Disclaimer: El Potterverso no me pertenece, por desgracia.

Este fic participa en el reto anual "Long Story 4.0" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black

Ozymandias

Capítulo 10

Secretos al aire

Isla entró a la división H con paso firme. Después de haber desaparecido por un par de días, era extraño estar de vuelta entre los muggles. El policía sentado tras el mesón de recepción la miró y le dirigió una sonrisa leve. La joven le respondió con una similar.

—Señorita Black…. —el inspector Hitchens acababa de bajar las escaleras desde el segundo piso. Iba en mangas de camisa y se había desabrochado el chaleco. Isla pudo notar que llevaba un par de días sin afeitarse y que llevaba un carpeta en sus manos—. ¿Sus asuntos en Scotland Yard han acabado satisfactoriamente?

Isla asintió con la cabeza. Aunque sus asuntos en el mundo mágico habían terminado de una forma que nadie hubiera podido describir como satisfactoria, tenía que mantener la fachada por todo el tiempo posible. Además, ¿cómo podía explicar la muerte de su mejor amigo sin dar los detalles del caso o revelar la existencia de un mundo paralelo que Hitchens ni siquiera podía imaginar?

No, era mejor disimular y decir que todo estaba bien. Aunque la verdad estuviera muy lejos de ello. A lo mejor incluso le servía para despejarse un poco. En las pocas veces que se había aventurado por el callejón Diagon en los últimos días, no podía quitarse de la cabeza la idea de que la reconocían y sabían que la muerte del primogénito de los Nott había sido culpa suya. No se atrevía a mirar a nadie a la cara.

—Me alegro, creo que empezábamos a acostumbrarnos a su presencia —dijo él. Isla no pudo evitar notar que había sonreído al decirlo. Y nuevamente volvió a pensar que el joven inspector tenía una sonrisa preciosa, como la de un muchacho. Algo que no terminaba de encajar con el resto de él, que parecía endurecido por el tiempo y el ejercicio—. O al menos, el inspector Abberline es más amable cuando usted está por aquí —añadió, como si la primera frase se le antojara demasiado personal.

—¿Gracias, inspector Hitchens? —respondió ella alzando una ceja.

—Es un placer tenerla aquí, la verdad.

Antes de que Isla pudiera decir nada, Reid bajó por las escaleras.

—Señorita Black —la saludó con un gesto de la cabeza—. Me imagino que el inspector Hitchens la ha puesto al día con los últimos avances en el caso.

—Creo que estaba a punto de hacerlo antes de que usted llegara —respondió ella, mirando de reojo a Hitchens, que empezaba a ponerse rojo. Ella alzó una ceja y él se encogió de hombros con una mueca—. ¿Inspector?

—Oh, sí —dijo él, abriendo la carpeta y enseñándole unas fotografías de un hombre delgado y enjuto—. Este es Ed Morris, uno de sus vecinos dice que cree que puede ser nuestro hombre.

—¿Por qué lo dice? —inquirió Isla, aunque ella sabía perfectamente quién era el asesino que estaban buscando. Por un momento, la duda la asaltó: ¿y si se había equivocado?

—Porque no lo sintió llegar a casa en las noches de los asesinatos.

—Pensé que creíamos que el asesino tiene algún tipo de experticia en medicina.

—Esa es la parte interesante, señorita —dijo Hitchens—. Morris fue alumno de la escuela de medicina de la Universidad de Londres, aunque se retiró en su tercer año por motivos de salud. Si no fuera por ese detalle, ni siquiera lo estaríamos considerando.

—¿Y cuál es el próximo paso?

—Ir a interrogarlo. Lo han arrestado esta mañana y lo tienen en una comisaría en Lambeth —dijo Reid, al tiempo que cogía su chaqueta del perchero de la entrada y se ponía su sombrero de hongo—. ¿Viene?

—Por supuesto.

Isla sabía que estaban siguiendo una pista falsa, pero en esos momentos todos sus instintos le decían que en ese momento, el mejor lugar en que podía estar era la división H. Si había alguna novedad acerca del caso, era el lugar dónde se enterarían. Y en esos momentos, Isla necesitaba estar donde estaba la información. Sabía que la Oficina de Aurores estaba buscando al mayordomo, cuyo nombre era Matthew Warner, pero no habían tenido éxito. Era como si el hombre se hubiera desvanecido en el aire sin dejar rastro.

Al igual que Reid, Hitchens se puso la chaqueta y un sombrero mientras los tres se dirigían hacia la puerta.

Por más que Isla paseara por el Londres muggle, no dejaba de sorprenderse por lo distinto que era al Londres que ella conocía tan bien. Los colores, el ambiente. Era como si fueran mundos completamente separados, no dos mundos que ocuparan el mismo espacio, divididos por una cortina invisible.

—¿Señorita? —Hitchens le ofreció el brazo y ella lo aceptó sin pensarlo dos veces. Había algo en el joven que le inspiraba confianza y la hacía sentirse cómoda. Incluso podía olvidar que se trataba de un muggle, completamente ajeno al mundo en el que ella vivía—. Mi madre me enseñó que un caballero siempre debe ofrecer apoyo a una dama al caminar.

—Su madre debe ser una mujer muy inteligente —respondió Isla.

—Lo era —dijo él con una sonrisa nostálgica—. Una mujer muy sabia y con un corazón excelente, por suerte para todos los que la conocimos. Creo que le hubiera agradado conocerla.

Isla alzó las cejas. La verdad es que nunca se habría planteado involucrarse más con el mundo muggle, nunca le había interesado particularmente. Sabía que había magos que por alguna razón decidían participar en el mundo sin magia, pero a ella siempre le habían parecido un montón de locos. El orden natural de las cosas los hacía ir a cada uno por su lado.

Pero en ese momento, no le parecía tan completamente de locos. Seguramente la familia de Hitchens era interesante y amable. Después de todo, él lo era. Tenía que haberlo aprendido en alguna parte.

—¿Cuándo falleció? —musitó ella, creyendo que la pausa en la conversación era más larga de lo conveniente. Necesitaba seguir hablando, seguir moviéndose para no pensar en los últimos días.

Aunque la calle estaba abarrotada de gente, la joven sentía que ambos estaban completamente solos, en una conversación que nadie más podía escuchar. Sabía que no era así, pero le gustaba esa idea. Y darse cuenta de que le gustaba la idea, la sorprendió.

—Hace dos años, después de que yo volviera de la India —dijo él, haciendo que Isla esquivara a un vendedor de anguilas, con un movimiento fluido. Los dos caminaban completamente sincronizados, como si llevaran años trabajando juntos.

—Lo siento mucho, señor Hitchens —dijo ella. Él, para su sorpresa, sonrió a pesar del doloroso tema. No era su sonrisa de muchacho travieso, sino una nostálgica. Seguramente era cercano a su madre.

—Está bien. Al menos pude estar con ella en sus últimos meses y despedirme bien de ella. Otros no tienen tanta suerte.

Isla asintió. Podía entender eso.

—Aquí estamos —anunció Reid, señalando la vieja comisaría de Lambeth. Isla casi no se había dado cuenta de todo lo que habían caminado, absorta como estaba en la conversación con el inspector—. ¿Preparados?

Los dos jóvenes asintieron. Reid esbozó una pequeña sonrisita al darse cuenta de que los dos estaban cogidos del brazo. Inmediatamente, Isla se separó del inspector Hitchens, rebuscando algo en la pequeña cartera que llevaba. Necesitaría tomar notas de lo que dijera Morris, a pesar de que sabía que no iba a servir de nada. Ese hombre no estaba relacionado en lo absoluto con el asesino.

Pero no podía decírselo a los dos hombres que estaban con ella.

Un policía los guió por la comisaría hacia donde se encontraban las celdas de detención. Isla respiró hondo, intentando ignorar el olor que invadía el lugar: una mezcla de suciedad y sudor. Hitchens y Reid no parecían afectados, por lo que Isla decidió que lo único que podía hacer era aguantarse. Era una pena que no pudiera sacar su varita y conjurar un casco-burbuja alrededor de su cabeza para respirar aire puro. Morris estaba en la última celda, sentado en un taburete. A Isla le llamó la atención que no le habían atado las manos. ¿Acaso no se suponía que no era peligroso?

—Insiste que no sabe por qué lo traemos, pero no es peligroso. En cualquier caso, estaré aquí junto a mis hombres —explicó el jefe de policía, y se detuvo al ver a Isla junto a los dos inspectores—. ¿Están seguros de que es apropiado que una señorita entre ahí? ¿No es peligroso?

—La señorita Black es una detective como nosotros y está más que capacitada para enfrentarse a esto —declaró Reid sin alterar su expresión seria y circunspecta—. No tiene que preocuparse por ella.

El jefe asintió, aunque la expresión de su rostro indicaba que no estaba tan seguro de lo que el inspector le acababa de decir. Por lo que Isla entendía de ese mundo, su actitud era la normal para un hombre. Reid, Abberline y Hitchens eran obviamente diferentes al resto. Isla creía que podía entender lo que la jefa Crickerly había vivido cuando había empezado a trabajar en la Oficina de Aurores. Y eso que el mundo mágico era un lugar mucho más abierto para las mujeres que el muggle.

Después de unos momentos, el guardián de las celdas abrió la puerta y les indicó que pasaran al interior. Morris parecía exhausto, aunque Isla tuvo la impresión de que su aspecto no se debía sólo a la falta de descanso. Ese hombre estaba consumido por sus adicciones.

—¿Edward Morris? —preguntó Reid. Isla cogió su lápiz y empezó a tomar notas.

—El mismo.

—¿Sabe por qué lo han traído aquí?

—No. —Morris hizo una mueca que Isla no supo interpretar—. ¿Es por lo del bar?

—¿Qué bar? —preguntó Hitchens, intrigado. Isla quería poner los ojos en blanco. Era absolutamente obvio para ella

—La pelea, la semana pasada. El dueño dijo que nos denunciaría por los daños a su local o algo así. Supongo que es eso.

—La policía no está para esos asuntos —bufó Reid de malos modos—. Usted está aquí por algo más importante: ¿dónde estaba la noche del treinta de agosto de este año? —preguntó finalmente.

—No lo sé. —El hombre pareció confundido, obviamente no era una pregunta que recibía todos los días—. En mi casa, supongo. No me acuerdo.

—Su vecino dice que esa noche no volvió a casa.

—El señor Parker tiene muy buena memoria —masculló Morris—. Si él lo dice, debe ser verdad.

—¿Y la noche del siete de septiembre? —De tanto repetirlas, las fechas de cada muerte estaban grabadas en la mente de todos los que trabajaban en el caso. Cada una de ellas con un hombre y un apellido unidos eternamente.

—¿El pub? —fue la respuesta del hombre, que seguía sin sospechar la razón por la que lo tenían detenido en esa celda—. No se me ocurre dónde más puedo haber estado.

—Su vecino dice que no estuvo en casa esa noche tampoco. ¿No tiene a nadie que compruebe que estuvo ahí?

—No lo sé. No recuerdo.

Isla suspiró. Esa conversación era una pérdida de tiempo y siguió siéndolo hasta que el inspector Reid le dijo a Morris que lo habían detenido acusado por los crímenes de Jack el Destripador, lo que fue recibido por el hombre en la celda con una expresión de incredulidad que no podía ser fingida. En el camino de regreso a la división H, los dos detectives parecían increíblemente desmoralizados.

Una vez más, Isla quiso poder decirles lo que sabía, decirles la verdad del asunto. Pero aunque pudiera hacerlo, no iban a creerle. Así que estaba condenada a tener que verlos dar pasos de ciego y no lograr nada. No se le ocurría nada más frustrante que eso.

—Lamento que hayamos tenido que perder el tiempo así, señorita Black —dijo Hitchens, que nuevamente le había ofrecido el brazo—. Por supuesto, pensar que esto iba a resultar era apostar a perder, pero supongo que no podíamos dejarlo pasar.

—No, claro —musitó Isla con una mueca que esperó pareciera de consuelo. O algo así.

—Bueno, de vuelta al trabajo. Por desgracia, nos queda mucho que hacer —comentó el joven—. Aunque debo decir que si hay una cosa que podemos agradecerle a Jack es que nos ha permitido tenerla en la división, señorita Black.

Isla se quedó quieta al escuchar eso. Tuvo que obligarse a caminar de nuevo, sintiendo la mirada del joven clavada en ella. Lo miró de reojo y pudo ver que se había puesto colorado, pero no apartaba la mirada.

—Muchas gracias por sus palabras, señor Hitchens —fue lo único que logró decir antes de apartar la mirada y seguir caminando en silencio. Aunque por todo lo que contaba, no soltó el brazo del joven.

Al llegar a la división H, el inspector Abberline prácticamente se abalanzó sobre ellos.

—¡Miren lo que este cabrón hizo ahora! —vociferó mostrándoles un papel escrito con tinta roja. Isla reconoció la caligrafía.

—¿A quién se la envió?

—Al doctor Openshaw, del hospital de Londres —bufó Abberline—. Este hijo de puta está riéndose en nuestra cara de nuevo. No podemos permitirlo —masculló entre dientes. Al ver a Isla ahí, sin embargo, se detuvo antes de lo que parecía ser una nueva sarta de insultos dirigidos al asesino—. Lo siento, señorita Black.

—No se preocupe, sólo son palabras —dijo ella, que estaba más ocupada en examinar la carta que Reid tenía en las manos.

Viejo jefe, estaba correcto era el riñón izquierdo que iba a operar otra vez cerca de su ospital justo cuando iba a probar mi cuchiyo en su maldito cuello las 'cusas de policías me arruinaron el juego pero supongo que estaré en el trabajo pronto y podré enviarle más tripas

Jack el Destripador

O, has visto al diavlo

Con su microscopio y escalpulo

Mirando a un riñón

Con una rodaja prendida

Las palabras hicieron que un escalofrío recorriera la espalda de la joven auror. Quien fuera que hubiera escrito la carta, estaba hablando de la muerte de una mujer sin la menor muestra de compasión. Con una frialdad que era imposible comprender. Ella podía entender la parte de asesinar, pero no esa falta de emoción al respecto.

Esa era la única parte de la historia que no lograba solucionar. No entendía por qué Jack estaba jugando con la policía muggle, escribiendo esas cartas sin pies ni cabeza. ¿Por qué? Seguramente sabía que nada de lo que la división H pudiera hacer iba a detenerlo. Su objetivo era resucitar a un faraón que llevaba milenios bajo tierra: ¿qué podía ganar llamando la atención de las autoridades?

—Necesito que vayan a mi oficina, ahora —espetó Abberline, quitándole la carta de las manos a Reid con un movimiento firme y cuidado—. Necesitamos discutir una nueva estrategia para detener a este imbécil porque como sigamos así, no lo vamos a lograr.

Isla y Hitchens intercambiaron miradas. Si el inspector quería crear una nueva estrategia, lo lógico era seguirle el paso. No estaba pidiendo opiniones sobre si ellos pensaban que estaban haciendo lo correcto. Siguiendo a Reid y Abberline, subieron las escaleras hasta la oficina del segundo, la más grande de todo el lugar. En realidad, era la oficina de Reid, pero él la había cedido a Abberline cundo éste había sido asignado a la división para el caso de Jack. Después de todo, había sido la oficina que había ocupado en sus largos años en la división H.

—Tenemos que doblar el número de policías en las calles —empezó Abberline una vez que Hitchens hubo cerrado la puerta tras de sí—. Especialmente en las zonas en las que se concentran las mujeres de… mala reputación —dijo, como si recordara que Isla estaba ahí por primera vez—. También tenemos que ir a recordarles que no pueden separarse de sus compañeras y que necesitan establecer protocolos de seguridad.

Isla escuchaba las palabras del hombre, esforzándose por seguirlas. Pero sentía la cabeza pesada y cansada. No dormía bien desde la muerte de Arthur. Aunque su madre le había sugerido usar alguna poción para dormir, Isla se había negado. No quería sueños que le recordaran a su amigo. Era un miedo absurdo e irracional, pero no podía evitar pensar que Arthur aparecería en sus sueños.

No quería verlo. No porque no extrañara su rostro alegre y tranquilo, sino porque no podría resistir verlo como la última vez: pálido y sin vida.

Por un momento, Isla sintió que empezaba a ahogarse. Como si el peso de los últimos días estuviera golpeándola de repente. Necesitaba salir de la oficina de Abberline, salir antes de que empezara a llorar dentro de ella. Como en la Oficina de Aurores, no podía mostrar ni un poco de debilidad. Después de todo, era la única mujer ahí y lo último que necesitaba era que pensaran que era una mujer histérica y emocional.

—Necesito aire —musitó, al tiempo que se levantaba de la silla y se abalanzaba hacia la puerta de la oficina. Ni siquiera esperó la respuesta del inspector, sólo salió. Sin saber a dónde dirigirse, sólo se atrevió a entrar a la oficina de Reid, que ella también usaba cuando estaba ahí.

Apenas alcanzó a cerrar la puerta detrás de sí antes de empezar a llorar. Lágrimas cálidas y saladas empezaron a correr por sus mejillas, al tiempo que ella sollozaba como si le faltara el aire. Arthur no estaba, era su culpa, y no había nada que pudiera hacer para detener a su asesino. Estaba fallándole al amigo que siempre había estado ahí para ella.

—¿Señorita Black? —Alguien golpeó a la puerta e Isla pudo reconocer la voz de Hitchens al otro lado—. ¿Está todo bien?

Isla se obligó a calmarse, respirando hondo.

—Sí, no se preocupe. Todo está bien.

—¿Puedo entrar?

Isla decidió que decirle que no entrara no serviría de nada, por lo que se limpió apresuradamente con las mangas del vestido.

—Sí, claro. Sólo… necesitaba aire —musitó al tiempo que abría la puerta—. Siento haber salido de esa forma.

—¿Segura de que está bien, señorita Black? —preguntó Hitchens, tendiéndole un pañuelo no demasiado limpio. Su cara decía claramente que no creía nada de lo que la joven le estaba diciendo. Sin saber por qué, Isla aceptó el pañuelo y se lo pasó por el rostro, sabiendo que debía verse terrible en esos momentos. ¿Por qué le había abierto la puerta?

—No —susurró.

—¿Y es algo en lo que pueda ayudarle? —preguntó él, inclinándose sobre ella. Su mirada era honesta y amable, como ella no había visto nunca antes en su vida. Isla no podía evitar confiar en él, porque Bob Hitchens era el hombre más sincero que conocía.

—Bob... —dijo, atreviéndose a llamarlo por su nombre por primera vez—. Hay algo que tengo que contarle, pero antes de que pueda hacerlo, necesito que me prometa que no va a pensar que estoy loca.

—Le doy mi palabra de honor —dijo él—. Por favor, cuénteme.

Isla respiró hondo y exhaló.

Y entonces le contó toda la historia.


Por supuesto, escribiendo a último minuto. Mañana se vienen los dos capítulos que faltan.

¡Saludos y hasta entonces!

Muselina