10. Cena de trabajo
Emma es puntual y no me sorprende.
En cambio lo que me sorprende es la continua sudoración, taquicardia y agitación que siento en el momento en que ha aparecido en mi puerta. Es más, desde que traspasó la verja.
En un primer momento no la reconozco. Normalmente lleva ropa deportiva y no muy femenina. Hoy, en cambio, se ha presentado con un par de vaqueros definitivamente femeninos, una camiseta blanca con un cisne dorado estampado delante y los cabello sueltos sobre los hombros.
Repentinamente, noto sus manos, cuyos dedos se restriegan unos contra otros, presas del nerviosismo, mientras sube, incierta, los tres escalones que nos separan.
Le sonrío.
Parece una princesa recién salida de un libro de cuentos de hadas, una princesa con las Converse.
Por primera vez en mi vida, me siento torpe con otro ser humano. Pero ella, desde la primera vez en que crucé su mirada en el banco del parque, me hizo comprender que no se dejaría atemorizar por mí, solo porque tengo mirada severa y tacones altos. La invito a entrar y se queda extasiada ante el aroma de la lasaña que ya ha invadido cada centímetro de la casa.
Extrañamente hablo poco. Su cercanía me pone nerviosa y disimulo ofreciéndole una copa de vino.
El deseo de tener contacto físico con ella, en cierto momento, se vuelve insoportable.
Se sienta en el sofá dejando la espalda recta. En sus labios, solo ahora, noto el pintalabios de un color neutro. Las uñas cortas son brillantes, parece que tengan algún esmalte transparente. Sostiene el cáliz con el vino con los primeros tres dedos de la mano derecha y en el cristal no deja señal alguna de pintalabios: ni siquiera yo logro hacer eso. Me doy cuenta de que la estoy observando fijamente y huyo a la cocina con la excusa de la lasaña.
Sus preguntas sobre mi estado de ánimo me dan el golpe de gracia. Así, vuelvo a encontrarme fingiendo un desaliento ante una conversación mantenida aquella tarde con mi madre. La conversación se produjo, pero no estoy angustiada por eso, aunque me ha escarnecido de modo más feroz que de costumbre. Pero no me interesa en absoluto.
Me doy cuenta de que lo que quiero es ser consolada por Emma y su dedicación no tarda en llegar. Y cuando su mano se desliza sobre la mía todo se hace más duro, incontenible, tanto que tengo que escapar para tomar un poco de aire, y con esa excusa, le muestro el contrato.
No comprendo mis sensaciones. No me explico ni siquiera por qué la he invitado a cenar, en fin, el contrato podía habérselo dado a leer en el bar y firmarlo allí mismo. Sentía que quería estar en su compañía.
Sus atenciones, su sinceridad me hacen respirar por primera vez después de la muerte de Robin. Por lo que a la vista de aquella camiseta blanca, de las Converse y los cabellos dorados sueltos sobre los hombros, cedo, porque al bienestar psicológico que ella me da se estaba sumando el físico…es hermosa. Muy bella. Tiene una belleza pulida, de aquellas que no han vivido nunca odio en su cotidianidad. De aquellas bellezas que aman lo que quieren y cuando lo quieren, a costa de ir contra corriente. Leo la pureza en sus ojos, como la leo en los de Henry. Su disponibilidad hacia mí no tiene segundas intenciones, aunque he comprendido que, de algún modo, le gusto.
Y gustarle me gusta a mí…y quiero disfrutarlo por Henry. Porque si Henry está bien, seguramente, yo también estoy bien.
La lasaña ha sido definitivamente un éxito, y también los entrantes y todo lo demás. Está extasiada por todo lo que le ofrezco. Y yo estoy feliz por ello.
«Creo que no lograré levantarme de aquí» me dice apoyando los codos en la mesa «he cogido al menos tres kilos»
Tiene las mejillas sonrosadas por culpa del vino.
Atenúo las luces del salón. Las tres velas encendidas en el centro de la mesa relajan el ambiente y lo vuelven más cómplice. Continúa arreglándose el cabello, poniendo todo hacia un lado, dejando descubierto uno de los hombros. Veo perfectamente la clavícula y bajo el cuello, divisó cómo late la carótida. Bajo la mirada y una risita emerge de mis labios. Se da cuenta.
«¿Qué ocurre?» pregunta curiosa
«Nada, he recordado la mirada enfurecida de tu ex cuando nos ha visto» lo primero que me viene a la mente
Ella parece entristecerse ante esa frase, pero no la elude.
«Créeme, me ha dado miedo hasta a mí, pero ya no se acercará más» me mira y permanezco en silencio «ha decidido marcharse y tomar las riendas de su vida. Es una gran persona y espero que esté bien» cruza los brazos sobre el pecho.
«¿Cuándo te enamoraste de ella por primera vez?» escupo esas palabras definitivamente de una manera poco medida. Pero el vino se me está subiendo a la cabeza
«Tenía…» hunde sus dedos en sus cabellos, llevándolo hacia atrás, desordenadamente
Eso, verdaderamente, no debía hacerlo.
«Dieciséis, creo. Estaba en un campamento de verano y una dulcísima muchachita de cabellos negros se portaba de una manera muy dulce conmigo, amable, atenta. Y yo había madurado un deseo malsano de besarla. Y un día lo hice. Y ella me dijo: eres la mejor amiga lesbiana que podía tener»
Me quedo un momento sin pestañear y después suelto una risa estruendosa.
«Quería el final feliz para escuchar tu lado romántico y me hablas de "zona de amistad", ¡no es justo!»
Ella me mira divertida. Me mofo de ella, pero le gusta. Paso las manos por mi pelo, llevándomelo hacia atrás.
«Me sorprende que conozcas la expresión "zona de amistad", pero evidentemente te creo mayor de lo que realmente eres» se enrojece un poco y baja la mirada, como si tuviera temor a mi reacción.
«Tengo 33 años, no soy tan vieja como piensas»
El tenedor con el que jugueteaba cae pesadamente sobre el plato haciendo un gran estruendo. Ojos desorbitados, y boca abierta.
«Tienes…es decir…» insegura de cómo continuar decido entrometerme en su frase.
«Sí, solo nos llevamos ocho años, ¿acaso pensabas que era una cuarentona?»
«Sí, en efecto» dice rápidamente «No porque los aparentes, sino que tienes un modo de actuar absolutamente de verdadera adulta y si tuviese que decir una edad, te daría 28 por tu piel, pero sí, 40 por tu comportamiento y tu forma de vestirte» se encoge de hombros.
Estoy un poco sorprendida y también entristecida por su análisis, ¿aparento de verdad tan triste y desconsolada?
«A tus ojos debo parecer una persona muy triste» echo un poco de vino en mi copa. Señalo la suya y ella asiente.
«En realidad creo que te endosas esas maneras para atemorizar a los demás, así estás más segura de que te van a tomar en serio, el hospital, por ejemplo» da un sorbo a la copa
Quizás ha acertado en mi estado de ánimo cotidiano.
«¿Y tú? ¿Cuándo te enamoraste por primera vez?» me devuelve la pregunta
«A los 24 años. Hacía poco que había terminado la universidad, estaba casada con un hombre al que no amaba, con el que mi madre me había obligado a casarme a los 20 años. Conocí al padre de Henry y…» volver a pensar en aquellos momentos es doloroso, pero siento que puedo hablar con ella, que puedo fiarme. No me juzgaría, no me dispararía frases sobre haberme dejado vampirizar por una madre severa hasta tal punto de no lograr huir de un matrimonio acordado que, por fortuna, no había engendrado ningún heredero. Por eso había usado aquello métodos que habían venido a mi auxilio. No tendría un hijo con un hombre 25 años mayor que yo solo porque mi madre ansiaba su herencia.
Emma espera en religioso silencio a que retome la palabra. En aquel silencio estoy bien. Puedo sentir las respiraciones de ambas, una ligera brisa que entra por la ventana y lento consumirse de las velas sobre la mesa.
«…y pensaba que el amor era de verdad aquello. La pasión, el deseo físico hacia una persona, el deseo de hacer proyectos. Me hacía explotar el corazón y estaba convencida de que podría hacer que mi madre volviera a creer, además de mí misma, en el amor. En cambio…»
«En cambio el amor más grande que jamás tendrás en tu vida es Henry, y a él nadie te lo quitará, nunca»
Mi corazón dejó de latir por amor hace tantos años. Fue necesario aislarlo de las desilusiones que la vida me había hecho conocer. Y lo único en que concentraba mis energías era Henry y mi trabajo.
Aquel ángel de cabellos dorados sabe lo que se trae entre manos.
«En cambio me escapé de casa con él y tras pocos meses ya estaba embarazada de Henry. Solo en ese momento volví con mi madre y pedí el divorcio de mi primer marido. Me casé con Robin. Dos años y medio después él comenzó a cambiar: volvía tarde por la noche y no avisaba, cada dos meses, más o menos, decía que había encontrado trabajo lejos de casa. Y prácticamente desaparecía»
Hay mucho más negro en mi pasado con él, pero no me apetece contárselo, no ahora.
Apoya la mejilla en la palma de la mano derecha y se inclina hacia mí. Yo la imito. Estamos a tres palmos de distancia, solo las flores separan nuestros rostros.
«No quería vivir así. Entonces comencé a investigar y descubrí que tenía una amante. Desde hacía mucho tiempo, demasiado. Aquel día lo eché de casa y aquella noche murió en un accidente de tráfico, ¡viva!» digo sarcásticamente. En realidad, las cosas no fueron precisamente así…pero no quería estropear el momento con sucesos traumáticos.
«No todas las mujeres lo habrían echado tan rápidamente. Algunas, es más, lo habrían perdonado»
La mirada que nace espontáneamente en mi rostro es muy inquisitiva. Y ella comprende
«Vale, no todas. Las mujeres, a menudo, tienen miedo de quedarse solas, pero tú no. Eres muy fuerte, aunque no te des cuenta» se interrumpe para doblar de nuevo la servilleta al lado de su plato.
«Nunca has dado señales de rendición con Henry, nunca has tenido una crisis nerviosa y, créeme, hubiera sido muy fácil que ocurriera. Si has llorado, lo has hecho en silencio, rodeada de las cuatro paredes de tu habitación, quizás bajo las sábanas, y quizás te sentiste culpable por ello» alza ligeramente el tono de voz.
Sí, había llorado. Sí, no había hablado de ello con nadie y sí, me sentí muy, muy culpable. Hace una señal con la cabeza en signo de aprobación.
«Es así como las mujeres como tú pierden la luz en sus ojos. Y es tal desperdicio que la sola idea me saca de mis casillas, literalmente»
Parece que está reteniendo las lágrimas, su voz no es tan clara como al comienzo.
Nos quedamos en silencio durante un momento, solo hablando con nuestras miradas, escrutándonos, conociéndonos. Y los suyos están logrando conocer aquella parte de mí que pensaba que estaba muerta. Un leve ardor llega a mis ojos, que en un momento se empañan. Un nudo en la garganta me impide casi respirar. De repente, su mano aferra la mía. Sus ojos están relucientes.
«Esconde las lágrimas. ¿Tienes que trabajar mañana? Si la respuesta es no, tengo que ir al rio donde literalmente me acosaste y tengo que subir a un roca que hay algo más alejada. Verás lo que haré, y lo harás tú también, ¡te liberará!»
Coge la servilleta y seca los bordes de sus ojos. Poso la mirada sobre ella y después en su mano que sigue aferrando la mía.
«Yo no…quiero decir, mañana trabajo de tarde»
«Perfecto» exclama poniéndose en pie y soltándome la mano. Aquel calor ya me faltaba.
«Quiero ver la habitación de Henry, si puedo claro»
Está llena de energía, casi no he tenido tiempo de recobrarme de aquella conversación y ya ha encontrado otro tema.
Me levanto un poco tambaleante, creo que por culpa de un mareo, pero no, no es eso. Es solo que me siento cansada, no de ella, sino de cómo estar con ella absorbe cada gota de energía de mi cuerpo, física y mentalmente.
«Ven, sígueme»
Recorremos los veinte escalones que separan la planta baja de la planta alta. Ni siquiera siento sus pasos detrás de mí. Por el rabillo del ojo veo que hace deslizar la palma de la mano por la barandilla de la escalera.
«Me gusta tu casa, es grande, espaciosa, ordenada…limpia» me quedo en silencio escuchándola, como una niña que escucha embelesada la voz de su madre. Me gusta su voz.
«Gracias» me paro frente a la habitación de Henry y abro la puerta.
«Aquí está»
Da dos pasos, pero después se queda mirando todo desde lejos. A continuación, se dirige hacia el escritorio y se queda mirando el libro que hay encima, El Principito. Pasada la cama, se asoma dentro de la tienda de campaña que Henry no ha querido desmontar desde la muerte del padre. Apoyo mi hombro en el marco de la puerta.
«¿Es esta?» pregunta con curiosidad
«Teníamos que ir de acampada una semana después de su muerte y no ha querido quitarla. De vez en cuando lo encuentro dormido ahí dentro, pero nunca he entrado, no tengo ni idea de que ha traído, no quiero invadir ese espacio que es solo suyo»
Me siento en la cama y acaricio suavemente la almohada.
«Bien, entonces intentaremos ir de acampada, quizás quiera ir contigo, ¿no?»
Se sienta a mi lado, llevando sus brazos hacia atrás y apoyándose en ellos.
«Claro, ¿cómo no?» digo desconsolada. Después se inclina sobre el escritorio que estaba delante de nosotras y me da una foto
«¿Este es su padre?» cojo aquel marco entre las manos. Recuerdo perfectamente el momento en que aquella foto fue sacada. Henry tenía cuatro años, acababa de terminar la guardería y había recibido el premio como mejor niño del año. Mostraba orgulloso su medalla mientras su padre lo sostenía sobre sus hombros.
«Sí, es él» respondo sarcástica alzando una ceja
«Es una alegría que se parezca a ti el niño» una mirada culpable aparece en su rostro y, de repente, pone las manos hacia delante como para excusarse. Después, desorbita los ojos cuando se da cuenta de que es casi la una de la madrugada.
«¡Pero es tardísimo!» exclama desesperada.
«¿Te sueles acostar con las gallinas?» digo yo «No hay perros que nos sigan, no hay ninguna prisa»
No quiero que se vaya. Estoy bien cuando está cerca de mí. Realmente bien. Y encuentro difícil renunciar a esta sensación ahora que tengo unas grandes ganas de llorar. Y sé que en cuanto salga de casa, ardientes lágrimas bañaran mi rostro.
«¡Nada de perros, pero mañana necesitamos energías!» dobla los antebrazos sobre los brazos para hacer relucir un bíceps, obviamente escondido por su camiseta blanca.
Se pone en pie y la imito, y la precedo mientras volvemos al salón. Coge su bolso.
«Ha estado todo muy bien y gracias por la cena. Mañana a las diez te quiero en la puerta. Ropa deportiva, ¡te lo recomiendo!» está totalmente entusiasmada y no quiero romper en pedazos sus expectativas.
«Lo haré lo mejor que pueda» la acompaño hasta la puerta.
«Gracias por la compañía, la próxima vez haremos que también Henry esté» asumo un tono de voz más alegre con respecto a antes.
«Oh, estoy segura de que tendremos hermosas charlas los tres juntos» baja los tres escalones de un salto y se despide de mí
«¡No me hagas trabar también hoy, pon atención! Hasta mañana»
Cierro la puerta.
Me deslizo lentamente hacia el suelo. Espero las lágrimas.
Nada. Tengo ganas de llorar, pero no quieren salir. Espero de verdad que Emma tengo un buen medio para alejar de mi cabeza esta tensión o reventaré.
Meto los platos y las copas en el lavavajillas y en la nevera, lo que sobró de la lasaña. Mantel y servilletas van al cesto de la ropa sucia.
Finalmente, me encamino a mi habitación.
Y pienso en Henry, como todas las noches.
