Capítulo 10

Sucesos inesperados.

Domingo 25 de agosto de 1996:

Hermione abrió la puerta de la habitación para despertar a sus mejores amigos. Ese día debían levantarse temprano, porque volverían a Grimmuld Place. La muchacha dirigió la vista hacia la cama de Harry, luego a la de Ron, y otra vez a la de Harry. Abrió los ojos completamente sorprendida y a la vez asustada. Fue corriendo hasta la cama de Ron y lo zarandeó fuertemente.

-¡Ron! ¡Ron! ¡Despierta!

-¿Que quieres, Herm?- le dijo él somnoliento abriendo un solo ojo.

-¿Dónde está Harry?

El pelirrojo abrió los dos ojos para mirarla incrédulo. Era la pregunta más estúpida que le habían hecho.

-En su cama, claro.

-¡No, no está!

-Entonces en el baño.

Hermione fue corriendo y se paró frente a la puerta del baño. Golpeó. Nadie respondió. Volvió a intentarlo, y… nada.

-¡Harry! ¡Harry! ¿Estás ahí?- desesperada abrió la puerta y le dió un rápida mirada a las cuatro paredes. Vio el grifo del lavabo abierto, y pronto su mirada se fijó en el suelo, donde Harry Potter se encontraba tumbado, aparentemente dormido. Se arrodilló a su lado, llamando a Ron a los gritos. Harry tenía el pelo mas alborotado de lo normal, sus gafas estaban tiradas a un costado y sus ojos permanecían cerrados. Su rostro se veía extremadamente pálido. Ron apareció en el marco de la puerta.

-¿¡Qué le ha pasado!?

-No... No lo se. Está inconsciente.- Hermione le posó una mano en la frente y la retiró rápidamente. -Está helado. Por dios... ¡Ron, ve y busca a Ginny y a tu madre! ¡Corre!- el chico no se hizo rogar y salió disparado por la puerta de la habitación. -Harry... qué es lo que te ha sucedido...-susurró con el temor reflejado en su rostro, mientras sendas lágrimas brotaban de sus ojos. El terror la asaltó, y para quitarse la duda, acercó su oído al pecho de Harry, y sintió, aliviada, los latidos de su corazón. Se paró rápdiamente y con brusquedad cerró el grifo. El sonido que había estado produciendo la había puesto aún mas nerviosa.

Molly y Ginny Weasley entraron apresuradamente al baño, guiadas por Ron. Molly se puso casi más pálida que Harry del susto, y Ginny se sintió desfallecer. Sin embargo, tuvo fuerzas para dar unos pasos y arrodillarse al lado de Harry.

-Harry... ¿qué le sucede? ¡Qué le sucede!- le preguntó a Hermione, mientras sus ojos se empañaban en lágrimas.

-No lo sé, Ginny. No tengo idea...-dijo Hermione entre sollozos. -No entiendo que le pudo haber pasado... Sólo vine a despertarlo y lo encontré aquí...- Ginny se desplomó sobre el pecho de su novio, sintiendo un angustioso nudo en la garganta, y sus mejillas completamente mojadas.

-Debemos hacer algo...-dijo Molly sin salir completamente de su estado de shock. -Yo no se nada sobre esto... Espérenme niños, vuelvo enseguida...-dijo con la voz entrecortada, mientras salía rápidamente de la habitación, conteniendo las lágrimas.

La señora Weasley entró a su habitación. Su marido se había ido temprano al Ministerio. Abrió un cajón, que en vez de tener objetos o ropa, estaba lleno de un polvo azul. Tomó un puñado y salió de la habitación, para dirigirse al comedor. Se paró frente a la chimenea y tiró el polvo.

-¡Albus Dumbledore!- dijo mientras se encendían llamas azules. La cabeza del director se apareció en la chimenea.

-¡Molly! ¡Que inesperado! ¡Acabo de escuchar tu voz pronunciando mi nombre en la chimenea de mi despacho!- dijo el director.

El polvo azul que Molly había usado, se llamaba polvo OF, y lo utilizaban para comunicarse entre los miembros de la Orden del Fénix. Se arrojaba el polvo a la chimenea, y se pronunciaba el nombre de la persona con quien deseen contactarse. Ese polvo solo lo tenían los miembros de la Orden, era un invento de Dumbledore que funcionaba sin importar si cortaban las redes entre algunas chimeneas. Por eso, al director le sorprendió que Molly estuviese usando ese medio para comunicarse con él.

-¡Albus! ¡Harry está inconsciente! ¡No sé lo que le ha pasado! ¡Por favor, ven!

-No puedo en este momento... pero te enviaré a alguien, Molly. En unos minutos estará allí.- le dijo el director con voz grave. La señora Weasley asintió y cortó la conexión con un hechizo.

Se sentó nerviosa en una silla, esperando impaciente a la persona que acudiría. Miró el reloj que estaba colgado arriba de la chimenea, habían pasado recién dos minutos. Se pasó una mano por la cabeza, muy preocupada. Posiblemente, la persona tardaría más en llegar.

-Por favor... que se apresuren...- sollozó apenada.

-Aquí estoy, Molly.- dijo una voz detrás de ella. La señora Weasley dio un respingo y se levantó bruscamente dándose la vuelta. Se encontró de frente con una mirada azul y penetrante.

-¡Helen!- dijo Molly aliviada de que estuviera allí. -¡Es Harry, no sé qué le sucede!

-Llévame con él.- le dijo de inmediato.

Molly la condujo rápidamente por la escalera, y entraron a la habitación de Ron y Harry, que tenía la puerta abierta. Se dirigieron al baño y Molly vió que ninguno se había movido de su lugar. Seguían estáticos: Hermione sollozaba al lado de Harry, Ginny aún dejaba caer algunas lágrimas, con la cabeza apoyada en el pecho del moreno, y Ron estaba con la mirada triste y lejana, fija en el cuerpo inconsciente de su mejor amigo.

Al ver llegar a Helen, todos se hicieron a un lado. La rubia observó fríamente durante unos segundos el cuerpo de Harry, y luego lo apuntó con la varita. Lo hizo levitar y lo llevó hasta su cama, dejándolo reposar allí. Caminó hasta él, y le posó una mano en la frente: estaba tan frío como ella misma. Lo tapó y arropó bien, y luego se levantó diciendo que iba a buscar una poción. Desapareció un momento, en el que todos aprovecharon para lanzarse miradas angustiosas, y al instante reapareció en el mismo lugar con un frasco lleno de un líquido color durazno. Se sentó al lado de Harry, y conjuró una jeringa a la cuál llenó con la poción, y la inyectó en el hombro izquierdo del joven. La poción tardaría unas horas en hacer efecto... tal vez si lo ayudara... Decidida, Helen dejó que el poder fluyera por todo su cuerpo, se iluminó, y permaneció así por unos segundos mientras que los demás la observaban expectantes. Dejó que parte de la energía se juntara en su mano, la depositó en la jeringa y pronunció unas palabras para que se hiciera líquida. Su mano llena de luz blanca se fue apagando poco a poco, mientras la magia curativa era transmitida al cuerpo de Harry a través de la aguja.

-Despertará en unos minutos.- les dijo a todos indiferente. Tan solo esas palabras, tranquilizaron los corazones de todos, dejándolos palpitar con normalidad. Se dedicaron a esperar, mientras Helen decía: -Aún no puedo saber lo que le ha pasado. ¿Ha ocurrido algo inesperado recientemente?

-No, nada.- aseguró Hermione.

-Solo se que ha sufrido un desmayo... pero no encuentro la causa.- la rubia le volvió a medir la temperatura con la mano en la frente, y notó que estaba recuperándose. -Ya casi despierta...- y efectivamente vieron como Harry comenzaba a abrir los ojos. El muchacho miró a todos confundido sin saber porqué su cama estaba rodeada de personas.

-¡Harry! ¡Querido! ¡Que bueno que estás bien! ¡Nos tenías muy preocupados a todos!- le dijo la señora Weasley abrazándolo.

-Te has desmayado, Harry.- le dijo Ginny al ver la confusión de su novio.

Y entonces Harry lo recordó todo. Eran la seis de la mañana y el se había levantado para ir al baño. Sabía que no podría volver a dormirse, y entonces abrió la canilla del lavabo para mojarse la cara... cuando un dolor atroz lo asaltó. Era su cicatriz. Recordaba perfectamente la visión que había tenido de Voldemort, y luego... todo se volvió oscuro. Seguramente se había desmayado, tal y como había dicho Ginny.

Sintió que alguien lo taladraba con la mirada, y reparó que entre los presentes se encontraba Helen. La miró sin demostrar su sorpresa, y luego se pasó una mano por el rostro, aturdido.

-¿Qué ha sucedido?- le preguntó la mujer fríamente.

-He tenido una visión. Con Voldemort.

-¿Mediante la cicatriz?- preguntó Ron que se había mantenido callado todo el rato.

-Si. Es que otra vez yo estaba en su cuerpo, era como si yo estuviera haciendo lo que Voldemort...

-Pues cuéntanos, tuvo que haber sido algo malo como para que te desmayaras.- le dijo Hermione muy preocupada.

-Ha sido horrible.- comenzó, ideando la forma de resumirlo lo más posible. -Él estaba furioso, estaba en una habitación casi a oscuras, y tenía enfrente a tres mortífagos. Los estaba castigando, los torturaba sin piedad. No se porqué. Seguramente fallaron en alguna misión importante... Mencionó sus nombres... Dolohov, Mulciber y... no recuerdo el otro.

-Yaxley.- completó Helen con una sonrisa arrogante. Todos la miraron sorprendidos.

-¿Cómo lo sabes?- le preguntó Harry.

-Anteayer hubo un ataque. En Barcelona.

Los cuatro chicos la miraron sin salir de su sorpresa. Molly ya lo sabía, claro. Pero había preferido no decirles nada. ¿Para qué preocupar a unos adolescentes, con una batalla de adultos?

-¿Un ataque? ¿Porqué nunca nos dicen nada?- le preguntó Ron a su madre.

-No es un asunto cualquiera como para estar gritándolo por ahí.- les dijo Molly, mirando a Helen con reproche.

-Tú has estado en la batalla...-le dijo Harry a Helen. -Te has enfrentado a esos mortífagos que he nombrado... por eso sabes quiénes son.

-Si, así fue. Ellos tres eran los cabecillas. Pero no resultó como esperaban...-dijo la rubia con una sonrisa maliciosa. -El ataque ha salido mal para ambos bandos. El ejército de Voldemort estaba ganando, acabó con miles de vidas inocentes, pero luego, la balanza se volteó de nuestro lado... y pudimos detener el avance mortífago. Ellos también perdieron a miles de su bando, por eso Voldemort debía de estar furioso...

-Es increíble.-dijo Harry aún sin poder creer que se hubiese producido un nuevo ataque... Voldemort estaba avanzando muy rápido. Si seguían así, el bando de la luz quedaría aplastado muy pronto. -¿Remus está bien, verdad?

-Él no asistió a la batalla... No tuvimos oportunidad de avisarle.- mintió ella, sin ningún tipo de culpabilidad. -Tengo entendido que tú tomabas clases de Oclumancia el año pasado.- le dijo como quien no quiere la cosa, cambiando de tema astutamente.

-¿Por qué sabes tanto de mí, Helen?- le espetó Harry, irritado repentinamente.

-Lo sé y punto. No tengo porqué darte explicaciones. Entonces, ¿las tomabas o no?- Harry asintió. -Deberías haber aprendido a cerrar tu mente,

¿no lo crees? "Para eso estás tú, para enseñarme" pensó Harry mirándola, a sabiendas de que ella podía leer sus pensamientos, y luego respondió:

-No es mi culpa. Snape dejó de darme clases.

Ella sonrió. Pensó que esa misma noche tendrían la tercera clase. Debía avisarle a Harry en cuanto estuviera solo. Se levantó de la cama en la que había estado sentada, y les dijo a todos:

-Disculpen, pero debo marcharme.- con esto desapareció sin siquiera esperar respuesta.

-¿Harry, entonces ya estás bien?- le preguntó Hermione para asegurarse.

-Si, Herm, gracias.

-Pues me alegra. Deberías hacerle caso a Helen, Harry... Si cierras tu mente, no tendrás más problemas de esta clase con la cicatriz.

-Lo se, Hermione, lo sé. Ya veré qué puedo hacer este año... Tú solo no te preocupes.- le respondió, sonriéndole para que se tranquilizara.

-De acuerdo... Pero no olvides ese consejo.- le replicó la gryffindoriana, guiñándole un ojo, y salió de la habitación junto a Molly.

-Buen susto nos diste, Harry.- le dijo Ron, recuperando su usual humor, y dando una palmada en el hombro de su mejor amigo, o, como lo llamaba él, su hermano. -Me alegra que El Innombrable les haya dado su merecido a los mortífagos... Inútiles... Ojala se maten entre ellos.- deseó sin rodeos, mientras entraba al baño.

Ginny sonrió al escuchar esas palabras, y luego le dijo a Ron:

-¡Ronald, no seas maleducado! ¡Cierra la puerta, cerdo!

-¡Hey! Sin insultos, hermanita... Si lo que quieren es intimidad sólo pídanlo.- les dijo con picardía, a la vez que hacía lo que la pelirroja le había pedido. La pareja rió por el comentario, pero no lo negó.

Al ver que había conseguido lo que buscaba, Ginny se inclinó hacia Harry y lo besó con dulzura. Le hubiese encantado permanecer junto a él toda la mañana, pero con todo el asunto de la cicatriz se les había hecho tarde, y no faltaba mucho tiempo para que el reloj diera la hora exacta en la que tenían que aparecerse en la antigua Mansión Black.

-Me preocupas.- le dijo ella, recostándose en su pecho. Harry le acarició su suave cabello rojo.

-Tranquila. Ya estoy bien. No ha sido muy grave.

-Quizá hoy no lo fue, cielo, y tuvimos suerte de que mi madre pudiera comunicarse con Helen, sino quién sabe qué hubiera pasado. Pero entiende, que el hecho de que aprendas oclumancia es muy importante, eso te facilitará muchas cosas. Este año, cuando comencemos nuestro próximo curso en Hogwarts, habla con el profesor Dumbledore para que busque a alguien que pueda enseñarte. Por favor, cariño, hazlo por todos. Hazlo por mí.

-Te prometo, Gin, que haré lo que esté en mis manos. Ya no pienses en eso, Dumbledore se ocupará.- le dijo con suavidad. La atrajo más hacia sí y la besó con pasión.

-De acuerdo, Harry, me enfocaré en nosotros dos.- le dijo con una sonrisa traviesa. Comenzó a darle besos por todo el rostro, para terminar en sus labios nuevamente. Se separó con delicadeza, le guiñó un ojo y se levantó. -Debes cambiarte, supongo que no habrás olvidado que hoy volvemos a Grimmuld Place. Te espero abajo, cielo.- le avisó, y salió de la habitación.

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Harry se dispuso a cambiarse, así que abrió su baúl y sacó unos jeans y una remera azul oscura de manga corta. No es que ese día hiciera un sol esplendoroso, sino que estaba nublado, y había mucha humedad. El joven no podía evitar pensar en la visión que había tenido. Se había producido un ataque... No sabía porqué, pero en ese momento quería luchar mas que nada. Quería encontrarse en medio de una batalla para destruir de una vez por todas a la que provocó que su vida sea más trágica de lo que ya era. Primero sus padres, y todo por la cobardía de Voldemort... Y el año pasado su padrino, asesinado por la que había pasado a ser su peor enemiga... Bellatrix Lestrange. Le odiaba con toda su alma, si, le repugnaba. Deseaba tener su cuello entre sus manos, y aplastarlo lenta y dolorosamente. Quería verla llorar ante él, verla pedir clemencia, una clemencia que Harry jamás le tendría...Y por último, quería deleitarse mientras la maldita mortífaga le pedía la muerte, en vez de tan dolorosa tortura, y él, tendría piedad. Si, porque Harry Potter era muy piadoso, y entonces... la mataría...

Todos esos pensamientos, le recordaron al moreno algo terrible. No eran pensamientos propios. Lord Voldemort se había apoderado de su mente en aquella ocasión. Recordaba perfectamente ese día en la prueba final del Torneo de los Tres Magos. Cuando se encontraba en el cementerio, el mago tenebroso le había dicho a él algo muy parecido a lo que se estaba imaginando...

"Voy a matarte Harry Potter. Voy a destruirte. A partir de hoy, nadie jamás volverá a cuestionar mis poderes. A partir de hoy, si hablan de ti hablarán de como me suplicaste... morir. Y yo, como soy muy piadoso, te complací."

Esas habían sido las palabras de Lord Voldemort, y esas palabras eran las que él mismo estaba repitiendo. ¿Qué le estaba pasando? Estaba buscando venganza... iba a convertirse en un asesino. ¡Pero no podía ser! No. Él era Harry Potter, el niño que sobrevivió. Era un muchacho amable e inocente. Los problemas lo buscaban y lo encontraban, sí, pero él no tenía la culpa de nada. ¿Verdad?

Sin darse cuenta, Harry ya estaba cambiado y se encontraba frente a la ventana de su habitación, con la mirada perdida en los débiles rayos de luz que se filtraban entre las nubes. ¿Por qué sus pensamientos se estaban yendo de su alcance? ¿Por qué de pronto había sentido esas insaciables ansias de venganza? ¿Por qué, Harry Potter no se conformaba con odiar a los que le arruinaron la vida? Todas esas preguntas, tenían una simple y única respuesta: Harry Potter había sufrido tanto en aquel mundo, le habían quitado lo más importante en su vida… y él, lo único que quería era justicia. Si el destino no les había permitido vivir el período de vida humana normal a sus padres y a su padrino, entonces tampoco se lo permitiría a sus asesinos. No se lo merecían. Y por eso iban a pagar con la tortura y la muerte.

Esos pensamientos tranquilizaron a Harry. Claro, él no era ningún asesino y tampoco iba a serlo. Sólo buscaba justicia, y la venganza... no tenía cabida en su corazón.

-Amigo, ya me he cambiado. Debemos bajar. ¿Tienes todo?- le preguntó Ron, que ya había salido del baño y se había cambiado el pijama, por unos shoggings color gris, y una remera deportiva blanca. -¿Estabas pensando en lo sucedido hace un rato? Despreocúpate. Es mejor que El Innombrable castigue a los suyos. ¡Hey, Harry! ¿Me estás escuchando?

Al pelirrojo se le había pasado el enojo del otro día, el susto de esa mañana le había demostrado que Harry aún le importaba.

-¿Eh? Ah si, Ron. ¿Bajamos?

-Claro.- le dijo el pelirrojo mirándolo con un gesto de "Se nota que me has escuchado". Ambos tomaron sus baúles, Harry tomó la jaula de Hedwig que aún seguía vacía (el día anterior, la lechuza se había ido a cazar) y dejaron la habitación.

Mientras Harry bajaba, pensaba que pasaría mucho tiempo antes de volver a pisar esa casa que tanto le gustaba. Allí se sentía feliz, era lo más parecido a un hogar. Aunque nada comparado con Hogwarts. El colegio era su verdadero hogar, y siempre lo había sido. Desde que lo pisó por primera vez a los once años. Ginny, Hermione, Molly y Arthur los esperaban abajo, sentados en unas sillas. Al verlos bajar, Arthur les sonrió amablemente.

-¡Decidieron venir! ¿Se encuentran bien?- les dijo, dirigiéndose especialmente a Harry. Su esposa ya le había contado lo sucedido en la mañana.

-Si, muy bien.- respondió el moreno sin molestarle mucho el hecho de que siguieran preguntándole lo mismo. Apreciaba enormemente al señor Weasley.

-Papá, ¿hoy no irás al Ministerio, verdad?

-No lo sé, Ron. Estos últimos días he tenido mucho trabajo. Bueno, rápido, no hay que perder tiempo, ya es hora de irnos. Tenemos solo unos minutos. Les explicaré: en cuatro minutos exactamente, la protección de antidesaparición o aparición de la casa se desactivará, y nos dará dos minutos para desaparecernos. Luego se volverá a activar. Eso mismo suscedió el día que nos aparecimos aquí, Dumbledore lo ideó. Bueno, prepárense, y tómense de Molly y de mí.- los cuatro adolescentes hicieron lo pedido, yendo las chicas con Molly, y los chicos con Arthur. Se sujetaron bien y esperaron, mientras los señores Weasley observaban atentamente el reloj de pared del comedor.

-Cinco, cuatro, tres, dos... ¡YA!

Los cuatro adolescentes, quienes no estaban acostumbrados a las continuas apariciones, sintieron que la cabeza les daba vueltas, y entendieron que estaba funcionando. En unos segundos hicieron pie en el suelo de baldosas de la mansión Black, y abrieron los ojos que habían mantenido cerrados. Se encontraron parados en el comedor y una voz amable los saludó:

-Los estaba esperando... Dumbledore me avisó que vendrían a esta hora.

-¡Profesor Lupin!- gritaron los cuatro adolescentes, y corrieron a saludar al hombre, como cuatro hijos saludando a su padre.

Remus les sonrió contento de tenerlos de vuelta. La verdad era que se había acostumbrado a vivir allí con gente en la casa, y esa semana que había estado solo, había sido bastante entristecedora. Esa mansión ahora era suya, porque el testamento de Sirius Black, decía que el número doce de Grimmuld Place lo otorgaba a Remus Lupin, así como la mitad de su cámara en Gringotts. Eso lo supo desde principios de ese verano, cuando Dumbledore le mostró el testamento al mismo tiempo que a los Weasley, quienes recibieron la otra mitad de la cámara en el banco, y a Harry, a quien Sirius le otorgó sus pertenencias personales.

Harry lo habia preferido así, se notaba que su padrino lo conocía bien. El dinero de la cámara de Sirius, no le hacía falta. La mansión de Grimmuld Place tampoco, porque le traía malos recuerdos. Y aún si no fuera así, él vivía con los Dursley, y no podría mudarse hasta que cumpliera los diecisiete. Pero los objetos personales de Sirius, guardados en una cámara personal, era algo que significaba mucho para él. Había miles de valiosas posesiones de los Merodeadores, de Hogwarts, objetos que aún no sabía lo que hacían, enormes trofeos, escobas de quidditch, y quién sabe cuántas cosas más. Todas habían pertenecido a su padrino, y él se las había obsequiado. Porque Harry, lo sentía más como una regalo que un legado, odiaba pensar en la muerte de Sirius aquel día en el Departamento de Misterios.

-¿Quieren tomar algo? Dudo que hayan desayunado.- les ofreció Remus, por lo que todos excepto la señora Weasley, aceptaron con ímpetu.

-¡Nada de eso! ¡De la cocina me ocupo yo!- dijo Molly dirigiéndose a la mesada y sacando los elementos necesarios para preparar un buen desayuno.

-Como quieras, Molly.- le dijo Remus con una gran sonrisa sentándose a la mesa junto a los demás.

Esa mañana se divirtieron charlando entre todos sobre innumerables temas. Pero ellos no sabían que la diversión se acabaría en cuanto cierta persona se presentara allí ese mismo día...

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Era un sábado a las dos de la tarde, y Harry Potter se encontraba acostado en su cama, en la habitación que compartía con Ron Weasley en Grimmuld Place. No estaba triste, sino todo lo contrario, pensaba en lo enormemente feliz que se sentía, porque desde que habían vuelto a la mansión Black ese mismo día, todo había sido muy divertido. Por primera vez, el recuerdo de Sirius Black no lo había atormentado al pisar el suelo de esa casa, y había vuelto a ver a Remus Lupin.

El hombre le había ofrecido quedarse a vivir con él, en cuanto fuera mayor de edad, y al moreno le había encantado la idea.

"Tan solo falta un año y algunos meses" pensaba Harry con una sonrisa en su rostro. "En unos días volveré a Hogwarts, y estaré en sexto curso al fin. Ya falta poco... ojalá Hogwarts durara toda la vida. En dos años, ya terminaré mi séptimo y último curso, y no volveré a pisar el colegio nunca más... Excepto si me convierto en profesor... Pero no, no es adecuado para mí. Ya decidí ser auror, prefiero luchar... Luchar... Luchar ¿Qué se sentiría estar en medio de una batalla? ¿Miedo? ¿Dolor? ¿Tristeza? ¿Venganza? ¿O tal vez, todos esos sentimientos juntos? No lo sé... pero la curiosidad me está matando... Estaría genial ser un héroe de verdad. Porque ser un héroe significa ser la salvación del mundo mágico, luchar contra el ejército de Voldemort y derrotarlos. En verdad, yo no soy ningún héroe. Todo eso de que derroté a Voldemort con tan solo un año de edad es una completa mentira... Yo no fui el héroe, sino mi madre, la heroína. Fue ella la que utilizó esa magia antigua que superó a la de Voldemort... Ella merece llevar aquel calificativo... no yo.

Mi madre... ahora que lo pienso hay algo extraño en todo esto. Ginny es igual a ella. Bella, dulce, amable, luchadora, comprensiva... Y yo soy igual a mi padre. Todos los dicen. ¿Y si la historia se repite? ¿Y si Ginny y yo morimos salvando a nuestro hijo de la amenaza de un mago tenebroso? ¿Inclusive, del mismo mago tenebroso? ¿Sucedería eso, si no logro acabar con él?

No, imposible. Jamás podría pasar. Yo lo mataré, maldito sea. Acabaré con él y se cernirá la paz sobre el mundo nuevamente. Además, ¿quién dijo que Ginny y yo seremos esposos? No es que no quiera, pero para ello faltarían años."

Otra sonrisa melancólica se formó en su rostro, imaginando cómo sería su casamiento con la pelirroja. Nunca había asistido a uno, por lo cual le costaba crearlo en su mente. No tuvo más tiempo de hacer volar su imaginación, pues escuchó tres firmes golpes en la puerta.

-Pase.- dijo él algo distraído. Pero al ver a la persona que entraba, puso toda su atención. -¡Profesor!- dijo Harry, sorprendido.

-Buenas tardes, Harry.- le respondió Albus Dumbledore mientras cerraba la puerta tranquilamente.

-No tenía idea de que vendría.

-Lo siento, fue algo inesperado.

-No se preocupe, siéntese.- le dijo sentándose él también.

-Supongo que te preguntarás porque me he presentado aquí.- Harry asintió. -Muy bien. Primero Harry, quiero pedirte que no me interrumpas hasta que termine.- Harry se puso tenso. "Aquí pasa algo feo" pensó. Dumbledore supo que debía ir al punto importante y no darle vueltas al asunto.

-Verás Harry, anteayer se ha producido un ataque.- Harry no creyó necesario decir que se había enterado esa mañana, así que lo único que hizo fue un gesto de sorpresa.

-¿Y porque me lo comunica a mi?

-Porque quería informarte de algo importante.- le dijo el director con un tono de voz extremadamente serio. -Ya lo he comunicado abajo, pero como tú no te encontrabas, decidí hablar a solas luego. Y aquí estoy.

Harry esperó impaciente. Se podía imaginar miles de cosas, y ninguna de ellas era buena. El profesor se aclaró la garganta, y lo observó con su rostro sereno, mas su mirada demostraba una pena y seriedad absolutas.

-Durante la batalla, un miembro de la Orden resultó gravemente herido y...- no sabía si decirle eso o no, pero al final creyó que era mejor que lo supiera por él. -Está en riesgo de muerte.

-¿Quién?- Harry rezaba porque no fuera algún conocido. Pero lamentablemente para él, tenía que ser alguien cercano, sino Dumbledore no estaría allí. -Por favor... necesito saber.- dijo, y sintió que lo atravesaban con rayos X.

-Harry, Nyhmpadora Tonks corre grave peligro.

-¿¡Tonks!?- saltó Harry sintiendo recorrer por su cuerpo una tristeza inmensa. -¿Dónde está?

-En estos momentos, muchos medimagos la atienden en San Mungo.

-No puede ser...- murmuró Harry mientras un nudo se le formaba en la garganta. -¿Qué le ha sucedido?

-Realmente, Harry, no es algo agradable para decir.

-Pues lléveme con ella.

-Me temo, que tendrás que esperar unas horas. Mas tarde, te llevaré a ti, a las señoritas Granger y Weasley, y al señor Weasley. Seguramente, Molly y Arthur también vendrán con nosotros.

-¿Por qué he de esperar? ¿Y porqué me dice esto ahora, si todo pasó anteayer?

-Harry, ruego te tranquilices. Ahora, permíteme contestar a tus preguntas. Te aseguro que las excusas no son vanas. Anteayer, me enteré de lo ocurrido al finalizar el ataque. Fui a San Mungo, pero asombrosamente no me dejaron pasar a verla. Lo que sé, es que más de diez medimagos la estaban atendiendo, y me percaté de que todo este asunto es muy grave. Uno de los medimagos salió y me informó lo que le ocurría a Tonks, pero nuevamente me impidieron entrar. Ayer regresé al hospital, y pude verla unos pocos minutos. Su aspecto es lamentable, por eso no creí conveniente que la vieran ese día.- Dumbledore miró con tristeza al moreno, que cada vez estaba mas tenso. -Sin embargo, no pude atrasar más la mala noticia debido a las circunstancias, y decidí venir hoy. En unas horas, iremos allí Harry, te lo aseguro.

Con las palabras dichas, Harry se apaciguó un poco, y decidió esperar.

-¿A dónde irá usted ahora?- le preguntó.

-Me quedaré aquí, debo hablar con la Orden que se reunirá en unos instantes. Mientras tanto, Harry, prométeme que te calmarás y esperarás a que sea tiempo de ir a San Mungo.

-Lo prometo.- dijo el joven como un autómata.

-Hasta luego.- el profesor Dumbledore abrió la puerta y cuando casi estaba por cerrarla, Harry lo llamó:

-¡Espere! ¡Quiero...- pero el director ya se había ido. -No lo entiendo... solo quiero preguntarle sobre el regalo que me hizo en este cumpleaños...-susurró el muchacho, confuso. Se dio la vuelta y fue hacia su cama, allí fue donde vió sobre su almohada un papel blanco prolijamente doblado. ¿Quién se lo habría dejado? ¿Dumbledore tal vez? ¡Pero si el director había estado sentado en la punta de la cama! Intrigado lo abrió y leyó:

"Hoy a medianoche, en la habitación mas alta."

Entonces se dio cuenta de quién procedía el mensaje. En cuanto su mente captó las palabras, el papel se evaporó.

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Ya eran las seis de la tarde, y Ginny, Hermione, Harry y Ron se encontraban caminando de un lado a otro de la habitación de los dos últimos, esperando impacientes a que la puerta se abriera y les avisaran que ya era hora de ir a San Mungo para ver a Tonks. Habían estado horas hablando sobre el tema, y ahora la angustia, la tristeza y la preocupación los embargaba.

No tenían idea de lo que le podía haber ocurrido. Desde un Cruciatus, hasta el ataque de un hombre lobo. Los cuatro adolescentes no podían tener otra cosa en la cabeza que no fuera que la metamorfomaga estaba en riesgo de muerte. Tan sólo la idea lograba congelarlos, y lo demostraban parándose en seco de vez en cuando mientras caminaban, como si hubiera aparecido un muro invisible con el que se habían topado. Luego seguían su mismo recorrido negando levemente con un movimiento de cabeza e intentando tranquilizarse. Pero eso era un cometido imposible.

Las dos chicas estaban más alteradas porque lo que le había ocurrido a Harry esa misma mañana, y definitivamente, ese día estaban muy vulnerables y sensibles.

Harry se paró bruscamente y Ron chocó con él. No le dio importancia porque a cada momento hacían lo mismo, pero al ver que el moreno no reaccionaba, comenzó a preocuparse. Harry se llevó una mano al pecho, abrió mucho los ojos, y los cerró repentinamente.

-No, por favor. Tengo un muy mal presentimiento.

-Claro, Harry. Tonks está en riesgo de... bueno, tú sabes.

-No Ron, es algo mucho peor. Algo está sucediendo... Algo peor que la muerte...

-No creo que haya algo peor que la muerte, Harry... ¿qué más podría pasarle?

-En este mundo, y con la existencia de la magia negra, Ron, podría pasarle cualquier cosa mucho peor.

-¡Ya basta!- ordenó Hermione al borde de la histeria. -¡Cállense los dos! ¡No quiero oírlos...!- dijo bajando la voz poco a poco.

Los dos adolescentes se dieron cuenta de que ambas estaban muy mal. A la castaña se la veía extremadamente nerviosa, y Ginny estaba muy pálida, con los ojos aguados, y al parecer hacía un enorme esfuerzo por contener las lágrimas. Harry y Ron se callaron, y en silencio fueron a consolar a Ginny y Hermione, respectivamente. Cada uno por su lado, abrazó fuertemente a su chica por la cintura, dejándolas descargar su angustia.

La pelirroja hundía desesperadamente el rostro en el musculoso pecho de Harry, dejando caer las lágrimas finalmente. El moreno sintió su remera húmeda, pero no le importó. Le importaba demasiado que su novia estuviera bien, así que la pegó mas contra sí, cerrando los ojos y sintiendo los acelerados latidos de su corazón.

Hermione sollozaba sobre el hombro del pelirrojo sin poder evitarlo, mientras éste la abrazaba con fuerza con un brazo, y con el otro acariciaba suavemente su melena castaña. No sabía con seguridad lo que estaba sintiendo en ese instante...

La puerta de la habitación se abrió, mientras Molly Weasley entraba en un momento inoportuno. La escena le pareció de lo más tierna, y no pudo evitar mirarlos con cariño, orgullo, pena, amor, y muchos sentimientos a la vez, que la hicieron suspirar. Esto la delató, y los cuatro levantaron las cabezas impacientes mirándola interrogativamente. Ron y Hermione se separaron rápidamente, mas a Ginny y Harry no les importó. Ellos no escondían que se amaban, pero la castaña y el pelirrojo aún no se sentían seguros de expresar sus sentimientos con palabras.

-Oh, niños, lo siento de verdad. No quería interrumpir. Pero vengo a avisarles que ya nos vamos.

Ante esto, los cuatro bajaron a una velocidad increíble las escaleras pasando por delante de la señora Weasley, hasta encontrarse en medio de la sala de estar. Allí estaban presentes el profesor Dumbledore, Helen, Remus, Arthur, Kingsley, Hestia y Moody. Molly bajó las escaleras y les anunció a los jóvenes que se aparecerían cerca de San Mungo.

-Profesor, ¿nos dejarán entrar a verla, verdad?

-No lo sé, Harry. Pero confía en que sí.

-Vamos, no pierdan tiempo. Ahora tenemos que salir a la calle. Atentos, muchachos, siempre atentos.- les dijo el profesor Moody haciendo salir a los cuatro chicos tras Helen y Hestia que ya habían salido. Harry observó como Helen miraba indiferente a todos lados menos a Hestia, que estaba sumida en su propio mundo de pena y soledad. Pronto los demás salieron tras ellos, y Molly fue directo a consolar a la auror.

-Tómense de nosotros. Vamos, por separado.- les dijo con voz discreta el profesor Lupin. Harry se acercó hacia él y lo tomó del brazo, inmediatamente Helen se unió a ellos, acto que fastidió al chico. Ginny fue con su madre y su padre, Hermione con Kingsley y Hestia, y Ron fue con Dumbledore y Moody.

-Bueno, estamos listos. A la cuenta de tres. Uno... dos... tres... ¡Ahora!- ordenó Dumbledore, y todos desaparecieron al instante.

Harry reapareció en un callejón solitario, con Lupin y Helen tomándolo de un brazo cada uno. Estuvo por soltarse bruscamente de la rubia, pero luego recordó que esa noche tendrían la tercera clase con ella, y por algún motivo se contuvo.

Rápidamente fueron hasta la esquina y doblaron a la derecha. A dos cuadras, pudieron reconocer la entrada a San Mungo, así que avanzaron por la vereda sin siquiera aparentar ser muggles. De todas maneras, la larga barba de Dumbledore, el sombrero hongo de Moody con el que se cubría el ojo mágico, y las túnicas de Helen y Hestia, no ayudaban en absoluto a mejorar la apariencia. No obstante, los muggles ya se habían acostumbrado a ver demasiada gente usando esas ropas raras, ya que por un motivo desconocido ese año se habían topado con "anormales" más de una vez.

-No se detengan.- dijo Helen con voz fría y firme. -Apuren el paso, háganlo.- los incitó casi susurrando llevándose a Harry y a Remus con ella, adelantándose a los demás.

-¿Qué sucede?- preguntó el moreno.

-Nos siguen. No se den vuelta y caminen a prisa.- les ordenó la rubia a todos. Y era verdad, se podía distinguir entre la multitud a un grupo de personas vestidas con túnicas negras y encapuchadas, que los seguían desde una cuadra atrás sin perderles el paso.

-Llegamos.- anunció Helen mientras se detenían al frente de un antiguo local de ladrillo rojo, aparentemente abandonado. En las vidrieras estaban colocados torpemente seis maniquíes, con ropas anticuadas y sin gusto. Nada llamativas. La rubia sacó su varita e hizo una floritura, pronunciando en voz baja un hechizo. Sonó un leve "clic" y la puerta se abrió. Helen entró de inmediato, controlando que nadie los viera.

Harry, Ginny y Ron observaban confusos el lugar. Recordaban haber entrado al mismo lugar antaño, cuando Arthur Weasley había sido víctima del ataque de la serpiente de Voldemort. Ahora todo estaba más limpio, el piso no tenía una alfombra de polvo, no había telarañas enredadas en los viejos maniquíes de las vidrieras, inclusive todo desde adentro tenía un mejor aspecto.

Hermione los seguía de cerca, observando todo con ojos curiosos. Era la primera vez que ella visitaba San Mungo.

Se acercaron a la vidriera interior en la que descansaba un único maniquí de mujer, con un vestido verde. Luego de unos segundos se percataron que era el mismo al que le había hablado Tonks el año anterior, sólo que esta vez no se encontraba destartalado y feo. Hasta resultaba cómico verlo, teniendo en cuenta que ahora tenía una peluca castaña y lacia, las pestañas postizas bien colocadas, y los ojos estaban puestos como si estuvieran cerrados. Definitivamente era algo mucho más presentable. Los tres se entristecieron al saber que esta vez Tonks no podría hablar con el maniquí para entrar al hospital, porque en esa ocasión era a ella a quien debían visitar, ella era la víctima.

Se sobresaltaron al escuchar la voz de Helen interrumpiendo sus pensamientos.

-Buenas tardes.- le dijo al maniquí, con el rostro a centímetros del vidrio. –Deseamos ver a Nymphadora Tonks.

Para gran sorpresa de Hermione, la mujer-maniquí hizo un leve asentimiento de cabeza. Nunca se había imaginado la entrada a San Mungo así.

Dumbledore se adelantó y atravesó la vidriera. Harry se colocó de inmediato al lado de Helen, y Remus lo siguió sin separarlo de su lado, como temiendo que de repente los atacara una horda de mortífagos encapuchados. Los tres imitaron al director, seguidos por los Weasley y Hermione, Hestia, Kingsley, y finalmente Moody.

Pronto recorrieron con la mirada lo que se encontraba a su alrededor, y pudieron comprobar que se encontraban en la absurdamente vacía sala de recepción. Helen y Dumbledore se acercaron a un amplio escritorio, donde los atendió una mujer de baja estatura, de cabello rubio oscuro y expresión vivaz. Se sorprendió de ver al conocido Albus Dumbledore por allí, (teniendo en cuenta que no había demasiados heridos del último ataque) e inmediatamente le permitió la entrada al piso y habitación que el director le pedía.

El hospital se encontraba casi vacío. Los cuatro chicos pensaban que estaría repleto de personas heridas y medimagos atendiendo y corriendo de un lado a otro, pero no era así. Había muy pocas personas vestidas con túnicas verde lima y el emblema de San Mungo bordado en el lado izquierdo del pecho, que caminaban a prisa llevando pociones o en busca de ellas. Los cuatro amigos comprendieron que la última batalla, había provocado más muertos que heridos, y por eso, San Mungo no tenía mucho que hacer.

Los doce, atravesaron una cuantas puertas bastante rápido y con inmensas ganas de llegar a donde Tonks. Subieron las primeras escaleras, los ojos de los adolescentes se iluminaron al ver el cartel del primer piso.

"HERIDAS PROVOCADAS POR CRIATURAS

Mordeduras, picaduras, quemaduras, espinas clavadas, etcétera."

Allí es donde debían ir, según Dumbledore. Les sorprendió ver que el piso se encontraba lleno. Caminaron entre las personas, algunas lloraban angustiadas, otros tenían tal rostro que parecían Inferis, en definitiva, todas las personas presentes en aquel lugar sufrían en demasía.

Hermione miraba a todos analizándolos, pero luego dejó de hacerlo al ver a una niña que lloraba desconsolada. A su lado había una medimaga que la tranquilizaba. Seguramente había perdido a sus padres en la batalla.

Atravesaron el largo pasillo hasta llegar al final, y repararon en que toda esa zona estaba vacía. Sólo había dos aurores haciendo guardia a cada lado de la puerta. Al ver al director, se hicieron a un lado y los dejaron pasar. Dumbledore entró, y los demás lo siguieron de inmediato, cerrando Moody, el último, la puerta tras de sí.

-Me ofrecieron la Sala Dai Llewellyn, de mordeduras graves. Seguramente la recuerdas, Arthur.- El señor Weasley asintió levemente. Cómo no recordarla, si allí lo habían instalado luego de la mordedura de la serpiente. –Pero me negué, ya que habrán notado lo concurrido que está hoy el primer piso… Esta habitación cuenta con la privacidad que ella necesita…

Se encontraban en una amplia habitación, con las persianas bajas y una única cama de plaza y media. Al lado, había una mesa de luz, y sobre ella un viejo velador que emanaba la única luz de la habitación. En dos de las paredes, había largos sillones, pero por supuesto, eso no era lo que llamaba la atención de los presentes, sino una mujer de cabello negro azabache que reposaba inconsciente en la cama de sábanas blancas. Ella era el centro de las miradas. Era Tonks. Todos rodearon su cama y la miraron con una mezcla de sentimientos que hacía que sus rostros fueran un poema. El "todos" se refiere a los cuatro adolescentes, Molly, Arthur, Hestia, y Remus. Los demás, la miraban seriamente, con preocupación.

Tonks estaba pálida en exceso, parecía muerta. Harry comprobó al acariciarle la mejilla que su piel estaba fría , y se lo comunicó a los demás.

-¿Qué le sucede?- preguntó luego.

Como respuesta entró un medimago apresuradamente.

-Me avisaron que había visitas.- les dijo amablemente.

-Buenas tardes. Este hombre es Augustus Pye, se recibió de sanador profesional hace tres años anterior, pero conozco su trabajo como ayudante desde hace mucho tiempo más. Augustus es de confianza.- les informó Dumbledore.

-Disculpe, ¿qué la hirió?- le preguntó Remus.

-Ella...- sin poder decirlo, se acercó a la paciente y giró su rostro así como su cuello, dejando ver dos desagradables agujeros redondos. Todos se quedaron congelados, no podía ser posible... Helen y Moody ya se habían dado cuenta mucho antes, podían identificar fácilmente los síntomas que produce una mordedura de vampiro.

-Entonces... entonces Tonks...- balbuceó Hermione aterrada sin poder terminar la frase.

-No sabemos si será uno de ellos. Sólo tengo seguro una cosa.- les comunicó el medimago. -Es eso... o la muerte.- esas palabras dejaron aún más paralizados a los adolescentes.

-¿Cuándo tendrás los resultados, Augustus?- le preguntó Dumbledore mirándolo fijamente.

-Calculo que en cinco días. Es imposible saberlo antes. Hemos comenzado los análisis ayer, antes no pudimos porque su mal estado la llevaría directo a la muerte. Sin embargo... no sé si es mejor que se convierta en uno de esa especie. Lso vampiros están del lado oscuro, Albus... Tal vez si abortamos el proceso...

-No, Augustus. Jamás, creéme. Nymphadora Tonks no morirá, y si es una de ellos, entonces nos dará ventajas a nosotros... Es la única opción.

-Se hará como usted diga.- aseguró el medimago. Abrió la poción que tenía en sus manos y la vertió en una pequeña jeringa. Un líquido negro espeso fue llenándola, y luego la inyectó despacio en el cuello de Tonks, abajo de la mordedura. Luego se retiró con un saludo amable, dejando a todos conmocionados.

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-¡Malditos, los perdimos!- dijo uno de los encapuchados que habían seguido a Helen y al grupo.

-Era ella, lo se... no la vi muy bien pero no me caben dudas... Además estaban los traidores a la sangre, esos pobretones de los Weasley...- siseó una mujer.

-Tranquila... Bella... Verás que en el próximo ataque que encabecemos, el Señor Oscuro nos recompensará...- le dijo Rodolphus Lestrange colocándole una mano en el hombro.

Los otros seis mortífagos se mantenían atrás.

-¡Ustedes vuelvan a sus puestos!- les ordenó Bellatrix. Inmediatamente, los seis se fueron para ocupar nuevamente sus puestos de vigilancia.

-Le diremos al Señor Tenebroso que la vimos aquí... La información le servirá... seguro quiere saber en dónde se mete esa maldita guerrera.

-Si, vamos ahora.- coincidió Bella impaciente.

A continuación, marido y mujer entraron a un callejón vacío y desaparecieron, dejando a la vista sus macabras expresiones bajo la sombra de las capuchas.

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A Hestia, Ginny, Molly y Hermione, ya casi no les quedaban lágrimas de tanto llorar, y Kingsley, Harry, Arthur y Ron ya no sabían que hacer para consolarlas, respectivamente. El primero estaba consolando a Hestia por ser una antigua amiga y compañera de trabajo, no existía otra relación entre ellos, y todos lo sabían. Helen y Remus estaban algo apartados de los demás, ambos con una expresión de seriedad absoluta. Dumbledore y Moody estaban fuera de la habitación, para dejarles mas intimidad.

La puerta se abrió dejando paso a un hombre de unos veintiséis años, de cabello dorado, lacio y largo hasta un poco por debajo de la nuca. Tenía rebeldes mechones largos que tapaban apenas sus ojos verde claros, que lo hacían ver mas guapo de lo que en sí era. Sus facciones eran suaves y amables, a pesar de que en ese momento la preocupación y la angustia estaban calcadas en su rostro. Lo seguían Albus y Ojoloco, el segundo algo desconfiado, pero el director ya sabía quién era, y no tenía impedimentos en dejarlo entrar. Pensaba que estaba en todo su derecho.

-¡NO! ¡Dora!- el joven corrió hacia ella y se arrodilló al lado de su cama, observándola con profundo dolor. Levantó su mano y dudando por una fracción de segundo, acarició con suma delicadeza su mejilla, como si temiera que al tacto ella se quebrara, y sintió lo fría que estaba. -¡Merlín! Qué te han hecho…-dijo mirándola temeroso. Dirgió su mirada llena de sufrimiento a los presentes, interrogándolos.

-Disculpa, ¿quién eres?- le preguntó Remus. El muchacho se recompuso lo mejor que pudo, se puso en pie y dijo:

-Lamento no haberme presentado. La situación actual es terrible. Soy Mark Field, novio de Dora.

Todos se sorprendieron, ninguno sabía que la auror estuviera manteniendo una relación amorosa, pero tuvieron la cortesía de no demostrarlo. Se presentaron amablemente y le contaron lo sucedido y las circunstancias en la que se encontraba Tonks. Esto no pudo más que deprimir y terminar de derrumbar las fuerzas que Mark había creado para no caer allí mismo. El pobre sufría más que nadie, y claro que los demás no sabían muy bien por qué. No conocían la insólita historia de como se conocieron Mark y Dora, y por lo tanto, no podían entender completamente el sufrimiento del apuesto joven. Conmocionados, observaron cómo él volvía a arrodillarse a su lado, acariciaba una y otra vez la mano de su inconsciente pareja, y le susurraba palabras que ninguno lograba oír con claridad. Y luego, olvidándose de bajar la voz, pronunció lo siguiente en el oído de Nymphadora:

-No te abandonaré nunca. Verás como juntos superaremos esto, como siempre lo hemos hecho... ya lo verás... No importa la situación, se que tú no cambiarás, Dora. Yo te amaré por siempre...

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Harry miró su reloj: faltaban cinco minutos para la hora exacta. Giró su rostro para observar a Ron, y descubrió que se había quedado dormido. Sigilosamente, se levantó de su cama y salió a hurtadillas de la habitación. Se dirigió hacia las escaleras que daban al piso superior, y desganado las subió. Eran largas y parecían interminables. Ya en la cuarta, sus piernas le flaqueaban. Estaba bastante cansado con todas las emociones de ese día, y realmente no tenía ninguna gana de encontrarse con ella. Precisamente tenía que ser ella. Qué más daba, él se lo había pedido y ahora no tenía más remedio que acudir. Al fin, vio la última escalera ante sus ojos. Aliviado la subió y luego recorrió el ancho pasillo dirigiéndose a la última habitación del piso más alto. La puerta se encontraba entreabierta, así que la abrió completamente, entró y la cerró tras él sin hacer ruido. Todo estaba en penumbras. Entrecerró los ojos y escudriñó entre la oscuridad intentando vislumbrar algo.

Una voz extremadamente fría e indiferente le habló:

-Llegaste a tiempo. No lo esperaba.

El moreno ignoró aquel comentario y se guió por la voz.

-Helen, ¿podrías encender la luz? No entiendo el porqué de todo este teatro a oscuras.

-Créeme, lo entenderás.- ante esas palabras, Harry dejó su intento de encontrar la llave de luz. -Harry, hemos tenido solo dos clases, y noto un avance en ti. Últimamente no has soñado ni una vez con Sirius Black.

-Tienes razón. Casi no me he acordado.

-Bien, ahora veremos si eso te hace efecto.- Helen sacó su varita en un movimiento casi imperceptible y la apuntó hacia su alumno. Estaban de espaldas a la puerta de la habitación. Sacó un hilo plateado de la cabeza de Harry, y rápidamente lo soltó dirigiéndolo hacia la pared de enfrente. Algo increíble e inesperado apareció ante los ojos de Harry. Se podía ver a él mismo con la profecía en la mano, y pronto entendió lo que había pasado. Helen le había sacado -o quizá copiado, no lo sabía con certeza- un recuerdo. ¿Pero cómo? Puso toda su atención en la escena que tenía delante de si:

"-¡Harry, sujeta bien la profecía, agarra a Neville y corre!- gritó Sirius, y fue al encuentro de Bellatrix. Ante su vista apareció Kingsley, que aunque se tambaleaba, estaba peleando con Rookwood, quien ya no llevaba la máscara y tenía el marcado rostro al descubierto. Otro haz de luz verde pasó rozándole la cabeza a Harry, que se lanzó hacia Neville...

-¿Puedes mantenerte en pie?- le chilló al oído mientras las piernas de su amigo se sacudían y se retorcían incontroladamente. -Ponme un brazo alrededor de los hombros.

Neville obedeció y Harry tiró de él. Las piernas de Longbottom seguían moviéndose en todas direcciones y no lo sostenían; entonces un hombre se abalanzó sobre ellos y ambos cayeron hacia atrás. Neville se quedó boca arriba agitando las piernas como un escarabajo dado vuelta, y Harry, con el brazo izquierdo levantado intentando impedir que se rompiera la pequeña bola de cristal.

-¡La profecía! ¡Dame la profecía, Potter!- gruñó la voz de Lucius Malfoy en su oído, y Harry sintió la punta de una varita clavándosele en las costillas.

-¡No! ¡Suéltame! ¡Neville! ¡Agarrala, Neville!

Harry hizo rodar la esfera y Neville giró sobre la espalda, la atrapó y la sujetó con fuerza contra el pecho. Malfoy apuntó con la varita a Neville, pero Harry lo apuntó a él con la suya por encima del hombro y gritó:

-¡IMPEDIMENTA! "

La escena cambió rápidamente.

"¡Dumbledore!- exclamó entonces Neville, sudoroso, mirando embelesado por encima del hombro de Harry.

-¿Qué?

-¡DUMBLEDORE!

Harry se volvió y dirigió la vista hacia donde miraba su amigo. Justo encima de ellos, enmarcado por el umbral de la Sala de los Cerebros, estaba Albus Dumbledore, con la varita en alto, pálido y encolerizado. Harry sintió una especie de descarga eléctrica que recorrió cada partícula de su cuerpo. ¡Estaban salvados!

Dumbledore bajó a toda prisa los escalones pasando junto a Neville y Harry, que ya no pensaban en salir de allí. Dumbledore había llegado al pie de las gradas cuando los mortífagos que estaban mas cerca se percataron de su presencia y avisaron a gritos a los demás. Uno de ellos intentó huir trepando como un mono por los escalones del lado opuesto a donde se encontraban. Sin embargo, el hechizo de dumbledore lo hizo retroceder con una facilidad asombrosa, como si lo hubiera pescado con una caña invisible.

Sólo había una pareja que seguía luchando, y al parecer no se habían dado cuenta de que había llegado Dumbledore. Harry vió que Sirius esquivaba el haz de luz roja de Bellatrix y se reía de ella.

-¡Vamos, tú sabes hacerlo mejor!- le gritó Sirius, y su voz resonó por la enorme y tenebrosa habitación.

El segundo haz de luz le acertó de lleno en el pecho.

Él no había dejado de reír del todo, pero abrió mucho los ojos, sorprendido.

Harry soltó a Neville, aunque sin darse cuenta de lo que hacía. Volvió a bajar las gradas y sacó su varita mágica al tiempo que Dumbledore también se volvía hacia la tarima.

Dio la impresión de que Sirius tardaba una eternidad en caer: su cuerpo se curvó describiendo un majestuoso círculo, y en su caída hacia atrás atravesó el raído velo que colgaba del arco.

Harry vió la expresión de miedo y sorpresa del consumido rostro de su padrino, antes atractivo, mientras caía por el viejo arco y desaparecía tras el velo, que se agitó un momento, como si lo hubiera golpeado una fuerte ráfaga de viento y luego quedó como al principio."

El recuerdo finalizó con el grito de triunfo de Bellatrix Lestrange.

Helen se dió la vuelta para observar a Harry, quien se había quedado prendido en el lugar donde había visto la escena, con el grito de júbilo de Bellatrix resonando en su cabeza como un tambor. Sus ojos estaban aguados y demostraban un profundo dolor, mas no habían dejado caer una sola lágrima. Estaba firmemente parado y con sus manos en forma de puño, apretándolos con rabia contenida durante mucho tiempo.

-¡MALDITA!- gritó Harry desgarrándose la garganta. Caminó hacia Helen y levantó su mano hacia ella. -¡Maldición! ¡Tenías que ser mujer!- le gritó con ira.

-¿No te atreves a golpearme?-se burló ella, impasible ante la reacción de Harry. Harry la miró con odio y sacó su varita.

-Tal vez no a golpearte... pero con la varita puedo hacer lo que quiera.

-Hazlo. De todas maneras, en esta mansión no se detecta la magia realizada por menores.- dijo ella fríamente sin moverse ni un milímetro.

-¡CRUCIO!- gritó Harry. Y un rayo rojo salió de su varita disparado hacia Helen. Ella levantó su mano y atrapó el rayo entre sus dedos, evaporándolo por completo. Harry no pudo más que sorprenderse.

-¿Como pudiste intentar usar una maldición imperdonable contra mí? ¿Tanto me odias?- le preguntó ella. -Debes aprender, Harry Potter, que la grandeza y el poder requieren un frondoso camino para alcanzarlas. El dolor es el medio mas efectivo, te aseguro que si lo superas, tú serás el mas fuerte. Olvídate de Sirius Black, olvídate que lo conociste. O lo haces tú mismo guardándolo en un lejano rincón, o tendré que hacerlo yo, y te aseguro que si lo hago, de verdad te olvidarás de que existió.- le advirtió ella con su típico tono congelante que caló hondo en Harry y le hizo tener un estremecimiento.

-¿Cómo te atreves a pedírmelo?

-Porqué tú me pediste que te entrenara. Yo acepté y te puse las condiciones desde un principio. Prometiste obedecerme en todo lo que te ordene, y créeme que lo harás.

-¡Maldición! ¡¿Cómo puedes ser tan fría, Helen?! ¿Es que a ti no te importa nadie?

Ella sonrió arrogantemente.

-No me importa nada ni nadie, y a la vez me importa la salvación del mundo entero.

-Detesto no comprender las cosas, ¿por qué debes complicarlo todo aún más? ¿Quién eres, Helen?

-Yo soy una de las indicadas para entrenarte, y para preparar al futuro héroe en el que te convertirás. Salvarás al mundo de la amenaza que se avecina, Harry. Tú serás extremadamente poderoso.- le dijo ella con tono misterioso.

-¿Cómo lo sabes?

-Porque está escrito desde hace muchos años. Yo no soy de las que creen que el destino es fijo, pero te aseguro que esa profecía no se puede cambiar. Voldemort morirá en tus manos, y tú volverás a traer la paz al mundo.

-Todos lo dicen y yo aún no encuentro ese maldito poder que, según la profecía, Voldemort desconoce. ¿Cómo rayos lo derrotaré si ni siquiera he terminado mi educación?

-Paciencia, Harry. Recién estamos comenzando. Esto llevará tiempo de entrenamiento.

-¿Cuánto exactamente?- inquirió él, irónico. -¿Quizá, cuando yo cumpla los veinte y Voldemort se haya apoderado del mundo, estaré preparado para enfrentarlo?

-Oh, ya veo. Tú pretendes dominar todo lo que debo enseñarte, en unas pocas clases, ¿verdad? ¿Crees que yo estoy aquí para ser una simple guía? ¡Observa, Harry Potter! ¡Entérate de que si yo estoy aquí, es para realizar una misión, para llegar a una meta importante, y esa meta es la caída de Voldemort y su horda de mortífagos! ¿Acaso crees que yo estaría parada frente a ti diciéndote esto, si pudiera derrotarlo yo misma? ¡Soy poderosa, si! ¡Lo supero mil veces en eso! ¡Tengo todo para ganarle, excepto una cosa! ¡Una cosa que tú posees, Harry! ¿Ahora comprendes? La unión perfecta para derrotarle somos nosotros… Alguien con mi poder, y alguien con tu poder secreto… ¡Es por eso que acepté entrenarte!

-La unión perfecta…- repitió Harry, con la mirada perdida en el suelo de la habitación. –Tú y yo… Es decir, ningún auror, u otro miembro de la Orden podrían entrenarme porque no tiene lo necesario. Tú debes hacerlo, y el destino te puso en mi camino… Ya comprendo.

-Aún no sabes nada sobre mí, pero pronto empezaremos a conocernos, y nuestra unión será irremediable, Harry…

-¿Cuándo tendremos la próxima clase?- le preguntó él, cortándola abruptamente. Había algo dentro de esa afirmación que no le gustaba demasiado...

-El veintiocho. Aquí a la misma hora. Sé puntual.- le advirtió ella antes de desaparecer con un potente brillo rodeándola por completo.

-Esta vez no te defraudaré, lo prometo.- le dijo al vacío antes de dejar la habitación él también. Lo que él no sabía, era que Helen había escuchado perfectamente las últimas palabras que habían salido de su boca.

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