Esta noche iremos a la ópera. La baronesa elegirá tu vestido.
M
Caroline respiró hondo y trató de calmarse.
¿Iba a ir a la ópera esa noche? Hacía tres días que el vizconde le había dicho que pronto sería presentada en sociedad. Pero ella había pensado que tardarían más tiempo en terminar su ajuar. Mientras tanto, podría aprender algo más sobre cómo atrapar un marido. Pero lo único que le habían enseñado era a comportarse, y nada sobre los hombres.
Junto a Caroline, la baronesa se inclinaba por encima de su hombro para leer la misiva; luego gruñó y se sentó frente a su té.
—Te está apresurando. Le dije que todavía no estás lista, pero está nervioso.
Caroline se volvió hacia la baronesa.
—¿Usted no cree que yo esté lista?
La baronesa negó con la cabeza.
—Eres demasiado impertinente, tus modales son muy burdos. Por Dios, niña, todavía tienes pelos en las piernas. —La baronesa sacudió la cabeza, mostrando su evidente disgusto—. Pero él te tiene que apresurar.
Caroline frunció el ceño, tratando de seguir la conversación.
—¿Pelos en las piernas?
La mujer ignoró la pregunta con un gesto de la mano.
—Ya entenderás lo que quiero decir. Esta tarde te había programado una lección de baile, pero él tiene prisa. —La baronesa suspiró y le dio otro sorbo a su té—. Supongo que será porque eres su última pupila. Está ansioso por terminar con todo esto.
De nuevo, Caroline se sorprendió repitiendo las palabras de la baronesa en forma de pregunta.
—¿Su última pupila?
Al principio, la baronesa no respondió. Estaba ocupada untando mermelada en el pan. Pero, al cabo de un rato, comenzó a hablar, aunque parecía distraída.
—Cásate bien, Caroline. Ese dinero le ayudará a poner sus propiedades en orden. Al menos, eso es lo que él dice.
—¿El vizconde tiene propiedades? ¿En las afueras de Londres?
—Heredadas. Un montón de tierras que se está desintegrando, si es que alguna vez hubo algo de valor. Pero él ha estado trabajando en ellas. Haciendo lo que puede. —La mujer levantó la vista de repente, y sus ojos azules se clavaron en los de Caroline—. Pero sólo si te casas bien. Con tu dinero planea dejar este maldito servicio de novias y convertirse en un señor de verdad. —La baronesa miró de soslayo a su pupila—. Si te casas mal, Caroline, es probable que todos terminemos en prisión a causa de las deudas.
Dada la ferocidad de la expresión de la baronesa, a Caroline no le quedó ninguna duda sobre la gravedad de su situación. En especial, teniendo en cuenta el estado de la despensa cuando había llegado.
—¿Todo lo que tiene lo ha invertido en esas tierras?
—Sí. No lo olvides cuando él te esté exhibiendo esta noche. —La baronesa se levantó de su asiento—. Ahora ven. Supongo que tenemos que ocuparnos de tu vello. Sé que suena extraño, pero el vizconde lo aprendió de uno de sus amigos extranjeros. Dice que a los hombres les gusta la piel suave, en especial la de las piernas.
—Pero no entiendo... —Las palabras de Caroline fueron interrumpidas porque la baronesa la agarró del brazo y la levantó de la silla.
—No preguntes. Sólo aguanta.
Caroline sabía que debía sentirse agradecida por las distracciones que le brindaba la baronesa, y que la mujer la mantuviera tan ocupada con sus consejos de belleza, empleando todo su tiempo para no pensar en el acontecimiento de aquella noche.
Debería sentirse agradecida, pero no lo estaba. Justo en ese momento, mientras la baronesa le arrancaba con cera caliente la mitad de la piel de las piernas, Caroline se sintió totalmente miserable.
—¡Aaayyy!
—A los hombres les gustan las piernas suaves y delicadas.
La muchacha bajó la mirada para ver su piel enrojecida.
—¿Qué está haciendo?
Era una pregunta retórica. Por supuesto que Caroline entendía lo que estaba pasando. La baronesa le estaba extendiendo más cera caliente sobre las piernas. De hecho, era una sensación bastante placentera.
Suave. Tibia. Deliciosa.
Luego la mujer volvió a poner un pedazo de tela burda sobre la cera y, sin previo aviso, se la arrancó toda. Llevándose la mitad de la piel de la pierna de Caroline pegada a ella.
—¡Auuu! Baronesa, por favor, ¿de verdad esto es necesario?
Gruñendo a causa del esfuerzo, la mujer se quedó mirándola.
—¿Crees que lo haría si no fuera necesario? —Se recostó hacia atrás y resopló, quitándose al mismo tiempo un mechón de cabello que había caído sobre los ojos—.Créeme, esto ha sido extraordinariamente útil.— Ocasionalmente, a los pretendientes les gusta tocar los tobillos de las muchachas. Deberías ver sus ojos cuando se dan cuenta de que no llevan medias. Y que la piel es tan suave como tu... como el culito de un bebé. —La mujer se enderezó y extendió más cera—. Así hemos atrapado a muchos.
—Pero ningún hombre me va a tocar las piernas. Por lo menos hasta que nos casemos. Sin duda, es demasiado pronto para que usted... ¡Auu! —Caroline resolló y se miró las piernas enrojecidas. Luego frunció el ceño, mientras las inspeccionaba con más cuidado. Era cierto, estaban... mejor.
—Agradece que sólo voy a llegar hasta los muslos. Ese otro vello duele como el demonio cuando se quita.
Caroline frunció el ceño, al tiempo que trataba de adivinar a qué otro vello se referiría la baronesa. De repente, abrió los ojos como platos, cayendo en la cuenta.
—No se referirá a...
—Claro que sí. —Luego la baronesa pareció conmoverse y se puso las manos sobre las caderas mientras observaba a Caroline—. Como te he dicho —comentó con amabilidad—, algunos novios tienen gustos particulares. Pero no te preocupes. Eso no lo haremos hoy. Tal vez nunca. —Luego se inclinó hacia delante—. Pero debes ser consciente de eso, Caroline. Todo va destinado a mantener contento a tu marido. A veces les gusta para que haya variedad. —La baronesa retomó su tarea y aplicó más cera.
—Siempre creí que mantener contento a alguien era cantar. Ópera. Fiestas —dijo Caroline con voz sombría—. Esto —continuó, señalando hacia sus piernas palpitantes— no se parece en nada a lo que pensé.
—Esto es para diversión de tu marido, niña. No para la tuya. —La baronesa tomó el pedazo de tela—. Préstame atención. A los hombres les gustan los cambios, la innovación y las experiencias diferentes. Si no quieres que tu marido busque entretenimiento en otra parte...
Clavó los ojos serios en Caroline.
—Y no creo que eso te interese... Entonces debes convertirte en mil mujeres distintas. Cada noche él querrá algo diferente. Algo único. Ésa es una de tus armas.
—Pero, aun así —comenzó a decir Caroline, mientras se agarraba al borde de la cama—, usted no creerá que quitar el vello... de ahí... sea necesario.
—Ciertamente no es necesario para la hija de un clérigo. Pero ¿para una de las pupilas del vizconde? Por supuesto. Aunque no de momento. Ahora cállate. —La baronesa se inclinó y Caroline trató de prepararse para el dolor—. Todavía no hemos empezado con la cara.
Y así continuó. Caroline comenzó a pensar con nostalgia en la lección de baile cancelada mientras la metía sin miramientos en una fría bañera.
—El agua fría refresca la piel —le dijo.
Luego extendieron sobre su cuerpo un aceite muy perfumado que le produjo náuseas.
—Tal vez tengas razón. Es un aroma demasiado fuerte.
Otro baño en agua fría.
Luego la baronesa estiró, rizó y volvió a alisar su cabello.
—Tu pelo es demasiado lacio. Debes aprender a ahuecarlo con prendedores, lazos, pegamento, si es necesario. Pero tienes que darle volumen.
Y llegó, al fin, gracias a Dios, el momento de ponerse el vestido.
—Vístete rápido, Caroline. A su señoría no le gusta que le hagan esperar.
La muchacha asintió con expresión agotada. Ya estaba exhausta y la noche ni siquiera había comenzado. Pero en ese momento vio el traje.
—¿Qué es esto? —preguntó con la respiración entrecortada.
—Tu vestido, ¿qué va a ser?
Caroline se quedó horrorizada con los ojos saliendo de las órbitas.
—¡Es... es... es indecente!
—No seas ridícula —replicó la baronesa mientras levantaba el ligero vestido azul—. Tú misma elegiste el diseño.
—¡Claro que sí! —contestó Caroline con rabia—. El estilo es precioso. ¡Pero yo quería la seda gris, no... no este azul pálido que resulta transparente con cualquier vela!
—¡Gris! —La baronesa puso una expresión de disgusto—. Ninguna de las mujeres Mikaelson se ha presentado jamás vestida de gris. Ni siquiera la vieja tía abuela Matilda. Venga, póntelo. El vizconde llegará enseguida.
Caroline examinó la delicada tela con horror. No iría mejor vestida si saliera sólo con las enaguas. La tela azul era tan fina como la red de un miserable pescador.
—No pongas dificultades —le advirtió la baronesa—. Es un color hermoso.
Caroline no podía negarlo. Realmente era un azul precioso. Incluso en la penumbra de la noche, el vestido parecía resplandecer. A la luz de las velas prácticamente brillaría, lo cual atraería todas las miradas hacia ella.
A menos, claro, que se detuviera justo bajo la lámpara. En ese caso, todos los ojos estarían fijos en su cuerpo desnudo.
—¿No hay...?
—Póntelo —ordenó la baronesa con firmeza. Luego su expresión se suavizó—. Confía en mí. Es perfecto.
¿Qué alternativa tenía? La muchacha suspiró y se puso el vestido, rogando que ninguno de los feligreses de su padre frecuentara la ópera londinense. Si alguien que la conociera la viera con ese vestido, se moriría de vergüenza.
No se puso ninguna joya. Sólo el vestido, zapatos claros y un moño sencillo en la parte superior de la cabeza. Y los cosméticos que la baronesa le aplicó en los ojos, las mejillas y los labios.
—Perfecto —exclamó, por fin, la baronesa, dejando a un lado el frasco de maquillaje—. Ahora ponte de pie.
Sintiéndose más como una muñeca que como una persona, Caroline hizo lo que le ordenaban.
La baronesa caminó en círculos alrededor de ella, evaluando su aspecto desde todos los ángulos.
—Recuerda que debes mantener la boca cerrada. Una mujer silenciosa es una mujer misteriosa. Y a los hombres les gustan las muchachas calladas. A menos, claro, que estés elogiando sus hazañas. Ellos adoran eso. Pero esta noche sólo sonríe y seduce.
De repente, Caroline levantó la vista y miró a la baronesa, pero la mujer se le adelantó.
—Ya sé que no tienes ni idea de cómo seducir. Ésa es la tarea de Klaus. En cuanto a mí, ya he hecho todo lo que pude.
Y diciendo aquello, la baronesa abandonó la habitación. Por un momento, a Caroline le pareció que la mujer se estaba lavando las manos con respecto a lo que tenía que ver con su pupila. O lanzándola a la boca del lobo, tal vez.
Se quedó parada en el centro de la habitación. Por fin sola, gracias a Dios. Respiró profundamente, pero se detuvo por temor a rasgar la apretada tela de su corpiño. Luego expulsó el aire lentamente, tratando de relajarse con el movimiento.
Imposible.
¡Estaba a punto de ir a la ópera! Un lugar en el que se reunía la élite de la sociedad para conversar, planear los asuntos de Estado, discutir la última moda de los vestidos. Y, probablemente, pensó Caroline torciendo ligeramente los labios, chismorrear sobre quién se casaría con quién.
¡Y ella iba a estar ahí!
La idea era tan estimulante como aterradora. ¡Ella iba a estar ahí! ¡Con aquel vestido! Prácticamente desnuda para que todo el mundo viera sus múltiples defectos.
Por primera vez, Caroline deseó tener un año entero para recibir las clases de la baronesa. No era posible que ya le hubiese enseñado todo lo que necesitaba saber. Y lo peor de todo era que, en aquel momento, Caroline no era capaz de recordar más que una mínima parte de lo que le habían dicho. Sería el hazmerreír. Todos terminarían en prisión a causa de las deudas.
Caroline giró sobre sí misma con deseos de pasear por la habitación para aliviar parte de la tensión que sentía instalada en su vientre, pero no podía. Podría deshacer el peinado. Tampoco podía sentarse por temor a arrugar aquella especie de vestido transparente, como comenzó a llamarlo mentalmente. Dios, ni siquiera podía abanicarse por si los cosméticos que le habían echado en la piel desaparecían.
Así que se quedó parada en medio de la habitación, muerta de angustia.
¿Qué pasaría si nadie la miraba esa noche? ¿Y si la miraban y se reían de ella? ¿O si se sentían indignados? ¿Y si no tenía nada que decir? O peor aún, ¿decía lo que no debía? ¿Habría solteros en la ópera? Bueno, claro que habría solteros, se dijo a sí misma.
Londres estaba llena de petimetres. Pero ¿habría algún soltero elegible, alguno que sirviera a sus propósitos?
Y ¿qué pasaría si...?
—Dios mío, estás hermosísima.
Caroline dio media vuelta al oír la voz del vizconde. Pero antes de que pudiera hablar, sintió que el moño se le inclinaba hacia un lado.
Rápidamente levantó la mano para colocarlo en su lugar, pero no sabía cuánta fuerza debía aplicar. Cuando el vizconde entró en la habitación, Caroline tenía las manos revoloteando alrededor de su pelo, preguntándose qué podía hacer.
Afortunadamente, el vizconde estiró los brazos para agarrarle las manos y bajárselas.
—No, no. Tu cabello está perfecto. No lo toques.
—¡Ay! —exclamó Caroline, mirándose nerviosamente en el espejo y luego al vizconde—. No sé qué hacer...
—Shhhh —susurró el vizconde—. Estás perfecta. Da un paso atrás y déjame que te mire.
Caroline obedeció, soltando las manos de las del vizconde al moverse hacia atrás. Dio unos pasitos con la mirada fija en el suelo. A pesar de los cumplidos del vizconde, la invadía una enorme timidez.
Seguramente, él sólo le decía aquellas cosas bonitas para fortalecer su confianza, y no porque fueran verdad. A Caroline le preocupaba que si daba un paso en falso la imagen se desmoronara.
En realidad, estaba preocupada por muchas cosas, pero, por encima de todo, se sentía extraña, como si su cuerpo ya no le perteneciera.
—Mírame.
Requirió más disciplina de la que se imaginó, pero, finalmente, Caroline se obligó a levantar la vista.
Lo primero que vio fueron los pantalones oscuros de Mikaelson, negros y perfectos, que delineaban hermosamente los músculos de sus muslos. Luego pasó rápidamente los ojos por encima de la chaqueta negra y la corbata blanca como la nieve. Y se detuvo en la cintura apretada y en los enormes hombros. Unos centímetros más arriba, vio mechones de su cabello rubio oscuro rodeándole la oreja, con un corte de moda que ella no conocía. Finalmente, llegó al rostro. Tenía los labios curvados en una sonrisa, pero fueron los ojos los que atrajeron la mirada de Caroline. Parecían arder al observarla. Sólo era un reflejo de la lámpara, pero, en realidad, no importaba.
La mirada del vizconde parecía tan llena de admiración que literalmente resplandecía.
Y estaba fija en ella.
—¿Qué miras? —preguntó el vizconde.
—A usted —susurró Caroline—. Sólo a usted.
El vizconde sonrió más abiertamente, alzando las comisuras de los labios, lo que atrajo la mirada de Caroline hacia su boca.
—Y yo sólo te veo a ti. —Luego dio un paso hacia ella, con la mano extendida. Sin pararse a pensar, Caroline apoyó sus dedos sobre los de él.
El vizconde la llevó hasta el espejo y se colocó detrás de ella, mientras la hacía girar para que la muchacha pudiera ver su propio reflejo. Pero Caroline no se fijó en sí misma. Lo vio a él, a su espalda, con las manos suavemente apoyadas sobre sus brazos, acariciándola con los pulgares.
—¿Lo ves? —le susurró el vizconde al oído—. ¿Ves lo que todos los hombres admirarán esta noche?
Niklaus levantó la barbilla de Caroline y la hizo girar ligeramente hacia la derecha.
—¿Ves la suave extensión de tu piel? ¿Ves cómo tus senos son acariciados por la tela y, sin embargo, parecen firmes y llenos? Estás espléndida.
Ella lo sentía.
—Resplandeces y una sola mirada tuya hará arder a cualquier hombre.
Caroline se sonrojó al oír aquellas palabras. No podía evitarlo. La idea de que ella, la hija de un clérigo, pudiera hacer arder a un hombre le parecía absurda. Pero, en ese momento, las manos de lord Mikaelson acariciaron sus brazos, transmitiéndole calor a través de la piel.
Él se acercó todavía más y rozó con los labios la oreja de Caroline, echando su aliento en el oído de la muchacha, haciéndola estremecer.
—Tienes la estatura perfecta —le susurró el vizconde, mientras deslizaba las manos por las de Caroline hasta apoyarlas sobre sus muslos —. Tus piernas tienen la forma que les gusta a los hombres. Son fuertes para aferrarlo. Largas para atraerlo. —Luego el vizconde cerró ligeramente la mano, recogiendo un poco de tela, y comenzó a frotarla contra la piel de la muchacha—. ¿Cómo se siente esto?
Caroline se estremeció; no pudo evitarlo. Después de la experiencia de la cera de esa tarde, sus piernas vibraban hasta con el contacto más suave. Seguramente, el vizconde lo sabía porque no levantó más el vestido, pero lo frotó hacia delante y hacia atrás contra la piel de ella.
—¿Cómo se siente esto? —repitió.
—Como si fuera otra persona. Una extraña en un cuerpo nuevo.
—No eres una extraña —dijo el vizconde con la cabeza inclinada sobre la nuca de Caroline—. Sólo eres tú como estabas destinada a ser. —El aliento del vizconde acariciaba con su calor la piel de la muchacha alrededor del cuello y ella sentía un cosquilleo en el pelo—. Hermosa. —El vizconde la besó justo encima de la clavícula—. Seductora. —Y luego la mordió. Fue un mordisco suave, pequeñito, pero ella sintió que explotaba.
Contuvo la respiración, y su cuerpo se puso tenso—. ¿Lo sientes? —siguió diciendo el vizconde mientras continuaba mordisqueándola, besándola y lamiéndola en el cuello.
—Le siento a usted —susurró Caroline.
—Pero tu cuerpo... ¿Notas la tensión?
Caroline cerró los ojos y sintió el ovillo que tenía en el estómago, el temblor de su respiración.
—Sí —susurró.
—¿Sientes los pechos apretados ?
Caroline no respondió. No estaba segura. Luego, con un lento movimiento continuo, el vizconde le acarició uno de sus pechos desde la base hasta la punta del pezón erecto.
Caroline se quedó sin aire, y le pareció que un rayo acababa de atravesarla.
—¿Ves cómo este vestido me muestra eso? ¿Ves tus senos hinchados?
La muchacha abrió los ojos, con deseos de ver lo mismo que él. Pero sólo pudo observar su propia imagen en el espejo. Y, de nuevo, le dio la sensación de que no era ella, sino una mujer joven que parecía destilar sexualidad. Tenía los labios rojos. Los senos erguidos. Apretados.
—Sí —afirmó. Y mientras hablaba se recostó contra él porque sentía que las piernas ya no podían sostenerla.
—A los hombres les gusta ver los pezones. Les gusta ver a una mujer excitada.
Caroline cerró los ojos de nuevo, deleitándose con la sensación de tenerlo detrás, sosteniéndola, mientras los labios del vizconde seguían jugueteando a lo largo de su hombro y su cuello.
—¡Mírate! —le ordenó el vizconde, y Caroline abrió los ojos enseguida—. Ésta es la imagen de una mujer. Mira tus labios.
Ella lo hizo. ¿Cuándo se los había humedecido? No lo sabía, pero estaban llenos, rojos y resplandecientes a causa de la humedad. Y sus ojos. Estaban abiertos, muy abiertos y... un poco aturdidos.
—¿Soy hermosa? —preguntó con una voz que parecía un murmullo gutural.
—Ahhh —gruñó el vizconde al oír la pregunta de Caroline—. Me dejas sin aliento.
Luego comenzó a mordisquearla más arriba y la besó en el hombro, rozó su cuello y, finalmente, le lamió el lóbulo de la oreja con la lengua.
—Tengo un regalo para ti —susurró.
Caroline se estremeció mientras el aliento del vizconde se deslizaba sobre la saliva que había dejado en su oreja. Luego el hombre estiró los brazos hasta rodearla completamente. En la mano tenía un estuche.
Esperó hasta captar la atención de la muchacha.
Ella estaba tan extasiada mirando la oscura barbilla del hombre contra la blanca piel de su cuello que apenas se dio cuenta. Con un lento movimiento, Caroline miró las manos del vizconde, sintiendo curiosidad por saber qué era lo que sostenía. Él abrió el estuche. En su interior, había un juego de pendientes dorados, increíblemente largos, con piedras azules que colgaban resplandecientes de un extremo.
—Me han costado caros, aunque son de cristal. Pero estoy seguro de que el gasto merecerá la pena. —El vizconde se movió, levantando uno de los pendientes—. Déjame que te los ponga.
Sin pensarlo, Caroline ladeó ligeramente la cabeza para facilitar la labor del vizconde y sintió su sonrisa contra la piel. Cuando Niklaus levantó las manos, le rozó los senos con los brazos.
Caroline sintió un nuevo estremecimiento. El vizconde sonrió más ampliamente cuando terminó de ponerle el primer pendiente.
—Cierra los ojos —susurró.
La muchacha obedeció, y él le empujó suavemente la cabeza hacia el otro lado para ponerle el otro pendiente. Luego sucedió algo extraño. El vizconde comenzó a besarla con más intensidad. A acariciarla. A lo largo de todo el cuello. Pero con el contacto de los pendientes sobre la piel y el aliento del hombre, ella ya no pudo distinguir entre las caricias de él y el roce de las joyas.
—Te estoy besando, Caroline —dijo el vizconde,
Aunque ella se preguntó cómo podía besarla y hablarle al mismo tiempo.
Caroline respondió sin pensar.
—Sí —susurró.
—Te estoy lamiendo. —Caroline sintió cómo el cálido aliento del vizconde se deslizaba por sus hombros. ¿O acaso era una de las piedras azules?
—Sí.
—Te deseo porque eres la criatura más increíble que hay sobre la tierra.
La muchacha sonrió porque sabía que el vizconde estaba alimentando su ego, un truco que le ayudaría a fortalecerla a lo largo de la velada de esa noche. Pero a Caroline no le importó.
Cuando él lo dijo, ella le creyó. Y si tenía dudas, allí estaban sus labios sobre su cuerpo, para decirle exactamente lo que quería oír.
Era hermosa. Y él la deseaba.
—Ahora, abre los ojos.
Caroline los abrió y se asombró al ver que el vizconde estaba en el otro extremo de la habitación.
La sensación de sus labios sobre los hombros procedía de los pendientes, no de él. Ese calor creciente no provenía de su aliento sino de su propio interior.
El vizconde le sonrió.
—Serás mi mejor novia
Caroline se enderezó, sintiéndose de repente muy confundida.
—¡No! —le gritó el vizconde, dando un paso hacia delante—. No te avergüences. Caroline, te di esos pendientes para que recuerdes. Esta noche, si te sientes extraña o confundida, sólo ladea un poco la cabeza.
La muchacha hizo lo que le decía, notando cómo el pendiente volvía a acariciar su piel.
—¿Lo sientes? ¿Recuerdas?
Caroline se mordió el labio y una lenta sonrisa se dibujó en su boca.
—Sí. Lo recuerdo.
—Y cuando caminas, ¿recuerdas mis manos sobre tus piernas?
Ante su invitación, Caroline dio un paso inseguro hacia el frente. La tela del vestido se deslizó por sus piernas, produciendo una descarga de turbadora percepción a través de todo su cuerpo.
—Sí —susurró, asombrada y un poco abrumada por la sensación.
—Entonces estás lista. —Con un gesto de cortesía, el vizconde le ofreció su brazo.
Ella lo tomó con tranquilidad, casi con elegancia, y fue recompensada por su manera de actuar.
Caroline se irguió y le devolvió la sonrisa al vizconde.
—Sí —dijo con suavidad—. Estoy lista.
La ópera estaba llena de gente.
El viaje en carruaje fue bastante corto. Con el vizconde y la baronesa sentados frente a ella, mirándola con ojos severos y escrutadores, Caroline apenas pudo respirar, y mucho menos relajarse.
Pero luego se bajó del coche, tomó la mano del vizconde y miró a su alrededor. Por todos lados había mujeres hermosas, caballeros apuestos y ricos. Dinero, riqueza y joyas. Eso fue lo que único que pudo apreciar.
Gracias a los cumplidos que el vizconde le susurraba, Caroline se sentía como si fuera lo suficientemente hermosa como para competir con aquellas mujeres. Y cuando sentía que su confianza flaqueaba, lo único que tenía que hacer era fijarse en las miradas de admiración de los hombres jóvenes.
Sus cómicos intentos por llamar la atención de la muchacha resultaban bastante evidentes.
Los hombres mayores eran muy distintos. Esos caballeros le sonreían, y muchos la miraban descaradamente de arriba abajo, lanzándole miradas de desprecio, arrogantes. Sin embargo, aquellas miradas estaban llenas de un deseo que minaba la seguridad de Caroline. La hacían sentir sucia, inmoral. Si no hubiera sido por las sonrisas de apoyo del vizconde a su lado, Caroline habría dado media vuelta para salir corriendo.
Pero no podía hacerlo. Así que empezó a repetirse a sí misma: soy hermosa. Luego ladeaba la cabeza y sentía cómo los pendientes le hacían cosquillas en la piel.
Soy hermosa.
Soy hermosa.
Soy pobre.
Aquel pensamiento se deslizó como un viento maligno por debajo de sus defensas, poniendo de manifiesto lo que todo el mundo podía ver.
La principal diferencia entre ella y el resto de las mujeres que asistían a la ópera era que, a excepción de sus pendientes falsos, Caroline no llevaba ninguna joya. Ni siquiera una horquilla que decorara su cabello. Su vestido era sencillo, sus zapatos, simples. Si lo llevara escrito en el corpiño, no podría haber gritado su pobreza con más claridad.
Qué extraño, pensó de manera irreverente. Nunca antes se había dado cuenta de lo palpable que era la riqueza, los adornos externos, la exhibición ostentosa. Siendo la hija de un clérigo, nunca había notado la ausencia de esos lujos. No se esperaba que la hija de un clérigo se adornara con cosas finas.
Ahora, por primera vez, veía lo importantes que eran las joyas y la ropa cuando se estaba en sociedad. El dinero se podía ver en el corte de cada abrigo, en el susurro de la seda de los vestidos de las damas y en las joyas que resplandecían en los cuellos, muñecas y dedos de todas las mujeres.
Ellos eran ricos y ella, pobre.
Por primera vez, comprendió por qué su padre trataba de entablar amistad con la gente rica de la parroquia.
Ahora veía que aquél era el ambiente en el que su padre aspiraba a moverse. Allí estaban las personas influyentes con las que quería codearse. Pero para estar entre ellos uno tenía que ser rico.
—¿En qué estás pensando? —le susurró el vizconde al oído.
—Que nunca formaré parte de ellos. No hasta que no me case con un hombre muy rico.
—Jamás formarás parte de ellos.
Caroline se sorprendió ante la crudeza de la afirmación del vizconde, y se habría caído si él no la estuviese sosteniendo. Pero antes de que pudiera articular una pregunta, el vizconde siguió hablando, explicando su frío comentario.
—La riqueza en sí misma no es tan importante, Caroline. Es el poder que trae el dinero. Por desgracia, ninguna mujer puede alcanzar poder. Su única influencia procede de su marido. Y es probable que tu esposo sea demasiado viejo para dominar aquí.
Caroline se movió ligeramente en el sitio y habló con una mezcla de sorpresa y esperanza en la voz.
—Pero ¿cuando quede viuda...? —preguntó.
—En ese momento, podrás usar tu dinero para comprar un marido influyente. Pero nunca se te permitirá ejercer el verdadero poder.
La muchacha vaciló, confundida por las palabras del vizconde, y enseguida hizo la pregunta obvia:
—Entonces, ¿por qué estoy haciendo esto?
Lord Mikaelson guardó silencio un instante y se dio la vuelta para mirarla directamente a los ojos.
—Tener poder y llevar una vida cómoda y feliz en la vejez son dos cosas totalmente distintas.
En ese momento, Caroline comprendió por fin la tarea del vizconde. Él no la estaba salvando de un matrimonio sin amor, ni entregando los medios para que controlara a la gente que quería utilizarla. Sólo intentaba ayudarla a encontrar la tranquilidad. Una forma de ser lo suficientemente independiente para buscar su propio futuro.
—Y no olvides a tus hermanos. Haz un buen papel aquí y podrás evitar que corran un destino semejante. Tu hermana podrá tener una verdadera presentación en sociedad, tu hermano podrá acceder al ejército.
Caroline esbozó una sonrisa.
—También estoy comprando su libertad. —El vizconde bajó la cabeza con un gesto que reconocía su afirmación de la manera más cortés posible. Pero mientras se inclinaba, su mano hizo algo totalmente distinto.
Acarició el muslo de Caroline. Fue sólo un roce, pero otra vez la increíble sensibilidad de las piernas de la muchacha hizo que un cosquilleo recorriera su piel como había sucedido antes.
—Sonríe, Caroline —le susurró el vizconde—. Hay alguien que quiero que conozcas.
