N/A: Pienso que ahora no me tardé tanto en continuara… De cualquier forma, aquí es. Debo confesar que disfruté mucho escribiéndola, espero que disfruten leerla.

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X: "Todo tiempo pasado, fue anterior."

Minora entró a su departamento a mitad de la madrugada. Metió la llave a la cerradura y empujó la puerta lentamente, sin siquiera intuir lo que le asechaba. Vio su recamara, aún con las sabanas revueltas y las almohadas regadas en el piso, la ventana abierta. La cocina, con trastes sucios en el lavabo y el grifo goteando, sugiriendo una desesperante toma de segundos.

Por donde mirara, la veía a ella. Su aroma aún ejercía una dictadura sobre la cama, incluso le pareció ver su sombra sobre el sofá. Las paredes guardaban el eco de su voz, su francés seductor y el extraño acento que conservaba cuando hablaba japonés.

Todo era suyo aún. Ella se desbarataba en cada rincón de las habitaciones. Su presencia y su ausencia hacían una quimera extraña, barriendo los suelos, rechinando la puerta, alejándose tan llanamente como había llegado.

Quería ver la situación desde una perspectiva enteramente fría. Ella no estaba, y no volvería.

Sí, eso era. Y nada más.

Se tumbó sobre la cama, extraño sentir su respiración entre sus brazos, tibia, en su nuca; tranquila. Y sintió, alcanzó la paz que talvez ella había logrado. Era un oasis, para tomar aire, encontrar lo que fueron y continuar caminando sin depender de ninguna mano.

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Al día siguiente llegó en taxi a su oficina, el mensaje en su contestadota era claro y conciso: su padre lo necesitaba en el trabajo, aunque el mismo fuese el muerto.

Se quejó del costo del transporte, le aventó los euros y azotó la puerta. Entrando al edificio, aparentando un día soleado, sin bajas en el clima, todos lo miraban como un infame resucitado, una mirada llena de lástima y desencanto.

Gruñó y aceleró el paso.

-Jacq, siento mucho lo que pasó ayer.—le interceptó su vecino.

Él le miró con desprecio.

-Si puedo hacer algo para…

-Sí, si puedes déjame tranquilo.

Si el se molestaba en guardar las apariencias, ¿Por qué los demás no? Después de todo, él tenía el trabajo más complicado.

Se encerró en su oficina, luego de encargar su desayuno. Se recargó en su silla con respaldo alto, dándole la espalda a la puerta, llenó de licor su taza para café y se sintió Dios asechando a los demás por la ventana.

Los restaurantes aún no abrían, los turistas se paseaban distraídos, fotografiando como si se tratase de su último día de vida.

Y también los que llegaban tarde, el desfile de autos que ingresaban al estacionamiento. Extrañaba al suyo, seguramente nunca saldría del taller y de cualquier forma no lo quería, tampoco quería uno nuevo. Talvez volvería a Japón y se compraría una bicicleta.

Y volvió a su mente lo que quería olvidar, la noche e incluso a ella, sus intenciones y esa maldita canción. Habían destrozado su vida y aquello era un crimen.

Pasaba otro carro blanco, y otro negro y le seguía uno azul, con los frenos desechos.

Y como tal, no había crimen perfecto.

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La habitación a media luz, desgataba su vista. Había lápices del mismo tamaño, acomodados estratégicamente sobre el escritorio. Hojas en blanco, la pluma paralela a ellas y los codos de Jean recargados a los lados.

Su padre le miraba cínicamente detrás de sus gafas que decaían por su puente.

-Me alegro que te hayas animado a venir al trabajo.

-Dijiste que me necesitabas.—contestó Minoru con las pupilas heridas.—hoy quería deshacerme de algunas cosas.

-Te ahorré esa pena, ¿no es cierto?

-Me ahorraste muchas.

-¿En serio?

Minoru levantó la cara, enferma de una mueca burlona y desquiciada.

-Ese carro azul….

El gesto de Jean cambió, arqueó una ceja y tenía la firme intención de protestar.

-Maldito… - escuchó lo mucho que le costaba a Minoru proferir cada silaba.

Después calló en un silencio profundo para romper en una carcajada insana. Se acercó a él y le miró.

-Ganaste, lo admito. No eres la persona más inteligente del mundo y ni siquiera de esta compañía, pero… me rindo. Primero…. Me quitaste a mi madre….

-¿Cómo lo…?

-Y luego… luego a Nathalie.

Jean sonrió satisfecho.

-Me tranquiliza que te des cuenta de lo que pasa.

-Ganaste… sólo… sólo dime que tengo que hacer ahora.

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Se casaron una semana después del incidente. Todos calificaron aquello como un acto de traición por parte de Minoru hacía su difunta prometida y todos juzgaron de indecente a Kagome por aceptar dicha proposición.

-Al menos no fue con el mismo anillo.—logró escuchar Minoru mientras se cambiaba a su nueva oficina.

Arreglándose para la ceremonia, Kagome recibió la visita de su padre. Le llamó Naoki y le dijo que hacia lo correcto. Ella asintió, sin ningún gesto en especial. Sólo hizo un ligero movimiento con su cuello.

Le hicieron caminar hasta el altar, donde él ya la esperaba.

Pero él no estaba ahí. Todos miraban esa cara que se suele usar para jugar cartas, con una postura de militar. Él se limito a sonreir para sí, soñando con un momento vano, que llegaba de otra forma, que ahora le arañaba el alma.

Después, recogió el velo, para cerrar el trato. Despejó la carita, el maquillaje imponía algo de vida a su ser, no miró los ojitos avellanados que goteaban, ni el cabello azabache derramándose por sus hombros. Solo se enfocó en sus labios, temblorosos. No sintió cuando los rozó ni cuando la humillación pública había terminado.

A la reunión, asistieron compañeros de trabajo y pocos amigos, quienes no les dirigieron la palabra. Todos aprovechaban para pedir trabajo, ladrar por un hueso, se paraban en dos patas y bailaban con un tutu ajustado decadentemente a su cintura. Aparentando lo que no eran, para un aumento de salario o siquiera para hacer notar ante los dueños de la compañía que existían.

Y en medio de todo el circo, Kagome tomó la mano de él, por debajo del mantel. Él le prestó atención por primera vez en semanas. Ella le sonrió. Se sintió aliviado.

Después de todo, compartían el mismo dolor.

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El lunes, a las cinco de la mañana, emprendieron el viaje hacía América, como regalo de bodas por parte de sus padres, un crucero por el Caribe, para deshacerse de ellos un par de meses.

No se dirigieron la palabra, y no intentaron entablar una conversación. Sólo sintieron los tumbos que el barco daba, en cada montañita de mar que pasaba. Llegando a su destino, a las playas más hermosas de arena perfumada, sólo notaron que el sol quemaba, que la sombra era el desquicio del día, el mar salado, que deshacía la lengua, jalaba a un abismo profundo y obscuro, un paso menos a la calma eterna.

Las habitaciones permanecieron limpias, como si nadie en realidad se hospedara ahí.

No sintieron el regreso, el vacío en su hogar, los días y las semanas que pululaban por su recamara. La traición de una vida sin palabras.

Sólo Minoru logró percibir un ligero cosquilleo en la garganta cuando le entregaron a su hija en brazos y Kagome le miró débilmente unos segundos.

-Cómo le ponemos.

-¿Eh?– logró reaccionar Minoru.

-A tu hija.

-¿Te gustaría un nombre japonés?

-No, no me gustaría.

-¿Por qué no? Tendría un nombre japonés y un apellido francés.

-No. Bastante tiene con parecerse a mí.

-Yo habría jurado que se parecía a mí.

-Afortunadamente no. Ponle el nombre que quieras menos japonés.

Jacq pensó unos segundos y sonrió entusiasmado.

-Sophie.

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Nos Vemos!