Y como cada 24, aquí esta la nueva actualización del sorato.

Gracias por su apoyo, espero que sea de su agrado.

.


Historia de Nochebuena

...

Diciembre 2001

...

La Nochebuena, como Nochebuena convencional nunca había sido una fecha que me provocase demasiada ilusión, ni siquiera cuando era niña. Eso de comer dulces, colocar un árbol y levantarse a la mañana siguiente para ver los regalos bajo sus faldas solo sucedía de una forma en mi casa: en el bombardeo de películas occidentales navideñas.

Tampoco lo echaba excesivamente de menos, ya que esto es algo cultural y mis padres me habían educado así. Lo más parecido a un árbol que había en mi casa era el arreglo floral adornado con papel de colores que hacía mi madre para estas fechas y lo más parecido a comer dulces eran las galletas que tradicionalmente también solía hacer mi madre para mi padre.

No es que me deprimiese en estas fechas ni nada de eso, simplemente pasaban indiferentes para mí. Además, si algo tenían en común todas las películas navideñas, aparte de los Santa Claus y los milagros ñoños era que en estas fechas se unía una gran familia en la mesa. Es decir, las navidades estaban hechas para los que tenían gente para compartirlas y extensas familias para reunirse, lo que quería decir que para un matrimonio tradicional con una hija única y con unos abuelos como parientes más cercanos, cuya única visita que consideraban oficial al año era en año nuevo, la Nochebuena no era más que una noche corriente cenando con mis padres, eso sí, algún regalo me solían dar: un libro aburrida mi padre, un kimono para año nuevo mi madre. Nunca fallaba.

En cualquier caso, eso sí me gustaba de la Nochebuena, porque aunque no fuese la familia súper extensa que la televisión vendía como imagen idílica y feliz, estaba con mi familia completa, quiero decir, estaba con mi madre y mi PADRE. Algo que no sucede demasiado a menudo al año.

A veces me despertaba por la mañanas, otras veces llegaba justo después de comer y algún año en el último segundo antes de empezar a cenar, pero lo importante era que siempre llegaba, que por esa noche en vez del típico silencio con alguna que otra pregunta de cortesía entre mi madre y yo, las divertidas anécdotas de mi padre eran lo que presidían la mesa, en vez de tener en frente el casi siempre serio rostro de mi madre mientras cenaba, tenía sus sonrisas de felicidad por tenerle en casa, y en vez de mirar la televisión sin ninguna gana haciendo tiempo para irme a la cama, pedía que me dejasen quedarme más y más tarde para seguir jugando con ellos al scrabble y algún otro juego de mesa, eso sí, siempre educativo, exigencia nº 1 del profesor Takenouchi.

Esa era mi Nochebuena, la Nochebuena Takenouchi, y esa sí que me provocaba una tremenda ilusión que llegase.

...

...

La joven paseaba por ese abarrotado centro comercial, bueno, en realidad lo de paseaba era una forma de hablar porque el paso endiablado que llevaba dejaba claro que tenía un destino muy claro en mente y que no estaba entre todo ese jaleo, esa mañana de Nochebuena, por gusto.

Cargaba una bolsa muy pequeña, todo lo contrario al año pasado cuando se le ocurrió hacer esta misma salida con su mejor amiga Mimi. Esta era una de las cosas en las que no la echaba de menos, ya que todo el mundo sabía que ir de compras con Tachikawa podía ser mortal.

En cualquier caso, un pequeño detalle para su padre era la única compra oficial que había hecho y tenía intención de hacer estas Navidades la joven Takenouchi. Entonces, ¿qué hacía esquivando a los Santa Claus del centro, a los niños ilusionados en los escaparates y a la cantidad de jóvenes parejas esa mañana de Nochebuena? La respuesta tenía nombre, apellido y un peinado muy peculiar.

Sonrió y agitó su mano al vislumbrarlo sentado en un banco con cara de desesperación. Por lo visto, Taichi por primera vez en su vida había sido puntual y ella se había retrasado.

Al darse cuenta de que su amiga ya se acercaba, el moreno aparto las manos de su nuca, resopló escandalosamente para hacer culpable a Sora por su retraso y se levantó.

-Perdona, ¿llevas mucho tiempo esperando?.- preguntó Sora al alcanzarlo, mientras recuperaba la respiración.

-Sí.- contestó Yagami con el ceño fruncido. Se asomó a la bolsita que llevaba su amiga.- ¿qué me has comprado?, ya puede ser bueno para perdonarte.

Con una sonrisa, Sora se llevó la bolsita contra su pecho.

-Es para mi padre.

El portador del valor hizo un gesto de incredulidad.

-¡Alucinante!, me haces esperar casi cinco minutos y encima no me regalas nada.

La pelirroja entrecerró los ojos con desprecio.

-Waa… cinco minutos, no sé yo si habría tenido tanta paciencia Taichi. Voy a proponer al ayuntamiento que te haga una estatua en este banco, como la del perro "Hachiko", en honor a la paciencia. "El chico que espero cinco minutos".- comentó, visualizándolo con diversión.

Taichi se limitó a observarla con los brazos cruzados y una mirada de indiferencia.

-¿Has terminado?.- entre risas, Sora asintió.- sigues siendo tan poco graciosa como en el jardín de infancia.

Takenouchi le hizo la burla y Yagami sonrió divertido. Su molestia por el retraso de su amiga ya era historia.

Empezaron a caminar relajadamente y Taichi, como de costumbre, mostró ese estado llevándose las manos a la nuca.

-Entonces, ¿ya ha venido tu papá?

La portadora del amor negó con la cabeza.

-Aún no, pero llegará para cenar o antes. Siempre llega.- contestó convencida de sus palabras.

-Me alegro.

Su amigo le dedicó una sincera sonrisa de felicidad, pensando en lo difícil, por no decir imposible que hubiese resultado tener esta conversación hace unos años. Sencillamente por el hecho de que Sora no solía hablar de su papá antes, ni de su situación. Había sido su mejor amigo desde la guardería y se enteró de los problemas con su madre por culpa de las largas temporadas fuera de casa de su padre en el Digimundo. Se sentía un poco mal por no haber estado más atento y haberse dado cuenta antes, pero también era verdad que la chica nunca había mostrado signos de malestar. Ahora sabía que era porque no quería causarle preocupación a nadie, por eso le gustaba guardarse sus problemas para ella.

Desvió la vista a su amiga, abandonando sus reflexiones cuando esta detuvo el camino. Le miraba con una sonrisa de complicidad mientras rebuscaba algo por su bolso.

-También te he comprado un regalo a ti.

Taichi se sobresaltó como un niño ilusionado.

-¿De verás?.- se le desencajó el rostro al ver un paquetito de cromos de futbol.- ¿cromos?.- cuestionó, tomándolos con decepción.

-¡Y también el álbum!.- mostró la pelirroja con cachondeo.

-Waa…- fingió con agotamiento el moreno.- bueno, así no me sentiré culpable por tu regalo, toma, feliz Nochebuena.- le entregó un bolo mal envuelto.

Con esa presentación no se podía esperar mucho, aún así, Sora lo abrió con ilusión. Puso una mueca de desagrado al reconocer ese objeto y lo tomó tímidamente de una esquina.

Se trataba de una muñequera negra.

-¿Te quejas de mis cromos y tú me regalas una muñequera sudada?

-Está lavada.- defendió el chico, algo molesto por el poco aprecio.

La muchacha alzó las cejas desconcertada. Esa respuesta no le servía.

-Es la que llevaba siempre antes.- explicó el moreno, pensando que su amiga no la había reconocido y de ahí su poco interés e ilusión.

-Ya, hasta ahí llego.

-Para que te dé suerte con el tenis.- siguió su argumentación. La expresión de asco y decepción continuó en el rostro de Takenouchi y este se dio por vencido.- ¡al demonio!, la última vez que intento ser original, el próximo año te regalaré una horquilla.

Sora negó con una divertida sonrisa. Le encantaba desesperar a su amigo, porque en verdad, a pesar del surrealismo del regalo, apreciaba mucho el gesto del moreno.

-Si querías regalarme algo personal, podrías haberme regalado las goggles.- dijo con malicia, estirando de la goma de dicho objeto que parecía cosido a la cabeza de Yagami.

Taichi se revolvió, agarrándolas más fuertemente contra sí.

-¡Nunca!, jamás me desharé de ellas, por lo menos mientras siga siendo el portador del valor, porque son un signo de valentía.

La portadora del amor soltó una carcajada por la determinación con la que decía sus palabras. De verdad daba la impresión de que esas gafas eran como las espinacas para Popeye y que si algún día se las quitaba perdería su valor. Aunque ambos sabían que eso no sería así, quizá, lo que ocurriese si alguna vez se deshacía de ese objeto era que dejase atrás su infancia y madurase, pero conservando íntegramente su valor.

Pero eso, solo era una suposición.

Continuaron su paseo con una animada charla, porque otra cosa no pero Sora y Taichi siempre tenían una y mil cosas que decirse, hasta que por fin se pusieron manos a la obra, ya que habían quedado por un motivo y era: que Taichi por primera vez en su vida le comprase un regalo digno a su adorada hermanita.

-Taichi, ¿hiciste la lista que te mandé?

-Ajá.- sonrió orgulloso de sí mismo, sacando un arrugado papel de su bolsillo.

-Bien, a ver cuales son tus ideas.

-Un pony.- empezó con decisión. Sora se sorprendió.

-¿Te refieres a un My Little Pony?.- buscó la lógica la pelirroja, pero al ver la cara de circunstancias de su amigo, negó exasperada.

-¡A todas las niñas les gustan los ponys!.- excusó.

-¿Qué tal si reservamos esa idea para cuando seas un futbolista millonario y ahora buscamos algo que entre dentro de tu presupuesto de estudiante de secundaria?

Rezongando, pero Yagami aceptó esa propuesta, dando la vuelta a su papel, ya que por lo visto toda la primera cara era de ponys de diferentes colores.

-Un vestido.- anunció.

Sora aprobó la proposición.

-Eso tiene mejor pinta.- dijo, mirando a su alrededor buscando una tienda apropiada para comprarle ropa a su hermanita postiza.- ahí se ven bonitos.- señaló un escaparate.- ¿sabrás su talla, no?

El moreno asintió emocionado sintiendo que había hecho las cosas bien porque, abriendo su mochila, sacó un vestidito de su hermana.

-Como no entiendo de esto se lo cogí para que tú lo veas.

Takenouchi lo tomó y lo estiró para contemplar la talla quedando un poco turbada, porque juraría que la última vez que había visto a Hikari estaba demasiado grande cómo para entrar en ese vestido.

Con fatiga, se lo mostró.

-Taichi, ¿cuando usaba tu hermana este vestido?

El joven, ya ajeno a todo porque estaba buscando con la mirada a una de esas guapas duendes de Santa Claus que vendían bastones de caramelos, se encogió de hombros.

-No sé, hace dos o tres años, ¿por?

-¡Que ahora no tendrá la misma talla que cuando tenía ocho años, baka!.-se lo arrojó en un bolo a la cara. Estaba a escasos segundos de perder la paciencia.

El chico hizo un gesto de desesperación con los brazos y resopló agotado.

-¡Yo que sabía!, ¡estaba en su armario!

La tensión se cortaba con un cuchillo. Yagami estaba a punto de rendirse y regalarle por quinto año consecutivo una bolsa de gominolas, sin embargo Sora no estaba dispuesta a tirar la toalla tan rápido.

-Espera, aún puedes encontrar algo digno, no pierdas la esperanza.- animó, masajeándose las sienes para ver si así le venía la inspiración.- ¡ya está!, afición, alguna afición tendrá, regálale algo relacionado con ella y seguirás siendo su héroe mínimo para los próximos treinta años.

El compañero del valor se llevó la mano a la barbilla en pose reflexiva. Conocía a su hermana desde hacía diez años, la cuidaba, la quería y la adoraba desde entonces, por lo que debía ser conocedor de todos sus gustos.

Conforme más lo pensaba, más angustia mostraba su rostro, hasta que finalmente enfocó a su amiga que esperaba su resolución con impaciencia.

-¿Otro gato?

Sora bajó la cabeza descompuesta.

-Sigue pensando más.

El chico lloriqueó llevándose las manos a la cara.

-Sora, soy un desastre, no me merezco una hermanita tan kawaii como Hika-chan.

Apenada por los pensamientos de su amigo, la tenista le frotó el brazo y le dedicó su mejor sonrisa, tratando de darle confianza.

-No desesperes, estoy segura de que conoces sus gustos mejor que nadie, solo tienes que concentrarte.

Taichi se dejó animar por la pelirroja. Cerró los ojos y volvió a estrujarse el cerebro.

-De pequeña jugaba al futbol.

-Pero eso lo hacía porque te adora y es incapaz de decirte que no a nada.- rebatió la muchacha, mientras se mordisqueaba el labio inferior pensativa.

-Bueno pues… pues… pues…- y la luz le vino, nunca mejor dicho, en forma de una joven camarera que servía a las mesas de la terraza en patines.- ¡patines!

-¿Huh?.- se volvió Sora y casi le da un soponcio por ver a Yagami tan ilusionado y decidido.

-A Hika-chan le gusta patinar y los patines que tiene ya le van prietos, ¡le compraré patines!

-Eso suena muy bien.- alentó Takenouchi, orgullosa de su amigo hasta que cayó en la cuenta de un pequeño detalle.- ¿sabes que número calza?

El futbolista ya estaba eufórico por su genial idea y oyó a su amiga sin prestarle demasiada atención, ahora su vista y su cerebro estaban puestos en buscar una tienda de deportes.

Cuando la vio se dirigió hacia ella con determinación, seguido por la todavía desconfiada Sora.

-Taichi…

Sin dejar que le dijese nada más, el moreno sacó una zapatilla de su mochila, alucinando a su acompañante.

-Estos sí que son los que usa, estoy seguro.- dijo, sin mostrar ningún tipo de remordimiento por el hecho de haber dejado esa mañana descalza de un pie a una inocente niña.

No obstante, lo que intrigaba ahora a Takenouchi era otra cosa, que se resumía en:

-¿Qué más cosas llevará en esa extraña mochila?

Igual fue su imaginación, pero juraría que en ese momento escuchó el maullido de Miko y eso le atemorizó. Jamás pensó que su amigo Taichi fuese tan extravagante, aunque era de suponer dado el peinado que lucía desde que lo conocía.

La mañana había mejorada considerablemente, y por fin, con el recado del regalo de Hikari cumplido con un sobresaliente, los chicos podían pasear con más calma y por supuesto almorzar.

Cruzada de brazos y con una mirada de desaprobación, Takenouchi era testigo de cómo Yagami sonreía embobado a esa muchacha que le estaba vendiendo el bastón de caramelo y encima le dejaba propina.

-Me pides dinero para comprar los patines pero para regalárselo a esa sí que tienes.- reprochó con indignación.

A Yagami le costó reaccionar debido a que todavía estaba obnubilado, tanto él, pero sobre todo sus hormonas con esa hermosa joven. Al encontrarse el rostro de muy pocos amigos de la chica, su sonrisa boba fue reemplazada por una de niño bueno.

-¿Quieres?.- ofreció el caramelo. Sora negó reemprendiendo la marcha.- perdona, te devolveré tu dinero, ¿vale?

La chica alzó la vista al cielo con incomprensión. Taichi debía saber de sobra que no era el dinero lo que le molestaba, sino su actitud.

En ese momento no pudo evitar pensar en su amigo Yamato y lo diferente que era de Taichi en ese aspecto también. La de veces que había rechazado su ayuda y su dinero. Suponía que era por orgullo, pero Taichi también era bastante orgulloso, no tanto como su amigo rubio, pero sí consideraba una debilidad ir por ahí solicitando ayudas, sin embargo, en estos asuntos tan triviales por los menos, no solo se dejaba ayudar sino que pedía ayuda. Por lo que llegó a la conclusión de que no era un asunto de orgullo sino de confianza. Yamato no tenía tanta confianza con ella y eso le entristecía bastante.

-¿En qué piensas?

Se había quedado ida sin darse cuenta y en ese estado contestó:

-En Yamato.

-¿Cómo?.- se extrañó Yagami.

Solo entonces, Sora volvió a la realidad y fue consciente de su respuesta, formándose en sus mejillas un irremediable rubor que intentó disimular.

-¿Qué?, nada, que quiero un batido.

Yagami paró a observarla un poco con suspicacia, tratando de encontrar un sentido a su respuesta y al notorio enrojecimiento de sus mejillas. Finalmente, lo dejó pasar.

Caminó a su lado en dirección a la cafetería, hasta entonces no había tenido tiempo para pensarlo y observarlo debido a su angustia por comprar el regalo para su hermana, pero ya con esos patines en la mano, tenía la calma necesaria para disfrutar de su alrededor, y darse cuenta de que la mayoría de la gente que abarrotaba ese centro eran jóvenes parejas.

-¿Has visto?, estamos entre novios.- musitó con diversión.

Takenouchi tampoco se había fijado demasiado en ese detalle y al comentarlo su amigo, sí le sorprendió que hubiese tantos enamorados.

-¿Qué pasa hoy para que haya tantas parejas?.- cuestionó, sintiéndose un tanto incómoda y desencajada.

Escuchó la carcajada de Taichi y frunció el ceño en el acto. No le gustaba que se riesen de ella.

-¿No lo sabes?.- preguntó él. La respuesta de Sora fue un gruñido invitándole a continuar.- la Nochebuena es la fecha que eligen muchos jóvenes para declararse. Hay luces, regalos, buenos sentimientos en el ambiente, ¿qué mejor día para hacerlo?

Sora relajó los músculos de su rostro reflejando sorpresa. Nunca había escuchado eso, pero viendo el ambiente que les rodeaba debía ser verdad. Además, ahora por fin entendía tantos anuncios y ofertas para cenas románticas y escapadas de hotel para estos días. Entendió, que era otra forma de darle sentido a este día.

-Vaya, no lo sabía.- murmuró, mirando absorta en todas las direcciones, donde daba la impresión de que las parejas se habían multiplicado por mil.

-¿Sabes lo que eso significa?.- cuestionó Taichi con una socarrona sonrisa. Acto seguido, entrelazó su mano con la de su amiga y retomó la marcha.

-Taichi, ¿qué haces?.- elevó Sora su mano para soltarse, pero se quedó en amago.

-Si no parecemos novios desencajamos.- explicó el muchacho como si fuese un asunto de vida o muerte.

Sora se sonrojó ligeramente por el comentario pero sin sentir ese incompresible ardor en la cara que había sentido por ejemplo, hace un instante cuando pensó en Yamato. Quizá era porque ya estaba acostumbrada a las payasadas de Taichi y a no tomarse nada de sus ocurrencias en serio. Negó divertida y le siguió el juego.

El moreno miraba de reojo a su amiga para ver su estado. Parecía que estaba ausente, con la cabeza en cualquier otra parte, de hecho, hacía ya tiempo que la encontraba muy a menudo distraída y nunca era capaz de darle una explicación coherente. Tenía miedo a que cada vez fuese menos capaz de comprenderla y que eso les alejase, y por supuesto, si ella no compartía sus pensamientos, era imposible que siguiesen teniendo esta relación tan cercana.

Le molestó que tomase esa actitud, que fuese agarrada de su mano pero su mente estuviese lejos de él. Ni hablar, Taichi deseaba que estuviese enteramente con él en este momento especial, quizá, a diferencia de lo que pensaba Sora, había cosas que Taichi sí se tomaba en serio.

-¿Nos besamos?

Sabía que con esa pregunta la devolvería a la realidad, y así fue, eso sí con una cara de absoluta incredulidad.

-¿Cómo?.- cuestionó en tono divertida, aunque una parte se preguntaba si la solemnidad del gesto de Taichi no era fingida y por lo tanto lo decía en serio.

Era extraño porque pensar eso ni le provocaba nervios, ni le dificultaba la respiración, ni le hacía palpitar con más violencia el corazón, ni la hacía sudar más, ni sentir una ola de calor como sería lo esperado, simplemente le angustiaba, más que eso, le aterraba.

Taichi no podía tener esa clase de sentimientos por ella, era imposible. Su relación con Yagami era perfecta tal y como era, era idílica y no deseaba que cambiase jamás. Sentía que esta relación era la única que quería y debía tener con su mejor amigo.

Notó un alivio inexplicable en su pecho al ver la media sonrisa de su amigo, que ni quiso preguntarse si sería fingida o no, porque debía agarrarse a ella en este momento.

-¿Sabes que Yamato ha besado a chicas este verano?.- cuestionó, trasmitiendo ya una relajación plena en sus palabras.

Aún recuperándose de su shock, sintió una nueva punzada en su pecho por esa pregunta que de sobra conocía la respuesta y tan poco le agradaba.

Ella hizo un sonido de afirmación no muy claro y Taichi continuó con su charla.

-¿No tienes curiosidad en besar a un chico?

Sora lo miró un instante y resopló agobiada. No le gustaba este tipo de diálogos con nadie, mucho menos con Taichi. No estaba preparada para este tipo de conversaciones, más que nada porque ni siquiera se las había planteado nunca a sí misma con seriedad.

-Deja de decir idioteces.- dijo a la defensiva.

-No son idioteces, es adolescencia.- contraatacó el muchacho, un tanto ansioso por empezar a vivir las experiencias que se supone que debían conllevar esta complicada etapa de la vida.- y parece que Yamato es el único que se ha enterado que ya no somos niños.

Takenouchi chasqueó la lengua molesta por ese comentario. A su juicio, el comportamiento de Yamato en ese aspecto no era un buen modelo a seguir.

-Pues siento desilusionarte, pero yo no soy como Yamato.- el joven pestañeó un par de veces con perplejidad, por sus gestos, Sora entendió que no había sido muy clara en sus palabras.- quiero decir que yo no beso a cualquiera.

Yagami sonrió con provocación.

-Yo tampoco.

Eso perturbó a la muchacha, pero no tenía energías para estrujarse más el cerebro y montarse paranoias que no correspondían. Sacudió la cabeza tratando de despejarse y enseguida percibió ese rico olor a chocolate de la cafetería, olvidando al instante todas sus preocupaciones.

-Aquí.- señaló el lugar. El moreno mostró complacencia.

La cafetería que preparaba esos ricos batidos de chocolate, nata y trocitos de chocolate que le volvían loca a Sora desde que tenía uso de memoria estaba haciendo esquina en la planta superior del centro comercial. Desde el exterior se veía el interior a través de sus amplios ventanales, y como no, en el día de hoy, casi todas las mesas estaban ocupadas por empalagosas parejas.

-No será verdad.- musitó con desagrado.

De todas formas, seguían avanzando en dirección a la puerta que daba justo al otro lado, y al doblar la esquina se toparon con la persona que menos esperaban y que casualmente había estado demasiado presente en los pensamientos de Sora en los últimos minutos.

Se sonrojó solo por pensarlo, aunque fuese una absurdez creer que ese chico pudiese leer su mente, no hace demasiado tiempo lo creía y más valía estar en guardia. Un muro de piedra como barrera de protección fue lo que dibujó su cerebro. Ajeno a los sinsentidos de la pelirroja, Taichi le saludó:

-Yamato, ¿de compras?.- cuestionó con naturalidad.

Al reconocer su voz, el rubio dejó de ojear la carátula del videojuego que le había comprado a Takeru y enfocó a sus amigos. Inevitablemente sus ojos quedaron presos de un tan pequeño como inesperado detalle, y era que Sora y Taichi paseaban de la mano. Por inercia buscó una explicación en Takenouchi, pero la encontró mirando la nada con desinterés.

Sin querer saber que significaba esa expresión, Ishida desvió la vista al frente. No estaba preparado para ver esa escena y ese día descubrió, que tampoco era capaz de soportarla. ¿Desde cuando paseaban tomados de la mano como unos novios?, igual eran novios. Negó desechando esa opción, se habría enterado. Otro pensamiento muy probable lo atemorizó: ¿y sí se habían hecho novios hoy? Era un día bastante señalado para eso.

-Vamos a tomar un batido, ¿te apuntas?.- invitó Yagami.

Apretó los dientes furioso porque en ese momento hubiese deseado partirle la cara. Encima el muy desconsiderado le restregaba a su chica por las narices, pero se contuvo, sobre todo porque era algo injusto y de un mal amigo pensar así. Ni si quiera había tenido el valor para confesarle a Taichi su creciente gusto por Sora, ¿cómo podría entonces exigirle algo? Por no hablar de Sora, lo odiaría hasta la eternidad por tener esos sentimientos por ella y acabar con su amistad.

Reuniendo una gran fuerza de voluntad, Ishida consiguió volver a poner algunas de las piedras que ya se habían resquebrajado en estos años del muro de su corazón para que esto no le afectase.

-No quiero molestar.- trató de decirlo con fuerza y de forma cordial, pero le salió bajo y con una perceptible tristeza, que como si tuviese un radar, Sora captó.

Sus ojos buscaron con desasosiego los de Yamato y fue algo difícil debido a que Ishida trataba de pasar desapercibido mirando a su alrededor. Era como si buscase un punto donde poder refugiarse hasta que el huracán que estaba arrasando su alma en ese instante desapareciese y pudiese volver a su apenada vida.

Pero no podía evitarlo, Yamato tenía la necesidad de mirar los ojos de Takenouchi, aunque solo fuese para comprobar que tenía ese brillo de enamorada y sumergirse en las profundidades para siempre, y entonces, durante unas milésimas, sus miradas se encontraron.

Sora percibió los ojos de Yamato más grises y opacos que nunca, no supo entender que querían expresar, pero provocó que soltase la mano de Yagami como si ardiese. De hecho, ni era consciente de que seguía agarrada a él pero sí fue consciente de que no quería que Yamato los viese así. Tenía la necesidad de que no se confundiese, ni pensase cosas que no eran, cosas que en otras circunstancias y con otras personas le hubiesen dado igual. En cambio, con Ishida sí le importaba y mucho.

A pesar del malestar que le producía mirarla, hubo algo que le hizo sentir esa calidez en el corazón que hace tan solo unos segundos pensó que jamás volvería a sentir. Como siempre sus ojos provocaban un inquietante campo magnético a su alrededor, pero más que ilusión, vio confusión en ellos, eso le hacía albergar una pequeña esperanza de que todo esto fuese un malentendido. Aunque regresó a la realidad al advertir ese brillo mágico que tanto temía, y no lo pudo soportar más, retiró la mirada, perdiendo, como ya empezaba a ser costumbre cuando lo hacía con ella, el duelo visual.

Ya era un hecho y el lo sintió así. La chica que le gustaba estaba enamorada de su mejor amigo, hoy lo había comprobado, ya no era una suposición, ni una excusa para no atreverse a confesarse nunca a ella, ya era la realidad y tendría que aprender a reprimirse y vivir con ella. Y tal vez, era hora de reconstruir esa coraza que alguna vez pensó que precisamente ella sería capaz de destruir.

Sin embargo, lo que jamás se plantearía Ishida sería: ¿a quien se debía en verdad el brillo en los ojos rubíes de Sora?

...

-La mierda del envoltorio.- gruñó Ishida asqueado, mientras el dichoso papel de regalo se le pegaba al pelo.

Ese día, Yamato descubrió que era un inútil absoluto para envolver regalos, aunque también era verdad que no le importó sentirse así de fracasado ya que su estado anímico estaba en el subsuelo mucho antes de intentar envolver el presente para su hermano.

Furioso, acabó haciendo una bola con el papel y arrojándola contra la mesa mientras tomaba asiento con los brazos cruzados y el ceño fruncido mirando fijamente ese juego, pero evidentemente que con la mente lejos de todo.

Jamás pensó que le afectaría tanto que sus dos amigos empezasen una relación más estrecha e incluso amorosa, porque nunca pudo imaginar que se pudiese sufrir tanto por los sentimientos que podía tener hacía una chica.

No era nuevo en esto de sufrir, por eso mismo creía que estaba endurecido y de hecho así era. Aunque solo fuese de cara a los demás, daba la impresión de que nunca le afectaba nada, pero sí le afectaban muchas cosas: le dolía ver a hermanos jugando, a madres comprándoles regalos a sus hijos, a una pareja que se quería… Todo eso le hacía recordar lo que no tenía y aunque con el tiempo había aprendido a asumirlo más, interiormente, siempre sentía ese abandono, soledad e impotencia por haber perdido todo eso en su familia, sin embargo, lo que sentía ahora no se podía comparar con lo que había sentido antes en su vida.

Ahora no había perdido nada, simplemente se había dado cuenta de que jamás conseguiría algo. Por alguna razón estaba convencido de que ninguna otra chica en el mundo le provocaría esas sensaciones que le provocaba Sora, y eso le molestaba, le angustiaba y sobre todo le entristecía.

Seguramente nunca encontrase a nadie para compartir su vida y recuperar eso que una vez tuvo y que tanto ansiaba como era una familia feliz, seguramente sus Nochebuenas siempre serían iguales, con la soledad como única compañía.

No quiso pensar más en eso y el olor de la cena que estaba preparando fue la evasiva perfecta para alejar la mente de todos estos dilemas.

Revolvió con la cuchara el guiso y lo probó, encontrando que ya estaba bastante en su punto, seguidamente miró el reloj de la cocina con tristeza. En casi todos los hogares felices del mundo, las familias estarían cenando en esos momentos, en cambio, él aguardaba solo a que su padre por fin llegase del trabajo.

...

Tan solo a un par de edificios de distancia, el estado anímico de la inquilina que habitaba en uno de esos pisos era totalmente opuesto al del desanimado rubio.

Atrás quedaban sus quebraderos de cabeza de la mañana con la preguntas incómodas de su amigo Taichi, y la mirada estremecedora de su amigo Yamato, porque ahora, toda su mente estaba puesta en la persona que llegaría a cenar de un momento a otro. Estaba tan entusiasmada con la vuelta a casa de su padre, al cual no veía desde el verano, que hasta había ayudado a su madre a hacer la cena y eso para Sora Takenouchi era todo un logro.

Se encontraba en su habitación, mirándose en el espejo una y otra vez como cual Mimi el vestido que estrenaba para esta noche y con el que se encontraba bastante guapa. Sonrió por imaginarse la reacción de su padre, seguro que le decía que ya era toda una mujercita o cosas de esas que solían decir los padres a sus hijas cuando las veían preocupantemente bellas y sobre todo crecidas.

Cogió el paquetito que estaba sobre su cama y que ella misma se había encargado de envolver a la perfección y con un infantil trote, salió al salón, donde su madre hablaba por teléfono.

Nada más verla, Toshiko le dedicó una mirada de preocupación que Sora no captó. Estaba demasiado cegada por la ilusión olisqueando y hasta probando el plato que ante su padre, presentaría como de su autoría.

Tarareando una alegre cancioncilla, hasta se atrevió a dar unos "retoques" al perfecto arreglo floral que lucía en el centro de la mesa.

No prestaba la más mínima atención a la conversación de su madre porque daba por hecho que estaría felicitando el día a una amiga o familiar, pero entonces sus oídos captaron una palabra en concreto "querido" y de sobra sabía que su madre, como todas las mujeres casadas, solo se dirigían de esa manera a su marido.

Aún encorvada a esas flores, dirigió la vista a su madre y automáticamente frunció el ceño. No le gustaba nada como sonaba esa conversación.

No tardó demasiados segundos la maestra de Ikebana en darse cuenta de que Sora estaba alerta. Suspiró con resignación, como tantas otras veces cuando le había tocado dar una decepcionante noticia procedente de su marido, bajó el teléfono hasta su pecho.

-Sora, tu padre quiere hablar contigo.

La chica entendió a la perfección no tanto las palabras sino el tono, por desgracia para ella lo conocía demasiado bien. Lo llevaba escuchando desde que era niña.

-No viene, ¿verdad?.- dijo, tratando de mostrarse firme y dura, pese a que en su interior desease llorar.

Siempre cuando sufría este tipo de decepciones deseaba llorar y derrumbarse pero jamás lo había hecho, al contrario se mostraba fuerte y desafiante y eso provocaba que pagase la situación con quien menos culpa tenía como era su madre. No obstante, la adulta había sido testigo de cómo en estos últimos años su hija había madurado en este aspecto, por lo que albergaba la esperanza de que comprendiese la situación.

En el momento en que Sora apretó los dientes y giró la cara supo que no era así.

-No quiero hablar con él.

-Hija entiéndelo, no es culpa suya, el temporal ha hecho que se cancele el último tren.- trató de excusar la mujer.

-Claro, porque tenía que coger el último tren, del último día, como no podía ser menos.- rebatió la pelirroja colérica.

Esta vez no lo excusaría.

-Sora…

No quería escuchar más, porque estaba segura que un segundo más ahí y se hundiría y no podía permitirse mostrarse tan débil y vulnerable ante sus padres.

-Me voy.- anunció, yendo al recibidor con decisión.

Tohiko se desesperó.

-¿Cómo que te vas?, ahora vamos a cenar.

-No quiero cenar y dile a mi padre que si quiere hablar conmigo que venga, sino que me olvide.- dijo con ira, tomando el abrigo y dando un portazo tras de sí.

...

Hacía rato que la cena estaba terminada y hacía también un buen rato desde que su padre le había telefoneado diciéndole que se retrasaría un poco, que empezase a cenar si quería, no obstante, Yamato no había probado bocado. Tenía el estómago tan decaído como su animo.

Aun así, todavía tenía ganas de sonreír hablando con la única persona capaz de conseguir que olvidase todos sus problemas, evidentemente que se trataba de su hermano. Aunque también era verdad que ni la alegre conversación de Takeru lograban animarlo del todo este año, no era demasiado consciente de eso, pero últimamente, su hermano ya no era capaz de llenar todos sus vacíos como en su niñez.

-… ¿entonces vendrás a buscarme en año nuevo como siempre?.- preguntaba el muchacho al otro lado del teléfono.

-Sí Takeru, no te preocupes.- sonrió Yamato. Su hermano siempre era capaz de enternecerle.

-¿Y me traerás mi regalo?

-¿Solo quieres que vaya para que te dé tu regalo?.- cuestionó Ishida divertido, poniendo en jaque al aprovechado Takaishi.

-Claro que no hermano, además yo también te daré mi regalo y mamá el suyo.- dijo, tensando a Yamato por esa última palabra.

El pequeño rubio de sobra sabía la dificultosa relación que mantenía su hermano con su madre, pero eso no evitaba para que a la mínima intentase que hubiese un acercamiento entre ellos. A su juicio, no debería ser tan difícil ya que él tampoco había vivido con su padre desde pequeño y se llevaban de maravilla.

-Ajá.- soltó el mayor, claramente incómodo.

-¡Te paso a mamá!.- aprovechó Takeru.

Trató de negarse, seguro que hasta le salió alguna palabra diciendo que "no", pero si Takeru aún estaba al otro lado, ya hacía como si no lo escuchase.

Yamato tuvo la tentación de colgar, sintió un malestar por todo su cuerpo al escuchar ruidos al otro lado y una nueva respiración, no recordaba haberla escuchado tan cerca desde hacía mucho tiempo.

Él no dijo nada, ni tan siquiera respiraba por el miedo de hacerlo demasiado fuerte y que ella descubriese que estaba ahí. En ese momento deseó ser valiente, ser capaz de hablar con la misma naturalidad con la que Takeru hablaba a su padre pero no podía, algo en su interior evitaba que fuese cercano con ella, quizá el muro del que ella fue en gran medida responsable, porque para olvidar su ausencia es para lo que lo construyó, o puede que también fuese porque ahora estaba ahí, seguro que en una casa alegremente decorada, con una cena sabrosa preparada por ella, con un montón de juguetes para su hijo. ¿Y qué pasaba con el otro hijo?

Tras un silencio incómodo que fácilmente duró algún minuto, donde las respiraciones eran lo único que escuchaban el uno del otro, la escuchó, tratando de sonar lo más amable y natural posible, pero a Yamato siempre le parecía falsa su forma de dirigirse a él. Como si debiese fingir su preocupación y cariño.

-¿Cómo estás?

-Bien.- fue su escueta respuesta.

Las preguntas cliché y los monosílabos reinaban sus conversaciones.

-Takeru me ha dicho que vendrás en año nuevo.

-Sí.

Nuevo y eterno silencio.

-¿Ya has cenado?

-No.

-¿Papá no está?

-No.

Ishida suspiró, sintiendo cada frase como una tortura. Una pequeña parte de él deseaba ser más animado, amable y afectivo, pero la reprimía, seguramente, por ese temor que tenía desde niño a que le rechazase, a que no fuese recíproco, a que otra vez fuese malherido.

Desde el divorcio, donde fue él quien tomó la decisión de irse con su padre, siempre pensó que ella le guardaba rencor por ello. Por no pedir quedarse con ella, por no luchar por estar a su lado.

Solo deseaba que Takeru sufriese lo menos posible, aunque el precio a pagar fuese el amor de su madre.

-Pero vendrá pronto, ¿verdad?

Apretó los ojos, haciendo desaparecer cualquier lágrima que amenazase por salir. Hacía demasiado tiempo que decidió que no lloraría nunca más, sobre todo por ella.

-Sí.

Escuchó el resoplido de Natusko, como se daba por vencida, agotada de hablar con un hijo que no mostraba el mínimo interés en su relación. Tampoco sabía como afrontar esto.

-Dale recuerdos a tu padre.

-Sí.

-Que pases una buena noche.

-Lo mismo.

Y la llamada se cortó, dejando a Yamato con esa misma sensación gélida que sentía desde que dejó de vivir con ella.

Una angustia se apoderó de su pecho. Miró a su alrededor, esa pequeña casa tan vacía como sentía su corazón en estos momentos, tuvo la sensación que de no podía respirar, que si permanecía un segundo más ahí se asfixiaría, que esas paredes acabarían cayendo sobre él, quizá quedase incrustadas en ellas como un cuadro sin vida para la eternidad.

Necesitaba hacer desaparecer ese sentimiento de soledad de inmediato y aunque no pudiese lograrlo, al menos, sí lo conseguiría de forma física saliendo de ese solitario apartamento.

...

Debía admitir que salir a la calle a la hora de cenar el día de Nochebuena no era el mejor remedio para combatir la soledad, ya que como era de esperar, todo el mundo estaba cenando, ya sea en sus casas o en restaurantes, por lo que las calles se encontraban increíblemente desiertas.

Con una bufanda cubriéndole hasta la nariz y las manos en los bolsillos de su abrigo, el muchacho andaba a paso ligero tratando de combatir el frío, no le sorprendería que esta noche se escapasen algunos copos de nieve haciendo este día todavía más entrañable.

No dirigía sus pasos a ningún lugar en concreto, simplemente caminaba, al igual que cuando quería escapar de algo. No corría, porque no tenía ningún lugar al que huir, solo se limitaba a caminar, porque así, su mente tenía más tiempo para perderse, lo malo era que siempre encontraba el camino de vuelta.

No llegó muy lejos esta vez, se paró en un parque infantil que había a un par de manzanas, al lado del edifico donde vivía Taichi. La razón por la que sus pies se detuvieron fue la persona que estaba tumbada boca arriba en un banco. En un primer momento no le prestó mucha atención, pensó que sería un mendigo o un borracho, o un mendigo emborrachado, pero no tardó en reconocer su abrigo, sus zapatos, su bufanda, así como esos mechones pelirrojos que salían por debajo de ese gorrito. Era Sora, no había duda de ello y por supuesto que eso le hizo regresar a tierra firme antes de lo que tenía previsto.

Miró un poco a su alrededor para ver si encontraba alguna lógica a que estuviese ahí a esas horas, evidentemente que sus ojos no se toparon con nada revelador, por lo que sin dudarlo más, se acercó.

Sora arrugó el entrecejo desconcertada por esa inesperada intromisión en su campo visual pero enseguida relajó sus músculos faciales, justo al reconocerlo.

-¿Qué te pasa?.- preguntó Yamato.

La chica encogió los hombros.

-¿Por qué me tiene que pasar algo?.- contestó de forma apática.

Yamato hizo un gesto de dejadez.

-Porque estás tumbada en un banco de un parque infantil en Nochebuena.

Ella dibujó una mustia sonrisa.

-Entonces a ti también te tiene que pasar algo.- Yamato la miró confundido.- estás paseando por un parque infantil en Nochebuena.

Ishida dio un suspiro de resignación, dejándose caer contra el banco para acabar sentado en el suelo y con la espalda apoyada en él. Takenouchi no se inmutó, continuó con la mirada fija en el firmamento.

-Mi padre todavía no ha llegado.- respondió aparentando desinterés.

No obstante, la pelirroja captó ese tono de abandono.

-¿Quieres hablar?

La respuesta de Yamato fue en forma de resoplido.

-¿Y tú?.- preguntó tirando un poco la cabeza hacia atrás para encontrarla.

-Disfrutemos del silencio.- respondió, sin desviar por un segundo la vista de ese cielo nuboso.

Y Yamato no tuvo objeción alguna a esa proposición.

-Antes de conocerte no me gustaba el silencio.- dijo de repente la pelirroja, tras escasos minutos. Ishida emitió un sonido invitándola a continuar.- no sabía que existían los silencios cómodos. Mi madre suele estar mucho en silencio y siempre pensaba que era porque estaba enfadada conmigo o decepcionada, cuando Taichi está en silencio significa que está concentrado o preocupado y eso no me gusta, o cuando, por ejemplo, Koushiro está en silencio es porque su cerebro está descifrando cosas que yo jamás entendería y eso me frustra. Por eso, siempre trataba de huir del silencio.

El rubio, que había ido girando el cuerpo mientras ella hablaba para prestarle más atención no salía de su asombro. Una conversación sobre el silencio era lo último que se había esperado, pero tal y como lo trataba Sora parecía un tema vital, como si debiese explicar esto en ese momento o de lo contrario explotaría.

-… pero entonces, empecé a tratar más contigo.- prosiguió Takenouchi con su oda al silencio para nada silenciosa.- ¿te acuerdas que antes siempre tenía la necesidad de sacar un tema de conversación?

Ishida esbozó una sonrisa, porque en efecto, en sus primeras conversaciones Sora evitaba a toda costa ese mutismo al que tan aficionado era Yamato. Se tensaba enseguida con ellos, quizá pensando erróneamente que era una mala amiga por no tener ningún tema de conversación con Ishida. Poco a poco se fue acostumbrando a ellos y a descubrir que a veces el silencio era la mejor forma de comunicarse.

-… contigo fue con la primera persona con la que no me sentí inferior, ni regañada, ni preocupada por compartir un silencio, porque el sentimiento que me transmitías era todo lo contrario. Era de calma y tranquilidad, como si tuvieses todo controlado y supieses que iba a salir bien.

El portador de la amistad se ruborizó por esos halagos, sintiéndose especial porque Sora pensase así de él, sintiendo un muy agradable confort. Entonces, ¿para ella no era el gruñón y antisociable del grupo? Resultaba placentero descubrir esto.

-… en eso te pareces mucho a mi madre, porque solo entonces pude entender sus silencios, darme cuenta de que no me regañaba sino que me invitaba a calmarme y a compartir con ella ese momento de paz.

Yamato no supo como interpretar esa sorprendente declaración. Por un lado resultaba muy satisfactoria esa comparación, le daba felicidad imaginar que tenía un poquito de culpa en que la relación madre-hija de Sora y Toshiko hubiese mejorado, aunque también era verdad que ahora estaba tirada en un banco en Nochebuena, es decir, que seguramente hubiese discutido con esta, por lo que esta comparación podía no ser un halago en estos momentos.

Con gesto serio y pensativo, Yamato decidió no perturbar el silencio.

Una ráfaga de viento le revolvió ese cabello que se había empezado a dejar largo y que ya le llegaba un poco más por debajo de las orejas. Ni se molestó en recolocárselo, se limitó a hacer un movimiento de acomodo con la cabeza. Escuchó una contenida risa por parte de Sora y aunque ninguno de los dos pudo ver el rostro del otro, la pelirroja supo que había suscitado el interés de su amigo.

-Hace un año estábamos enfadados y ahora compartiendo la Nochebuena, ¿no es gracioso?.- no dio opción a que Yamato respondiese a su pregunta, porque ella continuó hablando, eso sí, en un tono mucho más nostálgico.-… pero lo más gracioso de todo es que ahora me resulta ridículo mi enfado…- Ishida fue volteándose lentamente para escucharla mejor, para mirarla a la cara mientras decía eso. Le había llamado demasiado la atención.-… quiero decir que ahora le encuentro lógica a tu acción, porque simplemente, a veces, el camino es perderse.- hizo una pausa pensativa.- ¿estarías dispuesto a volverte a perder conmigo Yamato Ishida?

Su mirada se conectó con la de Sora, que giró la cabeza para encontrar sus ojos, su respuesta. No le sorprendió verle asombrado ya que era una propuesta inesperada y por supuesto teórica. Jamás la llevaría a la realidad, ambos lo sabían, pero por alguna razón ambos necesitaban pensar que podría ser verdad, por eso, Yamato esbozó una sonrisa siguiéndole el juego.

-¿Qué te llevarías?.- preguntó Sora.

Eso desconcertó a su acompañante, que arqueó una ceja extrañado.

-¿Llevarme algo?, la gracia de perderse es que nunca sabes cuando puede suceder.

-Pero como esta vez lo sabemos, podemos llevarnos algo.- rebatió la muchacha divertida.- ¡yo me llevaría protección solar!

-¿Qué?

-Es para ti.- Ishida agitó la cabeza aturdido.- ¿no te acuerdas cuando hacíamos esa caminatas en el Digimundo bajo el sol?, te quemabas la nariz y se te pelaba.

Su nariz enrojeció como aquellas veces en el Digimundo pero esta vez de vergüenza, sobre todo, por pensar que Sora se habría fijado en esas cosas.

-Y bien, ¿qué te llevarías?.- le devolvió al mundo real.

La pelirroja ya estaba completamente vuelta hacia él, con el codo flexionado sujetando su cabeza, mientras realizaba un movimiento con la pierna, subiéndola arriba y abajo, en realidad parecía que estaba haciendo estiramientos, pero daba la impresión de que los ejecutaba de forma inconsciente.

-Me llevaría…- comenzó pensativo Ishida.- ¡un mapa!

A la pelirroja le chocó esa respuesta.

-Se supone que queremos perdernos.

-Pues por eso mismo, para asegurarnos de que no encontramos el camino de vuelta por accidente.- argumentó el rubio y a su amiga le convenció.

Por un momento regresaron a ese silencio tan reconfortante, seguramente haciendo ese viaje en su mente, sintiendo por primera vez en mucho tiempo una libertad que solo el Mundo Digital les había dado antes. A veces, les gustaba imaginar que se habían quedado en ese lugar para siempre y cuando eso pasaba, no se sentían perdidos ni mucho menos, al revés, se sentían imprescindibles, se sentían libres.

La nostalgia se adueñó del momento y ambos fueron conscientes de eso. Yamato, por su parte, volvió a girar la cara. Estaba triste y sobre todo incómodo por recordar, que al igual que en el Digimundo, aquí tampoco podrían huir nunca solos, más todavía después de la imagen que había presenciado esa mañana de sus dos mejores amigos.

-¿Y seguro que con quien te quieres perder es conmigo?.- preguntó bajito, en un infantil tono de reproche.

Takenouchi fue incapaz de ver esos adorables morritos que estaba poniendo, tuvo que conformarse con su cabellera.

-¿Por qué no?

Ishida bajó la vista molesto.

-Pues porque soy rubio y sé lo que es un peine.

Escuchó la carcajada contenida de la muchacha y eso provoco que su enojo fuese en aumento. Para ella todo era un juego, no se tomaba nada en serio, no era consciente de la agonía que era capaz de causarle por reírse de esa forma en su cara.

Herido en su orgullo, se levantó dispuesto a encararla, pero todo su enfado desapareció al ver su rostro, más concretamente esa mirada que derretía su corazón, que brillaba más que nunca y que estaba dirigida únicamente a él. Entonces sintió como rebotaba su corazón contra su pecho, de una forma muy violenta, tanto que por un momento pensó que se le agujerearía para echar a andar por su cuenta.

La temperatura era mínima pero él sentía un calor extremo, algo en su interior le estaba provocando esa reacción. Algo que precisamente venía de sus entrañas, de la angustia vivida durante todo este día. Era el momento de dejar fluir todo, de dejar de sufrir en silencio, de compartir esa carga con la persona que indirectamente era responsable de ella.

Apretó los puños dándose unas fuerzas innecesarias porque en ese instante ya lo tenía decidido. Esa noche su corazón había ganado la batalla a su razón. No estaba dispuesto a poner ninguna barrera a sus impulsos.

-Tengo que decirte algo.- dijo de una forma sobria.

Por primera vez durante la conversación, Sora prestó máxima atención que se reflejó incorporándose hasta quedar sentada.

-¿Te encuentras bien?.- cuestionó con preocupación.

Yamato negó con rotundidad.

Pump, pump, pump… y a cada segundo el bombeo era más potente, tanto que tenía la seguridad de que su corazón ya estaba escalando por su garganta y que pronto le saldría por la boca, directo a su legítima dueña.

-Hace demasiado tiempo que tengo que decirte algo.- sus palabras salieron sin ningún atisbo de inseguridad.

Sentía que era el día, no quería pensar en nada más que no fuese él y sus sentimientos. De su mente desapareció la imagen de su mejor amigo de la mano de la chica que le gustaba, en realidad desapareció todo lo que no fuese esa pelirroja que le miraba con desconcierto.

Algo en su interior le dijo que podía salir bien, que en verdad a partir de ese día la Nochebuena podría dejar de ser sinónimo de soledad.

-Verás Sora…- lentamente su determinación iba quedando solo en apariencia, porque una declaración así podría poner en peligro su amistad y eso le aterraba.- últimamente me están pasando cosas… estoy sintiendo cosas…

Incapaz de mirarla a los ojos había bajado la vista para decir estas palabras. La subió tímidamente para ver su reacción y no pudo evitar enrojecer abrumado por lo cerca que estaba la cara de la pelirroja de la suya. Sin darse cuenta cada palabra le había ido atrayendo como si fuese un imán.

Cerró los ojos intentando acomodar no exactamente sus palabras sino sus sentimientos ya que tampoco tenía claro lo que sentía por esa muchacha. Al abrirlos, lo primero que notó fue el vapor del aliento de Sora, tan cerca de sus ojos, tan cerca de su boca y de sus labios sonrosados por el frío.

-Lo que quiero decir….- balbuceó con dificultad, deteniéndose para tragar saliva.- lo que ten tengo que decir es…

Más cerca de su rostro y una sonrisa de ilusión lo ocupó, mientras su mirada se clavaba en un punto concreto de su cara y lentamente pero sin pausa su mano se acercaba a ella.

De repente vio todo borroso, en un primer momento quiso echar la cabeza para atrás pero ninguno de sus músculos reaccionaron, porque absolutamente todas las partes de su cuerpo deseaban notar esa caricia y lo que viniese después en el caso de que viniese algo. Solo una vocecita en su cabeza le decía que todavía no era demasiado tarde para rectificar y poner fin a esta locura, una voz que por otra parte no llegó a escuchar porque sus palpitaciones cada más agresivas y desesperadas solapaban su conciencia y raciocinio. Ahora el único que tenía el poder era su apasionado corazón, mejor dicho, la chica de preciosos ojos rubí que estaba a punto de rozarle.

Y lo hizo, se dejó llevar, algo que no solía consentir con demasiada frecuencia, normalmente trataba de actuar de una manera fría y meditada, pero con ella no podía y no deseaba hacer más esfuerzos, y la verdad, en ese momento, tampoco le preocupaba lo que pudiese sufrir. Pondría sus sentimientos encima de la mesa, disfrutaría del momento y mañana ya se preocuparía de lo sucedido.

Cerrando los ojos torció un poco la cabeza en busca de esa mano, de la caricia que tanto ansiaba, de la muestra de cariño que desde pequeño se había empeñado en decir que era innecesaria, que podría vivir sin ella, pero que como estaba demostrando era una gran mentira.

Entonces lo sintió, la punta de unos dedos rozaron su nariz y él se estremeció, mientras dejaba salir una sonrisa de agrado. No duró demasiado, apenas una milésima pero que a Yamato le abastecería hasta la eternidad.

No sabía lo que se encontraría al mirarla, quizá a Sora sonrojada, quizá avergonzada, quizá seguía mirándole con tanta concentración o quizá se había ido corriendo a casa, pero fuese lo que fuese quería verlo ya y por eso abrió los ojos, expresando una candidez con ellos que antes jamás se había visto. Estaban repletos de amor.

No entendió lo que vio porque Sora seguía con esa mirada ilusionada y esa sonrisa en su rostro, mirándose los dedos atentamente. Cuando la chica alzó su mirada y se encontró con el confuso rostro de su amigo, le mostró la punta de su dedo donde había unas gotas, en realidad, los restos de un copo de nieve.

-Está nevando Yamato.- dijo como si en ese momento tuviese cuatro años y fuese la primera vez que veía nevar. Este levantó la cabeza al cielo acompañándola.

-No creo que cuaje.- susurró con decepción.

Su corazón se calmaba, su respiración se sosegaba y al igual que le había ocurrido a ese copo, su valor se difuminaba para siempre. Ahora sí podía escuchar esa voz con claridad, la voz que le decía que no estropease su amistad por un confuso sentimiento todavía incapaz de descifrar, la voz que le decía que su amistad con Sora e incluso con su mejor amigo Taichi debía ser siempre lo más prioritario, que ningún otro sentimiento podía estar por delante de ellos. La voz volvía a dominarle y su corazón regresaba a su letargo, tras ese acristalamiento que había creado con tanto esmero durante estos años. Hasta sus mejillas perdieron ese adorable sonrojo y su sonrisa abandonó el rostro.

Sora lo miró de nuevo y le angustió no ser capaz de saber que se escondía tras esa mirada.

-Seguramente nadie sepa que ha nevado esta noche, la gente estará demasiado ocupada como para darse cuenta, ¿no crees?

Ishida metió las manos en los bolsillos, pateó suavemente el suelo mientras hacía como si buscase algo. Se encogió de hombros sin ganas de darle una respuesta.

-Supongo.

Sora dejó de obnubilarse por esos débiles copos al percibir el tono de su amigo. Estudió sus gestos sin llegar a comprenderlos pero daba la sensación de que estaba enfadado, o mejor, decepcionado. Se sintió fatal por ello, recordando que él estaba diciendo algo importante antes de que ella lo interrumpiese demostrándole que no le había prestado ni la más mínima atención. No le gustaba reconocerlo pero así había sido, tenía demasiados problemas en su cabeza como para estar con los cinco sentidos a la conversación de su amigo. Lo único que buscaba era despejarse, sin ser consciente de que tal vez Ishida buscase otra cosa esa noche.

-Lo siento, te he interrumpido.- dijo con arrepentimiento.- venga, ¿qué me ibas a decir?

Para Yamato esa declaración que había estado a punto de salir de su boca era un recuerdo lejano, algo que ya había conseguido encerrar en lo más profundo de su corazón. El momento había pasado y en cierta medida lo agradecía.

-Nada.- agitó la cabeza, restándole importancia.

Sintió la mano de Sora tomándole del brazo.

-No te enfades y cuéntamelo, porfi.- pidió en tono infantil.

Forzada, pero Yamato dibujó una sonrisa.

-Nada, déjalo, paranoias mías sin importancia.- contestó, mientras que con un sutil movimiento se libraba de su agarre.

Sora se entristeció, no solo por el rechazo, sino por esa sonrisa nada natural que le dedicaba. No quería ser esa clase de chicas a las que Yamato le sonreía así. Pero también supo que se lo tenía merecido por no haberle prestado atención cuando debía. Había perdido una oportunidad de oro para lograr eso que tanto ansiaba, que era que Yamato se sincerase con ella y se abriese. Se sentía estúpida por haber desaprovechado el momento y sobre todo mal por haber decepcionado a su amigo.

El silencio reinó entre los dos y este sí, fue uno de esos silencios incómodos que tanto detesta normalmente la gente.

Con la certeza de que, conociendo a Sora, ahora se estaría culpabilizando por no haberle hecho caso, Yamato se decidió a romper el silencio y por lo tanto, las reflexiones castigadoras de Takenouchi.

-Deberías ir a casa.

Sora regresó a la realidad al escucharlo, donde en efecto, se había escapado en Nochebuena por una de sus rabietas infantiles.

Suspiró, bajando la cabeza.

-Mi padre no ha venido.

-Me lo imaginaba.- respondió Ishida, tomando asiento a su lado.

-Y he vuelto a pagarlo con mi madre, como cuando tenía once años.

-Me lo imaginaba también.

La tenista miró a su amigo con algo de molestia. ¿Desde cuando era tan predecible? Aunque, a decir verdad, le reconfortó el hecho de que Yamato la conociese tan bien, pero por supuesto no lo mostró.

-Es injusto, ¿no crees?.- retomó la palabra el rubio.

-¿Cómo?

Si algo le apasionaba a Sora eran los consejos de Yamato.

-Siempre te decepcionan los que no están y siempre lo pagamos con la persona que está.

La portadora del amor lo observó con detenimiento, esa mirada melancólica que se perdía por el horizonte. Le dio la sensación de que hablaba de un caso específico y que no era el suyo precisamente. Sin duda su situación familiar era más delicada que la suya, sin embargo, nunca había visto a Yamato quejarse, enrabietarse, ni llorar por estos hechos. Los aceptaba y aprendía a vivir con ellos. En ese aspecto le admiraba mucho.

Tuvo la tentación de preguntarle por su madre, por su padre y por sus cosas en general, tenía curiosidad por saber como conseguía afrontar de una forma tan entera esta situación, quería saber como lograba ser tan fuerte, a pesar de que esa mirada triste delatase que todo era un fachada de cara al mundo.

No fue consciente de cuando pasó por su cabeza pero si lo hubiese abrazado en ese instante hubiese sido feliz, por un momento se imaginó rodeándolo entre sus brazos, dejando que descansase su cabeza en su pecho, haciéndole olvidar sus problemas, sus miedos y sus desilusiones, simplemente dejando que ella lo cuidase, lo quisiese, que ella le dibujase una sonrisa sincera y feliz que jamás se pudiese borrar.

Notó un calor inmenso solo por imaginarlo, desde el pecho, extendiéndose a todas las partes de su cuerpo, en realidad, eso lo sentía solo con mirarlo, algo a lo que se estaba volviendo realmente adicta.

-No hagas sufrir más a tu madre, seguro que ahora lo está pasando mal.- comentó Yamato, girando el rostro hacia ella, provocándole un espasmo en todo su cuerpo que acabó ruborizando sus mejillas.

No queriéndose parar a pensar el significado de todas estas sensaciones, Sora asintió con determinación.

-No quiero hacer sufrir a mi madre, nunca más.

-Entonces, ¿qué haces en un banco de un parque infantil en Nochebuena?.- preguntó con una amable y real sonrisa.

La pelirroja se la devolvió, poniéndose en pie. Yamato imitó sus gestos satisfecho.

Entonces la mano de Sora tomó vida propia, porque juraría que ella no la había mandado recoger la de Yamato, por lo que esa orden habría venido directa de su corazón.

Ishida comprobó que seguía siendo tan cálida y suave como la recordaba. Tímidamente correspondió ese agarre, al mismo tiempo que su pulgar realizaba una osadía dirigida también exclusivamente por su corazón, como era acariciar el dorso de la mano de su amiga. De una forma suave y delicada, de la única forma que pensó que se podría hacer.

Sora sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, cuyo origen era esta vez la caricia del rubio, pero logró controlar estas involuntarias reacciones y aunque el temblor de su piernas indicasen que podría caer desplomada en cualquier segundo se contuvo, mirando firmemente a ese muchacho, siendo solo entonces consciente de lo diferente que era que su mano estuviese entre las suyas a entre otras personas como era su mejor amigo Taichi. Yamato le daba algo mágico que no era capa de asimilar.

-Me has ayudado mucho, gracias.- balbuceó con nerviosismo, apresurándose a retirar la mano.

Yamato hizo un gesto con la cabeza.

-Tú también a mí, gracias.

Se adelantó un par de pasos cruzándola, ya que sus caminos ahora eran opuestos. Vivían cerca, pero en estos momentos les daba la impresión de que era una distancia excesiva.

-Feliz Navidad.- sintió el deber de decir antes de que Yamato se alejase demasiado.

Ishida correspondió con una sonrisa.

-Feliz Navidad.

Y con un torpe gesto con los dedos por parte de ella y un casi imperceptible movimiento de cejas por parte de él, cada uno tomó su camino, sintiendo eso sí que parte de sus corazones se habían quedado en ese banco, en esa Nochebuena, fundiéndose con esos copos de nieve de los que solo ellos dos habían sido testigos.

...

Sora no se animaba a meter la llave y girarla porque tenia terror a que su madre estuviese justificadamente enfadada con ella y no le hablase en toda la noche, o que ya se hubiese ido a la cama e ignorase por completo su presencia. Tenía pánico a que este nuevo dolor que seguro que le había causado la alejasen otra vez de ella, que todo lo que gracias a Piyomon construyó se hiciese añicos por una rabieta infantil, por una decepción que, como bien le había dicho Yamato, no había sido causada por ella.

Por eso le costó abrir esa puerta, pero finalmente lo hizo, no era plan de pasarse la noche en un descansillo por culpa de su cobardía.

-¿Mamá?.- musitó con remordimientos.

La luz estaba echada, pero nadie había ido a recibirle, eso le atemorizó. No estaba preparada para pasar esa noche en soledad.

Sin querer hacer demasiado ruido se adentró en la casa llegando al salón donde la cena estaba sin servir tal y como la había dejado. Descubrió la figura de su madre mirando por el ventanal. No se molestó en darse la vuelta cuando escuchó a su hija y eso Sora no supo como interpretarlo.

Uno de esos silencios de los que había hablado hace unos minutos con su amigo Yamato presidió el hogar. Y era un silencio raro, no era cómodo, ni incómodo, simplemente era un silencio.

-Está nevando.- rompió la gélida atmósfera la adulta.

La pelirroja la miró sorprendida. Toshiko se medio giró y avergonzada por su comportamiento esa noche, Sora fue incapaz de mantenerle la mirada.

-Lo siento mamá.- susurró.

Escuchó los pasos de su madre acercándose a ella, no se atrevía a alzar la cabeza por miedo a ver esa mirada severa que le atravesaba el corazón. Tampoco hizo falta porque lo que se coló en su campo visual fue un teléfono.

-Llama a tu padre.- dijo de forma autoritaria.

Sora la miró de forma desvalida mientras su mano temblorosa e indecisa aceptaba ese teléfono.

En ese instante tuvo un fuerte sentimiento de orgullo y sobre todo admiración hacia esa persona, sintiéndose hasta indigna de ser su hija. Porque una vez más, su marido era quien le había fallado y Sora lo había pagado con ella, pero como siempre a diferencia de su hija, no buscaba culpables. Sabía que Haruhiko estaría triste y se sentiría culpable y quería que su hija le reconfortase y tranquilizase. Prefería que Sora pagase siempre sus frustraciones y decepciones con ella antes que con él.

Creyó que era la muestra de amor más grande que había visto nunca. Y por primera vez fue consciente de lo mucho que tenía que aprender de su madre.

La haría, por supuesto que haría esa llamada en la que no le reprocharía nada a su progenitor, pero antes, la persona que siempre estaba ahí con ella se merecía algo que Sora solo supo mostrar con un abrazo, que por supuesto cogió de improvisto a la maestra.

-Gracias por estar siempre mamá, te quiero.

El casi siempre rostro pétreo de Toshiko reflejó una gran emoción, e irónicamente, encontrándose entre los brazos de su madre como si se tratase de un bebé, Sora descubrió que por fin estaba empezando a madurar sentimentalmente y a dejar atrás su niñez, así como sus rabietas infantiles.

...

Todavía turbado por este encuentro nocturno, Yamato llegó a su hogar. La verdad, ya se estaba empezando a acostumbrar a su barullo sentimental que incrementaba cada vez que pasaba un rato con Sora, o incluso solo con pensar en ella.

Le sorprendió encontrarse con la luz encendida y unos zapatos en la entrada.

-¿Papá?

No se esperaba que ya hubiese llegado pero tampoco podía decir con seguridad cuanto rato había estado fuera.

-Hijo, ¿dónde estabas?.- lo vio asomándose al recibidor.

-Salí a dar una vuelta.- indicó Yamato quitándole importancia.

Hiroaki, que ya llevaba el delantal puesto, sonrió.

-Está nevando.

Tras quitarse la ropa de abrigo, el rubio siguió los pasos de su padre viendo que estaba calentando esa cena que él había preparado. Acto seguido tomó asiento esperando que le sirviesen.

-Sí, ya me fijé.- dijo, llevándose por inercia los dedos a la punta de su nariz, donde Sora le recogió ese copo. Inevitablemente la sangre se concentró en sus mejillas por recordarlo.

Siguió los movimientos de su padre colocando los platos sobre la mesa y solo pudo corresponderle con una sonrisa, sincera y real, porque de nada servía dar consejos si no los ponía en práctica en su caso.

Siempre pensando que estaba solo, convenciéndose de que su Nochebuena era solitaria, de que no existía nadie en el mundo que se preocupase por él, pero era mentira, porque ese hombre estaba a su lado, quizá no tanto como le hubiese gustado pero sí lo suficiente. Además, si no fuese por él, no sería tan autosuficiente como era ahora.

Echaba de menos una familia convencional y siempre la echaría, pero no podía olvidar que sí tenía familia, que su padre, aquel que estaba todos los días a su lado era su mayor familia.

-Está riquísimo hijo. Te prometo que el año que viene hago yo la cena.- dijo el periodista, sacando a Yamato de sus pensamientos.

Él lo miró con incredulidad, porque sabía las pocas probabilidades que había de que cumpliese esa promesa, sin embargo, también sabía que la había hecho con todo su corazón y ganas de cumplirla. Así que lo único que pudo hace fue asentir, mientras degustaba en su compañía esa cena de Nochebuena.

-Seguro que te sale algo delicioso, papá.

...

...

El día de Nochebuena nunca había sido mi fecha favorita del calendario, más que nada porque me hacía recordar los tiempos en los que mis padres aún no estaba divorciados y pasábamos unas fiestas animadas y felices. En realidad, era una fecha que te hacía recordar a las familias y a los que no teníamos una familia como los demás solo nos hacía recordar lo desgraciados que éramos.

Pero ya estaba harto de evocar al pasado y sufrir por algo que jamás volvería, esta Nochebuena descubrí que había que mirar al futuro y que tenía que dejar de compadecerme y luchar por lo que deseaba.

Casi lo logré con Sora, pero ahora me pregunto que habría pasado si hubiese llegado a confesarle mis sentimientos, si le hubiese dicho, "no sé de que forma, ni sé lo que quiero pero me gustas." Yo sé lo que habría pasado, la habría espantado, incomodado y la habría hecho desaparecer de mi lado. Habría perdido lo que debe ser más importante para mí, la amistad, a pesar de que nunca pueda llegar a tratar a Sora como una amiga.

Además, no puedo olvidar lo que vi esa mañana en el centro comercial, cuando Sora y Taichi iban de la mano. Ninguno me ha dicho nada al respecto y evidentemente que yo tampoco he preguntado, pero si no son ya novios pronto lo serán, ¿y que podré hacer yo entonces? Deseo ser su amigo, el amigo que se merecen pero no sé si seré capaz de lograrlo, porque me va a doler, aún no sé de que forma pero no lo podré aguantar. Por eso deberé endurecerme de nuevo, si no puedo evitarlos, porque no debo evitarlos, tengo que conseguir ser su amigo fiel, tendré que endurecer mis sentimientos para que no me duela, para que sea capaz de reírme con sinceridad cuando estoy con ellos, o de que no me afecte sus gestos de cariño y sus miradas cómplices.

Si fuese tan fácil… ojalá tuviese una varita mágica capaz de convertir mis sentimientos en los que deben ser, pero no es así y lo que me hace sentir Sora cada vez es más fuerte y los celos que me hace sentir Taichi cada vez más desesperanzadores.

¿Cómo podrá acabar esto bien?

Tendré que esforzarme para ocultarlo y hacerlo desaparecer, porque no puedo declararme, eso jamás. Aunque igual la próxima vez que estemos solos ya no pueda controlarme y lo haga, ¿y si así se soluciona mi agonía? Al menos, me sentiría liberado, aunque fuese a costa de nuestra amistad.

No sé lo que sucederá en el futuro, porque me he dado cuenta de que cuando estoy con ella no importa lo que piense o haya decidido, mis sentimientos van por libre. Me vuelvo impredecible, todo puede pasar y puede que la próxima vez, no haya copos de nieve para detenerme.

...

Diciembre 2001

...

.


N/A: y hasta aquí el capi de hoy. Sin más, quería hacer un paralelismo de las Nochebuenas solitarias que vivían mis niños antes de que dentro de un año se junten para siempre y nunca más vuelvan a sentir esa sensación de soledad en este día.

Además, por supuesto su relación va avanzando como siempre de forma paulatina, así como el enredo mental de Yamato. Tengo la sensación de que me estoy metiendo más en los sentimientos del rubio de oro que en los de Sora, y puede que sea así, pero más porque ha sido él quien se ha dado cuenta primero de lo que siente, Sora lo va descubriendo también, pero aún no lo asimila y no lo relaciona con sentimientos amorosos, pero en el próximo capítulo por fin se hará más evidente creo y entonces me meteré más en como evolucionan esos sentimientos, espero.

Es un poco complicado de escribir este fic porque es difícil expresar como va naciendo un amor entre dos preadolescentes, por lo menos para mí. De todas formas espero que esté quedando coherente, aunque siendo adolescentes la coherencia no existe, ya que como dice Yamato, intenta una cosa pero sus sentimientos van por libre así que en cada encuentro todo puede pasar.

Nada más, que creo que me enrollé bastante, solo deciros que no os perdáis el próximo capi… ¡Historia de San Valentín!

Publicado: 24/07/2012