DRACO DORMIENS NUNQUAM TITILLANDUS
Segunda parte: El comienzo
Capítulo X
Bedwyr, el Valiente
El monótono discurso del instructor de esgrima le sumió en un profundo estado de sopor. No hacía ni media hora que había cenado y lo que menos le apetecía en ese momento era permanecer allí de pie en el patio de la casa condal como mero observador. Le echó un vistazo a Gilbert que, delante de su maestro, se apoyaba a duras penas sobre un sable clavado en el suelo; un yelmo de metal colgaba de su mano izquierda y parecía tan aburrido como él. Se sorprendió una vez más de ser el vivo retrato de su hermano mayor. Ambos eran altos, tenían los ojos claros y el pelo del color de la arena, liso y fino; sus facciones parecían cortadas por el mismo patrón: mandíbula cuadrada, nariz chata, boca pequeña. Muchas veces, para el gran disgusto de Gilbert, les habían preguntado si eran mellizos. Sin embargo, en lo tocante al carácter, no podían ser más diferentes. Como su padre solía decir a los extraños, eran azúcar y sal.
—Anselm, estoy cansado de escucharte —le espetó Gilbert al maestro tras proferir un sonoro bostezo—. No quiero dar clase ahora…
—Pero su padre ha dicho… —intentó balbucir Anselm.
—Bedwyr, haz algo útil y ayúdame a quitarme la armadura —ordenó el adolescente, no sin dejar traslucir una nota de desprecio en la voz.
Bedwyr puso los ojos en blanco, pero acudió corriendo a cumplir sus funciones de escudero en ciernes. Cruzó la arena de combate en apenas unos minutos, a pesar de las vanas protestas del profesor. No habían trascurrido ni quince minutos desde que había comenzado la clase, pero Gilbert no solía atener a razones. No era cuestión de terquedad, sino de pereza. El hijo mayor del conde estaba acostumbrado a la inconstancia y a hacer siempre lo que le venía en gana, con lo que poco podía hacer el pobre Anselm para que cambiara de parecer. Bedwyr, que lo sabía muy bien, quitaba, pieza a pieza, aquel delgado armazón de hierro que aprisionaba el cuerpo enjuto del advenedizo aspirante a caballero. No era una armadura de verdad, sino una coraza fina trabajada por el herrero de sir Geoffrey para aquellos menesteres de aprendizaje, así que en menos de cinco minutos, Gilbert se hubo librado de ella y pudo apartar de un empellón a su medio hermano, sin siquiera mirarlo.
Qué ganas tenía a veces de tirarle la dichosa coraza a la cabeza... Bedwyr apretó los dientes y frunció el ceño, pero no dijo ni media palabra. Se limitó a soltar una sarta de insultos malsonantes en su mente que parecieran describir al hijo de Belcebú.
—Ensilla mi montura —mandó el tirano de camino a los establos. Bedwyr le siguió en silencio hasta que el otro volvió a apretarle las cuerdas, como venía siendo su pasatiempo favorito desde que tenía uso de razón—. ¡Rápido! No tengo todo el día, bastardo.
Bedwyr apretó el paso de mala gana hasta las cuadras sin hacer caso del insulto. Si a algo estaba acostumbrado era a que lo llamaran bastardo. Después de todo, eso era lo que era: el hijo ilegítimo de un hijo ilegítimo. Bien haría en recordar Gilbert que su progenitor tampoco era vástago de la esposa del abuelo Richard. Esta situación había favorecido un trato especialmente benévolo para Bedwyr, trato que el heredero consideraba ‹‹del todo innecesario››.
El niño saludó a su caballo de pasada, en su camino al último departamento de las cuadras donde descansaba la yegua que pertenecía al ‹‹mendrugo›› de su hermano. Sacó a la mansa Briana, que, en opinión del chiquillo, se merecía mejor jinete. La ensilló todo lo rápido que pudo para evitarse un rapapolvo. Debía asegurarse de dejar las riendas bien cortas antes de entregárselas a Gilbert, que tenía tan poca destreza en equitación como ganas para la espada. Más vale prevenir que curar, dicen. Aunque, si lo pensaba bien, él se reiría muy a gusto si cierto noble arrogante se cayera a medio trote… En cualquier caso, le dio una palmadita cariñosa en el cuello a Briana en el momento en que Gilbert colocó el primer pie en el estribo.
Bedwyr tenía cierta afinidad con los caballos, siempre la había tenido. Cuando tenía seis años ya le gustaban los animales y, en general, ellos también lo querían a él. Su padre se había quedado anonado más de una vez al ver que muchas criaturas del bosque heridas buscaban instintivamente al pequeño, que tenía una extraña habilidad para cuidarlos y sanarlos. El conde había mantenido aquello en secreto, no fueran a pensar mal los vecinos; pero sí fomentó aquel don porque, en primer lugar, veía a su hijo feliz y en su elemento y, en segundo lugar, porque, con vistas al adiestramiento y doma de animales domésticos, podría resultar muy útil. Así fue.
Además, Bedwyr no tardó en sintonizar con los equinos y, observada esta preferencia, el conde decidió regalarle un potro por su octavo cumpleaños que despertó los celos de Gilbert en lo que se tarda en decir ‹‹injusto››. Era un soberbio frisón negro traído de Flandes, tozudo, rebelde e impetuoso. Todos los criados y mozos de cuadra pensaron que era flaco regalo. Sin embargo, no se resistió a la mano de Bedwyr o, como le llamaban en el condado, ‹‹el encantador de caballos››. Le puso por nombre Werreur, guerrero, y este se convirtió, sin ninguna duda, en la joya de la corona de los establos del conde de Eu.
Bedwyr vio marchar a su querido Gilbert sobre la grupa de Briana. Era una tarde no demasiado calurosa y el cielo irisado del crepúsculo aseguraba un paseo placentero y ameno por los verdes campos del feudo. No obstante, él tenía que trabajar. Se volvió a los establos donde todavía le quedaban botas y espuelas que abrillantar. Sin hacer caso del repugnante olor a excrementos, se sentó en un taburete, agarró un cepillo, lo untó en grasa y empezó su labor mientras silbaba una cancioncilla desenfadada. Entretanto, recordaba cómo su hermano vagueaba y maltrataba a la pobre yegua, que tenía ya marcas de espuelas en lugares insólitos. Al principio había pensado que aquel comportamiento era una venganza personal de Gilbert, que solo quería hacerlo enfadar. Luego, había comprendido que se trataba de una muestra de pura mezquindad… Las enseñanzas de sir Geoffrey sobre la protección del débil y el honor habían entrado en saco roto en lo que respectaba al primogénito.
—¿Bedwyr?
El chico levantó la mirada para toparse con los ojos interrogantes de su padre. Hablando del rey de Roma…
Bedwyr se puso en pie de inmediato y dejó caer el cepillo al suelo.
—Señor —contestó, casi con reverencia. Sintió de pronto la boca reseca y la voz ronca, como si llevara mucho tiempo sin hablar.
—Descansa, hijo. ¿Dónde se ha metido Gilbert? ¿Qué ha sido de la lección de esgrima?
Bedwyr se encogió de hombros y puso su mejor cara de inocencia. No era un chivato. No obstante, su padre echó una mirada en torno a la cuadra y constató las pruebas del delito:
—Briana no está. Mal rayo lo parta… —maldijo entre dientes—. Bedwyr, haz el favor de ir por él.
—No me hará caso —le informó Bedwyr, pero se dirigió obediente a la caja de Werreur, que le acogió con un relincho de regocijo.
—Por lo menos, vigílalo —le pidió su padre—. En cuanto me descuido, me revoluciona el condado entero.
—Sí, padre.
Tras acariciar el morro de su caballo, Bedwyr sonrió y asintió a su padre y, sin necesidad de silla, subió a lomos deWerreur y ambos salieron del establo precedidos por el noble señor. Este los vio partir al trote y a sus labios asomó una sonrisa triste. Bedwyr había cumplido los once años hacía tres meses y, no obstante, a veces, le parecía mucho mayor por lo sensato y lo despierto. Él mismo le había enseñado a leer, a escribir e incluso había contratado un profesor sajón para que aprendiera la lengua de su madre, como había sido el último deseo de ella antes de fallecer. Por lo demás, no destacaba mucho entre los personajes de la nobleza porque sus maneras eran toscas y rudas; estaba más acostumbrado a tratar con bestias que con personas. Sin embargo, tenía esa ingenuidad y ese espíritu benigno que hace a los niños niños. Era un buen chico. A veces, actuaba demasiado por su cuenta, pero, al parecer, era costumbre de todos los miembros de su familia… En definitiva, lamentaba no tener nada que ofrecerle más que un puesto temporal como escudero y, con el tiempo, quizás una plaza en algún monasterio perdido en medio de la nada. ¿Qué otro porvenir podría tener alguien como él?
Negó con la cabeza con expresión circunspecta y regresó a la casa condal donde esperaba visita. Hacía tres días que había recibido una extraña misiva en pergamino. En vez de una paloma, se la había entregado un siniestro búho gris que, desde entonces, se había quedado por la zona y al que, de vez en cuando, oía ulular cerca de su alcoba. La carta le anunciaba la visita de un señor con el que no frecuentaba tratar, pero conocía de oídas. De hecho, había pocos que no hubieran escuchado alguna vez el nombre Gryffindor. Se trataba de una familia noble de alta alcurnia y procedencia desconocida a la que, curiosamente, todo el mundo solía olvidar. Puede que fuera porque ni sir Godric, ni su padre o su tío acostumbraban a meterse en intrigas de la corte. No era normando, sino sajón, con lo que, seguramente, no hablaría la lengua normanda. Vivía en los páramos de la antigua Britania, si no le habían informado mal. No se les conocía vasallos, ni bueno… nada, en realidad. Se sospechaba o se daba por hecho que todos los miembros de la casa Gryffindor estaban en las cruzadas, puesto que nunca se les veía el pelo.
Sin embargo, sir Godric debía de haber regresado porque le había pedido audiencia por medio de aquella ave grisácea y debía de llevar días de camino porque tan solo le había concedido tres días de margen. Desde luego, estaba dispuesto a recibirlo, aunque fuera solo por curiosidad. Claro que no esperaba encontrárselo sentado en su despacho. Sir Geoffrey retrocedió un paso y a punto estuvo de caerse al suelo.
—Buenas tardes, sir Geoffrey —saludó el extraño sentado y repantingado en un sillón, haciendo sombra a la luz mortecina que se colaba entre las cortinas de color azul, corridas sobre el balcón—. Soy Godric Gryffindor, confío en que recibierais mi carta.
—Así fue —corroboró el conde tras un momento de estupor y, sin embargo, contento de que el caballero hablara su lengua—. Aunque hubiera agradecido que me hubierais esperado en el vestíbulo, sir Godric. Me habéis dado un susto de muerte.
Ya el aspecto que presentaba aquel apuesto huésped de ojos azules era un tanto excéntrico. Para empezar, era enorme, fornido y vestía una majestuosa túnica granate, que, más que apropiada para un caballero, parecía digna de un rey. Además, a sir Geoffrey no se le pasó que, al cinto, portaba una enorme e impresionante espada de empuñadura vistosa con rubíes incrustados. Por otra parte, cualquiera habría pensado que era noble por su pelo rojo, largo y algo revuelto, como si hubiera llegado volando en vez de a caballo (lo que era completamente imposible, por supuesto).
—Lo lamento —se disculpó sir Godric—. No era mi intención. A veces se me olvidan las reglas de protocolo mugg… magníficas de los nobles, tan acostumbrado como estoy a codearme con la plebe de…de las cruzadas, supongo.
—Ya —asintió sir Geoffrey, perplejo—. ¿Puedo ofreceros borgoña o coñac?
—Os lo agradezco mucho, mi lord, pero no me entretendré mucho…
—Eh… bien, bueno, pues… —El noble estaba totalmente descolocado. ¿Tantos días de viaje y un permiso de audiencia para tan solo unos minutos?—. Os ruego que, en ese caso, me expliquéis el motivo de vuestra visita.
—He venido por el muchacho.
—¿Por el muchacho? ¿Por Gilbert?
—¿Gilbert? No, no me suena. Me refiero a Bedwyr, creo que… —el grandullón se miró la mano derecha en la que tenía un pergamino desenrollado a la mitad del que leyó en voz alta lo siguiente—: … duerme en la alcoba pequeña y, a veces, en los establos…
—Sí, sí, sí, le conozco —se apresuró a interrumpirlo el conde, avergonzado de solo pensar que se supiera que uno de sus vástagos dormía de vez en cuando con los caballos—. Bedwyr es mi hijo menor.
—Bien, pues me complace deciros que tenemos una plaza para él en la escuela Hogwarts de… —evaluó al conde por un momento y a continuación prosiguió—… de caballeros y cruzados.
—Escuela de caba…
—Sí, bueno, es una institución para entrenar a los muchachos para convertirse en, bueno, en…
—En caballeros y cruzados.
—Eso es —afirmó sir Godric, visiblemente aliviado.
Durante unos minutos que a sir Godric se le hicieron eternos e incómodos, el conde se quedó mudo. Con el ceño fruncido hizo amagos de hablar en dos ocasiones para volver a cerrar la boca. De pronto, empezó a caminar de un lado del despacho a otro, profundamente concentrado, para, finalmente explicar su extraña conducta al visitante.
—Vuestra oferta me quita un gran peso del corazón, sir Godric. No sabéis hasta que punto os agradezco que considerarais a mi bastardo porque, que me coma un león si miento, los planes que yo tenía para él me llenaban el corazón de tristeza. No tengo nada contra los monasterios ni mucho menos contra la santa madre Iglesia y, sin embargo, no creo que la vida de monje fuera a hacer feliz a Bedwyr, señor.
—¿Significa eso que dais permiso para que el muchacho vaya a Hogwarts?
—Siempre y cuando él acceda, sí —asintió sir Geoffrey.
—¿Dónde está? ¿Puedo verlo?
—Me temo que se ha ido a buscar a su hermano. Es decir, se encuentra en paradero desconocido. ¿Tiene mucha prisa?
—Puede decirse que sí. Me quedan muchas familias por visitar. Se lo crea o no, llevo cuatro días recorriendo Europa Occidental de arriba abajo…
—¿Cómo decís?
—Es decir, cuatro meses, mi lord, cinco meses… —se corrigió, pero al ver la cara confundida de sir Geoffrey, preguntó—:… ¿y medio? ¡Es igual! Uno pierde la noción del tiempo cuando viaja…
—Pues mucho me temo que no puedo garantizar que tarden poco en volver, pero no debéis preocuparos, yo mismo puedo hablar con él en vuestro lugar y…
—No, no os molestéis, mi lord, iré yo mismo a buscarle —anunció sir Godric, poniéndose en pie y cruzando el ala a grandes zancadas.
—¿Cómo? ¿Ahora?
—Por supuesto.
Y para cuando contestó con aquellas palabras, su capa negra ondeaba ya en la puerta.
Aquello había resultado mucho más fácil de lo que habría supuesto. Se esperaba un noble mucho más quisquilloso y ceremonioso que sir Geoffrey, que, con todo, era otro aficionado a la etiqueta y la pompa que a Godric le costaba tanto sacar. Desde niño, su madre había intentado inculcarle la forma de hablar, de comer, de andar y de comportarse para desempeñar su papel de noble muggle lo mejor posible, pero a él nunca le habían gustado aquellas lecciones y, al contrario que otras familias en su misma situación, no le gustaba compartir su tiempo con los de sangre azul. No pensaba que la sangre hiciera a nadie mejor o peor persona, solo más o menos estirado. Se equivocaba, pero para saberlo todavía tendría que conocer al noble Bedwyr.
Con ayuda de Gwyddyon no tardó en encontrar a los dos muchachos al lado de un bosque de abedules, junto a un río, pero no intervino enseguida porque no estaban solos, sino que había un tercero con ellos, un anciano escuálido con delantal amarillento y manos curtidas por el trabajo que llevaba en brazos tres hogazas de pan moreno. Así que, se quedó detrás de unos matorrales a contemplar la escena e intentó imaginarse quién de los dos muchachos sería Bedwyr, el del lunar en la mejilla o el que sostenía una fusta frente a aquel pobre molinero.
—¿Otra vez robando pan a nuestro padre, vejestorio? —siseaba Gilbert.
—No, joven señor—se encogió el hombre, atemorizado—. Solo venía del molino a traer el pan…
—¡Mientes, Ambrose! ¡Solo tres hogazas de mierda! ¿Eso es todo lo que traes a tu señor? ¡Embustero!
—¡Se nos han quemado las demás, mi joven señor! —exclamó el señor Ambrose, con voz suplicante.
—¡Más razón para hacértelo pagar caro! Le diré a mi padre que os suba los impuestos a ti y a tu familia.
—¡No, mi señor, por favor! ¡No lo hagáis! Mis hijos…
—¡Me dan igual tus hijos! —Gilbert escupió al suelo y blandió la fusta—. ¿Prefieres recibir un golpe de mi látigo?
Mientras Gilbert había estado reprendiendo con dureza al señor Ambrose, Bedwyr contenía a duras penas a los caballos, que, asustados por las voces, se movían intranquilos juntos a los árboles. Había seguido la pista a su hermano, guiado por las visibles marcas de las herraduras de Briana y, para no variar, el muy indeseable había vuelto a intentar aterrorizar a un campesino y a hablar de impuestos, como si ya fuese señor feudal de Brionne. Algo se retorció en las tripas de Bedwyr al escuchar la última amenaza al siervo de su padre y, finalmente, ignoró a los caballos y se dirigió directamente a él:
—¡Déjalo en paz!
Gilbert se echó a reír, divertido.
—¿Y qué vas a hacer, bastardo? ¿Vas a llamar a tus conejos para que me coman a mordiscos? —Dicho esto, alzó el brazo con la fusta en alto y fue a pegar al molinero cuando el brazo de Bedwyr se interpuso y recibió el golpe en su lugar, muy serio.
—He dicho que lo dejes en paz.
—¡Maldito imbécil!
Gilbert se puso rojo de ira, tiró la fusta al suelo con fuerza y se lanzó contra Bedwyr, como si solo matarlo con sus propias manos fuera suficientemente satisfactorio. Los dos muchachos rodaron por los suelos, gimiendo y luchando como fieras salvajes. El molinero huyó, aprovechando que nadie le prestaba atención. De pronto, Gilbert, inmovilizó a su hermano contra el suelo y se sentó encima de su estómago. Para horror de Bedwyr, su rival, en un momento de lucidez y maldad, se arrancó una espuela de la bota y levantó el brazo antes de descargar el castigo definitivo. Bedwyr profirió un aullido furioso al tiempo que Gilbert salía despedido hacia atrás golpeado por una fuerza invisible.
Bedwyr se levantó y miró a su hermano con odio. Sin embargo, se quedó allí parado sin entender muy bien qué acababa de pasar. Su pecho subía y bajaba a toda velocidad mientras recuperaba el aliento. Gilbert, en cambio, le miró aterrorizado y tras proferir un grito apagado, se incorporó tembloroso y salió disparado hacia su yegua con intención de huir. Sin embargo, alguien le salió al paso.
Godric dejó atrás su escondite y apuntó al abusón cobarde con la varita. No pudo ver los ojos como platos de Bedwyr cuando le escuchó decir:
—Obibliate.
Gilbert se derrumbó sobre el suelo, inconsciente y Godric puso los ojos en blanco. Los había que no estaban hechos para las emociones fuertes. De pronto, vio cómo Bedwyr se abalanzaba al lado de su hermano y lo sacudía por los hombros, asustado.
—¡Gilbert! ¡Gilbert, despierta! —Miró a Godric—. ¿Qué le habéis hecho?
—Le he borrado la memoria. Lo del desmayo ha sido cosa suya… ¿Por qué te preocupa? Te acaba de dar una soberana paliza ahí…
Bedwyr clavó sus ojos claros en los Godric durante un segundo, pero el niño terminó por encogerse de hombros y limitarse a responder:
—Es idiota, pero sigue siendo mi hermano. —Godric sonrió—. ¿Ha sido usted el que me lo ha quitado de encima?
—No. Eso lo has hecho tú solito.
—¡Yo!
Bedwyr, asombrado, se miró las manos como si no lo creyera posible.
—¿Yo? —insistió.
—Tú —asintió Godric.
—¡Hala!
Godric no pudo contenerse y se echó a reír. Sin duda, Bedwyr era el noble menos estirado que había tenido el placer de conocer. Cuando se calmó, le dio una palmadita en la cabeza a el chiquillo y le revolvió el cabello. El niño le devolvió una sonrisa. Le gustaba aquel hombre pelirrojo con aspecto de oso. Tenía una forma de mirar muy especial, parecida a la de su querido Werreur cuando había zanahorias a la vista.
—Tienes once años. —No era una pregunta, pero Bedwyr asintió—. ¿Sabes, Bedwyr? He venido desde las tierras de Alba… Quiero decir, Caledonia, o como quiera que le llamen ahora. Vengo a traerte esto.
Alargó el brazo y le tendió un sobre arrugado que se sacó de un bolsillo interior de la capa negra que llevaba sobre los hombros. Bedwyr vaciló, pero una vez la tuvo entre las manos, no dudó en leer la tinta verde en la que estaba escrito su nombre y dirección. A modo de remitente, había un escudo de armas llamativo en el que figuraban una gran H y cuatro animales que pudo reconocer fácilmente como un tejón, un águila, un león y una serpiente. Debajo rezaba una frase en latín que tardó un momento en traducir:
—¿Nunca hagas cosquillas a un dragón dormido?
Sir Godric se rió entre dientes y explicó:
—Una sabia lección y nuestra broma particular…
—¿Nuestra?
—La de los fundadores de Hogwarts.
—¿Hogwarts?
—¿No vas a leer la carta?
Bedwyr no contestó, sino que atacó directamente y sacó del interior del sobre dos pergaminos de color amarillento; el primero de ellos se dirigía a él del siguiente modo:
Estimado Bedwyr de Eu: Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios. Las clases comienzan el 7 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del día 1. Muy cordialmente, Salazar Slytherin Fundador y coodirector
Bedwyr miró a sir Godric, asombrado.
—¿Quién sois vos, señor? —preguntó.
—Un mago, como tú.
—¿Un qué?
—Un mago.
Bedwyr tragó saliva.
—¡Rediez! —exclamó el niño, que empezaba a parecerle a Godric muy divertido —. ¿Estáis seguro?
—Totalmente. Rowena Ravenclaw nunca se equivoca. O muy pocas veces, vaya.
—¿Quién?
—Es otra de los codirectores de la escuela. La conocerás muy pronto… si aceptas la plaza claro.
—¿Cuántos directores hay?
—Somos cuatro.
—¿Vos también?
El mago asintió con la cabeza y Bedwyr se quedó pensativo. Al rato, volvió a romper el silencio:
—Entonces, ¿esa directora dijo que yo era un mago?
—Más o menos, sí. Escucha atentamente, Bedwyr —le instó sir Godric—. He hablado con tu padre… No, no le he dicho que fueras un mago ni la naturaleza de la educación que ibas a recibir y no es prudente que lo hagas tú; cree que se trata de una especie de instrucción militar, pero… Pero está de acuerdo en que vayas, si es lo que deseas.
—¿Está lejos?
—Bastante.
—Bien. ¿Hay caballos?
—Mmm, hay una manada de centauros, que son mitad caballo…
—Me vale. —Bedwyr sonrió—. ¿Y cómo mando una lechuza? ¿Qué significa?
—Hay un búho rondando por aquí —le explicó el mago—. Yo mismo le ordené que esperara a que llegara hoy. Basta con que cojas un pergamino y respondas la carta y luego se la des al búho. Él te encontrará y sabrá qué hacer después. Es un sistema de mensajería muy eficiente.
Godric se cargó a Gilbert a la espalda y acompañó a Bedwyr hasta los caballos, que pacían tranquilamente en el prado, mientras le contaba mil cosas con las que nunca se había atrevido a soñar. Varitas, calderos, dónde comprar libros de magia e ingredientes para pociones… Todo se quedó en su mente grabado como si fuera víctima de un hechizo para memorizar datos de índole trascendental. Antes de despedirse, Godric le dio un pergamino con la dirección de un tal Ollivander y, acariciando el morro de Werreur comentó:
—Bonito semental, ¿es tuyo?
Bedwyr asintió sonriente, con orgullo. Definitivamente, aquel hombre le caía bien… Sus últimas palabras antes de desaparecer en medio la nada no fueron otras que:
—Hasta pronto, Bedwyr, el Valiente… ¿Sabes? Hazme un favor, el día que te encuentres con un centauro, no le digas que lo he comparado con un caballo.
Si le quedaban dudas sobre la existencia de la magia, estas se esfumaron con Godric. Maravillado y emocionado, el muchacho volvió a casa con Gilbert a cuestas, colocado de mala manera sobre Briana. Semanas después, el pequeño le diría adiós a su padre y partiría rumbo norte, rumbo a Hogwarts.
Bedwyr dejó la mente en blanco. Cabalgaba a todo galope y atravesaba colinas y valles sin volver la vista atrás. Llevaba el cabello aplastado y empapado a causa de los alfileres de lluvia que lo atacaban sin descanso. Sí, llovía incesantemente sobre el paisaje normando y el cielo oscuro tronaba a lo lejos, como si clamara venganza por alguna ofensa terrible. Sin embargo, el niño se dirigía directo al ojo de la tormenta, no en vano era nieto del mismísimo Sin Miedo, se decía. Escuchaba la respiración pesada del animal en la carrera, las poderosas pisadas metálicas del animal sobre la calzada romana; se había hecho uno con el ritmo de su caballo, adaptado a su movimiento… Sin embargo, protegido por tan solo una capa final alrededor de los hombros, no parecía sentir frío ni acusar la humedad; tal era su determinación, que nada podía hacerle dudar. En su mano derecha, sostenía tanto las bridas de su fiel Werreur, como una fina vara de madera de ciprés.
Se había sorprendido porque, a pesar de que había adquirido aquel objeto escasas horas antes, ya la sentía como una prolongación de su brazo. ‹‹Núcleo de pluma de fénix››, le había dicho el vendedor -ya no recordaba su nombre- y él se había maravillado solo de pensar que una criatura como el fénix pudiera existir siquiera. Era como si, de la noche a la mañana, su mundo se hubiera transformado y él mismo se hubiese convertido en personaje de leyenda… Hasta entonces, Bedwyr solo había sido el hijo bastardo de un bastardo y una madre desconocida.
Ahora era un mago.
Ambientación
Bedwyr significa abedul o héroe. Él nunca lo sabrá, pero su nombre no es sajón sino celta porque su madre era bruja. O sea, que no es hijo de muggles, sino mestizo. Por cierto, no es un personaje totalmente ficticio. Desde luego, no era hijo bastardo del conde de Eu, pero pertenece a cierta leyenda…
Sir Geoffrey, el conde de Eu y Gilbert, su hijo, son personajes históricos: Sir Geoffrey era el hijo bastardo del duque de Normandía y su hijo, sería el conde de Brionne después que él.
Normandía y el siglo XI: Los romanos invadieron las islas británicas y pusieron nombres nuevos a los territorios conquistados (y los no conquistados, como Escocia: Caledonia). No obstante, los romanos solo estuvieron durante el siglo V y el VI por esas tierras, y en el momento en que nos encontramos en la historia, impera lo sajón y están llegando los normandos que vienen de Normandia (Francia). El ducado de Normandía ya son las islas británicas y de hecho, hoy en día, son lenguas cooficiales allí el francés y el inglés.
Sobre las verdades a medias: En el siglo XXI, como todos sabemos, a los padres se les suele mencionar que Hogwarts es una escuela de magia y tal, pero, francamente, he pensando en la quema de brujas y toda la pesca y he preferido la sana discreción para el Medievo...
Werreur es una palabra normanda que significa guerrero (de las pocas que he conseguido encontrar, como se ve en el capítulo. Y el frisón es un caballo típico de Países Bajos.
