Capítulo 10
Esa noche volví a despertar en la madrugada, y Kaoru de nuevo, no estaba.
Apreté los ojos y volví a abrirlos, no tenía caso, no era un sueño.
Triste, me levanté con la sábana enredada a mi cintura y fui a los jardines de atrás. Un extraño pesar agobiaba mi corazón a medida que me acercaba a la fuente agrietada.
Me sentí solo y asustado, esa horrible soledad de uno me pisaba los talones y se burlaba. Corrí el último trecho y salté al agua sin pensarlo dos veces.
Era una noche sin luna, y allí en lo profundo, apenas vi la entrada. Rogué para que el pasaje no estuviera obstruido, y abrí la puerta.
¡Felizmente estaba como la noche anterior, libre al paso!
Crucé, y el agua se enfrió desmesuradamente. Supe entonces que ya me encontraba en los jardines de mi otro hermano.
Para salir de la fuente, de nuevo tuve que atravesar una delgada capa de hielo. Era de noche y soplaba un viento helado que caló mis huesos.
Corrí riéndome del insoportable calor que había dejado atrás y entré a la mansión.
Descalzo, con los pies mojados y adoloridos por el frío; con la sábana envuelta a mi cintura y goteando por toda la alfombra, vagué por la mansión unos minutos mientras mi cuerpo se volvía a entibiar gracias a la calefacción central.
Todo se veía idéntico a como era en mi mundo, inclusive la servidumbre deambulaba cumpliendo con sus tareas. Todos tenían el cabello blanco como mi otro hermano. Al verme, me saludaban cordialmente con una reverencia. Ninguno de ellos se percataba de que yo caminaba semi-desnudo y mojado.
Seguí paseando, arrastrando mi sábana por la alfombra, y cerca de la cocina principal percibí un delicioso aroma. ¡Qué sorpresa me dí al encontrar a mis padres allí! Cocinaban, sin chefs, sin nutricionistas, sin mayordomos. Charlaban y reían con... ¡mi otro hermano!
-¡Qué alegría verte! –exclamé interrumpiéndolos.
Mi lindo hermano de cabello blanco me vio desde la lejana punta de una larga mesada, me señaló con el dedo y empezó a reír a carcajadas.
-¡Hikaru está desnudo!
-¡Cierra la boca, grandísimo idiota! –mi felicidad se había esfumado.
-¡Bienvenido Hikaru! –dijeron mis alegres padres, sin reparar en mi aspecto.
Ellos, así como los sirvientes, también tenían el cabello blanco. Debían ser "mis otros padres".
Mi otro hermano burlón se subió a la larga mesada y corrió a lo largo de ella mientras nuestros otros padres sacaban toda la comida y los platos de su camino con mucha rapidez.
En el extremo final de la mesada dió un salto efusivo hacia mí y lo atajé entre mis brazos. Casi me caigo hacia atrás por culpa de ese tonto.
-¡Has vuelto!
Su apasionado abrazo izo que me sonrojara. Nuestra entusiasta otra madre nos abrazó a ambos y podría jurar que nos levantó unos centímetros del suelo con una increíble fuerza.
-Llegas a tiempo hijo –dijo nuestro otro padre -. ¿Tienes hambre?
-Mis padres jamás tienen tiempo para cocinar –comenté enloquecido. No lo podía creer.
-Ellos son tus mejores padres –dijo mi otro hermano.
-Pero…ya cené –susurré a su oído para no herir los sentimientos de nuestros padres.
-Pues claro, mira la hora.
Su reloj de pulsera se acercaba a las cinco de la mañana.
-Ya casi es hora de desayunar –dijo mi otra madre-. Vayan a preparar la mesa y no olviden cubiertos extras para los invitados.
Mi otro hermano me tomó de la mano y me jaló fuera de la cocina. Empezamos a correr. Él parecía muy entusiasmado.
-¿Habrán invitados? -pregunté agitado mientras subíamos las escaleras.
-Invité a Haruhi y a su padre a desayunar con nosotros –me respondió.
Recobramos el aliento en la habitación.
-¿Haruhi vendrá? - Abrí la puerta de nuestro guardarropa, me metí en la galería del vestidor y contemplé mi gran selección. Mi otro hermano me siguió, callado y sonriendo.
Le mostré un conjunto informal que saqué de uno de los estantes -¿Qué piensas de esto?
-Yo te haría el amor con eso puesto.
-¡Perfecto! -arrojé la ropa hacia un lado-. Ahora vete para allá y búscame otro atuendo, porque este no lo voy a usar nunca más.
Mi otro hermano rió y jaló de mi sabana, me aferré a ella y volví a enredármela por la cintura dando unos giros espectaculares.
Y lo miré molesto, no con un enojo verdadero, sino con un enojo de hermano. Pero él no se intimidaba, no le daba pena ni vergüenza, e intentó tomar la sabana de nuevo mientras reía.
Yo retrocedí. Entonces empezó a perseguirme y dimos vueltas por toda la habitación.
-¡Oye no estoy jugando!
-Te voy a atrapar Hikaru, no huyas.
-¡Aléjate de mi!
-¡Jamás! -sonreía divirtiéndose a cuesta mía.
Me hacía dudar si sus palabras y acciones eran en serio, o si todo era solo un juego para él.
Estar con él era muy divertido. Me obligaba a usar todas mis energías para alejarlo de mí mientras me vestía y me preparaba para ver a Haruhi.
Pero no podía evitar que su amor de hermano siempre llegara a mi, en forma de abrazos y caricias atrevidas.
-Nunca podré acostumbrarme a esto –murmuré ruborizado- ¡Y por qué rayos tienes las manos tan frías!
-Hace frío.
-¡Pero no aquí dentro! Maldición, quien te has creído.
Yo sonaba enfurecido, y me mostraba enfurecido, pero por dentro me sentía feliz y tibio. Era como estar con Kaoru.
Ya estábamos listos, ambos. Mi otro hermano me tomó de la mano para salir del cuarto, y entonces sentí algo punzante en mi dedo.
-¡Ay! -me miré la mano. Tenía un pinchazo rojo en el dedo índice.
-Tienes una espina -dijo preocupado y triste.
-Ah, eso parece. Me había olvidado ¿Habrá sido en el jardín?
Mi otro hermano miró mi herida, apoyó su dedo índice sobre el mío y presionó un poco. Y cuando quitó su dedo, la espina se había ido.
-¿Cómo lo hiciste? Eres increíble.
Me sonrió y ocultó su mano detrás suyo. Eso me izo sospechar y lo miré fijamente.
-¿Por qué me ves así? -su risa era nerviosa.
-Muéstrame tu dedo.
-¿Qué? Claro que no.
-Muéstramelo.
Me impuse firmemente como hermano mayor, y tuvo que agachar la cabeza y mostrarme la mano.
Lo que vi me sorprendió mucho.
-¿Esto es...?
Un pinchazo rojo, la espina ahora estaba en su dedo.
-Tu...
Lo miré y me sonrió dulcemente. Sentí entonces un fuerte deseo de abrazarlo, pero en lugar de eso, le dí un fuerte coscorrón en la cabeza.
-¡Eres tonto o qué!
-¡Lo siento mucho! ¡No lo vuelvo a hacer!
Tuve que quitarle la espina y luego enredé en su dedo una bandita celeste con el dibujo de un conejito rosa.
