Advertencias: Los personajes de One Piece no me pertenecen. Fumar mata.

Muchas gracias a mi Beta AcSwarovski por leerlo, corregirlo y darme su valiosa opinión, además que este capítulo es casi tan suyo como mío. Leed sus fics, sí, no es una recomendación.

Mini-notas: ¡Volvemos a la carga! A parte de eso, quería comentar dos cositas: 1) Puede que pronto decida ir terminando con esta locura, antes de que se haga demasiado repetitiva o se me vaya demasiado la olla, porque ante todo quiero mantener la idea inicial de que no haya ningún tipo de relación romántica entre Kidd y la OC (idea ante la que hasta ahora nadie se ha mostrado contrariado); 2) POR FAVOR, pido encarecidamente vuestra colaboración para una Cuestión de Estado de los próximos capítulos y para ello he dejado en mi perfil una encuesta (Poll), gracias por tomaros las molestias de participar. Temblad cómo salga bien que amenazo con el retorno.

Por mi parte vuelvo con las mismas ganas y humor y espero que os llegue así, sino me lo decís antes de que sea demasiado tarde ;). Admito que hasta este momento éste ha sido el capítulo más complicado y que más cambios ha sufrido desde que comencé a escribirlo en agosto.

Muchísimas gracias por leer, comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que después de todo este tiempo seguís haciendo y, joder, me dan ganas hasta de llorar ¡Mil Gracias jamás creí que esto llegaría a tanto ni me haría conocer a otras almas gemelas! (XD)

Espero que os guste y siga manteniendo el nivel.

PL.


10. She does everything*


—Si quieres puedes cerrar los ojos e imaginarte cosas que no son mientras te lavo las heridas, milord.

—Eres una puta, retorcida, sádica, perversa, maldita hija de…

—Gracias, gracias, adoro su derroche de halagos, me hace sentir especial —escurrió el paño dejándolo húmedo pero que no goteara—. Escuece «un poquito», mi capitán.

—Lárgate de mi barco. Ya.

—Creía que habíamos superado esa fase. Kidd, llevémonos bien como Barbie dijo, sólo quiero que te recuperes.

Situó su mano izquierda con cuidado sobre su torso, mientras con la otra depositaba, en pequeños toques, el paño sobre las heridas más próximas a su cuello. Notaba como su pulso se aceleraba por el dolor, sin evitar una media sonrisa. Por ahora se mantendría callado un buen rato: evitando gritar. Al menos había conseguido enmudecer a la bestia.

Tras bañar su cuello en la solución desinfectante, dejó el paño sobre el suelo y cogió uno nuevo para repetir la misma acción con las heridas del bajo torso, y las del otro brazo.

También lavó con la misma atención el muñón.

—Ey, esto va mucho mejor de lo que esperaba, Capitán —le felicitó con una cálida sonrisa—. Aunque sólo han pasado unos días; pero este barco es el terror de todo médico.

—Cállate, maldita hija de perra.

—Me gustaba más lo de puta, no sé, trae recuerdos de cuando nos conocimos.

—¿Quién coño te crees que eres?

—Tu médico, y es lo único que te interesa saber por ahora —tras empapar el último paño volvió a acercarse a él, elevó su mentón con dos dedos—. Cierra el ojo, por favor.

Sopló un par de veces sobre las heridas antes de pasar el paño por ellas, le encantaba ver como se hacía el valiente apretando la mandíbula, como se le marcaban las mejillas por la tensión y gruñía de modo inconsciente. Con un poco de suerte se mordía la lengua y no tendría que defenderse de las acusaciones, fundamentadas o no, por parte de Killer sobre la muerte del querido capitán. Siempre podría decir que fue en defensa propia.

Al terminar, dejó el nuevo paño sobre los otros. Volvió al escritorio donde comenzó a mezclar varias hierbas con una pasta sebosa que anteriormente había derretido sobre el candil.

—Qué haces.

—Prepararte una crema que ayudará a que cicatricen mejor, luego te vendaré y tendrás que quedarte con las vendas puestas, te guste o no —le sonrió—. Piénsalo bien, cuanto antes te cures antes me marcho.

—Cómo te llamabas —decidió hablar tras un corto silencio.

—Elettra, pero por ser tú, respondo a puta, chica, mujer y mocosa. Espero no añadir más a la lista.

Con la pasta sobre una lámina se volvió hacia Kidd y comenzó a extenderla sobre las heridas del cuerpo en un suave y lento masaje, luego cogió las tiras de lino y comenzó a vendarlo.

—Con la ayuda de Killer esto parecía más fácil —masculló cansada casi abrazándole para pasar el rollo por su torso con la tensión adecuada.

Y odió la risa que rompió en sus labios.

—Yo estoy disfrutándolo bastante.

—¿Quieres que clave los dedos de nuevo en esas preciosas heridas? —Kidd sólo gruñó—. Buen perro.

Por una vez Kidd no ladró, si abría la boca seguramente aullaría. Finalmente se decidió por olvidar añadir alguna hierba anestésica a la mezcla para curar al capitán. Una verdadera lástima.

Terminó de vendarle el brazo, y antes de lavarse las manos en uno de los cubos de agua, pasó parte de la pasta por sus orejas sin evitar un gesto agrio por el dolor punzante y ardiente, eso aceleraría la cicatrización. Luego cogió ambos cubos y los vació por la ventana del camarote. Lió todos los paños sucios en uno mayor y los dejó junto a la puerta para luego llevarlos a las calderas. Se sacudió las manos deseando poder darse un baño y así dar toda la tarea por finalizada. Pero por ahora sólo iba a recoger sus cosas.

—Esto no quedará así —parecía que Kidd se estaba sobreponiendo al dolor del cicatrizante a pesar de que su respiración cansada dijera lo contrario.

Ella le quitó importancia con la mano y una sonrisa tranquila. Bordeó la cama y se sentó en el sillón habitual de Killer bajo la atenta mirada curiosa del Capitán. Paseó la mano por los lomos de los libros más cercanos, fue uno de los detalles que más le sorprendió del camarote, a pesar de las apariencias de Kidd, estaba interesado en el conocimiento y tenía dos paredes de estanterías completas. Extrajo uno al azar, y lo dejó sobre su regazo.

—Killer ha dicho que hagamos las paces. Hasta entonces me quedo.

—Me importa una mierda lo que Killer diga —gruñó lo mejor que pudo conteniendo el dolor.

—Oye, tampoco es mi sueño estar en esta lata de virus, pero es lo que hay. Sólo tienes que decir, que aceptas que esté aquí hasta que ya no me necesites.

A modo de respuesta la sonrisa de Kidd le decía claramente esa frase que tanto había repetido.

—Genial, ya puedo leerte la mente y todo —masculló abriendo el libro—. Nada de pensar en verde.

Los minutos fueron pasando en silencio para ella que leía distraída, más pendiente a la respiración cada vez más pesada de Kidd que a las palabras en sí. Una de las veces levantó la vista hacia él, bastante preocupada por su terquedad. Aquella pomada que le había suministrado era un buen cicatrizante, pero no era precisamente agradable, a ello había que añadirle el malestar que tendría que sentir por la limpieza previa. En un segundo repasó mentalmente todas las medicinas que guardaba en la bandolera, si seguía igual de cabezota sólo habría una solución.

Kidd se mantenía sentado intranquilo contra unas grandes almohadas, el único puño cerrado a cal y canto, los ojos fijos sobre el techo, su respiración era irregular con una velocidad acelerada y prácticamente estaba empapado en sudor. Ahora sí brillaba gracias a la luz que entraba por la ventana abierta recordándole a un sucedáneo de vampiro que se puso de moda en su hogar en los últimos años.

—Kidd, no tienes que aguantarlo —cerró el libro llamando su atención—, hagamos las paces y te daré un calmante leve.

—No pienso tomar nada que tú me des —dijo entrecortado.

Elettra dejó el libro sobre el sillón y se sentó en la orilla de la cama, cogió la muñeca de Kidd preocupada por su pulso. Tenía razón para ello, la carrera contra el reloj comenzaba. La sudoración que presentaba era excesiva y su piel estaba helada; podía sentir casi como él había perdido el tacto de la mano que sostenía. Elettra se mordió el labio inferior, esperaba no haber ido demasiado lejos con todo aquello.

—Kidd, mírame —movió su mentón hasta centrar sus ojos sobre ella—, no, no, no…

Las pupilas comenzaban a dilatarse, no podía perderlo ahora que había encontrado un buen juguete. Se puso de rodillas a su lado y golpeó su mejilla todavía negando. No iba a perder a ningún paciente. Volvió a darle una cachetada, que sí centró sus ojos, agarró su cara asegurándose que le miraba y entendía lo que decía.

—Seré buena, ¿de acuerdo? De estas puertas para fuera acataré todas las normas que pongas, no te llevaré la contraria a menos que tu vida esté en peligro; haré todo lo que quieras. Pero debes tomarte el sedante ahora mismo.

—No me fío de ti —fue un hilo de voz del maldito orgullo de Capitán.

—No tienes que hacerlo —rebuscó en el bolso un papel metálico del que recortó tres cuadrados algo abultados—. Sólo vive. Por tu sueño.

Volvió a la cama y se los mostró.

—Están completamente cerrados, yo no los he podido tocar, ni los he hecho —abrió los tres envoltorios plateados y extrajo las pastillas blancas y alargadas—. Ésta es medicina de mi tierra, te hará bien, pero la dosis también te dará bastante sueño.

Kidd apartó la mirada mientras levantaba el brazo, que ella detuvo antes de que pudiera tirar las pastillas de su mano. No se lo pensó dos veces antes de subirse de rodillas sobre él, con una mano intentando mantener alejado el brazo de Kidd, en la otra mano el medicamento que empujaba contra sus labios.

—¡Por una puta vez en tu vida hazme caso! —Exclamó sorprendiéndole lo suficiente como para dejar que éstas entraran a su boca.

Sin tiempo que perder apretó ambas manos contra sus labios para evitar que las escupiera y le tapó la nariz para que se las tragara. Tan solo unos segundos serían suficientes.

Unos segundos más.

Todo ocurrió al mismo tiempo, o en un intervalo de tiempo tan corto que no pudo diferenciar un suceso de otro: la sacudida violenta que recorrió el barco, los ruidos de cañones cercanos, los gritos de hombres. Por fin se había tragado la pastilla.

Del silencio absoluto pasaron a un alboroto metálico y estruendoroso, del primer choque se había salvado milagrosamente bien, pero el segundo fue más potente haciendo que perdiera el equilibrio y se cayera contra el suelo del camarote. El olor de la pólvora no tardó en nublar el ambiente, aún demasiado pronto para que la metálica sangre le siguiera. Elettra se incorporó con dificultad apoyándose en el escritorio. Parecía que tres golpes fuertes eran su límite.

—Mierda, yo sólo quería tomarme un café tranquila —de algún modo, el mal humor volvía a ella junto con el cansancio.

Giró la cabeza, Kidd seguía en la cama volando entre la consciencia y la inconsciencia. Al menos no tendría que cargar con él para volver a subirlo.

—Nos atacan.

—Elemental, mi querido Watson —replicó sarcástica—. Pues sabes qué, yo no me quedo sin mi café. A la mierda con tu ataque, y que el infierno se apiade de ellos.

—No es buena idea, mocosa. Espera aquí a que Killer venga.

—Oh, ahora el gran Capitán se preocupa por mi salud. Mira tío, llevo no sé cuantas horas sin dormir, y casi te mando para el otro barrio por culpa de tu enorme ego. Me he ganado una taza de café bien cargada quieran o no esos imbéciles que se atreven a atacarte.

Serían los efectos del sedante que le había proporcionado o el agotamiento, pero no le importó mostrar que le gustaba aquella actitud de ella, a veces, solo a veces, demasiado inocente ante la realidad. Cerró los ojos y sonrió, escuchó sus pasos hasta la puerta, como giraba la manilla y ésta comenzaba a abrirse. El ruido de gritos se intensificó al no existir barrera, sólo que esta vez se le unió una risa masculina y el famoso gruñido molesto de ella.

Las noticias de la derrota que sufrió días o semanas atrás seguramente habían recorrido el océano como la pólvora y ahí estaban los primeros incautos que pensaron en atacarles ahora que debían estar debilitados.

—Imbéciles oportunistas. Lo pagarán caro —balbuceó luchando contra la inconsciencia.

La mujer había retrocedido hasta el cabecero de su cama, a su lado, justo donde siempre dejaba la pistola y la daga.

—Kidd, joder, vuelve, necesito tu ayuda —susurró a su lado mientras agitaba bruscamente su hombro sano—. Si me matan, tu eres el siguiente y Barbie no llegará a tiempo de salvarte el culo.

Intentó centrar los ojos en el intruso descubriendo el revólver con el que la apuntaban, esa debía ser la razón por el miedo que podía oler en ella, algo nada habitual. Y no le gustaba, si por algo había sobrevivido en el barco era por ese carácter irresponsable y temerario que tenía y justo ahora debía demostrar ¿o acaso lo reservaba sólo para él?

—Kidd si quieres saborear el próximo desayuno tienes que ayudarme y hacer que se quede muy quieto. Tengo un plan.

Él gruñó orgulloso, nada estaba perdido y además la tendría en deuda con él; sin dejar de mirar a aquel tipo que se había atrevido a entrar en su camarote, mostró en una mueca su prepotencia. Afortunadamente para ella, él era su mejor opción para todo. Levantó la mano moviendo con rapidez un dedo que le desarmó, tanto la pistola como las dos espadas que llevaba salieron por la ventana; luego bajó el mismo dedo hacia el suelo.

El pobre diablo cayó de espaldas atrapado contra el suelo por el poder de los distintos colgantes, pendientes y balas que llevaba. Elettra no se lo pensó dos veces antes de desenfundar la daga del cinto y se situó sobre él a horcajadas para, con un golpe preciso, rebanarle el cuello.

—Pensaba que usarías la pistola —luchaba contra sus propios párpados para no perderse ningún detalle—. Al menos ha muerto entre las piernas de una mujer, maldito afortunado.

Al tiempo que la daga caía al suelo, él también se perdió en la inconsciencia indolora.

Un charco de sangre bañaba sus pies, todavía seguía manando líquido del cuello, no con la intensidad primera que tiñó su cara, sus manos y su ropa. Notaba el calor del cuerpo bajo ella, en sus pies, la sustancia pegajosa que la bañaba, levantó un dedo que limpió su mejilla. Sí, era sangre.

Levantó los ojos hasta la cama. Al menos Kidd seguía vivo.

Desde su posición podía ver cómo la respiración del capitán se habían estabilizado, y si no fuera por el ruido exterior que se colaba por la puerta entrecerrada Elettra juraría que podía escucharle roncar.

—Eso, estúpido orco, tú vete a soñar con unicornios rosas, Barbie, figuritas de Lego, Saruman o lo que sea que los orcos soñéis, y déjame a mí el muerto, muy caballeroso por su parte… Empiezo a compadecerme de Killer.

Se levantó del cómodo asiento y cerró la puerta. Allí, cuando el olor de la sangre la empapaba sólo le apetecía hacer una cosa. Observó al tipo delgaducho, cogió las manos y observó las yemas de los dedos amarillentas.

-—Premio —sin reparo alguno comenzó a rebuscar entre los jirones de ropa, intentos de bolsillos y pliegues de sus vestimentas hasta que dio con lo que más deseaba, el primer golpe de suerte desde que se despertó.

Se lo merecía. Al menos hasta que pudiera tomar su café, sería un buen desestresante y la ayudaría a limpiar parte de su consciencia. Se incorporó mientras abría el paquete de tabaco, extrajo un fino cigarrillo con los labios mientras removía el resto buscando el mechero.

—Mierda. Joder.

Volvió a agacharse para rebuscar de nuevo, e inútilmente, entre sus bolsillos, seguramente también salió disparado por la ventana con las armas. Fulminó con la mirada a un ignorante Kidd.

—Te odio. Ya verás cuando despiertes—

Antes de poder continuar con su amenaza, escuchó el manillar de la puerta abrirse, contó con el tiempo justo para intentar alcanzar la daga que antes utilizó, a la que no llegó. Pero no la iba a necesitar. Pudo suspirar entre tranquila y sorprendida al ver la rubia cabellera del segundo de abordo.

—¡Kidd!

Killer reparó pronto en que el capitán estaba dormido sobre la cama intacto, antes incluso de percatarse de que acababa de pisar un charco de sangre.

-—No vuelvas a darme esos sustos, Barbie, o tendré que ponerte un cascabel. O a la Grande-Marie**, más acorde con tu tamaño, en serio, tenemos que hablar seriamente sobre… No tendrás fuego por casualidad, ¿verdad?

Ahí fue cuando se fijó en que ella estaba empapada en sangre y, bajando la mirada, en el pobre infeliz que se cruzó en su camino, degollado. Killer parecía algo feliz al notar la limpieza del corte con una profundidad y en la zona de cuello más adecuado para seccionar las cuerdas vocales así como la vena provocando un desangrado limpio y rápido.

—No.

—Genial. Con menuda panda de inútiles me he juntado —se quitó el cigarrillo de los labios.

Sin más, Elettra se echó mano a su camisola quitándosela y aprovechando la parte de la espalda más limpia se la pasó por la cara y el cuello llevándose parte de la sangre que la impregnaba. Tiró la camiseta dentro de uno de los cubos vacíos, volvió a colocarse el cigarrillo apagado en los labios y con las manos en las caderas le miró divertida. Puede que pudiera poner fin al aburrimiento.

Volvía a tener ganas de jugar y la víctima perfecta estaba delante de sus narices.


...


*: No quiero llevarle el mérito de lo que no me pertenece y ese verso en concreto pertenece a una bella canción rock de Journey titulada Anyway you want it. No toda la música que iba a aparecer por aquí iban a ser atentados contra la humanidad.

**:campana más conocida de Notre Dame pero que fue fundida en 1792 seguramente para hacer armas en la Revolución Francesa la que se puede ver y oír en la actualidad en la torre sur, si mal no recuerdo es Emmanuel


N/A: Si os apetece, no os olvidéis que podéis comentar, poner en favoritos/alert y todas esas cosas que hacen sonrojar y que agradeceré hasta la eternidad ^^

También acepto amenazas, pero sólo si están recubiertas de chocolate :3

¡Muchísimas gracias por leer!

PL.

No os olvidéis de votar en la encuesta, muchas gracias :)