CAPÍTULO 10. DISLOCACIÓN
Los dos disparos que se escucharon en el interior de la nave aún resonaban en sus oídos. Clarke y Lexa se miraron con los ojos muy abiertos. Silencio. Nada se escuchaba en el interior del local, ni quejidos de dolor ni gritos ni conversaciones. Dejaron de mirarse cuando vieron salir corriendo a los dos hombres que habían entrado unos minutos antes. Se montaron en un coche y se alejaron de allí quemando ruedas.
Lexa reaccionó y cogió su arma dispuesta a salir del coche.
—¡Quédate aquí! —le dijo a Clarke—. Llama a emergencias y di que has oído disparos y que ya hay un policía dentro.
En cuanto Lexa salió del coche en dirección hacia la nave, Clarke hizo la llamada a emergencias y, tras contar lo ocurrido, le dijeron que enviarían a una ambulancia lo más rápido que pudieran, pero que había ocurrido un accidente en cadena en la autopista y que no podían decirle el tiempo que tardarían. Clarke colgó maldiciendo el sistema.
—¿Para esto pagamos impuestos?
Lexa había entrado hacía apenas un minuto cuando Clarke vio a alguien acercarse a la nave por la parte contraria a la entrada principal, por donde había entrado la detective. Parecía un mendigo, y Clarke pensó que a lo mejor había escuchado los disparos y venía a curiosear. Al verlo meterse por una ventana de la parte más alejada de la puerta principal, decidió que debía avisar a Lexa.
Una vez dentro, escuchó la voz de la detective y los quejidos de Roan.
—Tranquilo, respira poco a poco, la bala se ha quedado superficial…
La luz de las farolas de la calle apenas iluminaba el interior, pero consiguió distinguir la figura de Lexa arrodillada sobre Roan, que estaba tendido en el suelo en mitad de la nave.
—¡Lexa, soy yo! —dijo cuando estaba apenas a unos metros de ella.
La policía levantó la vista y la vio.
—¿Qué demonios haces aquí?
—Ha entrado un mendigo por la parte de atrás, igual aparece por aquí.
—¿Estás segura de que es un mendigo?
—Creo que sí… ¿Cómo está Roan?
—Una bala en el hombro y otra en el móvil.
Lexa le mostró el móvil hecho añicos sobre el suelo.
—Gracias a eso la bala del pecho ha profundizado poco, no ha dañado nada vital.
—Eres un tío con suerte.
—Sí… suerte… mis cojones —dijo Roan entre jadeos de dolor.
—Clarke, aléjate de la luz, espera fuera o escóndete… Allí hay una especie de oficina.
Lexa le señaló una puerta en uno de los laterales de nave y Clarke asintió.
—Y lleva cuidado con los fosos.
El lugar era un antiguo garaje y en el suelo había varios fosos profundos, donde los mecánicos se meten para arreglar los bajos de los vehículos. Clarke hizo lo que le pidió la detective, y se dirigió hacia esa zona.
—¿Cómo cojones sabíais dónde estaba? —musitó Roan.
—Nos has llamado porque tus colegas te habían propuesto una cita que te pareció sospechosa —se apresuró a decir Lexa—, ¿no te acuerdas? —y le guiñó el ojo.
—Si tú lo dices…
—Sí, lo digo yo, lo dice Clarke y lo dices tú, ¿entendido?
Roan afirmó con la cabeza con gesto de dolor. Mientras, Clarke estaba llegando a la pared lateral cuando el mendigo apareció de repente de entre las sombras a unos metros de ella. La detective se dio cuenta y levantó su arma.
—¡Eh! ¡Policía de Los Ángeles! ¡Alto!
Pero el tipo se asustó y salió corriendo llevándose a Clarke por delante, que cayó de mala postura a uno de los fosos. Su quejido de dolor traspasó la nave y paró el corazón de Lexa, que recorrió como un rayo los metros que la separaban del hueco por el que había caído su compañera. Renunció a perseguir al mendigo, que ya estaba en la calle y que, además, poco tendría que aportar como testigo del tiroteo, y se lanzó al foso sin pensárselo dos veces.
—¿Qué tienes, Clarke?
Clarke estaba caída de lado, sobre su hombro derecho y casi no podía respirar del dolor tan intenso que la traspasaba.
—El… hombro.
Lexa sacó una linterna del bolsillo de su cazadora e iluminó toda la figura de Clarke, que quedó deslumbrada con la luz.
—Que me dejas… ciega… ¡Agh! —volvió a quejarse de dolor.
La detective dejó la linterna en el suelo y se arrodilló a su lado.
—Voy a intentar ponerte sentada, ¿de acuerdo?
—Vale.
Lexa la rodeó con sus brazos por la cintura y atrajo el torso de Clarke hacia ella, hasta levantar el tronco y apoyarle la espalda en la pared del foso. Todo ello aderezado por los quejidos de la chica.
—¿Puedes mover la mano?
Clarke movió los dedos de la mano.
—Bien, voy a tocarte el hombro, sólo palpar, si te hago daño me lo dices.
—Es imposible… que me hagas más daño… del que siento.
Lexa metió su mano por el cuello de la camiseta de Clarke y le palpó el hombro.
—Creo que… se me ha dislocado…
—Sí, eso creo yo también.
Cogió la linterna y le abrió el cuello de la camiseta para ver si tenía alguna herida abierta.
—Creo que no hay nada roto, ni herida. ¿Quieres que te lo coloque?
—¿Qué? No… joder… eso duele mucho, ¿no?
—Sí.
—Que me anestesien cuando vengan los de la ambulancia y ya está.
—¿Crees que puedes ponerte de pie y subir por una escalera?
—No veo ninguna escalera.
—Saldré y buscaré una.
—Ahora mismo no, Lexa, por favor, no me muevas más.
—¡Por cierto, yo sigo bien, gracias por preguntar! —Roan gritó desde su trocito de suelo.
—No vas a morir, Roan, la ambulancia vendrá enseguida —dijo Lexa.
—Igual no tan pronto… ha habido un accidente muy gordo en la autopista y está urgencias colapsado… más o menos. ¡Joder, qué dolor! Cuéntame algo o dame un golpe en la cabeza y déjame inconsciente o lo que sea, por favor.
—Te voy a hacer un cabestrillo, eso relajará un poco la articulación.
Entonces, Lexa se quitó la cazadora y, ante la mirada curiosa de Clarke, se despojó también de la camiseta y se quedó en sujetador. A través de su dolor, Clarke podía sentir otra punzada, pero de deseo al ver ese bello cuerpo que tenía ante sí. La detective volvió a ponerse la cazadora sobre su piel desnuda y cerró la cremallera. La camiseta era de manga larga, así que, con un par de diestros movimientos, hizo un cabestrillo donde apoyó el brazo de la paciente. Mientras le anudaba las mangas de la camiseta al cuello, a Clarke le fue bastante difícil no mirar por el hueco superior que dejaba la cremallera de la cazadora y que tenía frente a su cara… Entre el dolor y esa visión se estaba mareando.
—Ya está… ¿De qué quieres que te hable?
—¡Hablad de la última vez que follasteis, así me entretengo yo también!
—¡No te soporto, tío! —alzó la voz Clarke todo lo que su dolor le permitía.
Entonces Clarke tuvo un espasmo bastante violento y soltó un nuevo grito por el violento movimiento.
—Estoy helada.
Lexa se quedó mirando sin saber muy bien qué hacer. Se llevó la mano a la cremallera de la cazadora para quitársela, pero pensó algo mejor.
—Me voy a poner detrás, ¿de acuerdo? Si te hago daño me avisas.
Y se metió ágilmente entre la pared y la espalda de Clarke, rodeó con sus piernas las caderas de la chica y con los brazos su torso para darle calor. Si no fuera por la situación, ese contacto físico las habría martirizado mucho.
—¿Mejor?
Clarke asintió, y una oleada de calor invadió su cuerpo. Un calor placentero, que no sólo provenía del cálido cuerpo de Lexa, sino que también era generado por el suyo propio.
Tras un minuto de silencio, Clarke emitió un leve quejido de dolor. Tenía que mantener la mente ocupada.
—¿Por qué eres policía?
—Pues… estuve pensando en ser militar, como mi padre adoptivo, pero me di cuenta de que me interesaba más encerrar a gente indeseable… No hay más misterio que ese. Creo que siempre supe que quería ser policía.
—Pues qué historia más corta —se quejó Clarke—. ¿Has matado alguna vez alguien?
Lexa alzó las cejas sorprendida por la preguntita. Se quedó callada unos instantes antes de responder.
—Sí. En una de mis primeras misiones… era una misión en teoría fácil, un grupo de recién salidos de la academia acompañamos a otro grupo más experimentado… Era una redada de trata de blancas. Nos mantuvimos a cierta distancia, pero la cosa se complicó y una bala perdida acabó en el pecho de… una compañera. Vi quién había sido, me levanté y apreté el gatillo… varias veces. Los dos murieron. Ella… en mis brazos.
A Lexa le dolían esos recuerdos, pero había aprendido a narrarlos como ajenos a ella, con frialdad, era de la única manera en la que podía hacerlo sin romperse.
—Lo siento… ¿La conocías mucho?
Clarke notó cómo asintió sobre su pelo.
—Desde la academia. Era… alguien especial para mí...
—¡Quiere decir que se la tiraba! —bramó Roan.
Lexa cerró los ojos por el dolor que le producía el recuerdo.
—¡Cállate, gilipollas! —contestó Clarke.
—Estuvimos todo el tiempo riendo, haciendo el tonto, sin miedo al peligro… Si hubiera estado atenta habría visto al tipo apuntar hacia nosotras.
—No podías preverlo, Lexa.
—Se llamaba Costia… —hablaba despacio, tomándose su tiempo—. Estaba embelesada con ella… y el amor nos hizo vulnerables. En una profesión como la mía, el amor nos debilita.
Clarke frunció el ceño.
—¿Y eso qué significa? ¿Que renuncias al amor?
—Si está en mi mano, sí.
El gesto de Lexa era firme.
—Eso es muy triste.
—Perder a alguien que te importa mucho también lo es.
Tras unos segundos de silencio, Clarke volvió a hablar.
—Yo no podría renunciar nunca al amor. El amor te hace fuerte, no débil.
—Tú tienes unas experiencias, yo tengo otras… ¿Te has enamorado alguna vez, Clarke?
—Sí… supongo.
—No. No lo has hecho. Si lo hubieras hecho no lo dudarías —sentenció Lexa.
Clarke se removió sobre el cuerpo de Lexa y se aguantó como pudo un quejido de dolor.
—En otras circunstancias te replicaría, pero… ahora mismo no puedo pensar.
—No tiene importancia… descansa.
Roan callaba ahora. Y Clarke también. El silencio se instaló en la nave durante unos minutos. Clarke apenas podría pensar o sentir más allá de su dolor, pero Lexa sí que podía sentir todo lo que ese contacto físico le estaba provocando. Quería ser profesional, quería ser una compañera, una amiga, pero no la sentía como tal. Estaba inmóvil, sin mover un músculo, porque lo que realmente le apetecía era apretarse contra el cuerpo de Clarke, apartarle el pelo y besar su cuello, deslizar la mano dentro del escote de la camiseta, sentir sus pechos, descender hasta el pantalón y sentir su sexo entre sus dedos… Lexa tenía la boca seca y la entrepierna húmeda. Se maldijo por no controlar su cuerpo en una situación así, con una civil entre sus brazos muriendo de dolor… Decidió que aprovecharía el silencio para meditar, como siempre, para llevar su mente lejos de allí. Pero un temblor súbito de Clarke la trajo de nuevo a la realidad e, instintivamente, Lexa se pegó aún más si cabe a su cuerpo, que intentó cubrir mejor con sus brazos.
—¿Estás bien?
—No puedo soportarlo, Lexa. ¿Si me metes el hombro pasará el dolor?
—Se calmará, sí.
A Lexa le rompía el corazón verla así. En esos momentos, además de los síntomas de la atracción física, sentía una inmensa ternura hacia esa mujer que temblaba entre sus brazos como un cachorrillo desamparado.
—¿Lo has hecho alguna vez?
—A un muñeco… y a un compañero de la academia.
Clarke giró el cuello todo lo que pudo para encontrarse con la mirada de Lexa, que bajó la cabeza para hacerlo posible. La detective le sonrió dándole confianza.
—Hazlo.
Lexa salió con cuidado de debajo de su cuerpo y volvió a ponerse de rodillas junto a ella.
—Tienes que tumbarte bocarriba.
Clarke, con su ayuda, hizo lo que le pidió. Entonces, la detective le cogió del brazo derecho y le puso la mano hacia arriba, con el codo formando un ángulo de noventa grados.
—Voy a contar hasta tres. Sé que es difícil, pero intenta relajarte… Uno-
Y antes del dos, Lexa tiró del brazo de la forma adecuada para que la articulación volviera a su lugar. El alarido que dio Clarke llegó bastante más allá de los muros de la nave.
—Hija… de… puta —logró articular casi sin respiración.
—Lo siento, Clarke.
Clarke estaba blanca y su mirada desenfocada.
—Creo que… me voy a… desmayar.
Y la chica cerró los ojos y su cabeza cayó inerte hacia un lado. Lexa se apresuró a sentarla de nuevo y se colocó otra vez tras ella para protegerla del frío suelo. E, instintivamente, comenzó a acariciarle el pelo.
—Se ha muerto ya, ¿o qué? —bramó Roan.
—Ha perdido el conocimiento por el dolor.
—Podrías venir a arroparme a mí también, estoy helado, he perdido mucha sangre.
—He revisado tus heridas y ninguna de ellas es mortal, así que aguántate. Por cierto, ¿no se les ocurrirá a los que te han disparado venir a por ti, a deshacerse del cuerpo?
—No, han vaciado esto, se piensan que les he delatado, así que por aquí no vienen más ni locos.
Lexa volvió su atención a Clarke, que parecía que poco a poco recuperaba la consciencia. Pero no dejó por ello de acariciarle el pelo con su mano derecha. Entonces Clarke elevó su brazo libre hasta encontrarse con la mano izquierda de la detective, que descansaba sobre su hombro. Y así permanecieron durante casi diez minutos, en silencio, Lexa acariciándole el pelo, y Clarke cogiéndola de la mano, hasta que fueron interrumpidas por el sonido y las luces parpadeantes de la ambulancia.
Una hora más tarde, Roan estaba siendo operado para extraerle las balas, y Clarke descansaba tumbada en la camilla de un box de urgencias. Su madre, Abby, que era médico del hospital, estaba observando la radiografía del hombro de su hija, mientras que Lexa esperaba pacientemente de pie junto a la camilla, con las manos cogidas en la espalda. La madre de Clarke era una mujer de casi cincuenta años muy bien llevados, menuda, de pelo largo castaño y mirada inteligente.
—Has hecho la maniobra muy bien —dijo Abby mirando a la policía—, gracias. No va a haber secuelas —se dirigió a su hija—. En unos días estarás bien, cariño.
—¿Me puedes drogar un poco más, mamá?
—Enseguida te hará efecto lo que te he dado, será suficiente.
Entonces Abby se acercó a Lexa y la cogió del brazo.
—Te agradezco tu actuación con mi hija, pero me pregunto por qué estaba ella en ese sitio, es investigadora, sí, pero no es policía y-
—Mamá —se apresuró a intervenir Clarke—, fue decisión mía, no fue culpa de Lexa, es más, ella me estaba cubriendo las espaldas.
Abby miró a su hija, después a Lexa, que seguía callada, y comprendió que no tenía más que hablar.
—Si ha sido así… Sólo espero —miró a la policía intensamente— que no la metas en ningún lío… peligroso.
—No lo permitiré —sentenció seria Lexa.
La madre de Clarke miró de nuevo a su hija y se encaminó hacia la puerta.
—Ahora te veo, cariño.
Y salió del box. Clarke se sentía mal por Lexa, por tener que aguantar, encima, las advertencias de su madre.
—Perdona, Lexa.
—No importa, entiendo a tu madre, se preocupa por ti… ¿Estás mejor?
—Sí. Perdona también por llamarte "hija de puta".
La detective sonrió.
—El dolor es muy traicionero.
—Lexa, no es necesario que esperes a que me den el alta, márchate si quieres, es ya muy tarde. Mi madre me llevará a casa en cuanto acabe el turno.
—Te puedo llevar yo, si quieres.
—No es necesario, de verdad, márchate cuando quieras.
Las dos se sonreían con dulzura en el momento en el que Raven entró como una flecha en el box.
—Clarke, cielo, ¿cómo estás?
Ignoró a Lexa y se sentó al borde de la cama cogiendo las manos de Clarke.
—Bien, bien, no te preocupes. ¿Cómo que te han dejado entrar?
—He llamado a tu madre y me ha colado. Luna está fuera.
—Bueno, yo ya me iba —dijo la detective.
—Ah, hola, Lexa… qué poco me la cuidas, ¿eh? Por cierto, a la Luna que está fuera la conoces, es tu ex.
Lexa frunció el ceño con perplejidad y Clarke puso los ojos en blanco. Su amiga era una bocazas.
—¿No te lo ha dicho Clarke? Estoy saliendo con Luna Sailor.
Lexa no sabía qué decir.
—Okey… Pues… dale recuerdos míos.
—Lo haré.
—Eh… me voy.
Lexa levantó la mano para despedirse y también lo hizo Clarke.
—Hasta mañana, Lexa.
—Hasta mañana, Clarke.
Raven las observó con media sonrisita de chica lista.
—¿Mmm? ¿Me he perdido algo? ¿Es que te ha metido algo más aparte del hombro?
—Qué pedazo de animal eres, Reyes.
—¿Y esa sonrisilla? ¿Eh?
—Es que estoy medio drogada, ¿no lo ves? Aquello dolía como mil demonios.
—¿Quieres que siga a Lexa y le diga dónde está Luna y las presento? Bueno, ya se conocen, quiero decir que las presento de nuevo.
—Reyes, tranquilízate, corazón. ¿Por qué no buscas a mi madre para que me den ya el alta y me llevas tú a casa?
Y así lo hizo. Reyes buscó a la madre de Clarke y dejó a esta sola en el box, sumida en confusos pensamientos… o no tan confusos. No echaba de menos el dolor del hombro, pero sí el cuerpo de Lexa alrededor del suyo. Eso era indiscutible. Como reconoció a su amiga Raven, la detective Woods la atraía. Y mucho. Y lo sabía.
