Disclaimer: Ni Heroes of Might and Magic III ni ninguno de sus personajes, locaciones o conceptos asociados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Capítulo 10: Supervivientes
Al despuntar el alba, los pasos de dos caballos sobre la fresca nieve interrumpieron la calma matutina. Alejándose del agua y devolviéndose por el camino que originalmente tomaran desde Erkandi, Thomas Braemar y Kodziomi, su fiel asistente, iniciaban el largo viaje hacia Cerbera, el puerto más grande del distrito y su llave para alcanzar la aislada isla de Rovira, rodeada por las irónicas aguas del Océano de la Quietud. Antes de salir hacia los establos para alquilar las monturas, dejaron en manos de uno de los criados de Margareten veinte monedas de oro y la carta para Leo, quien seguramente ya se comía las uñas tras no saber nada de ellos desde su salida de Ikata hace casi una semana.
La tarde anterior ciertamente se les había pasado volando, conversando largamente con la gente del mercado y las diversas tiendas donde, al igual que en Calarnen, se vendía desde pastelillos hasta muebles. "Si anduviésemos aquí en otras circunstancias", confidenció el humano a la naga noble, "seguramente no hubiese salido de aquí sin comprar algo para la mansión". "Ya habrá tiempo, jefe", dijo ella antes de guiñarle el ojo en un gesto cómplice. "Sólo debemos tener paciencia y ocuparnos de esto". De estupendo provecho fue también la visita a la sede del Gremio Mágico, donde el alquimista nominal añadió un par de hechizos interesantes a su cada vez mayor arsenal: Escudo Aéreo y Anti-Magia. Ambos eran complejos y acordaron, en decisión relámpago y unánime, de usarlos sólo en caso de emergencias.
Sin embargo, hubo un punto que les quedó dando vueltas. En conversación con una de las pasteleras de la calle Numina, a un tiro del piedra del embarcadero de la ciudad, obtuvieron una referencia desconcertante respecto al rayo de hielo que les había dado la bienvenida a tan pocos pasos de la capital de la zona.
-Sólo hay una explicación posible -dijo muy seria, su rostro curtido por el trabajo y la edad-. Dragones hada.
-¿Dragones hada? -el muchacho no podía dar crédito a sus oídos-. Pensé que esas criaturas sólo existían en las fábulas y cuentos infantiles. Nunca he visto uno de ellos.
-No, señor -retrucó la mujer al tiempo que amasaba la base de una tarta-. Son tan reales como ustedes o como yo. Al igual que usted, tampoco los he visto, pero de ellos se dicen muchas cosas.
-¿Como por ejemplo…? -intervino la chica reptil, aún no muy segura de todo aquello.
-Algunos dicen que son invisibles y gustan de asustar a los viajeros poco atentos -comenzó a enumerar-. Otros cuentan que sólo miden tres pies de altura y tienen escamas moradas cubriendo sus formas armónicas y curvas. Muchos otros dicen que pueden hacer magia como el mago más experto. Y los menos, tal vez totalmente locos, arguyen que poseen una protección mágica especial que hace rebotar los hechizos que les lanzan.
En ese entonces, el cazador de tesoros pensó que las primeras dos características podrían tener algo de asidero en la realidad. Pero de ahí a lanzar magia y poseer una versión propia de Espejo Mágico, uno de los conjuros más complicados jamás vistos, había un abismo de diferencia. Ese, curiosamente, fue el primer tema que tocaron tras haber guardado silencio durante la primera media hora de trayecto. Atrás quedó el manantial donde dieran de beber a sus monturas ayer por la mañana y el camino parecía volverse más agreste, más peligroso, peor cuidado.
-¿Usted cree que lo que nos contó la señora de la pastelería sea verdad, señor Braemar? -inquirió ella, su voz siempre atenta.
-¿Sobre los dragones hada, querida? He de ser sincero: no mucho. Como ya dijera ayer, jamás he visto uno de ellos y tampoco conozco a alguien que haya tenido la fortuna -replicó él-. Aún en un mundo como el nuestro, donde la magia ha deshecho en buena parte el umbral de lo imposible, hay ciertas cosas que siguen detrás de él.
-Estoy de acuerdo, señor -la naga guió su montura un poco hacia la izquierda para esquivar un desnivel considerable-. He pensado en lo que usted me contara a orillas del lago referente a su apostasía.
-¿Cómo así?
-Sobre el hecho de que sólo creía en cosas cuya existencia se pudiese comprobar más allá de toda duda. Yo misma comparto esa línea de pensamiento más de lo que cree, aunque lo que hemos visto en el transcurso de nuestra actual aventura a veces me lleva a cuestionarme todo ello, como revelaron las historias extraídas de las crónicas de Bausela y el mismo humo azul, cuyas manifestaciones vimos en primera persona.
La espadachina se estremeció un poco. Ciertamente el recuerdo de esos gremlins masacrados en el claro por el trío de renegados no sería fácil de borrar para ninguno de los dos.
-Bueno, Kodziomi, la vida misma es una contradicción de ideas. Quien nunca se ha sentido desafiado en sus paradigmas a lo largo de los años la ha desperdiciado -pequeña pausa-, o al menos así solía decirlo mi padre.
Se quedaron en silencio por un momento, admirando la belleza de los bosques y montañas cubiertos de nieve a su alrededor mientras avanzaban cabalgando lentamente a fin de no ponerse en peligro de caer. El sol mañanero, ya más alto en el cielo, reemplazaba los tonos anaranjados y azules del amanecer por el uniforme plateado del cielo invernal. La noche, sacramentada por la luna y humillada por el sol, casi había completado su huída hacia el oeste, a los confines del planeta. Todo estaba en absoluto silencio, capturado en el frío de los laberínticos valles donde, según contara Kodziomi antes de que se fuesen a dormir, muchos viajeros terminaban muertos, ya fuese por obra y gracia de los bandidos o del mismo clima. "Afortunadamente, cuando estuve aquí durante la campaña contra los nigromantes, nunca encontramos problemas", acotó ella antes de apagar la lámpara junto a la cama. "Esos bandidos, como los cobardes que son, nunca se atreverían a plantarnos cara".
Braemar recordó cómo le tomó las manos y se acurrucó junto a él, permitiéndole inhalar la deliciosa esencia emanando de su cabello. Olía, además de la misma nieve, al agua fresca de las flores junto al Molketa, a la cocina de Ikata y Ruktorima, al claro donde pasaran esa noche luego de vencer a las elementales de agua. Al entrar en contacto con su delicioso calor recordó, por una fracción de segundo, la chimenea de la mansión Bakorima. La chica reptil, por su lado, recostó la cabeza en el pecho del humano, sintiendo las tenues vibraciones del corazón latiendo bajo esa capa de músculo, venas y huesos. En él percibió toques de tinta fresca, de pergaminos pulcramente enrollados contando miles de historias, del relámpago descendiendo de los cielos a voluntad para devastar a sus enemigos. Se contuvo a último momento de enrollar su cola alrededor de las piernas de él, prefiriendo dejarla caer más allá de las mantas y contra el costado derecho del lecho. La conciencia de ambos sólo estuvo despierta durante cinco minutos antes de ser envuelta por la dulce aura del sueño bien ganado. Fue una suerte que su casera no sospechara nada en el desayuno, o si lo sospechó, nunca lo dijo. Ambos agradecieron en silencio su discreción mientras devoraron un menú típicamente continental: huevos revueltos con tocino crujiente, té cargado sin azúcar y dos enormes vasos de leche recién ordeñada. Estaba tan fresca que la pobre vaca aún seguía mugiendo tras el embarazoso proceso.
Continuaron avanzando hasta llegar a una especie de intersección de cuatro caminos en condiciones tan lamentables como el original. Por donde miraban sólo se veían más valles y bosques.
-¡Alto, caballo! -gritó Kodziomi-. Jefe, esta es la sección más complicada. Aquí, según me contó uno de los tenderos, es donde más gente se pierde.
-Ya sabe que confío plenamente en su criterio, querida -respondió él al tiempo que intentaba encontrar una forma de orientarse.
-Veamos… Venimos del sur -la pelinegra apuntó hacia la izquierda con una de sus manos ídem- y hemos dado la vuelta hasta aquí por el camino principal, tal como dijese la señora Margareten. Ergo, el norte está a nuestra derecha y el mar -señaló hacia delante- justo al frente, aunque tapado por las montañas y los riscos afilados que se comen los barcos.
-Entonces el este está por detrás de nosotros -acotó el cazador-. Allí sólo hay malas noticias: los cadáveres de Krellion y sus ogros, por ejemplo.
-Y los ridículos guardias de Erkandi.
-Pienso en lo que nos dijera la posadera ayer mientras almorzábamos. Lord Laidlaw, el caudillo de esa zona, ha actuado erráticamente desde la muerte de su esposa, cerrando la ciudad y la comarca al mundo exterior. Considerando lo que sabemos…
-Ya veo por dónde van los tiros, señor -dijo Kodziomi-. ¿Es lo que siente pena legítima o sólo una forma de camuflar su cooperación con La Gruta? -lanzó la pregunta a la mesa-. Sabemos que este grupo tiene ojos, oídos y manos en todas partes. Nada impediría que, con algo de manipulación, hubiesen quitado de en medio a Lady Laidlaw y convertido al regente en su marioneta.
-Lo que revelaría la suprema dependencia de él hacia ella. Aún así, no tenemos cómo probarlo y nuestros objetivos son distintos. Debemos encontrar a "la señora" y "la basura"; cuanto antes, mejor. ¿Hacia la derecha, entonces?
-El norte nos llama -ambos dieron vuelta sus monturas y aceleraron un poco el paso, el eco de los caballos muriendo ante la densa capa de nieve a sus pies.
-E5-
Garth sintió un poco de mareo tras recorrer la totalidad de la escalera de caracol conectando el Gremio Mágico con la biblioteca. En sus manos sostenía la carta escrita tras su reunión con el capitán Thane, a quien el providencial hallazgo en la sala de tesoros de Braemar dejara totalmente sorprendido. Desafortunadamente, la enorme clientela que pasara ayer por la taberna no le dejó nada de tiempo para enviársela. Resopló con ganas, intentando recuperar un poco de aliento por medio del gélido aire ululando entre los muros cercanos a la plaza y el tablón de anuncios.
"¿Cómo les estará yendo ahora?", pensó, dirigiendo su mente al muchacho y la naga que lo acompañaba a sol y sombra. "Si lo del humo azul resulta ser cierto, no cabe duda que días oscuros se vendrán encima".
Limpió sus pies y entró, la campanilla de la puerta delatándolo inmediatamente. Ese era el único ruido que Priscilla, ama y señora de dichos dominios intelectuales, toleraba. Se acercó al mostrador con cuidado; el carácter de la mujer pelilarga era marcadamente colérico y no convenía formar parte de su lista de enemigos.
-Buenos días, señorita Priscilla -saludó el hombre calvo, su voz ausente de todo el ánimo de su trabajo usual.
-¿Garth? -ella dejó a un lado el té recién servido y frotó sus ojos-. ¿Qué haces en mi biblioteca a esta hora? No recuerdo haberte visto aquí desde… desde nunca.
-Necesito un favor. Debo enviarle urgentemente una carta a Thomas Braemar -pausó un momento al ver que ella se crispó con solo escuchar el nombre- y eres mi mejor opción para encontrar su actual dirección.
-¿Quién crees que soy? ¿Su niñera? -los ojos de la fémina relampaguearon-. No haces más que perder tu tiempo; no sé dónde está ahora mismo ni me importa.
-Priscilla, esto es serio. Ayer entraron a robar a su casa y…
-¡No me importa! -ella se puso de pie y golpeó el mostrador con sus puños-, mirándolo como poseída. ¡Nada de lo que concierne a Braemar ni su ridícula asistente me importa!
Fue una suerte que no hubiese nadie más en los salones a esa hora. El grito de la mujer tenía la fuerza para derribar todos los estantes sin apelación.
-¿Cómo sabes que tiene una asistente? -inquirió el tabernero.
-Las noticias vuelan -replicó la bibliotecaria, tan arrogante como siempre-. No soy como esas viejas ridículas que viven de rumores -señaló la ventana tras ella-; lo mío son los hechos. En ellos creo y de ellos vivo. Nada tiene que ver esto con mi inexistente interés por ese niñato; sólo es cultura general.
-Si tú lo dices…
El tono del hombre, quien no se había quitado su capa de piel de lobo, parecía insinuar algo. Volvió a mirar fijamente a Priscilla, sin deseos de ceder en esta particular lucha. Thane, el genio milenario, le había confiado esta responsabilidad y no pensaba fallar. Dejando que los hechos hablaran por sí solos, le entregó el sobre de pergamino beige en perfecto estado. Justo en el medio podía verse un sello muy particular: en tonos carmesí y dorado, tenía la forma de dos hachas entrecruzadas sobre las que reposaba un báculo plateado.
-El sello del Club de los Notables… -dijo Priscilla, cambiando radicalmente su tono-. Entonces ¿esto es un asunto oficial? ¿Qué tiene que ver Braemar con las autoridades de la ciudad? -inquirió, pensando rápidamente en qué lío podría haberse metido el "maguito explorador".
-No puedo contar nada más, al menos no en un lugar como este -ahora Garth adoptó una postura más inflexible-. Me confiaron hacerle llegar esta misiva lo antes posible.
-En ese caso, veré qué nos cuenta el registro de miembros -Priscilla acudió a un pedestal donde descansaba un enorme libro-. Con algo de suerte, nos indicará dónde anda perdiendo el tiempo.
-Gracias, Priscilla.
-No me lo agradezcas -espetó secamente-. No lo hago por él ni por ti. Sólo deseo no tener a la gente del castillo respirándome en la nuca.
Consultó el enorme tomo imbuido con magia. A través de él, la base de datos de los miembros registrados en el Gremio se actualizaba en tiempo real, mostrando la última sede donde firmaron antes de pasar a consultar el repertorio de hechizos disponible. Esta firma también abría paso, de ser requerido, a la respectiva biblioteca, aunque algunas localidades demasiado aisladas o faltas de recursos tuviesen catálogos desactualizados desde hace décadas.
-Vamos a ver… -susurró la chica-. Letra B, ordenada por apellido ascendente. Aquí está la nómina: Bannister, Barbera, Berkori, Bezan, Birk, Bjagnuson, Boies… ¿Eh?
-¿Ocurre algo? -el tabernero también estaba intrigado.
Priscilla posó sus ojos de halcón en él antes de volver a hablar.
-Por casualidad, ¿este niñato anda en uno de sus ridículos viajes?
-Salió hace ocho días si no me fallan los cálculos -recordó Garth-. Dijo que iba a Ruktorima.
-No está allí. Algo nada sorprendente, considerando que no hay prácticamente nada de interés por esos lados… o sólo algo que atraería a un chiflado como él- nuevamente ella puso la nota amarga-. Sus dos últimas firmas están en -volvió a revisar el libro-. Ikata, a principios de esta semana, y Skaglinden; esta última es de ayer.
-¿Skaglinden? -ahora el visitante no entendía nada-. ¡Pero si eso está al otro lado del país! ¿Qué puede andar haciendo al lado del mar?
-Eso tendrá que responderlo él -cerró el registro con fuerza, enviando un eco incómodo entre los estantes-. El Gremio Mágico de allá está en la plaza principal, a media cuadra de la catedral.
-Tendrá que valerme de algo -él hizo una reverencia y anotó el dato en un trozo de pergamino suelto-. Gracias, Priscilla. Me has dado una enorme mano.
-Sólo vete de aquí -ella volvió a sentarse y cerró los ojos-. Déjame en paz, que bien poco me va a durar antes de que lleguen los estudiantes del otro lado de la ciudad.
Ahí se terminó la charla. La campanilla sonó nuevamente y el silencio volvió a reinar en el interior, adecuadamente protegido del frío exterior por las sólidas paredes y la siempre confiable chimenea. La irascible Priscilla bebió su té de un solo trago, torturando su garganta con la sensación del quemante líquido bajando hacia el estómago. Dejó la taza a un lado y se levantó nuevamente, mirando melancólicamente por la ventana donde el resto del mundo iniciaba su propia rutina. Las huellas de un hondo suspiro quedaron condensadas en el grueso cristal, viviendo sólo un par de segundos antes de desaparecer bajo el calor interno. Movió su mano izquierda en idéntica dirección y sintió el extremo redondo de su arma predilecta: el alfiler de sombrero que guardaba para esa ocasión tan especial. Acarició su delgada extensión con cuidado, sintiendo un placer casi siniestro al rozar la letal punta. Levantó su dedo índice y chupó la minúscula gota de sangre manchándolo, una sonrisa siniestra dominando por momentos su hermoso y afilado rostro.
Dejó atrás su espacio de trabajo y cogió sitio junto a la chimenea; era el mismo escritorio donde Braemar y Kodziomi se sentaran a escudriñar la confusa obra de Bausela. Invadida nuevamente por la impotencia, apenas se contuvo de romper otro valioso contenedor repleto de tinta. Las manchas dejadas en su piel por el accidente original no salieron hasta el tercer lavado con agua caliente y aceites de manzanilla. Nunca podría volver a ponerse aquella túnica reglamentaria, pero decidió dejarla en su armario en vez de tirarla a la basura.
"Vuelve con vida", rugió en silencio, hundiendo la cabeza entre sus manos tal como lo hiciera la primera vez. "La naga me importa poco y tus asuntos nada, pero vuelve con vida. Vuelve con vida, Braemar…"
Sintió un nudo en la misma garganta resentida por el líquido caliente. Tres segundos después aparecieron los primeros sollozos.
"Vuelve a mí, maldita sea".
Tenía media hora para desahogarse y no pensaba desaprovecharla.
Un par de horas después, en los valles de Erkandi…
-¿Es idea mía o el cielo ha oscurecido un poco? -preguntó el muchacho tras dejar atrás otro cruce, este ubicado a unos veinte o treinta kilómetros del primero.
-Así parece -contestó la espadachina, ensombreciendo su propia expresión-. Cualquiera diría que viene una tormenta. Mire las nubes al norte de nosotros.
Los algodones, usualmente tan acerados como tranquilos, parecían danzar de forma cómplice en los cielos, rompiéndose para unirse a otros y luego volviendo a su estado normal. El viento gélido los golpeó casi al instante, obligándolos a detenerse y cubrir sus rostros con las capas. Los caballos, sorprendidos ante tal acometida natural, hicieron amago de encabritarse. Todo ello quedó abortado mediante un súbito tirón de riendas.
-¿Y ahora qué, jefe? -gritó la naga para hacerse entender; el sonido era ensordecedor.
-¡Avancemos cuanto podamos y busquemos una cueva! -él se apoyó en gestos de manos y brazos para hacer cruzar el mensaje-. ¡Con algo de suerte, no nos alcanzará lo peor de la tormenta!
-¡De acuerdo! -ella asintió.
Azuzaron a sus monturas para retomar el ritmo, avanzando galope a galope hacia donde ya la brisa cortante adquiría un claro tono lechoso. A unos seis o siete kilómetros de distancia comenzaba a formarse el temido viento blanco, conocido por su fiereza y larga duración. Este fenómeno, conocido de sobra por ambos en sus vidas anteriores, equivalía a una sentencia de muerte si alcanzaba a quienes estaban a la intemperie. En cuestión de segundos la víctima veía el paisaje a su alrededor desaparecer, totalmente aterrada de moverse ante la incertidumbre de estar atrapada en su peor pesadilla. Aunque pudiese desvelar cada detalle del terreno en condiciones normales, el cerebro quedaba atrapado en la incertidumbre de caer a un río o despeñarse por una ladera. La inmovilidad, exacerbada por el frío, terminaba con los desdichados encogidos, incapaces de sentir nada más que su propia temperatura corporal cayendo en picado. Primero se apagaba la audición y después el olfato; el gusto también quedaba largamente olvidado. La piel, aullando en silencio ante las quemaduras causadas por el hielo, cortaba cualquier amarra uniendo al condenado a la racionalidad. Ya sin tacto, el pulso agonizaba, la sangre tornada torpe en las venas convertidas en pasadizos del cero absoluto. Así, el vasallo abandonaba su carcasa terrenal y era reducido a un bloque inmóvil, brillando con un azul pérfido, semitransparente, grabado de puño y letra con la fima de la Parca. Era el eterno ciclo de las víctimas en el libro de los "afortunados" que luego irían a encontrarse con los Ancestros para ser juzgados.
Si algo tenían claro el cazador y su ayudante era esto: el viento blanco era tan o más temido que la mismísima Plaga dentro de los límites de Bracada.
Giraron a la izquierda en otro cruce, manteniendo siempre el norte como meta y ajustando debidamente el curso. Sus morrales se mecían cual débiles hojas ante la tormenta, dando golpes incómodos cuyo diagnóstico sólo reforzaba la precaria situación de ambos. Braemar podía sentir el Escudo de la Centinela en su espalda, amoldándose a sus formas como una protección tan divina como la misma Ikerena descansando en su dorada superficie. Miraba a su derecha de vez en cuando para percatarse de que Kodziomi seguía cabalgando a su lado, palmo a palmo, nariz con nariz, aliento con aliento. Bastaba una mirada para reafirmar la voluntad de ambos; esta aventura la iniciaron juntos y la terminarían de la misma forma. Y si la naturaleza se oponía, peor para ella.
Otro envión de viento los obligó a irse por un camino lateral donde comenzaba una pendiente cuyo ángulo era de quince a veinte grados. Tuvieron que frenar de súbito y por muy poco él no salió despedido hacia el frente. Ella, al ir adosada al animal con una correa sólida alrededor del estómago del mismo, no corría semejante peligro.
-¡¿Se encuentra bien, señor Braemar?! -vociferó ella al límite de sus cuerdas vocales.
-¡Estoy bien, querida! -retrucó el aludido-. ¡Sólo fue un sacudón molesto, nada más! ¡¿Le falta alguna cosa?!
-¡No, nada! ¡¿Y a usted?!
-¡Todo está en orden por aquí, incluyendo el escudo! ¡Ahora que lo pienso…!
Descendió del corcel y lo tranquilizó con una caricia en la cabeza. Sacó una especie de pañuelo color amarillo brillante de su equipaje y lo ató contra una roca terminada en punta. No fue fácil, considerando que el mismo viento casi se lo arrebató de las enguantadas manos un par de veces. Hecho esto, volvió corriendo y subió al caballo como un experto jinete de las planicies erathianas.
-¡Así sabremos que el comienzo de este camino no está lejos! -exclamó, recibiendo como respuesta una señal de aprobación de la chica reptil-. ¡Ahora bajemos; no podremos volver arriba hasta que pase la tormenta!
Ochocientos metros más allá del pañuelo soportando estoicamente los embates del viento blanco, llegaron a una especie de claro bastante grande, rodeado por los mismos pinos que caracterizaban la flora de Erkandi. Era plano cual mesa de biblioteca y, excluyéndolos a ellos, no se veía señal alguna de vida por las cercanías. Lo que sí les llamó la atención fue algo diferente: una piedra plana haciendo las veces de lápida a unos cincuenta pasos de distancia del centro.
"Como no encontremos un refugio luego", pensó la pelinegra, "acabaremos igual que quien sea que esté enterrado aquí".
Los ojos de la naga escanearon con frenesí el claro. Era complicado distinguir nada entre la sensación térmica, los árboles tapizados de nieve y el ominoso ruido de la tormenta que, en cuestión de tiempo, también volvería todo invisible aquí. Respiró hondo y se concentró de la misma forma que cuando examinó el cadáver de la anciana en la vivienda de la calle Bransen. Primero dejó todo en silencio. Después quitó las ramas inferiores de los pinos, dejando a la vista una zona algo más extensa y que parecía ¿negra? ¡Sí, era negra y tenía la forma de una boca ancha, horadada en la pared inferior de una montaña dando forma al bosquecillo!
-¡Una cueva! -gritó, aflojando el arnés bajo su cintura y gesticulando con alegría-. ¡Jefe, hay una cueva más allá de esos árboles! ¡Podemos escondernos allí!
Por toda respuesta, él sonrió y mostró un enorme alivio en sus facciones. Ambos desmontaron rápidamente y procedieron a cruzar la pequeña floresta con cuidado, evitando que los caballos pisaran mal en el musgoso suelo aún no alterado por la nieve atrapada en las bóvedas superiores. El cazador encendió una antorcha e iluminó las ásperas paredes de roca helada. La caverna, a juzgar por las estalactitas y estalagmitas dominando buena parte del espacio visible, parecía haberse formado por inundaciones hace cientos de miles de años. "Tal vez la misma nieve que cubría estos valles hasta arriba se derritió, horadando esta montaña y creando el túnel", razonó. A diferencia de sus experiencias anteriores en espacios cerrados, esta guarida era casi una bendición enviada por los mismos dioses en los que ya no creía. "Es increíble cómo estar con la vida colgando de un hilo cambia la forma de ver las cosas".
-Aquí estaremos bien -dijo a la naga cuando avanzaron unos cinco a seis metros hacia el interior-. Amarre los caballos mientras me encargo de hacer un fuego.
-¿Tenemos leña? -ella comenzó a pasar la gruesa cuerda por las estalagmitas.
-Puedo cortar algunas ramas bajas con mi daga de plata, como lo hiciéramos en Ruktorima.
-De acuerdo. Jefe… -ella se interrumpió de repente.
-¿Sí, Kodziomi?
-No se quede allá afuera más de lo debido, ¿vale?
-Pierda cuidado, querida. Si nos llegáramos a separar por causa de la tormenta… nunca me lo perdonaría.
Entregó la antorcha y le dedicó a la noble otra sonrisa sincera, haciendo que se sonrojara como tomate maduro y casi dejara caer las amarras. Se mentalizó en tranquilizar a los animales mediante un generoso ofrecimiento de pasto seco sacado de una bolsa adosada a la silla de montar; ya encontraría un modo de procurar agua para darles de beber. Mirando los muros más de cerca, encontró un hueco estupendo para colocar la luz, dejando sus seis manos disponibles para otras tareas. Encendió otra antorcha gracias al fiel pedernal y recibió a Braemar con gusto. El muchacho, con una ligera capa de sudor en su frente, traía ya cuatro troncos de unos treinta centímetros de largo, cortados con destreza y sin rastros de resina.
-Esto bastará para comenzar, Kodziomi -dijo antes de volver por donde vino-. Iré por otra rama para que la preparemos juntos; este temporal será de largo tiraje y siempre es bueno contar con algo de combustible.
-Como usted desee, señor.
Sacando la segunda antorcha de su soporte natural, ordenó los troncos en forma de cruz y los encendió poco a poco, soplando para facilitar el proceso de combustión. Con más luz en juego, pudo ver que la cueva tenía unos dos metros y medio de altura por cuatro de ancho y quién sabe cuántos de profundidad. Su entrada apenas podía verse debido a otra pendiente, esta vez algo más pronunciada, naciendo desde el límite con el bosque.
-Ya está -la voz del cazador resonó con un agradable eco; traía otra rama arrastrando y asustó un pelín a los equinos-. ¿Comenzamos?
-Nada me agradaría más.
Dando otro poco de comida a los fieles corceles (ya más tranquilos al estar a salvo), extendieron sus capas sobre el frío suelo y se sentaron cerca del fuego a tallar la rama. Sus dagas siseaban al cortar el aire y machacar la dura corteza; el pino castillo, endémico de este rincón de Antagarich, podía aguantar temperaturas de hasta noventa grados bajo cero, guardando sus nutrientes bajo la densa capa exterior y alimentándose de la nieve derretida cerca de sus raíces.
-Señor Braemar -dijo ella mientras cortaba el nacimiento de una ramita.
-Dígame.
-¿Qué clase de ser cree que es "la señora"? Digo, sabemos algo de ella por lo que hallamos en la caverna, pero… siento que ciertas cosas aún siguen en el aire.
-Es una muy buena pregunta, querida -ahora ambos se juntaron un poco más, quedando casi hombro con hombro-. ¿Le parece si hacemos una lluvia de ideas? Me encanta comparar impresiones con usted.
-Me halaga, jefe -ella rió levemente.
-Todo ello es justificado -le dio un besito en la mejilla aprovechando una breve pausa-. ¿Le importa si comienzo yo?
-En absoluto -retrucó la pelinegra; ambos siguieron cortando y rotando el trozo de madera mientras conversaban.
-Bien -el humano apartó un poco de la corteza removida-. Sabemos que La Gruta tiene intermediarios en todos lados, pero me late que ella está en la cúpula superior. Es una alquimista excepcional, casi sin parangón, a juzgar por el mercurio refinado que encontramos tras el monolito y los mismos testimonios de los renegados.
-Es una persona dominante; de dicha cualidad se desprende el miedo que ejerce en sus subordinados y en "la basura" -continuó la naga-. Tiene una riqueza considerable y/o conexiones con esferas de mucho dinero; ese laboratorio que encontramos parecía constituido por materiales de primer nivel. Y no nos olvidemos del valor del mercurio como recurso escaso.
-Tiene mucha razón. Pasemos ahora al aspecto bélico -otro giro, otra ronda de machacadas-. Muy probablemente sea experimentada tanto en el combate arcano como en el físico.
-No me sorprendería que fuese una estupenda espadachina o pudiese manejar otro tipo de arma, como una daga o un báculo, posiblemente imbuidos con efectos especiales para aumentar sus poderes.
Ella partió el tronco en dos con un golpe seco. Ambos descansaron un minuto y bebieron algo de agua antes de seguir por el camino de la especulación.
-Considerando los efectos de la locura embotellada -Braemar echó a andar el proceso una vez más-, deduzco que carece de cualquier tipo de escrúpulos a la hora de usar inocentes como sujetos de prueba. Sus metas son la de La Gruta; el resto no importa nada. Estamos, entonces, ante una variante particularmente virulenta de megalomanía.
-Se mire como se mire, jefe, "la señora" es un enemigo formidable. Tendremos que estar preparados para todo si nos llegásemos a topar con ella.
-Lo haremos, Kodziomi -sentenció él-. Usted y yo, juntos, la derrotaremos.
Dejaron caer los cuchillos y arrojaron parte de los pequeños troncos al fuego, avivando las llamas y haciendo crecer las sombras proyectadas por sus cuerpos. Inclinándose contra la pared, el alquimista nominal cerró los ojos, masajeando sus sienes tras quitarse los guantes de cuero grueso. La espadachina, aprovechando la intimidad del momento, se inclinó contra su pecho, abrazándolo por detrás con sus brazos izquierdos. Era casi un calco de sus posturas de la noche anterior, protegidos del frío gracias a la gruesa manta de lana tejida sobre la cama y la suavidad de las sábanas de algodón hilado.
-¿Señor? -inquirió ella, saboreando cada momento de esta deliciosa intimidad.
-¿Sí, querida?
-Continuando lo que habíamos iniciado hace un rato, he estado pensando bastante en la isla de Rovira desde nuestra charla con la señora Margareten -se arrimó a él aún más, quedando casi sentada en su regazo-. Si esta otra "señora" y los demás malnacidos a sueldo de La Gruta buscan un secreto, apostaría mis escamas a que tiene alguna relación con las islas.
-Su argumento no carece de sentido -el corazón del chico parecía flotar de felicidad al tenerla tan cerca-. Rovira es casi un mundo aparte dentro de Erkandi y Tagmata, ese rincón tan inaccesible, suena casi tentador a los oídos de aventureros como nosotros. Apenas deje de correr viento, reanudaremos la marcha hacia Cerbera a todo galope; debemos hablar de inmediato con el viejo Horkimer.
-Al menos nos ahorraremos el festival de madera quemada -la naga volvió a reír-. He de ser honesta: cuando tomamos el bote en Ruktorima luego del relámpago, volví a sentirme como una niña, saboreando la recompensa tras una travesura bien hecha.
-¿Aún siente ganas de aprender magia?
-Estos viajes por Bracada sólo han aumentado mi curiosidad al respecto -admitió, deleitada con los latidos del corazón de su contraparte-. Tal vez, cuando todo haya terminado, pueda inscribirme en la Academia Imperial, como lo hiciera usted siendo niño. Nunca es tarde para aprender, ¿no?
-Nunca lo es, querida -él besó su frente con cariño-. De cualquier modo y sólo si usted lo quisiera… yo podría enseñarle todo lo que sé. Cierto es que no tengo título de profesor ni nada, pero…
Kodziomi cortó de golpe la frase de Braemar con otro beso en la mejilla, esta vez muy cerca de la comisura de sus labios. En medio de la luz proyectada por las serviciales antorchas, pudo distinguir en él un asomo de felicidad mezclado con otro de sorpresa. Ella, exhibiendo una sonrisa pícara que nada tenía que envidiarle a la de Leonisa, mostró sus ojos brillando de anticipación. El cazador sólo la había visto así bajo una circunstancia: después de los combates en los que terminaban victoriosos y, afortunadamente, sin grandes daños.
-No hacen falta títulos en la pared para ser un buen maestro, señor Braemar -susurró ella-. El tiempo que he pasado con usted hasta ahora es la mejor prueba de ello. Digo desde ya que me encantaría ser su alumna y daré el 110% de mis esfuerzos, aunque mis aptitudes mágicas sean nulas.
-Me honra usted con su preferencia.
-Al contrario, yo soy quien se siente…
La armonía se rompió con un latigazo en forma de sonido tenue, casi como el de un cascabel. Ambos se separaron, poniéndose de pie como movidos por un resorte encantado. Los caballos también lo sintieron, a juzgar por cómo se movían nerviosamente en su rincón. Uno de ellos incluso orinó un poco, pero ambos pasaron por alto dicho olor, totalmente concentrados en mirar hacia las oscuras entrañas de la cueva.
-¿Oyó eso? -preguntó la chica reptil, llevando tentativamente las manos a sus cimitarras.
-Fue muy leve, pero estábamos tan tranquilos que lo sentí casi como una quebradura de cristales -él hizo lo mismo, colocándose sus guantes y sintiendo el mango del estoque.
-Una cosa es segura: no fui yo -acotó Kodziomi-. Las nagas sólo hacemos sonar nuestros cascabeles cuando estamos enfadadas. Eso sólo significa una cosa: hay algo o alguien más en esta cueva y va a pagar muy caro el haber interrumpido nuestro descanso -su voz se tiñó de rabia, aunque no al punto de imitar el sonido culpable.
-Bien dicho -Braemar hizo un gesto de aprobación-. Podríamos considerarlo un calentamiento antes de vernos las caras con "la señora" y "la basura". ¿Tenemos a mano otra antorcha? No me gustaría dejar nuestros caballos a oscuras.
-La hoguera está repleta de salud, jefe -cogió la del lado izquierdo a fin de no molestarlos-. Con eso debería bastar para mantenerlos tranquilos.
Los pasos del muchacho y el arrastre de las escamas de la naga se perdieron poco a poco rumbo al interior, dejando al fuego y los animales como únicos testigos de civilidad. Afuera, en el claro y en toda la zona oeste de Erkandi, el viento blanco pasaba factura.
-E6-
-¡Leo!
La muchacha pelicastaña, quien estaba sentada en el porche del negocio familiar, levantó la vista con pesadez. Se sentía cansadísima tras una mañana en la que tuvo que trabajar el doble debido al fulminante dolor de estómago que mantuvo a su padre en cama desde muy temprano. Lo único que podía recordar, como un remolino en las aguas del Seia durante los meses más crudos del invierno, era el ir de un lado a otro con bandejas, libretas repletas de órdenes y más tropezones de los que era responsable hablar. Su madre tampoco lo había pasado mejor, teniendo que dividirse entre atender al marido y cuidar que los platos caseros por los que los comensales babeaban estuviesen adecuadamente preparados. "Definitivamente necesitamos contratar otras tres o cuatro meseras, hija", resopló cuando terminaron de servir los almuerzos hace apenas un cuarto de hora. "¡Otro día así y nos tendrán que mandar a todos a la funeraria por agotamiento!"
-Ah, Baranyi -saludó sin mucho ánimo al cartero encargado de cubrir el sector cívico de Ikata-. ¿Qué te trae por aquí?
-Te ves cansada -replicó el servidor público.
-Simplemente ha sido un día de locos y todavía falta la tarde -retrucó la inquisitiva adolescente-. Este es el primer momento en que he podido sentarme a descansar y tomar algo -señaló la copa de sidra medio llena al alcance de sus manos.
-Por eso iré directo al grano -el hombre, de mediana edad, cabello castaño y expresión despierta, sacó algo de su bolso de cuero-. Hay una carta para ti desde Skaglinden.
Leonisa recibió el sobre extrañada. "¿Quién podría escribirme desde la orilla del mar?", pensó.
-Gracias, Baranyi -le entregó una moneda al cartero-. Suerte con el resto de tu ronda.
Se despidieron con una inclinación de cabeza. La chica cogió su porción de alcohol especiado y entró a la calidez del primer piso, aún ruidoso con las conversaciones de los parroquianos y los piropos al par de meseras atendiendo a todo el lote. Cogió la llave de la habitación número cuatro, la misma que ocuparan Thomas Braemar y Kodziomi antes de abandonar Ikata, y entró, saboreando el silencio. Nadie la había ocupado desde la partida de los aventureros. Era el entorno ideal para poder leer esa carta, pensar en sus propios asuntos… Tal vez podría regodearse un poco a la noche con un buen baño, bálsamo bendito para sus agotados músculos.
-Creo que en el cajón de la mesa de noche había un cuchillo -lo abrió y extrajo de él la afilada herramienta; el sobre apenas opuso resistencia-. ¡Ah, señor Braemar! -exclamó al ver la pulcra letra del remitente, su ánimo subiendo como la espuma y barriendo el cansancio de hace sólo instantes.
Pasó la hoja con maestría bajo el doblez y extrajo de ella una hoja de papel y cincuenta monedas de oro. Curiosamente, no se había sentido tan pesada cuando la recibió allá afuera. Desdobló la misiva con cuidado y leyó rápidamente.
Mi estimada Leo:
Espero que mis palabras te encuentren en estupendo estado de salud. Kodziomi y yo no hemos dejado pasar un día sin pensar cómo te está yendo con tu trabajo en la taberna.
Tras días en la ruta, por fin tenemos una base de operaciones en la ciudad de Skaglinden, al suroeste de la gran frontera marítima que es el distrito de Erkandi. Yo nunca había estado por estos rumbos, aunque mi ayudante los conoce bastante bien. El paisaje es agreste, repleto de bosques y valles que parecen serpentear sobre sí mismos. La nieve es fresca, densa y más blanca que en otros sitios de Bracada donde he estado. Algunas zonas son similares a Ikata, cubiertas por el hielo eterno reservado a las más altas cumbres. La única excepción es el valle de Martken, donde la tierra fértil regala incontables muestras de vegetales y los macheteros faenan el ganado y las aves para el deleite de los paladares locales.
Sin embargo, lo más espectacular es el mismo Océano de la Quietud. Cuando lo contemplé por primera vez, casi volví a creer en los dioses que desde hace años expulsé de mi mente; es una larga historia que tal vez te cuente más adelante, cuando todo haya terminado. Ver las aguas resplandeciendo bajo el sol blanquecino, escuchar el murmullo de las olas contra los riscos y las pequeñas playas, sentir el aire salado penetrando hasta la misma raíz de tu conciencia… Todo ello no tiene precio. Es, sencillamente, el mayor regalo a nuestro mundo que ha hecho la madre naturaleza. Si puedes venir por aquí con tu familia un día de estos, hazlo. No te arrepentirás.
La gente de estos rumbos es tan sacrificada como amable, siempre conservando una profunda fe en su propio futuro. Entre el puerto, los mercados y los rumores tienes para estar semanas completas siguiendo pistas. Ahora mismo hemos partido hacia el norte, a Cerbera, desde donde espero escribirte nuevamente. No planeamos pasar mucho tiempo allí antes de navegar hacia la isla de Rovira. Tenemos un dato estupendo de un capitán que conoce las aguas del sector.
Para terminar, quisiera hacer una pregunta importante: ¿ha llegado una carta de Cyra por esos rumbos? Si así fuere, envíala lo antes posible por correo preferente a El Terciopelo Azul, en la calle principal de Skaglinden. Si te sirve de referencia, es la taberna con mejores vistas de la ciudad. Las veinte monedas que cuesta dicha transacción van incluidas con esta carta; el resto es para ti como una recompensa por ser tan servicial y discreta. Sé lo mucho que te gustan los pasteles de calabaza del mercado cercano al primer embarcadero, así que cómete unos cuantos a nuestra salud. Aprovecho también de mandar muchos saludos a tus padres, quienes deben andar tan ajetreados como tú con tan exigente clientela.
Esperando tu respuesta, se despide
T.B.
P.D.: Kodziomi te manda un enorme abrazo.
-Señor Braemar… -suspiró la adolescente, poniéndose roja casi al instante-. Siempre tan atento y gentil. Tal vez sea el mejor cliente que hemos tenido nunca.
Bebió el resto de del licor de manzanas de un trago y luego bajó a buscar las cartas recibidas en días anteriores. Estaban en un montón junto al extremo de la barra, bajo una campana de vidrio que sólo se abría con llave para evitar que algún consumidor borracho se las llevara por error.
-Veamos qué hay de bueno… -murmuró para abstraerse del cacofónico recital de risas-. Un par de envíos de la tía Solka; otra del primo Robert; dos de los proveedores de carne y pescado; una más del médico del hospital local, seguramente relacionadas a las úlceras de mi madre… ¡Lotería! ¡Aquí está!
Separó un sobre color blanco invierno con caracteres escritos en una tinta azul intenso, casi similar al mismo cielo que adornaba la ciudad en esos contados días sin nubes.
-Cyra Beresford -leyó el reverso del pulcro envoltorio-. Calle Latkode 45, Tasarina, Maratzante. Viene con el sello del Gremio Mágico -pausa-. Ah, ya caigo: como el señor Braemar no conocía su dirección actual tras tantos años sin saber de ella, seguro la envió por la sucursal local para que así llegara a destino.
Guardó la importante misiva en el bolsillo de su delantal; poco después se unieron ahí dentro las monedas y el pergamino recién recibido. Lavó el vaso y lo dejó secando junto al fregadero. Acto seguido, subió a la intimidad de su modesta habitación y se cambió de ropa; no podía enfrentar el turno de la tarde sin sus mejores galas.
Ese baño nocturno le iba a sentar muy pero que muy bien, pero primero debía ayudar a su madre a lavar la loza. Su mente estaba centrada en sólo una cosa: sobrevivir.
Volvamos a la cueva de los cascabeles…
Si en un principio la estancia había adquirido señales de comodidad gracias a las antorchas y la fogata, sus secciones más profundas iban en sentido diametralmente opuesto. Avanzando lentamente y con sus mentes en máxima alerta, empuñaban los testigos con firmeza al enfrentar otra pendiente tras un descanso de unos seis a siete metros de largo. La cueva parecía prolongarse como una especie de tobogán extraño, de escalera adaptada a pasos infinitamente más grandes que sus propias existencias.
-¡Ahí hay otro! -susurró Kodziomi, deteniéndose de repente-. Mis oídos no me engañan: estamos cerca.
-¿Puede pelear con sólo cuatro o cinco de sus brazos libres? -inquirió Braemar.
-No será problema alguno, jefe -ella exudaba confianza-. Y si es necesario, siempre podemos quemar las caras de los extraños con estas bebés -apuntó a las antorchas aún encendidas.
-Pelear en un túnel así no me hace gracia, pero es eso o enfrentar la tormenta que, a juzgar por el tiempo que llevamos aquí dentro, ya debe estar rugiendo sobre nuestras cabezas… y las de esos otros extraños seres. ¿Le puedo hacer una pregunta?
-Lo que desee.
-Pensaba en los cascabeles que hemos oído. ¿Ese sonido es particular de las nagas, sean nobles o plebeyas?
-Permítame responderle con una demostración práctica.
La pelinegra agitó su cola suavemente, permitiendo que el stri-stri-stri fuese amplificado por las murallas y llegara sin problemas a oídos de su contraparte. El chico le hizo señas para que repitiera el gesto, guardando el sonido a cal y canto en su memoria.
-Eso bastará. Gracias, querida.
-No hay de qué, señor. Nuestro sonido es algo más lento y constante, mientras que el otro…
Como por arte de magia, el elemento extraño volvió a hacerse presente, esta vez más fuerte, más audible, más legible a sus profanos sistemas auditivos. La chica reptil descompuso rápidamente el audio, cuya cadencia parecía decir susuri-susuri-susuri. En un entorno con mayor ruido ambiente sería casi imposible distinguirlos, pero esta cueva era un estupendo sitio para producir ecos.
-Ahí lo tenemos -apuntó él-. Es más rápido e irregular. No son nagas.
-Sean lo que sean -ella hinchó un poco el pecho y soltó algo de adrenalina-, no podrán con nosotros. Me siento como si pudiese enfrentarme ahora mismo a La Gruta en pleno.
-Procedamos, entonces.
Con las antorchas a los costados, siguieron bajando lentamente. El aire parecía enrarecerse, tomando olor a piel, a la misma esencia de los subterráneos desperdigados por toda Antagarich y la totalidad de la isla de Nighon. Respiraban de forma tenue, casi imperceptible, sin dejar que el otro se adelantara demasiado. Enfrentar los túneles era una cosa y hacerlo en solitario otra muy diferente. En la mente de ambos se tejía un solo deseo: terminar rápido con esto para volver a descansar sobre sus capas, disfrutando de esos momentos de contacto íntimo donde podían permitirse ser ellos, alejados de las preocupaciones de su frenética travesía.
De repente, voces:
-¡Nos han encontrado! -dijo una con marcado talante desesperado.
-Te dije que ocultarnos aquí era mala idea -apuntó otra, algo más cansada pero también más sabia-. Como hayan bloqueado la salida, hasta aquí llegamos.
-Era eso o la perspectiva de otra tormenta como la de ahora.
-Cálmense ya, por favor -una tercera, seria e impasible, entró al ruedo-. Las demás necesitan descansar.
-¿Qué tal siguen?
-La herida del hombro no da señales de mejora; es cuestión de tiempo para que muera. En cuanto a la pequeña, sigue con una fiebre altísima.
-Detengan el carro -esta sonó repleta de lástima, de delirios indescriptibles-. Quiero subir…
Todas venían tras una curva hacia la izquierda. Lo más curioso es que ninguna de ellas pareció notar la presencia de la luz despedida por las antorchas. O si la notaron, no dijeron nada. Tal vez fuesen habitantes acostumbradas a la oscuridad de las bóvedas subterráneas, lo que les daba una ventaja de campo considerable si tocaba llegar a las manos… o a los coletazos. Braemar recordó, durante sus muchos viajes por el continente, referencias a antiguas sectas como el Templo de Baa, que adoraba a los Kreegans y se ocultaba en lugares como este tras profanar santuarios y secuestrar niños a fin de sacrificarlos en rituales satánicos. De ellas también había otra certeza: preferían suicidarse antes que ser capturados y revelar todo lo que supieran de dichas prácticas teñidas de perfidia.
-Curioso, ¿no cree? -preguntó el cazador.
-Sin duda. Por cómo hablan, no parecen estar armadas o en condiciones de luchar. Lo que me preocupa es esa herida: debe estar sumamente infectada para tener a alguien colgando de esa manera.
-Ya le echaremos una mirada cuando terminemos la etapa introductoria. No creo que esta sea una instancia para matar; no nos haría mejores que los bastardos de La Gruta.
La naga noble asintió, su rostro repleto de solemnidad y sus pensamientos amoldados a conciencia con los de su mejor amigo. Ambos tomaron una bocanada de aire viciado y se descubrieron, moviéndose tan lentamente como al principio.
-¡Ahí vienen! -exclamó otra voz, algo chillona y con aún más desesperación.
Oyeron el ruido de escamas moviéndose a toda prisa, formando una línea imaginaria en las mentes de ambos. "Si no son nagas", pensó él, "eso sólo nos deja una opción clara: medusas". La perspectiva de verlos a ambos convertidos en piedra no lo tranquilizaba, pero debían resolver esto si querían seguir el camino hacia Cerbera sin cargos de conciencia.
-¿Hola? -dijo sin demasiados decibeles; el eco hacía lo suyo amplificando ese y todos los sonidos previos-. ¿Hay alguien aquí?
-¡Si son mercenarios, no tendremos piedad! -la primera voz nuevamente-. ¡No volveremos a esa maldita isla!
-¡Lord Preuet puede irse al infierno! -la segunda.
-¡Nos defenderemos hasta la última gota de nuestra sangre! -la tercera.
-¡Esperen! -Kodziomi metió baza-. No somos mercenarios. De hecho, ni siquiera tenemos relación alguna con los señores feudales de Nighon.
-Si es así, acérquense.
Los aventureros cruzaron una mirada con mensaje claro: "yo te protegeré con mi vida". Tomaron sus manos firmemente y continuaron avanzando, enfrentando la última pendiente antes de desembocar en una cámara bastante amplia y en la que, salvo sus propias antorchas, no había nada de luz. Ante ellos se extendía un espectáculo notable, casi increíble en esta parte del mundo. Al igual que la espadachina, estas seis muchachas tenían la parte superior de una mujer y la inferior de una serpiente, aunque las escamas venían en dos tonos: plateadas (al menos a la luz del fuego) en el centro y cacao por los costados; rastros leves de marcas circulares negras se prolongaban hasta la punta de la cola, donde un cascabel de siete a ocho pulgadas de largo completaba el conjunto. La piel era de un gris perlado, exhibida en pleno excepto por los petos de cuero reforzado cubriendo la zona del busto y la parte superior de los hombros. Aquí sólo había dos brazos en vez de seis, bien torneados y con manos curtidas terminando en finos tonos de obsidiana. Los rostros, cansados y sucios, desplegaban desafío desde oscuros ojos cuya osadía era amplificada por el ambiente. Carecían de cabello, siendo este reemplazado por conjuntos de ocho a diez serpientes en los mismos tonos de la cola.
-Reinas medusa (29) -dijo el cazador, viendo que su predicción inicial resultó ser parcialmente correcta-. ¿Qué están haciendo aquí, tan lejos de Nighon?
-No responderemos nada hasta que nos digan quienes son -la tercera voz derrochó nuevamente seriedad.
-Somos cazadores de tesoros -retrucó la naga-, no mercenarios ni esclavistas. Entramos en esta cueva para protegernos de la tormenta y pensamos que estaba desocupada. Ni en nuestros pronósticos más disparatados pensamos que habría alguien más aquí.
-Yo me llamo Thomas Braemar -el alquimista nominal hizo una reverencia- y ella es mi asistente Kodziomi. Nos dedicamos a viajar por el mundo en busca de tesoros, aventuras y mil cosas más.
-¿No han servido nunca a Lord Preuet? -la medusa de la segunda voz no quería ceder.
-Nunca hemos tenido tratos con la gente de Nighon. De hecho, no conocíamos el nombre -otra vez el chico- hasta que nos lo mencionaron hace sólo unos instantes.
-Vamos a ver qué tan cierto es ello.
La primera de las reinas se adelantó hasta quedar cara a cara con Braemar. Se empinaba más o menos a la misma altura de la espadachina, aunque su cola era un pie y medio más corta.
-Mírame a los ojos, Thomas Braemar -espetó.
-Con mucho gusto.
-Jefe -la naga sonó el timbre de alarma-, ¿está seguro de…?
-Confíe en mí, querida.
Por espacio de casi un minuto, dos pares de ojos obsidiana no perdieron pista del otro en medio del aire viciado, de la oscuridad apenas repelida por el caprichoso crepitar del fuego ahora sostenido exclusivamente por la miembro del clan Diakara. La mirada de la medusa era enloquecedora, casi tan imponente como la de Aine, causando que los malos recuerdos del Gremio Mágico de Ikata intentaran reflotar. El cazador, sin embargo, no estaba para jueguecitos mentales, cerrando a cal y canto el baúl de su conciencia. Por un momento Kodziomi temió lo peor; bien conocida era la habilidad de las medusas, fuesen reinas o no, para petrificar a sus enemigos y después decapitar las recién inauguradas estatuas con sus propias armas. Sintió un inmenso alivio en el corazón cuando ella apartó la mirada y retrocedió.
-Dices la verdad -sentenció con una reverencia-. Mis compañeras y yo no tenemos razones para desconfiar de ti. En cuanto a ella -posó su vista en la pelinegra-…
-Pueden tratar a mi asistente como si fuese yo mismo -atajó el humano-. Kodziomi es de mi absoluta confianza y no habrá trucos por parte de ninguno de los dos.
-Sea, entonces -volvió junto a las demás-. Quisiera saber algo, Thomas Braemar.
-Sólo llámenme Braemar.
-Como quieras. ¿Tienes algo para curar a nuestras hermanas enfermas?
-Eso dependerá de lo graves que sean sus heridas.
Las medusas se apartaron para abrirles paso. En la parte posterior de la cámara, tendidas sobre el frío suelo, había otras dos reinas. Una de ellas, reclinada sobre su izquierda, tenía un soberbio corte en el hombro derecho, cuya dura costra hedía a podredumbre. Sus labios estaban secos y respiraba con extrema dificultad. La otra, con el rostro totalmente rojo, transpiraba copiosamente y tenía empapado el peto oscuro, marcando los pezones contra la gruesa tela y haciéndolos subir y bajar regularmente mediante el ejercicio de sus pulmones.
-¿Cómo terminaron así? -preguntó la naga.
-Fue una secuencia de hechos desafortunados -habló nuevamente la primera, quien hacía de líder-. Llevamos tres días encerradas aquí luego de que una de esas tormentas de viento blanco casi nos matara. Nos quedamos sin provisiones esta mañana y tampoco tenemos medicinas para tratar la herida que ella -señaló a la infectada- se hizo al tropezar y cortarse contra una piedra tan afilada como cubierta de musgo. Perdió bastante sangre y apenas consiguió llegar hasta aquí con nosotras.
-En cuanto a la pequeña -la tercera apuntó a la chica que claramente tenía fiebre alta-, resbaló a la orilla de uno de los manantiales cercanos y cayó al agua gélida. No sé cómo conseguimos sacarla de ahí sin ahogarnos también. Se salvó por muy poco de una hipotermia, pero el exponerse al agua fría la dejó con lo que creo que es un resfrío grave.
-Hay algo peor que eso -acotó el cazador-. Ustedes también podrían haberse contagiado, ya sea con los gérmenes respiratorios o las bacterias de la herida. Es menester curarlas a todas ustedes, empezando por ellas -señaló a las recostadas, cuyas expresiones eran de absoluta congoja-. Kodziomi, llévese una de las antorchas y vaya por mi bolso, algunos trapos sueltos y algo de agua. Si puede, traiga también nieve; podemos derretirla y usarla en la limpieza.
-De inmediato, jefe -la aludida partió en dos tiempos, buscando demorarse lo menos posible.
-¿De verdad puede curarlas? -inquirió la chillona-. ¿De verdad puede?
-Haré lo posible -retrucó Braemar, intentando calmarla con la mirada-. No soy médico, pero algo sé de curaciones tras mis años en la ruta. Sólo espero que sea suficiente.
-Lo será, humano -la líder tomó el testigo-. Si ustedes aparecieron aquí es porque los dioses del inframundo aún no se han olvidado de nosotras.
-Ya podrán contarnos su historia cuando hayamos acabado aquí. ¡Ah, Kodziomi! -volteó y puso un tono alegre al ver a su asistente-. Veo que tiene todo lo necesario. Ahora instálese aquí y écheme una mano.
-Sólo dígame qué desea y lo tendrá, señor.
-Esa es la actitud. Ahora necesito que dos de ustedes -apuntó a las ofidias con pelo ídem- sostengan las antorchas sobre nosotros.
-Yo lo haré -dijo la chillona- y no la soltaré por nada.
-Lo mismo digo -la sexta, que no había tomado palabra hasta ahora, se adelantó y recibió el segundo testigo.
Con las otras cuatro guardando respetuosa distancia, inició el lento proceso de limpieza de la herida. A una señal de Braemar, la naga abrió una botella de agua y vertió parte del contenido sobre un trapo grueso que luego le pasó. El chico, habiéndose despojado de sus gruesos guantes, comenzó a tallar la zona infectada a fin de remover la costra y purificar un poco los alrededores. La barrera de sangre endurecida resultó estar más dura de lo que ellos mismos habían predicho, pero eventualmente cedió, revelando la carne viva y un olor nada agradable; parecía que el anillo exterior rodeando el rastro de la piedra musgosa estaba cerca de la necrosis.
-¡Ngghhh…! -dijo entre dientes la medusa tendida-. ¡Duele!
-Tranquila -la sexta intervino, agachándose un poco para acariciarle la frente-. Tranquila, hermana. Ya pasará.
Volvió a su posición a una señal del alquimista nominal, quien ahora tenía un frasco en tonos azulinos entre los dedos. Quitó la sangre brotando de la horrible herida con algo más de agua, secó todo a conciencia y echó un chorrito del contenido sobre otro trapo.
-Esto es una poción desinfectante -explicó sin levantar la cabeza-. Va a arder como brasas al principio, pero es necesario para evitar que el resto del brazo termine convertido en tejido muerto.
-¿Tendrás que aplicárselo más de una vez? -cuestionó la líder.
-Lo importante es llevarla al hospital en Cerbera cuando pase la tormenta. Allí la tratarán como es debido. Esto, al menos, la mantendrá estable, evitando que la infección se propague por su sangre.
Pasó el trapo y la reacción no se hizo esperar. Otro grito desgarrador que hizo a la enferma retorcerse de cola a cabeza. Después vino el silencio, apenas interrumpido por los leves gemidos de la pobre chica reptil.
-Ahora hay que sellar la herida -Kodziomi cogió otro juego de trapos limpios y los enrolló alrededor del hombro, dejando que la piel respirara-. Colocamos aquí un alfiler prendedor y… ¡listo!
-Bien hecho, querida -le dedicó una sonrisa mientras ella apartaba las telas usadas para después quemarlas en la hoguera-. Ahora vamos al toque final.
Concentró las energías mágicas en su mano, que ahora brillaba en un tono azulino en vez del blanco asociado a los hechizos de aire. Susurrando un mantra casi inaudible, tocó el cuerpo de la reina medusa con cuidado, causando como resultado un aura de limpieza y tranquilidad.
-No soy un experto en el hechizo de Curación (30), mas debería bastar por ahora -se puso de pie y secó su sudorosa frente con el dorso de la manga-. También sería recomendable llevarla a nuestro sitio de descanso, algo más arriba. Tenemos víveres que podemos compartir con ustedes. Nos reabasteceremos cuando estemos a salvo tras los muros de Cerbera.
-Nunca podremos pagarle todo esto, señor Braemar -dijo la tercera reina.
-¿Señor Braemar? -la líder casi no podía creer la intervención de su compañera.
-Así es, Gala. Señor Braemar. Y lo mismo aplica para la señorita Kodziomi. Tal vez seamos medusas, pero eso no implica que la gratitud deba ser un concepto al que le hagamos asco. ¿Recuerdan que por eso nos alejamos de Nighon?
-Estoy de acuerdo -dijo la segunda.
-Yo también -la tercera-. Las reglas de los túneles ya no aplican aquí.
-Lo mismo digo -la cuarta.
Gala, la primera, podía ver claramente que llevaba las de perder.
-Está bien, chicas -se acercó a los aventureros e hizo una profunda reverencia-. Mis disculpas a ambos -después les besó las manos, tragándose el orgullo por completo-. Hemos pasado por tanto desde ese día que, para ser honesta, mi fe en la existencia estaba a punto de irse arrastrada por el mismo viento que casi nos convirtió en estatuas.
-No importa -retrucó la naga, sonriendo-. Ahora curaremos a la pequeña con fiebre y después iremos todos al nivel superior.
Este último proceso no tomó más de cinco minutos y requirió, además del ya mencionado hechizo benéfico, darle de beber agua fresca a la octava chica reptil, quien había perdido bastante debido a la transpiración. La naga secó su piel con cuidado y luego le quitó el peto para trabajar el área del busto; Braemar miró respetuosamente hacia el lado llegado el momento. Con todo normalizado, las enfermas fueron tomadas con cuidado por sus compañeras y siguieron a los aventureros de vuelta a la zona segura. Incluso se ofrecieron a cargar los enseres para aligerar la carga de sus providenciales salvadores. En su escamoso interior, sus almas respiraban de alivio, exultantes de haber encontrado, en el interior de la más profunda oscuridad, la luz de una segunda oportunidad.
Esto no era Nighon. Era Bracada.
-E7-
Al ver llegar el gentío desde la oscuridad, los caballos estuvieron a punto de romper las amarras y salir corriendo. El cazador de tesoros y su ayudante debieron extremar los susurros y caricias para tranquilizarlos. No era para menos: estos nobles animales tenían un particular miedo a las medusas, quienes los cazaban y posteriormente faenaban en las ciudades y pueblos subterráneos donde moraban. Las únicas excepciones eran los montados por los tiránicos señores feudales controlando amplias extensiones de túneles; sólo mirarlos de forma sospechosa era castigado con latigazos o quemaduras.
-Ahora ya están más tranquilos -dijo ella, sentándose en donde antes estuviera acurrucada junto a su compañero-. Pónganse cómodas; ya prepararemos algo de comer para todos.
-Permítannos ayudarles -dijo la segunda reina tras acostar a las enfermas sobre una manta larga que les facilitara el alquimista nominal.
-Sé que esto puede parecer un poco obsesivo -añadió la tercera-, pero nuestra especie no gusta de dejar cuentas pendientes.
-No hay deuda alguna -intervino Braemar-. Sólo hicimos lo que cualquier otra persona hubiese hecho en nuestro lugar.
-Eso no es verdad, señor -Gala, la líder, metió otra carta en la mesa-. Usted y la señorita Kodziomi han sido la única excepción a la regla que ha caracterizado nuestro viaje. Ahora responderemos, mientras se preparan las vituallas, la pregunta que nos hiciera inicialmente. Estamos aquí, tan lejos de Nighon, porque ya no aguantábamos más la vida de mierda que llevábamos en esos asquerosos túneles iluminados por lámparas de gas.
-¡Gala! -la segunda parecía disgustada por el improperio-. Por favor, trata de controlar tu lengua.
-Lo siento, Lyrina. Me dejé llevar.
-No importa -acotó la naga-. Yo habría reaccionado igual de estar en su lugar.
-Lo bueno es que eso ya forma parte de un pasado al que es mejor no volver -añadió el humano-. Herviremos un poco de esta agua, prepararemos té y lo acompañaremos con algo de faisán asado.
-No hemos comido nada en toda la mañana -la quinta voz, retornando a su tomo chillón, puso su granito de arena-, así que suena a gloria. De sólo imaginarlo se me hace agua la boca.
-¿Hay algo en que podamos colaborar? -la sexta, algo apagada, preguntó.
-Derritan algo de nieve en esta olla -Braemar les entregó el implemento más un contenedor de metal lleno a rebosar-. Pueden usar el brasero junto a la hoguera. Daré algo más de pasto seco a los caballos y, de paso, podrán contarnos cómo llegaron hasta Erkandi.
-Es una larga historia, señor -Gala tomó la palabra nuevamente-. Partiré por presentarnos: ya saben que mi nombre es Gala y esta es Lyrina, mi mano derecha -la aludida hizo una reverencia-. Las demás en pie son Katarina, Oneida, Matzo y Byrene, mientras que las enfermas a quienes dispensaron sus cuidados se llaman Adnia y Tarkari. Nosotras éramos parte de una unidad militar bajo el mando de Lord Preuet, uno de los señores más despóticos y desquiciados que alguna vez campearon por Nighon (31). Sabrán ustedes que nosotras, las medusas, tenemos entrenamiento como tiradoras, asistiendo en asedios y defensas de las ciudades cambiando continuamente de dueño. Nuestra nación es notoriamente inestable al punto de no tener siquiera una capital.
-¿Tienen sus arcos consigo? -preguntó Braemar tras sentarse al lado de Kodziomi y ver que el agua ya había hervido.
-No -dijo Lyrina-. Tuvimos que quemarlos a fines de la semana pasada para hacer fuego, cuando acampábamos en la superficie y casi nos alcanzó una de esas gélidas tormentas. También perdimos el pedernal cuando nos vimos forzadas a huir hasta aquí. Estuvimos racionando al máximo nuestras escasas provisiones, expiradas apenas hoy en la mañana, como ya sabrán.
-Así que ustedes también fueron soldados en su tiempo -reflexionó la pelinegra-. ¿Hace cuánto que huyeron?
-Meses, tal vez un año -Katarina tomó el testigo-. Todas vivíamos en Harpy Rock, un castillo ubicado en el primer nivel de las cavernas y también cerca de la costa erathiana. Lord Preuet, como ya dijera Gala, era un auténtico malnacido, poseído por un temperamento terrible y de marcados afanes expansionistas. A su mando tenía un contingente nada despreciable que deseaba usar para hacerse con las tierras de Lord Caomham, ubicadas justamente en el segundo de muchos subsuelos bajo las montañas tapizando la superficie del país. Era una campaña al ritmo frenético de muchas otras, donde conquistábamos ciudades casi tan rápido como las perdíamos. Habremos tomado cuatro en el espacio de cinco o seis semanas, moviéndonos a una velocidad vertiginosa y masacrando a quien se nos cruzara. Pero llegó el momento de asaltar Sinkhole, la fortaleza principal del enemigo, y ahí se fue todo al mismísimo diablo.
-El ataque fue un absoluto desastre -ahora hablaba Oneida mientras se preparaba para servir el té en tazas de latón revestidas de cerámica-. El rival de nuestro comandante en ese entonces se hizo con los servicios de los poderosos dragones rojos y negros para reforzar sus defensas, combinándolos con minotauros y mantícoras. Teníamos la ventaja del número, pero él la del poder. Entre la magia y los ataques de sus criaturas quebró el grueso de nuestras fuerzas -pasó las tazas de una en una con el aromático líquido- y nos forzó a huir. Apenas el 15% logró escapar y Lord Preuet estaba realmente colérico. En un arrebato de rabia, mandó ejecutar a todos sus escuadrones de trogloditas, arrancó las alas de hasta la última arpía, quemó a sus propias mantícoras con aceite hirviendo y, después de todo ello, forzó a los pocos minotauros aún vivos y manchados de sangre… a violar a nuestras hermanas.
Oneida se echó a llorar, estremeciéndose por completo ante tan funesto recuerdo. Gala y Lyrina la abrazaron, intentando hacerla volver al mundo de los vivos. Kodziomi colocó una parrilla tosca sobre las llamas y puso el ave a asar con cuidado; se turnaría, tras un pase de señas con su jefe, para vigilar que no se resecara.
-Fue la cosa más horrible que alguna vez haya visto u oído -Matzo decidió continuar, sorbiendo un poco de su té-. Esos malditos toros elegían grupos de medusas plebeyas o reinas al azar y las arrastraban a las cárceles tras vendarles los ojos. Los gritos colándose por las rejas duraban horas, horas en las que eran totalmente vejadas, golpeadas y después decapitadas a intervalos regulares. Yo misma recuerdo haber visto, tras colarme ahí para ver qué tan mal iba a la cosa, a dos o tres de ellos turnándose para montar salvajemente a una pequeña amarrada a un potro de tortura. Después de ver eso, pasé casi dos semanas sin poder dormir, pensando cuándo me tocaría a mí… o a otra de mis compañeras de batallón. Eventualmente decidí que no me resignaría a mi suerte y decidí desertar.
Tanto el humano como la naga tenían ganas de vomitar tras escuchar lo que iba de relato. Se juntaron y abrazaron casi por instinto, deseando limpiar sus mentes de los funestos recuerdos narrados por las arqueras reptilianas.
-Matzo me contactó primero a mí -Byrene tomó el podio imaginario-. Estaba tan asustada como ella, pero nos sobrepusimos al miedo y comenzamos a hablar con otras compañeras de Harpy Rock para planear un escape. Pasando mensajes ocultos bajo las narices de los guardias, logramos reunir un grupo de treinta medusas, casi todas reinas, dispuestas a colaborar con el plan. Fuimos memorizando las rutinas de los centinelas y buscando boquetes en las entradas de la ciudad donde nos reagrupamos tras el ataque. Gala y Lyrina, quienes asumieron el mando casi desde el principio, decidieron incendiar un almacén de comida para provocar la distracción necesaria.
-Sobra decir -Gala tomó algo de té y sonrió ante el olor del faisán cocinándose- que habíamos robado poco a poco víveres de ahí dentro; los necesitaríamos para la travesía por los túneles bajo el Océano Blanco.
-¿El Océano Blanco? -inquirió Braemar-. ¿Planeaban salir a la superficie en Erathia?
-Precisamente, cerca de la ciudad de Faler-on-Sea. ¿La conoce? Es un puerto muy grande, repleto de barcos y también de guardias. Ergo, no planeábamos quedarnos allí mucho tiempo; los erathianos nunca han sido muy receptivos con los habitantes subterráneos.
-Una decisión racional -corroboró el alquimista antes de mover un poco la carne blanca en la parrilla-. A todo esto, ¿qué tal está Oneida?
-Me encuentro algo mejor, señor Braemar -contestó la aludida-. Dispénseme por mi llanto, pero esos recuerdos aún los siento tan vívidos…
-No importa, Oneida -le tendió un pañuelo blanco de su bolsillo-. Sólo relájese y respire profundo.
-Sí, señor.
-Volviendo a la historia -dijo Lyrina-, el plan inicial era incendiar la despensa, pero decidimos cambiarlo por algo aún más potente y que generase confusión adicional; hacer volar la herrería local. Los herreros de Nighon trabajan el metal con azufre para hacerlo más maleable y resistente al calor y nosotras sabíamos en ese entonces que dicho elemento era inflamable. Oneida y Katarina dejaron fuera de combate al personal en pleno, robaron un par de sacos y los rociaron por todo el recinto, dejando una estela lista para la antorcha ubicada cerca de allí. También aprovechamos de llevarnos todas las flechas que pudiéramos cargar.
-Esto sí que se llama planificación a gran escala -acotó Kodziomi, lanzando una risita-. Continúen, por favor, que esto se pone cada vez más interesante.
-Decidimos actuar temprano, una mañana de la semana del cóndor, si no me falla la memoria -Katarina sirvió más té a todos-. Estábamos divididas en dos grupos, uno comandado por Gala y el otro por Lyrina. A una señal conjunta, desatamos el pandemónium y luego inutilizamos a los centinelas antes de abrir la puerta hacia la libertad. Parte del azufre que sobró fue esparcido en la entrada y también prendido, a fin de evitar que nos persiguieran. Nos dolió -pausa marcada por congoja- dejar atrás a nuestras hermanas y compañeras, pero sabíamos que era intentar el plan o morir violadas. Sólo queríamos empezar una nueva vida, lejos del mal eternamente asociado a Nighon. Después de viajar casi una semana por los túneles submarinos, respiramos el aire puro de la superficie, a poca distancia de Faler-on-Sea.
Las pechugas, alas y muslos del faisán ya habían sido dados vuelta, inundando el aire con un aroma aún más delicioso. Hasta los caballos dieron muestras de cierta excitación, ignorando que estaban a poca distancia de un grupo de peligrosas depredadoras.
-Ahí empezó, irónicamente, lo más complicado -Matzo habló por Oneida, quien seguía algo vulnerable-. Nadie quería abrirnos las puertas, forzándonos a cazar y en algunos casos robar para subsistir. Avanzamos hacia el oeste, siempre siguiendo la costa del Océano Blanco. Como en Nighon no hay estaciones del año, el invierno nos pilló mal preparadas y casi un tercio de nosotras murió de frío o ahogada en los ríos que no pudimos cruzar. Otras tantas cayeron peleando contra bandidos o animales salvajes rondando entre las playas y bosques. Al entrar a lo que los erathianos llaman la región de Southport, conocimos la nieve por primera vez y creímos haber llegado a un infierno blanco, eterno, coronado por montañas y valles aislados, por senderos y arroyos congelados bajo los cuales el agua fluía cual sangre azulada -pausa-. Ni siquiera pudimos darles un funeral acorde; tal era nuestro miedo a los cazadores que seguramente el inmoral de Preuet envió tras nosotras.
Kodziomi se sintió plenamente identificada con este último momento. Ella, en su estilo, también se sacó las cadenas del pasado al referirse a Fafner como un simple genio, no como el comandante bajo el que sirvió en incontables misiones durante sus años de soldado imperial. Las reinas medusa habían movido sus escamas por la misma ruta, dejando todo atrás con el fin de olvidar, de renacer.
-Allí conocimos el primer viento blanco de nuestras vidas -Byrene azuzó el fuego y terminó su té-. Nos escondimos dentro de un bosquecillo y aún así dos más cayeron producto de una hipotermia salvaje; estaban congeladas con un aura siniestra, casi como esculturas labradas por la mismísima muerte.
Braemar se estremeció un poco al escuchar lo que bien pudo haberles pasado a ellos de no encontrar la cueva. Atrajo aún más a su asistente hacia sí; ella aceptó encantada la invitación tras ver que su hilo mental iba hacia el mismo lado.
-Así sólo quedamos nosotras ocho -Oneida, ya repuesta, llenó el vacío narrativo-. Decidimos movernos rápido y dejar atrás Erathia, parando sólo para comer y dormir escasas horas. Así entramos a Bracada por la zona de la llamada Bahía de Skyline, según constaba en un mapa que cogimos de otro desgraciado que murió congelado cerca de la costa. La gente de estos lados fue algo más receptiva, permitiéndonos pernoctar y renovar nuestros escasos bienes a buen precio. Mientras estábamos en Maratzante… Así se llama el puerto del sur, ¿no?
-Efectivamente -replicó el cazador.
-Gracias, señor Braemar. Ahí las cosas volvieron a irse al diablo.
El faisán ya estaba listo. Usando sus dagas, los aventureros cortaron la carne en trozos iguales y quitaron las pieles de los trozos respectivos antes de sazonar todo con una pizca de sal de mar. La naga procuró brochetas de madera de su bolso y fue pasando la carne ensartada a las hambrientas medusas. Adnia y Tarkari continuaban durmiendo, dejando todas sus energías al sistema inmune para que mantuviera a raya a los invasores causantes de sus males. Decidieron tomar una pausa de media hora para comer y relajarse, cambiar de posición y extender nuevamente las capas. El muchacho subió un momento a la entrada de la cueva, regresando entumecido.
-Afuera aún es de día, pero la tormenta está en plena forma y tiene, creo yo, para unas cinco o seis horas más -volvió a sentarse y aceptó otro té junto con su porción de pechuga-. El ruido es ensordecedor y pareciera, a juzgar por las sombras verdes que vi, que el bosquecillo cercano está siendo doblado cual paja por el viento.
-No queda más que resignarnos -dijo Kodziomi-. Al menos podremos terminar de escuchar la historia de nuestras nuevas amigas y dormir un rato.
-¿Amigas? -Gala pareció dudar-. ¿De verdad nos consideran sus amigas?
-No sólo eso: las admiramos por haber pasado por tantas penurias para llegar hasta aquí. Como aventureros que somos -se acurrucó otra vez junto al chico de ojos negros-, sabemos dar crédito a quienes lo merecen.
-Yo… Nosotras… No sabemos que decir, señorita Kodziomi.
-Sólo sean ustedes mismas -Braemar la calmó con un gesto-. Con eso basta y sobra. Volviendo a la historia, nos contaron que todo se fue al demonio nuevamente. ¿Por qué?
-Ah, sí… Como dijo Oneida, estábamos en Maratzante cuando oímos un rumor terrible en la taberna local; al parecer unos mercenarios pasaron por allí hace dos días y preguntaron por nosotras. De inmediato asumimos que eran soldados de fortuna contratados por Preuet, así que nos vimos obligadas a salir nuevamente al exterior y tratar de no toparnos con ellos. Eso quedó confirmado cuando Lyrina obtuvo un dato clave del tabernero: venían bordeando la costa del Océano Blanco desde hace al menos cuatro a cinco meses, parando en cada caserío, aldea, villorrio y ciudad a su alcance para correr la voz. La recompensa era tentadora: veinte mil piezas de oro por cada una de nosotras que fuese capturada viva -se echó a la boca un trozo de almuerzo, tragó y bebió té-. Nuestra breve tranquilidad se trizó, obligándonos a ir hacia el norte, viviendo de la misma forma que en Erathia.
-Pasamos por las afueras de Equinox y continuamos rumbo hasta los valles que forman este distrito -nuevamente Lyrina relevó a su líder-. Decidimos no parar en Skaglinden; demasiada gente estaría tentada de delatarnos por el dinero si el rumor se difundía allí. Eventualmente nos perdimos al no poder comprar un mapa del distrito y dimos vueltas durante casi una semana en el laberinto de montañas y bosques hasta que nos sorprendió otro viento blanco -sentenció tras terminar su porción-. El resto, como bien se dice, es historia conocida.
Se preparó una tercera ración de té para calmar las cansadas gargantas de las reinas medusa, cuya historia de sufrimiento e iniciativa ciertamente era material de leyendas. Antes de decirles que fueran a dormirse con confianza para recuperar fuerzas y bajar bien el almuerzo, encendieron una nueva hoguera cuatro a cinco metros más adentro, a fin de proporcionarles calor. Las enfermas dormían tranquilamente, con el sueño reservado a los justos; pronto estarían en el hospital de Cerbera bajo el atento cuidado de los magos médicos. Braemar y Kodziomi encendieron antorchas nuevas y arrojaron las viejas a su propio fuego antes de hacer un juramento en susurros.
-Querida mía -la besó con suma ternura en la frente-, sé que encontrar a "la señora" y "la basura" es nuestra primera prioridad, pero quisiera proponerle algo: si nos llegamos a encontrar con esos malditos mercenarios, los mataremos con saña.
-Cuente conmigo, señor Braemar -la naga le devolvió el gesto pero en la nariz-. Nuestras nuevas amigas ya han pasado por demasiados tormentos como para vivir bajo la sombra de la persecución. Esto no es Nighon. Esto es Bracada. Aquí se respira libertad y ellas merecen vivirla.
-No podría haberlo explicado mejor -rió con suavidad el humano-. Ese será nuestro verdadero calentamiento. Si nos los encontramos antes de ir a Rovira, bien.
-Y si es allá en la isla, tanto mejor. He oído que el aire marino tiene un efecto casi adrenalínico.
-Tal como le gusta, ¿verdad?
Ella se sonrojó ligeramente y luego recostó la cabeza en el pecho del cazador.
-Tal como me gusta, jefe -ella suspiró de felicidad antes de permitirse un último pensamiento.
"Toda la adrenalina del mundo, al lado de usted, señor Braemar, no es nada. Cuánta razón tenías, Ikerena bendita", volvió a abrazarlo con cariño. "¡Cuánto nos necesitamos!"
Con la tormenta de un lado y la cámara del otro, decidieron que era un buen momento para tomar una siesta. Total, a falta de colchón mullido, bien valían sus capas contra el áspero muro de roca.
Mientras tanto, en el puerto de Skaglinden…
Una figura menuda, de unos doce o trece años de edad, abrió como pudo la pesada puerta de roble de El Terciopelo Azul; le costó aún más cerrarla debido al cansancio que traía consigo luego de correr como un poseso. Arrastrándose hacia la barra, se sentó en el primer sitio que pilló libre.
-¡Por todos los dioses! -resopló-. ¡Creí que me quedaba atrapado ahí fuera!
-¡Rudiger! -exclamó la rolliza Margareten, dueña y señora del sitio-. ¿Qué te ocurre, niño? Pareciera que vinieses huyendo de un gigante enfadado.
-De algo peor, señora: dicen que una tormenta de viento blanco avanza hacia aquí a millones de kilómetros por hora -otro resoplido-. Apenas alcancé a recoger la correspondencia en el correo tras escuchar a dos señoras que trabajan en el Gremio Mágico charlando en la oficina, justo detrás de mí mientras hacía la fila.
-¿Y qué dijeron? -la mujer le sirvió chocolate caliente y espeso en una taza de cerámica sencilla.
-Hablaban sobre algo llamado "correspondencia interna". Ya sabe, la que todo el mundo dice que mandan por esos portales raros…
-Monolitos, querido.
-¡Eso mismo! Monolitos -Rudiger bebió el brebaje; estaba sin azúcar pero no le importó-. Este mensaje venía de Cerbera y decía que afuera no se podía ver nada. La ciudad entera, con excepción de la cabaña del capitán Horkimer y el sector más cercano al mar, estaba paralizada hasta que pasara el temporal.
Margareten pensó de inmediato en Thomas Braemar y Kodziomi. "Hacia allá salieron hoy en la mañana. Sólo espero que hayan alcanzado a refugiarse en alguna parte". Su mirada se ensombreció por espacio de segundos, dejando ver que los temores de su criado no estaban del todo infundados. El viento blanco, si se originaba en el norte del distrito, solía llegar debilitado debido a las montañas y bosques que rodeaban la ciudad, aunque igual era suficiente para hacer que la mayoría de los habitantes de Skaglinden se encerrara en sus casas, tapiara las ventanas y se encomendara a una de las muchas deidades del panteón bracadano.
-Creo que hoy cerraré algo más temprano -dijo la mujer-. No quiero exponer a mis clientes a riesgos innecesarios. Rudiger, apenas termines tu chocolate, vete de inmediato a casa y ayuda a tu madre en lo que haga falta, ¿vale?
-¿De verdad me da permiso? -cuestionó el muchachito.
-Totalmente. Una vez que pase la tormenta, volveremos a funcionar normalmente -el tono de la saludable mujer derrochaba aplomo-. Aprovecha de pasarle el recado a las muchachas antes de irte.
-Cuente con ello, jefa -le guiñó el ojo de forma cómplice-. A todo esto, aquí tiene las cartas para el local; el cartero andaba en su ronda por el otro rincón de la ciudad y no habría podido traerlas hasta mañana.
-Gracias, querido.
El muchacho le tendió la taza vacía y limpió la comisura de sus infantiles labios con una servilleta de papel, dejando tras de sí un lote de casi veinte misivas. Las clasificó rápidamente: correspondencia de sus asociados en el primer montón, un par de sus familiares del sur, en Equinox y Schiaffandi y la última…
-Qué curioso -dijo Margareten, apartándola del resto-. Es primera vez que recibo una carta oliendo a perfume de flores silvestres.
Venía de Ikata, estaba dirigida a Braemar y la remitente era una tal Leonisa Reddington. El sobre era bastante abultado, mientras que la letra, algo dispersa pero en líneas perfectas, parecía querer salirse del papel. Movió la misiva de una mano a otra, como si quisiera tomarle el peso.
-Ya caigo -razonó, todas las piezas unidas en su cabeza-. Esta Leonisa debe ser el contacto que el muchacho tiene al otro lado del país. Pareciera que aquí dentro hay un tratado, pero eso es asunto de él y de su ayudante.
Instruyó a una de sus meseras para que tomara control de la barra por un rato, cogió la llave respectiva y subió a dejarla encima de la repisa de la chimenea. Se concedió un momento para mirar el mar por la ventana; la espuma, encrespada, ya comenzaba a espantar a los viejos pescadores.
-Resistiremos -sentenció antes de cerrar todo con llave y volver al primer piso.
-E8-
Para cuando emergieron de la cueva en desnivel, había anochecido. El aire, aún frío, daba la bienvenida a un cielo entintado, plagado de hermosas estrellas y con la luna en cuarto creciente como ingrediente principal. Antes de volver a la superficie, las medusas recogieron sus únicas posesiones del fondo de la cámara, consistentes en ocho capas tan largas como gastadas y dos mantas gruesas de lana de oveja que valían su peso en oro en ese rincón de los enredados valles de Erkandi. Matzo contó a Braemar y Kodziomi que las bajas temperaturas les afectaron sobremanera al principio del largo viaje desde la costa sur de Erathia, pero sus organismos debieron acostumbrarse a la fuerza. "En los túneles siempre hacía calor debido a los pilares de fuego empleados para iluminación", añadió mientras ayudaba a Katarina a cargar a una de sus compañeras enfermas.
-¿Y qué pasaba si debían ir a zonas inexploradas bajo tierra? -inquirió él.
-Ya seamos plebeyas o reinas, todas las medusas tenemos buena visión nocturna, señor -respondió la quinta reina-. Es algo que heredamos de nuestras predecesoras, las primeras habitantes de los largos y sinuosos pasadizos entre Erathia y el noroeste de Nighon. Construyeron sus primeras capillas cerca de las ciudades humanas y luego entraron en alianza con los señores feudales.
-Da para pensar cómo hubiese sido la historia -cortó Katarina- si nos hubiésemos mantenido neutrales a la usanza de nuestras primas de Enroth.
-¿Hay medusas al otro lado del océano? -Kodziomi sonaba sorprendida.
-He oído bastante de ellas en los correos de guerra, señorita. La mayoría de los rumores son difusos pero existe una certeza: no usan arcos ni flechas para pelear. Enroth es un continente diferente, un mundo que no corta ni pega con el nuestro. Mejor es dejar las cosas así.
Ahí se acabó la conversación. El cazador llevaba los caballos, moviéndose detrás de Kodziomi, quien tenía los ojos bien abiertos por si aparecían indeseables criaturas salvajes o bandidos sin el más mínimo sentido de autoconservación. La espadachina notó que el diagnóstico de su jefe sobre los árboles doblados era totalmente correcto: varias partes del cerco natural ocultando la entrada de la cueva estaban inclinadas unos cinco a diez grados hacia la derecha. Afortunadamente, casi toda la nieve se fue al suelo lejos de su actual posición, dejando intacto el pequeño camino entre la capa con olor a tierra húmeda, musgo y esencia de pinos.
-¡Brrr…! -exclamó Gala, cerrando su capa a todo lo que podía-. El suelo estaba incluso más frío que con la otra tormenta.
-Usted dijo que iban hacia Cerbera, señor Braemar -Lyrina se acercó al cazador-. ¿Qué tan lejos estamos ahora de allí?
-Supongo que a mitad de camino -retrucó él-. Recuerdo que nos desviamos del camino principal apenas vimos la tormenta avanzando hacia nosotros. También até un pañuelo cerca de la intersección, pero dudo que siga allí después de semejante vendaval.
-Habrá que ser optimistas, jefe -señaló Kodziomi-. Si nos ponemos en marcha enseguida, podríamos llegar a eso de… ¿Qué hora es?
La pelinegra miró al cielo, leyó los signos cósmicos y luego dio un aplauso con sus cuatro manos libres.
-Ahora mismo son las ocho de la noche, tal vez las ocho y media. En ese caso alcanzaríamos, a velocidad prudente debido al exceso de nieve, los límites de Cerbera a eso de la una de la madrugada. Los centinelas rotan cada ocho horas, así que no habrá problemas para entrar.
-Ojalá sea así -acotó el muchacho-. Lo más importante es llevar a Adnia y Tarkari con los médicos.
Llegaron al límite del bosquecillo, contemplando la misma lápida que inicialmente les causara una sensación tan desagradable. Sentían un peso considerable en sus corazones debido a la evidente disyuntiva: no deseaban dejar a las medusas en la estacada, pero tampoco tenían cómo llevarlas consigo hasta la próxima estación del viaje. Las antiguas habitantes del inframundo parecieron sincronizar sus pensamientos con los de sus salvadores y Oneida, para sorpresa de todos, fue quien decidió romper el hielo del momento.
-Señor Braemar, señorita Kodziomi -comenzó-, a pesar de que sólo los conocimos hace unas pocas horas, quiero hablar en mi nombre y el de mis hermanas para darles nuestras más profundas gracias. Nos devolvieron las ganas de vivir y la fe en la existencia de quienes compartimos este enorme continente. Sabemos que tienen compromisos importantes allá en el norte, relacionados con materias que tal vez nunca podamos llegar a entender. En comparación al salvajismo y egocentrismo de ese bastardo llamado Preuet, ustedes asoman como un ícono de luz para nosotras. Considerando todo ello, deseamos pedirles un gran favor -pausa y toma de aire-: permítannos unirnos a ustedes.
-Es lo menos que podemos hacer después de haber tratado a las pequeñas sin pedir nada a cambio -Gala recuperó el temple-. No hacemos esto por dinero, como esos mercenarios bastardos que van tras nosotras, sino por designio. Han demostrado ser dignos maestros y servirles será nuestra mayor alegría, el puntal de salida de una vida nueva lejos de las guerras sin sentido. Lo conversamos hace un rato, mientras recogíamos las cosas, y llegamos a una decisión unánime al respecto. Sólo digan lo que desean de nosotras y lo tendrán. Nuestra palabra como reinas es eterna.
Las seis aún en pie hicieron una profunda reverencia y las serpientes de sus cabezas dieron señales de vida por primera vez, siseando en un tono bajo, calmado, solemne. Sobra decir que el cazador y su ayudante estaban derechamente desconcertados: ni en sus cálculos más disparatados habrían esperado semejante gesto de sumisión de una raza tan orgullosa. Se miraron a los ojos por un rato, intentando articular una respuesta coherente. Siguió un intercambio de ladeos de cabeza, aprobaciones y negaciones, todo ello sin pronunciar una sola palabra. Tras un último asentimiento, llegó el momento de arrojar las cartas a la mesa.
-Seré franco -comenzó Braemar- al decir que nunca en mi vida esperé encontrarme con esta clase de situación. El oficio del cazador de tesoros es siempre riesgoso y complicado; las traiciones están a la orden del día y uno se aferra a lo que puede entre trabajo y trabajo. Kodziomi y yo también las apreciamos muchísimo y nos encantaría aceptar su noble ofrecimiento, pero estamos metidos en un asunto complicado contra gente muy peligrosa.
-Es un grupo -complementó la pelinegra- cortado de la misma tela que Lord Preuet y con idénticas tijeras: ambicioso, brutal, megalómano y totalmente empecinado, creemos, en destruir la paz que nos ha caracterizado durante casi un milenio como nación, sin importar que para ello deban desenterrar fórmulas tapadas bajo siglos de polvo. Nos hemos topado con sus agentes antes y siempre van en serio. Lo que menos deseamos es exponerlas innecesariamente a semejantes riesgos. Sabemos que son estupendas luchadoras, pero esta es la clase de misión que se enfrenta mejor sin llamar demasiado la atención.
-El camino que nos espera será impredecible y no hay garantías de que podamos llegar a ver un nuevo amanecer tras terminar el día -continuó él-. El más mínimo error nos sería fatal y no habrá vuelta atrás una vez que completemos las etapas restantes, cuyo número desconocemos hasta ahora. Aún así, si desean aceptar estas condiciones y poner sus talentos al servicio de nuestra empresa… no tengo problema en darles la bienvenida a esta diminuta procesión. ¿Qué dice usted, querida?
-Si es apropiado para usted, jefe, también lo es para mí -ella se sonrojó un momento, dándole un aspecto hermoso bajo la luz lunar-. ¿Les parece bien? -ahora posó sus ojos en el grupo de reptilianas.
-Aceptamos sin reserva -Oneida besó las manos de sus ahora superiores-. Deposito mi destino y el de mis hermanas ante ustedes -nueva reverencia del grupo completo, cuyos cascabeles hicieron vibrar la noche entera de alegría.
-¿Y bien? -preguntó Katarina-. ¿Cuál es nuestra primera orden?
-Lo primero que debemos hacer ahora -el humano frotó sus manos enguantadas- es construir algo para poder ir todos juntos hacia el norte. De ningún modo permitiré que repten de aquí hasta Cerbera.
-Podríamos derribar uno de estos árboles, despojarlo de sus ramas y armar un trineo con cuerdas, después atarlo a los caballos y partir -sugirió Gala-. Sin embargo, el tiempo nos juega en contra -cambió de idea-, especialmente considerando que nuestros adversarios se mueven rápido. ¿Es así?
-Exactamente -dijo la naga, satisfecha por dentro al ver tan comprometidas a sus nuevas amigas.
-Mejor descartarlo, entonces -corroboró la otrora líder-. Tal vez el señor Braemar tenga una idea.
-¡Esperen! -Byrene se separó un poco del grupo y reptó hacia el otro lado del bosquecillo-. ¡Creo que vi algo allí!
-¿Estás segura? -preguntó Katarina.
-¡Totalmente! -gritó la aludida desde el otro extremo del claro-. ¡Vengan! ¡Aquí está!
El cazador y su ayudante siguieron a la excitada reptiliana hasta lo que parecía un bulto enorme, medio inclinado entre la nieve y el musgo bajo la bóveda arbórea. Echando mano nuevamente a una de las antorchas encendidas, detectaron bordes de madera y lo que parecían ruedas en buen estado. La mitad superior estaba cubierta por una capota medio salida, colgada de un par de ramas cual globo desinflado.
-¡Un vagón! (32) -Braemar no pudo ocultar su júbilo-. Considerando el tamaño que tiene, podríamos colocar todas nuestras cosas y dejar suficiente espacio para ustedes -miró a Byrene con aprobación- en el interior. Kodziomi, páseme el rollo de cuerda que empacamos antes de salir de Calarnen. Byrene, ve ahora mismo por las demás, pero asegúrense de dejar bien abrigadas a Adnia y Tarkari.
-¡Señor, sí señor! -exclamó la medusa, volviendo al claro en dos tiempos.
En cuestión de minuto y medio, las seis reinas estaban junto al humano y la naga, tirando a todo lo que podían tras amarrar la gruesa cuerda a la parte posterior del vehículo. Gala y Lyrina, apoyadas por Braemar, se fueron al otro costado para aflojar las ruedas delanteras. El aventurero usó un par de flechas mágicas para ablandar el suelo sin dañar la tracción; las medusas empujando y sintiendo el envión de la asistencia de su superior. Aquí no había rangos ni jerarquías. Todos trabajaban como iguales, sincronizando sus propias energías en pos de obtener un nuevo pasaporte a la libertad.
-¡Ya casi…! -gritó Oneida-. ¡Casi estamos!
-¡Un empujón más! -Braemar hizo lo propio.
El suelo vio ceder sus propias amarras, liberando el vagón con un gesto seco y casi mandando al grupo completo de bruces al suelo. Jadeando y con las frentes repletas de sudor, se secaron con lo que tuvieran a mano, contemplando el fruto de su esfuerzo como si hubiesen encontrado las puertas al mismísimo paraíso.
-Nada mal para nuestro primer trabajo en conjunto -dijo Matzo tras silbar ruidosamente.
-Es hora de ponernos en marcha -dijo el chico-. Kodziomi y yo arreglaremos la capota y engancharemos los caballos al vagón. Ustedes suban a las pequeñas y preparen una superficie cómoda. Después carguen el equipaje y arrópense bien; el camino y la noche serán largos.
Los animales, tan nobles como dóciles, eran de excepcional musculatura y no opusieron resistencia cuando sus arneses fueron anclados a la parte delantera del carro. Se acordó que el cazador y su asistente irían con los ojos en vanguardia, atentos a cualquier alteración del tranquilo (y gélido) ambiente. Lyrina, quien estaba repleta de energía, se ofreció para tomar el puesto de centinela; un ataque por detrás seguía siendo posible. Las caídas por enfermedad recibieron otro hechizo de cura de Braemar antes de quedar bajo los cuidados de Oneida, cuyo instinto maternal afloró en pleno tras tantos meses de penurias. Gala, Katarina, Byrene y Matzo se recostaron contra el cómodo toldo, a salvo del frío gracias a sus gruesas capas. Respiraron tranquilas, agradecidas por este providencial giro del destino, jurando en silencio poder servir al oriundo de Calarnen tan bien como lo hiciera la espadachina pelinegra.
-¡Mire, señor Braemar! -exclamó Kodziomi apenas terminaron de subir la pendiente sin mucha dificultad-. ¡Ahí está el pañuelo!
-Ikerena nos favorece una vez más -contestó él, dedicándole una sonrisa.
Un sacudón de riendas sincronizado después, el eco de su presencia se perdió en dirección norte, al compás de los cascos y el giro de las ruedas. La lápida volvió a quedarse sola, esperando el próximo viento blanco para seguir sirviendo de advertencia a los viajeros perdidos.
El viento blanco, después de todo, no tenía en sus planes dejar de competir con la Plaga a la hora de clamar víctimas.
Nota del Autor: ¡Cómo pasa el tiempo! Pareciera que fue ayer cuando Trueno Sangriento vio la luz y ahora ha superado dos barreras simbólicas: 10 capítulos y 100 mil palabras. El cansancio ya es latente, pero también lo son mis ganas de continuar con este peculiar proyecto, perteneciente a un universo ídem y repleto de posibilidades.
Entremos ahora en materia. La naturaleza tiene múltiples caras. El fenómeno del viento blanco señala su extraordinario poder sobre la misma existencia que descansa a sus pies y depende de ella, convirtiendo entornos idílicos en trampas mortales. Lo único que podemos hacer en esos casos es prepararnos… y resignarnos hasta que pase. Dicha espera tiene su adecuada recompensa en el clima posterior, imbuido de un aura divina y omnipotente, salpicada con la frescura de un nuevo comienzo. En la dimensión humana, el humano y la naga se empapan con el calor de la urbe, de gente agradecida con lo que tiene y que disfruta, hasta donde puede, las ventajas de sus cartas. Allí descansan los rumores, la superstición y los mismos consejos, aderezos que enriquecen, en justa medida, el caldo madre de la vida. Una tormenta similar, bañada en nubes rojas de dolor y sacrificio, caracteriza la entrada de las reinas medusa al camino de nuestros protagonistas. Gala, Lyrina y las demás decidieron, por cuenta propia, salirse del molde y arriesgarlo todo en busca de un mejor pasar, aprendiendo lecciones por la vía complicada y ampliando numerosas dimensiones de su existencia en el proceso. Allí descansa un punto clave que las ofidias tienen en común con Braemar y Kodziomi, cuya relación sigue recorriendo los deliciosos avatares del coqueteo educado, aprovechando hasta circunstancias tan poco favorables como una ventisca para profundizarse. Cuesta creer que, salvo Leonisa, nadie más les haya mencionado lo mucho de similar que tienen con una pareja formal. Es una suerte que anden lejos de Priscilla, porque si los viera así… Mejor no lo digo. El temperamento de la bibliotecaria se balancea en la punta de su propio alfiler de sombrero, ondeando peligrosamente entre el deber y la locura. Volviendo a aristas más serias, la necesidad del refugio, ejemplificada en esta caverna, las posadas donde el cazador y su ayudante han pernoctado e incluso el mismo exterior en noches de buen clima, demuestra que cualquier sitio del mundo puede, esfuerzo mediante, ser un hogar lejos del hogar.
Musicalmente hablando, las secciones del inframundo en los mapas son contradictorias. Los túneles tienen una pieza agradable, envolvente y enigmática (youtu . be / 9Dk8WAbB46k) y las ciudades son harina de otro costal, mucho más cercana a lo encarnado por tiranos como Preuet o Caomham (youtu . be / 6qbXy31hqHk).
Referencias
(29) Las medusas y reinas medusa son tropas de nivel 4 pertenecientes a la Mazmorra (Dungeon en el inglés original). Una plebeya sólo tiene cuatro disparos y una reina ocho, pero sus ataques mano a mano tienen un 20% de probabilidad de petrificar al enemigo.
(30) Curación, conjuro de nivel 1 de la escuela de agua, cuesta 5 puntos de hechizo y restaura una pequeña cantidad de salud, además de remover efectos negativos como veneno, maldiciones, lentitud, etc.
(31) Nighon, isla repleta de cavernas y separada por el estrecho del mismo nombre del continente de Antagarich, es representada en el juego por la facción de la Mazmorra. Más centrada en el poder por el poder, prácticamente todas sus tropas tienen una habilidad especial: los trogloditas son inmunes a la ceguera; las arpías atacan y regresan; los minotauros nunca sufren bajas de moral…
(32) Los vagones son objetos inmóviles colocados al azar en mapas. Quien los encuentre primero se llevará una pequeña cantidad de recursos (excepto oro); posteriores visitas sólo darán decepciones.
Sigue haciendo frío por estos rumbos, así que ahora toca despedirme hasta una nueva oportunidad. Si han leído, no olviden dejar sus comentarios; siempre los aprecio y contesto apenas pueda. Cuídense mucho y, a menos que sus intenciones sean sinceras, nunca acepten mirar a los ojos a una medusa.
