miraban fijamente, ávidos de algo que no supe descifrar. La sonrisa macabra que desfiguraba aún más su rostro estaba marcada por unos dientes negros y rotos.

Todo mi cuerpo se erizó, una corriente nada placentera me recorrió la espalda y un aguijonazo me traspasó el estómago. Aquel tipo no era de fiar, eso se veía a simple vista.

- No, lo siento pero no fumo- respondí quedamente.

En ese momento ya no me pareció tan buena idea estar en un parque de aquel calibre sola, sin la protección a la que tan acostumbrada estaba de aquellos vampiros.

- Venga, no seas remilgada niña- su sonrisa desapareció por completo- si no tienes un cigarro entonces dame dinero para comprarlo.

Alargó su mano y antes de que yo pudiese retroceder ya me tenía cogida de la chaqueta. Mi cuerpo tembló ante el miedo, mi móvil comenzó a sonar de nuevo y supe otra vez quien sería. Quería contestar, de veras quería pedirle que se tele transportara allí mismo y me quitase a aquel tío de encima cuanto antes, pero no fue necesario.

- Tu, capullo, quítale las manos de encima ahora mismo si no quieres que te arranque la cabeza- bramó una feroz voz a mis espaldas.

- Tú no te metas, esto es entre esta preciosidad y yo- me miró con furia- ¿Verdad querida?

Su fétido aliento me produjo nauseas, tuve que apartar la cara para no vomitar todo lo que no tenía en el estómago. Me puse a temblar irremediablemente, aun sujeta por aquel desgraciado.

- Te he dicho que la sueltes ahora mismo- aquella voz de nuevo, pero ahora mucho más mordaz.

Acto seguido entraron en mi campo de visión tres chicos que a simple vista juzgué tendrían aproximadamente mi edad. Vestidos a más puro estilo punk, sus semblantes eran todo menos simpáticos.

Pude intuir que nos habían rodeado, y a juzgar por sus rostros venían listos para una buena pelea.

Un leve temblor delató a mi agresor, que lentamente comenzaba a aflojar el agarre mientras miraba a su alrededor. El temblor de su mandíbula contrarrestaba la furia helada de sus ojos entrecerrados.

No envidiaba en absoluto su situación, y comprendía a la perfección el temor que le corría por el cuerpo. Podía soltarme sin más, pero salir de aquel círculo no sería precisamente fácil. Aquellos jóvenes no parecían tener la intención de dejarle ir sin más.

En cuanto lo vi posible me deshice de su agarre poniendo tanta distancia como el banco de piedra y el corrillo me permitieron.

- Bien, bien… ya me voy- titubeó

- No tan rápido gilipollas

Me giré para ver quién era el dueño de aquella voz. No me sorprendí al encontrarme con otro tipo igual al resto.

Tenía que admitir que resultaba amedrentador. Su pelo rubio ceniza, sus ojos color caramelo y su mandíbula marcada y firmemente apretada, le daban el aspecto del tipo con el que no te gustaría tener problemas. Sus manos eran dos puños, cerrados con fuerza hasta hacer blanquecinos los nudillos. Todo su cuerpo exudaba tensión y un magnetismo peligroso. Tenía toda la pinta de ser el cabecilla de la pandilla, alguien acostumbrado a mandar y ser obedecido, de romper tantas normas como fuese capaz y marcar cierta tendencia a su alrededor.

- Mirar, no quiero problemas ¿vale?- volvió a hablar el indigente.

- Un poco tarde para eso, ¿no crees?- una sonrisa zalamera apareció en el rostro del chico rubio.

Me estremecí al pensar en que iba a desembocar todo aquello. No parecían dispuestos a dejarlo correr y seguir con su día como si nada hubiese pasado. El destello en sus ojos decía que aquello era un entretenimiento más, algo con lo que pasar el rato. No me conocían de nada y claramente mi seguridad les importaba tanto como las rebajas en Dolce & Gabanna, solo era una excusa perfecta para contrarrestar el tedioso día.

- Dejad que se vaya… por favor- susurré.

Por lo visto hablé lo suficientemente alto como para que me oyesen, y cuando aquellos ojos se cruzaron con los míos me sonrojé furiosamente. Me cuestionaba con la mirada, incrédulo de que les pidiese que le dejasen. En parte tenían razón, aquel tipo acababa de agredirme y ahí me encontraba yo… preocupada por si le daban su merecido. Pero esa era yo, ya tenía bastante sobre mi conciencia sin falta de que alguien recibiese una paliza en mi nombre.

De pronto aquellos ojos se suavizaron, haciendo aquel rostro más sereno y normal.

- ¿Estás segura?- me preguntó

- Si, no me ha hecho nada… dejadle- le contesté intimidada.

Un leve movimiento de cabeza fue suficiente para que el corrillo se abriese, dejando espacio para que mi agresor huyese bien rápido. Le miré alejarse, perderse entre el gentío de la calle que parecían ajenos a cuanto acababa de pasar. Una mano en mi hombro me hizo pegar un bote.

- ¿Estás bien?- el rubio estaba ahora a mi lado y me miraba con una extraña preocupación.

- Eh… si, si, estoy bien, no ha sido nada en serio pero gracias.

- De nada, por cierto yo soy Cedric- se pasó la mano por el pelo- ellos son Ufe, Carl y Máxime.

Solo se habían quedado los tres que había visto aparecer ante mí, otros tres se habían alejado hacia la otra punta del parque como si aquello les aburriese enormemente.

- Umm… yo soy Bella- contesté.

Me miraban con amplias sonrisas, casi depredadoras mirándome de arriba abajo. Evaluaban a la damisela en peligro que recién habían salvado del malvado dragón. En parte me hicieron sentir algo incómoda, aunque el sentimiento de peligro seguía sin aparecer. Ese tuvo que ser anulado el día que puse un pie en Forks.

-¿Y que hacías en este parque?- Preguntó Cedric- No pareces del tipo que encaja en este ambiente.

Su tono de voz y sus palabras me irritaron en sobremanera. Casi podía oír a los Cullen decirme que era seguro para mí y que no. Siempre las malditas preocupaciones por la pobre y torpe humana que no sabe cuidarse sola.

Elevé bien mi barbilla, con el gesto más altivo que fui capaz y arremetí con toda la mordacidad que pude.

- ¿A no? ¿Y de qué tipo parezco?- sus ojos se abrieron bastante, sorprendido por mi reacción al tiempo que la comisura de sus labios se elevaba ligeramente. Se estaba riendo de mí.

- ¿Del tipo que se sienta en su habitación o en el jardín con un libro?

Bien, eso era tocado y hundido. Aquella era la descripción perfecta de Isabella Swan, la modosita niña que jamás rompió un plato… pero hacía tiempo que yo había dejado de ser esa.

- Vaya, habló el tipo duro- dije con sarcasmo y las risas flojas de los otros tres no tardaron en oírse- tal vez te sorprenderías si me conocieses.

- ¿Una chica a la que le va el peligro?- enarcó una ceja- Sinceramente no das el tipo, no.

¿Qué no daba el tipo? Me reí internamente, preguntándome si él daría el tipo en la mitad de situaciones en las que yo me había visto envuelta. Fantaseé un poco, imaginando su cara si tuviese a un enorme lobo de dos metros respirándole en la cara, como habría gritado cual niña en brazos de uno de los vampiros corriendo a velocidades imposibles, o simplemente vérselas a solas con alguno de los no vegetarianos que tanto placer tenían en perseguirme para drenarme la sangre.

- ¿Me estás retando a algo, listillo?- me envalentoné.

Frunció el ceño, visiblemente contrariado por el cariz que estaba tomando la conversación.

- No precisamente, pero no tendría problemas a hacerlo si te ves capaz de hacer algo no digno de una señorita bien.

Como un fugaz destello, un recuerdo lejano, me vinieron a la mente todas aquellas situaciones que yo había provocado para oír la voz de Edward cuando me abandonó. El detonante de aquellas voces siempre fue el ponerme en un riesgo innecesario. Casi paladeé mi gloria; si había funcionado en una ocasión posiblemente volviese a hacerlo. Un poco de adrenalina no me vendría mal, pero por sobretodo su voz era lo que más ansiaba. Aquella caricia disfrazada de aterciopelada música era cuanto necesitaba en esos momentos, sentirle cerca protegiéndome.

Miré el cielo, el sol aun estaba muy alto, así que tenía tiempo por delante antes de que viniesen a buscarme… si es que lo hacían.

Sonreí con malicia mientras volvía a mirar a aquel chico. La decisión estaba tomada y por consiguiente mi móvil sonó una vez más.

- No Alice, no te voy a coger el teléfono… voy a divertirme- hablé en voz alta y el móvil dejó de sonar.

- ¿Cómo?- preguntó Cedric.

- Nada, cosas mías… bueno, entonces ¿Qué propones, chico peligroso?- sonreí abiertamente.

Un destello de frustración alcanzó sus ojos mientras volvía a evaluarme. Casi podía oír los engranajes de su mente mientras planeaba algo con lo que ponerme a prueba. Sin apartar la vista de mi y sin cambiar su expresión, tomó tras su oreja un cigarro liado. Le observé mientras lo encendía con suma tranquilidad, y el olor a marihuana inundó el espacio tras la primera calada.

- ¿Quieres?- me ofreció el porro.

- ¿Eso es todo lo que se te ocurre? ¿Qué fume marihuana?- le miré escéptica, sin creerme de veras que esa sería la prueba para demostrar no ser la niña bien que ellos creían.

No había fumado nunca, y menos aun marihuana pero sabía que un par de caladas no me pondrían en peligro, lo cual lo descartaba por completo. Podía esconderme tras la máscara de querer demostrarles algo, pero ese no era mi objetivo real.

-¿Qué buscas exactamente, Bella?- me preguntó tras una segunda calada.

- Emociones fuertes por supuesto, un buen subidón de adrenalina… peligro- dije mientras me encogía de hombros.

- Me parece que pides mucho, sobre todo a plena luz del día- dijo Máxime a mis espaldas.

Me di cuenta de que ellos no me darían lo que yo necesitaba. Parecían peligrosos, pero todo era simple fachada, cuando en realidad seguramente se conformaban con un poco de maría y sentarse en un parque mugriento. Todas mis expectativas de diversión con ellos se fueron al traste, pero no pensaba abandonar la idea de algo excitante el único día que lograba estar sin mis guardaespaldas personales.

- Bueno, creo que no me seréis de gran ayuda, así que… gracias por todo y adiós- me giré y me encaminé hacia la calle repleta de gente.

No esperé a que me dijesen nada, simplemente me alejé de ellos. No tenían nada que ofrecerme pero yo necesitaba algo de acción. La extraña sensación de dejá vú en parte me reconfortaba y en parte me aterraba. No iba a ser la primera vez que ponía mi vida en peligro con el fin de oír la voz de un ángel, pero si sería la primera en la que sabría a ciencia cierta que tan solo era fruto de mi imaginación. Una solitaria lágrima hizo camino por mi rostro, ni tan siquiera me molesté en enjugármela, no valía la pena pues en el momento en que la limpiase otras miles iguales tomarían su lugar.

Me sumergí en el tumulto de gente, dispersa en mi mente pensando en la mejor manera de accionar la palanca que le trajese a mi de nuevo. Ahora no tenía una moto que conducir, ni un acantilado que saltar. Esas ya no eran mis opciones, pero en una ciudad tan grande tenía que haber alguna manera de disparar el pico de adrenalina por mi organismo, con fuerza y precisión de forma que mi subconsciente me gritase con una voz aterciopelada.

Mi imaginación estaba quedando en entredicho, pocas opciones llegaban a formarse en mi cabeza. Los robos eran una de ellas, tal vez un coche… aunque no supiese hacer un simple puente. Fantaseé unos minutos con la clase de coche que podría robar, tal vez uno caro y sofisticado podría hacerlo un poco más interesante. Me vi a mi misma en la situación, acercándome con sigilo a un perfecto mercedes último modelo, descapotable y rojo a ser posible. Las llaves estarían en el contacto para facilitarme la maniobra y en pocos segundos estaría acelerando al máximo haciendo rugir el motor y chirriar las ruedas. No tardaría en encontrarme rodeada de policía, en una persecución con un final muy sencillo… yo arrestada.

Si, sería una experiencia inolvidable a la vez que vergonzosa, pero difícilmente pondría mi vida en riesgo a no ser que la persecución acabase conmigo estrellándome. Estaba decidida a hacer algo, pero no de matarme. Esa no era una opción, aun tenía una promesa que cumplir.

Dejando de lado el robo de coches seguí devanándome los sesos en busca del peligro perfecto. Las drogas sin duda atentarían contra mi salud, pero difícilmente serían un peligro inminente e instantáneo… eso sería más bien a largo plazo, con lo cual tampoco me servía. Tal vez una buena borrachera, sin llegar a dejarme inconsciente pero con la actitud lo suficientemente desinhibida como para hacer algo que si fuese bastante estúpido.

Mi móvil sonó otra vez, aunque esta vez era un mensaje. Bufando saqué el aparato planteándome seriamente estrellarlo para no oírlo nunca más. El mensaje obviamente era de Alice.

"Hubiese jurado que los vampiros no teníamos jaquecas, pero tu me estás causando una y muy fuerte. ¿QUIERES DEJAR DE TOMAR TANTAS DECISIONES Y VOLVER A CASA DE UNA VEZ?"

Ni me molesté en contestar, con la simple decisión de no volver sería más que suficiente.

Seguí paseando por la ciudad, sin mirar a nadie y mirando a todo el mundo. Podría decirse que por fin había entrado en mi propia burbuja de soledad, esa en la que estás rodeada de gente y te sientes sola, porque en realidad lo estás.

Un destello plateado llamó mi atención, me fijé en el hombre mayor que estaba sentado en una parada de bus. Parecía tranquilo y abstraído también en su propio mundo, mientras la gente pasaba frente a él. Su mirada estaba fija en algún punto indeterminado, pero el brillo en sus ojos lo delataba. Pensaba en algo o alguien, sin ver realmente a su alrededor. Me fijé en sus manos, en una tenía una manzana roja y brillante mientras en la otra llevaba una navaja con la que cortaba pedazos de la fruta para llevárselos a la boca.

La imagen me vino con la misma claridad con la que le observaba a él. Delante de mi tenía la solución a tanta pregunta. Había encontrado lo que buscaba, el peligro perfecto, un riesgo sumamente alto con el que lograría mi objetivo.

Si lo hacía con tranquilidad y sin apresurarme no podía salir mal. Un simple corte a la hora indicada bastaría para que mi vida pendiese de un hilo, desangrándome en algún sucio callejón pero dándoles tiempo suficiente para que llegasen a mí. La idea era sumamente atrayente, el plan perfecto. Ya casi era capaz de escuchar su voz gritándome enfurecido que parase, que no cortase más, que no me suicidase. El placer de la anticipación era como una suave caricia, una caricia gélida como el hielo que me calentaría el alma como si estuviese rodeada de llamas.

Tenía que agregarle el dolor que sin duda iba a sufrir, otro aliciente para mi propósito. El dolor físico no me asustaba, no después de sentir el dolor en el corazón durante tanto tiempo. Estaba segura que nada podía compararse con aquello, un simple corte o dos no me doblegarían.

Distraída y orgullosa de mi misma no presté atención a mi alrededor. Estaba dándole vueltas al tema, como a qué hora sería lo mejor para sufrir durante un rato hasta que llegasen los refuerzos. Me preguntaba cuanto tardaría en desangrarme por completo, pues quería tener tiempo suficiente para saborear lo cercana que estaría de la muerte y no quería que apareciesen los Cullen antes de tiempo.

Di un paso al frente y al segundo se oyó el derrape de unos neumáticos junto con el estruendo de un claxon. Alguien sujetó con firmeza mi brazo y tiró de mi hacia atrás, justo a tiempo para que una furgoneta se detuviese centímetros después de donde yo estaba un segundo antes.

-¿Estás loca?- me gritó.

Todo sucedía tan rápidamente que me costaba reaccionar. Había estado a punto de mandar al infierno todos mis planes por culpa de un despiste. Todo aquello no tenía la misma gracia si mi cabeza quedaba hecha puré en el asfalto. No me habría dado tiempo a oír absolutamente nada. Me estaba recriminado a mi misma cuando sentí una mano en mi bolsillo. Lenta en movimientos no llegué a frenar que me quitasen el móvil, ese que una vez más estaba sonando. Cuando alcé la vista me encontré a Cedric con mi teléfono pegado al oído.

- Si, está aquí… ten, dice que es tu hermano- me dijo con brusquedad.

Me dieron ganas de arrancarle la cabeza allí mismo, taconear sobre su estómago por haber echado por tierra todo el esfuerzo que había hecho durante todo el día por no contestar a la llamadas. Le miré tan furiosa como pude y a él le faltó levantarme el dedo corazón en respuesta.

- Dime- contesté con acidez.

- No sé qué cojones estás pensando en hacer, ya que tengo a mi esposa como loca por la casa gritando que no llegaremos a tiempo para salvarte… pero te aseguro una cosa, si haces alguna estupidez y sales de ella prepárate para que sea yo mismo el que acabe contigo… ¿ME ESTÁS ESCUCHANDO?- creo que aquellos gritos los oyeron todos.

- Creo que más alto que claro… "hermanito"- dije con sorna- y ahora si no te importa me apetece seguir con mi excursión.

- No te atrevas a colgarme Isabella…

- Adiós Jasper- y colgué.

-¿Se puede saber a qué estás jugando?- me increpó Cedric.

- Yo a nada, pero… una pregunta… ¿Cuánto tarda en desangrarse una persona al cortase las venas? ¿Una hora? ¿Dos? ¿Menos?

Sus ojos se abrieron con horror, mirándome como si tuviese dos cabezas y me hubiesen salido cuernos de la nada. Supongo que aquella pregunta después del numerito daba razones para mirarme mal, y más allá de lo que él pensaba estaba en lo cierto. Lo único es que él no podría entender todos los términos de mis acciones y yo no tenía intención de contárselos. Si ahora pensaba que estaba loca, sería gracioso haber visto la cara que ponía cuando le contase que no me iba a suicidar, solo a cortarme las venas con tiempo suficiente para agonizar de dolor, oír a mi difunto prometido y darles tiempo a seis vampiros a venir a por mi una vez se hubiese puesto el sol. Definitivamente era una gran historia, y si tuviese el ánimo tendría que ponerme y escribirla… rompería con las estadísticas y seguramente me haría millonaria.

- Tú te has escapado de algún manicomio, ¿Verdad?- inquirió

- No, de un pueblo de mala muerte y de una vida de mierda… si es lo que querías saber.

Era extraño la facilidad con la que salía esa nueva Bella a la luz, hosca, borde y maleducada. Nunca había sido tan sarcástica ni nunca había tenido un humor tan negro, pero parecía que encajaba a la perfección con mi nueva situación. No es que me sintiese realmente orgullosa, pero había que afrontar la realidad, y esa era que yo nunca volvería a ser la misma.

- ¿Dónde vives? Voy a acompañarte a casa- me tomó por el brazo y tiró de mi- no pienso apartar la vista de ti hasta que lleguemos y te deje en manos de alguien capaz de controlarte.

- De eso nada- me solté de su agarre- yo no voy a casa.

Bufó exasperado, la vena del cuello comenzó a hincharse y palpitar mientras su rostro tomaba un tono rojizo que nada tenía que ver con un rubor de vergüenza. Saltaba a la vista que estaba perdiendo la paciencia, ganando en furia y que en pocos segundos perdería por completo los papeles.

No me amedrentaría, si no lo había hecho en compañía de seres de ultratumba sedientos de sangre, no lo haría con un simple humano. Su expresión cambió levemente, cerró los puños con fuerza y respiró hondo.

- Muy bien, entonces pasaremos un lindo día paseando hasta que decidas volver a casa- dijo con simpleza.

-¿Cómo has dicho?

- Que no te voy a quitar la vista de encima loca suicida- dijo entre dientes.

- Si me sigues iré a la policía y denunciaré que me estás acosando- le rebatí

- Me gustará verlo, sobretodo cuando les cuente porque te seguía… estoy ansioso a ver cómo te niegas a decirles a ellos donde vives- una sonrisa triunfal se dibujó en su rostro.

Miré a mi alrededor, buscando una manera de deshacerme de aquel incordio. El haberme salvado del indigente no le daba derechos para hacerse cargo de mi seguridad. Me enfurecía darme cuenta que siempre acababa igual, con alguien velando por mi vida, dispuestos a todo con tal de asegurarse de que estaba a salvo de cualquier peligro que pudiese estar a mi alcance.

Tenía la opción de ponerme a gritar histérica que me estaba intentando robar o aprovecharse de mi, con la gente que había alrededor seguro que alguien se metería de por medio y le entretendría el tiempo suficiente como para que yo pudiese perderle de vista. Correría y callejearía, entraría en algún bar y me encerraría durante un rato en el baño y luego sería libre de nuevo.

Las ideas descabelladas tomaban forma en mi cabeza con una velocidad asombrosa, haciéndome sentir victoriosa antes de llegar a ponerlas en marcha.

Estaba a punto de ponerme a gritar cuando me tapó la boca.

- Como se te ocurra ponerte a gritar para que me caiga alguien encima te encontraré y te arrepentirás- dijo amenazante- no juegues conmigo niña bien.

- Serias un buen vampiro- dije sin pensar.

- ¿Un buen vampiro?- enarcó una ceja y casi parecía divertido- me han llamado muchas cosas pero nunca vampiro… tal vez tenga que empezar a morder cuellos por ahí y vestirme de negro total- rió.

- Cedric ¿No?

- Ajá.

- Bien, Cedric… vamos a hacer un trato- me aparté un poco de él- tu te vas y me dejas tranquila y yo me aseguro que mi familia no te despedace cuando les cuente como me has acosado.- aquella era la mentira más grande que había dicho en mi vida, estaba segura que los Cullen estarían más que dispuestos a recompensarle por vigilarme debidamente. Solo esperaba haber mejorado lo suficiente para que la mentira tuviese peso.

- ¿Y son muy grandes en tu familia?- rió de nuevo

- Hombre… Emmett da bastante miedo la verdad, Jasper te acojonaría con una sola mirada, pero a quien más miedo le tendría sería a Rosalie… incluso a Alice- dije riendo yo también sin poder evitarlo.

- ¿Tengo que temer a dos chicas? Solo por ver eso creo que valdría la pena- dijo entre carcajadas.

Pobre… si supiese que la diminuta Alice se desharía de él con un solo dedo posiblemente no se estaría riendo así.

- Venga, te invito a tomar algo y me cuentas a que viene toda esa locura tuya- me ofreció.

- No, gracias- negué con vehemencia- De veras te lo agradezco, pero preferiría estar sola- no terminé de decirle que necesitaba estar sola para poder llevar mis planes a buen término.

- No voy a dejarte sola Bella, no sé qué te pasa pero no voy a permitir que te hagas daño.

- ¿Y a ti que te importa?- salté de nuevo- No me conoces de nada, así que esfúmate.

- Lo sé, lo sé… pero algo me dice que no tengo que dejarte sola- se llevó la mano al pelo otra vez.

Tenía que decirle algo que le asegurase que no me iba a pasar nada, pero sin poder contarle la verdad iba a ser complicado disuadirlo de la idea que se había hecho.

- No me voy a suicidar ¿vale?, no tengo la más mínima intención de morir aunque ganas no me falten de verdad.

- Pues si no piensas suicidarte no te molestará pasar un rato conmigo… no soy tan mala compañía en serio.

- ¿Qué parte de "no voy a ir contigo a ninguna parte" no has entendido?- dije ya exasperada.

- Esa parte la entendí muy bien, pero tú no entendiste la de que "yo si voy a ir contigo".

- Mira Cedric- dije lentamente y apuntándole con un dedo- es mi único día libre y tú no vas a jodérmelo.

- ¿Tu único día libre? Al final tenía razón y te has escapado de algún manicomio. Bueno, no pasa nada, pasarás tu "único día libre" en mi compañía o volverás a tu casa.

Viendo la derrota ante mis narices no pude evitar romper a llorar. Como una niña pequeña me senté en medio de la calle con un berrinche. Al menos esa era la obvia sensación que daría al resto del mundo, aunque en realidad lo que estaba era rota por dentro. Necesitaba aquella voz, necesitaba mi ángel aunque fuese producto de mi imaginación para seguir adelante. No me veía con fuerzas para afrontar un día más ni las maniobras de aquellos que se consideraban mi familia, sin al menos tener algo a lo que aferrarme.

- ¡Hey! Tranquila- sentí a Cedric arrodillarse a mi lado y pasar sus brazos a mi alrededor- No pasa nada pequeña, todo se arreglará… ya lo verás.

Su intento de consuelo no llegaba ni a acariciar mi pútrida alma. Nada podría arreglarse y nada tenía significado. Había traicionado, me habían traicionado; había hecho daño y me lo habían hecho a mí. Ese era el círculo vicioso de mi existencia.

- Venga, vamos a tomar algo… yo invito- pasó los brazos por mi cintura obligándome a levantarme del suelo.

Le miré con atención, tragándome estoicamente las lágrimas. Su semblante estaba endurecido pero no de furia, más bien parecía realmente preocupado.

- ¿Por qué haces esto Cedric? No me conoces de nada…

- Ya te lo he dicho, no lo sé, pero no puedo dejarte así… lo siento pero soy demasiado tozudo como para que logres hacerme cambiar de opinión- una suave sonrisa disipó la tensión de su rostro.

- Está bien- acepté, total ya no podría quitármelo de encima en todo el día.